Huerto

Huerto (2017)

HUERTO CERRADO (PARA TI)
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Diario íntimo de la autora, fragmento del libro “Para Ti”.
Escrito por: Josefa Rosalía Luque Álvarez (1893-1965)
© Derecho de Autor Hugo Jorge Ontivero Campo
Todos los derechos reservados
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CONTENIDO (27 capítulos)

1. Biografía
2. Semblanza
3. Filigrana de vida
4. Para Ti
5. ¡Cuando no lo esperaba, te encontré!
6. Buscándote voy
7. ¡Estaba tan sola!
8. Como arbolito en el desierto
9. ¡Maestro! Solo Tú
10. Tú lo sabes todo
11. ¡Siempre fuiste mi Maestro!
12. A la puerta del Santuario
13. ¡Tu Divino Amor, Señor!
14. Esperando al Amor
15. ¡Háblame, Señor, que te escucho!
16. ¡Maestro! ¡Óyeme!
17. El Huerto de Gethsemaní
18. ¡Tu Divino salmo, Señor!
19. La selva oscura
20. La amada Presencia
21. Velad y orad
22. El rosal de Cristo
23. ¡Maestro!, ¡dame tu paz!
24. El abrazo eterno
25. La soledad de Cristo
26. ¿Qué es la vida?
27. Los mundos de luz
28. Como las calas de tu Santuario (Meditación)
29. La solidaridad universal
30. ¡Me olvidaste, Señor! (Prosa)


BIOGRAFÍA

Josefa Rosalía del Corazón de Jesús Luque Álvarez

Nació en la ciudad de Villa del Rosario, provincia de Córdoba, República Argentina, el día 18 de marzo del año 1893. Siendo sus padres Don Rafael Eugenio Luque y doña Dorotea Álvarez.
Educada en el Colegio de las Carmelitas Descalzas de la ciudad de Córdoba.
Radicada desde el año 1932, en una isla del delta bonaerense en la localidad de Tigre, fundó la escuela “Fraternidad Cristiana Universal” en el año 1938. Siendo sus fundamentos: el cultivo interior por el “conocimiento de sí mismo”, y la unión íntima con la Divinidad por la meditación, conjuntamente con el buen pensar, sentir y obrar.
Siendo la tetralogía de la Obra: “Arpas Eternas” “Cumbres y Llanuras” “Moisés” “Orígenes de la Civilización Adámica”, las bases del conocimiento espiritual, moral y ético.
Escritora de pluma ágil, con alas de cóndor, remontó los planos terrestres hasta posarse en la morada de los elegidos por la Eterna Ley para descorrer los velos del Archivo de la Luz, donde está grabada con calcos a fuego la evolución de cada partícula de chispa divina emanada del Gran Todo Universal.
¿Qué vio su mente iluminada? ¡Formidable Apocalipsis presenció al descorrer un Arcángel, ante ella, el velo de desposada de la Maga Invisible de los Cielos, y dejar al descubierto las glorias, triunfos, luchas, abnegaciones, sufrimientos y esplendores de la muerte de los amantes del Amor y la Justicia por un Ideal de liberación humana!
¿Qué más? Las vidas de los misioneros divinos que limpiando de malezas los campos, abrían surcos para la siembra del Amor fraterno en las almas que serían las encargadas de hacerla fructificar el ciento por uno.
¿Y por último? Las vidas mesiánicas de un Arcángel del Séptimo Cielo de los Amadores, que dejando su morada de paz y amor, descendía a los planos terrestres para mezclarse con las pequeñas almas inconscientes de su destino, y también para que de su mano, de su manto, nos prendiéramos los que queríamos dejar de ser almas que se revuelcan entre el lodo de las propias pasiones, de los deseos insatisfechos, de los egoísmos que fueron formando lacras y manchando la vestidura que cubre a la Esencia Divina.

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¡Todo eso! ¡Mucho más! Vio en ese espejo brillante y límpido como no hay otro, y descendiendo en raudo vuelo, pero con hondo dolor, traspasó al papel todo lo que su mente vio y su corazón sintió.
A ti, lector amigo, se te ofrece con todo amor, lo que su amor creó a través de mas de treinta años de escritura: “Orígenes de la Civilización Adámica”, “Moisés”, “Arpas Eternas Cumbres y Llanuras”, “Llave de Oro Siete Portales”.
Pequeñas joyas espirituales: “El Huerto Escondido”, “Paráfrasis de la Imitación de Cristo”, “Lirios de la Tarde”, “Cinerarias”, “Azucenas de mi huerto”.
En la lectura de sus manuscritos, iniciado aproximadamente el año mil novecientos treinta y dos y finalizados en el mes de Junio del año mil novecientos sesenta y cinco, te pido lo hagas con la sinceridad del que busca la Verdad, la Luz y el Amor.
Si al término de ella, tu corazón encontró lo que ansiaba eleva una plegaria al Altísimo de eterno agradecimiento, y a ella la siempreviva de tu amor reflejado a tus semejantes.
Así daremos cumplimiento en nosotros mismos al Ideal de nuestro Divino Guía e Instructor: Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.
La transcriptora de los Archivos de la Luz dejó su morada terrestre el día 31 de julio del año 1965.

Hugo Jorge Ontivero Campo

SEMBLANZA

De Doña Josefa Rosalía Luque Álvarez
“Mamina” para sus íntimos

De estatura baja, cuerpo delgado, conservó en su vestimenta el largo al tobillo y la sencillez en toda ella.
Sin adorno y maquillaje, se peinaba el largo cabello hacia atrás, terminando en un rodete en la nuca, cubriendo su cabeza con el capelo.
De ojos grandes, color negro, mirada leal, sincera, suaves, en los que no había dobleces.
Manos delicadas, delgadas, dedos largos y finos, hechas para la prosa y la poesía.
De voz suave y pausada.
De andar ligero, los que la acompañaban debían acelerar los
pasos.
De trato cordial y afectivo.
En la intimidad de su alcoba-escritorio, en las horas de soledad y
silencio, escribía en cuadernillos hechos por ella misma, lo que se ha
dado a conocer como la “Obra de la Fraternidad Cristiana Universal”.
Estando los mismos a resguardo del deterioro o manoseo.
Supo enfrentarse, con toda serenidad, a las impertinencias y
prepotencias de inconscientes, dando respuestas cortas y sencillas,
con tal lógica que desarmó a más de un inconsciente, aunque la
procesión fuera por dentro.
Cumplió a mis ojos y sentir humano con su propia Ley para con-
cretar la Obra, contra vientos y mareas, soportando bravas tormentas
sin claudicar de su pacto con el Divino Maestro.
Siendo el Amor de Él y a Él, soporte de sus angustias y soledades
interiores y exteriores.
Reflexionad que en su Obra trajo nuevamente al Cristo a la Tierra,
tal cual lo sentimos vivir en nuestro corazón.
Con todo amor.

Hugo Jorge Ontivero Campo – Depositario legal, colaborador y esposo de la escritora.

FILIGRANA DE VIDA

¿Cómo era Mamina? Se me pregunta.
Mi respuesta es: que no es mucho lo que pueda decir, relacionado
con el tiempo que la he tratado, siendo que fue en los últimos años
de su vida física y mayormente en la casa de la isla, donde íbamos
con frecuencia.
Por tanto se relaciona más con parte de la vida diaria, en la cual era
muy activa, actividades que no la apartaban del mundo espiritual, a
la que dedicó la mayor parte de su vida, y que está reflejada en los
libros que dejó escritos.
Lo que puedo recordar, es que el trato con los demás era muy mater-
nal, paciente, compasiva, bondadosa.
Se me presenta como la mano amiga que se tiende a los demás opor-
tunamente, ayudando dentro de sus posibilidades, a quienes lo ne-
cesitaban.
En algunos casos cuando había que calmar algún desacuerdo, lo ha-
cía en forma reservada, suavizando las asperezas, aconsejando con
todo cariño.
Era prudente en sus opiniones.
Tenía un carácter alegre, reía con facilidad y naturalidad, en especial
cuando contaba alguna anécdota de los años anteriores, en los que
se notaba al hablar un tonito cordobés (oriundo de la provincia de
Córdoba – Argentina).
Recordando su vida en la isla, decía que cuando se sentaba en el sillón para leer, en algunas oportunidades, subía al brazo del asiento
una paloma amaestrada y le hacía compañía. Sonreía ante los sim-
ples recuerdos de la vida diaria.
Hablando de su madre, en épocas en que vivían en la isla, decía que
no era de mucho hablar, más bien era muy reservada, pero era para
ella un apoyo familiar muy apreciado.
Cuando aún vivía en Buenos Aires e iba a la isla, en el viaje de la lancha colectiva, por lo general iba leyendo.
Acostumbraba a usar sus vestidos en el invierno, más bien largos y
un gorrito de lana como abrigo para la cabeza.
A pesar de la vida austera vivida en la isla, tenía un cariño muy es-
pecial para “su ranchito”, como lo llamaba, siendo que allí se sentía
como en su casa.
Creo que el tiempo vivido con su madre, su esposo Manuel y su hija
adoptiva Julia, como quienes le ayudaban allí en la granja, en ese lugar revivirían sus recuerdos.
Mas la paz reinante de la isla, donde recibió del mundo espiritual parte de su Obra, para ella era el palacio más confortante que había, siendo que fue su deseo pasar sus últimas años allí.
Pero en esa austeridad no perdía su delicadeza con las pequeñas cosas de la vida diaria. Una de esas es que por las tardes preparaba lo necesario para tomar mate, colocando delicadamente un mantelito sobre una banqueta o la mesa y todos los accesorios correspondientes para esa ocasión.
De la misma forma lo hacía con todas las actividades de ama de casa, con prolijidad. Como por ejemplo, en la habitación donde se hacían las meditaciones, había un pequeño altar con un mantelito, prolijamente bordado y almidonado, donde se colocaba un florero con flores y un candelabro para iluminar el lugar.
A pesar de tener una edad avanzada, se conservaba con buena salud. Salud que se manifestaba a través de su dedicación al mundo espiritual.
Una vez cuando fuimos a la isla, nos contó que había tenido un ojo que le lagrimeaba, lo que le resultaba muy molesto para ver. En un momento estando en su habitación, se puso la mano sobre el ojo y le pidió al Maestro que la sanara, con fe que Él la escuchaba. Después de un momento dijo que sacó la mano y sintió que no lagrimeaba más. Esto lo narraba con mucha emoción.
También nos decía que en época en que vivían en la isla, época de vida austera, armaba sus cuadernos para escribir lo que recibía, y lo hacía con papel de estraza o algún otro papel que se usaba para envolver y que estuviera en condiciones de ser utilizados. Los cosía por el lomo prolijamente y era muy difícil que se desarmaran.
Mamina, al hablar de esa época de su vida, en ningún momento demostraba dolor o tristeza, lo narraba con toda naturalidad; yo diría, a veces, como una pequeña aventura de su vida, en lo que no faltaba su buen humor.
Tuvo en su vida muchos altibajos; luchas como todo aquel ser que cumple la misión de revelar la presencia Divina, pero siempre se mantuvo sostenida y protegida por el amor del Maestro, al que tanto amaba como así lo reveló en sus obras.

Nanci Marchetto
Viernes 12 de febrero del año 2010.

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PARA TI

¡Alma hermana y compañera del largo camino!…
Para ti que buscas, sientes y piensas como yo, salen a la luz estos
trémolos del laúd interior, ora como gemidos lastimeros, como sú-
plicas angustiosas, como resignadas plegarias y, sobre todo, como
inquietos aleteos de Psiquis descontenta de las sombras y trabas
que la aprisionan y anhelante hasta el delirio de la Suprema Belleza
que presiente y del Eterno Amor que adivina.
Si te has forjado un ideal de perfección, de belleza y de inefable
amor que demarque rumbos certeros en tu camino eterno, como
la estrella polar al navegante, comprenderás estas sencillas pági-
nas como te comprendes a ti misma cuando te agobia la tristeza,
cuando te hiere el desengaño, cuando te lastiman las ingratitudes,
cuando te acobarda la incomprensión de los compañeros de viaje,
cuando el desamor de los amados te envuelve en el sudario helado
de la soledad y del olvido; y, también, ¿por qué no decirlo?…, las
comprenderás cuando entregada a la meditación, con emocionado
fervor, sientes el amor inefable de presencias invisibles que te traen
de los cielos superiores mensajes sin ruido, sin voces, sin palabras,
como el reflejo de estrellas lejanas que quisieran acompañar tu
soledad, iluminar tus sombras, tus perplejidades y apagar con
aguas purificadoras tu sed de verdad, de amor, de conocimiento!…
¡Para ti que has visto brillar en tu horizonte esa estrella de
primera magnitud, plena de luz y de inefables ternuras, el Cristo
Instructor y Guía de esta humanidad, comprenderás, sí, que el
alma se lance en pos de Él como lo más bello, lo más puro, lo más
perfecto que haya vivido en carne de hombre sobre esta Tierra!…
Para ti que buscas ansiosamente la flor exótica del amor sin egoís-
mos, sin interés, sin pedir nada a cambio del amor con que te das,
comprenderás, sí, estos delirios del amor, estos éxtasis de ternura,
la entrega absoluta, la confiada esperanza, floreciendo siempre
como eterna rosa viva, a pesar de todas las tristezas, de todas las
ruinas, de todas las incertidumbres del humano vivir.
¿Qué más es “para ti”, alma compañera del viaje eterno?…
El deseo intenso y ferviente de que encuentres en las florecillas
de mi huerto escondido la esencia de nardos que necesitas para
ungir la cabeza, las manos y los pies del Hombre-Amor, único que
puede decirte con su voz augusta de Verbo de Dios: “¡Tus pecados
te son perdonados porque has amado mucho! ¡Vete en paz!…

LA AUTORA

Toda alma necesita de otra alma confidente Cuando no la encontremos en la Tierra, busquémosla En la inmensidad del infinito y estemos seguros de Que una voz amiga responderá a nuestro llamado.

EL HUERTO ESCONDIDO

Confidencias Íntimas con el Divino Maestro

¡CUANDO NO LO ESPERABA, TE ENCONTRÉ!…

Sentada estaba yo en el bosque sombrío de la vida, envuelta en densas tinieblas de dudas y de zozobras.
¡Y veía abrirse a mi vista muchos senderos oscuros, tortuosos…, sombríos!
¡Y cuando iba a echarme a andar por uno de ellos, allá, en lo hondo de la encrucijada, sentí que silbaban las serpientes de la falsa amistad y retrocedí espantada!
¡Senteme a llorar a la sombra de un sicomoro, y colgué de sus ramas mi laúd sin armonías y sin cantos!
¡Pero un anhelo desconocido y extraño, un ansia impetuosa como una tempestad me empujaba a andar y andar!
¿Qué buscaba?… ¡Buscaba luz…, aire!… ¡Buscaba lealtad, sinceridad, amor! ¡Buscaba una vida nueva! ¡Oh!…, ¡yo no sé lo que buscaba!
¡Una y otra vez empecé a andar por aquellos caminos ásperos y solitarios, desnudos y fríos!
¡Y en unos aleteaban graznando los cuervos negros de la adulación y la lisonja interesada, y me helaba la sangre el cierzo frío del batir de sus alas!
¡En otros silbaban las serpientes de engañadoras promesas, que audaces corrían por una alfombra de césped florecido!…
¡En otros aullaban las fieras del fanatismo duro y cruel que parecía proyectar en mi alma la tiniebla pavorosa de la selva!…
¡Y en los de más allá, había tanto…, pero tanto lodo de miseria, mezquindades y egoísmos de todo género, que temía ahogarme lentamente en aquella ciénaga sin salida!
Y la noche avanzaba…, ¡llegaba!… ¡Oh, sí!… ¡La noche de la eternidad, más oscura e incierta que la noche de mi alma, mientras estaba sentada en el bosque sombrío de la vida, entre dudas y cavilaciones!
¡Y, entonces, oí a mi lado, muy cerca y como dentro de mí misma…, una voz suave cual la melodía de un arpa que quisiera despertarme de un sueño!
¡Nadie había en torno mío y la cadencia continuaba vibrando quedo…, suave…, ininteligible al principio…, hasta que un esfuerzo mental y la ansiedad de la esperanza pudieron descifrar el enigma de aquella suave melodía que me acariciaba produciéndome un silencioso llorar!
Y eras Tú… ¡Oh, Divino Maestro Jesús!… Eras Tú que me decías con una voz musical:
“¡Yo soy la luz de este mundo y el que me sigue no anda en tinieblas!”
¡Y yo corrí hacia esa voz que parecía alejarse indefinidamente cual si fuera a extinguirse, perdida en la sombra que me envolvía!
¡Mi desesperado anhelo me llevaba al delirio…, al vértigo…, a la locura! ¡Debía encontrarle de nuevo!… Mas…, ¿dónde?, ¿cómo?… ¡Correr y correr hasta caer desfallecida esperando la muerte en aquella pavorosa oscuridad!…
¡Pero llegó una hora en que Tú, Maestro mío, tuviste piedad de mi y, acercándote a mi angustia suprema, me tendiste, la suavidad de tu mirada y el calor de tu mano amiga, de la cual me prendí ansiosamente para no soltarme jamás!…
Y parecióme que comenzaste, desde entonces, a andar a mi lado, mientras seguía resonando en mis oídos tu voz suave, acariciadora…, tiernísima: “No temas a la oscuridad que te rodea. ¡Yo soy la luz de este mundo!” “No temas extraviarte por las escabrosas sendas del bosque sombrío
de la vida. ¡Yo soy el camino que conduce al reino del Amor Inmortal!…” “No tengas miedo a las luces fatuas que deslumbran y engañan. ¡Yo
soy la verdad!”
“No tengas miedo a la muerte. ¡Yo soy la vida eterna!’’
Y así, prendida de tu mano como un abrojillo del camino, ¡oh, Maestro Jesús!…, iré siguiendo a través del bosque sombrío de la vida, por esta senda que antes era oscura, pero tu luz la ha llenado de la blanca claridad de los cielos!…
¡Graznan los cuervos sobre mi cabeza, silban en torno mío los reptiles, aúllan a mi paso las fieras, muchas luces fatuas brillan ante mis ojos como errantes luciérnagas; pero ya no temo los horrores de la soledad, porque tú vas conmigo, Divino Maestro Jesús, y tu amada presencia obra en mi alma inesperadas transformaciones!…
¡Y si tropiezo y caigo en la fatigosa andanza, me ayudas a levantar, y un renovado esfuerzo me anima y empuja hacia la empinada cuesta que lleva a la cumbre azul serena de la purificación!…
¡Y llevo también una cruz sobre los hombros, que todos la llevamos en esta dura travesía de la vida!… ¡Pero es leve y ligero su peso, Maestro mío, compasivo y bueno!…
¡Porque llevas Tú el peso de mi carga y sólo dejas para mí la suavidad de tu compañía y el embeleso inefable de tu mirada!
¡Y así voy siguiéndote como bajo el influjo de un encantamiento, sin sentir la fatiga del viaje ni el peso de la cruz!
Y así voy embelesada siguiéndote. ¡Oh, Maestro Jesús, tan adorable y tan incomprendido de los hombres!… ¡Y así voy en pos de Ti para siempre!…
¡Oh, sí!…, ¡para siempre!… ¡Porque no puede el corazón dejarte después de haberte encontrado!…

BUSCÁNDOTE VOY…

Mi alma busca la tuya, ¡oh, Jesús, Maestro mío!
Mis manos se tienden hacia Vos como al único amparo, al único apoyo capaz de sostenerme en las tinieblas de la vida.
Y Tú no me rechazas como rechaza mi espíritu a los que caen en profunda miseria como antes de ahora he caído yo.
Con mi alma cubierta de lepra y de llagas, hace muchos siglos te buscaba y te seguía y nunca jamás tu alma me dijo: “¡Aléjate de mi, larva impura que manchas cuanto tocas!”.
¿Y por qué yo, Maestro, dejo que en lo hondo de mi ser anide, a veces, la repulsión para los que pecan?…
¡Porque soy aún miserable y llena de mezquindad!
Porque con tanto amarte y seguirte, aún no he comprendido la grandeza de tu Corazón de Hombre-Dios.
¡Porque con tanto escuchar las armonías divinas de tu alma hablándome de ternura y de amor, aún no he aprendido a amar como Tú!
¡Soy yo, oh, Jesús, Maestro mío, quien necesita ser perdonada una vez más!
¡Mí alma busca la tuya como una tórtola errante y solitaria que, sintiendo rotas sus alas y herido su corazón, se refugia en Ti, piadoso y bueno, consolador Divino de los que lloran bajo el peso de sus pecados!
¡Maestro Divino!… ¡Maestro Jesús!… ¡Sed conmigo en esta hora en que mí alma te llama, huérfana y sola en los abismos de la vida terrena adonde tu voluntad y la mía unidas me han hecho nacer para mi purificación final y en beneficio de los pequeños!…
¡Oh, Jesús, Maestro mío! ¡Que yo te sienta junto a mí en las horas de debilidad!…
¡Que yo te sienta junto a mi cuando el cansancio, la decepción y el tedio me acosan con sus rugientes alaridos!
¡Que mi alma se funda en la tuya, mar inmenso de compasión y de amor, como una gota de agua en el océano, como chispa en una hoguera, como una ráfaga de perfume en el inmenso oleaje de tu esencia divina!
¡No me apartes, Señor, de Ti, como mi alma egoísta y cruel repudia a veces a las almas cancerosas y enfermas de los que hoy pecan como he pecado yo en mi larga vida de siglos y siglos!…
¡Oh, Divino Maestro Jesús!… ¡La dicha de seguirte de cerca, de oír tu voz, de inundarme con la luz divina de tu mirada, que es ala que levanta mi espíritu…, es todo cuanto quiero y cuanto pido y cuanto anhelo en esta vida mía!
¡Oye por piedad, Señor, mí voz que te llama y que te pide, no sólo para si misma sino para todos, esa luz de tu mirada, esa suave melodía de tu palabra, ese divino consuelo para todo dolor, de sentirte cerca, de sentirte en tus piedades, en tus perdones, en tus enseñanzas y, sobre todo, en la inefable ternura de tu alma excelsa de Hijo de Dios; para estos hermanos nuestros que, junto conmigo o lejos, divididos a veces por el odio y la repulsión o apartados por la indiferencia y las circunstancias de la vida, corriendo van sin orientación y sin rumbo cayendo y levantando a lo largo del camino sin fin!…
¡Oh, Divino Maestro Jesús!… Si ha sonado la hora de que los hombres te sientan como a su única luz y su único refugio y su único Salvador, consuma tu obra, ¡oh, Señor!, ¡y que la humanidad vea por fin en ti la gloria de Dios!

¡ESTABA TAN SOLA!…

El viento helado del egoísmo que cruzaba por la arboleda sin vida, sin rumor y sin cantos, secaba mis lágrimas y el sudor que angustias de muerte hacían brotar en mis sienes…
¡Estaba tan sola!…
¡La raíz saliente de un espino secular cuyas ramas parecían crujir remedando mis gemidos prestaba apoyo a mi cabeza cansada!… ¡Cansada de insomnios febriles, de tormentosos terrores, de quiméricos delirios y de deslumbramientos penosos!…
¡Estaba tan sola!…
Mis manos se extendían a tientas por el vacío, buscando otra mano que me ayudara a levantar de mi postración dolorosa y terrible; y mis manos tropezaban con la vileza y la envidia, como las hojas traidoras de los cardos silvestres que me rodeaban…
¡Estaba tan sola!…
¡Y a causa de mis hondas heridas mis labios estaban abrasados por la fiebre que interiormente me devoraba, sin que nadie hubiera a mi lado para derramar en mi alma el agua piadosa de los consuelos, ni en mis labios el agua fresca de los manantiales!
¡Y pasaban junto a mí los viajeros de la vida, uno, otro y muchos más, y viéndome sumida en hondo desfallecimiento como un lento morir, pasaban de largo! ¡Aquella fría indiferencia a mi dolor hacía más intensos mis padecimientos y, a gritos, llamaba a la muerte que pusiera fin a aquella agonía lenta… lenta!
¡Vae-soli! ¡Ay del que está solo!…, murmuró una suave voz en mis oídos ya próximos a cerrarse a todos los sonidos de la tierra.
Y algo así como la suavidad de estrofas de cristal cantadas por ángeles invisibles me indujo a pensar que una vida nueva se desarrollaba junto a mí.
¡Y era la omnipotente piedad de tu amor misericordioso, Maestro Jesús, que llegaba a mí derramando ternuras, piedades, consuelos y perdones como una lluvia de rosas blancas sobre la inmensa soledad de mi alma!…
¡Como suave raudal de un bálsamo maravilloso sobre las hondas heridas de mi corazón!…
¡Y viniste hacia mí!
¡Y viéndome desfallecida por el cansancio de una vida sin orientación y sin luz, abrasada por la fiebre de belleza y de amor que me devoraba, cubierta de polvo y lodo de los largos caminos inciertos; movido a compasión te acercaste comprensivo y bueno sin preguntarme nada, porque todo lo sabías…, porque leías en mis ojos y traducías la vibración de mi pensamiento y los latidos de mi corazón!…
¡Tu mano piadosa se enlazó a la mía y me guiaste hacia una tibia y apacible morada, a un dulce y suavísimo nido preparado por Ti para la avecilla enferma de soledad y de abandono!…
¡Y tus manos delicadas como llenas de jacintos en flor derramaban aromoso bálsamo sobre las hondas heridas de mi alma!…
¡Y al agitar el viento los rizos de tus cabellos y los pliegues de tu manto, soplaban sobre mi frente abatida frescos céfiros del cielo, y rumores musicales de renuevos de palma aleteaban acariciantes ahuyentando mi fiebre!…
¡Comprendí que entonces ya no estaba sola!…
¡Y no era ya el viento helado de una noche invernal que secaba mis lágrimas, sino que Tú, piadoso amigo de todos los que sufren, buscando a tientas en la oscuridad, venías a mí con la inefable ternura de tu amor misericordioso!
¡Y tus palabras, Maestro mío, eran oleadas de claridad para mi mente ensombrecida!…
¡Y era tu amor como agua de manantial que nunca se agota, y donde bebió mi alma sedienta hasta la embriaguez del éxtasis en que se olvidan todas las negruras de la tierra!…
¡Entonces supe que ya no estaba sola!… ¡Y ya no era la raíz nudosa y saliente de un espino secular quien daba apoyo a mi cabeza ardorosa de delirios y de fiebre, sino que Tú, Maestro Jesús…, modelo santo de amigo noble y bueno, apoyabas mi frente fatigada en tu pecho dejándome sentir los latidos de tu gran corazón, amante divino de la humanidad, la proscrita ciega que aún no puede verte ni comprenderte, ni amarte!…
¡Entonces ya no estaba sola!…
¡Mis manos ya no se tendían a tientas por el vacío buscando otra mano que me ayudase a levantar, porque Tú, piadoso amigo de mi alma solitaria,
me extendías las tuyas llenas de rosas blancas de una paz inefable; llenas de perfume celestial de tus perdones suavísimos!…
¡Qué dulce es al alma la luz tuya, Maestro mío, que sabe curarla de la enfermedad, de la tristeza, del abandono, del frío desamor de las criaturas, incapaces de comprender las tempestades silenciosas de las almas que acarician ideales indefinibles e ilimitados, como ilimitados son los infinitos horizontes que vislumbran tras de cumbres lejanas!
Y al comprender que ya no estaba sola, me abracé sollozando a Ti, como un amigo a su amigo, como un enfermo a su médico, como un hijo a su padre, y te dije: ¡Por piedad, Maestro Jesús!…, ¡eterno amor de mi alma!…, no me digas como al enfermo del Evangelio: “Tu fe te ha curado.
¡Vete en paz!…” ¡Oh!…, ¡no me digas así, por piedad! ¡Yo no quiero irme de tu lado! ¡Yo no me iré jamás!… ¡Oh, no, jamás! ¡Porque ninguna voz me suena como la tuya!…
¡Ninguna amistad es constante y leal como la tuya! ¡Ningún amor de la Tierra se asemeja al tuyo, que se me da plenamente sin pedirme nada, sino que oiga, como en eterno arrobamiento de luz, de esperanza y de paz, la armonía eterna del Amor Universal!…

COMO ARBOLITO EN EL DESIERTO…

¡Así estaba mi alma en el seco y helado desierto de los convencionalismos rutinarios y faltos de sentido espiritual en que había nacido!
¡Azotado por vientos contrarios, se levantaba apenas de la tierra el tallo débil, enfermizo, anémico!
Como plantado a orillas del Mar Muerto, sus aguas envenenadas corroían su raíz quitando savia a sus ramas…
¡Infeliz arbolito de arrayán!… ¡Todo te era adverso en el árido y seco desierto de tu vida!
¡El sol abrasador de un ideal presentado al espíritu entre los terrores del Sinaí me consumía; y a través de esas brumas de fuego, ni una gota de rocío venía a refrescar mi fiebre!
¡Era como un ardoroso otoño, cuyos cálidos vendavales se llevaban una a una las ramas enfermas, convertidas en amarillenta hojarasca!…
¡Y comprendía que era yo aquella hojarasca que rodando por el suelo, a merced de los vientos ardientes del desierto, iba a servir de nido a los reptiles escondidos en la grietas de los desnudos peñascos!…
Ningún viajero comprendía que aquel arbolito iba muriendo lentamente de soledad, de abandono, de esa angustia pesada y silenciosa en que se consumen sin alarde y sin ruido tantas vidas, así animadas como
inanimadas, así vegetales como animales, así orgánicas como inorgánicas… Vive y muere el árbol y la flor, el ave y el pez, la bestia y el hombre, el insecto y la piedra…; que todo es vida, dolor y muerte en la inconmensurable Naturaleza, obra de Dios.
¡Mas, nada ve ni sabe el viajero que cruza sin pensamiento y sin reflexión cerca del arbolito de arrayán, que moría en el desierto sin una gota de agua dulce, y fieramente azotado por los vientos de la incomprensión y del fanatismo!…
Pero llegó un día… ¡Oh, piadoso viajero por el mundo de las almas, Divino Maestro Jesús!… Llegó un día que al hacer el recorrido por los desiertos solitarios, encontraste este arbolito tuyo que moría lentamente porque aguas insalubres corroían su raíz y vientos de fuego secaban su ramaje. Y pusiste con amor tus manos sobre mí como sobre un enfermo moribundo para darle vida nueva, aliento nuevo y la esperanza de resurgimiento bajo un clima acariciador…
Y me trasplantaste de aquellas tierras de fuego y arenas que me consumían…, y llevándome a un fresco y delicioso invernáculo, me decías con inefable ternura: “Yo soy el buen jardinero que siembro la buena simiente y lo hago nacer y crecer de modo que las avecillas del campo aniden en sus ramas, y las bestias de la selva se cobijen a su sombra. Y ahora serás como el árbol plantado a la corriente de dulces aguas que a su tiempo dará flores y frutos; y su hoja en perenne verdor, no caerá ni se marchitará jamás!…”
¡Sólo Tú, Maestro mío, mago Divino del Amor, puedes hacer que así sea; y que el arbolito de mi espíritu retoñado y florecido al influjo de tus piedades y ternuras, no se agoste ni marchite aunque las escarchas de la indiferencia, los vientos de la incomprensión, las heladas cenizas del abandono, de la ingratitud, del olvido, de todo lo que es dolor y angustia para el corazón que siente y ama, lleguen de nuevo un día y de nuevo lo azoten con inaudita crueldad!…
¡Sólo Tú, puedes impedir que lo ahoguen las zarzas de la vanidad, y los cardos espinosos de las ruindades humanas, plantas nativas de los valles terrestres!…
¡Sólo Tú…, hortelano Divino de tus jardines de amor, puedes hacer que sea como un arrayán eternamente florecido, plantado a la corriente de un arroyuelo rumoroso donde beben las palomas y se reflejan, silenciosamente, la danza de las estrellas y los resplandores dorados del sol que se hunde en el ocaso!
¡Sólo Tú, jardinero de los campos del Creador, puedes hacer que en esta plantita tuya se abran flores de vida eterna que suavicen todos los dolores humanos y llenen las almas de suprema aspiración al Infinito!…
¡Flores como pebeteros de oro, ardiendo de fuego purificador que consuma
el egoísmo y la ambición, la envidia y la soberbia, ortigas malignas que separan las almas unas de otras!
Y así… ¡Oh, Maestro dulce y bueno!… Cuando al declinar las sombras bajes a este huerto tuyo, puedas decirme como a la Esposa del Cantar de los Cantares: “He venido a mi huerto y hallo renuevos que son vergel de granados en flor; con frutos son los manzanos, cipreses, nardos y sicomoros, la mirra y el áloe me dan sus primeros perfumes, y los árboles del Líbano su sombra fresca y acariciadora…”
¡Mirra y áloe, perfume de nardos y bálsamo de esperanza y de consuelo, rayo suave de sol en la tristeza de la vida eres Tú, Divino Maestro Jesús, para todos los que te aman y te buscan en el dolor de este mundo donde los caminos están llenos de encrucijadas peligrosas, de precipicios que son como abismos…, de ciénagas que ahogan y no tienen salida!…
Si mi pobre alma puede vivir y florecer, regada y cuidada por Ti, que sea para gloria tuya, Maestro Jesús, y que cada flor sea un alma que te busque y que te ame…
¡Oh, Divino Salvador de todos los náufragos, de todos los abandonados…, los olvidados y los proscritos!…
¡Desierto arenal reseco es todo este mundo, Maestro Jesús, donde las almas se agostan, enloquecidas, por los vendavales de fuego que corren en todas direcciones!
¡Dame, Señor, la gloria de hacerte conocer y amar de todas las criaturas que pueblan la tierra y cierta estoy que mi alma florecerá para Ti, como un rosal en primavera!…

¡MAESTRO!… SOLO TÚ

¡Oh, mi Divino Maestro!… ¡Mi luz, mi guía…; voz que habla en lo profundo de mí misma y me enseña los caminos de la Eterna Verdad! ¡Óyeme por piedad!…
Me ocurre, a veces, que el horizonte se torna nebuloso y sombrío, y nada veo y nada siento que me aliente y anime.
¡Paréceme que Tú estás demasiado lejos de mí a causa de mi pequeñez y miseria!…
¡Paréceme que todas las luces se hubiesen apagado en torno mío y que mi alma, como una góndola perdida en la inmensidad de los mares, flotara sin rumbo fijo a merced de las olas!
¡Paréceme que soy como una avecilla solitaria en medio de una selva inmensamente grande y silenciosa, donde ni un solo rumor me indica la presencia de otro ser como yo, en tal forma que mi voz, al resonar, se siente
repetida sólo por el eco lejano…, lánguido…, pavoroso!…
¡Oh, Maestro compasivo y bueno!… Ten piedad de mí que me siento como sumergida en un infinito abismo, agobiada de tristeza también infinita, porque me es imposible el consuelo, porque nadie en la Tierra comprende mi penar, porque mis sombras nadie las puede disipar, sino Tú que sabes de mis angustias, de mis cansancios, de mis agonías.
Mis afecciones, mis esperanzas, la quinta esencia de mis amores humanos, encerrados fueron en el sarcófago silencioso adonde van a morir todas las afecciones, que cual lucecitas fatuas alumbran a veces el camino de la vida.
Sólo perdura el amor tuyo, ¡oh, Divino Maestro Jesús!, como eterna irradiación de estrellas; como rastro que hubiera dejado la luna sobre el lago en la pradera; como suave rumor de una melodía hondamente sentida, cuya resonancia perdura en el fondo del alma que lucha por retenerla.
¡Oh, amado Señor!… ¡Amor de mis amores!… ¡Amor único y eterno que ha resistido a las borrascas y al tiempo y que se agiganta con los siglos!…
¡Te busco en el dolor, te busco en la alegría…, te busco entre las sombras, en medio de las muchedumbres, en la soledad, en el abandono, en la luz, en la vida, en la muerte y más allá de la muerte!… ¡Hombre Luz!…
¡Hombre Dios!… ¡Hombre Amor, que mi alma quiere sobre todas las cosas!… Los latidos de mi corazón te nombran.
¡Mis ojos tendidos hacia el espacio inconmensurable te buscan, y cada resplandor de estrellas paréceme que fuera el divino beso de tu alma a la mía!
Tú has dicho: “No busco adoradores de mi persona, sino continuadores de mi obra”. Pero yo en mi pequeñez y miseria, en mi pobreza espiritual, no soy capaz de proseguir tus caminos continuando tu obra, si no es movida, impulsada por la fuerza avasalladora de un amor sin límites, de un amor que jamás dijo: “basta”; de un amor que jamás colma la medida, porque el amor tuyo, Señor, tampoco tiene medida.

TÚ LO SABES TODO

¡Maestro Jesús!… ¡Amigo único de mi alma solitaria y entristecida!…
¡Tú lo sabes!… ¡Tú lo sabes todo…, absolutamente todo cuanto vive y cuanto muere aquí en el profundo abismo de mi espíritu continuamente agobiado por el enorme peso de la vida!
¡Todo cuanto vive y cuanto muere cada día, cada hora, cada minuto!
¡Esperanzas que vienen y se van como olas rumorosas y acariciantes que humedecen las arenas por donde mis pies se deslizan, y huyen después a sepultarse en los abismos del inmenso piélago!…
¡Cuánto vive y cuánto muere dentro del alma, cada día, cada hora, cada minuto!
Afectos, promesas, amistades caducas y efímeras que vienen y que van como luciérnagas engañosas que se encienden y se apagan en las tinieblas de la noche, dejando al alma desolada, solitaria, sin luz y sin calor, sumergida en sombras siniestras, heladas y silenciosas.
¿Por qué es todo esto, Maestro mío?
¿Por qué estos abismos entre almas hermanas, entre viajeros que caminamos hacia un mismo punto final?
¿Por qué el alma tiene tanto frío, Maestro, y siente tanta soledad y se sumerge en olas inmensas de tristeza?
¡Yo sé que Tú, también, Maestro mío, bebiste a grandes sorbos la honda tristeza de la vida terrena, y padeciste más que yo la incomprensión de los hombres, la inconstancia de sus promesas, la volubilidad de sus afectos y la pobreza de sus amistades, semejantes a mendigas raquíticas y harapientas, siempre tendiendo la mano a la espera del mendrugo de la recompensa!…
Yo sé que Tú, Maestro mío, has sentido el dolor que fluye como un río caudaloso de esta palabra pronunciada por un amigo con quien habías partido el pan: “no le conozco…, nunca vi a ese hombre”.
Yo sé que Tú has sufrido la angustia profunda, como herida causada por un estilete fino y sutil, de escuchar con asombrados oídos, que aquellos que contigo compartieron el techo y el fuego del hogar paterno, decían con reconcentrado disgusto: “¡es un inútil, un hijo desnaturalizado, holgazán e insensato, con locas pretensiones de apóstol que guía multitudes!…”
Yo sé que la traición y la ingratitud humanas te atravesaron el corazón de parte a parte, mucho antes de que la lanza de Longhinos te asestara aquel golpe final.
Yo sé que pasaste por la humanidad haciendo el bien y que la humanidad te colmó de tanta amargura, que su negro oleaje obscureció la luz de tu radiante fe y exclamaste en pleno martirio:
“¡Padre mío!… ¿Por qué me has abandonado?”
¡Alma pura, inundada de tristeza, de Jesús sacrificado!…
¡Dame luz en la tristeza mía, que oscura es demasiado la noche de mi viaje por estas selvas, que se saben donde empiezan, pero no donde terminan!…
¡Herido y solitario corazón de Jesús mártir! ¡Deja que escuche en mis hondos silencios tus latidos rítmicos y suaves como cadencias de tórtolas, porque ellos harán compañía a la soledad profunda de este corazón mío herido, también agonizante, esperando en vano el latido postrero que tarda aún en sonar!…
¡Lágrimas silenciosas de Jesús solitario, recogidas por las brisas tibias de las tardes galileas, o congeladas en las pálidas mejillas por los vientos de las noches invernales, decidme si al brotar de esos ojos sin malicia y sin pecado, erais perlas veladas de tristeza, o savia del alma desbordada en amor, o chispas de estrellas desprendidas por el éxtasis de internas visiones en horas de luz y de armonías!
¡Maestro mío!… ¡Maestro mío!
Las palabras que dijiste un día a aquella mujer que te amaba y que derramó esencia de nardos en tus pies infatigables: “Mucho se te ha perdonado porque has amado mucho”; yo las transformo para Ti, Maestro, y transformadas las escribo al pie de esta confidencia de mi alma con la tuya. “Mucho has llorado y padecido, ¡oh, excelso espíritu de Jesús-Amador,
porque has amado mucho!…”

¡SIEMPRE FUISTE MI MAESTRO!

¡Qué divina enseñanza la tuya y que éxtasis fue para mi alma cuando llegué a descubrirla!…
¡Jamás podría pintar ni aún con un pincel mago el deslumbramiento de luz que se hizo en mi espíritu cuando a la vuelta de una página del libro eterno de la vida, encontreme con tus pensamientos geniales, con tu palabra vibrando como un clarín de oro en la inmensidad!
¡Maestro mío!… ¡Tú lo sabes!…
¡De muchas fuentes había bebido, harta estaba de agua, pero tenía sed!… Yo sabía muchas cosas porque largos estudios habían consumido mi primera juventud, con sus serenos días y sus noches de placidez sin in-
quietudes ni zozobras.
Pero me parecía no saber nada que llenara la vacía inmensidad que sentía en mí misma.
Descendía con el geólogo a las entrañas de la tierra, averiguando en qué edades remotas fuéronse formando aquellos terrenos estratificados por la milenaria sucesión de los siglos.
Con el naturalista recorría la floresta deshojando corolas, abriendo hasta el corazón los tallos, disecando insectos para encontrar los orígenes y causas de la vida en aquellos diminutos organismos.
Buscaba con el filósofo la verdad y el porqué de todas las cosas, y averiguaba con el historiador los acontecimientos sucedidos en la Tierra, en el largo y pesado rodar de los siglos.
Mas…, ¿qué fue de esas generaciones, de esos hombres célebres que cruzaron por el mundo dejando rastros profundos de bien o de mal, de progreso o de dolor que aún se recuerdan hoy día?… ¡Misterio!… ¡Nadie sabe responder!…
Al geógrafo le interrogaba ansiosamente… Al astrónomo más aún…
¿Qué hay más allá de los límites de esta tierra que habitamos? ¿El vacío?…
¡Cuán terrible es esta palabra: vacío!… Mi comprensión de adolescente no podía penetrarla ni asimilarla…
¿Qué son y qué significan esas gotas de luz que bordan como lentejuelas de oro la inmensidad azul que nos rodea? ¿Son estrellas?…
Pero, ¿por qué y para qué están allí, impávidas…, serenas…, imperturbables en su eterna vida inútil de simples lentejuelas de oro salpicando el manto color turquí de la noche?…
Y cuando a la escasa luz de mis conocimientos había descubierto, a medias, algunos de los misteriosos secretos de los seres y de las cosas, me preguntaba desconsolada:
¿Qué saco en limpio de todo esto? ¿Qué me queda, qué descubro, qué tengo, qué poseo más de lo que antes tenía?
¡Entonces sí que sentía el vacío dentro y fuera de mí!
¡El vacío que era para mí lo irreparable…, lo incomprensible!…, ¡la eterna esfinge muda ante la cual se estrellan las avalanchas de arenas arrastradas por el simún, y los interrogantes de los hombres para quienes permanece impenetrable!
¡Estaba harta de agua, pero tenía sed…, mucha sed! Y buscando a diestra y siniestra, por los caminos sombríos y por las praderas en flor; por los templos con los cirios temblorosos y penumbras perfumadas de incienso…, por los claustros solitarios donde oran y cantan los anacoretas y las monjas; por las chozas de los campesinos.., por los rastrojos sembrados de trigo, por los alfalfares de ondulante verdor donde pastan las majadas
y anidan las codornices…, ¡oh!…, ¡por fin te encontré, Maestro Jesús, cual si fueras la irradiación esplendorosa de cuanta magnificencia existe en la vasta creación Universal.
Y tu voz musical resonando en lo más hondo de mí misma, me decía con suavidad inefable:
“Yo soy tu Maestro y si tú perseveras en escuchar mi palabra, serás mi discípula.
“Y si escuchada mi palabra la guardas, tendrás la sabiduría de aquel que edifica su casa sobre la peña, donde las tempestades ni los vientos la pueden derribar jamás”.
¿Y qué palabras son ésas?, interrogué ansiosamente aguzando el oído y acallando hasta la respiración para oír tu enseñanza.
Y entonces oí tu voz como arrullo de paloma que decía: “Aprende a amar a los demás como te amas a ti misma. “Corta las alas de las ambiciones y de los deseos.
“No busques compensación ni gratitud para tus beneficios.
“Hazte pequeña y sencilla como un niño si quieres merecer la Divina
Sabiduría.
“¡Ama a los que te aman y a los que no te aman; perdona al que te hiere; no atesores en la tierra donde un día todo lo dejarás; llena sí, tu arca de obras de bien y de amor, sé misericordiosa, sufre con el que sufre y seca el llanto de los que lloran!…
“¡Y así serás bienaventurada!
“¡Y toda la luz de los cielos se encenderá para ti!
“Y podrás leer no sólo en el libro grandioso de la Naturaleza visible, sino en el libro oculto de los secretos del Infinito.
“Porque Dios da su luz a los limpios de corazón y a los humildes, y la niega a los soberbios.
“Y serás dueña no sólo de los secretos que oculta la tierra en sus entrañas, y los astros en sus rutas eternas, sino que poseerás ampliamente solucionados los más profundos problemas de la eternidad.
¡Si bebes del agua que yo te daré, nunca, jamás, tendrás sed!…”
¡Y yo he bebido, oh, mi amado Maestro, del agua viva que me has ofrecido!
Y ya no tengo sed sino de oírte, inmóvil, arrobada, absorta, pendiente de tu palabra y diciéndote como la contemplativa María de Betania:
“– ¡Maestro!… ¡Maestro!… ¡Estaría una eternidad oyéndote!…”
¡Y junto a ti, no tengo ya el corazón cansado!
¡Y ya no ando inquieta buscando saber y más saber, porque Tú me has enseñado la ciencia divina de amar sin esperar nada!… De darlo todo sin pedir nada a imitación tuya, ¡Maestro mío!
¡Y eso es ya saberlo todo y poseerlo todo!…

A LA PUERTA DEL SANTUARIO

¡Alma mía que buscas!… ¡Alma mía que cantas, que llora, que amas, que vuelas, que vas y que vienes, que subes y bajas como presa de un delirante afán!…
¡Aquiétate unos momentos y escucha la voz de lo infinito que te habla! Y entonces oigo una voz muy honda, muy suave y serena que me dice: “¡Mujer!… ¡El amor causa las más intensas y profundas alegrías…,
deslumbramiento de dicha, éxtasis de felicidad!
“¡El amor causa también los más grandes dolores, las más íntimas y crueles torturas, las más desesperantes y febriles agonías!
“¡Es vida y es muerte; es quietud y agitación; es llamarada de fuego y ráfaga de cierzo helado; es luz y es tiniebla!
“¡Pero es así para quien concentra su amor en la materia, que vive y que muere, que desea y olvida, que es lumbre que calienta o escarcha que hiela!…
“¡Mujer!…, ¡no concentres tu amor en la materia qué muere, sino que ama lo inmortal y eterno en el infinito seno de Dios, donde únicamente encontrarás todos los amores unidos, en tal grado de intensidad y de plenitud que no es capaz de sentirlo ni de resistirlo ningún alma encarnada en mundos nuevos como éste!”
Y yo reconozco esta voz que habla en el fondo de mi alma y exclamo devorada por una ansiedad febril:
¡Maestro mío!…, ¡amor mío!…, ¡mis amores humanos han ido quemándose y diluyéndose en un solo amor grande, inmenso, avasallador!… En un amor que nace en mí misma y sale y va y vuelve y corre, como si fuera un huracán de estrellas que ya me deslumbra con resplandores divinos o a veces me deja en tinieblas porque parece que se va…, que se aleja…, que huye de mí.
¡Ese amor grande y profundo en el cual se esfumaron todos los amores míos, se ha concentrado en ese algo, alma o luz, voz o eco, irradiación de astro o beso suave que me acaricia en la inmensidad de lo infinito, más y más vivo a medida que avanza en esta vida mía!… ¡Voz que me habla haciéndome sentir la intensa felicidad de un cielo!… ¡De muchos cielos donde viven las almas la vida que buscan, la vida que sueñan, la vida del amor verdadero, sin olvidos, sin enfriamientos, sin traiciones ni desvíos!…
Yo sé que ese algo indefinible eres Tú, Maestro mío, a quien adivino astro de luz para mis largos siglos de tinieblas en la inconsciencia de los orígenes de mi evolución.
¡Acaso fui hierbecilla de los campos sin agua, abrasados por el ardiente sol de los trópicos, y ella conserva memoria de la caricia del viajero que derrama el cántaro sobre sus hojas resecas, aun a riesgo de perecer él mismo de sed! Acaso fui una diminuta luciérnaga que flotando por las praderas floridas cayó prisionera entre los garfios negros del feroz moscardón, y renueva su gratitud hacia el dulce peregrino que le dio la libertad ocultándola entre la corola de una flor gigantesca.
¡Pude ser un pajarillo implume arrojado del nido por las furias del vendaval, y un niño piadoso y bueno le volvió a las tibias lanillas del nido materno!
Pude ser una garza en las ondas azules o rumorosas del lago, que acaso tuvo su tragedia como todo ser que vive y que muere…, la tragedia del cazador que rompió con su flecha las débiles alas dejándola clavada en las arenas de la orilla… Y siguió a la tragedia el poema idílico del pastorcillo que curando las alas heridas, compartió con ella las migajas de su pan y el calor de su cabaña… ¡Poemas mil veces repetidos, de la vida y de los seres! Interminables leyendas que guardan los siglos, para contarlas a todo aquel que les interroga en el silencioso recogimiento de la contemplación interior, cuando el alma pide a gritos el agua de la Verdad, de la Divina Sabiduría que se da con generosa abundancia, cumpliéndose la palabra de Aquel que trajo la Luz a la Tierra: “Pedid y recibiréis”.
¡Heroísmos de amor de los espíritus grandes y fuertes, destinados a ser un día Mesías de los mundos, conductores de humanidades; de los que impulsan a los seres al cumplimiento de sus grandiosos destinos!
¡Locuras de amor, amantes de Divinidad de los Ungidos del Amor Eterno, que sólo creen vivir cuando arrancan pedazos de sí mismos para dar a los amados, en la espontánea ofrenda sin egoísmos y sin cálculos del que nada pide y nada espera cuando da!…
¡Oh, divina locura!… ¡Oh, celestial quimera!…, ¡mil veces divina embriaguez la del alma que no oye más vibración, ni más canto, ni otra melodía que la del Eterno Amor fluyendo de sí mismo y dando aliento y vida, origen y fin de todo cuanto existe en el vasto universo!…
¡Maestro! ¡Maestro Jesús! Muy quedo y suave te llama mi espíritu para decirte con la dulce ternura de una súplica:
Ábreme Tú la puerta de ámbar y turquesas del templo augusto del Amor, donde todo lo vil y pasajero se extingue y muere… ¡Donde el turbión de la vida se aniquila y calla! ¡Donde el clamor de las pasiones y los gritos del egoísmo enmudecen para siempre!
¡Maestro!… ¡Maestro mío!… ¡Acuérdate de mi alma que espera a la puerta; que el frío de la intemperie me hiela; que las olas embravecidas azotan el peñasco desnudo y árido en que el Amor edificó su templo!…
Acuérdate, Maestro Jesús, que las bestias marinas acechan, que los
buitres aletean sobre su cabeza, y que el alma, aterida de frío y de pavor, agotada por el cansancio, espera a la puerta de ámbar y turquesas del templo augusto del Divino Amor, hacia donde Tú la guiaste a través de los siglos.
Y así, junto a esa puerta excelsa y aún cerrada para el alma proscrita en la Tierra, paréceme una voz suave, acompañada de un salterio, más suave aún, que canta:
¡Alma, espera!…, ¡alma, sufre!…, ¡que muy cerca está, y a tu lado está el que esperas y buscas en tu andar desconsolado!…
Y el alma sufre y el alma espera, y llama y busca ante esa puerta que Tú, Divino Maestro mío, mago sublime del templo del Amor, abrirás un día para mí cuando en el gran libro de las vidas heroicamente cumplidas, pueda yo escribir con caracteres de fuego como Tú lo hiciste en la hora de tu glorioso holocausto: ¡todo fue consumado!

¡TU DIVINO AMOR…, SEÑOR!

¡Oh, Maestro mío!
Cuando la tarde se va y comienzan las sombras a diseñarse tenues y fugitivas, como impregnadas de silencio meditativo y hondo, mi alma vuela hacia Ti, buscando entre el suave resplandor de las estrellas, entre las ondas armoniosas del éter azulado, la vibración de tu voz, la dulce frescura de tu efluvio…, el beso de tu alma a la mía…, ¡oh, eterno amante de las almas que se refugian en tu aura excelsa, radiante, esplendorosa!…
Trasplantada en una tierra extraña, como planta exótica y desconocida, encuentro que las noches tienen demasiadas tinieblas, que son muy opacas las auroras, y brumosas las mañanas, y grises, muy grises las tardes…, y los ocasos tristes como el adiós de seres que nunca volverán a encontrarse.
¡Y por eso te busco con desmedido afán, Maestro mío, estrella polar de mi vida eterna…, consuelo en mi largo camino…, lámpara de mi penoso viaje a través de las tinieblas hondas y frías que me hielan el alma, arrancándome ayes lastimeros como de un niño enfermo que llora en la soledad de una choza abandonada, sin fuego y sin luz!…
¡Maestro!… ¡Maestro Jesús!…
¡En esta extraña tierra donde tu amor y el mío me han traído, nadie comprende el amor como en mi alma germina, y nace y crece y da flores exuberantes y hermosas!… ¡Flores que viven y sienten, que piensan y aman, que tienen alas y suben! ¡Que tienen notas armónicas y cantan!…
En este oscuro planeta, nadie siente el amor como aquel amor que Tú me enseñaste un día, cuando mi alma desbordaba de amor ante la ideal belleza de tu frente iluminada, de tus ojos que miraban tan suave y tan
hondo, de toda la hermosa majestad de tu persona que irradiaba luz y armonía, como si de rayos de sol se hubieran tejido tus vestiduras, y tus pasos se deslizaran sobre cuerdas de arpas invisibles…
¡La luz y la armonía emanaban de Ti con profusión infinita!
¿Cómo no amarte si estaba en Ti la más perfecta belleza?
¡Y cuando yo enloquecía en la lucha de adorarte como a Dios o de amarte como a un hombre, Tú me salvaste de la perturbación del vértigo, enseñándome aquel secreto amor…, aquel divino amor que no pide ni busca exteriores manifestaciones porque crece hacia lo más hondo del alma, en la cual aniquila, quema, diluye hasta el último eco de materiales deseos, para no dejar más que el sereno resplandor de una llama que no apagan los vientos, ni las tempestades, ni la vida con sus tiranías, ni la muerte con su libertad!
¿Por qué, Maestro mío, no comprenden los seres de esta Tierra ese divino y secreto amor que se da como el perfume de una flor, como el rumor de la fuente, como la luz de las estrellas, como la melodía de un arpa, como el canto de los pájaros y el reír de los niños?
¡Pero si Tú, Divino Maestro Jesús, me hiciste conocer un día ese amor, debe ser porque habrá un país encantado, un mundo o muchos mundos donde ese amor no sea extranjero sino nativo; donde ese amor no sea duramente calificado de quimera, de locura, de neurosis, de ilusión!…
¿Qué mundos son aquéllos, Maestro mío, y dónde están?… ¿Y cuándo, dime, cuándo se abrirán sus puertas de cristal y ámbar para mí?… ¡Pobre avecilla desterrada en esta áspera tierra de los egoístas amores!… ¡Que son como formidable marejada que pasa por los jardines en flor arrasándolo todo!
¡Que son como manada de elefantes enfurecidos destrozando la selva umbría en desesperada carrera!… ¡Que son como lobos que buscan la presa para devorarlas!… ¡Que son como llamarada de incendio, que pasan por la pradera en flor dejándolo todo reducido a cenizas frías y muertas que no vuelven jamás a vivir!…
¡Maestro!… ¡Maestro Jesús!… ¡Qué hermoso y grande te ve mi espíritu desde aquel día en que me enseñaste el secreto y divino amor que se da sin pedir nada!…
¡Ese amor que es como perfume de flores, como rumor de aguas cristalinas, como luz de las estrellas, como sonido de arpas, como cantar de alondra y como el reír de los niños!…

* * *

Y oigo tu voz en lo profundo de mí misma, que me dice:
“¡Mujer!… Si me amas como yo te amo, florecerá entre tú y yo una
alianza eterna que nada ni nadie podrá romper ni aniquilar, porque este amor es un mago divino generador de un fuego intenso que no quema, de una luz que no deslumbra, de una dulce cadena que no pesa, y de unas alas tan sutiles y poderosas que levantan a cumbres que no dan vértigo. “Ámame así, mujer, porque sólo ese amor tendrá resonancias para mí. “¡Sólo ese amor levantará un eco sonoro y dulce en mi espíritu y hará
vibrar el arpa oculta en mi corazón!…
“¡Ámame con ese divino amor, mujer, porque todo otro amor morirá extenuado antes de llegar hasta mí!… ¡Morirá aniquilado, como el canto de un pájaro de improviso muerto por el cazador!… ¡Como luz de una lámpara apagada por el viento!… ¡Como surco de agua interceptado por una montaña derrumbada!…”
¡Maestro!… ¡Maestro Jesús!… Ábreme la puerta del país encantado donde vive ese divino amor, y secreto amor que no pide ni busca exteriores manifestaciones porque crece y se dilata hacia lo hondo del alma quemando y diluyendo hasta el último eco de materiales deseos y no deja más que el sereno resplandor de una lámpara que no apagan los vendavales, ni las tempestades, ni las heladas tinieblas del desengaño, ni las variables mudanzas de la vida, ni la ausencia profunda de la muerte…
¡Oh, Divino Amador de los que aman!… ¡Dame unas gotas, no más, de ese divino elixir de tu amor eterno y seré bienaventurada por los siglos de los siglos!…

ESPERANDO AL AMOR

¡Oh, Maestro mío!…

¡De nuevo estoy junto a Ti buscando el calor de tu ternura, porque mi alma está helada al contacto de la incomprensión y la indiferencia de los que se llaman amigos…, compañeros…, hermanos!

¿Por qué prisma miran ellos todas las cosas, Señor, que sus conclusiones difieren de las mías tan irremediablemente…, tan absolutamente?…

¿Por qué son las criaturas tan fáciles para olvidar sus promesas, sus alianzas, sus amores, mientras el que no puede olvidar permanece abandonado, solo con el alma herida de frío y de espanto cual si se viera suspendida sobre un abismo?

¿Por qué, Maestro Jesús?… ¿Por qué?…

Y los ideales más puros y santos sustentados ayer con vigoroso afán…,

¿eran tan sólo una hoja de papel, escrita hoy y borrada mañana, y echada a rodar rota en pedazos arrastrados por los inestables vientos de la vida?…

¿Por qué, Señor, desde el primer brillar de mi inteligencia y de mi razón

comprendí el bien, el amor, la amistad, la justicia; y lo que entonces amé aún lo amo, y estoy cierta que lo amaré hasta el último aliento de mi vida?

¿Por qué las criaturas cambian de ideales como de vestidos, y rechazan duramente hoy lo que amaron ayer?

¿No son todas las almas igualmente inmortales y eternas, divinos reflejos de Dios inmutable en todas sus infinitas perfecciones?

¡Oh, Divino Maestro mío!

¡Cómo se queja y solloza el alma a la vista de los mudables sentimientos de las criaturas que, al igual de los niños inconscientes, destrozan y pisotean el juguete por cuya posesión lloraban desconsoladamente!

Y tu voz, de inconfundible resonancia, me contesta en lo más profundo de mi propio ser:

“¡Mujer!… ¿Por qué tu alma se estremece y tiembla a la vista de la variable voluntad de las criaturas?… ¡Te asombras y te espantas que hoy quieren lo que rechazaron ayer, y acaso buscarán con ardor mañana lo que hoy pisotean y desprecian!

“¿Has olvidado que dije: ‘que en la Casa de mi Padre hay muchas moradas’? ¿No has pensado nunca qué diversos y variados caminos pueden conducir hasta ellas?

“¿No has pensado nunca que no es igualmente bella la simiente del rosal germinando en la tierra, que el rosal cubierto de corolas brillando en colores a la luz radiante de sol?

“¿No has pensado nunca, en que el informe grumo vivo del pichoncito apenas salido del huevo, no tiene la belleza del avecilla pintada que exhala al viento la gloria de sus gorjeos?…

“¡Sólo las almas llegadas a las regiones en que ya se perciben las vibraciones del Amor Divino, que es Bondad y Justicia, Belleza y Conocimiento, son inconmovibles como las montañas al embate de las olas, como la invariable luz de un faro en la oscuridad de la noche, como el impasible girar de las estrellas en la inmensidad del espacio y en el largo encadenamiento de los siglos!

“¡No puedes desmentir tu origen, Albadina de Venus, nacida en esta tierra siempre bajo la influencia de aquel planeta que te hace sentir la nostalgia de tu destierro y el intenso efluvio de amor de los jardines de Odina!…

“¡Y pasas tus vidas terrestres mecida por el oleaje azul de tus ensueños que te hicieron llorar y cantar, ora en la oscuridad de negros abismos o en las cumbres coronadas de sol!…

“Es hora de que despiertes a la vida propia de esa tierra cubierta aún de lodazales y de espinas; y bendice al Eterno Amor que de tanto en tanto deja caer sus raudales sobre ti para apagar tu sed y tus delirios!…

“Bébelos ansiosamente mientras dejas correr a tus pies el amargo oleaje de los egoísmos, las ingratitudes y la incomprensión de las mayorías de este planeta.

“¿Quieres recoger lirios de los espinos y de los zarzales?

“¿Quieres recoger agua clara y fresca de la ciénaga en que se solazan las bestias?…

“¿Quieres escuchar gorjeos de ruiseñores entre las ruinas donde anidan los búhos y las cornejas?…

“¡Alma venusiana!… ¡Despiértate y no sueñes más mientras duerme esta humanidad en la penosa inconsciencia de su actual situación!…

“¡Canta!… ¡Canta unida a todos los trovadores de Venus que vinieron a esta tierra para inundarla de Amor, de Paz, de Armonía y de Belleza! “Mas, no sueñes con que tus cantos encuentren siempre resonancia

en las arenas resecas o en los valles sin sol que este mundo te ofrece en tu vida presente.

“Si esperaste tantos siglos siguiendo al Amor, buscando al Amor en tierra extraña, enloquecida y delirante, muriendo o viviendo, vencedora o vencida; contemplaste pasar civilizaciones, razas y pueblos, espera un día más y florecerán mis rosales aún más exuberantes y lozanos de los que forjan tus sueños…

“¡Como tú he soñado! ¡Como tú he llorado y buscado y vivido muriendo de amor, en esta tierra que riegas con tu llanto y hoyas con tus pasos; mas en un día inolvidable me desperté a la dura realidad y desde esa hora descanso en una amplia y serena esperanza!

“Piensa que al igual que en Venus florecerán en esta tierra los rosales del Amor que juntamente con todos los míos sembramos en este globo en la sucesión de los siglos y de las edades…

“Y entonces llamaréis a Venus vuestra madre y a la Tierra vuestra hija. “Ama el hijo a la madre que le colmó de ternuras y de dicha. Ama la

madre al hijo que más le hizo llorar.

“¡Acuérdate siempre!… ¡No lo olvides jamás!… ¡Es nuestra consigna eterna!… Para nosotros, los Amadores, lo amargo y lo dulce, la derrota o el triunfo, la muerte o la vida… ¡todo!… ¡todo es Amor!…”

¡Oh, excelso Maestro Jesús! ¡Estrella polar de todos los Amadores!…

¡Ahora sé y comprendo por qué de diversos y variados prismas, miramos las almas el complicado engranaje de todas las circunstancias y acontecimientos que se suceden incesantemente como las mudables olas del mar!…

¡Es magia divina de amor y de sabiduría tu palabra, Maestro mío, y a su luz se despejan todos los horizontes, se desvanecen las negruras de la duda, las vacilaciones de la incertidumbre y el pavor de lo desconocido!…

¡Déjame, Señor, tener la gloria de sentir tu palabra y cierta estoy de que iré tras de Ti hasta el último aliento de mi vida!…

¡HÁBLAME, SEÑOR, QUE TE ESCUCHO!

Amado Maestro mío:

La vida humana me lleva de continuo en medio de las criaturas, y cuando torno de nuevo a mi mundo interior, me acompaña la sensación dolorosa y triste de haber perdido aquellas horas y de no haber recogido una flor siquiera…, ni una sola que pueda satisfacer la íntima ansiedad de mi espíritu.

¿Qué es, Maestro mío, lo que busca mi alma?

¿Qué es lo que ella necesita?… ¿Qué es lo que anhela conseguir?…

Las criaturas no saben responder a estos interrogantes míos… ¡Respóndeme Tú, Señor, con la infinita Bondad de tu alma ungida de piedad y de amor!

¡Tú lo sabes todo, porque eres esencia, reflejo y vibración eterna de la Divinidad!

Hastiada de los efímeros y mezquinos goces de la Tierra, el alma apenada se refugia en sí misma, cierra sus puertas a todo ruido exterior, y repite una y mil veces: ¡Háblame Tú, Maestro mío, porque nadie sino Tú puedes adivinar lo que se agita en tumultuoso torbellino aquí en lo profundo de mi mundo interior!

Y cuando la soledad y el silencio adquieren dimensiones de abismo en torno mío, oigo tu voz, Maestro Jesús, como un rumor de cadencia lejana que me dice así:

“¡Ama a todas las criaturas y a todos los seres pero sin esperar de ellos nada…, absolutamente nada!…

“¡Cuando sales de ti misma al mundo exterior, te acompaña la idea de recoger una flor, un afecto, una caricia, un consuelo…, una esperanza!… “De ahí que al no encontrar fuera de ti nada de cuanto anhelas, retornas desesperanzada y con una sensación de vacío, de nulidad en todas las cosas, de absoluta impotencia para traducir a realidades tus sueños

delirantes.

“¡El alma que ha llegado a esta infinita ansiedad de belleza, de conocimiento, de luz y de amor, no puede encontrar su descanso y su quietud sino en la soledad y el silencio, donde la inundará la divina plenitud de Dios!…

“¡Siempre Dios, hacia arriba y hacia abajo, a la derecha y a la izquierda, en la luz y en la sombra…, en el dolor y en la alegría…, en la vida y en la muerte!…

“¡Y si es grande tu ansiedad por llegar a la clara visión de la Divinidad,

mayor es aún mi anhelo de que avancen las almas, serenas y fuertes, por el hermoso sendero de la Verdad sin velos, a cuyo final está el palacio encantado de la Sabiduría, eterna guardiana del arcano que van buscando. “Sintiendo estoy la anhelante súplica próxima a brotar de tus labios:

¡Dame, Maestro, una migaja de esa Divina Sabiduría para que pueda llegar al conocimiento de Dios!…

“Óyeme bien y esfuérzate en comprender el sentido de mis palabras: “Ni yo ni nadie te puede dar la clara visión de la Causa Suprema en toda su amplitud y soberana belleza, si no has conquistado con tu esfuerzo, el derecho de penetrar en el Santuario secreto de lo Absoluto, de

lo Infinito, o sea de lo que fue siempre y eternamente será.

“La claridad de la visión divina, corre pareja con la pureza del alma que la busca.

“El amor y el dolor forman unidos, el crisol en que se consumen como a fuego lento todas las imperfecciones del alma, única valla que le estorba el pleno conocimiento de Dios.

“Inútil será que pidas a los filósofos de la Tierra, la definición de lo qué es el Absoluto, la Luz Increada, el Amor Eterno, el Poder Supremo, porque ellos no pueden ir más allá del círculo estrecho y mezquino de pobrísimas concepciones que apenas si tienen un tenue reflejo de la realidad…

“La clara visión de la Divinidad se obtiene mediante la purificación del espíritu y a esta purificación se llega después de largas jornadas de abnegación, de vencimientos de sí mismo, de renunciamientos heroicos, de ebrias locuras de amor en que olvidada el alma por completo de sus intereses individuales y conveniencias materiales, llega a convertirse en una llama, en una lámpara, en un perfume, en un canto interminable…, en una resonancia suavísima que pasa por la faz de la Tierra acariciando…, curando…, consolando…, vivificando…

‘¿No pasé Yo así en siglos lejanos de los tiempos que fueron, pero vivos aún en el recuerdo subconsciente de todos cuantos me amaron?…

“Veo el desaliento tenderse como una niebla sobre tu faz dolorida, mientras en lo hondo de ti misma me dices como en un sollozo:

“¡Maestro!… Si para comprender al Supremo Infinito he de esperar a ser como Tú, vale más dejar de ser, que vivir en continua tiniebla…

“¡No puedes dejar de ser!

“¡El Eterno Absoluto no destruye jamás sus creaciones, sino que las impulsa a una eterna transformación ascendente, desde la chispa viva emanada de Sí Mismo hasta la inmensa hoguera capaz de abrasar un mundo!… ¡Que tal es el alma purificada!

“¿Piensas acaso que el Eterno Poder crea obra perecedera?

“Desde el imperceptible átomo de vida que su aliento soberano esparce en el éter de todos los mundos, como origen y principio único de toda

creación y de toda forma, desde la flor hasta la bestia y desde el gusano hasta el hombre, no es más que el cumplimiento inexorable de la Ley de Evolución y jamás el aniquilamiento, pues lo que llamáis muerte es un descanso periódico al principio inteligente que es apartado a intervalos de la materia, manifestación de su vida, y que a la vez le causa fatiga, lucha incesante, derrotas y dolores.

“Y mientras llega la hora de que puedas rasgar por ti misma el velo que te oculta al Eterno Invisible, confórmate con el resplandor que emana de su inefable Bondad y de su fecundo e inagotable Amor a través de los mundos, de los seres, de las cosas, a través de ti misma que eres creación suya y que sientes los efluvios de la Divinidad en las puras manifestaciones del Amor, de la Belleza, de la Armonía incomparable de todo cuanto te rodea en la vasta creación Universal.

“No te encierres en la mezquina concepción de que Dios es un ser, aun cuando lo imagines dotado de todas las perfecciones. Todo ser tiene un Creador. Y Dios es el único Increado.

“En el estado actual de las mentalidades terrestres, os cuesta enorme dificultad y hasta imposible de concebir y comprender ese algo indefinible que no tuvo principio y que es origen de la Vida, de la Luz, del eterno movimiento en los mundos, en los seres y las cosas…

“Y son millares de millones de mundos poblados de vida, que ruedan en armónico conjunto en la inmensidad sin límites del espacio infinito.

¡Alma que buscas, que interrogas y que pides!… ¡Óyeme bien y aquiétate como el niño que llora y se acalla con una caricia materna!… La Idea que más te acercará a la comprensión del Eterno Invisible es ésta: Dios es Amor Supremo, Inconmensurable y Eterno. Y cuando más intensa y desinteresadamente amas a todos los seres que te rodean, hasta ser capaz de sacrificarte por ellos, más perfecta es tu semejanza con Él, y más íntima y completa tu posesión de Él.

“Tal fue el significado de aquella frase que repetí muchas veces entre vosotros cuando os daba mi último adiós como hombre: ‘Si os amáis unos a otros como yo os amo, el Padre y Yo vendremos a vosotros y haremos nuestra morada en vuestro corazón’.

“Cuando el amor a todos los seres te convierta en una llama que da calor, en una lámpara que alumbra, en un perfume que purifica los sentidos, en una resonancia suavísima, que pasa por la tierra acariciando, consolando…, vivificando…, entonces, alma que buscas y que pides, entonces está Dios en ti y tú en Él, de la manera más perfecta que es posible en este mundo de escasa evolución moral y espiritual…”

¡Maestro!… ¡Divino Maestro Jesús!… ¡Tu pensamiento ha respondido a mis interrogantes y ha sosegado el torbellino de mi mundo interior!

¡Eres un resplandor de la Luz Divina, llamarada viva del Eterno Amor,

suavísima esencia de la Belleza Increada, y sólo Tú podías darme en pocas palabras lo que nunca hubiera encontrado en la tierra lejos de Ti!… ¡He comprendido, Maestro mío, que por eso te llaman Hombre-Dios, porque tu altísima perfección te hace capaz de amar como sólo el Eterno Amor puede amar!

¡MAESTRO! ¡ÓYEME!

¡Maestro Jesús que irradias tu Divina claridad sobre todos los seres grandes y pequeños, buenos y malos que viven en esta Tierra! ¡Óyeme por piedad!

¡Maestro Jesús que comprendes y que sientes la honda agonía de las almas que te buscan, sumergidas en el amargo y turbulento oleaje de la vida humana, en este plano donde tan pocos son los seres que comprenden y sienten el amor! ¡Óyeme por piedad!

¡Tú lo sabes, Maestro Jesús, porque lo has sentido más que yo! Tú sabes que no hay martirio comparable al que causa el desamor de los seres, el egoísmo de los seres pensando eternamente en sí mismos y olvidando eternamente a los demás. ¡Oh, Divino Amador!… ¡Oh, heroico Amador…, que entre las selvas impenetrables del humano egoísmo bajas Tú a amarnos todavía, a querernos todavía…, sin parar tu atención en que los seres de esta Tierra somos fieras que nos damos zarpazos y dentelladas unos a otros, y que no acertamos a ser felices sino causándonos tormento los unos a los otros!

¡Alma pura de Jesús inundada del Amor Eterno!… ¡Qué amargas agonías solitarias habrá pasado tu Espíritu en el largo rodar de los siglos, en que tu amor te tuvo encadenado a esta humanidad, formada de seres que han huido de Dios para buscarse a sí mismos en todos los momentos y en todas las cosas, así grandes o pequeñas, buenas o malas!

¡Alma heroica de Jesús saturada de nobleza y de bondad!… Qué de veces te habrás estrujado y retorcido a ti misma, para envolver en la suavidad de tu tolerancia y tus perdones a esta humanidad terrestre, compuesta de seres que no viven más que para su propia complacencia y su propia voluntad, relegando al arca de las cosas inútiles tu divina palabra: En el amor que os tengáis los unos a los otros conocerán todos que sois mis discípulos.

¡Alma tierna, delicada y suavísima de Jesús, ungida del Amor, vibrando al más tenue e imperceptible vagido de las almas pequeñas que te buscan y te aman!

¡Cuántas veces habrás llorado en la soledad y en el silencio viendo la

incomprensión de los hombres, su inaudita inconsciencia que les lleva al dolor, a la tortura, a la miseria y a la muerte, cuando tan fácil es sembrar rosas en el camino de los que pasan, y ocultar las espinas que pueden lastimarles los pies!

¡Oh, Maestro Jesús!… ¡Heroico amador de las almas grandes y pequeñas, buenas y malas!… ¡Dame un rayo de luz de tu lámpara sagrada para avanzar por tu mismo camino, bebiendo las aguas salobres de las egoístas manifestaciones de los seres, que sólo comprenden el amor cuando lo reciben como esplendorosa floración de rosales en plena primavera!

¡Oh, alma dulce y misericordiosa de Jesús iluminado por el Amor!…, llena mi copa vacía con la tuya desbordante e inagotable de perdones y de ternuras, de tolerancia y de piedad, para la inconsciencia de los seres que saborean egoístamente la miel, sin pensar en los sacrificios de la abejita ignorada que la produce.

¡Maestro!… ¡Maestro Jesús! ¡Desposado con la Inmolación en el templo augusto del Amor Eterno, has conquistado el sobrehumano poder de amar lo que no merece ser amado, de dar la luz al que busca apagarla, de verter tu ánfora de aguas cristalinas sobre el que busca la ciénaga y el pantano para solaz y recreo!…, ¡de partir el pan divino de la Verdad con los que buscan los mendrugos sobrantes de los festines de la vida!…, ¡los mendrugos de las propias complacencias, de las vanidades satisfechas, como fierecillas que rugen en nuestro mundo interior!

Maestro Jesús…, sin mirar mi debilidad y pequeñez, ¡óyeme por piedad!…, ¡yo quiero subir también hasta ese templo del Amor donde te has inmolado, y quiero coronarme con tus mismas rosas de sangre, y tejer mi vestidura nupcial como Tú, con las perlas transparentes de las millares de lágrimas que habré llorado, y formar mi escala de ascensión con las piedras que habré apartado del camino de los demás, con las espinas que habré recogido y clavado en mi propio corazón para que no lastimen a los demás; con las tablas que habré arrojado a las olas bravías para que se salven del naufragio los demás!…

¡Oh, Maestro!… ¡Maestro Jesús!…, ¡no quiero que llegues a mi puerta como divino vagabundo en busca del Amor y no lo encuentres, sino que antes de haber llamado, hayas visto el resplandor de mi lámpara encendida, y hayas sentido el perfume de tus rosas de sangre, y el sonido cristalino de las aguas vaciadas de tu copa a la mía que en abundoso desborde corran y corran para apagar la sed de los sedientos!

¡Oh, Divino Amador de los que aman!… ¡Ayúdame a sentir la delicia infinita que se encierra en el sufrir para que los demás se consuelen, en el levantar enormes moles de piedras para que los demás encuentren liso y llano el camino, en el abrir hondos surcos en la tierra fría y pedregosa para sembrar de flores y de frutos el largo camino de los viajeros!

¡Oh, Maestro mío!…, ¡que ningún vendaval apague mi lámpara encendida por Ti!…, ¡que ninguna fiebre agote el agua de mi copa llenada por Ti!…,

¡que las heladas invernales no agosten jamás mi rosal plantado por Ti!…

Con mi lámpara encendida por el amor, con mi copa rebosante de amor, con mi rosal florecido de amor, quiero llegar, ¡oh, Maestro mío!, hasta el templo augusto del Amor Eterno y oír que tu boca me dice su divino mensaje:

“¡Bienaventurada tú que has amado por encima de todas las cosas de la Tierra!”

EL HUERTO DE GETHSEMANÍ

Bajo la sombra de olivos centenarios que vieron desfilar muchas generaciones y presenciaron muchos dolores humanos, mi alma te busca, Maestro Jesús, cuando has huido de los hombres para encontrar luz y fortaleza en el hondo silencio de tu mundo interior.

Un rayo de luna tímido y discreto ilumina tu faz martirizada por la interna visión del holocausto supremo que se acerca, arrancando de tu Corazón aquel grito inolvidable: “¡Pase de mi este cáliz, Padre mío, pero no se haga mi voluntad sino la tuya!”

La humanidad en su gran mayoría incomprensiva del modo y forma como se gesta en las grandes almas el hecho sublime de inmolarse por un ideal, sólo vio en Ti el suplicio final: tres horas de agonía sobre el patíbulo del Gólgota en medio de atroces torturas físicas. ¡Pero pocos han comprendido la angustia de tu espíritu clarividente a la vista del supremo sacrificio, muchas horas antes de consumarlo!

Aquella visión horrenda debió estremecer el espíritu y la materia en una conmoción tremenda, en aquel huerto silencioso, sin más testigos que los olivos centenarios y el rayo de luna, tímido y callado, acariciando tu faz contraída por una angustia indescriptible…

Acaso viste surgir como un sombrío abismo la pavorosa visión de la balanza implacable de la Eterna Justicia, en uno de cuyos platillos estaba la maldad humana, llevada hasta aquel límite en que el mal como fuerza destructora aniquila toda vida por largas edades; y en el otro estabas Tú, excelso Maestro, como hostia propiciatoria, pidiendo para Ti toda aquella corriente de destrucción, aniquilamiento y muerte, que la Eterna Ley debía desatar sobre la humanidad prevaricadora y rebelde.

¡Y tu infinita carga de amor, pesó más…, inmensamente más que toda la maldad de los hombres!…

¡Y el platillo bajó hasta el fondo!…

¡Te hundiste en el oscuro y siniestro abismo donde el dolor, el oprobio, el abandono y el martirio moral y físico causan indecible espanto!…, ¡infinita angustia!… ¡Y así fuiste el Salvador de esta humanidad terrestre!

¡Todo este drama estupendo se desarrolló en el escenario profundo de tu mundo interno, bajo los olivos centenarios del Huerto de Gethsemaní, donde habías ido a buscar en el acercamiento a Dios la fuerza para triunfar!

¡El rayo de luna besó tu frente estremecida!…

¡El soplo de la brisa secó tus lágrimas silenciosas!…

Los pájaros dormidos entre la fronda escucharon tus gemidos, y aprendieron las alondras a mezclar en sus gorjeos el doliente piar de la zozobra y el terror…

Acaso viste en tu clarividencia de iluminado la inconsciente defección de Judas, la negación de Pedro, el desengaño de todos, el abandono del pueblo que te amaba…

Y apagándose de pronto los luminares que alumbraban tu interno escenario, te llegaste a tus discípulos que a pocos pasos dormitaban, para decirles:

“Velad y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu pronto está, pero la carne es flaca”.

Y la flaqueza de la carne les venció, para que el Cristo Divino no tuviera en la hora final, el consuelo de ver a los Doce, en quienes más confiaba, firmes y valerosos en la hora solemne del holocausto salvador de la humanidad…

Y les viste vencidos por la flaqueza de la carne cuando la fe en Ti les abandonó. Y el ave fatídica de la desesperanza les graznó al oído: “¿Si era el Hijo de Dios, como le deja así perecer entre la infamia y el baldón como vulgar delincuente?

¡Y ese horrendo pensamiento, oh, excelso Maestro Jesús, debió ser el golpe de gracia para tu atormentado corazón!…

He ahí la tentación de la cual querías defenderles, cuando les decías en el huerto de tus agonías…: “Velad y orad para no caer en la tentación…” Veinte siglos van pasando en marcha lenta y pesada desde aquella hora

de tu visión en Gethsemaní, y la humanidad, incomprensiva en general, no ha visto claro en aquel profundo escenario de tu mundo interno.

¡Pero en nombre de todos los que te hemos comprendido y te hemos amado, mi voz como un sollozo en las tinieblas se acerca a Ti, Ungido de la Luz y del Amor, porque soy un retazo de la humanidad que redimes y que salvas con el poder sobrehumano de tu amor misericordioso!…

Y esta voz que es de la humanidad que te busca, te clama en un salmo íntimo, en una elegía profunda, pidiéndote para sus ansias la paz y la sabiduría…

Y esa parte de la humanidad que comprende la gestación del supremo holocausto en Gethsemaní, te dice por esta voz mía, que es un gemido en las tinieblas:

“Tengo un gran dolor en lo profundo de mí misma y nadie puede consolarme… ¡Sólo Tú!…

“¡Compadécete de mí, cuando abandonada de todos no encuentre una mano compasiva que cure mis heridas y seque mi llanto!…

“¡Compadécete de mí, cuando el desengaño me hunda en un abismo de soledad y desaliento!

“¡Compadécete de mí, cuando la fe en el Ideal se oculte a mi alma dejándola sin guía, sin sendero, en una negra noche de dudas y de zozobra!… “¡Compadécete de mí, cuando el ángel de la santa esperanza huya de

mi lado dejándome en desesperación y terror!…

“¡Compadécete de mí, oh, Divino Salvador, cuando inducida por los enemigos del bien y extraviada por el dolor, acaricie la idea de abandonar tus caminos, pensando erradamente que tu luz no brilla para mí!…

“¡Compadécete, entonces…, oh, Maestro de la Divina Sabiduría, y haz conmigo como si fuera un ave errante en noche de tempestad, que con sus alas destrozadas se refugia en los pliegues de tu manto, buscando calor, vida y sosiego!…”

Y esta voz se hace más íntima…, como un susurro de insecto en las tinieblas, para decirte:

“¡Hombre-Luz!… ¡Hombre-Amor, Ungido de Dios!… ¡Quiéreme por piedad como al niño que llora!…, ¡como al corderito herido entre zarzales!…, ¡como al pájaro errante en noche de tempestad, como a la flor silvestre perdida en el camino!… ¡Y no me dejes nunca sola, con esa gran soledad del alma que no encuentra ni en los cielos ni en la tierra quien responda a su llamado! …

“¡Que no huya de mí la Luz de la Fe, dejándome sumida en tinieblas!… “¡Que no huya de mí la Esperanza, dejándome en un abismo donde sólo

se respira la desesperación y el hastío!….”

“¡Que no huya de mí el Amor, dejándome en un sepulcro de vivos; que eso es la vida humana sin amor, sin esperanza, sin fe!”

¡Cristo de la piedad, martirizado espiritualmente por la interna visión del Huerto de Gethsemaní, óyeme, que mi corazón te habla! Es la humanidad creyente en Ti que te pide:

¡Dame la Fe esplendorosa y viva que ilumina y guía en las tinieblas!…

¡Dame la Esperanza que es impulso y aliento hacia el Ideal!…

¡Dame el Amor que torna dulce todo lo amargo y hace presentir la dicha inefable de la infinita y eterna claridad!…

¡TU DIVINO SALMO, SEÑOR!…

¡Oh, Maestro Jesús, el de los grandes martirios!… ¡El de las heroicas inmolaciones!… ¡El de los renunciamientos completos, profundos y silenciosos!…

¡Déjame beber en la misma copa que Tú para tener el derecho de llamarte Maestro mío!…

¡En tus caminos de hombre y en tus caminos de apóstol nada más he descubierto que una lucha tenaz y persistente por quemar como perfume en un pebetero, todo cuanto pudiera ser complacencia a tu corazón de hombre!…

¿Por qué es esto, Maestro mío?

Era dulce a tu corazón de hijo el resplandor suave de la llama del hogar, el techo que cubrió tu cuna, saturado de amores y de recuerdos…

Y te arrancaste de improviso y llevado lejos a tierras desconocidas, tal como una blanca flor arrancada por el vendaval…

Te he visto en temprana adolescencia arrancarte Tú mismo a las ternuras familiares y acogerte a la austeridad de los Santuarios Esenios, donde la soledad y el silencio avivaban tus recuerdos, y los resplandores de la contemplación y la luz de la sabiduría poblaban tu alma de poemas inmortales…

¿Por qué es, todo esto, Maestro mío?…

¿Por qué tronchabas así las puras y blancas flores del amor de la familia? Yo he visto más tarde que cegaste apenas nacida, la púrpura viva de otros afectos más intensos aún y que son fibras de la vida en todo ser que

reviste la materia propia de este planeta.

¿Es que tu vida es el libro abierto en que debemos leer y aprender y forjar nuestras vidas, si queremos subir a la cumbre en que nos esperas Tú?…

¿Es que debemos quemar también como perfume en un pebetero, todo aquello que signifique complacencias a nuestro corazón?

¿Es que las leyes que rigen un determinado plano de evolución me llevan también a mí por un camino de desnudez espiritual, sin ensueños y sin alegrías de las muchas que veo pasar a mi vista como mariposas de luz fugitivas y rumorosas?… ¿Como hadas blancas y musicales que se acercan y huyen, que me sonríen y se desvanecen cuando el alma se inclina a ellas para acariciarlas?

Y cuando en todo esto medito a la luz de las estrellas, sentada sobre el desnudo peñasco donde no crece el follaje, ni se abren las flores, ni anidan las gaviotas, ni arrullan las palomas, a la vera de un mar de olas turbias

y bravías oigo tu voz…, la voz de tu alma que habla a la mía invitándola a la divina soledad de la cumbre gris y escueta donde un día se levantó un madero en forma de cruz, donde un mártir sublime extendió sus brazos para exclamar entre la suprema angustia de aquel a quien todo le fue arrancado, hasta la vida misma: “¡Padre mío, recibe mi espíritu!…”

¡Sí, tu espíritu, Maestro mío, desnudo ya de todo, y sordo para siempre a la voz de la Tierra que desaparecía a tu vista como un negro fantasma de iniquidad y de miseria!…

¡Maestro!… ¡Maestro Jesús!… Oigo más todavía en el silencioso recogimiento de mi oración junto a Ti…, oigo tu voz suave como el rumor del céfiro en las flores antes del anochecer:

“El que quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.

¡Y entonces siento que el mago importuno del recuerdo, en no sé qué plano áureo y cristalino que existe en mí misma, empieza a diseñar horizontes de ensueño, verdes colinas, valles deliciosos donde se arrullan las palomas en el tierno idilio de sus amores; fuentes serenas y claras donde las garzas se contemplan a sí mismas, embelesadas, flotando como esperanzas que vienen!… ¡Y me veo yo misma, amada y amante, coronada de rosas y de lirios, derramando en abundosos raudales mi copa desbordante de amor y de felicidad…, la suprema felicidad que en divino poema bebieron Juno y Vestha, Numú y Vesperina, Anfión y Odina…, el amor como canto de pájaros, como susurros de flores agitadas por el viento, como melodías de arpas eólicas suspendidas del sauzal sobre el cristal de la fuente!…

¡Oh, Maestro Jesús!… Piadoso y bueno, el mago del recuerdo parece decirme: “¡Alma…, pobre alma! ¡Vive de la gama sutil de mis creaciones!…

¡Vive de las redecillas doradas de mis múltiples colores, de mis cromos que palpitan aún y que viven!…”

Pero más potente es tu voz, Maestro mío, que hace llegar a lo hondo de mi ser el salmo sagrado de lo qué es y será el horizonte único de mi subida a la cumbre, después de haber quemado como perfume en un pebetero todo cuanto causa humanas complacencias a una criatura revestida de carne…

Y tu voz me dice: “La decepción fue para ti el viento helado que sacude las ramas del árbol y las despoja de sus galas primaverales, acelerando así la hora del fruto codiciado.

“La ingratitud fue para ti la escarcha del invierno que seca el verde ramaje para fortificar la raíz y quemar las orugas venenosas, de tal manera que al llegar aquella otra primavera de robusta lozanía espiritual tus plantaciones no sienten el frío de las escarchas ni el azote del vendaval.

“El desamor, la indiferencia, el olvido, el abandono, te arrancaron de golpe a todo ese enjambre de melodías humanas que poblaban de

efímera dicha tu horizonte mental, donde era llegado el momento de diseñar creaciones reales, verdaderas y eternas.

“El cáliz de la inmolación, del sacrificio, del renunciamiento y de la negación de ti misma, es amargo como el acíbar. Pero cuando hayas apurado la última gota, sentirás que el Eterno Amor lo llena hasta desbordar, no de efímeras satisfacciones sino de una felicidad no soñada, ni comprendida, ni sentida jamás por aquellos que aún no tuvieron el valor de quemar, como perfume en un pebetero, todo cuanto embriaga el alma de fugaces satisfacciones.

“¡El alma que busca el amor sin recompensa, el amor sin egoístas satisfacciones, el amor que se dio sin esperar nada a cambio de lo que da, es así de generoso y callado! ¡Es así de grande y de sereno! ¡Es así de pleno y sobrehumano, que nada saben de él las almas que aún no fueron llamadas a ese altar apartado y solitario, donde arde permanente la llama en que se consume toda la hojarasca de los humanos deseos, para que no turben la quietud interior de los ungidos del amor!

“No ha de ser el camino de los discípulos diferente de aquel que anduvo el Maestro.

“Si quieres andar por mis caminos y subir la misma montaña y beber mis aguas de Vida Eterna y coronarte con las rosas del Amor Divino, alma que buscas y que llamas, aniquila hasta el mago del recuerdo, aduérmelo en el olvido, y deja vivir en la plenitud de la lozanía y del amor, las nuevas creaciones que la Divina Sabiduría hace surgir en el áureo plano de cristal de sus realidades inmortales”.

* * *

¡Tal es la voz honda y serena de tu sagrado salmo, Maestro Jesús…, ese que me recitas cuando meditando a la luz de las estrellas, sola entre el cielo y la tierra, busco el porqué de todas las horas dolorosas, pesadas y crueles que pasaron por mi corazón, como ventisqueros de hielo destrozando mis ilusiones y mis ensueños!…

¡Bendito sea tu divino salmo, Maestro Jesús, que cae sobre mi corazón como el rocío sobre una débil planta, agostada por los huracanes o marchita por las escarchas de este largo invierno!…

¡Maestro!… ¡Maestro! ¡Que este sagrado salmo que tu alma canta a la mía, endulce mis sacrificios, haga suaves mis inmolaciones…, y serenos mis renunciamientos para que ellos suban hasta lo infinito, como espirales de incienso quemadas y consumidas por la llama purificadora de lo único que no muere, ni se extingue, ni se cambia: tu amor inmortal y divino que me lleva de la mano a la posesión de la Eterna Claridad!… ¡Dios!…, ¡origen y fin de todo cuanto existe!

LA SELVA OSCURA…

¡Oh, mi divino Maestro!… ¡Mi luz, mi guía y mi único amparo en el oscuro destierro!

¡Apenas si mi voz acierta a llamarte!… ¡Y mis ojos nublados de llanto no perciben tus arreboles dorados ni los blancos cendales de tu claridad inmaculada!…

¡La angustia como una ola negra y pesada ahoga mi espíritu agobiado de incertidumbre!…

¡Maestro mío!… ¿Dónde estás oculto que mi alma no puede encontrarte?… No te veo en este páramo desierto… ¡No te siento ni percibo tu voz, ni

el calor de tu irradiación tierna y dulce como una caricia materna!…

¡La copa del dolor ha desbordado ya entre mis manos, y sus aguas amargas corren y corren como un caudaloso río inagotable!…

¡Maestro!… ¡Amor mío de muchos siglos de mi eterno camino!… ¡Mi alma, agotada ya sus energías, quisiera romper el lazo de la vida humana que se hace más angustioso cada día, cada hora, cada minuto!…

Y cuando iba a dar un largo adiós a todas las cosas, oigo a lo lejos…, allá en lo hondo de mi propio yo, la tenue vibración de tu divino pensamiento, que el amor… el amor tuyo, Señor, traduce en palabras de consuelo y esperanza.

“¡Mujer, que abrazada a mi cruz lloras silenciosamente juzgando que será eterna la tiniebla que oscurece el horizonte!…

“¡Acuérdate que, muchas veces, dije que la fe traslada las montañas y que el amor salva todos los abismos!…

“¡Y si montañas y abismos se interponen en tu camino, montañas y abismos salvará nuestro recíproco amor, si valerosa hasta el fin, no decae tu espíritu en la hora cruel del sacrificio!

“¿Qué es el abandono de las criaturas para el que está amparado por

Dios?

“¿Qué es la soledad material para el que abrió su alma a la plenitud divina, poblada de almas hermanas que comprenden y sienten el amor y la amistad?

“¿Mujer débil y triste como alondra solitaria, posada sobre una rama desgajada por el huracán y flotando a merced de las olas bravías y tempestuosas?…

“¿Por qué lloras siempre con ese hondo y silencioso llorar con que durante tantas horas regaste la piedra aquella que cubrió mi tumba?

¿Con ese largo y silencioso llorar con que durante años humedeciste

las arenas caldeadas del Mar Muerto?… ¡Muerto en verdad como tus ilusiones y esperanzas humanas de aquella lejana hora, punto inicial de tu progreso como espíritu!…

“¡Como aquél, es éste un punto de luz en el horizonte de tu vida eterna! “¡Óyeme mujer, que te hablo a ti misma en esta hora de angustiosa zozobra para tu espíritu, abatido por el huracán de los humanos desengaños y sumergido en las arenas movedizas de todo lo inestable, fugaz

y pasajero que te brindó la vida!…

“¡Tengo queja de ti, mujer de mi alianza postrera con esta humanidad que te rodea, porque juzgas del amor del Maestro como podrías juzgar de los mudables afectos de tus amigos de la Tierra!…

“¡Y porque así lo juzgas te crees sola y abandonada a las furias de la selva negra que atraviesas y de las olas embravecidas que surcas en busca del Ideal Eterno!…

“¡Mujer!… Si me sintieras a través del amor y de la fe, caminando a tu lado, allanando tus caminos y abriendo nuevos surcos a la divina siembra, no llorarías con ese hondo llorar del peregrino solitario, en tierras de eternas nieblas, donde no clarea el sol por las montañas ni resplandecen las estrellas en las noches sosegadas…

“¡Has pedido ser, en esta hora, desposada del Amor Eterno, el cual sólo abre la puerta de cristal y oro de su divino santuario cuando la esposa se ha engalanado con la vestidura nupcial tejida de abnegaciones heroicas, de renunciamiento completo y de generoso holocausto!…

“¡Has querido beber mi propio cáliz, y la copa desbordante fue acercada a tus labios!…

“¡Bebe sin miedo, mujer, que en el fondo de esa copa está el néctar divino de la única felicidad que puede saciar tus anhelos: la inefable belleza de la Luz Eterna y la infinita bienaventuranza que emana de la posesión perfecta de Dios!…

“¡Has querido, para ti, los propios estigmas de mi dolor como hombre, sacrificado por un sublime ideal de redención humana; y cruz ha sido para ti el desengaño de todos los afectos humanos; afrentosa flagelación, la pérdida de bienes, fama y estimación; agonía solitaria y torturante, el abandono de los que pasaron por tu lado recibiendo la ofrenda de tus beneficios, las flores suaves de tus afectos y solicitudes!…

“¡Mujer!…, levanta del suelo tu frente abatida y piensa, a la luz que irradio sobre ti. Ahora, que todo lo has dado sin reservarte nada para ti; ahora, que todos tus dones fueron ofrendados en divino holocausto al Eterno Amor, incluso tú misma, entregando vibración tras vibración, latido tras latido, anhelos y pensamientos de Luz Eterna que tejerá la túnica blanca de la humanidad del porvenir, ¿qué temes? ¿Por qué lloras y gimes, si cuando todo lo has dado, es llegada para ti la hora de recibir?

“¡El Eterno Dador es quien te devolverá ahora centuplicado tu don; y cada lágrima tuya en el ara del sacrificio, y cada flor marchita del árbol muerto de tus humanas esperanzas, será para ti como el resplandor de muchos soles, como el canto triunfal de muchas almas, como la eterna melodía de innumerables voces, ecos, notas, que se irán desbordando como torrentes en el espacio infinito y que el Eterno Pensamiento traducirá en estas palabras:

“¡Bienaventurados los que han amado más allá de las cosas que se extinguen y perecen!”

¡Maestro!… ¡Maestro mío!… ¡He comprendido tu lección envuelta en divino simbolismo, a través del cual me sonríe tu promesa eterna!…

Has diluido en tu fuego sagrado las últimas cenizas de mis terrenos deseos; y el más completo renunciamiento a todos los goces humanos, abre por fin la puerta a las divinas compensaciones…

Mi alma, Señor, desde este instante supremo y solemne, sólo será una lira invisible en tus manos para trasmitir a tus amados de esta tierra, los cantares inefables de tus amados de los cielos infinitos…

Penosa y dura fue la subida, Maestro mío; pero si es verdad que he llegado, dame tu paz y tu amor, que es la única compensación que deseo…

LA AMADA PRESENCIA

¡Maestro Jesús, que irradias con infinito amor tu claridad eterna sobre toda criatura que a Ti se llega pidiéndola!…

Vencida nuevamente por el enorme peso de la vida humana en estos valles terrestres, me acerco a tu corazón que se desborda de piedad y de amor, para vaciar en Ti mis cansancios, mis desalientos y vacilaciones.

El horizonte se ha ennegrecido de nuevo, todas mis luces se han apagado como si mil incertidumbres y dudas, formando sombras en torno mío, me hubieran envuelto en densas tinieblas.

¿Qué hay, Señor, más allá de estas tinieblas que parecen cortarme todos los caminos?

Paréceme que las flores de amor que en tu nombre había sembrado, se tornaron en matorrales de espinas, como guaridas de fieras que llenan el alma de terror y de espanto.

¿Por qué, Maestro mío, del amor no siempre brota el amor?

Tú nos dijiste que a veces tu simiente cae en tierra estéril donde los abrojales la ahogan y la matan; que a veces la devoran las aves de rapiña, o la pisotean los viajeros inconscientes a lo largo del camino…

¿Dónde, Señor, dónde está la tierra fértil en que germine vigorosa la simiente divina del amor que nos mandaste sembrar?

¡Sembrar!… ¡Qué duro es sembrar en las rocas muertas donde heladas escarchas la queman y la consumen, dejando el pesimismo y el desaliento en el alma de tus sembradores!

¡Oh, Maestro Jesús!… ¡Qué débiles sembradores de tu divina simiente son los que has elegido!… ¿Dónde está oculta la luz, la fuerza, la vigorosa voluntad de continuar tu obra por encima de todos los dolores y de todas las oscuridades?…

Y cuando la pesada tiniebla parecía invadir como una marejada hasta el recinto de mi oración junto a Ti, escucho tu voz en lo profundo de mi yo íntimo, como el cantar de un ruiseñor lejano entre la selva impenetrable y sombría. Y yo reconozco esa voz que acude a calmar la furia de la tormenta en mi mar embravecido. Y el alma aquietada por tu voz, sembradora de paz y de esperanza, la escucha anhelante como una cadencia lejana que dice: “Si vaciláis y dudáis y tropezáis en los caminos de la vida es porque muy a menudo olvidáis quiénes sois, a qué habéis venido y hacia dónde

camináis…

¡Olvidáis quiénes sois, cuando os desalientan los fracasos materiales o espirituales hasta el punto de creeros solos y olvidados en pleno destierro, como si ninguna voz respondiera a la vuestra, y como si vuestro pensamiento no despertara vibración ninguna entre las múltiples ondas de las corrientes divinas, llenas de vida y energía en el vasto e incomprensible Universo!

“Olvidáis quiénes sois, cuando os alejáis unos de otros, dejando que los resentimientos o los odios, el predominio, la vanidad y demás sutiles egoísmos del espíritu, se hagan carne en vosotros bajo el manto encubridor de dignidad ficticia o de justicia imaginaria y equivocada.

“Olvidáis quiénes sois, cuando buscáis con desmedido afán las grandezas humanas, el aplauso de las criaturas y la figuración en el medio ambiente en que actuáis.

“Y olvidáis, en fin, lo que sois y el objeto de vuestra actual estada en la Tierra, y el grandioso ideal de perfección humana que buscáis desde siglos, cuando os reveláis en contra de hechos y acontecimientos que son el resultado natural de la misión que habéis pedido y aceptado, la cual os coloca en los senderos de la luz que os pone al descubierto, sirviendo de blanco a las fuerzas de las tinieblas, eternamente en pugna con la Verdad y con el Amor.

“Habéis olvidado que mis caminos tienen huellas de sangre y están humedecidos de llanto, y flotan en ellos vibraciones de sollozos y de gemidos. “Habéis olvidado que sois seguidores del gran sacrificado y que no podéis esperar coronas de rosas sino después de haber bebido gota a gota

el mismo cáliz que Yo bebiera, cuando sumergido en las tinieblas de mis dolores de hombre, decía a mi Padre: “Pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

“Cargados estáis de tristeza y de fatiga porque veis levantarse de todos lados, como avalancha formidable, las corrientes del mal que, enloquecidas por el loco orgullo que las domina, sueñan siempre ganada la batalla y deshecha y vencida la blanca legión de mis seguidores. No cuentan las fuerzas de las tinieblas con mi llegada en el momento álgido de las terribles borrascas.

“No cuentan ellas con que el Maestro está en medio de vosotros para deshacerlas y aniquilarlas, porque tengo en mis manos la fuerza invencible de la Verdad, de la Justicia y del Amor.

“Os repito de nuevo: ¡olvidáis quiénes sois y a qué habéis venido, y por eso hace presa en vosotros el desaliento y el pesimismo, bajo los cuales cayeron vencidos tantos y tantos a lo largo del camino…, de este camino mío, donde hay huellas de sangre y vaho de lágrimas, y rumores de sollozos y de gemidos!…

“Que mi alma derramada en amor y ternura sobre las vuestras vierta su divina Luz sobre vosotros, para que seáis conscientes de vuestra misión de esta hora y de las alianzas sublimes que os unieron conmigo desde largos siglos.

“Pensad, en todo momento, que la única desgracia verdadera que debéis temer es la de claudicar de vuestros pactos solemnes en favor de lo único que no cambia, ni varía, ni se acaba: la Verdad y el Amor, que es en suma, la felicidad que buscáis.

“Acordaos que estoy en medio de vosotros como sereno espectador de vuestras abnegaciones y renunciamientos, de vuestras luchas y tristezas, de vuestras angustias y de vuestros triunfos, y que estoy con mis brazos abiertos y mi corazón de amigo fiel que os llama a descansar en él cuando os sintáis desfallecer…”

¡Maestro!… ¡Maestro mío, amante y amado sobre todas las cosas!…

¡Estabas a mi lado y no descubría tu amada presencia!… ¡Me creía sola entre tinieblas desoladas y frías, y Tú andabas amorosamente a mi lado!

¡Sálvame, Señor, del desaliento, la desesperanza y la duda! ¡Sálvame de las sombras de la inconsciencia que me oscurecen el horizonte!… ¡Sálvame de las flores vanas de humanos deseos, que traen soledad, olvido, abandono y angustia! ¡Sálvame de mí misma y dame el poder de sentir tu divina Presencia dentro de mi propio ser, y nunca más vacilaré en tu camino!…

VELAD Y ORAD

¡Maestro Jesús, sereno espectador de todas las ansiedades del alma peregrina en los valles terrestres!

Escucha piadosamente mi queja, porque sólo Tú, Señor, puedes llegar a lo más profundo del alma azotada por mil cavilaciones que vienen y que van sin encontrar respuesta…

Si mi pensar y mi obrar están de acuerdo con tu divina enseñanza de amor, de justicia, de fraternidad, ¿por qué, Señor, tantos escollos y precipicios en el camino?…

¿Por qué tantas aversiones y antagonismos forman barreras de chispas ardientes en torno mío, y con torcidas y malignas interpretaciones se manchan de lodo los más puros anhelos?…

Si este obrar es una chispita insignificante emanada de tu luz divina y eterna, ¿por qué provoca el enojo y la censura, y cien brazos de hermanos armados de látigo se aprestan a la oprobiosa flagelación?…

Acobardada el alma ante la tempestad que ve levantarse cuando esperaba el clarear de una aurora nueva, se repliega en sí misma como una avecilla herida, cuyas alas no tienen fuerza para ensayar nuevos vuelos abarcando la inmensidad…

Y queda allí aletargada en la inacción, sintiéndose inútil e incapaz de realizar nada que pueda significar el bien para sus semejantes.

Y el alma agobiada de tristeza y de incertidumbre sólo acierta a refugiarse en Ti para preguntarte: “¡Maestro!… ¿Estoy en la verdad o en el error? ¿Tengo en mis manos el bien o el mal?

¿Soy acaso víctima de engañosas ilusiones que tejen redes de oro de mi fantasía y que la realidad convertirá en muertas cenizas que se lleva el viento?…

¡Ten piedad, Maestro mío, del alma acongojada y vencida por la nulidad de sus afanes, de sus esfuerzos…, de sus anhelos!

¡Y hazme sentir tu aliento de fuego que templa el frío de esta helada y desierta soledad!…

¡Oh, Maestro mío, amado sobre todas las cosas!… ¡Cuán suaves vibraciones de amor preceden a tus palabras que anuncian tu acercamiento!

Y a poco escucho en lo más hondo del alma tu ansiada respuesta:

“¡Qué serena quietud la de este abandono si en medio de él sabes encontrar a Dios!”

“Y como un día de mi última vida terrestre dije a los míos: cuanto pidieres al Padre en mi nombre os lo concederá, es por eso que mi

pensamiento llega hasta ti haciéndote sentir hondamente el efluvio del Amor Eterno, para llenar el vacío que deja en todo corazón de carne la incomprensión y el desamor de los seres que le rodean.

“Hilos son de la fuerte red de oro que por propia voluntad has querido tejer para esta hora de tu camino eterno, al unir tu esfuerzo al de todos los míos en la obra de liberación humana terrestre.

“Piensa y medita que no sin dolor y sin fatiga se abren caminos entre las duras rocas de las montañas.

“Abrir santuarios de amor y de fe que den luz y fortaleza a los peregrinos del ideal, desorientados a veces en las mil encrucijadas del camino eterno, es oponer barrera de bronce a la oscuridad mental y a la ignorancia promulgadas como ley por los que se han constituido en conductores de la humanidad.

“Y por lógica consecuencia, esa barrera de bronce debe soportar todo el empuje, todo el embate furioso de las fuerzas predominantes en mundos de escasa evolución moral como la Tierra.

“De ahí el cansancio, el desaliento, la desilusión de los cultivadores de mi huerto, que viéndose arrollados y dispersados por fuerzas poderosas, se creen víctimas de ilusorias fantasías de grandeza espiritual y de dicha sobrehumana que nunca llegarán a alcanzar.

“No es a ti sola que te agobian como enorme mole esos sombríos pensamientos de incertidumbre y de duda.

“Piensa que toda creación exige ordinariamente esfuerzos heroicos, porque significa dar de la propia vida, del íntimo ser, y con absoluto desinterés darse a sí mismo, sin detenerse a pensar en la dulzura de las compensaciones ni en las glorias del éxito inmediato.

“Lógico es entonces el abandono, la desconfianza de todos aquellos que no alcanzan aún a vislumbrar el supremo anhelo del que impulsado por el Amor Eterno y por la Ley ineludible de su propia evolución, se da a sí mismo en holocausto, transformándose en un rayo de luz, en una gota de agua, o en suave nota de un cantar ignorado, que lleve a los eternos viajeros de la vida al recuerdo de lo que son en el concierto grandioso de la creación universal.

“¡Alma que ruegas y que buscas!… No de otra forma debías esperar que se desenvolviera tu vida, si deslizas tus pasos sobre los míos en este planeta donde aún no florece el amor, sino en los breves intervalos de calma que median entre las convulsiones y sacudidas inherentes a la Ley de continua transformación de los mundos, más violenta y dolorosa cuanto mayor es su inferioridad.

“Y si cada etapa de vida terrestre mía fue una ofrenda de dolor, un holocausto completo al Amor Eterno, cuyo impulso seguía, hoy que en espíritu me acerco a tu espíritu y la onda sutil de mis pensamientos forma

contacto con una inteligencia encarnada, ¿en quién si no en ella y en los que le forman aura conjunta he de ser yo sacrificado otra vez?

“La humanidad no puede sacrificarme materialmente otra vez; pero su milenario atraso y egoísmo le hace encontrar el medio de sacrificarme en mis ideales, sacrificando a los seres que se constituyeron portavoces de mi enseñanza de fraternidad, de justicia y de amor.

“Lógico es pues que aquellos que más de cerca me siguen, sean los primeros en recibir a pecho descubierto las flechas envenenadas de odio, de todos los que se levantan pedestales y acumulan tesoros a favor de las sombras densas de la ignorancia y el fanatismo en que mantienen a las muchedumbres.

“Y conociendo que el humano corazón desfallece a menudo cuando busca y no encuentra las flores que soñó recoger, es que insisto hoy con igual apremio que en horas lejanas con aquellas palabras cuyo significado pocos llegaron a comprender:

“Velad y orad porque el espíritu pronto está, pero la carne es flaca. “Muy pocos fueron entre los que me rodeaban y seguían que no vie-

ran conmoverse su fe hasta en los más profundos cimientos al ver que su Mesías, su Maestro, su Salvador, caía vencido bajo el oprobio más infamante usado en aquellos tiempos.

“¿Si es Hijo de Dios, pensaban, cómo le deja su Padre, Poder Infinito, hundirse en ese abismo de infamia, cuando sólo con un rayo de su justicia podía aniquilar a sus enemigos, y rodearle de esplendores y grandezas? “Y hoy que veo aquel mismo sentir y padecer en mis seguidores de

la hora presente, ante los acontecimientos adversos causados por la incomprensión de los hombres, afirmo y digo que los razonamientos humanos no siempre están de acuerdo con lo que marca la Divina Ley, para ciertas almas y en épocas determinadas.

“¡Alma que interrogas y que pides!…

“¡No te dejes vencer por el desaliento cuando tu aparente inacción o inexplicable quietismo provoque en torno tuyo pensamientos hostiles, que traducidos en palabras significan ilusión, engaño, desvarío, quimeras fantásticas de mentalidad enfermiza!…

“Más crueles e hirientes fueron las frases que escuché en mis días terrestres, hasta el punto de que colmado y desbordante el cáliz de mi corazón de hombre, exclamé en lo alto del cadalso:

“¡Padre mío!… ¿Por qué me has abandonado?

“Diríase que la Eterna Justicia esperaba esta queja de mi alma colmada de angustia, para descorrer ante mí los velos que me ocultaban el esplendor de la realidad y que percibiendo la gloria del Amor Eterno que me esperaba, pudiera yo decir en el instante de mi partida:

“¡Todo fue consumado! ¡En tus manos entrego mi espíritu!

“¡Alma que buscas y que ruegas!… ¡Si has querido tomar para ti, mi enseñanza y mis caminos, debes saber que tal es la compensación de las criaturas inconscientes y tal es el Amor Inefable del Padre cuando la tarea fue cumplida y bebido hasta la última gota del cáliz elegido en las épocas solemnes y trascendentales que llegan para los mundos y para las almas en el correr interminable de la eternidad!…

“Espera, pues, impasible y serena en el seno de la Providencia Divina, que eternamente vela con la fuerza invencible de su Ley y que sabe la hora del descanso y glorificación de sus criaturas.

“Aún no has apurado las últimas gotas del vaso amargo de la vida terrestre y por eso repito una y otra vez:

“¡Velad y orad para no caer en la tentación que en esta hora se llama duda, zozobra, desaliento y desesperanza!

“Ellas invaden el alma como una ola de tinieblas, si desorientada en el penoso viaje deja apagar la luz del único faro que puede alumbrarle el camino: “¡la oración!”

“¡Ora por ti y por todos aquellos que como tú oyeron muchas veces mi voz, y recogieron mi enseñanza, y vieron florecer en sus corazones mi piedad y mi ternura! ¡Todos somos como uno solo en el infinito seno de Dios y es su voluntad que lleguemos a Él unidos por el Amor, los que el Amor engendró para perpetuar indefinidamente la grandiosa grandeza de su eternidad!

“Y cuando tu esfuerzo y tu abnegación hayan colmado la medida que exige tu ley de esta hora, descansa en la Suprema Justicia que jamás retrocede en lo que le concierne. Y descansa también en Mí, que ligado estoy a ti por una alianza de siglos y sé valorar el esfuerzo que cuesta en este plano terrestre el dar un solo paso en el camino ascendente hacia la cumbre que entrevés en las lejanías del horizonte.

“¡Pocos son los que en este paraje de la Tierra se esfuerzan y sacrifican por la obra de amor del Maestro; y esa misma escasa minoría deprime dolorosamente tu espíritu deshojando poco a poco el árbol de tus esperanzas!

“Piensa, mujer, que las obras de Dios, desnudas en absoluto de egoísmos y de interés, jamás arrastran multitudes en sus comienzos obscuros, plenos de dolores y de sacrificios, porque la humanidad terrestre aún no llega a comprender el amor que no pide y espera recompensa.

“Y ante esta inconsciencia humana sólo debe brotar del fondo de tu alma la exclamación acerba que brotó de la mía en parecidas circunstancias: ¡Padre!… ¡perdónalos porque no saben lo que hacen!…

“¡Alma que deliras y que sueñas abrasada en la ardiente llamarada de los grandes anhelos!…

“¡Llena con Dios tu inmensa soledad! ¡Llena con su Amor y su Luz

inefable el vacío que deja en torno tuyo la incomprensión, el abandono, el olvido de las criaturas!

“¡Y algo así como un desbordamiento de luz, de flores y armonía, te hará comprender y sentir que no depende de las criaturas la coronación de tus anhelos, sino de la infinita grandeza del Amor Eterno, cuyos suaves reflejos alumbran tu soledad!…”

¡Maestro Jesús!… ¡Eres en verdad el Verbo de Dios, su Palabra Eterna, su pensamiento encarnado en Ti!

¡Nadie como Tú, sabe comprender lo que vive y se agita y muere cada día en el fondo del alma que apartada de las cosas perecederas y vanas, contempla el pasaje incesante de almas en busca de pueriles satisfacciones que a veces duran tanto como un suspiro!…

Y de toda esa multitud afiebrada y ansiosa, sólo tres o cuatro se detienen para decirme:

“¡Yo comparto tus sueños, peregrino triste y solitario!… ¡Yo quiero lo que tú quieres y busco lo que tú buscas, y me consume la misma llamarada ardiente de tus anhelos!…”

Mas…, ¿de qué me quejo? Tú lo has dicho ya, Maestro mío, y tu palabra es resplandor de Divina Sabiduría:

“¡La humanidad terrestre aún no llega a comprender la gloriosa felicidad del Amor que se da sin esperar ninguna recompensa!…”

EL ROSAL DE CRISTO

¡Maestro Jesús!… ¡De nuevo junto a Ti, mi alma busca derramarse a tus pies como un hilillo de agua cuyas gotas absorban sedientas los rayos de luz de tu mirada, el calor suave de tu aliento, y los latidos de tu inmenso corazón de Hijo de Dios! ¡Y mi mente absorta toda en Ti, se empapa, se sumerge, se refunde en tu divina claridad y encuentra fases nuevas en el prisma maravilloso de tu excelsa grandeza! Y paréceme casi incomprensible que tanta fuerza, tanta luz, tanta magnificencia y plenitud de gloria, de belleza y de poder, pudieran hermanarse un día, lejano ya, con las penas acerbas, las angustiosas agonías, los humillantes oprobios padecidos por Ti, revestido de carne y sujeto a las rudas leyes marcadas a la humana naturaleza.

La incomprensión de los hombres debió ser para Ti, Maestro mío, un doloroso tormento.

Sólo un puñado de humildes seres adivinó tras el iris topacio de tus pupilas, la divina grandeza de tu alma de Mesías, y en la serena vibración de tu palabra el poema eterno de la Verdad y del Amor, traído por Ti como divino mensaje a la humanidad terrestre.

Los grandes, los poderosos, los sabios de la Tierra no supieron leer en tu mirada, ni encontraron melodías en tu palabra, ni claridades de sol en tu divina enseñanza.

“Amaos los unos a los otros”, decías, como un ruiseñor que canta en la selva al amanecer, y los esclavos seguían siendo azotados porque pedían un mendrugo más de pan, y los enfermos despreciados como asquerosas piltrafas de carne inútil, y los mendigos hambrientos buscando en los muladares sucios mendrugos para saciar su hambre, y los pecadores descubiertos en falta, apedreados, maldecidos, arrojados al abandono, a la miseria, al dolor y a la muerte.

“Todos sois hijos de vuestro Padre que está en los cielos”, decías, soñando ya en la eterna aurora de la fraternidad humana, de la igualdad de derechos y de deberes entre los hombres, y aún ahora, después de veinte siglos de haberte escuchado la humanidad terrestre, el odio, la tiranía, las opresiones del fuerte sobre el débil continúan con igual intensidad, como si tu divino legado de amor hubiera sido un rosal en flor deshojado por el otoño y arrastrado por el vendaval.

¿Adónde fue a parar, Maestro mío, tu divino rosal?…, ¿dónde?… Y mientras mis pupilas se nublan de llanto y mi alma de angustia, oigo en lo más íntimo de mi Yo, tu palabra suave, llena de esperanza, de amor y de fe, que me dice:

“En tu corazón se refugiaron esos pétalos arrastrados por el viento, y son ellos que te hacen sentir el amor tal como brotara un día de mi corazón y se derramara sobre la tierra.

“Otros como tú recogieron los pétalos cual gotas de sangre que volaban a merced de los vientos; y esos pétalos fueron semillas de apóstoles y de mártires, que siglos tras siglos han regado de llanto y de sangre mi rosal olvidado por las muchedumbres, que como majadas de bestezuelas inconscientes, no aciertan más que a buscar hartura de sus deseos y de sus instintos sin levantar apenas la vista de la tierra que hollan sus pies. “Por la plenitud excelsa del poder de ubicuidad, que por Eterna Ley me asiste, veo y siento a los que me aman y a los que me olvidan, a los que me buscan y a los que me rechazan con sus obras aunque con sus labios me llaman; veo los campos de batalla sembrados de esqueletos que fueron hombres capaces de amor, triturados y deshechos por el odio de otros hombres, también capaces de amor y de fe. Mi vista percibe claramente todo ese informe montón de ruinas de los que fueron hogares iluminados por el amor de las madres, de las esposas, de los parvulillos como botones de rosas, promesas de amor y de dicha para la propia humanidad, que los sacrifica como a indefensos corderos en nombre de un ideal de justicia

que la Divina Justicia rechaza como un sacrílego baldón.

“Caen en confuso tropel de sangre y fuego, matadores y víctimas; y

de ese informe amontonamiento de carne humana deshecha veo surgir, al llamado de mis invisibles mensajeros, las almas de mis escogidos, de mis últimos mártires de esta Tierra, por encima de la cual siguen revoloteando como mariposas de sangre, los pétalos del rosal de mi amor arrastrados por el viento.

Una obscura nebulosa con miasmas de putrefacción sube de la tierra, y mis enviados sufren las náuseas de su acercamiento. Mis miradas traspasan también esa nebulosa y veo almas como estrellitas radiantes que iluminan las tinieblas, corazones amantes que se abren como nidos de ternura para cobijar a los hijos de nadie, a los que la humanidad inconsciente llama escoria del arroyo, basura del muladar…

“Y entonces vuelve a brotar de mi Corazón de Hijo de Dios, aquella palabra cálida y vibrante, imborrable y eterna, que está calcada a fuego en los planos más sutiles de todos los mundos:

“El que no ama a sus semejantes como se ama a sí mismo, no entró aún en el camino de salvación”.

“Hombre o mujer que te cobijas a la sombra de mi Cruz, detén un momento tus pasos y medita: tú aprecias como un tesoro tu vida, tu salud, tus riquezas o posesiones, tu bienestar material, tus goces grandes o pequeños. El mismo derecho que tú tiene el mendigo que pasa como un fantasma harapiento a tu lado; el huerfanillo sin techo ni hogar, que vive confundido con los perros de la acera; ¡la viejecilla de llorosos ojos sin luz, cuyas manos como secas raíces se tienden al vacío para implorar!…

¿Quién eres tú y quiénes son ellos?…

“¡Almas, almas y almas!…, ¡hijos de Dios que cumplen expiaciones dolorosas por pecados acaso menores que los tuyos!

“¡Ciega y enloquecida humanidad que te cobijas bajo el árbol de mi Cruz, que proclamas con los labios mi doctrina de amor y fraternidad y, como poseída de insensato furor, atropellas vidas y honras, destruyes vergeles de amor y de fe, pisoteando el derecho y la justicia en nombre de un equivocado ideal religioso que nada tiene de Cristo más que el repudio y la execración!”

* * *

¡Maestro!… ¡Maestro!… Esta luz tuya brilla como un sol en la tiniebla de esta vida terrestre… Y si yo veo tu luz y oigo tu palabra, y comprendo tu sentir, y percibo las palpitaciones de tu gran corazón hecho de amor y de fe… Maestro mío…, ¿por qué no lo sienten y lo ven y lo palpan de igual manera todos los hombres que se cobijan al amparo de tu Cruz y de tu Nombre? ¿Qué hicieron de tu enseñanza?… ¿Qué hicieron de tu palabra, de tus ejemplos, del resplandor de la vida tuya, que fue como una melodía,

como un ánfora de miel derramada sobre todos, como una interminable caricia sobre todas las frentes abatidas por el dolor y la miseria?

“¡Bienaventurados los misericordiosos!”, dijiste, y la misericordia es despreciada como una debilidad de corazón.

“Amaos los unos a los otros”, y los hombres se estrujan con odios profundos…

“El que ampara a uno de estos pequeñuelos, a Mí me ampara”, decías una vez con la voz temblorosa por sollozos contenidos; y los huérfanos son arrojados a las cárceles, a los asilos, porque no hay corazones capaces de cobijarlos…

¡Maestro!… ¡Maestro mío!…, conteniendo yo también un hondo sollozo te pregunto a Ti, que todo lo sabes y todo lo ves:

“¿Dónde están tus discípulos, tus apóstoles, los seguidores de tu doctrina, los que comprenden el amor como Tú…, los enamorados de la Cruz?…,

¿dónde están?…”

Un profundo silencio responde a este interrogante mío, y a poco veo hacerse una nueva claridad en la cual percibo unos cuantos calvarios con otros tantos crucificados. Es tu respuesta, Maestro mío; bien clara y definida está: ¡Los que son capaces de amar como Tú, están sacrificados como Tú, porque la Eterna Ley exige que el amor verdadero probado con el sacrificio, que el dolor en el paroxismo lave y purifique toda maldad humana! Es el crisol que purifica el oro. Es el vendaval que arrastra toda la inmundicia. Es la segur aplicada a todo tallo viviente, y que el campo sea libre para una nueva plantación…

¡Maestro!…, ¡mi confidencia contigo ha sacudido fuertemente mi ser, pero mi mente iluminada por Ti, ha comprendido todo…, absolutamente todo lo que has querido enseñarme!

¡MAESTRO!…, ¡DAME TU PAZ!

¡Ya lo ves, Maestro mío!… ¡Soy la eterna mendiga que está pidiendo siempre lo que sólo Tú puedes darme: la paz!

¡Esa paz tuya que se asemeja a un cielo azul salpicado de estrellas lejanas, silenciosas, en una noche quieta y serena, también dormida en silencio profundo!…

¡Esa paz tuya que es como un lago de cristal en cuya inmóvil superficie se reflejan los resplandores del ocaso y el suave balanceo de los junquillos en flor!

Vientos huracanados de ambiciones y de egoísmos soplan de los cuatro puntos cardinales.

Diríase que nuestro pequeño planeta fuera a romperse en pedazos como un grumo de tierra aplastado por el pie de un niño que corre…

¡El odio se ha desatado como una tromba marina en medio de la cual se producen choques formidables, que siembran la muerte y la desolación!…

¿Hacia dónde volver la vista sino a Ti, Maestro Jesús, que tienes el secreto de la paz, de la esperanza y del amor?

¡Tú sabes el porqué de todo lo que acontece en medio de esta humanidad que es tu herencia, el eterno legado del Poder Supremo para Ti, Ungido de la Piedad y del Amor!

¿Cómo no ser eterna mendiga de Ti, pidiéndote paz, consuelo, esperanza y amor para todos los que sufren?… ¡Para los perseguidos, porque buscan la justicia y la equidad; para los desterrados de su patria y de su hogar; para los que languidecen entre las rejas de los presidios, doloroso baldón impuesto casi siempre a los amantes de la justicia y de la fraternidad!

¡Oh, Divino Maestro, visionario sublime, idealista eterno a cuyo excelso sueño de amor fraternal respondieron los déspotas poderosos con la muerte más infamante!…

¿Qué hora trágica es ésta, Maestro Jesús, tan semejante a aquella de tu doloroso holocausto, en que el mal lo avasalla todo…, se sobrepone a todo; y el bien, la virtud y la nobleza son arrastrados por el fango?

¿Qué tiniebla tan densa es ésta en que todos aparecen cegados por la espantosa influencia del vicio glorificado y del crimen disfrazado de justicia?

Con el alma temblorosa de congoja y de espanto me acerco a Ti, Señor, para preguntarte, como el Patriarca Abraham: ¿No enviarás tus rosas blancas de la paz sobre las pocas almas conscientes, amantes de la verdad, que aún quedan como cirios alumbrando las tinieblas?…

¿Dejarás que tus amigos de todos los siglos sean arrastrados por el fango en que se recrean los malvados?…

Y desde el fondo del alma se levanta mi voz para pedirte, como eterna mendiga que espera siempre tu don:

¡Salva, Señor, a tus amigos, a tus escogidos, a los que sienten en sí mismos ansias de liberación, de fraternidad y de justicia!

¡Compadécete de las madres que tiemblan de espanto por la suerte de sus hijos!… ¡Compadécete de los hogares amenazados por la perfidia y la traición, por el crimen meditado y encubierto; por la falsedad y la mentira que llevan al caos a los pueblos inconscientes!…

¡Acuérdate, Maestro, de tus días luminosos de Verbo de Dios encarnado, en que ningún engaño quedaba encubierto y toda maldad aparecía clara ante Ti!

¡Que tu luz divina haga caer las vendas de todos los ojos, que las tinieblas huyan y se haga la luz, que los hombres de bien sean reconocidos y guardados por Ti!… ¡Que sepan las muchedumbres dar a cada cosa su

justo valor…, que merezcamos todos, Señor, el don divino de la paz, de la esperanza y del amor!

Y cuando así clamaba mi alma a la puerta de tu Santuario, como un infeliz mendigo que pide siempre, sentí la suavidad inefable de tu voz, que decía:

“Durante miles de siglos estuve deshojando sobre esta tierra las rosas blancas de la Paz, de la Verdad y del Amor.

“¡La humanidad las ha pisoteado en el fango y muy pocas de ellas quedaron flotando como mariposas de luz en los huertos apartados y solitarios…, en los vallecitos florecidos y silenciosos…, en las montañas donde cruzan las brisas con resonancias de amor, de consuelo…, de esperanza!

“¡Mi Paz, mi Verdad y mi Amor sólo pueden percibirlos las almas de buena voluntad que sinceramente los buscan, y se abren, como corolas sedientas, al manantial silencioso de mis aguas de vida eterna!

“Quien más pide más recibe. “Quien más busca más encuentra.

“Al que persevera en llamar, al fin se le abre la puerta.

“Los dones de Dios son para todas sus criaturas, pero quien más los anhela con mayor abundancia los recibe.

“Cómo ha de dar Dios sus dones divinos a aquellos desamorados hijos que nada quieren de Él, ni aun reconocer su existencia, su presencia eterna…, su providencia que vela siempre…, su amor que les vigila como dulces ojos de madre, siguiendo de lejos o de cerca los pasos inciertos de aquellos desventurados que no saben lo que hacen cuando le olvidan o le niegan.

“Les brinda la luz de su verdad eterna, y se precipitan a las tinieblas porque en medio de ellas oyen el sonido estridente del oro vaciándose en sus arcas que nunca se llenan…

“Les brinda la miel divina de su paz, y se lanzan con febril anhelo a los mares impetuosos porque en sus ignorados abismos se esconden tesoros de gran valor que pueden hacerlos poderosos dominadores…

“Les brinda su infinito amor que alienta en todos los mundos, y ellos se lanzan a recoger desperdiciables mendrugos y las bellotas silvestres que alimentan a las bestias…

“¿Qué hará, pues, el Divino Creador con sus criaturas inconscientes?… “Alma mendiga de paz, de luz y de amor…

“Alma que pides, que buscas y que llamas siempre… “Ora por los que nunca oran…

“Llama por lo que nunca llaman…

“Pide y busca por los que nunca buscan y piden…

“Y cuando más te olvidas de ti misma…, cuanto más olvides tus penas

y tristezas para escuchar el dolor de los demás…, más se hará sentir de ti la Divina Presencia, el Amor Eterno, la Paz inefable, porque entonces te habrás convertido en intermediaria de Dios y las criaturas…, en el hilo conductor de la Divina Energía, del Amor inconmensurable…, de la Eterna Armonía Universal…

“No vaciles en llamar continuamente… No temas buscar y siempre buscar…, pedir y siempre pedir.

“El Eterno Dador, jamás se cansa de dar. El manantial divino no se agota jamás…

“La Luz Increada emana de sí misma claridades que nunca se extinguen y sus vibraciones vivifican los mundos y los seres por toda la eternidad.

“Alma, pide, llama, busca y espera que todas las horas de Dios son para dar más y más…, indefinidamente…, sin límite ni medida…

Maestro mío… Maestro Jesús…, gracias, gracias a Ti que me abres una vez más el cofre de tus secretos divinos…

Ya nada mi alma desea sobre la Tierra, pues que me has abierto el camino de la Paz, de la Luz y del Amor…

EL ABRAZO ETERNO

Maestro Jesús… Cuán pesada es la cruz tuya…, esa que llevaste sobre tus hombros un día para morir sobre ella impulsado por tu heroico amor hacia los hombres de esta Tierra, donde aún eres incomprendido de la gran mayoría.

¿Por qué, Maestro…, por qué los hombres no te comprenden?

¡Te han levantado templos, santuarios magníficos, altares que son tesoros de arte y de riquezas! ¡De todos los rincones del planeta se levantan para Ti, himnos y loores, todos pronuncian tu nombre cien veces sacrosanto, pero no obstante el odio sigue reinando sobre la Tierra, aun entre aquellos que te cantan himnos y bendicen tu nombre!…

¡Y entre los acordes de esos himnos y de esas bendiciones, los hombres se matan unos a otros, se despedazan la honra, el más fuerte despoja al más débil; el poderoso atropella a los indefensos y los pequeños!… Y las doncellas ultrajadas ruedan como piltrafas deshechas por las calles relucientes de las doradas capitales, y los huerfanitos sin padres, los hijos de nadie, pululan por las aceras, bajo las arcadas de los puentes, entre los despojos de covachas abandonadas al igual que los lagartos entre las grietas negruzcas de piedras amontonadas.

Y ancianos despojados impunemente, que padecen hambre y frío, y

que bajo las bóvedas suntuosas de los grandes santuarios de la fe cristiana derraman en llanto silencioso sus angustias que duran años…

Y los hombres que cantan himnos y loores: ¡Cristo reina, Cristo impera, Cristo triunfa!…

Y yo digo en lo íntimo de mi espíritu dolorido con la angustia de los que sufren: Cristo padece, Cristo llora, Cristo muere de nuevo cada día, cada hora, cada minuto en el dolor, en el tormento, y en la muerte desesperada y cruel de cada ser humano que muere bajo las armas homicidas de sus propios hermanos, o muere de hambre y miseria, desposeído por sus hermanos hasta de las raíces que la madre tierra brinda amorosa a los animalillos de las praderas…

¿No dijo Él, un día: “Lo que hacéis con cada uno de estos pequeños, conmigo lo hacéis?”

¿No dijo Él: “En el amor que os tengáis los unos a los otros conoceré que sois mis discípulos?”

¿No dijo también Él: “Amad aun a vuestros enemigos; porque si sólo amáis a los que os aman, qué mérito tendréis? ¡Los malvados aman también a los que a ellos aman!…”

Y si todo esto es tu legado de amor, Maestro mío, y los hombres van cada día más lejos de tu mensaje y de tu corazón, ¿por qué te cantan himnos y loores mientras pisotean tu enseñanza, y cubren de sangre y de lodo formado con el llanto de los que padecen, cubren, digo, las palabras tuyas eternas con la eternidad de Dios, que dicen: “Lo que haces a uno de tus semejantes a Mí me lo haces?”

¿Por qué, Maestro mío, por qué todo esto?

¿Soy yo que no te comprendo o son los hombres que caminan hacia el abismo donde no estás Tú?…

Pienso y medito, y te digo, Maestro, en la honda y serena soledad de mis confidencias íntimas contigo: ¡Yo te amo!…, yo te siento vivir dentro de mí misma, como diluido en cada gota de mi sangre, en cada latido de mi corazón, en cada gemido de mi pecho, en cada lágrima de mis ojos…, en cada ¡ay!, que exhalan los labios trémulos de sollozos y de angustias…

¡Y porque te siento así, grabado a fuego en mi ser, es que tengo fuerzas para sacrificarme y amar a los que no me aman; para abrir mis brazos al desvalido, para partir mi pan con el que no lo tiene, y el techo del hogar con el que padece la orfandad y el desamparo; y la mitad de mi abrigo con el que sufre el frío de la desnudez y la indigencia! Tu amor, Maestro mío, da fuerzas para todo esto y mucho más…, da fuerzas para perdonar al que nos hiere en lo más íntimo de los humanos afectos; al que olvida, al que desprecia, al que traiciona.

Tu amor, Maestro, da fuerzas para seguirle con la mirada del alma en las infaustas correrías de sus pasos equivocados, para decirle con la más

honda ternura: “¡Cuando os canséis de olvidarme, volved…, que os estaré esperando!”… ¡Tu amor, Maestro mío, da fuerzas también para vivir muriendo calladas angustias, de silenciosos pesares, y da fuerzas para morir bendiciendo y amando a los que hacen de nuestra vida un martirio continuado y lento!…

Y pienso de nuevo y medito, Maestro mío, en la honda y serena soledad, mis confidencias íntimas contigo, que éste es el obrar de tus verdaderos amadores y amigos ¡Estos son los himnos y loores que Tú quieres ver palpables y vivos en las acciones, en los pensamientos, en las palabras, en toda la vida de los que quieren ser reconocidos por Ti como los herederos de tu Reino Inmortal!

Y para ellos, sólo para ellos, será tu palabra eterna:

“¡Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estuve desnudo y me cubristeis; estuve enfermo y abandonado y me curasteis dándome albergue en tu casa y en tu corazón!

¡Venid, benditos de mi Padre, porque habéis conquistado el Reino de la Paz y del Amor! ¡No cuidasteis de amontonar tesoros que la muerte arrebata y los ladrones roban; pero amontonasteis otros tesoros que no perecen y que nadie puede arrebatar de vuestras manos porque son la eternidad de Dios, donde se encierra no sólo la felicidad pequeña que forja vuestra mente humana, sino la felicidad perfecta y perdurable que aún no habéis vislumbrado ni en vuestros sueños más sublimes y excelsos!… “¡Sois benditos, eternamente benditos, porque habéis soportado sobre vuestros hombros todo el peso de mi Cruz de oprobios y de vejaciones, de pobreza y desamparo, de injusticias y maldades; porque en verdad sois míos y no del mundo en que vivís, porque sois de Dios y no de los hombres; porque sois aves de paso en extranjera tierra; porque traéis

mi luz y el mundo quiere las tinieblas!…”

¡Oh, Maestro mío!…, así resuena tu palabra en lo más hondo de mi propio corazón…, así veo tus ojos fijos en mí y llenos de infinita piedad…, mientras tus labios murmuran suavísimo rumor de pétalos: “Yo te amo inmensamente más de lo que tú eres capaz de amar a tus semejantes, y viéndote abrazada a mi pesada cruz, abro mis brazos de Hijo de Dios en la infinita inmensidad para decirte: ¡ahora es el Cristo que te abraza por los siglos de los siglos!…”

LA SOLEDAD DE CRISTO

¡Oh, Cristo-Hombre-Dios! ¡Ungido divino del Amor, de la Esperanza y de Fe!

¡A las diáfanas claridades de tu luz excelsa de Mesías Instructor de las almas que te escuchan y te siguen, lo he comprendido todo…, todo el profundo secreto cuyo velo final no se me había descorrido aún!… ¡Era tan espesa la bruma que me envolvía!… ¡Era tan oscuro el turbión que me azotaba con sus olas cenagosas y heladas!…

¡Oh, Divino Maestro de mi alma solitaria!… ¡Lo he comprendido todo, absolutamente todo! Como si la voz tuya venida desde lejanas, de inconmensurables distancias, me lo hubiese dicho…, en la mística honda, silenciosa, y cargada de penumbras de tu sagrado recinto:

“¡Padeces y sufres con intensidad de fiebre enloquecedora porque te apoyas en las criaturas antes de buscar a Dios!… Inconsciente del sublime apostolado del amor sin recompensas, buscas descanso, apoyo, consuelo y fuerza en las criaturas, inestables como las brisas juguetonas que se agitan por las praderas en flor, inestables como las espumas del mar que van y vienen a merced de las olas que las producen, inestables como las flores que se abren al amanecer y se agostan al ocaso.

“La palabra final que mis labios de mártir pronunciaron al sentir que la vida se escapaba de mi materia: ¡Todo fue consumado!, quiero grabarla en tu Intimo Yo, en esta hora la más solemne y acaso la más dolorosa de tu apostolado de amor.

“¡Desnudo en absoluto de los humanos afectos, en aquella hora trágica de mi última inmolación, mi alma sedienta de Infinito, no vio ya criatura alguna en su derredor!… Parecióme que todo, absolutamente, se había hundido en la obscura niebla de mis postreras angustias y que nada más me quedaba que ese insondable infinito hacia donde me sentía arrastrado por una fuerza irresistible.

“¡La hora grandiosa y suprema de la absoluta soledad del alma ante lo Infinito, es la culminación del apostolado del amor sin recompensas, elegido por las almas que buscan el Amor por el Amor mismo!…”

¡Oh, divino Ungido del Amor Eterno!… ¡Así ha sonado tu voz en lo más íntimo de mi Yo y he comprendido todo, absolutamente todo el secreto de tus vidas de Mesías, de tus vidas de Instructor, de tus vidas de Redentor de Humanidades! ¡Soledad excelsa de Cristo sumergido en el eterno infinito! ¡Soledad dolorosa de Cristo en medio de la inconsciencia de las criaturas! ¡Soledad tristísima de Cristo, despojado de todo afecto, de

todo consuelo humano, de toda compensación en la Tierra…, yo te abrazo para mí, como a la más dulce de las madres para todos los siglos que han de pasar, rodando como nubes de cristal ante mi espíritu asombrado y absorto por tu misma imponente grandeza!

Excelsa figura de Cristo divinizado por el Amor y solo, absolutamente solo, a la puerta de la Eternidad en que ibas a entrar cuando decías: “¡Todo fue consumado!”, déjame contemplarte una vez más y que la copie fielmente mi retina, que la absorba mi mente para siempre…, que la beba a sorbos mi recuerdo para que no busque jamás sobre la tierra las deleznables florecillas de los humanos consuelos, y que cual ave viajero no detenga por nada mi vuelo hasta posarme sobre la torre de marfil del templo augusto del Amor Eterno.

¡Oh, divino y excelso Amador! ¡Ahora sé el secreto de tu fuerza que destruía el dolor entre los hombres, que curaba a los moribundos y hacía salir de los ataúdes a los que se creían ya muertos!…

¡Era que Tú te habías desposado con la heroica soledad de los Ungidos del Amor y nada buscabas en las criaturas sino sólo en la grandeza infinita y todopoderosa de Dios!

¡Oh, Cristo, Ungido del Amor! Has descorrido para mí el velo final de tus secretos eternos, y de lo más profundo de mi Yo íntimo se levantan como un eco que ya jamás se extinguirá en mi ser, estas tus palabras inmortales:

“¡Todo fue consumado!”

Y en el humilde pebetero de las resignaciones completas, arrojaré, Señor, uno a uno los recuerdos de pasadas grandezas, de efímeras glorias, de dichas fugaces como meteoros que mueren apenas nacidos, para que mi mente vacía y sola ante lo Infinito, después de haber quemado esa dorada hojarasca, pueda decir también con la voz serena y firme de las más profundas verdades: “¡Todo fue consumado!”

¿QUÉ ES LA VIDA?…

¿Qué es la vida?… ¡Maestro Jesús…, mi Instructor Eterno! ¿A quién he de preguntárselo sino a Ti que por tu excelso grado de evolución todo lo comprendes y todo lo sabes? ¡Dímelo por piedad!

¿Qué es la vida? ¿De dónde vino? ¿Por qué y para qué vino? ¿Es beneficio la vida, o es una eterna desgracia la vida?

¡Maestro mío! ¡Veo tanto desastre en torno mío!… Tanto mal, tanta fealdad, tanta miseria, tan horribles cuadros de espantosas maneras de vida, que casi parecería una horrible blasfemia el pensar que sea ella una emanación de Dios, Perfección Suprema.

¡Maestro!… ¡Se hace un caos en mi mente! ¡Tiéndeme tu mano!… ¡Envíame un rayo de tu luz piadosa!… ¡Maestro mío!… ¡Todo lo espero de Ti!… ¡Y todo bien me vino por Ti!

“Alma que buscas y pides angustiosamente, y que haces de tu oración un ansioso y eterno interrogante.

“¿Qué es la vida y por qué vino y de dónde vino? Con pocas palabras te lo digo:

“La Vida es Dios y Dios es la Vida.

“Pero no confundas la Vida con las horribles deformaciones y degeneraciones que el libre albedrío de los seres inteligentes perversos, imprime a muchas manifestaciones de vida.

“Parte del principio de que el actual estado de las mentalidades terrestres, no alcanzan aún a asimilar la idea de ese algo que no tuvo principio. Podréis comprender que la Vida no termina jamás, pero no alcanzáis a comprender que haya existido siempre, desde toda la eternidad. Es como un aro de oro, que llamáis anillo, que de ninguna parte empieza y en ninguna parte acaba. Es como una esfera diáfana, sutil, transparente, alrededor de la cual podréis dar infinitas vueltas sin encontrar dónde comienza y dónde termina.

“Es como una espiral inmensa entre cuyas órbitas ilimitadas está encerrado todo el universo de millones de mundos y que emana sin interrupción ni descanso, átomos vivos, gérmenes de nuevos mundos, de nuevos seres, de nuevas vidas.

“En su incapacidad de comprensión, la humanidad terrestre representada en las Inteligencias que más ahondaron en esta radiante metafísica, se ha negado hasta hoy a aceptar que todas las inteligencias cuando llegan a la suprema perfección se sumergen en Ella, son absorbidas por Ella, se confunden con Ella en tal forma que pasan a ser la inmensa espiral de que te hablaba hace un instante, la misma esfera diáfana y sutil sin principio ni fin.

“La última evolución, la más superior y perfecta en que las inteligencias conservan la individualidad, es la que Antiguas Escuelas de Divina Sabiduría han llamado Fuegos Magnos. Más arriba de ellos…, ¡alma que interrogas y que pides, está la Ilimitada Espiral que lo absorbe todo!…,

¡la Esfera luminosa y sutil que no empieza ni acaba en ninguna parte!…

Leo en tu ansioso pensamiento esta pregunta:

“Maestro: Cuando Tú te sumerges en ese Gran Todo que es la Vida y el Amor, ¿adónde acudiremos por luz, consuelo y esperanza, las pequeñas almas que venimos siguiendo tus pasos desde hace innumerables siglos?”.

“Ya sabía yo que tu corazón de carne haría esa pregunta. ¡No temas nada! Cálmate, que los Instructores de mundos no abandonamos al acaso

la heredad que a cada uno le ha confiado el Padre Universal, porque tenemos conciencia de nuestra responsabilidad sobre ella hasta ser llegada la hora en que esa humanidad, confiada a nuestra tutela, entre en una fase de desarrollo, de conocimiento y de evolución donde haya sido por completo eliminado el mal, o sea cuando el planeta, después de ciclos y edades incontables, haya terminado su período de mundo inferior para entrar en el concierto admirable y magnífico de los mundos superiores a los que yo he llamado siempre Reino de Dios.

“¿Acaso no sabes que todas las inteligencias andamos el mismo camino de imperfección hacia la perfección? Cuando tú hayas llegado a ser una luz perfecta, no pensarás en ser, según tu propio sentir, como un abrojillo del camino, prendido de mi túnica de peregrino eterno.

“¡Aquiétate, espera y confía! No se asciende de un salto a las cumbres serenas de luz y de conocimiento.

“Tu mensaje, ya lo sabes desde mucho tiempo, es de paz, de amor, de unificación de las almas que han llegado a la capacidad de comprender mi enseñanza, sintetizada en estas palabras: “¡Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos comprenderán a Dios!”. “¡Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia!”. “¡Bienaventurados los que tienen hambre y sed de Amor y de Justicia, porque ellos serán hartos!”

“Pido al Padre, dueño de toda paz, consuelo y esperanza, que sea aliento y vida de mi bendición sobre ti”.

LOS MUNDOS DE LUZ

“¡Alma que me llamas y me buscas!… Hora es ya de que vueles más alto y te liberes por fin del calvario de tu propio corazón.

“¡Hora es ya de que las ligaduras humanas tuyas no sean para ti cadenas de hierro que te aprisionen, impidiendo tu vuelo en busca de esa luz inmortal y eterna que presientes!…

“¡Hora es ya de que en el lago quieto y sereno de tu espíritu no se levanten marejadas, así vayan o vengan, se enciendan o se apaguen, vivan o mueran las afecciones profundas que un día llenaron de rosados pétalos la copa de tu corazón!

¡La comprensión del Eterno Invisible, hacia la cual caminas, y después de la comprensión el amor, será la hoguera donde tú misma debes arrojar valientemente todo cuanto turba la serena quietud que necesita tu espíritu, en esta hora en que por libre voluntad tuya te has convertido en arpa de los invisibles trovadores del Amor Eterno!

“Entra en tu interior; déjate llevar por las suaves y dulces corrientes que como arroyuelos de luz te irán marcando el camino hacia el portal grandioso del templo de la Verdad.

“El Amor que oculto vive en ti misma será quien llame a esa puerta. “Confía y espera, que yo voy cerca de ti hasta que beba tu alma el agua

pura de la Divina Sabiduría para todos aquellos que, abrasados de sed, recorren fatigosamente los caminos polvorientos y resecos de la vida”.

Tu Maestro

(Comienza el desdoblamiento del alma, o éxtasis).

¡Que la Eterna Luz se haga para vosotros y para mí, pequeños seres de esta Tierra, luciérnagas diminutas en las anchurosas profundidades del Infinito!

* * *

¡Gran Dios!

¡Causa Eterna y única de todo lo creado!

¿Cómo podré yo describir con frases humanas, pobres y mezquinas, tu excelso Reino de Luz, de Paz…, de Gloria y de Amor?

¡Para cantar a Dios, sólo Dios puede

Dar al labio divinos acentos Como da resonancia a las olas Y música a los vientos!…

Seas Tú…, ¡oh, Amor Eterno!, quien te cantes a Ti mismo…

Seas Tú…, ¡oh, Mente Universal!, quien te comprendas a Ti misma. Seas Tú…, ¡oh, Alma Infinita de la Creación!, quien hagas vibrar esta

insignificante chispa de Ti misma, y que cada vibración sea una llama de luz sobre esta humanidad que duerme…

El Reino de Dios, última Morada de las Inteligencias Perfectas antes de refundirse en la Eterna Luz, está formado por un universo de soles, cuyos elementos constituyentes son de tal modo sutiles y diáfanos, que no admiten comparación con la materia, ni con la atmósfera, ni con el éter de que están constituidos los globos similares a nuestra Tierra.

La carrera que a través del Infinito realizaron esos mundos radiantes, entiendo que es idéntica a la que realiza todo cuanto vive en el Universo, de tal modo que los que hoy son esferas de escasa evolución, en un lejano porvenir de millares de siglos, alcanzarán la cúspide de su desarrollo y formarán un día parte de esa indescriptible magnificencia que nuestro

Maestro Jesús llamó Reino de Dios, y que son las Moradas de los Espíritus de Luz, Maestros y Conductores de Humanidades, Mensajeros fieles de la Verdad Eterna, lámparas de Dios sobre las tinieblas de los mundos inferiores que comienzan el camino de su evolución; infatigables Misioneros del progreso, de la Sabiduría y del Amor.

Progreso, Sabiduría y Amor… ¡He ahí compendiada en tres palabras toda la vida de esas luminosas y claras inteligencias, cuyos esfuerzos y sacrificios de siglos les elevaron hasta la cumbre serena y gloriosa del perfecto conocimiento y del más puro Amor!

Sus pensamientos traspasan con más velocidad que el rayo de luz los abismos del espacio infinito, en forma que la inmensa distancia que separa los mundos habitados por ellos no les dificulta el comprenderse los unos a los otros.

¿Cómo comprender, Dios mío, con mi débil mente de criatura terrestre, esa intensidad de luz, ni esa vertiginosa rapidez de vibraciones, de sonidos, de ondas, de corrientes de pensamientos; si cada uno de ellos es una ley y todos en conjunto tienen la capacidad de formar nuevas nebulosas, esparcir como polvo dorado las constelaciones y nuevos universos de estrellas, y mil y mil manifestaciones de vida, de movimiento y de múltiples energías?

¡Qué divina serenidad!…

¡Qué serena quietud en medio de tan maravillosa actividad!

¡Qué formidable potencia la de sus pensamientos, que cruzan los espacios infinitos en cumplimiento de eternas alianzas, para remover con esos pensamientos las humanidades estacionadas en los mundos de purificación y de dolor!

Un rayo de luz, diáfano y puro, parece llegarme de las alturas del Reino de Dios y me hace comprender cómo es que se efectúa esa comunicación tan rápida y espontánea de un Instructor o Mesías con otros, a pesar de las largas distancias que separan los soles habitados por ellos.

El aura y la vibración mental de cada una de aquellas purísimas Inteligencias son de tal magnitud y dotadas de tal poder de irradiarse, de dilatarse, que pueden alcanzar a mayor distancia de la que separa un sol de los otros soles que forman el vasto conjunto de mundos de luz denominados “Reino de Dios” o Moradas de los Mesías.

Y siendo así que las auras de ellos se tocan y se confunden, es claro y lógico que puedan expresarse sus pensamientos con igual o mayor facilidad con que nos hablamos y nos comprendemos entre personas que ocupamos una misma habitación.

Y es así como en una alianza permanente cooperan con la Eterna Energía en la creación, conservación y renovación de los mundos, los seres y las cosas.

¡Ellos piensan y todos ellos perciben ese pensamiento como si fuera una voz, un sonido, un canto inconmensurable!…

Y como todos Ellos están en la Verdad y en la plenitud del Conocimiento, todos piensan y comprenden exactamente igual a la Verdad Suprema, Única, Invariable y Eterna.

Ellos aman, y las grandiosas vibraciones de ese amor son sentidas en todos los mundos grandes o pequeños donde habitan humanidades capaces de sentir aunque débilmente, las vibraciones de ese amor.

De este modo es que nos llegan a veces a los habitantes de esta Tierra, como tenues reflejos del Amor Divino que tan hondamente nos conmueven, haciéndonos sentir una felicidad desconocida, en los breves momentos en que nos hacemos superiores a las bajezas materiales, y dejamos al espíritu tender su vuelo en busca de la Verdad, Sabiduría y Amor.

Según esto, fácil nos será comprender que el amor desinteresado y puro hacia alguna de aquellas inteligencias purificadas que más unida está a nosotros, por alianzas espirituales y afectivas, signifique una fuerza potentísima que nos ayude e impulse a elevarnos nosotros mismos por parecidos e idénticos esfuerzos que la elevaron a ella hasta su gloriosa y bienaventurada posición.

Y partiendo del principio de que el amor desinteresado y puro impulsa al amante a identificarse con el amado, resultará lógicamente que este amor acabará por aniquilar nuestras pasiones, y desmenuzar como polvo al viento la densa bruma de nuestras imperfecciones.

¿No es, acaso, así, como nos acercaremos más y más al excelso espíritu amado? ¿No es así como le atraeremos a nosotros con irresistible atracción?

En tan puras y excelsas Inteligencias ha llegado a su plenitud la manifestación de la Divinidad, que en los demás seres parece dormir oculta por falta de evolución, y así, la amorosa unión de nuestras almas con uno de esos espíritus de luz, acelera en nosotros la liberación de todo cuanto entorpece y retarda nuestra marcha ascendente hacia la Eterna Luz.

En el Reino de Dios o Moradas de las Inteligencias perfectas es donde tienen su plena realización las leyes de la solidaridad, que es armonía y amor universal.

Siendo así, de nuestra mayor o menor identificación y unión con tan sublimes y puras Inteligencias depende nuestro mayor o menor acercamiento y compenetración con la Divina Sabiduría, con la Suprema Inteligencia, con el Eterno Amor.

¿Acaso podemos quedar entre tinieblas acercándonos con decidida voluntad a una potente lámpara encendida?

¿Acaso podemos continuar con nuestra alma cubierta de llagas infecciosas, si con verdadero deseo de curarnos nos ponemos en la vertiente

por donde corren las aguas divinas emanadas de aquellos seres superiores, acueductos por donde el Eterno Invisible derrama su amor, su luz, su piedad infinita sobre todas las humanidades?

¿Acaso podemos permanecer ajenos a la Armonía Divina, si de verdad abrimos nuestra alma a los dulces gorjeos de esos ruiseñores del Amor Eterno?

Algo así como el deslumbramiento de las Auroras Boreales en las regiones polares, me hace entrever la obra grandiosa de amor, de iluminación, de progreso, realizada por una sola de esas radiantes Inteligencias que pueblan aquel Reino de Dios, no comprendido ni soñado siquiera por la mayoría de los hombres, y apenas éstos prestan decididos el concurso de su voluntad.

Diríase que “por el resquicio entreabierto, por un velo levantado”, según la poética frase de nuestro hermano Virgilio, alguna ley que nos es desconocida nos permite contemplar la esplendorosa reverberación de nuestro Mesías Jesús sobre toda la humanidad terrestre, si bien sólo una parte de ella recibe y absorbe, diré así, los rayos luminosos de esa divina explosión de claridad. Y esa luz es permanente sobre nuestra Tierra, a la que envuelve en un suave manto de piedad y de amor.

Pero esa luz es más grande que la Tierra, y se extiende también sobre Marte y sus satélites, sobre Eros, sobre Hebes, sobre Iris y llega hasta confundirse con iguales claridades que, emanando de otras Inteligencias Superiores, van a derramarse en igual forma sobre Venus, la de rosados resplandores, sobre Vegha, de inmaculada blancura, sobre Alfa y Arturo, dorados como flores de fuego en la profunda inmensidad.

¡Y tu vibración, oh, Maestro Jesús!…, o tu luz, o tu Inteligencia derramando chispazos en la mía, parece decirme que tu amor ilumina las humanidades de esos mundos, y que se confunde en su explosión de claridad con el amor de muchas otras Inteligencias claras y puras como la tuya, que, a su vez, se derraman sobre otras y otras humanidades.

Y voy viendo más y más océanos de luz derramándose sobre mundos poblados de seres que sufren o ríen, lloran o gozan, arrastran cadenas o suben los tronos. Y llego hasta setenta inmensas llamaradas que desde inconmensurables distancias van a envolver los mundos donde habitan humanidades que les aman, desconocen o les odian, lo mismo que nuestra Tierra lo hace contigo, oh, Maestro Jesús…, divino iluminador de nuestras almas, que sin tu claridad y sin tu amor aún no hubiéramos acertado a encontrar este pequeñito y estrecho sendero por donde vamos buscando la verdad y la dicha.

Observo que el Reino de Dios o Moradas de Luz de los Mesías, son astros cuya evolución corre pareja con la de los purísimos seres que los habitan, y que todas las moradas astrales refulgen en la inmensidad con dos especies de claridades: la una, casi material y tangible, producida por

leyes físicas, como la llama del fuego, como la luz de un foco eléctrico; la otra, sutil, inmaterial e intangible, luz que no quema y cuyo resplandor puede compararse a los efectos de luz del arco iris, a las radiantes auroras de los trópicos y del polo.

La primera está explicada por las ciencias físicas y los conocimientos astronómicos. La segunda sólo se explica por el conocimiento espiritual que nos hace comprender que esa otra claridad más sutil emana de los Espíritus de Luz o Mesías, que irradian más que soles sobre los mundos cuya evolución dirigen.

Esta última especie de claridad forma como un aura en torno de cada mundo; aura que se ensancha e ilumina con más vivos fulgores según la intensidad que le imprime a su amoroso pensamiento la elevada Inteligencia que lo emite, y según también la reciprocidad de iguales pensamientos de amor emitidos por las humanidades hacia sus respectivos Guías o Instructores.

Quien más piensa en ellos y más les ama, más atrae las potentes energías de aquellas mentes serenas y lúcidas y, por tanto, más se acerca a la Divina Sabiduría y a la Eterna Verdad; y quien llega a la comprensión y al conocimiento ha allanado grandemente el camino para alcanzar la perfección.

Paréceme comprender que es en esa forma como se cumple la eterna ley de solidaridad y ayuda mutua entre las Inteligencias de gran evolución y los más nuevos e imperfectos.

Quien me ilumina en este instante me hace ver un joven, animoso viajero que emprende una larga jornada a través de las selvas inexploradas. Cuando el día de su propia mentalidad le alumbra y el fuego de su entusiasmo le calienta, por sí solo camina y salva los tropiezos y las dificultades; pero cuando las noches de los propios errores derraman sobre él las tinieblas del desaliento, entonces el viajero gime, llora, se queja, pide auxilio a la Eterna Fuerza que le llamó a la vida, a la Eterna Luz en seguimiento de la cual corre…, al Eterno Amor del cual surgió como chispa y hacia el cual ha de volver convertido en llama viva… Y es en esos momentos crueles y duros del penoso viaje, cuando la Suprema Inteligencia nos hace sentir sus efluvios salvadores por medio de las puras Inteligencias que, como inmensas llamaradas de luz inmarcesible, esclarecen los sombríos caminos de la Eterna peregrinación.

Esa queja, ese grito, ese clamor del viajero entre la oscuridad de la selva es a lo que llamamos oración, y es en ese sentido que debemos considerarla razonable, justa y eficaz.

Algo más creo comprender en este vasto e interminable campo, es esta inmensa selva de energías vivas, de fuerzas flotantes, de mundos que giran con rapidez vertiginosa en ese algo inconmensurable y sin fin que llamamos Infinito.

Ese algo que parece llegarme de muy lejos, es casi todos los nombres de dioses de la antigua Mitología de todos los países, y que corresponde a los nombres con que la Astronomía ha designado los soles y las estrellas, las constelaciones y las nebulosas, que ha podido descubrir desde su punto de observación: la Tierra; y esos nombres corresponden, a su vez, a los Mesías que dirigen, guían y protegen esos mundos.

¿Cómo se explica que esos nombres llegaran a los habitantes de la Tierra? Del mismo modo que llegan hoy: por la inspiración, por la intuición, por la clarividencia de los augures, pitonisas, sibilas y profetas, que los hubo en todas las más antiguas civilizaciones, bajo todos los climas y en todas las religiones, durante los millones de años que han transcurrido desde que el reino consciente se albergó en este planeta.

Cuando hace catorce mil años nuestro Mesías se acercó a la Tierra a tomar nuestra misma naturaleza material, en la que entonces era nuestra Estrella Polar llamada Vegha, se encontraba encarnado también otro Mesías con el nombre de Vegha, de gran afinidad y amor con el Mesías terrestre, por haber realizado juntos su evolución en otras moradas que aún hoy subsisten formando parte del gran conjunto de mundos que hemos llamado Reino de Dios. Ese Mesías era la dulce y purísima Odina, compañera de Anfión, el Rey Santo de Atlántida, que había llevado por entonces el mensaje de la Luz Eterna hacia aquella morada de mayor evolución que la Tierra.

Lo que creo haber comprendido en este caso lo refiero también, según mi entender, a casi todos los mundos que forman el universo de soles y estrellas visibles desde la Tierra. Los mundos que forman el universo al cual pertenece nuestro sistema: Júpiter y sus lunas, Urano, Neptuno, Saturno con sus anillos y sus satélites, Mercurio, Venus, Marte, Alfa, Sirio, Arturo, Andrómeda, Orión, Pléyades y otros, son nombres de Mesías encarnados como el nuestro en esas moradas y que al comunicarse con su compañero, el Mesías de la Tierra, daban su nombre de la existencia carnal; y de ahí a veces el origen de los nombres dados a los mundos que vemos rodar por el espacio o éter que rodea nuestro mundo Tierra.

Comprendo, asimismo, que en el esplendoroso Reino de Dios hay muchos grados de evolución, según la ancianidad de los espíritus y según sea la heroicidad y grandeza del amor que ellos han dado a las humanidades que dirigen.

En un detalle anterior hablé del universo al cual pertenece nuestro sistema solar, con lo que he querido expresar que en la vasta inmensidad donde ruedan los mundos hay agrupaciones de ellos compuestas por miles y miles de esferas, que corresponden a un grupo de Inteligencias que impulsan su evolución, en conjunto, por alianzas formadas por ellos en el largo correr de los siglos, mientras realizaban su propia evolución. Esta

es la explicación de aquella divina visión de nuestro hermano Virgilio, en la que nos describe tan maravillosamente el Consejo de setenta Mesías o Instructores.

¡Cuál será la grandeza del vasto universo, si consideramos que son incontables esas agrupaciones de millares de mundos, y que cada agrupación está dirigida e iluminada por un conjunto de Espíritus de Luz!

Mas, llega una hora…, ¡qué hora! No sé si nosotros, pequeñas luciérnagas en este mundo nuevo, podremos comprender tanta grandeza. Llega una hora, en que esas humanidades pasan de la infancia a la juventud y después al pleno desarrollo en la mayoría de sus individuos, y que dichas moradas han llegado también a la plenitud de su desarrollo. Entonces la Eterna Ley aparta a los retardados hacia otro mundo inferior, y las moradas ya evolucionadas en todos sus elementos constitutivos pasan a formar parte del Reino de Dios en sus gradaciones más inferiores, primero, y más superiores, después, hasta llegar a la Corona Suprema, según la expresión cabalista, a la Tríada Divina de la antigua mística oriental, a la incomprensible Trinidad de la Teología occidental, donde las elevadas y purísimas Inteligencias parecen refundirse por la comprensión y por el amor en una sola Esencia, en una sola Energía, en una sola Inteligencia, en una sola Vibración, en una sola Luz, en un solo Eterno e inconmensurable Amor.

Porque los seres todos del Universo, según entiendo, a medida que progresamos espiritualmente nos acercamos unos a otros en el pensar, en el sentir, en el conocimiento y en el amor. Hasta que, llegados a la plena posesión de la Verdad, de la Luz y del Amor, nos confundimos unos con otros mientras avanzamos en la eterna ascensión. Divina y esplendorosa fusión que sólo puede hacerse comprensible con la figura siguiente:

¡Si cada alma purificada es una luz, y todas las almas caminamos hacia un punto fijo, cuando todas lleguemos a ese punto, todas las luces no forman más que una sola luz, una sola claridad, un solo eterno y divino resplandor!

Bendigamos a la Divina Sabiduría, que nos permite vislumbrar la grandeza del Reino de Dios por un resquicio del mundo espiritual, y hagamos por merecer cada día más, con nuestra abnegación y desprendimiento, y con una íntima unión con nuestro Maestro Jesús, que los cielos infinitos se abran a momentos para que beba nuestro pobre ser la luz divina de la Verdad Eterna.

* * *

Vuelve mi alma con dolor a las frías arenas de la Tierra, y mi primer pensamiento, Señor, es de agradecimiento y de amor para Ti, que me has permitido vislumbrar las claridades radiantes de las moradas de la Luz perdurable…

¿Qué goce de la Tierra podrá desear el alma que vislumbró por un instante la dicha suprema que se siente al contacto con las Inteligencias purificadas, que son lámparas eternas de luz, de amor, de armonía infinita?

¡Oh, Maestro mío!…, ¿cuándo será que pueda mi pobre alma escalar esas cumbres, poseer esas claridades, irradiar esas armonías que forman las puras delicias en que viven eternamente felices los que triunfaron en todas las miserias de los mundos de expiación y de dolor? Y aunque mi alma clama por esa claridad y esas armonías, me abrazo resignada a la cruz de mi propia debilidad y pequeñez, porque sé, de cierto, que aún así me amparas y me amas.

¡Y el amor tuyo, divino Maestro mío, me da fuerza y valor para continuar esperando indefinidamente el día glorioso de las nupcias eternas de mi alma con la tuya!…

COMO LAS CALAS DE TU SANTUARIO…

Meditación

¡Maestro Jesús!…

Como esas blancas calas silenciosas que se balancean suavemente a los pies de tu imagen sin pedirte nada, sin quejarse, felices con solo estar cerca de Ti, ofreciéndote su perfume…, ¡quisiera yo ser!…

Como esas calas que en la penumbra violeta de tu recinto semejan las de mariposas blancas que revolotearan junto a Ti, ansiosas de emprender el vuelo…, ¡quisiera yo ser!…

Como esas blancas calas que nada piden, que nada esperan y que hasta convertirse en seca hojarasca hecha polvo, permanecen quietas y silenciosas, allí, ofreciendo, dando, exhalando cuanto de bello guardan en el cóncavo de sus alas de terciopelo…, ¡así quisiera yo ser, Maestro Jesús, para Ti, en la gris y helada penumbra de esta vida mía!…

Pero cuando así medito al pié de tu imagen que tan alto me habla de internas visiones, paréceme oír tu Voz, que de lejos como el eco de una cadencia traída hacia mí por las suaves ondas del éter, me dice:

“No anheles tornar a lo que hace muchos miles de siglos ha pasado para ti, porque eso sería como la incomprensible locura del viajero que estando cercano al término de su viaje quisiera volver de nuevo al punto de partida.

¡Piensa, medita y recuerda!…

A los pies de un muro muy blanco de grandes ventanales oblongos, a la vera de un río de espumantes olas, en la rosada esfera de los cielos, que llamáis Venus, se levantaba un bosquecillo de calas, hace muchos miles de

siglos, que como estas que excitan tu deseo, se balanceaban suavemente mientras las contemplaban con delirio unos ojos luminosos como el cielo dorado del atardecer, desde los oblongos ventanales del castillo solitario…

¿No ves cómo la lamparita del recuerdo emite vibraciones de luz sobre aquel remoto pasado?…

¡Y a su tenue resplandor verás que alguna de aquellas calas extenderá nerviosa su esbelto talle, para asomar por entre medio de sus hermanas el ala blanca de su pétalo, buscando que aquellos ojos se detengan no mas un instante en ella, para que tras de la mirada surja el deseo, y luego unas manos pequeñas y suaves se acerquen acariciantes a desprenderlas del tallo y llevarla sobre el pecho a la tibieza sin ruidos y sin fatiga de un recinto de oración!…

¡Tu vida de hoy no puede ser la quieta y apacible vida de las calas porque hace muchos siglos que sonó para ti la hora en que solo con inauditos esfuerzos te irás acercando paso a paso en la conquista del reino de Dios!

Y hoy son otras muy diferentes las imágenes con que únicamente puedes parangonar tu vida: el viajero que escala serranías abruptas y solitarias, donde aúllan las fieras y azota con furia el vendaval; ¡el labrador que abre profundos surcos en la tierra para depositar simiente que no siempre germina porque los pájaros la devoran o la pisotean los viandantes y las bestias!…; ¡el picapedrero que arranca trozos de montaña que con sudor y fatiga pulimenta y labra…, acaso para que vaya a formar parte del pedestal de gloria de algún déspota creador de miseria, de angustia y de muerte en medio de los hombres!…; ¡el rudo leñador que derriba a golpes de hacha los árboles gigantescos para el provecho de todos, menos para sí mismo y ¡quien sabe!, para que la arbitrariedad de un potentado levante patíbulos y cadalsos!…; ¡el navegante que emprendió la travesía de un mar desconocido, llevando su barco lleno de viajeros, que cansados un día de la tenaz y persistente borrasca se van quedando uno a uno en los puertos alegres y bulliciosos, dejando al navegante solo en su cáscara de nuez sacudida por las olas…, con las velas rotas, sin pan y sin agua!…, ¡con grietas que se van ensanchando hora por hora en el maderamen que cruje como un ser vivo que se quejara en medio de la tortura!…

Te espantan ¡pobre alma!…, ¡te espantan tales figuras, y temerosa y angustiada tornas tu vista a las calas y envidias la serenidad de su vida, quieta y sin fatigas!

¡Las calas no pueden amar como tú!…

¡Las calas no pueden conquistar almas como tú!…

¡Las calas no pueden sentir la grandeza de Dios como tú!…

¡Las calas no pueden ser humilladas, difamadas, perseguidas ni despreciadas como tú, al conquistar el derecho a los martirios inmensos que

acrisolaron siempre a todas las almas afiliadas a las grandes misiones redentoras de humanidades!…”

Y tu Voz de cadencia lejana calla ¡oh, Maestro Jesús, guía luminoso y sereno de mis pasos inciertos!…

¡Y yo inclino mi frente pálida y fatigada, en la penumbra violeta de tu recinto donde las blancas calas silenciosas continúan balanceándose a los pies de la imagen tuya que tan hondo me habla de contemplación interior!

Mi alma fortalecida por el eco lejano de tu Voz, resignada a lo que debe ser, dócil a tu Voz augusta de Maestro, vibración de la Verdad eterna y reflejo del Eterno Amor, exclama con la voz de su sentir profundo que solo Tú escuchas, la sientes…, la recibes y la guardas:

¡Cúmplase en mí la Voluntad Divina por los siglos de los siglos!…

LA SOLIDARIDAD UNIVERSAL

Es la más grandiosa Ley, la más hermosa y sublime, la que resume a todas porque encierra en sí, la suprema realización de la Eterna Idea que es Dios.

La vemos manifestada en todo cuanto existe y vive en el vasto universo. Hay solidaridad perfecta entre los mundos siderales, armónicamente distribuidos en sistemas planetarios, en los cuales desde el más grande planeta hasta el más minúsculo asteroide obedecen a esta suprema Ley,

girando unidos alrededor de su sol central.

Ninguno corre locamente por el vacío rompiendo órbitas y rutas, marcadas desde incontables edades, o sea desde que surgieron de la nebulosa madre y se constituyeron en Sistema.

Y lo que observamos en el inmenso panorama sideral aparece como copiado en las distintas fases y aspectos de la vida orgánica o inorgánica en nuestro pequeño planeta Tierra.

Y por buena lógica, podemos y aun debemos creer que en el inmenso

Reino de las Almas existe esta misma ineludible y hermosa solidaridad.

Las grandes Inteligencias iluminando, protegiendo, alentando a las pequeñas; y estas alimentándose, si se me permite la frase, de la luz meridiana que irradian esos grandes soles del Reino Espiritual.

Como los globos siderales de un mismo sistema viviendo de la luz, la energía y el calor de su sol central.

Y cada Sistema recibiendo la fuerza y la vida en armonioso conjunto con otros y otros Sistemas planetarios que forman un universo que gira también en fantástica danza y en órbitas que no pueden medirse, alrededor de otro centro que aun desconocemos los moradores de esta pequeña Tierra.

Y de aquí surge la conclusión de que nuestra evolución y progreso será más lenta o más rápida según la mayor o menor unificación que alcance nuestro espíritu con nuestro Sol central, que en el Reino de las Almas que formamos la humanidad terrestre, no es otro que el Instructor y Guía al cual le fuera encomendado desde largas edades.

Y surge así la figura excelsa del Cristo, del Verbo, del Pensamiento Divino hecho hombre, del amor Eterno hecho corazón humano que late, sufre y ama al unísono del nuestro.

Unirnos por amor a esta Divina Inteligencia, secundar su obra civilizadora y única, basada toda ella en el Amor Universal, es el gran camino, el único sendero de luz que puede conducirnos a la dicha suprema, a la vida perfecta en la infinita perfección de Dios, causa, origen y fin de todo cuanto vive en el vasto universo.

Es de ésta manera que debemos entender la necesidad que todas las almas tenemos del Cristo Divino, el más vivo y puro reflejo de la Eterna Luz; el más puro y claro resplandor del Amor Creador, soberano, indestructible.

Todo es armonía de conjunto y solidaridad inquebrantable en el Universo. Sólo el pequeño y débil ser humano se empeña y lucha hasta morir por crearse barreras entre razas, pueblos y naciones; entre ideologías religiosas o políticas.

Y hasta dentro de las fronteras de un mismo país, dividirse en castas o familias privilegiadas, y castas oprimidas hasta crear entre ellas abismos aún mayores que los que dividen a los humanos de los animales.

Se puede amar, acariciar, convivir con un perrillo faldero, pero se aparta con asco y horror a un ser humano de casta o raza llamada intocable, inferior, inmunda, como ocurre en varios países de la Tierra.

Nuestro pequeño mundo sólo llegará a la plenitud de su evolución y de su felicidad cuando sea una hermosa realidad en él, el pensamiento divino del Cristo:

“Amaos los unos a los otros porque todos sois hijos del mismo Padre que está en los Cielos”.

“El Amor todo lo vence. El Amor salva todos los abismos”, tenían como lemas los Kobdas de Abel, que fueron nuestros predecesores en el eterno camino de la Evolución.

¡ME OLVIDASTE, SEÑOR!…

¡Me olvidaste, Señor!… Así me clama vuestro corazón en el ansia suprema de las grandes desesperaciones, y yo os digo que ese clamor de vuestro espíritu se asemeja mucho a aquel otro grito escapado de mi corazón como una alondra herida en la noche de Gethsemaní y en la tragedia del Calvario: “¡Padre mío! ¿Por qué me abandonaste?”.

La maldad y el egoísmo humano que a intervalos dados adquiere la magnitud de espantoso cataclismo, enrarece de tal modo la atmósfera astral de esta Tierra que dificulta en gran medida toda manifestación espiritual de Inteligencias superiores, para cuyo acercamiento bien lo sabéis, la Eterna Ley es muy exigente.

¡Me olvidaste, Señor!…, me decís con una angustia indescriptible que puede muy bien ser comparada con el intenso dolor que ensombrecía mi espíritu cuando en el huerto de Gethsemaní sumido en tinieblas soltaba a los vientos de la noche aquel angustioso clamor: ¡Padre mío! ¿Por qué me abandonaste?

Mi espantosa soledad de aquella hora cuando hasta los discípulos más íntimos cedieron a la debilidad del sueño, mientras que la humanidad que me rodeaba rugía de furor en torno mío, como manadas de fieras hambrientas en pos de un cordero indefenso, era más que suficiente para que ese grito se escapara incontenible del alma que la pronunció.

Y yo os he dicho ya muchas veces y os lo repito en este instante, que esta hora vuestra se asemeja con aquella aunque otros sean los móviles y circunstancias que obran sobre las turbas inconscientes y perturbadas.

¿Qué mayor inconsciencia y perturbación que la demostrada en esta Navidad? Día de paz y de amor, de ósculo santo de las almas en una sublime comunión de ideales, en la majestad de un concierto en que vibran todas las arpas a tono con mi corazón: “¡Paz a los hombres de buena voluntad!”

¿Saben acaso esas turbas enloquecidas por el vértigo de la orgía, entregadas a groseros goces materiales, saben lo qué es la Navidad, ni su significado ni su grandeza? ¿Saben acaso lo qué es bajar un Mesías de los cielos más puros y radiantes a identificarse con la vida material en un plano físico inferior como la Tierra?

Si lo vislumbraran siquiera en medio de sus tinieblas espirituales, de otro modo muy diferente conmemorarían la Navidad del Cristo.

Entregados a meditar profundamente lo que son y lo que debiera ser en un día como éste, se pondrían más a tono con la vibración sublime del canto de Navidad: ¡Paz a los hombres de buena voluntad!

¡Me olvidaste, Señor!…, me habéis dicho en momentos de suprema desesperación, como yo en igualdad de condiciones dijera al Padre Celestial:

¿Por qué me abandonaste?…

Ni vosotros ni yo teníamos en cuenta la maldad de los hombres cuyos pensamientos y obras destilando el odio, la venganza y el repudio absoluto de la idea de la fraternidad y de amor entre todos los pueblos razas y naciones, forman barreras de hierro que hacen casi imposible el acercamiento espiritual de seres que no son mas que una eterna vibración de amor, de pureza, de divinidad.

¡Me olvidaste, Señor!…, habéis gritado en el ansia suprema de vuestra desesperación…, con la fe vacilante, con la esperanza muerta…

¡Era necesario romper todas las barreras, vadear todos los abismos y llegar a vosotros como un rayo de luz rompiendo las tinieblas, como un lazo de seda y flores uniendo los pensamientos y los espíritus en el divino consorcio de este momento, en que un prodigio del amor me da a vosotros en la comunión augusta de las almas que se buscan porque se aman!

He aquí que he venido y estoy en medio de vosotros, mis sacrificados, mis mártires de esta hora, sumergidos en las sombras de un triste Gethsemaní, en las trágicas tinieblas de un Gólgota pavoroso, donde os acosan las tentaciones con ferocidad de fieras hambrientas como me acosaron a mi en la hora de mi holocausto.

No volváis la vista atrás para contemplar la orgía de placeres de las turbas inconscientes porque os llevarán a hacer comparaciones que hacen daño como heridas que se abren incesantemente… Ellos gozan y yo padezco; ellos son dichosos y yo tiemblo de incertidumbre; ellos ríen y yo bebo lágrimas sin cesar; ellos se revisten de grandeza, de esplendor, de honor y de gloria, y yo luchando con la tormenta me debato entre la miseria, el oprobio y la angustia en todas sus formas…

¡Oh, mis amados, mis amados discípulos de esta hora terrible de la evolución humana!

¡He ahí la tentación que hace vacilar vuestra fe y tiende a matar vuestra esperanza! No de otra manera obró en mí la llamada tentación del desierto en la hora de mi sacrificio.

“¿Por qué he de renunciar yo a las flores hermosas del amor humano, a las ensoñaciones tiernísimas de una familia, de un hogar, de todos esos santos afectos que son como una aureola sobre toda frente que piensa, sobre todo corazón que siente y que ama?”

Tal decía yo en la hora de mi tentación en el desierto y tal decís vosotros comparando vuestra vida ensombrecida por el dolor y el sacrificio, con las vidas de placer, de abundancia, de riqueza de los poderosos de la tierra.

Comparad en cambio vuestras vidas con las de mis seguidores más íntimos y amados de todos los tiempos, llamadles a desfilar en vuestro

recuerdo y comprobaréis a todas luces, que en los planos inferiores como esta tierra, no son mis amigos los que se coronan de rosas ni los que visten púrpura y oro.

Pensad que aunque todo se hundiera en torno vuestro y fuerais traicionados en la amistad, en el amor, en cuantos sueños bellos y grandes forjó vuestro anhelo de mejoramiento y de perfección, Yo estaré siempre en el cielo azul de vuestra fe, de vuestra esperanza y de vuestro amor.

Pensad que el Cristo, vuestro Maestro, irradia siempre su luz por encima de todas las borrascas y tempestades, como la divina estrella polar que alumbra ahora y para siempre vuestra senda de sacrificio voluntario, por el grande ideal de amor fraterno entre todos los hombres de esta Tierra.

Que vuestras almas sean fortalecidas por mi palabra que es vibración de paz, de amor y de esperanza en esta hora de tragedia humana y de justicia divina, para que podáis cantar a tono con los ángeles de Dios: ¡Paz a los hombres de buena voluntad!

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