Cumbres

Cumbres (2017)

CUMBRES Y LLANURAS
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Publicado por primera vez en 1949, psicografiado en 20 años.
Escrito por: Josefa Rosalía Luque Álvarez (1893-1965)
Mentor espiritual: Hilarión de Monte Nebo
© Derecho de Autor Hugo Jorge Ontivero Campo
Todos los derechos reservados
Más información:

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CONTENIDO (118 capítulos)

1. Cumbres y Llanuras
2. Deshojando recuerdos
3. El último bote
4. Sintiendo cantar las olas
5. Judas de Kerioth
6. La heredad del padre
7. La asamblea
8. El vuelo de las golondrinas
9. Ilusión de Amor
10. En la casa de Lía
11. Almas gemelas
12. La gloria de Betlehem
13. En el Lacio
14. Junto al fuego de Nazareth
15. En África del Norte
16. Idinen o Monte de los Genios
17. En Jerusalén
18. El Apóstol Zebeo
19. En la aldea del Lago Merik
20. Las ruinas florecen
21. Tabita de Alejandría
22. La esposa ideal
23. El Capitán Pedrito
24. Los cautivos de las ruinas
25. Lo que el amor ha unido
26. Los treinta y tres
27. Diez años de labor
28. La ciudad subterránea
29. En Palestina
30. El mensajero de Zebeo
31. En Galilea
32. El huerto cerrado de Juan
33. Las rosas se van
34. Golondrinas Galileas emigran
35. A bordo del “Quintus Arrius”
36. Entre cielo y mar
37. En el puerto de Rafia
38. El Capitán Pedrito esperaba
39. La hora de Academia
40. Cuando las almas se encuentran
41. El Apóstol Pedro
42. En el lago Merik
43. La velada
44. Los papiros de Nadaber
45. El místico herto de Filón
46. Los desterrados y las alianzas
47. El archivo del Príncipe Melchor
48. Acercándome a Dios
49. Los caminos de Dios
50. En el Palacio Henadad
51. Stéfanos de Corinto
52. La tempestad se avecina
53. Un vistazo al escenario
54. ¡Y llegó la hora!
55. El huerto iluminado
56. Gerifaltes y palomas
57. Detrás de los bastidores
58. El Señor tendía su red
59. El despertar
60. Todo reino dividido
61. Hacia el abismo
62. La estrella maga
63. La gruta de los recuerdos
64. El Apóstol Judas Tadeo
65. Rosas de la tarde
66. En el monte Hermón
67. El Diario del Apóstol
68. El comienzo del apostolado
69. En Thipsa
70. El “Albatros” suelta amarras
71. Fahien de Rambacia
72. La Matriarca Abelina
73. Rosas blancas
74. Tomás de Tolemaida
75. Los siete días
76. Resurrección
77. El Apóstol Andrés de Tiberíades
78. La huella en la nieve
79. El salto sobre el abismo
80. Bartolomé de Corazín
81. El Apóstol de Armenia
82. La Cruz de piedra
83. Juan, el muy amado
84. No era un cuento
85. Anfión y Odina
86. El sueño libertador
87. Los abrojos del camino
88. El Cerro de la Gloria
89. Felipe y Matías
90. El Cristo en Roma
91. Apacienta mis ovejas
92. En el Lacio
93. Los caminos de la Ley
94. El rosal de Yhasua en Roma
95. Regreso a Palestina
96. El huerto de Juan florece
97. El Rabí Sedechias
98. Como se abren los caminos
99. El sueño de las tres Marías
100. Los caminos se encuentran
101. Vientos contrarios
102. Los pergaminos de Juan
103. Un roble murió de pie
104. El Cristo en Samaria
105. El diario del Apóstol Juan
106. Visitantes de Samaria
107. Todo se pasa
108. El solitario de Patmos
109. ¡Fíat Lux!
110. Lo que no vemos
111. La escuela de Juan
112. Exploración celeste
113. La gloria de Juan
114. El paraíso de Pedro
115. Los amigos de Yhasua en Éfeso
116. La piedra de Cristo
117. El Águila solitaria
118. El rosal florecido


CUMBRES Y LLANURAS

De nuevo me coloco a tu lado, lector amigo, para deshojar silenciosamente las páginas vivas de un pasado radiante que la Eterna Luz conserva en sus Archivos Eternos y que ninguna fuerza humana puede destruir ni adulterar.
Has hojeado hoja tras hoja “Arpas Eternas”, y has bebido hasta la saciedad el néctar divino de la vida más pura y excelsa que ha pasado por esta Tierra como un astro sereno derramando claridad, tibieza de amor, calor de ternuras inefables…
La Eterna Ley permite hoy a este hermano tuyo invisible, ser narrador de otras vidas que al igual que la tuya, estuvieron tejidas de grandes anhelos de superación para acercarse al Divino Ungido, al Cristo, amador eterno de esta Humanidad. Son las vidas de los “Amigos de Yhasua” que has conocido en Arpas Eternas, que has intimado con ellos hasta llegar a amarlos y a sentir, pensar y querer como ellos sentían, pensaban y querían…
La rosa bermeja del amor al Cristo vive sin marchitarse en tu corazón, y deseas, lo sé bien, conocer qué hicieron sus amigos y discípulos después de su partida a los Reinos de la Eterna Luz y del Amor Eterno.
Por múltiples causas, que sería pesado y harto doloroso detallar, los amantes del Maestro Nazareno ignoran en absoluto la historia de los continuadores de su magna obra de redención y de amor en medio de esta humanidad. Sabes, lector amigo, que el Cristo llegó hasta entregar voluntariamente su vida por sostener en alto su divino ideal; y preguntas con justa razón ¿qué hicieron sus amigos y seguidores cuando Él partió de este plano terrestre?
Algo te dirán los viejos pergaminos que van entregando al mundo idealista las cavernas-santuarios de los solitarios Esenios que en su inquebrantable silencio, fueron los más fieles cronistas del Cristo encarnado. Acaso pensaron que las rocas amigas que les salvaron la vida, y les cobijaron con amor durante tantos siglos, serían más fieles guardianes que los hombres y a ellas confiaron los amados recuerdos, los poemas sublimes de amor y de fe de la epopeya cristiana en su glorioso y a la vez doliente amanecer.
¡Oh, desconocidos Esenios!… ¡No pensasteis en que los siglos destruyen y desmenuzan en polvillo y ceniza lo que os costó largas meditaciones de recordar, admirar y vivir de nuevo todo cuanto vaciabais a los pergaminos silenciosos!…
¡Oh, benditas rocas y montañas amigas de los esenios!: Monte Quarantana, Monte Tabor, Monte Carmelo, Monte Hermón, cerros inmensos de Moab, guardianes también de los grandes secretos de Moisés ¡Vosotros sabéis lo que la Humanidad ignora porque la Ley Divina la sabe infiel, mudable, incomprensiva!…
¡Lástima grande que los siglos no sepan respetar lo que vosotros
guardáis con escrupulosa fidelidad!
Mas, la Ley Divina con su infinito poderío, conserva en sus alcázares eternos inaccesibles a toda destrucción, a todo engaño, a toda deficiencia, lo que en nuestros planos físicos está obligado a dejar de ser por las muchas causas a que está sujeta la materia corruptible y perecedera.
Alégrate pues conmigo, lector amigo, idealista buscador de la Verdad y canta un glorioso aleluya. La Luz Eterna, es la grabadora infatigable de todo cuanto es pensado y realizado en todos los mundos del Vasto Universo. Y es Ella, delicada amiga del que busca, pide y espera con sencillo corazón y noble desinterés ver descorridos los velos que le impiden la posesión de la Verdad.
¿No será Ella la que puso un día en los labios del Cristo encarnado en Nazareth aquellas sugestivas palabras que nos ha transmitido la tradición: “Pedid y recibiréis. Buscad y encontraréis. Dios da su luz a los humildes y la niega a los soberbios”?
Viste pues la túnica blanca de los festines sagrados de los esenios montañeses, y recibe con amor lo que con amor te brinda este hermano invisible que ha buscado y encontrado para ti en los Archivos de la Luz Eterna, esta perla escondida que poseyeron los solitarios de la Palestina y que ahora poseerás tú: La realización del pensamiento del Cristo en el amanecer del Cristianismo.

La Autora

DESHOJANDO RECUERDOS

Las penumbras del anochecer caían sobre el Mar de Galilea y los amigos de Yhasua continuaban mirando en silencio aquel retazo de cielo azul donde su visión había desaparecido.
La voz del Servidor del Santuario del Tabor que los invitaba a seguir los caminos trazados por Él, se esfumaba también en las sombras y ellos no podían decidirse a abandonar aquel sitio amado, lleno aún con su presencia, con la vibración poderosa de su amor que los envolvía como una eterna caricia…
La primera estrella vespertina encendió su fanal color de amatista y tras ella, otras y otras salpicaron de luz el manto oscuro de la noche.
Después de breve deliberación entre Pedro, Zebedeo y Hanani, ofrecieron sus viviendas para hospedaje de todos los amigos del Maestro, hasta el siguiente día en que cada cual resolvería de su persona y de su vida.
—Los que queráis seguirnos al Tabor –dijo el anciano Servidor del Santuario–, podéis venir con nosotros. –Y los discípulos de Yohanán se les unieron de inmediato pues ya tenían resuelto unir su vida a los Ancianos entre los cuales había crecido y vivido su inolvidable Maestro.
—No olvidéis mi casa tan cercana –añadió la Castellana de Mágdalo que ya no era apellidada la pagana, sino simplemente María. Tomó del brazo a Myriam y a Nebai, diciendo a los demás–:
“Podéis venir cuantos queráis que para todos habrá lugar. Boanerges debe estar llegando con el velero que le mandé buscar.
Y los amigos de Yhasua aceptaron el hospedaje que se les ofrecía en las cercanías de aquel lago que Él tanto había amado y en cuyas olas rumorosas aún creían escuchar la resonancia suavísima de su voz.
Los más íntimos discípulos con los más ancianos quedaron en las casas de Pedro y Zebedeo; otros siguieron a Hanani cuya morada estaba situada en un suburbio de Tiberias; y Myriam con Nebai, las hijas de Lía y las demás mujeres con sus niñas se agruparon en los rústicos muelles a la espera de los botes que habían de llevarles hasta el Castillo de Mágdalo.
La luna creciente rompió de pronto el velo gris de las nubes que interceptaban su luz, y la tristeza del cuadro se hacía más y más pesada.
Judá y Faqui se multiplicaban para atender a todos, y Vercia la Druidesa Gala, con una serenidad admirable, indicaba a sus compañeros una
piedra cuya forma se asemejaba a un libro cerrado, y sobre ella colocaba ella misma una pequeña pira de leña.
—¿Qué haces, Vercia? –la interrogó Nebai acercándosele.
—Encenderé aquí el fuego sagrado por última vez antes de abandonar para siempre la tierra bendita que holló con sus pies el hijo del Gran Horus.
—Pero si vamos a irnos de aquí enseguida. Mañana lo harás –insistió
Nebai.
—Está bien. Iré con vosotros –le contestó, en el preciso momento en que se oía la voz dulcísima de Boanerges flotando como una caricia en el vientecillo fresco que soplaba del norte:

Como una roca inmovible
Serán Señor para Ti Los amigos que quisieron Tu misma senda seguir.

Son almas que comprendieron
A la tuya que era amor Para todos los que lloran En una oscura prisión.

Amores que no comprenden
Las almas de poca fe Amar como aman las flores Que se dan sin interés.

Amar como las estrellas Que nos ofrendan su luz Y abren rutas al viajero Desde el infinito azul.

¡Heraldos de tus ideales
Firmes siguen para ti Sin que ninguna borrasca Los pueda nunca abatir!

Las mujeres lloraban silenciosamente, y Vercia saltó la primera a la pequeña planchada que los remeros tendieron sobre la costa.
—¡Niño del lago! –le dijo–, ¿quién puso tanta armonía en tu boca y
tanto fuego en tu corazón?
—¿Quién? El amor de Él, señora, que aunque se fue para no volver seguirá viviendo del amor de todos los que le hemos amado.
—Eres casi un niño y hablas como un Anciano. –María y Nebai se
acercaron a Vercia.
—Déjale –insinuó María–, que si él continúa hablando, nosotras seguiremos llorando. –Y tomando a Myriam de la mano, la hizo embarcar la primera.
Mientras ésta breve escena, Judá, Faqui, el Scheiff Ilderín, Eliacín y Shipro hacían acercar los demás botes a los muelles y subir a bordo a todos los que esperaban en la playa.
Después un silencio profundo que solo era interrumpido por el acompasado movimiento de los remos que encrespaban las olas del lago, sobre el cual se deslizaba aquella caravana de botes siguiendo al velero blanco y azul hacia el Castillo de Mágdalo, sumergido en las penumbras de la noche entre los rumorosos platanares que lo cercaban.
Boanerges y Fatmé fueron los primeros en llamar al castillo para hacerse conocer de los guardianes, después de llamar repetidas veces:
¡Edipo! ¡Edipo!, que tal era el nombre del viejo guardián griego, apareció con los dos grandes perrazos, que eran sus habituales compañeros.
—Estoy solo en la casa –dijo abriendo la gran verja de entrada–. El
Mayordomo duerme arriba, y los asilados se marcharon todos.
María sin cuidarse de lo que el portero decía, solo pensaba en conducir a Myriam, a Nebai con sus niños, a Noemí, Thirsa, Martha y la pequeña María, Elena, Ana, Sabad, las hijas de Lía y demás mujeres que desde Jerusalén vinieron a Galilea para recibir el postrer adiós y la bendición del Maestro que acaso, ¡quién sabe!, acaso les llevaría a todos con Él a su Reino eterno que les venía anunciando desde tanto tiempo.
No hay para que decir que los boteleros del lago espléndidamente remunerados por Judá y Faqui, tornaron alegres cantando a la luz de la luna pensando que era más conveniente conducir a los amigos del Profeta Nazareno que pasar la noche tendiendo las redes que más de una vez salían vacías.
—Todos sois dueños en esta casa –díjoles la Castellana no bien estuvieron en el gran pórtico de entrada.
Boanerges había subido a la torre y bajaba casi a rastras al mayordomo para que abriera las puertas.
—¡Señora! ¡Vuestros huéspedes se fueron todos! –decía el buen
hombre azorado.
—No importa, ya vienen otros –le contestaba María, haciendo pasar
a todos.
—Príncipe Judá, Hack-Ben Faqui, y vos, Othoniel, que conocéis la casa, haced el favor de arreglar a los hombres en las habitaciones de la torre, que mis compañeras y yo iremos al primer piso. –Y María abrió la marcha escaleras arriba llevando siempre a Myriam apoyada en su brazo.
¡Noche memorable, estupendamente grande desde cualquier punto que se la mire!
Grande en el dolor, heroicamente soportado. Grande en el desaliento, en la desorientación, en la incertidumbre y la duda que surgía a intervalos como siniestros relámpagos de una tempestad que se levantaba por momentos más y más amenazadora.
¿Adónde irían sin Él que había partido definitivamente para no volver? Recordaban haberle oído decir: “Cuando yo sea levantado en alto, todo lo atraeré hacia mí”. Y esas palabras, reflejos de la dolorosa visión premonitoria de su espíritu que veía de lejos la forma de su inmolación, fueron tomadas como alusión a su ascensión al Reino de su Padre que acababan de presenciar esa misma tarde, a orillas del Mar de Galilea. Y la ilusión florecía de nuevo en las almas dolientes y atormentadas.
¿No enviaría su Maestro, Ángeles de sus cielos de amor y de luz que les llevasen a todos ellos por quién sabe qué misteriosos medios, por qué desconocidas fuerzas, a ese Reino suyo que tanto les había anunciado?
Pero estas reacciones eran momentáneas y desaparecían rápidas y fugaces como frágiles mariposas arrastradas por el vendaval.
Y tornaba la pesadilla…, y el mago del recuerdo diseñaba sombras y más sombras como si un interminable otoño continuara deshojando los negros pétalos de un rosal misterioso. La desaparición de aquel ser extraordinario cuya benéfica irradiación les había mantenido a todos como en un éxtasis de interna felicidad y dentro de esa aura se habían sentido seguros, fuertes, optimistas, plenos de esperanza y de fe, forzoso es llegar a la conclusión que al faltarles aquel astro plácido y sereno que les había alumbrado, fue para todos ellos un hundimiento profundo; una desolación que no tiene igual; una desazón y espanto como la que experimenta el que siente hacerse el vacío en torno suyo, o hundirse la tierra bajo sus pies o acabarse el aire que le anima la vida.
El silencio era tan hondo que hubiera podido sentirse el latir de los corazones.
El diálogo sublime de las almas que se amaban, más aún en esas cumbres de dolor sin consuelo posible, ha quedado grabado por la Luz Eterna en el éter azul del Infinito.
Y no hay poema que pueda compararse a la explosión de aquellos pensamientos, al desborde incontenible de aquel hondo sentir, que ante lo imposible, lo irrevocable, lo ya consumado, se desbordaba como un torrente y en oleadas se vaciaba de alma en alma como marejada inmensa que arrastraba todo, sin dejar a momentos ni una tímida florecilla de esperanza y de fe.
Y para sentir al par de ellos el choque brusco y penoso de ese complejo mundo de pensamientos y de sentimientos, de incertidumbres y de
dudas, de hondos interrogantes que quedaban sin respuesta, probemos lector amigo, de escuchar los diálogos que en la gran sala de la torre sostenían los hombres, y en el primer piso las mujeres alojadas en las distintas alcobas y salas de que estaba compuesto.
Solo así podremos darnos una idea de lo que fue el triste epílogo de la jornada gloriosamente cumplida por el Cristo Divino, pero doloroso comienzo para quienes quedaban en la tierra sin Él y con el inmenso legado de los campos de su Padre que faltaban por cultivar.
Myriam con Lía, Sara, Noemí, Sabad y otras ancianas fueron albergadas en la alcoba más retirada y silenciosa en cuyos grandes divanes pudieron reposar con relativa tranquilidad en tan inquieta y azarosa circunstancia. María, con Vercia, Nebai y las tres hijas de Lía y demás mujeres jóvenes se instalaron en los hermosos y alegres pabelloncitos que antes fueran habitaciones llenas de los encantos del arte y la poesía ocupados por las doncellas griegas y hebreas que habían llenado siempre el viejo Castillo con sus músicas, sus cantares y sus risas.
Entre el grupo de las griegas se encontraban aquellas dos mujeres salvadas por Melquisedec y Yhasua en la columnata de Damasco: Polinia y Heraclea, madre e hija, que tan dichosas habían sido desde que llegaron a Mágdalo años hacía y cuya felicidad se veía de nuevo azotada por la tremenda borrasca. Y todas ellas pensaban en la patria lejana donde aún tenían parientes que seguramente las acogerían con amor.
El virus de odios y rencores que había hecho de Jerusalén un nidal de víboras iba extendiéndose a gran parte de la Palestina, y el terror mismo de la terrible tragedia que presenciaron las llenaba de espanto, sugiriéndoles la idea de la huída de aquel desventurado país, cuya horrible ingratitud y felonía para su más grande bienhechor debería atraer seguramente los más terribles castigos.
Pronto en la gran alcoba de las ancianas reinó el más absoluto silencio. A su edad, el cansancio, el agotamiento, la misma desolación interior había caído sobre sus nervios como mole aplastadora y se habían dormido.
Solo Myriam velaba envuelta en la más densa oscuridad y con esa heroica resignación de los santos pensaba: “Oscuridad en el alma y oscuridad a mi alrededor. ¡Dios mío!… ¡Dame fuerzas para que yo pueda vivir la vida que me dais entre tan profundas tinieblas!” –Aún no se había extinguido entre las sombras la vibración de su intenso pensamiento, cuando un disco de luz dorada se abrió ante ella, como un recorte de oro en las tiniebla y el Hijo amado estaba ante ella sonriéndole amorosamente.
Ella le tendió los brazos… Él se deslizó hasta su lado mismo y poniendo su diestra luminosa y transparente sobre su cabeza, le decía con su voz sin ruido porque era sólo la vibración intensa de su amor:
“¡Hemos triunfado, madre, en nuestra alianza postrera y tan grande es la gloria conquistada por mis torturas del cuerpo, como la tuya por las angustias del alma, heroicamente sufridas!… Duerme y descansa que para ti han terminado las tinieblas y un nuevo día de luz y de amor amanecerá para ti”.
Éxtasis, ensueño, o transporte, la dulce madre se quedó dormida
como al influjo de un misterioso arrullo…

* * *
En la alcoba inmediata se encontraba Nebai con sus dos niños, Vercia, Martha, María de Betania y María de Mágdalo.
El sueño, ese suave consolador y lenitivo de los grandes dolores, fue invadiendo lentamente, primero a los dos niños Clemente e Ithamar, luego a la pequeña María de Betania que se había recostado en el diván de Martha, y por fin ésta quedó también sumergida en el sueño.
En esta alcoba encortinada de un pálido azul plateado que fue siempre la alcoba de María penetraba un resplandor suave y tibio de la luna creciente a través de las enredaderas perfumadas y de los nogales rumorosos, haciendo más y más intensa la nostalgia suprema de la ausencia…
Vercia concentrada en lo más profundo de sí misma con sus manos cruzadas sobre el pecho no estaba más su alma en el plano físico. Nebai oraba en silencio y los amados nombres del esposo y de los hijitos fulguraban como movibles puntos de luz en su mente atormentada. Pedía paz, amor y bien para ellos.
María sin ningún amor grande en la tierra, sino solo Aquel que ya no estaba en la tierra, dejaba correr en silencio sus lágrimas en cada una de las cuales se iba un jirón de su propia vida, que ella veía destrozada para siempre… Y clamaba a media voz: ¡Señor!… ¡Cuán grande es la soledad del alma que vio caer destrozado y deshecho el árbol que le daba sombra!… ¡Cuán inmensa es la desolación del alma cuando la voz amada sobre todas las cosas enmudeció para siempre!… ¡Qué fría oscuridad rodea el alma cuando vio apagarse la divina claridad de los ojos amorosos en que se reflejaba su imagen!… ¡Señor!… ¿Qué árbol me dará sombra? ¿Qué voz escucharé que me aliente en el camino?…
¿Qué mirada de santidad y de amor alumbrará mi senda solitaria y helada?…
Y cuando un hondo sollozo cortaba su palabra en la garganta, sintió una suave mano que se apoyaba en su cabeza enloquecida y una voz que le decía: “¡María!… ¡El árbol sigue dándote sombra!… ¡Mi voz continúa deshojando consuelo y esperanza desde el Reino eterno del Padre!…
¡Y la luz de los ojos humanos que amabas siguen mirándote desde lo
infinito!…”
Las tres mujeres habían caído de rodillas ante la amada aparición que otra vez las unía a las tres en un abrazo de eternidad que nadie podía romper.
¡Era el abrazo del Cristo glorioso y triunfante en su Reino de luz y de amor! ¡Era el pacto eterno nuevamente sentido entre aquella explosión de amor y de dolor en que las tres estaban sumergidas!
¡Era la estrofa mística que los cielos de Yhasua desgranaban como una sarta de perlas luminosas sobre aquellas almas que en las edades futuras habían de aceptar muchas veces las inmolaciones del cuerpo y las inmolaciones del alma en seguimiento del amor soberano por el cual lloraban en aquel instante!…
Calmada la ola intensa de emociones que había pasado por ellas, comenzaron las confidencias a media voz, en la suave penumbra de la gran alcoba azulada a la vez por los cortinados y por el rayo tibio de luna que penetraba a hurtadillas por el ventanal.
—Antes de que se esconda la luna –dijo Vercia– saldré a la terraza a encender el fuego sagrado, que ya está el ara dispuesta. Y cuando el sol se levante en el cenit emprenderé el viaje de regreso a mis montañas nativas.
“¡No lloremos más por Él que vive!… ¿No habéis visto que vive?
—¡Vive, sí, vive!… –contestaba Nebai– pero ya no como antes. ¿Sabes
tú, que Él y yo nos hemos seguido uno al otro desde la adolescencia?
¿Comprendes cómo reviven en mí los recuerdos lejanos que hoy se clavan como crueles espinas en mi corazón? ¡A veces…, a veces!…, ¡perdón, Señor…, hasta creo que se eclipsará en mi horizonte el amor al esposo y a los hijos detrás de este otro amor que lo absorbe todo como una inmensa luz donde se refundieran todas las luces de la vida!… ¡Paréceme que me faltaran las fuerzas para seguir cumpliendo mi deber de esposa y de madre!
—¡No! ¡No…, y mil veces no! –exclamó Vercia con su natural vehemencia–. ¡Él es el Ideal, el divino ensueño…, la Luz que alumbra el camino, la Esperanza que renueva continuamente las flores de nuestro altar!… No debemos morir en la inacción para la vida real, sino vivirla con toda energía y la fuerza que Él nos ha dado y nos dará eternamente
¡Amar es vivir!… ¡Amar es sufrir!… ¡Amar es esperar y esperar indefinidamente hasta que hayamos logrado extinguir el odio sobre la tierra, y la hayamos inundado con ese mismo amor que nos absorbe la vida a nosotros, hasta el punto de no saber a momentos si vivimos sobre ella con cuerpo de carne o flotamos como una esencia entre la llama viva del amor soberano de Cristo!… ¡No debe quedar un solo tirano que esclavice ni un solo esclavo que sienta el golpe del látigo en su carne desnuda!… No deben quedar calabozos de tortura, ni presidios con rejas y cadenas, ni
mendigos que tiendan la mano escuálida al poderoso que cruza las calles con deslumbrantes carrozas… Ni huérfanos hambrientos ambulando por las calles y plazas, ni fantasmas vivos de crimen y de vicio incitando a otros al vicio y al crimen… ¿No es el amor redención? ¿No es el amor purificación? ¿No es agua de manantial que lava todas las iniquidades, todas las impurezas…, todos los odios, todas las tinieblas?…
El rostro de Vercia parecía una llama viva y sus grandes ojos azules como el cielo y como el mar irradiaban tan poderosa corriente que María y Nebai se estrecharon a ella en un abrazo mudo, mientras los pensamientos fuertemente unidos hablaban sin voz y sin ruido: “¡Amar es vivir!… ¡Vivamos para Él y para su ideal divino de redención de las almas! ¡Vivamos siempre sufriendo, llorando y amando!”
El programa de las tres jóvenes mujeres quedaba pues esbozado para los siglos que vendrían en pos de aquella hora solemne y dolorosa.

* * *

Acompáñame, lector amigo, a la vetusta torre del Castillo donde estaban los pabellones ocupados por los hombres.
El príncipe Judá, el Hack-Ben Faqui, el Scheiff Ilderín y Marcos, ocupaban una de aquellas alcobas. Y al igual que las tres mujeres que acabamos de dejar, dialogaban y pensaban a la tibia luz de la luna creciente. Desde la altura en que estaban, veían la plata bruñida del lago donde se reflejaban la luna y las estrellas. El velero blanco y azul parecía dormir mecido por las olas que el viento agitaba suavemente.
Ni el más leve sonido interrumpía el austero silencio de la noche. Los cuatro se habían tirado sobre los divanes como abrumados por un cansancio inmenso.
De pronto se incorporó Judá y habló.
—Sé que todos deseamos descansar con el sueño, pero ninguno duerme.
—¿Quién podría dormir después de todo lo acaecido y de lo que hemos presenciado esta tarde? –interrogó Faqui sentándose también en su diván.
Un momento después los cuatro hombres como movidos por un mismo impulso se encontraban sentados en el diván ocupado por el Scheiff Ilderín el de más edad de los cuatro.
—Propongo –dijo el vehemente caudillo árabe–, que cada uno de nosotros exponga sus puntos de vista a fin de que nuestros senderos no se estorben, ni golpeemos todos sobre el mismo yunque, ni hachemos una misma encina. Muchos oasis tiene el desierto, y muchas encinas el bosque.
“Muchas sendas caben en los valles terrestres y muchas rocas donde nuestros pedernales puedan encender la chispa.
—¿Qué queréis decir con todas esas bellas figuras? ¿Qué es la hora de separarnos cada uno por su camino? –interrogó Faqui.
—¡Justamente! –contestó Ilderín.
—Y eso es precisamente lo que causa nuestra desazón interior –añadió
Marcos–: La separación.
“Y ahora sin el fuerte lazo de seda y flores, o mejor, de oro y diamantes
que nos tenía enlazados a Él como tórtolos en torno del nido.
Y muy disimuladamente cada uno secó alguna lágrima furtiva que temblaba en las pestañas. Si el pensamiento de los cuatro hubiera podido reflejarse en un espejo, habríase visto como esculpida con luz de las estrellas, la radiante imagen del Cristo que los contemplaba desde lejos…
—Es verdad –dijo por fin Judá–. Cada uno de nosotros debe esbozar su plan de acción, como el que va a construir un edificio o cultivar un campo o realizar un viaje.
—O preparar una batalla –añadió Ilderín–, pues presiento que tendremos dura guerra con los que rechazaron al Ungido de Dios.
—Lo presiento igualmente –añadió Faqui– porque si hubo malvados e ingratos para Él, que sólo derramaba dones divinos sobre cuantos se le acercaban, ¿qué no será para nosotros que nada tenemos para dar sino el reflejo lejano de sus bondades, de su palabra, del fuego santo de su amor que prendía hasta en las piedras de los caminos?…
—Yo pienso –dijo Marcos– que con Él todo lo podremos realizar, y sin Él nada haremos que nos merezca el nombre de discípulos suyos. Con su enseñanza en los labios y el fuego de su amor en el corazón, ¿no seremos capaces de conmover el mundo? Desde mi adolescencia fui aprendiz de Escriba del Gran Colegio, después lo fui Titular. Creo que no sería mucha presunción de mi parte si dijera que estoy dispuesto a ser Escriba del Cristo y de su obra de redención humana.
—Muy bien, Marcos –dijeron los tres que le escuchaban–. Marcos ha
decidido ya su camino.
—Y yo el mío –añadió Faqui– y lo decido basándome en las mismas palabras que Yhasua me dijo una vez: “Sembrarás mi doctrina en el África Norte entre las palmeras y las acacias de la Matriarca Solania, hasta que al final de los tiempos seas conducido sin el concurso de tu voluntad hacia los hielos eternos”.
—Y ¿qué final de tiempos es ése? –interrogó Ilderín.
—Eso es lo que falta por averiguar –contestó el africano–, pues muchas de las palabras enigmáticas que le oímos decir, han quedado sin una explícita aclaración. Pero yo tengo medio de saberlo por el príncipe
Melchor de Horeb y el Maestro Filón que por hoy son las lumbreras del
África Norte.
—Bien, ya son dos que han marcado su rumbo –dijo después de un breve silencio el príncipe Judá–. Me toca el turno ahora y creo que Yhasua mismo, desde su Reino de Luz, me lo está diseñando.
“Mi situación de príncipe judío y ciudadano romano me ofrece dos grandes campos de trabajo. En la tierra nativa tengo la mayor parte de mis bienes materiales. Y en Roma cuento con las grandes vinculaciones que conquistó la gloria de mi padre adoptivo Quintus Arrius, y tengo mi Villa del Lacio cuyos bosques y praderas se acercan hasta Nápoles. ¿No serán estos dos grandes escenarios donde yo debo actuar en nombre y en memoria de Yhasua?
—¡Ciertamente! –contestaron sus tres interlocutores–. Aparecen bien
delineados tus caminos.
—Y por fin sólo falto yo –dijo Ilderín–. Mi campo es la Arabia donde nací y donde estoy inmensamente querido por los grandes y los pequeños. El Rey Hareth me cuenta entre los treinta caudillos que le ayudan a llevar el peso de su cetro y su corona, y el peso de todo el país.
“El Desierto ha quedado sin Patriarca a la muerte de Yhasua, y sin yo comprender por qué, él me entregó la cinta de oro de Setenta rubíes en los días anteriores a la Pascua, y estando en tu palacio, Príncipe Judá. Recuerdo que me dijo en un aparte conmigo: “Guárdame esto en lugar muy secreto donde tú solo lo sepas, que más adelante sabrás lo que es”. Después de su muerte y cuando ya íbamos a emprender viaje a Galilea donde Él nos esperaba, abrí los paños de lino de su legado y me encontré con la cinta sagrada, símbolo de la suprema autoridad moral de Patriarca del Desierto. Yo iré a mi país, congregaré a todos los jefes de Tribus y sabrán que fui fiel al sagrado depósito.
—¡Y te harán Patriarca del Desierto! –dijo Judá de inmediato– y ya
está marcado también tu camino.
—¡Sea o no el elegido para serlo, sé muy bien que mi camino está allá donde el sol arde como fuego en las arenas y corre el simún como un caballo desbocado!… También entre las dunas amarillas y resecas, florecerán los rosales de Cristo que soñamos proclamar Soberano Rey del Oriente.
Sin saber qué fuerza oculta les impulsaba, los brazos se cruzaron unos encima de los otros y las manos se enlazaron como unidas por una invisible cadena.
Una intensa vibración de amor les estremeció a los cuatro como si una ola de fresca brisa aromatizada de jazmines y de rosas hubiera penetrado por la ventana abierta hacia el bosque y hacia el lago. Y los cuatro repitieron a media voz y con toda la intensidad de una plegaria
del alma: “Donde tres o cuatro están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Y en hondos sollozos fuertemente contenidos en lo profundo del pecho, pareció esfumarse la íntima confidencia.
Los cuatro amigos se encontraron de pie en el centro de la alcoba y con las manos fuertemente enlazadas.
Como un soplo divino, el amor del Cristo había cruzado en medio de ellos con un desbordamiento de inspiración y de fe en el supremo ideal y en la voluntaria ofrenda de sí mismos hecha a la humanidad por amor a Él.
Cada uno se sumergió en su mundo interno en ese suave y dulce silencio, ¡evocador de recuerdos de días y horas que ya pertenecían al pasado y que el supremo amor al ausente hacía revivir con fulgores de llamarada viva que se encendía de nuevo!…
Cuando la ola de emoción se hubo atenuado, el Scheiff Ilderín habló
el primero.
—Puesto que cada uno hemos decidido esta noche el camino, es justo que lo comencemos a andar desde mañana. Algunos de mis hombres de armas me esperan en Jericó. Todo el cuerpo de ejército de lanceros se volvió al desierto tres días después de la muerte del Profeta de Dios.
—También mis lanceros Tuaregs volvieron a Cirene –añadió Faqui–, y yo necesito con urgencia entrevistarme con mi padre, que debe estar desolado por el fracaso, aunque tengo esperanza de que el Príncipe Melchor le haya calmado. Dejaré a Thirsa y la niña con tu madre si aún habéis de permanecer en vuestra casa de Jerusalén.
Estas últimas palabras iban dirigidas al Príncipe Judá.
—Yo volveré a mis tareas en Joppe, que aunque tengo allí excelentes auxiliares no puedo retardar por más tiempo mi regreso. Pero me es duro quitar a Ana del lado de su madre –dijo Marcos.
Y como parecía esperar, intervino Judá:
—Llévate a las dos, o sino me llevo a Myriam a mi casa.
—Si es que ella acepta dejar su vieja casa de Nazareth –añadió Marcos
nuevamente.
—Yo permaneceré aún por un poco de tiempo más en Jerusalén, lo bastante para ver el camino que eligen todos los demás. “Tú eres el árbol fuerte a cuya sombra se cobijarán los míos que dejo en la tierra” me dijo Yhasua cuando me volvió a la vida aquel día fatal de su muerte.
“Esas palabras encierran un encargo, un legado al cual no puedo ni debo faltar.
—Quiere decir que estamos en perfecto acuerdo –dijo el Scheiff– y
creo que podemos descansar hasta que venga el día…
Al mismo tiempo de las escenas anteriores, otros pensamientos, anhelos y programas se esbozaban en las demás alcobas de la torre y del piso
primero del viejo Castillo, pues solamente los ancianos permanecían en esa resignada quietud de los que creen no tener ya tiempo para diseñar programas a realizar. Entre el cansancio de los años y el tremendo dolor sufrido recientemente, no veían otra cosa que sus últimos días llegando apacibles, como mansas olas coronadas de espuma que vienen a besar los pies…
Boanerges había llevado a su pabellón de la torre a algunos jóvenes galileos, amigos de las orillas del Lago y de los pueblos cercanos para quienes el viejo Mar de Galilea era el paseo favorito de los días festivos, en que Antipas y su corte deshojaba como flores sobre las aguas el esplendor de sus balsas flotando, donde cortesanas abrillantadas de perlas y de oro y cortesanos adulones, lo embriagaban de placeres, de música, de cantares y de danzas.
Con él estaba aquel esclavo Shipro que Yhasua había curado de su sombría tristeza en el Valle de las Pirámides, en una noche de luna, bajo el cobertizo de los camellos, en pleno desierto… Con él estaban aquellos dos jovencitos tuberculosos que sus padres llevaban a morir en la cabaña del cerro, y a quienes Yhasua volvió a la vida cuando ya la muerte los seguía de cerca.
Y con Boanerges estaba también aquel joven de Arquelais que a rastras le sacaban de la ciudad para lapidarlo por acusado de blasfemia y que Yhasua lo compró como esclavo para salvarle la vida, y cuyo nombre era Jehiel. Y aunque otros había alojados allí, menciono sólo éstos por ser conocidos por los lectores.
Algunos apenas si llegaban a los treinta años, y los había de vehemente temperamento, que habían sufrido lo indecible con el espantoso sacrificio de Yhasua, cuya inefable bondad para todos hacía más horrible e infame la injusticia que se había cometido con Él.
En la alcoba de Boanerges, el dulce ruiseñor de los bosques de Mágdalo, llameaba ardiente la rebeldía como una hoguera en noche de vendaval.
Si aquellos pensamientos vivos como rayos de fuego hubieran podido materializarse, se habría visto el Castillo de Mágdalo aquella noche envuelto en llamas desde los cimientos hasta el último desván de la torre.
Boanerges les dejaba desgranar sus quejas amargas como una cascada de perlas negras que salían atropelladamente de aquellos corazones de hombres jóvenes, lastimados hasta lo más profundo por aquella muerte injusta, cruel y bárbara con que los malvados hombres del Templo de Jehová habían terminado la vida más noble, la vida más pura y más buena que vieron los siglos.
¿Cómo había sido posible?…
¿Cómo el justo Jehová lo había permitido?… ¿Qué estaban haciendo los ángeles de Dios cuando martirizaron al Justo, que no se precipitaron
desde los cielos infinitos como una legión de espadas flamígeras para aniquilar a los malvados y libertar al Santo, al Justo, al hombre del amor que de amor había inundado a la tierra?…
¿Sería acaso que no existían los cielos, ni los ángeles de Jehová, ni Jehová mismo, y que todo era un espantoso vacío donde no había más que la fuerza bruta de los malvados y el dolor y la impotencia de los débiles?…
Cuando el gran dolor llegó al paroxismo y el caos convertido en vorágine amenazaba arrastrar en su torbellino las almas, Boanerges salió de su quietud, se levantó de su diván de reposo, cerró puertas y ventanas, corrió las gruesas cortinas que aislaban su pabellón del exterior y tomando su laúd comenzó a preludiar la más dulce de sus melodías que había titulado: “Por ti creo en Dios” y la había dedicado a Yhasua dos días después de su muerte:
¡Señor te has ido a tu Reino Y en la tierra quedé yo Como un pajarito implume Que del nido se cayó!

¡Señor!… ¿En qué pecho amigo
Mi frente descansará
Si no estás Tú que sabías
Todas las penas curar?

¿Quién hizo tu alma tan buena
Y entretejida de luz Como si en ella estuvieran Los astros del cielo azul?

¿Por qué tu alma estaba llena
De aquel infinito amor Que desbordaba a tus ojos Y se irradiaba en tu voz?

¡Yhasua!… ¡Excelso Yhasua!…
Porque te he visto, Señor, Viviendo toda una vida Como un poema de amor.

He comprendido que vive
El Bien Supremo y Eterno…
¡He comprendido Yhasua
Que en los cielos vive Dios!
El silencio se había mantenido acaso con inauditos esfuerzos de los que escuchaban el cantar de Boanerges; pero cuando sonaron sus últimas palabras y el laúd continuó vibrando suavísimamente en la oscuridad, un coro de sollozos, hondos, profundos, estremecidos, susurró en la alcoba como el murmullo ronco de un río embravecido cuyas aguas chocan en las rocas de la orilla.
Y el laúd de Boanerges seguía llorando, gimiendo como el gorjeo doliente de un ruiseñor cautivo entre rejas que llama a su compañera.
¡Y la tempestad se diluyó por fin como un vendaval momentáneo en
una mansa quietud!…
—Hemos pecado contra el Altísimo y contra el Profeta de Dios –dijo Shipro secando sus lágrimas–. ¿Cómo hemos podido dar cabida a la serpiente de la duda después de haber oído y amado al Profeta de Nazareth?
—Es cierto –afirmó Jehiel–. Porque estaba Dios en Él, pudo salvarme
de morir apedreado como un criminal.
—Y también porque Dios estaba en Él nos salvó de la muerte cuando habíamos arrojado a pedazos nuestros pulmones deshechos –añadió el mayor de los dos hermanos salvados de la tuberculosis por el poder extraordinario del Cristo Divino.
—¿Qué haremos ahora?… –interrogó el que hasta entonces no había
hablado.
—Trabajar para que Él siga haciendo desde sus cielos de amor lo que hizo todo el tiempo que vivió en la tierra –contestó Boanerges secando también sus últimas lágrimas–.
“Yo continuaré en este Castillo mientras su dueña necesite de mi laúd, de mi voz y de los nidos de ruiseñores que voy aclimatando a los bosques que le rodean. Si ella me despide ingresaré al Santuario del Tabor donde puedo ser útil para cantar los salmos en la oración de los Ancianos
—Y yo –dijo Shipro–, seguiré como hasta hoy al Príncipe Judá, que a su lado pasé la infancia y a su lado estoy en la actualidad. Junto a él estoy cierto de seguir sirviendo y amando al hombre santo que curó la tristeza de mi alma atormentada.
—Nosotros ya enterramos nuestros padres hace diez lunas, y el Profeta de Dios nos dio hogar en la Tapicería de Hanani en el suburbio de Tiberias. Allí seguiremos, que también era gran amigo del Profeta y por amor a Él nos retendrá a su lado –añadió el mayor de los mozos de Arquelais.
Jehiel callaba y un hondo dolor se adivinaba en él. Como el silencio continuara, Boanerges le preguntó:
—Y tú: ¿adónde vas?
Él dobló sobre el pecho la cabeza y con sorda voz contestó: –A mi cabaña solitaria y helada, porque enterré a mi madre hace cincuenta días.
—¡No! –gritó Boanerges y de un paso ligero se puso a su lado–. Yo partiré contigo esta alcoba y me ayudarás a cuidar las garzas y las palomas y a poblar de alondras y ruiseñores los bosques de Mágdalo. Apenas claree el día hablaré a la señora por ti. Y si ella deja el Castillo, iremos ambos al Santuario del Tabor. ¿Aceptas mi ofrecimiento?…
Jehiel continuaba mudo… Diríase que la palabra se había quebrado como un cristal en su garganta, hasta que por fin se abrazó de Boanerges y lloró a grandes sollozos. Lloraba por su madre muerta y por el Profeta Nazareno, muerto también dejándole más profundamente solo en su vida.
—Yo te enseñaré a cantar salmos –continuaba diciéndole Boanerges como si arrullara a un niño pequeño– y seremos dos ruiseñores más en los bosques de Mágdalo…
¡También en esta alcoba de la Torre estaba diseñado el camino de las golondrinas errantes que habían seguido al Profeta…, que posadas en los brazos de la Cruz le habían visto morir en ella, como una hostia blanca de propiciación sobre el ara de piedra de la humanidad delincuente!

3
EL ÚLTIMO BOTE

En toda aquella silenciosa caravana de botes que detrás del velero azul y blanco habían atracado a los muelles de piedra del viejo Castillo, seguramente no había más que una indescriptible angustia, una sensación dolorosa de desilusión de algo que se escapa y que ya no puede ser más.
Y en el último bote remaba el tío Jaime, Felipe el joven y Judas de Saba uno de aquellos terapeutas salvados por el Maestro de morir de hambre, amarrados con cadenas en una gruta del devastado Santuario de Samaria. Iban también allí varias mujeres, entre ellas Dina de Sebaste, hermana menor de Judas, Harima de Sidón y Simi, una de las niñas ciegas salvadas de la muerte por Judas y curadas por el Maestro. Esta niña, ya mujer, se había cambiado el nombre por el de Rebeca, por su entrañable cariño y admiración hacia la esposa del Patriarca Isaac.
El hecho al parecer inexplicable de ir el tío Jaime remando en el último bote parece explicarse así.
Esperó el embarque de todos los que buscaban refugio en una u otra casa de las orillas del Lago, y viendo que Myriam, su hermana era conducida al Castillo de Mágdalo, se decidió por ir él también allí. Había
sido como la sombra del Hijo en sus andanzas de apóstol, y continuaría siendo la sombra de la madre mientras alentara la vida en su ser.
Uno de los vigorosos remeros del último bote era el hijo segundo del Scheiff Ilderín, Abul-Krid, y su hermano mayor, Malec-Hadel, estaba casado con la hija de Harima, quiso acompañar la soledad de esta desolada mujer para quien la vida era fría como un sepulcro después de todas las crueles separaciones que había sufrido.
Separada de su primero y único marido el Rey Hareth de Arabia, separada de la sociedad de los hombres civilizados por aquella terrible venganza de fuego que realizó contra su ex marido, pero que afectó a todo el país de un extremo al otro; separada asimismo de su país natal y de toda su parentela de Sidón; era una soledad de tumba abandonada que le consumía la vida en lenta agonía.
Y Judas de Saba remaba también en el último bote porque buscaba una confidencia íntima con el tío Jaime, el tío Providencia como le llamaba Yhasua por sus hermosas y discretas combinaciones, en cada una de las cuales dejaba arreglados y resueltos varios problemas. Se trataba de solucionar otra soledad de sepulcro abandonado como la de Harima, y era la soledad de Dina de Sebaste, su hermana, una joven y bella mujer que apenas llegaba a los veintinueve años de edad. Y Judas de Saba, como hermano mayor se creía culpable hasta cierto punto de aquella soledad.
Cuando él ingresó a los terapeutas del Santuario del Monte Ebath, Dina era una niña de diez años y vivía al lado de su madre ayudándola en el laborioso cuidado del gusano de seda, pues tenían en su huerto un hermoso plantel de moreras. Un pequeño olivar plantado por sus antepasados, un viñedo y un castaño y con frescas hortalizas cultivadas con esmero y amor, era más que suficiente para la vida de ambas. Y aún podían darse la satisfacción de que Judas, el hijo terapeuta socorriera a los protegidos del Santuario con parte de los productos del huerto familiar.
Pero cuando vino la devastación de aquel Santuario que se transformó en cuevas de bandidos y malhechores, el huerto familiar tan inmediato a él fue también arrasado y robado. Más aún, fue maltratada su dueña que intentó defender lo suyo, y poco tiempo después murió, dejando a su hija de trece años sola en el mundo, pues nadie daba razón del paradero de Judas.
Tú, lector y yo, sabemos que los bandidos le tenían amarrado en el fondo de una bodega para que no denunciara los crímenes de que era testigo. Dina tenía trece años y el menos feroz de los bandidos y el más joven, se apiadó de ella y compartió el hogar solitario donde ella lloraba aún la muerte de su madre. Pero no le reveló el secreto de su hermano por temor sin duda a las represalias de sus compañeros.
Y fue éste el origen de los extravíos morales de Dina de Sebaste que la tradición ha recogido, y sólo ha dado conocimiento del breve pasaje del Divino Maestro ofreciendo agua de Vida Eterna a una mujer samaritana que iba por agua al llamado Pozo de Jacob, donde Él estaba sentado esperando a sus discípulos. Conocido este episodio, se comprende bien el dolor interno de Judas, su hermano, que se sabía culpable del abandono de su madre y de su hermana, muerta antes de hora la una y deshecha en su vida íntima la otra, porque él se salió del camino marcado por la ley, que es quien protege a toda criatura que se acoge a su amoroso regazo.
Dina, envejecida en el alma y en el cuerpo a los veintinueve años, engañada miserablemente por los hombres que buscaron su amor, sólo había encontrado un hombre en su senda de cardales silvestres que nada le había pedido y que la había incendiado de amor y de ternura diciéndole:
“—A cambio de esta agua que me das de tu cántaro, yo te daré Agua de Vida Eterna que apagará para siempre tu sed”. –Y enterado de su vida desordenada por la maldad de los hombres y las injusticias inconscientes de las sociedades humanas, la envió a la Cabaña de las Abuelas del Santuario del Carmelo hasta que fuera posible orientar su vida de acuerdo con sus propias inclinaciones. Y en esa Pascua última adonde había concurrido para ver el triunfo de aquel hombre único que junto al pozo de Jacob le brindó amor compasivo y tierno sin pedirle nada, tuvo el inmenso dolor de verle condenado como un malhechor y morir entre dos ajusticiados, ¡con la muerte de los esclavos delincuentes y rebeldes!…
¡Pobre Dina!… Los cardales silvestres que desde su niñez le brindaron espinas, se habían convertido en puñales cuyas puntas la cercaban por todas partes.
En las tremendas encrucijadas de la vida se habían perdido de vista con su hermano Judas, y volvieron a encontrarse en esa última Pascua en los atrios del Templo de Jerusalén, cuando el Maestro realizaba su última entrada gloriosa el día de las palmas.
El encuentro fue un abrazo mudo y un sollozo contenido fuertemente por ambos. No podía haber recriminaciones ni quejas, porque uno y otro habían errado el camino y las duras consecuencias de ese error les habían estrujado y exprimido la vida como una fruta madura.
—Desde hoy velaré por ti –se había limitado a decirle Judas–. ¿Tienes
marido?
—No.
—¿Tienes hijos?
—No. Sólo tengo el amor de un hombre que no es como los demás…
Es como el azul del cielo, como el agua de la fuente, como el perfume de mi huerto en flor…, como la luz del sol que todo lo anima…, lo llaman el Profeta Nazareno.
—¡Yhasua!…, el Divino Maestro, el Cristo que Israel se propone coro-
nar rey en esta Pascua –exclamó Judas, asombrado de lo que oía.
—Para verle he venido –añadió Dina–, juntamente con dos de las
Ancianas del Monte Carmelo.
—¿Y dónde te hospedas? –volvió a preguntarle su hermano.
—En el palacio Henadad donde se albergan los galileos –le contestó
ella.
—Yo estoy en el Refugio del Monte de los Olivos ayudando a los leprosos y huérfanos refugiados allí.
He aquí el motivo porqué Judas de Saba remaba en el último bote al lado del tío Jaime que encontraría seguramente el medio de solucionar el problema de la soledad de Dina que aún no tenía treinta años de vida.
¡Y lo resolvió! ¿Cómo no había de resolverlo el tío Providencia tan amado y tan amante de Yhasua?
Después de algunas conversaciones de él con Judas, con su hermana y con la dulce Madre del hombre santo que todos lloraban, Jaime dijo a Dina en presencia de Myriam y de Judas:
—Por el amor de la Santa memoria de Yhasua, haré como Él hizo en su vida de Krishna y de Moisés: tomaré por esposa a la infeliz ultrajada y abandonada, si ella acepta unir su vida a la mía; aún no soy viejo a mis cuarenta y cinco años y puedo servir de amparo a una mujer abandonada.
Judas exhaló casi un gemido de asombro. Myriam en silencio secó dos gruesas lágrimas que brotaron de sus ojos entornados y Dina rompió a llorar a grandes sollozos.
Jaime la miraba sereno, reflejándose en su rostro la tierna compasión que sentía por ella. Aquel silencio de expectativa y espera parecía demasiado largo. Judas sensitivo en extremo temblaba de interna emoción. Myriam continuaba llorando en silencio.
Por fin la dolorida Samaritana habló con apagada voz que parecía
venir de lejos:
—Si tú así lo quieres, yo te serviré como una esclava que nada tiene para ofrecerte sino este harapo de humanidad que hicieron de mí los hombres pérfidos y malvados. –Y cayó de rodillas y su cuerpo se dobló sobre la tierra.
Entonces terminó la serenidad de Jaime y doblándose también hacia la llorosa mujer la levantó de su humillante postración.
—¡Esclava no! –gritó con una emoción que hubiera parecido ajena a él, cuya dulce tranquilidad era proverbial–. ¡Esclava no! –volvió a
exclamar, porque sería infamar la memoria de Yhasua que su tío Jaime tuviera así desprecio para una desventurada víctima de la maldad humana.
“Serás mi esposa, viviremos con Myriam, que por la muerte de la abuela Martha ha quedado sola en su casa de Nazareth. ¿Aceptas? –Y le tendió su mano. Ella, aún de rodillas, la estrechó con las dos suyas y dobló su bella cabeza rubia sobre aquella mano amiga que se tendía hacia ella en el supremo desamparo y abandono en que se encontraba.
El sublime amor del hombre único que junto al pozo de Jacob la había consolado de su desgracia sin pedirle más que agua de su cántaro, la envolvía nuevamente en su inefable ternura desde su Reino de Luz, la dignificaba con el nombre de esposa de un hombre honorable y justo, y le abría la puerta de un hogar bendito…, ¡su propio hogar, santuario de honradez y de santos amores donde Él mismo había pasado los días más felices de su vida!
La ternura de Myriam se desbordó sobre ella y besándola tiernamente, le dijo:
—Hija mía, por tu grande amor a mi hijo, mi corazón te recibe también como una hija. No llores más, pobrecita mía, que entre Jaime y yo te haremos olvidar todo cuanto has padecido.
Ya ves, lector amigo, que estos viajeros del último bote decidieron su camino demasiado pronto y demasiado a tono con la dulce memoria que en medio de todos los que le amaron había dejado el Cristo Divino, ¡eterno sembrador de paz, de consuelo y esperanza entre la humanidad! Y Él, viendo la noble acción de su tío Jaime habría exclamado seguramente: “¡Gracias, Padre mío, porque florecen los rosales de amor que sembré
en tu Nombre sobre la Tierra!”
Los hombres y mujeres del último bote, llegaron también los postreros como es lógico y natural, y casi cuando los demás huéspedes habían sido debidamente instalados. Pero Abul-Krid buscó a su padre y le participó que había traído en su bote a la madre de Arimé, su nuera. La noticia pasó de Ilderín a Judá y de éste a Nebai, lo cual hizo que María se preocupase con especial atención de esta huésped que años atrás había conocido en Sidón cuando ella viajaba por los puertos y grandes capitales de la costa oriental y norte del Mediterráneo tratando de elegir vivienda para el resto de su vida, sin saber, claro está, que su ley la había hecho nacer en Mágdalo de la Provincia Galilea porque ese sería el nombre que acompañaría el suyo familiar, por todos los siglos que habían de venir. En aquel entonces, Harima de Sidón estaba en todo el esplendor de su vida en la corte de su padre, el príncipe Antenor, descendiente de los Seléucidas, y la había invitado a un gran festín en su palacio estando pedida su mano para el Rey Hareth de Arabia.
Envuelta en oscuros velos había pasado desapercibida entre todas las mujeres, que desde Jerusalén siguieron hasta Galilea en compañía de los discípulos del Profeta martirizado en el Gólgota. La habían visto ayudando a Vercia la Druidesa gala, a encender el gran fuego sagrado al pie de la montaña trágica, pero había desaparecido después. Anabí la había conducido a una posada conocida por él desde hacía tiempo, y allí permaneció abstraída en su dolor silencioso hasta el momento de marchar a Galilea junto con los amigos de Yhasua.
Y ya en el Castillo de Mágdalo sufría el hondo tormento de los recuerdos buenos y malos; pero en aquellos momentos, un solo recuerdo le absorbía la vida, los ojos divinos del hombre justo que había visto morir ajusticiado sobre un madero en cruz en el Gólgota, y que un día la había reconciliado con la vida, la había desenterrado de una tumba en los fosos del Peñón de Ramán, le había hecho florecer de nuevo el amor maternal ahogado por su fiebre de venganza y le había devuelto su único amor en la tierra: el amor de su hija Arimé.
—“Él mató a la fiera que vivía en mí, ebria de furor y de venganza
–decía aquella mujer en el lenguaje mudo de sus pensamientos profundos y ardientes como llamas de aquel incendio fatal–. Él mató a la fiera pero despertó a la madre…, y, ¿por qué no decirlo? Despertó también a la esposa que hoy en una eterna agonía, añora la amada presencia del príncipe árabe apasionado y gentil que adoraba su flor de oro, como él la llamaba, por encima de todas las cosas… ¡Desventurada de mí que no supe sacrificar mis veleidades y caprichos para conservar su amor, que no valoré como debía entonces, y por el cual hoy me arrojaría a sus pies como una garza herida y deshecha que va muriendo lentamente de frío y de soledad!” –Y un profundo sollozo se escapó de su pecho.
Harima había sido instalada en un hermoso gabinetito contiguo a la sala de música y al gran salón de festines del Castillo de Mágdalo. Por compasión hacia la madre política de su hermano Malec-Hadel, AbulKrid se quedó recostado en un diván de la sala de música inmediato.
Todas las vibraciones de nuestro yo íntimo se difunden a nuestro derredor, más cerca o más lejos según las fuerzas que llevan en él esas vibraciones. Son como ondas concéntricas de un fuego invisible y silencioso pero tan intenso y sutil que puede llegar a producir amarga tristeza a los más sensitivos que alcance a tocar la poderosa corriente.
Y Abul-Krid tocado por esa fuerza se puso intensamente dolorido. Pensó en su madre muerta, una esposa secundaria del Scheiff Ilderín, y luego en la ingrata novia que dejó su primer amor como se arroja al camino una flor que no interesa, y enlazó su vida a un poderoso caudillo, jefe de los guerreros partos del Norte. En su silencioso insomnio sintió
el sollozo de su vecina del gabinete contiguo y creyéndola enferma llamó quedo a la puerta entornada.
Harima levantó la gasa escarlata que velaba la luz de su lámpara a
fin de ver al que llamaba.
—¿Quién llama? –preguntó ya incorporada en su diván.
—Soy yo, Abul-Krid, señora, ¿estáis enferma?
—Del cuerpo no, hijo mío, pero sí del alma, tanto, tanto que quisiera
morir –le contestó con tenue voz la mujer.
—¿No os ofendéis si entro? –volvió a preguntar Abul-Krid.
—¡No, niño, no! Entra si así lo quieres.
—También soy yo un enfermo del alma, señora –le dijo el joven hijo de Ilderín–, y no sé si seré yo quien os he contagiado mi tristeza amarga como las aguas del mar o si la vuestra se ha pasado toda a mi corazón.
—En mi tierra se decía que cuando dos copas de acíbar se unen, son veneno de muerte –contestó Harima tratando de mantenerse oculta en el casco de sombra que proyectaba la rígida gasa escarlata que velaba la lámpara, mientras Abul-Krid quedaba en el ángulo luminoso de la misma gasa que ella había levantado.
Era aquél un Ilderín de veinticuatro años según el parecido que tenía a su padre. Alto, delgado y grácil como una joven palmera del desierto, su figura resultaba atrayente en extremo. Unos ojos negros profundos llenos de melancolía y una barba de ébano que apenas se esbozaba en la palidez mate de su rostro, le daban todo el encanto de una belleza varonil, sugestiva en alto grado.
—¿Qué se hace por las demás dependencias del Castillo? –preguntó
la mujer por iniciar conversación.
—No lo sé, señora, pero veo luz en todas las habitaciones. ¿Deseabais algo?
—Ya no deseo en la vida nada sino morir. Y a no ser por el amor de
Arimé buscaría la muerte como único remedio a mi situación.
—Yo podría decir otro tanto, pero entonces, ¿de qué nos ha servido el Gran Profeta que acabamos de contemplar escondiéndose como un sol radiante tras del cortinado turquí de los cielos, si no bien ha partido a su Reino, estamos tirados en la arena como gacelas que las fieras han destrozado?
—Exacta figura has hecho, Abul-Krid: gacelas destrozadas por las fieras del desierto. ¡En todo tienes razón, pero eres un jovenzuelo y no está bien que yo hable así contigo. Tú tienes el hogar de tu padre y tus hermanos, pero yo no tengo hogar, ni padre, ni hermanos. Quisiera salir de aquí mañana pues este hospedaje sólo nos puede cobijar esta noche.
—¿Y a dónde iréis, señora? Yo os puedo conducir a donde queráis.
—Ese es mi problema, Abul-Krid. No hay ningún lugar en la tierra donde yo sea esperada. ¡Ninguno!
—La casa de Arimé vuestra hija, ¿no puede ser vuestra casa?
—¡No…, nunca! ¿Crees tú que una descendiente del último Seléucida puede vivir en los dominios del hombre que la infamó con el repudio?…
—¡Es dura cosa en verdad! –exclamó el joven árabe–, pero la vida es grande y fecunda en combinaciones maravillosas. La Tierra es grande también y tiene hermosas praderas y montañas que suben hasta las nubes y que aíslan a las naciones y a los pueblos; tiene mares que separan los continentes unos de otros.
“¿No encontrasteis la paz en el Egipto a las orillas del Nilo?
—No, Abul-Krid… yo soy un ánade libre surgido hace treinta y cuatro años de las espumas del mar chocando en los peñascos, donde se hallaba como templo de mármol el palacio de mi padre. ¿No sabes que yo mandaba el más hermoso trirreme de Sidón? En el Serapeum del Príncipe Melchor recibí grandes atenciones y estoy agradecida por ello; me hubiera dejado morir allí de tristeza y de tedio, pero cuando su hermana me trajo a Jerusalén para celebrar esta Pascua de gloria según decían y resultó de muerte, no quiero más volver a aquel silencioso encierro perfumado con incienso de Arabia y oyendo a todas horas esas suaves melodías de cítara que se infiltran en el alma como un dulce veneno… Mi vida es el aire del mar con sus tempestades y sus borrascas, con sus velas blancas como alas de pájaros, con los torneos náuticos en las grandes naumaquias donde los heroicos marinos se cubren de gloria, y los luchadores parecen titanes surgidos de entre las olas rabiosas y agitadas…
Un quedo llamado a la puerta que comunicaba al salón, interrumpió la vehemente peroración de Harima.
El joven árabe abrió rápidamente. Era María con una criada que llevaba una fuente de plata con manjares y un ánfora de vino.
—Señora –le dijo–, la despedida de nuestro gran Profeta nos puso a todos en un doloroso estado de ánimo, y hasta me hizo olvidar los deberes de la hospitalidad. Celebro que no estéis sola, que en estos momentos la soledad es atormentadora.
Y mientras decía así, acercó hacia su huésped la mesilla rodante donde la criada había puesto la rodela de plata con los manjares.
Abul-Krid iba a retirarse pero María le dijo: –Si eres tan gentil como
tu padre, debes hacer compañía a una dama que está sola.
Como Harima continuara en silencio, María se le acercó aún más.
—Veo que estáis fatigada y aún creo que algo enferma.
—Gracias por vuestra hospitalidad; no estoy enferma sino entristecida
como todos y acaso más que todos –le contestó.
—¡Si en algo os puedo aliviar!… –murmuró María–. Quizá os fuera más agradable estar con nosotras en el primer piso. Es aquello más íntimo y familiar. –Entre temerosa e indecisa ante el retraimiento de Harima, María sacó de entre su túnica un pequeño envoltorio de lino blanco primorosamente bordado. Estaba atado con una cinta verde y oro de la cual pendía un sello–.
“Si me permites –díjole María–, te hago entrega de esto que ha traído para ti un mensajero de Petra que pasó por Jerusalén y al no encontrarte ha venido hasta aquí.
Harima dio un salto y se incorporó como si hubiera visto un reptil pronto a saltarle al rostro.
—¡El sello de Hareth!… –exclamó con la faz enrojecida como una
llama.
—Si, señora, es del Rey Hareth y su mensajero espera en el pórtico del castillo.
—Habrá sabido que salí del encierro a que me destinó y mandará llevarme atada a una cadena… –Y exhalando un dolorido grito se desplomó sobre el diván presa de una horrible crisis de nervios.
María quiso socorrerla pero ella rechazaba violentamente todo socorro.
—Por favor, Abul-Krid, sube al primer piso y llama en la última alcoba de la derecha…
El joven árabe obedeció rápidamente y pocos momentos después Nebai, Vercia, Ilderín, Judá y Faqui invadían el gabinete sin saber a ciencia cierta lo que ocurría. La infeliz Harima se retorcía en una convulsión horrible. Ni las compresas de agua de azahares, ni las esencias del más intenso perfume lograban calmarla.
—Llamad a Boanerges, por favor –suplicó María–, que lo que él no
puede hacer, no lo hará nadie.
—Esperad –dijo el Scheiff Ilderín–. Dejadme unos momentos sólo con ella, y creo que nuestro Rey Inmortal Yhasua, será conmigo para calmarla.
Tomó el pequeño envoltorio de manos de María, tras de lo cual salieron todos de aquel gabinete.
—¡Harima! –le dijo suavemente–. No juzgues como un tirano déspota y cruel a nuestro Rey caballeresco y noble. ¿Quieres escucharme? Te lo pido por vuestros hijos Malic, Adel y Arimé…
La tempestad iba calmándose y al oír tales nombres, la mujer comenzó a sollozar dolorosamente.
—No los veré nunca más –dijo entre sus sollozos–, porque jamás
pondré mis pies en esa tierra maldita…
—¡Mujer!, acabas de presenciar el más maravilloso acontecimiento
que ojos humanos pueden ver y hablas de esa manera. Él, que te sacó del Peñón de Ramán donde estabas sepultada, ¿no puede darte también la paz y la dicha?
—Él entró en su Reino de otros mundos y no se ocupa de los infelices gusanos terrestres…
—Espera, mujer… No sabes lo que dices. ¡No sabes lo que ha hecho tu hija Arimé desde que su padre tuvo el dolor de perder a la princesa Dalmira al dar a luz su primer hijo!…, ¿qué sabes tú de lo que es capaz de hacer una hija como la tuya en el noble corazón de un padre, como el Rey Hareth?
—¿Qué me quieres decir con eso, Scheiff Ilderín? –preguntó vivamente
Harima–. ¿Crees acaso que Hareth es como tú?
—Es tanto como yo y mejor que yo. ¿Quieres leer su mensaje?
—Ábrelo tú y léelo. Yo no quiero leerlo.
El caudillo árabe desenvolvió la cinta de lino y sacó el pergamino que venía allí. Paseó su mirada por aquellos caracteres firmes y finos, y sus negros ojos se iban llenando de lágrimas. Cuando terminó la lectura silenciosa, dijo:
—Escucha, mujer, lo que hace por ti el Ungido de Dios que acabamos de ver desaparecer como un astro soberano tras de las nubes del cielo.
–Y el Scheiff comenzó a leer–:
“Harima: Sabes que fuiste mi gran amor de la primera hora de la vida. Sabes cuánto luché para que amases mi Arabia de fuego y te adaptases a nuestras leyes y costumbres. Pero no has comprendido ni sabes cuánto padecí al tener que doblar yo mismo mi frente ante el poder de la ley y la justicia de los reclamos de mis jefes de gobierno y de mis jefes de armas. Si lo hubieras comprendido no te habrías vengado de nuestro pueblo inocente de lo que juzgabas como afrenta al orgullo de tu raza.
“¡Harima! La esposa que tomé en sustitución tuya está en el paraíso de Alá, tres lunas hace, y mi corazón ha quedado solo en la tierra. La visión tuya que nunca se perdió en mi horizonte surge de nuevo más viva que antes. ¡Si te sientes con fuerza para vivir la vida como corresponde a una esposa del rey de los árabes, ven a mi lado donde conquistarás de nuevo el amor de mi pueblo, porque el mío lo has tenido y lo tienes, pues que nunca pude olvidarte!…
“Si aceptas, entrégate a Ilderín como si fuera tu padre y con él llegarás hasta mí que te espero. Hareth”.
Los sollozos de Harima casi ahogaban la vibrante voz de Ilderín que leía el fervoroso mensaje del rey Hareth. Era la tempestad desatada en la selva con espantosa furia. Era la lucha formidable entre el orgullo y el amor. ¿Cuál vencería?
Boanerges que había sido llamado anteriormente, esperaba a la
puerta. La vibración de aquel intenso sollozar llegó a su alma como el grito de un ave herida…, y de inmediato comprendió por qué le habían llamado…
Era su laúd el que curaba aquellas tempestades del corazón que él conocía mejor que nadie, no obstante su juventud. Y el trovador de los bosques de Mágdalo comenzó a desgranar sus melodías como perlas de cristal para el alma atormentada:

¡Gime el ave entre los bosques
Viendo deshecho su nido Y llora su amor perdido El humano corazón!…

¡Pero llega un nuevo día,
Se avivan las remembranzas…
Florecen las esperanzas
Como un divino arrebol!…

El amor de nuevo enciende
La claridad de sus cirios
Y se esfuman los martirios
En una explosión de azul…

¡Alma corre!…, ¡alma vuela Que en una blanca mañana, El amor en tu ventana Bordará flores de luz!…

Los sollozos se habían extinguido en la penumbra de aquel gabinete encortinado de púrpura y el caudillo árabe esperaba la respuesta de la atormentada mujer. Y otra vez la canción del humilde y solitario trovador de los bosques de Mágdalo había hecho el milagro de curar un corazón doblemente herido por el orgullo y por el amor.
Harima ya serena, habló:
—Dadme esa carta de Hareth, Scheiff Ilderín, y llévame hacia él
cuando sea de tu agrado.
El caballeresco árabe dobló ante ella una rodilla en tierra y besándole la mano le dijo emocionado:
—Gracias, señora, en nombre de nuestro rey y mío. Mañana al amanecer partiremos hacia nuestra Arabia donde te espera la dicha y la paz.
Un suave halo de amor como una onda luminosa se esparció en aquel
ambiente saturado de llanto y de pena, y Harima y el Scheiff se levantaron
de pronto como si una misma fuerza los hubiera impulsado. Los dos habían tenido el mismo pensamiento: Yhasua, el Ungido de Dios a quien habían clamado en la hora acerba que transcurría, habíales enviado sin duda la radiación luminosa de su pensamiento a través de la tierna canción de Boanerges.
Y al siguiente día el Scheiff con su hijo segundo Abul-Krid y su escolta de lanceros, conducían a Harima a través del desierto a reunirse nuevamente con Hareth de Arabia que había sido su primero y único amor.
Yhasua, el Arcángel de Alá, el dulce Patriarca del desierto había vencido el orgullo que los separaba, y su eterno amor de Ungido Divino los unía de nuevo en esa etapa de sus vidas eternas.
“En su cielo de amor nada negaba al amor”, parecía repetir lo que en la personalidad de Krishna había dicho más de una vez.

4
SINTIENDO CANTAR LAS OLAS

En la vieja casona de Simón Barjonne heredada por sus hijos, Pedro y Andrés, se hospedaron por esa noche muchos otros de los discípulos que habían acudido a la ribera del Lago para recibir la última bendición del Maestro. Allí se encontraban los Doce como se llamaba familiarmente a los íntimos de su escuela de Amor Fraterno y de Sabiduría Divina.
La presencia de aquellos hombres, de edad madura todos menos Juan, que solo contaba veintidós años, era para todos como una sombra de árboles gigantescos en la árida soledad del páramo en que habían quedado. Y ellos, por ese fenómeno psíquico tan común en las nobles naturalezas, se sentían gigantes para proteger y amparar a todos los que había amado el Maestro…
Sobre todo Pedro… ¡Qué grande se había ensanchado su corazón a la vista de todos aquellos seres que le habían seguido y amado a Él que ahora no estaba en la tierra para consolarles y amarles!…
¡Y ellos se sentían amorosos padres para todos los huérfanos del gran padre y amigo que los había dejado!
El amor del Cristo Divino que desbordaba de ellos como un caudaloso manantial se expandió como un mar sin riberas por sobre todas las almas que les rodeaban. Ya no había lágrimas… ¡Habían llorado tanto!…
Solo había incertidumbre sobre el mañana…, dudas…, vacilaciones… interrogantes más o menos hondos que acaso quedarían sin respuesta…,
¿quién podría contestarles si ya no estaba Él que todo lo sabía? En su ofuscación e incomprensión de lo que era en verdad el Maestro para todos ellos y para toda la humanidad, no acertaban a imaginar que
para un amor grande y eterno como el suyo, no existe la ausencia, ni la distancia, ni el tiempo. ¿No les había repetido innumerables veces que el Amor es más fuerte que la muerte?…
Entre los refugiados en torno a los Apóstoles en la vieja casa de las orillas del Lago, se encontraban varios de aquellos jóvenes árabes que el Maestro trajo consigo desde el Monte Hor. Los lectores no habrán olvidado a los dos muchachos de la tragedia de Abu-Arish que tan profundamente interesaron el amante corazón de Yhasua. Ambos se habían unido en matrimonio con dos doncellas itureas de aquella familia que en su primer viaje a Ribla encontró el Maestro, que con sus nueve hijos y toda una majada de ovejas y antílopes, querían incorporarse a la caravana que iba a Damasco. Habían sido desalojados de sus campos y se lanzaban en busca de la piedad de un pariente lejano que acaso les diera auxilio.
La piedad de Yhasua adolescente les había encontrado refugio hogareño y campos de pastoreo en la fértil Galilea donde quedaron definitivamente bajo el amparo de la Fraternidad Esenia, madre bondadosa de todos los desamparados. Y Abdulahi y Dambiri en sus andanzas de negocios como agentes comerciales del Scheiff Ilderín bajo cuya tutela les pusiera el Maestro, encontraron sus almas compañeras en dos de aquellas doncellas itureas, árabes de raza y de religión que unieron a ellos sus vidas ya que el mismo astro sereno les había alumbrado en sus horas amargas de dolor.
Abarina y Azuri habían encontrado el amor lejos de sus arrayanes y de sus palmeras, pero bajo la égida protectora de aquella dulce mirada que era halo de piedad y de ternura para todos los dolores de la vida.
Y Abdulahi y Dambiri, víctimas a los doce años de las rudas tormentas de la vida, vivían como en un sueño de paz y de dicha al lado de aquella gacelas de las montañas itureas que les habían dado en hermosa ofrenda dos robustos niños a los cuales, y en memoria del Maestro, llamaron Yhasua-Ben al uno y Yhasua-Bel al otro, con lo cual querían inmortalizar en la personalidad de sus hijitos dos grandes cualidades morales y físicas del Divino Maestro: Yhasua Bueno y Yhasua Bello.
¡Qué ingenio maravilloso da el amor para recordar y engrandecer al amado!
La casa de Simón Barjonne de las orillas del Mar de Galilea donde aún parecía resonar la voz del Maestro deshojando sobre todos ellos sus lirios blancos de paz y de amor, se convirtió aquella noche memorable en un solemne recinto de asamblea y de audiencias donde los discípulos en unión con el Anciano Simónides, José de Arimathea y Nicodemus, con Ezequías y Eliezer del Gran Santuario de Moab, más el Servidor del Carmelo, Ezequiel de Esdrelón, tío de Juan, y los Servidores de los
Santuarios del Hermón y del Tabor, Abdías y Daniel, continuadores de la Obra apostólica desarrollada por el fundador de los tres Santuarios: Hilarión de Monte Nebo, fallecido como se recordará durante la infancia de Yhasua, trataban de reemplazar con todo su esfuerzo y buena voluntad al astro sereno y radiante que se había eclipsado para ellos como un sol que se esfuma en el ocaso, dejándoles a ciegas andar a tientas entre las sombras de la noche incierta.
Y con amorosa ternura escuchaban las confidencias de todos los que referían sus situaciones del momento como si fuera un inmenso signo de interrogación en el oscuro telón del ignorado porvenir que se abría en el horizonte con trágicas amenazas.
Y así, Abdulahi y Dambiri, mejor dicho Cástor y Pólux agentes comerciales del Scheiff Ilderín manifestaron haber sido instalados debidamente en el Puerto Mediterráneo de Gaza acompañado de Asvando, su padre, aquel vendedor de café Moka que el amor del Cristo Divino había redimido en una gruta habitada por los Penitentes del Monte Quarantana. Zebeo y Juan hacían de notarios y el gran Libro Blanco de las anotaciones se iba llenando con los relatos recogidos en la silenciosa tristeza de aquella noche…
Era necesario conocer a todos los que Él había amado.
—¡Ni uno solo hemos de dejar olvidado, ni uno solo!… –decía el Anciano Tholemi con la voz temblorosa de sus largos años.
—Fue uno de sus últimos encargues hechos a los amigos Ancianos
–añadió José de Arimathea, y a éste recuerdo el querido profesor hierosolimitano dobló la cabeza sobre sus manos y un silencio de suprema angustia se estableció por unos momentos.
—Yo he sido –dijo Simónides–, desde el momento que conocí a mi Soberano Rey de Israel, como el administrador de los tesoros de su reino en la tierra, y su primer ministro el príncipe Judá me mantiene en esta posición; no importa la carga de mis años y aquí me tenéis todos dispuesto a continuar lo comenzado por Él: la Santa Alianza, esa fuente inagotable de beneficios para todos los que le han amado y reconocido como al Ungido Divino sacrificado inicuamente por el Sanhedrín.
—No restemos brillo al divino recuerdo de la gloria en que Él acaba de entrar, con las sombras maléficas del espantoso crimen en que ésos infelices se han hundido para su desgracia –dijo Ezequiel, el Servidor del Monte Carmelo–. “Dejad a los muertos enterrar a sus muertos” decía Él, y continuemos nosotros su vida de amor y de paz para merecer su presencia eterna en medio de nosotros.
Y ante la mesa de las anotaciones donde antes tantas veces habían comido juntamente con el Divino Maestro, fueron desfilando todos cuantos recibieron a orillas del Lago su última bendición.
Osman y Ahmed los dos jóvenes árabes que le acompañaron en su misión en Damasco y que eran agentes comerciales en Joppe como auxiliares de Marcos, se presentaron ante el venerable Consejo de los Ancianos, llevando cada uno de la mano una doncella tocada de blanco como las esenias y que también habían estado presentes a la gloriosa despedida del Maestro.
—Son nuestras elegidas para esposas –dijo Ahmed, que era el más
resuelto.
Entonces Tholemi de Alejandría que reconoció en ellos a los ex discípulos de Melchor en el Monte Hor, se incorporó en el estrado, al mismo tiempo que ambas doncellas se arrodillaban según la costumbre para recibir la bendición de su amor. Y el Anciano tembloroso y emocionado en extremo, las levantaba diciéndoles:
—Hijas mías, al amor no se le recibe de rodillas sino de pie, con la frente alta y descubierta para que caiga sobre vuestras cabezas la gloria de los cielos desde donde Él, y no nosotros, bendecimos vuestros esponsales. –Y uniendo las manos de los dos muchachos con la diestra de sus elegidas les bendijo en su amor a la usanza de Arabia.
—En mi calidad de Administrador del Soberano Rey de Israel –dijo Simónides–, corre por cuenta de la Santa Alianza, la dote de estas doncellas. ¿Cuándo se realizará el matrimonio?
—De aquí a tres lunas según la costumbre de nuestro país.
—Bien; mi agente Marcos os entregará para entonces la llave de vuestros nidos que vosotros llenaréis de amor y de fe en memoria del que todos amamos.
Y aquellos humildes esponsales a la vera del Mar de Galilea, sintiendo cantar sus olas y gemir el viento entre las encinas y las palmeras fueron a llenar otra página del Libro Blanco de anotaciones que continuaba llenándose con los nombres de los amigos de Yhasua.

5
JUDAS DE KERIOTH

—“La humanidad de esta Tierra es mi herencia eterna” –había dicho más de una vez el Divino Maestro a los íntimos suyos–. “Vosotros sois mis continuadores –había añadido–, los herederos de este legado eterno”.
Y llegó el momento de repartir la herencia. El Mapa-Mundi debería ser dividido en trozos, no para usufructuar sus riquezas, tesoros y capitales, sino para ofrendar esfuerzos, capacidad, voluntad y hasta la vida por las porciones de humanidad que a cada uno le tocara en suerte.
Y los discípulos apoyados por los Ancianos de los Santuarios y por José de Arimathea y Simónides comprendieron que no era en esa noche que debían enfrentarse con el inmenso problema de dividirse el mundo entre todos, puesto que allí no estaban todos los dirigentes de la Santa Alianza, cadena eterna de oro y diamantes que les había dejado el Maestro uniendo esfuerzos y corazones. Resolvieron pues realizar una asamblea solemne unos días después y en un sitio determinado por unánime voluntad. ¿Qué día y qué sitio sería ése? José de Arimathea rompió el hondo silencio que siguió a ese interrogante.
—Ningún templo, ningún Santuario más santo y bendito, ni más amado a nuestro corazón que el hogar de Myriam, la madre mártir de nuestro Augusto Mártir.
“Muchas veces estuve en ese austero cenáculo nazareno y sé que honramos con ello su santa memoria. Llamemos allí a los más capaces de prudente colaboración: al Príncipe Judá, al Hack-Ben Faqui, al Scheiff Ilderín, que fueron columnas firmes de sostén en el vasto edificio levantado por el amor del Cristo, y todos en pleno acuerdo esbocemos el plan a seguir”.
Como la noche avanzaba dieron por terminadas aquellas deliberaciones y hemos de pensar, amigo lector, que el sueño, el cansancio y el dolor aquietaron por fin aquellos corazones hasta el nuevo día que todos esperaban.
Y nosotros, lector amigo, llegándonos silenciosamente como las sombras de la noche a la vieja casona de Simón Barjonne encontramos que Pedro, su dueño entonces, no estaba en ella. Con solo dos palabras a su hermano Andrés habíase marchado no bien quedaron en suspenso las deliberaciones para continuarlas unos días después.
—Vuelvo a Judea –le había dicho–, pero estaré de vuelta de aquí a tres días. –Y sin más explicaciones a su asombrado hermano había tomado de las cuadras un buen caballo de los muchos alojados allí desde que
los amigos de Yhasua dejaron a Jerusalén, para correr a Galilea donde el Divino Amado les había dado la última cita de amor. Y Andrés le vio ajustar al cuello su turbante, embozarse cuidadosamente en su manto y salir a galope tendido por el camino del sur como un oscuro fantasma que pronto se perdió en las sombras de la noche.
—¿A qué irá? –pensó Andrés– grave será el asunto que le lleva cuando abandona la casa a esta hora y sabiendo que su presencia aquí es necesaria. –Y se retiró al pabellón en que ya dormían sus compañeros. Y aunque hubiera querido dormir horas y más horas, no pudo conseguir que el sueño cerrara sus ojos. ¡Tan alarmante era para él la partida inesperada y súbita de Pedro!
¿Qué había pasado por el alma buena y sencilla de aquel hombre enamorado del Cristo al cual había negado en un aciago momento de inconsciencia y debilidad? Veámoslo. Cuando los últimos resplandores de aquel ocaso de gloria se habían extinguido borrando del infinito azul la imagen radiante del Cristo que desapareció a la vista de todos, Pedro se había refugiado entre una mata de arbustos a llorar sin consuelo posible…, a llorar su pena por haberlo perdido y su desesperación por haberle negado justamente en los trágicos momentos en que Él más necesitaba de amigos fuertes y fieles que fueran capaces de sacrificarlo todo por Él. Es cierto que todo aquello había pasado como un relámpago funesto y el Amado Maestro era ya glorioso y feliz en el Reino de Su Padre. Pero las almas nobles y justas como la de Pedro, no pueden sustraerse a esa angustia mortal que se llama remordimiento y que se aviva intensamente cuando al ser amado lo han perdido para siempre.
Y cuando semitirado entre el césped lloraba desesperadamente, sintió que alguien se acercaba sin ruido y le envolvía en una suave frescura.
Al descubrir su cabeza toda envuelta en el oscuro manto le vio a Él…, sí…, a Él que después de su negación espantosa aún le prefería con su delicada ternura.
—¡Pedro!… ¿Me amas? –le preguntaba con su voz sin ruido la visión.
—¡Oh, Señor!… ¡Tú sabes que yo te amo aún cargado con la infamia
y la iniquidad!…
—No es hora ya de llorar sino de realizar mis obras de amor. Hay otro que llora más que tú y que llama desesperado a la muerte…
—¡Judas! –gritó Pedro porque captó el pensamiento del Cristo.
—¡Sí, Judas! Ve hacia él que entre las sombras de una feroz demencia, ha luchado cuarenta días y está al borde de la sepultura. Le guarda un penitente en la que fue gruta de los leprosos en el Monte de los Olivos. Sólo tú que te sientes agobiado por tu pecado, puedes tener piedad de quien pecó más que tú.
Anonadado, Pedro, por lo que veía no pudo articular palabra y la visión se había esfumado dejándole no obstante una llamarada viva de amor, de vitalidad, de nueva energía que lo hacía capaz de consolar en ese instante a todos los delincuentes desesperados que hubiera en el mundo.
Explícate pues, lector amigo, por qué Pedro se había lanzado a carrera tendida en su caballo por el camino del sur.
Si al pasar por la puerta de una ciudad algún centinela le gritaba:
–¡Alto ahí! Él gritaba más fuerte:– ¡Orden del Rey! –y seguía corriendo
sin detenerse y sin volver la cabeza atrás.
¡Decía la verdad! Era orden de su Rey, al que él había tenido la debilidad de negar en una hora fatal, y al cual quería probar entonces que era capaz de sacrificarlo todo por obedecerle. Y el centinela quedaba inmovilizado por la certeza de que aquel hombre llevaría el aviso de un complot o el indulto de un reo que debía ser ahorcado al amanecer. Sólo dos veces se detuvo Pedro en su enloquecida carrera: en Arquelais y en Pasaelis, para dar de beber a la pobre bestia que tan dócilmente le conducía a cumplir la orden de su Rey inmortal.
Cuando el sol se levantaba apenas en el horizonte, Pedro se detuvo al pie de los dos primeros cerros del Monte de los Olivos, que se abrían en una oscura garganta para dar paso al camino tortuoso y sombrío que llevaba directo a Jerusalén. Se apeó del caballo y llevándole de la brida comenzó a buscar la antigua gruta de los leprosos, a donde más de una vez había acompañado al Maestro a remediar la angustia de los infelices atacados del horrible mal. Al volver un recodo de la montaña se encontró con un hombre de edad madura que recogía los últimos racimos de las vides trepadoras y olivas negras que alfombraban el suelo. Vestía como los penitentes de los esenios, y Pedro le interrogó en el acto:
—¿Eres tú el que guardas a Judas moribundo?
—Si será Judas, Jaime o Simón, no lo sé, amigo, pero tengo en mi cueva un hombre que recogí medio muerto en el fondo de un barranco, hizo ayer cuarenta días y nadie vino por él antes que tú.
—Soy su hermano y vengo a buscarle –dijo Pedro con temblor en la voz, pues acababa de tener la comprobación de que la visión que tuviera la tarde antes era realmente de su amado Maestro, que en el instante de entrar a su Reino quería unir en su amor a los dos infieles de la última hora: al que le había negado y al que le había entregado. ¡Cuán grande y excelso era su Maestro que amaba así a dos míseros reptiles que le habían herido con su veneno! Sin poderse contener, Pedro cayó de rodillas ante el penitente asombrado y en entrecortados sollozos le decía:
—¡Yo soy más delincuente que tú y debía vestir ese áspero capuchón y vivir en las cuevas apartado de los hombres!…
El penitente no comprendía el significado de las palabras que Pedro
hablaba entre sollozos y se limitó a decirle:
—Cálmate hombre que tu hermano aún vive y yo te llevaré hasta él. Sígueme.
El caballo de Pedro, suelto a medias devoraba el césped y los últimos pámpanos amarillentos de las vides que perdían lentamente sus hojas.
¡Había corrido tantas millas al empuje de aquel amo que parecía no conocer el cansancio y la fatiga!
A poco andar, el penitente saltó sobre unos gruesos troncos de encina que cerraban el paso y detrás de ellos, vio Pedro la entrada a la cueva que ahora la encontraba tan trágica y espantosa, y que en otra hora le había parecido un paisaje hermoso en su agreste soledad.
Pensó en la augusta presencia de Aquél que ya no estaba a su lado como en aquella hora que ya no era más que un recuerdo y sus ojos se inundaron de llanto, quedando paralizado en la puerta.
—Entra hombre –le dijo el penitente–. ¿No traías tanta prisa por tu
hermano herido?
—¿Quién anda aquí? –preguntó la voz áspera de Judas.
—Tu hermano Simón que viene a buscarte –contestóle Pedro. Se hizo un silencio de muerte, durante el cual los que entraban comenzaron a percibir en aquella oscuridad el bulto de un hombre con la cabeza vendada y sentado en un lecho de pieles de oveja. Pedro se acercó hasta arrodillarse en el lecho y abrazó aquella cabeza vendada; y un rudo sollozo como el estertor de dos agonías juntas resonó en la tiniebla de la caverna, mientras el penitente hacía inauditos esfuerzos para dominar su emoción y también para comprender lo que pasaba en el alma de aquellos hombres.
Cuando la tempestad calmó, Judas habló el primero.
—¡Pedro!… ¿Por qué viniste?… ¿Pedro, por qué viniste?…
—¡Porque Él me mandó! –contestó Pedro, y se echó a llorar como
un niño.
—Pero, ¿Él vive?… ¿Estás loco o no sabes que le mataron en la cruz de los esclavos rebeldes, aquellos verdugos infames a quienes yo le entregué para que le reconocieran como Rey de Israel?…
—Ha salido del sepulcro lleno de gloria y de majestad –contestó Pedro cuando pudo hablar–. Y en el instante mismo de entrar en su Reino ha pensado en nosotros, Judas; ¡en ti que le entregaste a sus enemigos y en mí que le negué cobardemente cuando estaba prisionero!…
Este doloroso diálogo fue interrumpido por el terapeuta que acudía todas las mañanas a llevarles los alimentos y a continuar la curación del herido. Al sacar los vendajes, encontró que las heridas estaban curadas y que los párpados se abrían perfectamente.
—¡Señor! –gritó Judas como enloquecido–. ¡Yo te entregué a la muerte
y tú me has devuelto la vista perdida y la vida que yo quise terminar!
“¡Hijo de Dios!… ¡Hijo de Dios! –y cayó exánime sobre las pieles de
oveja que durante su larga agonía le habían servido de lecho.
El terapeuta acudió a las redomas que siempre llevaba en su bolso de peregrino con elixires, esencias y jarabes para procurar la reacción de los enfermos y con el pensamiento puesto en acción según ellos acostumbraban, después de unos momentos, Judas volvió a su estado normal.
—Ambos debéis tener calma y serenidad –díjoles el terapeuta, que era un hombre de unos cincuenta años–. Sé lo que es el tremendo dolor de ver morir ajusticiado a un hombre amado, en el cual se encerraba el ideal de justicia y de bondad que en nuestra alma vivía como una antorcha divina. Yo fui esclavo del mártir Judas de Galaad sacrificado al mismo ideal por el que ha sido ajusticiado el Mesías anunciado por los profetas. Fui su esclavo por ley, pero fui su amigo, casi su hijo, por la comprensión y por el amor con que él anuló mi esclavitud para dejarme seguirle como una sombra en sus correrías de apóstol y de proscrito. Vosotros habéis tenido el consuelo supremo de ver la gloria del Cristo Mártir después de la tristeza del sepulcro, y no tenéis derecho ninguno a la angustia y a las quejas. Yo le vi pendiente de la horca y pasé tres días luchando contra los cuervos que acudían a despedazar su cadáver, hasta que Simón de Betel, pariente suyo, consiguió el permiso para darle sepultura en una cueva ignorada que solo yo conozco.
—Tienes razón –dijo Pedro–, pero tú no pecaste contra él como nosotros hemos pecado. ¡El remordimiento es un agudo puñal que nunca jamás podremos arrancar de nuestro corazón!
“¡Pareciera que se va hundiendo más y más hasta atravesarnos de parte a parte!
Judas lloraba en silencio, sin un movimiento, sin una señal de vida como no fueran gruesas lágrimas que rodaban de sus ojos entornados. Por fin habló en un grito que parecía un quejido.
—¡Si Él hubiera muerto maldiciéndome, hubiera yo sufrido menos…, pero ha muerto amándome y me sigue su amor como una luz que da más claridad a mi delito, y esto no lo puedo soportar, Pedro!…
“¡Mátame por piedad y me habrás hecho el más grande favor en esta vida!…”
Y Judas estrujó las manos de Pedro, como presa de un delirio enloquecedor.
—Lavemos con lágrimas nuestro pecado Judas y tengamos el valor de vivir con el puñal clavado en el corazón –díjole Pedro en quien se había despertado vivamente la conciencia de su deber–. Y si Él nos
ha constituido herederos de la herencia eterna que le dio el Padre y continuadores de su apostolado del amor fraternal entre los hombres, no podemos claudicar de nuestro pacto con Él porque nos haríamos doblemente culpables.
—Yo no podré compartir la tarea con vosotros nunca jamás –respondió Judas con indecible angustia–. En todos estará vivo siempre el recuerdo de mi delito que para todos es una espantosa traición, aunque yo solo sé el móvil que me impulsó. Fue la soberbia, Pedro, fue el orgullo oculto y disimulado de quererlo al Maestro como un poderoso rey sobre todos los reyes de la Tierra, y cierto de que fui yo el único de sus íntimos que había cooperado a su exaltación al trono de David y Salomón… ¡Quería su grandeza para engrandecerme yo por encima de todos vosotros!…
¿No lo has comprendido, Pedro?
“Me desesperaba hasta enloquecerme el amor y la confianza que el Maestro te brindaba a ti, la ternura paternal para Juan, su predilección por Zebeo y Judas el hijo de Tadeo… Y en mi locura de celos y de envidia quise ponerme de un salto sobre todos y caí de bruces en este abismo de espanto y de remordimiento…”
El terapeuta cuyo nombre era Esaú, intervino nuevamente.
—Puesto que ambos sois discípulos íntimos del Mesías Mártir, no os será desconocido el viejo proverbio de sabiduría que dice: “El amor salva todos los abismos”. Y el amor salvará ese abismo en que te ves, hermano Judas. ¿No te ama acaso el Cristo? ¿No te ama Pedro que ha venido a buscarte? ¿No te amo yo, que sabiendo lo sucedido te he traído alimentos y te he curado durante más de cuarenta días?
“Ni vosotros ni yo podemos ni debemos servir como triste demostración de que ha sido inútil la enseñanza y el sacrificio del Mesías, si no nos hubiera hecho capaces de amar al prójimo por encima de todas las cosas. ¿No dijo Él, más de una vez, que no vino para los justos sino para los pecadores; que no vino para los sanos sino para los enfermos?
“Porque los justos –añadía– ya son salvados por sí mismos y los sanos
no necesitan del médico”.
—Tú tienes contigo la luz del Cristo, hijo de Dios vivo –dijo Pedro– y tus palabras son un bálsamo para nuestras almas atormentadas por el remordimiento.
“Comprendo Judas tu resistencia a unirte a nosotros después de todo cuanto ha ocurrido. Pero aquí tienes a este hermano terapeuta que te abre sus brazos para cobijarte.
“En Galilea me esperan y debo volver de inmediato; pero como no quiero dejar a Judas solo y desamparado, dame la seguridad de que tú serás para él como sería yo mismo… Más aún, como sería nuestro Maestro que me mandó venir a buscarle.
El terapeuta tendió sus manos a Pedro que las estrechó efusivamente
y le dijo–:
—Te lo prometo por la santa memoria de nuestros mártires inolvidables: El Cristo Hijo de Dios, Yohanán el Bautista y Judas de Galaad.
Y volviéndose Pedro a Judas, le dijo con la voz temblando de emoción:
—Judas recordarás que muchas veces cuando el Maestro se ausentaba de nosotros me encargaba encarecidamente cuidar de todos vosotros. Yo obedezco a esa voluntad suya y te pido también a ti la seguridad de que serás dócil a este hermano terapeuta a quien te dejo confiado.
—¡Te lo prometo por Él!…, ¡sólo por Él! –contestó Judas en un sollozo.
—¿Dónde podré encontrarte otra vez? –volvió a preguntar Pedro.
—En Acéldama, no lejos de aquí tengo un solar de tierra con una choza abandonada, perdido entre montañas. Allí pasaré el resto de mi vida que será siempre lo que para mi desgracia he querido que sea:
¡Desesperación y tinieblas!
—¡No! –dijo el terapeuta–, porque quedo yo aquí para recordarte que tu
vida será lo que el Cristo glorioso quiere que sea: ¡Luz, esperanza y amor!
Judas dobló la cabeza sobre el pecho y Pedro salió precipitadamente, tomó de nuevo su caballo y llevándole de la brida salió a campo descubierto en busca del camino.
Antes de bajar del último cerro miró hacia Jerusalén cuyas cúpulas y torres resplandecían a la luz del sol de mediodía.
Al vivo recuerdo del sacrificio tremendo, le pareció que un cielo con tintes de sangre envolvía a la ciudad asesina de profetas y de justos. Y volviendo la cabeza como quien ve un horrible fantasma descendió a galope la colina y tomó el camino del norte no con la prisa que había traído a obedecer el mandato de su Rey eterno.

6
LA HEREDAD DEL PADRE

—Te esperábamos para marchar juntos a Nazareth –dijo José de
Arimathea a Pedro no bien llegó de su improvisado viaje.
—Estaba ansioso por llegar y aquí me tenéis dispuesto a todo lo que
mandéis –le contestó de inmediato.
—Es que ninguno de nosotros puede mandar –arguyó el anciano Simónides–, porque todos somos subordinados del Soberano Rey de Israel que nos guía desde su Reino inmortal.
—Jaime se llevó ya a Myriam y a todas las mujeres que se alojaban en el Castillo de Mágdalo. Hanani marchó también con los alojados en su casa, y solo faltamos nosotros.
—Vamos, pues –dijo Pedro.
Era de ver aquella heterogénea caravana de ancianos y mujeres montados en asnos, y hombres jóvenes a pie, llevando todos un pequeño fardo a la espalda, pues ignoraban cuanto tiempo habían de permanecer en Nazareth ni qué rumbo les tocaría seguir después de las graves y decisivas resoluciones que debían tomar.
Para los lectores, la vieja casa de Nazareth es un escenario muy conocido.
Nada había cambiado en ella, como no fuera el uso que a poco tiempo de la muerte de Yhosep comenzó a dársele al taller de carpintería y a los depósitos de madera.
Por iniciativa del tío Jaime y con la cooperación de la Santa Alianza y la aprobación del insustituible administrador de los tesoros del Rey de Israel, Simónides, todo aquello se había convertido mediante pequeñas transformaciones, en un refugio para ancianos y mujeres desamparados. Y allí había una veintena de ellos.
Los terapeutas del Tabor vigilaban de cerca aquella dolorida porción de humanidad, y dos ancianas de la Cabaña de las Abuelas del Monte Carmelo eran las madres que llenaban de tiernas solicitudes aquellas pobres vidas, agobiadas de soledad y de incertidumbre.
La llegada de Myriam con tan numerosa compañía, fue para la silenciosa casa de Nazareth un gran acontecimiento.
En dos grandes carros semejantes a los que en la Edad Media se llamaban diligencias, habían traído a las mujeres y a los niños. Mientras los hombres y gente joven en asnos o caballos, daban a la vieja casa de Yhosep el justo, el aspecto de una aldea en un día de feria.
Una curiosa alarma se extendió entre los vecinos, la mayoría de los cuales estaban al tanto de lo que el Sanhedrín había hecho con el hijo santo de Myriam, con el Profeta de Dios que curaba todos los males de los hombres.
¿Sería que los Doctores del Templo querían borrar su espantoso crimen indemnizando a la Madre por la injusticia atroz cometida contra el hijo?
Y cuando tras los viajeros llegaron los asnos cargados de sacos de provisiones y fardos de toda especie y tamaño, los vecinos buscaban otra conjetura para satisfacer su curiosidad.
¿Sería que la infeliz madre habría vendido el viejo solar nazareno para no ver más aquel nidal de sus días felices que no eran ya más que un querido recuerdo?…
¡Tú y yo sabemos, lector amigo, que el Divino Nazareno había sembrado rosales de amor sobre la tierra, y sus idealistas seguidores iban allí a repartirse el mundo para continuar la siembra maravillosa!
Si la inconsciente humanidad hubiera sido capaz de hacer una obra justa con las cosas inanimadas y con los parajes que fueron humilde escenario de los amores santos del Cristo, y de sus más sublimes desbordamientos de fe, de claridad divina y de amor supremo, esa vieja casona del justo Yhosep, hubiera debido ser el más grandioso Santuario de la fe cristiana, que inmortalizara en una estupenda creación de mármoles eternos y de madera incorruptible, la cuna del Cristianismo que Él había dejado establecido sobre la base de su vida excelsa y con la coronación de su muerte heroica.
¡Inmortalicemos nosotros la gloria de la vieja casa de Yhosep, el justo de Nazareth, con los trazos radiantes que nos presta la Luz Eterna, maga de los cielos que copia con maravillosa exactitud todos los hechos que el paso de las humanidades sobre los mundos, va sembrando como un interminable collar de perlas negras, rojas y blancas!…
Todos los hombres jóvenes con el príncipe Judá, el Hack-Ben Faqui, el Scheiff Ilderín, Juan, Felipe y Marcos como avanzada, iniciaron las actividades para procurarse las comodidades necesarias antes de que llegara la noche.
¡Qué grandiosa solemnidad la de aquella noche, en la vieja casa de un artesano en que unos pocos habitantes de la Palestina se reunían en torno de una Idea, cuando el que la había hecho germinar en sus almas no estaba ya como hombre sobre la tierra!
¡Los racionalistas y positivistas de haberlo sabido, habrían dicho con lástima y quizá con desprecio!:
—¡He ahí un núcleo de pobres ilusos, que lo dejan todo para reunirse a deliberar sobre la construcción de un castillo en el aire, con las volutas de humo de un perfume que ya se esfumó llevado por el viento!
¡Cuán lejos estamos a veces los seres humanos aun ilustrados por las ciencias y las letras…, cuán lejos estamos de captar la onda luminosa de los designios divinos, la Idea Eterna, que queramos o no, marca derroteros imborrables a las humanidades y a los mundos habitados por ellas!
En la vieja casona del austero artesano de Nazareth, se dio forma definida y real en aquella noche a la difusión de la enseñanza del Cristo en todo el mundo civilizado de entonces, con la convicción profunda de que su augusto y divino Fundador dirigiría la Obra, como un sabio arquitecto esboza en una hoja de papel creaciones de piedra para que otros que comprenden su técnica se encarguen de realizarla.
—Todos esperamos indicaciones tuyas, Myriam –decíale dulcemente
José de Arimathea cuando terminó la frugal comida del anochecer.
Y ella, la dulce madre con una admirable y serena calma contes-
taba: –Yo sólo me dejo amar de todos vosotros en reemplazo del que ya
no está a mi lado. Haced pues lo que creáis más conveniente para todos y lo que más le hubiera complacido a Él.
Y esta frase de Myriam: “lo que más le hubiera complacido a Él”, fue tomada aquella noche como base de todas las deliberaciones.
Pudo bien decirse que en ausencia del Hijo excelso, fue la Madre quien demarcó la ruta que había de seguir el Cristianismo naciente.
El lugar denominado “Cenáculo” en las casas pertenecientes a lo que llamamos clase media, era la habitación de mayores dimensiones y también la mejor ornamentada y con todas las comodidades necesarias para el uso que se le daba.
La hospitalidad en el Oriente y en aquella época, era de uso corriente entre las gentes de bien, y mucho más entre los afiliados a la “Fraternidad Esenia”.
El Cenáculo era pues, sala de recibo, comedor y sala-dormitorio de huéspedes, cuando los había en casa.
Para todos esos usos estaba dispuesto el Cenáculo con su gran mesa central que ocupaba las dos terceras partes de las dimensiones de aquella sala y que aún podía extenderse mediante alas que se doblaban o se abrían en los extremos según los casos.
Los estrados de dos pies de altura y cuatro de ancho, adosados al piso y al muro y que circundaban la sala en todas direcciones, siempre cubiertos de tapices y mantas según la categoría de sus propietarios, hacían del Cenáculo un excelente dormitorio de huéspedes.
La gran mesa central rodeada de escaños o divanes, modestos o de lujo según la capacidad financiera de sus dueños, lo hacían apto para festines familiares muy concurridos celebrando fechas que a todos eran queridas.
A esto hay que añadir que estaba comunicado por medio de un arco sin puerta con la cocina o sala de la hoguera cuyo cálido resplandor llegaba al Cenáculo cuando se descorría la pesada cortina de lana en invierno y de junco en verano.
Y en el Cenáculo de Nazareth y por indicación de Yhasua se había añadido sobre el estrado frente a la entrada, una repisa donde aparecían las Tablas de la Ley, imitación de las que Moisés bajó del Sinaí, pero labradas en madera por las hábiles manos de Yhosep, el querido artesano de Nazareth. El gran libro de las Escrituras Sagradas y un candelabro de siete cirios completaban el altar hogareño, que aún parecía conservar los vestigios de las manos líricas del Maestro hojeando aquellos viejos pergaminos.
Esbozado el escenario, entramos lector, a ese templo familiar pleno de santos recuerdos y de ternuras inolvidables, donde todo estaba santificado por la augusta presencia del Cristo que muchas veces habíase
desbordado allí su alma en explosiones de amor y de Luz Divina, en horas de íntima unión con la Divinidad.
Myriam fue silenciosa a sentarse en su sitio acostumbrado, a la izquierda de la repisa-altar, dejando el sitio de la derecha que siempre ocupó Yhosep y después Yhasua… ¿Quién podía atreverse a ocupar aquel sitio en aquellos momentos, en que la querida memoria de los amados ausentes se hacía tan intensa y viva, que en todos los ojos brillaba como un cristal de lágrimas no derramadas, sino esfumadas en silencio?
Y el estrado fue poco a poco llenándose de seres silenciosos que se movían sin ruido, como sombras austeras y graves, absorbidas por pensamientos profundos.
Las esposas buscaron el acercamiento a sus maridos, los hijos a sus padres, los amigos a sus más íntimos amigos y compañeros. El tío Jaime se había colocado junto a su hermana, siguiéndole Pedro, José de Arimathea, Simónides, Zebedeo y Hanani, los Ancianos de Betlehem, Elcana, Eleazar, Josías y Alfeo. Les seguían algunos terapeutas del Santuario del Quarantana con Jacobo y Bartolomé que en su gran modestia, bella herencia de Bethsabé y Andrés, hubiesen querido estar en la contigua sala de la hoguera, pero allí estaban los Servidores del Tabor y del Carmelo, ubicando a todos en sus respectivos sitios. Y el sitio primero de la derecha quedaba siempre vacío.
Nicodemus se ubicó en el sitio siguiente, después el Scheiff Ilderín, Gamaliel y Nicolás, Boanerges con los jóvenes que hospedara él en su habitación.
María de Mágdalo sintiéndose demasiado sola y no encontrando quizá ningún lugar a su gusto, tomó un pequeño tapiz y se sentó a los pies de Myriam, que intensamente emocionada desde el principio se limitó a acariciarle la cabeza sin hablar palabra.
Visto esto por otras de las compañeras jóvenes, fueron haciendo una segunda fila y María de Betania y Dina de Sebaste, se sentaron también a los pies de Pedro y de Jaime.
La Druidesa Gala Vercia y los suyos, invitados a participar de la gran asamblea, ocuparon el ángulo de la izquierda mientras Ana, Noemí, Nebai, Thirsa, Martha y las más ancianas, ocuparon el ángulo de la derecha.
En los escaños alrededor de la mesa central sobre la que aparecía extendida una gran carta geográfica con el diseño de los países civilizados de entonces, se sentaron Judá, Marcos, Faqui, Stéfanos, de la escuela de Yohanán el Profeta del Jordán, y Felipe el joven, ambos de origen griego y a quienes Pedro había tomado como escribas particulares de los Doce.
Eran pues cinco escribas que dominaban cinco idiomas de los más
vulgarizados en aquella época: el latín, idioma oficial romano que era
como decir mundial, por el dominio que ejercía Roma sobre la mayor parte del mundo, el árabe, el hebreo, el sirio-caldeo y el griego, tan desarrollado en Antioquía y casi en toda la parte norte de Siria y el sur de la Mesopotamia.
Junto a los cinco escribas, tomaron puesto los dos Ancianos venidos del Gran Santuario de Moab, donde desempeñaban el cargo de Archiveros, Eleazar y Ezequías, y los Servidores del Carmelo y del Tabor.
Y el sitio primero a la derecha de la repisa-altar de las Tablas de la
Ley y los Libros de los Profetas, ¡quedaba siempre vacío!
El anciano Esenio Eliezer de Esdrelón recitó en hebreo y con emocionante ternura, el Salmo 23 en que el alma sumergida en el Infinito Océano Divino, se abandona en confiado amor a la Eterna Potencia Creadora, con aquellas dulces palabras:
“Dios es mi pastor y nada me faltará”. “Entre delicados pastos me hará pacer”. “Junto a mansas aguas me vigilará”.
“Confortará mi alma y me guiará a sendas de justicia por amor a su
Nombre”.
“Aunque camine por valles de sombras de muerte, no temeré mal ninguno, porque tú, mi Dios estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”.
“Aderezarás mesa delante de mí en presencia de mis perseguidores, pues ungiste mi cabeza con tu óleo y mi copa está rebosante de tu elixir de amor”.
“El bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida y en tu casa, ¡oh, Jehová!, moraré hasta el último de mis días”
—Así sea por siempre –contestó a coro la multitud.
—Myriam, mujer escogida, vaso de amor y de llanto, –dijo el anciano– que trajiste a la vida terrestre el Verbo de Dios, di en su nombre la primera palabra que inicie nuestra asamblea.
Y la tierna y dulce madre del Cristo Divino, con su débil vocecita de alondra herida, dijo como en un gemido:
—¡Que Dios misericordioso y el amor de mi Hijo sean en medio de esta santa convocación!
El silencio propio del hondo llanto contenido en el pecho por cuantos estaban presentes, se extendió como una onda suave de ternura y de dolor por el vasto Cenáculo donde casi hubiera podido sentirse el latir de los corazones.
La quietud era inmensa como un abismo tibio de suavidad infinita. Nadie se movía y en la penumbra violácea de los cirios comenzó de pronto a extenderse una rosada claridad como de lámparas invisibles que fueran encendiéndose unas en pos de otras.
La onda de luz vertía resonancias como si a lo lejos, muy a lo lejos, pulsaran laúdes y cítaras acompañando voces que cantaban salmos en lenguas desconocidas.
Y todos recordaron en silencio que igual fenómeno vieron realizarse la noche inolvidable en que el Divino Mártir se había despedido de todos para ir hacia la muerte, hacia el tremendo holocausto que empezado en su agonía de Gethsemaní terminó en las tinieblas del Gólgota.
Un llorar silencioso y extático se extendió con gran intensidad en el ambiente y pequeños focos de luz, como temblorosas luciérnagas se posaron un momento en todas las cabezas inclinadas sobre el pecho, y en el sitio vacío del estrado, a la derecha de la repisa-altar, apareció una estrella radiante de los colores del iris que llenó el Cenáculo de tan viva claridad, que siendo imposible resistirla a las humanas miradas, todos debieron cerrar los ojos deslumbrados.
—¡Es la Luz Divina de Cristo que guía los pasos de quienes seamos capaces de seguirle por la senda del amor y del sacrificio señalada por Él! –dijeron los ancianos Esenios que presidían aquella primera convocación del Cristianismo naciente.
La tradición oral, precioso cofre de oro de la alborada cristiana, ha llamado a esta magnífica manifestación espiritual: “La venida del Espíritu Santo”, designación admirable en su místico significado y más admirable aún en la realización a que dio lugar entre todos aquellos que tuvieron la feliz oportunidad de presenciarla.
¿Quién podría en adelante claudicar de un pacto sellado de tan elocuente manera con Aquél que les había amado y les amaba hasta más allá de la muerte?
¿Quién podría pronunciar la primera palabra después de lo que habían visto y oído?
Todos se precipitaron hacia aquel sitio vacío antes y donde temblaba suavemente como suspendida de hilos invisibles la estrella radiante de luz que iba esfumándose suavemente, como suavemente se había encendido a la vista de todos.
—¡Él nos guía!
—¡Él está en medio de nosotros!
—¡Es el Reino de Dios que comienza en la tierra para los que hemos reconocido a su Hijo! ¡Es el paraíso de Dios que baja a los oscuros valles terrestres!…
—¡Ya no habrá más dolores, ni enfermedades, ni muerte, porque la tierra se ha convertido en cielo y todo será luz y gloria para los amadores del Cristo, Hijo de Dios!
Y los emocionados clamores de amor y de júbilo continuaban en todos los tonos y entremezclados con tiernos abrazos y efusiones de ternura,
de dicha suprema en que ninguno era dueño de dominar su entusiasmo y alegría interior.
¡Los Ancianos Esenios de Moab miraban a través del llanto que empañaba sus ojos, aquel sublime cuadro de amor y de fe que les hacía creerse dueños de los cielos de Dios, cuando aún hollaban la tierra en que tanto y tanto deberían padecer, llorar y morir durante veinte centurias largas, que tenían como plazo para terminar la siembra de amor fraterno comenzada por el Verbo de Dios!

7
LA ASAMBLEA

Eliezer, el mayor de los Ancianos venidos del Gran Santuario de Moab se puso de pie y pidió silencio para exponer su pensamiento:
—Desde los escabrosos montes que habitamos, hemos bajado Ezequías y yo para acompañar al Verbo de Dios en su holocausto final, en nombre y por mandato de los setenta guardianes de la Ley y servidores de Dios y de la humanidad.
Hemos presenciado con alma temblorosa de angustia, el tremendo drama de la inmolación suprema del Cristo, en aras del Ideal sustentado por Él en todos los momentos de su vida, consagrada por entero a la realización de la Idea Divina entre los hombres de esta Tierra.
“Hemos compartido con vosotros la inmensa dicha de verle entrar glorioso y triunfante en su Reino Eterno, donde nos espera después de haber cumplido valerosamente las jornadas terrestres que nos quedan por andar.
“Ha llegado, pues, el momento de medir nuestras fuerzas, de pesar nuestras aptitudes y capacidades para obrar como a nuestro Divino Conductor le sea más agradable. Y llegada es también, la hora de cargar cada cual con la enorme responsabilidad que significa el haber escuchado su enseñanza, el haber visto de cerca su vida y de haber presenciado su heroico sacrificio por sostener y glorificar su Ideal Supremo: la fraternidad universal.
“Yo sé muy bien que en el correr de los siglos y de las edades, vosotros y yo olvidaremos más de una vez, lo que junto al Ungido de Dios hemos visto y oído.
“Yo sé muy bien, que la ambición, el orgullo, la sensualidad y el egoísmo, pondrán sombras en nuestra inteligencia y cadenas a nuestro corazón para que uncidos al carro de todas las iniquidades humanas, demos a los cielos de Jehová el triste espectáculo de discípulos perjuros y traidores; de amigos infieles a la amistad, al amor y a la fe aceptada hoy
con espontánea voluntad. Nuestro Divino Conductor y Maestro lo sabe también y por eso deshojó como un rosal de amor su parábola del Hijo Pródigo, abriéndonos de antemano la puerta del alcázar paterno que nuestra miseria y nuestra inconsciencia han de cerrar innumerables veces.
“Os invito, pues, a mirar así de frente nuestra miseria y debilidad que más de una vez nos hundirá en abismos, de los cuales la mano divina del Cristo nos sacará nuevamente diciéndonos aquellas sublimes palabras suyas:
“¡Venid a mí los que habéis caído agobiados por vuestras cargas!…
¡Venid a mí, que Yo os aliviaré!”
“Y os invito también a que durante todos los días de esta vida feliz y venturosa en que hemos convivido con Él, le repitamos nuestras promesas de fe inquebrantable y de amor eterno, aun sabiendo…, ¡míseros de nosotros!…, que hemos de faltar a ellas, como miserables esclavos de todas las ruindades humanas.
“¡Señor!, digámosle con el corazón en la mano, que la fe de hoy, que el amor y las promesas de hoy vibren para siempre ante Ti como las notas de un arpa que jamás extingue sus sonidos, para que su permanente recuerdo intensifique tu piedad y tu misericordia cuando nos veas aplastados por toda suerte de iniquidades y de miserias en el avance de los siglos que han de venir.
“Digámosle con la fe de hoy ardiendo como una llama:
“Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador de cuanto existe en los
Cielos y en la Tierra.
¡Creo en Ti, Cristo Divino, su Hijo, descendido a la Tierra por un prodigio supremo del amor!
“¡Creo en la grandeza sobrehumana de tus obras, que hemos visto deslizarse como una corriente de agua de vida y de salud sobre todas las miserias humanas; como un astro radiante iluminando las tinieblas de la vida y las angustias de la muerte!
“¡Creo en el heroísmo de tu amor a la humanidad, por la que diste tu sangre y tu vida en holocausto eterno a la Idea Divina, que vino contigo a la tierra en mensaje de verdad y de luz!
“¡Creo en tu salida gloriosa del sepulcro, por que te hemos visto luminoso y radiante como un sol de amanecer, que se enciende y que se apaga cuando el amor se desborda de tu seno y te das en oblación a todos los que te hemos amado y seguido!
¡Y que estas protestas de nuestra fe en Ti, sean como la eterna luz de un faro en todas las tormentas y borrascas que azotan nuestra barquilla, en las centurias largas que hemos de correr hasta el final de este ciclo!
“¡Hermanos míos, que mis pobres palabras parpadeen como un cirio eterno en la mística soledad de vuestro santuario interior!”
El anciano Eliezer ocupó de nuevo su asiento y un silencio profundo se estableció nuevamente.
Era que todas las almas congregadas en aquel recinto, penetraban a tientas en el camarín secreto de su yo íntimo que en un instante de clarividencia preveía acaso algo del oscuro porvenir; y temblando de pavor y de incertidumbre repetía las protestas de fe y de amor que en alta voz había proclamado el austero maestro Esenio.
El anciano Ezequías interrumpió el largo silencio con estas palabras:
—Tened en cuenta que mi compañero y yo somos simples espectadores en esta asamblea, terminada la cual volveremos a nuestra morada en la montaña.
“Tomad, pues, la iniciativa los que quedáis en medio de la humanidad y que el Divino Espíritu del Cristo sea el inspirador de todas vuestras resoluciones.
José de Arimathea habló el primero.
—El Mesías, nuestro excelso Maestro, tuvo su Escuela íntima y creo que en su pensamiento estaba la idea de que ellos fueran los continuadores de su obra. Y todos nosotros estamos para colaborar con ellos en segunda fila en cuanto resuelvan realizar en beneficio de la obra común.
Y todas las miradas y los pensamientos convergieron sobre los de la Escuela íntima del Cristo que eran los Doce, en ese instante convertidos en Once por la separación de Judas.
Pedro tomó la palabra y explicó brevemente el drama íntimo del infeliz discípulo que llevado por su ambición había caído en la celada tendida a todos por el Sanhedrín. Reclamó piedad y perdón para él, y expuso la necesidad de nombrarle un reemplazante.
Entre los discípulos de Yohanán, el Profeta del Jordán, había dos que compartieron con los Doce, tareas que la epidemia de Séphoris les ocasionó durante muchos días y que se internaron en el Monte Carmelo juntamente con los setenta recogidos por el Divino Maestro, como huérfanos de aquella horrorosa tempestad de dolor y de muerte. Eran éstos, Matías de Nicópolis, primo de Nicodemus, y José de Bethlaban. Ambos habían conquistado el afecto de todos los presentes con la abnegada solicitud observada desde la gran tragedia del Gólgota. Se habían constituido en enfermeros y servidores de los más apesadumbrados.
Sobre ellos dos cayeron las miradas de todos, y al hacer una votación, resultó elegido el mayor de los dos: Matías, que de inmediato fue considerado como uno de los Doce en reemplazo de Judas.
A Pedro le resbalaron dos gruesas lágrimas por su barba cana, recordando al infeliz hermano que por sus celos y ambición de ser más grande que sus hermanos había abierto él mismo un abismo de soledad y desamparo a sus pies.
Cuando Matías se acercó a él para abrazarle antes que a los demás, observó el dolor de Pedro y le preguntó:
—¿Estás desconforme de que entre yo a formar parte de los Doce?
¿Querías a José y no a mí?
—No, amigo mío. Estoy conforme contigo. Pensaba en el infeliz al cual tú reemplazas desde este momento.
“Si hubiera estado el Maestro, Él le habría vuelto entre nosotros. Pero en nosotros no hay aún el amor bastante para perdonar a Judas.
Y Pedro, abrazando a Matías, lloró a grandes sollozos que los más sensitivos interpretaron en toda su realidad.
Y este pensamiento corrió entre la multitud como una misteriosa esencia que se hubiera derramado en aquel recinto:
“La presencia de Matías entre los Doce nos recordará siempre la desgracia de Judas”. En los más adelantados surgió la compasión como una triste cineraria de la losa de un sepulcro; y en los de más escasa evolución se levantó la indignación como un cardo silvestre lleno de espinas.
El Anciano Esenio Eliezer, que había captado las ondas vibratorias del recinto, dijo en alta voz y como una plegaria que absorbiera todos los pensamientos:
—¡Que tu Amor Misericordioso! ¡Oh, Padre Divino de las almas, se derrame sobre el hermano muerto, y guíe los pasos del que viene a ocupar su lugar!
Estas discretas palabras del Anciano Eliezer, fueron quizá el origen de la creencia generalmente aceptada de que Judas había muerto trágicamente. Sólo Pedro y los esenios sabían que Judas vivía agobiado por su culpa, pero muerto estaba para la naciente Congregación Cristiana en medio de la cual no podría jamás actuar.
Pedro había dicho una gran verdad: No había en ellos el amor bastante para perdonar el pecado de Judas. ¡Cuán difícil es perdonar a quien nos ha herido en nuestros más íntimos sentimientos!
De aquí surge la reflexión sobre la grandeza sublime del precepto del Cristo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, tan breve y sencillo en sus palabras pero tan grande en su significado y más aún en su alcance.
Entre aquella multitud de un centenar y medio de almas enamoradas del Cristo del amor, no habría nadie que hubiera perdonado al culpable tan completamente que hiciera posible su vuelta al nido que había perdido por su propia culpa.
Las sabias palabras del esenio amortiguaron en todos los ánimos la
aversión al culpable, ya que el velo gris de la muerte pareciera esconder todas las culpas del que ha desaparecido tras ella.
—Vemos completa la Escuela del Maestro –dijo Nicodemus–, y creo que es hora de que resolvamos algo antes de separarnos. Para Él fue siempre Pedro considerado como mayor, no sólo por su edad, sino por su capacidad de amor y de bondad para con todos sus compañeros. Pero es tan modesto, que lo sé incapaz de tomar la iniciativa, si no le animamos todos con una especie de imposición suave que le diga: Aquí debes comenzar tú.
—¡Muy bien!… ¡Muy bien!… –se oyó varias voces repitiendo entre la
multitud.
El bueno y sencillo Pedro, tenía viva aún la herida de haber negado al Maestro tan cobardemente, y al oír aquellas palabras se estremeció con un espanto interior casi incontenible.
—¡Yo!… –exclamó–. ¡Tan luego yo he de ser!…
—¡Tú, sí, tú! –dijo el tío Jaime saliendo de su silencio–, pues todos recordamos que Yhasua cuando tenía que ausentarse, a ti te encargaba del cuidado y tutela de todos y en todo sentido. Más de una vez me dijo: “Tío Jaime, préstale ayuda a Pedro que dejo en mi lugar para cuidar de todos”.
—Paréceme –añadió la dulce vocecita de Myriam– que esto será lo
más agradable para Él.
Pero las lágrimas de Pedro continuaban cayendo silenciosamente y casi inadvertidas en la suave penumbra de la luz mortecina de los cirios.
—Bien está –dijo por fin–. Pero como no me siento capaz de ocupar el sitio vacío que ha dejado el Maestro… —Y Pedro rompió a llorar de tan desconsolada manera que la ola de llanto se extendió por todo el recinto.
La serena calma del anciano Eliezer, se impuso a la emoción de todos diciendo:
—En verdad, hermanos, no hay ninguno entre nosotros que pueda sustituir cumplidamente al Cristo, Hijo de Dios vivo. Según esto, deberemos dejar morir su obra por falta de capacidad en nosotros…
—¡No, eso no, jamás! –gritó Pedro el primero y sucesivamente otras
voces siguieron a la suya.
El Anciano sonrió bondadosamente ante la reacción de Pedro, acentuada por todos los demás que tan espontáneamente habían expresado su más íntimo sentir.
—¡Bien, muy bien! –continuó el Anciano Esenio–. Unamos todas nuestras incapacidades con el fuerte lazo de amor fraterno que Él nos legó como herencia, y algo bueno y grande haremos en su nombre.
“Pedro, ¡hermano mío!, resígnate a la voluntad de todos y ocupa el lugar vacío que dejó el Maestro.
Y el Anciano tomó la mano de Pedro y lo llevó a sentarse a la derecha de la repisa-altar de las Tablas de la Ley.
Una ola de ternura se extendió en el ambiente entristecido un momento por el recuerdo de Judas; y la jubilosa alegría del comienzo en que irradió la mística estrella claridades de iris, retornó al viejo cenáculo nazareno lleno aún de recuerdos y de nuevas esperanzas para el porvenir.
—¡Notarios a trabajar! –dijo el esenio Ezequías–, pues aquí debe saberse qué huertos de entre los campos del Señor va a cultivar cada cual.
—Yo ofrezco nuestras grutas –dijo el Servidor del Carmelo–, y todo cuanto tenemos a los que quieran dedicar sus esfuerzos a esa parte de la provincia Galilea.
—Y yo ofrezco todo nuestro apoyo a los que se establezcan en las
cercanías del Tabor –añadió el Servidor, Daniel de Tolemaida.
—Yo –dijo Pedro–, pensaba volver a Judea, porque aunque es cierto que esa provincia fue la más adversa a nuestro Amado Maestro, hay allí muchas almas que le sirvieron y le amaron, y no está bien abandonarlas por la maldad y la injusticia del Sanhedrín. Si algunos quieren acompañarme…
—¡Yo! –dijo Santiago decididamente.
—¡Y yo! –dijeron a la vez Andrés y Matías.
Los notarios iban copiando las palabras que se vertían en aquel ambiente de viva expectativa y de anhelos comunes a todos.
—Contad con nuestro apoyo en todo y para todo –dijo José de Arimathea–, pues, aunque no volveré pronto a Jerusalén, en mi pueblo natal Arimathea, estaré para serviros en cuanto me sea posible.
—Lo mismo os digo yo –añadió Nicodemus–, Nicópolis queda a una jornada de Jerusalén y quizá esto pueda ser de utilidad si la ciudad de los tiranos os trata mal. Además, el camino real de Jerusalén a Joppe, uno de nuestros principales puertos de mar, pasa por mi ciudad natal.
—Y en Joppe –dijo el Anciano Simónides–, está una gran Agencia comercial que yo administro y que pongo a disposición de todos los servidores del Soberano Rey de Israel, con el acuerdo completo de mi superior inmediato, el Príncipe Judá. ¿Es así, niño?
—No necesitas preguntármelo –contestó Judá–. Yo añado que en Joppe habrá siempre anclado uno de los buques de nuestra flota y con pabellón de Roma, por si los malvados jueces del Sanhedrín quisieran hacer con vosotros lo que hicieron con nuestro Rey Mártir.
La aprobación de todos respondió a las palabras del príncipe Judá.
—Y para los que bajen más al sur de la provincia de Judea –añadió el Anciano Simónides–, tenéis en Ascalón y en Gaza, Agencias de negocios del Scheiff Ilderín que trabaja con barcos de nuestra flota…
—Y que será para todos vosotros como vuestra propia casa –interrumpió Judá–, pues el Scheiff antes de partir me ha encargado manifestarlo así. El árabe generoso y gentil pone a vuestra disposición el campamento de la cordillera Jebel y en los Montes Basán buenos alojamientos y fortalezas de piedra para defensa de los vasallos del Rey de Israel que los necesiten.
—Si Yhasua a quien todos amamos –dijo el Hack-Ben Faqui– estuviera entre nosotros, diría su frase habitual en caso como éste: “Gracias te doy, Padre mío, porque florecen en la tierra los rosales del amor que sembré en tu nombre”.
—Lo digo yo que soy su madre, en nombre suyo –respondió la tierna
voz de Myriam.
María de Betania, Nebai, Ana, Vercia y por fin todas las mujeres jóvenes presentes rodearon a la Madre heroica, cofre sagrado de recuerdos y de llanto, como si quisieran servirle de escudo y fortaleza cuando su voz de alondra se quebraba en un sollozo y adivinaban en ella el revivir de su angustia.
Juan, el hijo de Salomé, se acercó al grupo femenino y arrodillándose ante Myriam y besando sus manos heladas, le decía con infinita ternura:
—El Maestro me dijo la noche de su despedida: “Cuando yo me vuelva al Padre, tú serás el pequeño hijo de mi madre en lugar mío”. ¿Me recibes tú?
Un rumor de sollozos se extendió en la vasta sala ante el cuadro con tintes divinos de los brazos maternales de Myriam, estrechando sobre su pecho la cabeza rubia de Juan.
—Si me permitís expresar mi programa a seguir –dijo el Príncipe Judá–, os diré con toda verdad cuán odiosa me es la vida en los sitios en que vi el fracaso tremendo de mis ideales como hombre de la raza de Abraham y quisiera huir de esta tierra que los de mi raza regaron con la sangre del Hijo de Dios. Amaré este suelo que me vio nacer, pero le amaré como se ama un muerto, porque me cuesta imaginar la luz y la vida en quien apagó la vida y la luz del Gran Ungido, anunciado desde siglos por nuestros Profetas. El precepto divino que tantas veces repitiera nuestro dulce Yhasua: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, me es por el momento imposible de concebir y comprender. ¿Cómo puedo amar a los malvados jueces que le condenaron a muerte sabiendo que era inocente? ¿Cómo puedo amar a esa piara de miserables esclavos y asesinos que se vendieron por un puñado de oro para pedir a gritos que fuera crucificado? ¡No puedo ni pensarlo porque me siento enloquecer!
¡Yhasua, mi Rey Eterno, amado sobre todas las cosas!… ¡Si desde tu trono glorioso de Hijo de Dios, oyes la voz de este amigo que hubiera dado la vida por ti, perdona mi rebeldía a tu mandato, porque no puedo amar a tus asesinos, a tus verdugos, a los miserables traidores a la patria, a la religión, al Altísimo que te envió!…
El anciano Eliezer intervino y tomando las manos crispadas de Judá que estremecidas se levantaban a lo alto, le dijo, dando a sus palabras suavidades paternales:
—Príncipe Judá. Cuando la herida está aún viva y sangrando no le acerques una ascua ardiente porque enloquecerás de dolor. Piensa solamente por hoy, en que el Ungido de Dios te ha dicho: “que eres el árbol fuerte que cobijará a sus avecillas errantes”. ¿Puedes obedecer a estas palabras? Con eso sólo, basta.
Judá se abrazó al Anciano como un niño herido a mitad del camino y sus sollozos conmovieron a toda aquella asamblea.
Sus ardientes palabras de protesta en contra de la injusticia y de la maldad encontraban eco en la mayoría de los presentes, y un ambiente caldeado de aversión y de rebeldía se extendió en aquel cenáculo, donde nunca habían resonado otras notas que las suavísimas de las ternuras familiares y religiosos pensamientos con sabor de plegarias…
Las mujeres lloraban silenciosamente y la voz de Myriam deshojó madreselvas de paz en las almas atormentadas por el amargo recuerdo, con las sublimes palabras de Job:
—El Señor nos lo dio… El Señor le ha llevado a su Reino… ¡Él le amaba más que nosotros!…
“¡Bendigamos su Santo Nombre!
Un largo silencio impregnado de angustia muda, daba la impresión de una completa soledad.
—Perdonad mi debilidad –dijo Judá, ya sereno y dueño de sí mismo–. He resuelto irme con los míos a mi Villa del Lacio a la orilla del mar donde quisiera establecer la primera Congregación Cristiana a las puertas de Roma. Más no creáis que olvidaré el encargue de Nuestro Rey y Señor. En mi casa de Jerusalén habrá siempre quien vele por los que necesiten de mi, igualmente que en todos los sitios adonde llegue la previsión de nuestro irreemplazable administrador Simónides, aquí presente. Los que de vosotros quieran seguirme a la otra orilla del Mar Grande, al Lacio, compartiremos la satisfacción y la gloria de llevar el nombre de Yhasua a las puertas mismas de Roma.
—Yo iré contigo, príncipe Judá, –dijo de inmediato José de Bethlaban–, porque mi antiguo maestro el profeta del Jordán me había anunciado que cruzaría el Mar Grande para llevar la doctrina del Cristo a la capital del mundo. Y creo que ésta es la oportunidad.
—También los míos y yo iremos contigo, príncipe Judá –dijo Vercia la Druidesa–, para ocultar bajo tu sombra a mis hermanos perseguidos en la Galia esclavizada.
Dos de los Doce, Nathaniel (Santiago el menor) y Felipe demostraron también su resolución de cooperar con Judá a la formación de la primera Congregación Cristiana en la región del Lacio.
—Yo retornaré a mi tierra natal, Cirenaica, en el África del Norte –dijo el Hack-Ben Faqui–, que los valles del Nilo y el desierto de Sahara es campo fértil y benévolo para los que quieran llevar allí las enseñanzas del Hijo de Dios.
“Tampoco olvidaré esta tierra que me fue dulce y suave como una segunda patria, donde encontré el amor y la amistad, esas dos alas blancas que levantan al hombre a regiones de luz, de paz y de ventura.
“Me ofrezco en cuanto tengo y soy, para los fieles súbditos del Rey
Mártir que nos ilumina a todos.
—Yo iré contigo –dijo Zebeo–, si te agrada mi compañía.
—Y yo, igualmente –añadió Matheo–, me siento como arrastrado hacia aquellas tierras que en siglos atrás estuvieron vinculadas a nuestra historia milenaria.
—El África os será propicia –contestó el vehemente africano–, como lo fue a nuestro dulce Yhasua, que vivió días de gloria entre las arenas de nuestro desierto.
Bartolomé de Séphoris y Tomás de Tolemaida que contaban con parentela en Persia, se habían unido para llevar a dicho país la enseñanza del Cristo Hijo de Dios.
—Creo que todos los demás –observó Hanani, que hasta entonces sólo había sido un silencioso espectador–, tenemos trabas de familia que nos impiden movernos del sitio en que nos encontramos.
“Pero si hay otros designios de nuestro Rey sobre nosotros, el tiempo lo dirá y creo que todos sabremos obedecer y cumplir como fieles súbditos suyos.
—Es verdad, es verdad –se oyeron varias voces en distintos puntos
del vasto recinto.
Gamaliel y Nicolás cuyo decaimiento era notorio, al ser interrogados,
manifestaron que aún no tenían resuelto nada definitivo.
—Yo deberé retornar a mi ciudad natal –dijo Nicolás–, aunque soy de Israel por la raza, pero la tierra de promisión se ha vuelto tierra de maldición y su repudio para nosotros no es fácil de soportar. Acaso podremos formar una Congregación que responda al pensamiento del Verbo de Dios.
—Lo que Nicolás desea realizar en Damasco –dijo Gamaliel–, desearía
yo realizarlo en Siracusa, en cuya gran Escuela de conocimientos superiores estuve años atrás acompañando a mi tío. Cuento allí con algunas buenas amistades que quizás respondan a nuestro Ideal.
—¿Y vosotras, mujeres esenias que tan valerosamente habéis acompañado al Mesías hasta su último momento? –interrogó el Anciano Ezequías–, ¿no exponéis vuestro programa a seguir?
Todas ellas se miraron unas a otras, con esa timidez e incertidumbre propia y natural en quienes dependen de la voluntad de otro.
—Comprendo –añadió el Anciano–, que las esposas seguirán a sus maridos, las madres a sus hijos, las hijas a sus padres. Pero…, ¿las demás?
Las griegas Polinia y Heraclea, madre e hija, anunciaron que volverían a la Grecia lejana, a sus montañas de Argólide, a donde llevarían el recuerdo del Hombre de Dios que había roto sus cadenas de esclavas en la ciudad de Damasco.
Varias miradas se fijaron en María de Mágdalo que permanecía muda como una estatua, lo cual causaba cierta extrañeza dado su temperamento tan decidido y vehemente.
Sin duda alguna debió percibir el calor de aquellas miradas, pero no rompía su silencio.
Boanerges que esperaba ansiosamente su palabra para orientar su propia vida, se atrevió a decirle acercándose hasta ella:
—¡Señora!… Si tú no hablas, tu ruiseñor cautivo no sabe a donde tender su vuelo.
—¡Perdón! –dijo como si despertara de su sueño–. Sabiéndome sola en el mundo no pensé en que nadie esperase nada de mí. Tú no eres mi cautivo Boanerges, bien lo sabes; pero si quieres permanecer en mi Castillo, no pienso por el momento dejarlo. Es para mí como un cofre de grandes y tiernos recuerdos que serán mi único horizonte mientras me dure la vida.
—Hija mía –le observó Myriam–, muchas veces me has llamado madre, y tú eres para mí un relicario de recuerdos que jamás apartaré de mi corazón. Nuestra amada Galilea es todo un templo de recuerdos puros y santos, y en este templo vive Él en todo el esplendor de su ternura y de su bondad. Su amor nos unió a entre ambas como dos florecillas en una misma rama y ni tú estás sola en el mundo porque estoy yo, ni yo estoy sola porque nos rodean todos cuantos le amaron a Él.
“Llenemos con su amor nuestras vidas, y habremos traído el cielo a la tierra”.
María se volvió hacia ella y puesta de rodillas la abrazó estrechamente, sintiéndose hija de la Madre augusta del Cristo-Hombre que tanto y tanto había amado.
Boanerges seguro ya de su nido, confidenció con Jehiel y sus jóvenes amigos de las orillas del lago a los que había ofrecido el calor de su alcoba y la ternura de su corazón.
Los cuatro amigos de Betlehem que con Simónides formaban un quinteto de la más venerable antigüedad, anunciaron que en aquella lejana ciudad habían presenciado el nacimiento del Verbo de Dios y en ella esperarían sus últimos días, siendo siempre como “libros vivos” en que estaba escrito la grandeza y la gloria del Ungido de Dios.
—Nuestro camino está marcado hace tantos años como los que tenemos de vida –dijo Jacobo, el mayor de los guardianes del Santuario del Quarantana.
—Allí moriremos al pie de nuestra montaña –añadió Bartolomé–, y
cualquiera que necesite de nosotros, allí nos encontrará para servirlo.
—Yo soy el más joven de los Doce –dijo Juan–, y no abandonaré la ribera del Mar de Galilea mientras vivan mis padres. Después…, el Divino Maestro me conducirá a donde le plazca.
—Que hablen los notarios –insinuó José de Arimathea–, pues es de
importancia que sepamos lo que ellos piensan.
—Solo faltamos Felipe y yo –contestó Stéfanos–, y por mi parte quedaré en Judea a la ribera del Jordán, en la misma gruta que habité mientras el Profeta Yohanán fue mi maestro.
—Y yo –dijo Felipe–, tengo estrechas vinculaciones con el Santuario del Monte Ebath en Samaria, y en aquella provincia trataré de hacer cuanto me sea posible en seguimiento del Ungido de Dios.
El Anciano Esenio Eliezer dijo entonces la última palabra:
—Hermanos muy amados en el Cristo que acaba de ser glorificado
por la Suprema Potencia Creadora.
“Animados todos de la mejor buena voluntad, hemos cumplido el sagrado deber de marcar en conjunto el itinerario a seguir, sin que esto signifique una forzada obligación que deba pasar por encima de las posibilidades de cada cual.
“Somos prisioneros de la materia y muchas veces nos servirá de impedimento a los vuelos ansiosos del espíritu. Pero estamos ciertos de que si nuestra vida está encausada dentro de la Ley Divina, de ella misma nos vendrá la defensa, la fuerza y la luz, para que nuestros pasos en la vida sean como una prolongación de la senda seguida por el Hijo de Dios en su vida de hombre encarnado en la Tierra.
“No olvidéis nunca que vais a un mundo extraño a vosotros, cuyos ideales, costumbres y maneras de pensar y de sentir son muy diferentes a los vuestros y que una gran prudencia y discreción deberán presidir todos vuestros actos.
“No olvidéis tampoco las palabras del Divino Ungido:
“No será el discípulo mejor tratado que el Maestro. No hagáis como los fariseos hipócritas que cuelan un mosquito y tragan un cangrejo. No miréis la paja en el ojo ajeno y dejéis una viga en el vuestro. No seáis como sepulcros de mármol y de jaspe por fuera y dentro lleno de podredumbre, porque no con palabras y fórmulas exteriores se enseña y redime a las gentes sino con las obras dignas de hijos de Dios. Que la mentira, la farsa, el engaño y el interés no son la moneda con que se compra la salvación de las almas”.
“¡Avecillas errantes de Dios que vais a tender el vuelo por ignorados caminos, valles y montañas! No olvidéis tampoco que entre los montes fragorosos de la Palestina, en humildes grutas escondidas de los hombres, quedan vuestros Hermanos Esenios con el pensamiento tendido a los cielos como un hilo de luz, invocando a los grandes soles que dirigen la evolución de los mundos, para que seáis fieles mensajeros del Cristo de la Paz, de la Santidad y del Amor.
“Que la Luz Divina sea con vosotros y que nuestro excelso Maestro os bendiga y os guíe”.
Un hondo silencio de evocación y de religioso fervor siguió a estas palabras y pasados unos momentos, una suave ola de alegría y de ternura se extendió por aquel cenáculo vibrante de esperanza y de fe.
Al día siguiente y después de una comida en conjunto, se iniciaron las despedidas y comenzó la retirada de cada uno hacia su nido hogareño.
—No usemos nunca el adiós –dijo Ezequías cuyo temperamento emo-
tivo en extremo, aparecía siempre dispuesto a la ternura y al amor–.
“Digamos sólo: ¡Hasta luego, hermanos!”
Y los pobrecitos muy ancianos, decían también “hasta luego”, sabiendo de cierto que no se verían mas sobre la tierra.
Salomé, Zebedeo y sus dos hijos Juan y Santiago, María con tres de sus compañeras, Raquel, Clelia y Fatmé, acompañadas de Boanerges y Jehiel tornaron a la ribera del Mar de Galilea, lo mismo que Hanani con su familia.
Los esenios a sus respectivos Santuarios y los Doce entre su parentela desde donde partirían a sus respectivos destinos.
Los de Betlehem tomaron rumbo al sur, por el trillado camino de las caravanas, mientras el Príncipe Judá, Faqui, Marcos y sus familiares, más los viajeros de la Galia tomaban el camino de Tolemaida, el puerto más cercano a Nazareth y desde el cual tenderían el vuelo definitivo.
—¡Bien decía Yhasua! –exclamó el tío Jaime cuando en el gran portalón de la casa de Nazareth les despedía a todos–. Bien decía Yhasua: “¡Muerto el pastor se dispersarán las ovejas!”.
“¡Tronchado el árbol que les daba sombra, las golondrinas tenderán su vuelo!”.
“¿Qué vientos soplarán para ellas en las regiones donde posen?…
Y el buen tío Jaime, enjugó una lágrima furtiva que se había asomado sin su permiso y cerrando el portal, tornó a la sala de la hoguera donde la pobre Dina, la huérfana que el amor del Cristo había adoptado en el hogar, ponía gruesas ramas en la hoguera que ardía de nuevo en vivas llamaradas.

8
EL VUELO DE LAS GOLONDRINAS

La bandada era grande y no todas tomaban la misma ruta, por lo cual, lector amigo, tú y yo iremos buscándolas de una por una a fin de que no perdamos de vista a ninguna de ellas.
“Que no se pierda ni una sola de las almas que me fueron confiadas” –decía el Divino Maestro y prendiéndonos del hilo de luz de su mirada que las alumbra a todas, sigámoslas sigilosamente a través de valles y montañas, de mares y desiertos, en las soledades y en medio de las muchedumbres.
Vistamos la blanca túnica de los buscadores sinceros de la Verdad, limpiemos la mente de viejos prejuicios, de ideas preconcebidas y de irrazonables fanatismos, para merecer que los sagrados Archivos de la Eterna Luz se abran para nosotros y nos entreguen sin reticencias sus secretos más ocultos…, sus historias milenarias…, sus poemas de inefable belleza, sus dramas y sus tragedias, que indudablemente las hubo, toda vez que el anuncio del Cristo Mártir no podía fallar:
“No serán los discípulos mejor tratados que su Maestro”.
Y siendo Judá y Faqui los primeros que tienden el vuelo hacia ultramar, los seguimos en primer término a ellos que en dos grandes carrozas de viaje tomaron el camino de las caravanas hacia Tolemaida.
Judá y Faqui dirigían las cuadrigas de robustos mulos que arrastraban los carros, mientras Isaías y Othoniel, Eliacín y Shipro cabalgaban junto a las portezuelas según la costumbre de la época en los viajes de familias de posición.
Un silencio de muerte envolvía a los viajeros como un sudario frío, generador de imborrables recuerdos, pues cada uno llevaba en el fondo del alma un retazo del estupendo drama de amor heroico y de inaudita perversidad que habían presenciado en la patria de Israel, de la cual huían desesperadamente.
Simónides que había querido acompañarles hasta el puerto, rezagado en un rincón de la carroza guiada por Judá, dejaba hablar su pensamiento, no tan floreciente de optimismo como cuando tenía al
lado a su soberano Rey de Israel. Y así que vio que la sombra negra de la tristeza quería apoderarse de él, tomó a su biznieto Jesuá Clemente para que la vivaz alegría del pequeño reanimara el fuego casi apagado de su corazón.
Nebai con el pequeño Ithamar recostado en sus rodillas recordaba que años atrás, había viajado con los mismos compañeros de Antioquía a Tolemaida; pero ahora faltaba uno: Yhasua…, aquel dulce y afable Yhasua de los veintidós años, que la había consolado de la única angustia de su vida…, la de saberse esclava del Príncipe Judá.
Aquel tierno Yhasua que bajo un rosal blanco, en un jardín de Antioquía le había diseñado el camino de la paz y la dicha humana, como esposa de un hombre honorable y justo que no traicionaría sus esperanzas y su fe.
Vercia, silenciosa igualmente bajo sus velos, rememoraba su llegada a Tolemaida tres lunas antes, llena de esperanza en un triunfo cercano al amparo del Salvador de los oprimidos que había bajado a los valles de Palestina. Y en su grande alma luchadora infatigable por un Ideal, se encendía de nuevo el fulgor de una lámpara eterna que no debía apagarse jamás; la Idea del Gran Hessus traída a la tierra por su hijo: el Amor Universal que reunirá un día a todos los hombres en el infinito seno de Dios.
Su tío el Bremen, en su hosco y tenaz silencio saboreaba la indecible amargura del fracaso irremediable. Para él no resplandecía fulgor ninguno porque en su horizonte solo se esbozaban sombras de muerte, más pavorosas aún que las que le habían envuelto hasta entonces.
Parecíale sentir ya retumbar en su corazón los pasos sigilosos de la loba romana que traspasaba las ondas azules del Dordoña y las doradas del Loira que ponían cerco a su Gergovia amada, escondida entre montañas.
En la otra carroza guiada por Faqui reinaba también el silencio…, ¡pero un silencio de recogimiento, de devoto fervor, casi de unción religiosa, porque la dulce Noemí de los cabellos blancos y los ojos de gacela leía a media voz los salmos más emotivos y tiernos, aquellos que evocan la misericordia divina como la única esperanza y consuelo único del alma sumida en tristezas de muerte! Leía para sí misma y para Amra, la amante sierva que sentada en un banquillo a sus pies hilaba tranquilamente un suave velloncito de lana, pues que sus laboriosas manos no sabían estarse quietas.
Thirsa atendía su mimosa muñequita endeble que aparentaba un año menos de los que en realidad tenía.
Y Marcos se esforzaba en consolar a Ana, que había hecho un supremo esfuerzo sobre sí misma para decidirse a salir de la casa de Nazareth, dejando en ella a Myriam, su madre de tantos años casi como los que tenía
de vida, y dejándola sin Yhosep su padre, sin Yhosuelín su hermano…, sin Yhasua…, ¡el gran hijo que había sido la luz única de su vida!
—Yo no me opuse a que te quedaras, Ana –decíale Marcos a media voz–, bien lo sabes.
—Ella es una santa heroica, Marcos –contestaba Ana–, y cuando le anuncié que me quedaría, ella me dijo: “–No, hija mía, ¡no! Anda con tu marido porque la esposa debe seguir al esposo aunque se le rompa el corazón en muchos pedazos. Dios llenará mi soledad con la presencia espiritual de mis amados del cielo. Estoy llena de la vida de ellos. Estoy llena de su recuerdo y de su amor que no puede morir jamás”. –Y recordando estas palabras con que la había despedido Myriam, Ana secaba sus lágrimas de ternura más que de dolor–.
“¡Es una santa heroica! –repetía–. Después de haber perdido a Yhasua,
¿qué pueden significar para ella estas otras pérdidas?”.
Cuando llegaron a Séphoris, casi anochecía, y el anciano Simónides indicó la conveniencia de pernoctar en aquella ciudad donde el “soberano Rey de Israel” había instalado una sede de la Santa Alianza, cuando la epidemia asoló esa región y allí podían pasar la noche.
—Ciertamente –dijo Marcos–. Es un prosélito romano quien está encargado de ella, y tiene además un recinto de oración consagrado al “Dios Invisible”. Se llama Lucio Marcelo de Módena. Ha sido sacerdote de Apolo, y ahora dice que es sacerdote del Profeta Nazareno.
—¡Cómo! –exclamó Judá–. Un extranjero nos ha llevado la delantera abriendo templo en homenaje a Yhasua, y nosotros aún no hemos hecho nada.
—Pero lo haremos y bien pronto, niño –intervino Simónides.
—A eso vamos cada cual a su tierra –añadió Faqui.
—Guíanos, Marcos, y veamos tu prosélito romano –añadió de nuevo
Simónides.
Era una granja entre risueñas colinas al noroeste de la ciudad y a orilla misma del arroyo Tubarin que atravesando gran parte de la provincia Galilea corría impetuosamente a desembocar en el mar. El buen prosélito romano como le habían llamado, vivía con un matrimonio de edad madura, y tres siervos jóvenes, todos esclavos suyos traídos desde su tierra lejana.
Judá que dominaba a la perfección el latín se enfrentó con él. Cuando supo que los viajeros eran, puede decirse, la familia misma del
Profeta Nazareno, que venían de la casa de su madre, y trayendo entre ellos una hermana del Profeta, el buen hombre creía que algo más que los dioses del Olimpo bajaban a su casa, y encontró pequeña la portada de su casa para darles entrada por ella. Y el buen viejo Simónides decía con íntima satisfacción:
—¡Ya se ve!, ya se ve que nuestro Rey de Israel no ha muerto sino que vive y es Él que nos hace abrir todas las puertas.
La casa modesta y sencilla pero de puro estilo romano, tenían su gran pórtico, su peristilo o galerías formando un cuadrado al gran patio con una fuente y un surtidor de agua. El tablinum u oficina del dueño de casa era el templo o santuario del Dios Invisible del Profeta Nazareno.
Las habitaciones se abrían bajo el peristilo o galerías y allí se instalaron las mujeres de inmediato. La pobre Noemí con su Amra inseparable, se sentían terriblemente cansadas. Thirsa que parecía una convaleciente de larga enfermedad tomó posesión del primer diván que encontró a su alcance.
Marcia la esclava, ama de casa, se multiplicaba para atender a aquellos viajeros, y en su lengua mitad siria y mitad latina les preguntaba si venían de más allá de los desiertos africanos.
Tres días permanecieron en Séphoris para complacer al buen prosélito romano, que no quería dejarles marchar sin que pasaran revista a todo cuanto había realizado la Santa Alianza, nombre que ya comenzaba a ceder ante otro que debía imponerse bien pronto: Congregación Cristiana.
El amor al Cristo Ungido de Dios, recientemente desaparecido de la tierra, reclamaba sus derechos en el corazón de los que le amaron; y a toda reunión de seres en su nombre parecíales que debían llamarse con su nombre. Y de esta necesidad del corazón, comenzaron a surgir los nombres de Congregación Cristiana, Hermandad Cristiana, Eclesia Cristiana. Y por eso Marcelo de Módena llamó siempre al Tablinum de su casa-quinta: “Eclesia nostrum”, Nuestra Iglesia.
Este recinto era lo que luego fueron los pequeños oratorios cristianos del siglo I: Una sala grande o pequeña con una repisa al frente, con las Tablas de la Ley, las Escrituras Sagradas y un candelabro de siete luces. Con los estrados alrededor y una mesa al centro rodeada de bancos para los lectores y comentaristas de las Escrituras.
Al día siguiente y cuando el sol se levantaba en todo su esplendor, Judá invitó a Faqui a salir al bosque que aparecía a las orillas del arroyo.
—¡Me ahogan los recuerdos, Faqui! –le dijo cuando estuvieron solos–.
¡No los resisto más!… ¡Me vuelvo loco!
—¡Pero hombre!… ¿Qué quieres hacer?
—Aquí…, aquí en este mismo sitio, sobre este peñasco en el que parece apoyarse el tronco de este cedro se sentó Yhasua, cuando hicimos un descanso en aquel viaje hacia Antioquía. ¿No lo recuerdas tú? –preguntaba Judá, con su voz que temblaba mientras daba con el puño cerrado sobre el peñasco, como si quisiera hacer surgir de él la dulce imagen aquella que vivía en su retina.
—Sé que estuvimos aquí, pero no conservaba en mi memoria ese
detalle –contestóle Faqui.
—Tú estabas entonces lleno con tu naciente amor –dijo Judá–. Pero yo que aún tenía abiertas en mi corazón todas las heridas que abrió en él la maldad de los hombres, lo recuerdo muy bien.
“Este peñasco me es testigo de una profecía que aquí me hizo Yhasua, y que aún espero parte de su cumplimiento.
“—Yo sé –me dijo –que tú no llegarás a comprenderme en la misión
que traigo a este mundo hasta después de mi muerte.
“—¿Hablas de morir cuando empiezas a vivir y tienes menos años
que yo? –le dije.
“—Tú ignoras el final de mi camino –añadió–, pero como yo lo he visto, pido a mi Padre Celestial el poder de abrir tu camino en la vida con una felicidad tan completa que colme todas tus aspiraciones de hombre terrestre.
“Y una voz interna me lo ha prometido”.
—¿Y con todo esto quieres decirme –interrumpió Faqui– que Yhasua
te anunció el encuentro con Nebai en Antioquía?
—Justamente; y todo eso se ha cumplido al pie de la letra. Pero mis aspiraciones de hombre de la raza de Abraham no se han cumplido aún.
“La patria sigue esclavizada y su Salvador ya se volvió a los cielos
infinitos. Pienso que la voz interna que le habló a él, no puede fallar.
—Tú corres mucho, amigo mío, en la búsqueda de tus ideales; y a
veces es necesario esperar años y aún siglos –contestó Faqui.
—Cuando estaba cautivo como esclavo en las galeras del César ya
esperaba –contestó Judá.
—¡Y debes confesar que has conseguido mucho!… Además debemos comprender que el Cristo Ungido de Dios no puede ser sólo para salvar tu pueblo y tu raza, Judá. El Salvador del mundo debe ser para todos los seres de la Tierra; y creo que aún no podemos ver ni tú ni yo, hasta dónde podrán llegar los efectos y las consecuencias de la Obra que Él ha realizado, y de la tremenda inmolación que ha aceptado por su Ideal y por la salvación de los hombres que abracen ese Ideal.
—¡Faqui!, antes de partir de este lugar quiero inmortalizar en este peñasco el recuerdo de aquellas palabras de Yhasua. ¿Cómo podré hacerlo? Mil ideas bullen en mi mente causándome tan grande confusión interior, que no acierto con lo que sea mejor.
El príncipe africano comenzó a observar todos los detalles de aquel peñasco sobresaliente de la colina.
—Podemos hacer aquí, bajo el espléndido dosel del cielo azul el primer
altar en homenaje al Ideal Divino de Yhasua –dijo Faqui reflexionando.
—¿De veras? Pues sería magnífico. ¿Cómo lo harías tú?
—Óyeme: cortamos el tronco de este joven cedro a la altura donde comienzan las ramas. La más gruesa de ellas despojada de hojas la atravesamos en la parte superior. ¿No eligió Yhasua para el sacrificio por su Ideal, un madero con un travesaño en lo alto, que en el mundo se llama una cruz?
—¿Y qué más? –preguntó Judá–, porque eso solo no basta. Manos
criminales, piratas y bandoleros también murieron en una cruz.
—Déjame concluir mi pensamiento –insistió Faqui–. Sobre este peñasco y apoyada en el tronco del cedro que será la cruz, pongamos un bloque de piedra blanca con esta inscripción “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. ¿No es esto un verdadero jeroglífico que en dos troncos cruzados y un bloque de piedra sintetiza el Ideal del Cristo-Mártir? El amor a sus semejantes como a sí mismo le llevó hasta la muerte sobre una cruz.
—¡Magnífico Faqui! –contestó Judá.
Y sin esperar ni un segundo más, buscaron un picapedrero y un hachador que en el menor tiempo posible echase abajo la copa frondosa del árbol elegido como víctima y le aplicase el travesaño en lo alto, mientras el artesano de la piedra grababa en el bloque elegido la sublime frase aquella que resumía en pocas palabras el gran Ideal por el cual el Cristo había entregado su vida.
Y cuando dos días después estuvo hecho a gusto de los dos amigos, todos los compañeros de viaje, más el romano Lucio Marcelo de Módena, vertían lágrimas de íntima emoción ante aquel peñasco mudo, en que estuvo sentado el Cristo vivo, y en el que aparecía vivo y eterno su Ideal sublime por el que entregó su vida de hombre: Ama a tu prójimo como a ti mismo.
Fue el primer altar levantado en homenaje al dulce profeta Nazareno sembrador eterno del amor entre los hombres. Y cuando toda la población de Séphoris pareció darse cita para ir a reverenciar aquel humilde y rústico altar de un peñasco sin pulir y el tronco de un árbol, Judá se abrazó a su gran amigo africano y entre sollozos le dijo:
—¡Acabo de convencerme Faqui de que Yhasua será Salvador de todo este mundo!
Y los viajeros partieron hacia Tolemaida cuando a la mañana siguiente se levantaba el sol en el horizonte.
Aquel peñasco mudo en que nadie había parado su atención, aquel árbol mutilado y con un travesaño encima, aquellas palabras grabadas sobre una piedra, bastaron a calmar la febril ansiedad de Judá que sentía viva en su corazón la incurable herida: su Rey de Israel se había ido sin salvar su país del yugo extranjero.
La situación era la misma. ¿Qué fenómeno había pasado como un
rayo de luz fugitivo por el alma de Judá decepcionado antes y ahora optimista?
Hay instantes decisivos en el alma humana, en que una circunstancia cualquiera, parece iluminar un vasto horizonte haciéndole entrever el triunfo definitivo en un futuro cerca o lejos, de un Ideal perseguido con febril ansiedad.
—¡Bendito peñasco y bendito mil veces ese joven cedro del bosque de Séphoris! –decía Nebai, viendo otra vez que el optimismo desarrugaba la frente de Judá y animaba sus ojos con el brillo de la juventud.
Y ella que como ayudante de su padre en dibujar croquis y planos había adquirido mucha práctica, cuando estuvieron en su villa del Lacio dibujó un croquis del rústico altar del bosque de Séphoris, y las copias se multiplicaron y repartieron entre los primeros amigos y discípulos del Cristo Mártir, que desde la gloria de su Cielo de los Amadores vería aquel humilde altar no como un peñasco y un tronco de árbol sino como un monumento grandioso, hecho de corazones que le amaban y que eran con toda verdad los legítimos herederos del legado eterno del Padre.
Llegados sin mayores incidentes al Puerto de Tolemaida buscaron de inmediato la casa en que estaba establecida la Santa Alianza, y no fue pequeña la sorpresa de Isaías y Othoniel el encontrar como encargado de ella al tío Manoa, admirablemente rejuvenecido y fuerte. Estaba con él, su hija viuda y tres nietecitos que eran toda su gloria, según él decía.
—No os asombréis tanto –les decía el buen hombre–, que no he ascendido a doctor de la ley. Soy únicamente guardián de esta casa y de cuanto en ella se encierra. Aquí viene el amo de todo el comercio honrado de este país.
Y el viejo Manoa se confundió en un gran abrazo con Simónides, mientras los demás se asombraban de tan estrecha amistad.
Y era que nuestro amigo, el gran comerciante, estaba siempre en acecho “para encontrar las perlas perdidas entre el rastrojo” y “los pozos de agua dulce en los salobres desiertos”.
Y habiendo tenido conocimiento años atrás por Judá, del noble desinterés de Manoa al recoger sus dos sobrinos ciegos e inútiles, pensó con acierto que ese hombre era un excelente colaborador para la obra que realizaba por el Soberano Rey de Israel. ¿No había guardado durante once años bajo una loza del piso de su covacha el tesoro dejado por su sobrino para el Mesías Ungido de Dios?
El dirigente principal de la Santa Alianza en Tolemaida era aquel bardo Efraín que hemos conocido en Arquelais, y que por conveniencias familiares debió trasladarse a la ciudad puerto donde acababan de llegar nuestros viajeros.
Dos días después llegaba desde Antioquía un barco de la ya conocida flota marítima perteneciente al príncipe Judá y que administraba tan hábilmente Simónides. El velero Ithamar uno de los mejores equipados y más perfectos de la época era mandado por aquel Capitán al cual el Divino Maestro, el Yhasua salvador de todos los oprimidos le había comprado en Tiro ciento sesenta y ocho esclavos para darles la libertad, hecho que recordará bien el lector.
Se llamaba Priamo de Pafos y estaba al servicio de Simónides desde aquel tiempo. El sagaz anciano que no perdía las oportunidades de hacer resplandecer ante todos las cualidades del Soberano Rey de Israel, lo llamó ante el grupo de viajeros y le habló así:
—¿Ves aquí este joven señor? Él, es el Príncipe Judá hijo de Ithamar, el dueño de este barco y de todos los que lucen el pabellón amarillo con estrella azul.
El buen marino se inclinó profundamente ante Judá, y éste se acercó a él y le estrechó la mano.
—Ya sé toda aquella historia de cuando nuestro Rey-Mártir te pagó los esclavos que ibas a conducir a lejanos puertos. Nosotros formamos parte de su numerosa familia y vas a llevarnos hasta las costas de Italia.
El marino se sentía embargado de profunda emoción rememorando aquel hecho lejano y la mirada radiante del Genio salvador de los esclavos que nunca pudo olvidar.
Recordaba bien sus palabras: “Yo te daré un amo que no comercia con carne humana viva y bajo su mando tendrás el pan en abundancia y la dicha en tu corazón”.
Y esa palabra se había cumplido al pie de la letra. Había mejorado grandemente la situación de su hogar formado años antes con una honrada doncella siria, había logrado sacar de la cárcel a su hermano mayor, preso por una deuda; podía tener sus ancianos padres a su lado; había recogido a la madre viuda de la que era su esposa. El buen Genio le había concedido salud y vida para sus niños que eran cuatro; y en un hermoso paraje de las afueras de Tiro se había comprado un solar de tierra, donde entre viñedos y plantaciones estaba su nido hogareño lleno con todos los amores que pueden hacer dichoso a un hombre de bien.
—¡Oh, el buen Genio!… –exclamaba aquel hombre de mar–, jamás podré olvidarle porque Él me hizo vivir de una vida nueva que yo no conocía. Desde entonces he puesto el amor por encima del dinero, y es cuando tengo dinero de sobra para cubrir todas las necesidades de la familia y aún para socorrer a los necesitados que protege la Santa Alianza. ¿Cómo es que no pudo salvarse de las garras de los malvados, Él que salvaba a los demás?
Y el emocionado marino oyó muchas voces que contestaron a la vez:
—¡Él quiso morir!…
—Por su Ideal de Fraternidad, de Igualdad, de Justicia, de Libertad para todos los hombres –añadió a las voces de todos, Vercia la Druidesa gala, para quién era tan claramente comprensible aquel divino Ideal más sublime y grande que todas las cosas de la tierra.
El barco se hacía a la vela a la madrugada siguiente y esa noche, a la orilla del mar, y en la misma rinconada que formaba los grandes peñascos de la costa, donde en otra hora el viejo Manoa encendía su fuego para hacer el pescado de la cena, la Druidesa preparó la piedra del fuego sagrado para encenderlo por última vez en la tierra bendita a donde el Gran Hessus había hecho nacer en carne mortal a su hijo.
—¡Porque esta vez es única en mi vida –les dijo–, os dejaré asistir a todos cuantos habéis amado al Hombre Luz que vino a traerla a la Tierra, y que aún muerta su carne, la encenderá más viva aún para todos los que quieran verla!
La llama perfumada se levantó en la oscuridad de la noche y el suave viento del mar la extendió por toda la pequeña ensenada en que se encontraba el fervoroso grupo de los amantes de Yhasua. Iba prendiendo en los cardales silvestres, en las espadañas hirsutas, en los juncales trémulos que sobresalían de las aguadas tranquilas de la orilla…
Y Vercia sumida en honda meditación, semejaba una estatua de mármol blanco sentada sobre un peñasco tan inmóvil como ella misma.
Todos miraban con asombro y emoción que las llamitas doradas iban rodeando el peñasco en que la Druidesa continuaba inmóvil; pero la fuerza poderosa del estado psíquico en que todos se encontraban parecía anudar la voz en la garganta y ninguno hablaba. La presencia divina se sentía tan profundamente que cada cual llegó a imaginarse que estaba bajo las naves grandiosas de un templo donde el fuego santo de los cielos consumía toda la escoria de la tierra.
¡Oh, divina alma humana! ¡Divina Psiquis, cuán poderosa eres y cuán desconocido es tu poder soberano por la mayoría de los hombres de esta tierra!
El solo pensamiento evocador de Vercia, la Druidesa Gala, había bastado para producir todo aquel conjunto de fervientes pensamientos, de sagrados recuerdos, de anhelos hondos y fuertes que hacían latir aceleradamente los corazones de cuantos rodeaban el rústico altar del fuego sagrado, en que se plasmaban para ella las divinas visiones que la ayudaban a vivir la vida terrestre con esperanza y con fe.
Por fin la vieron que abrió los ojos…, que volvía a la vida cuando las llamitas doradas iban apagándose lentamente. Y haciéndoles aún señal de silencio miraba fijamente la piedra del fuego.
Una blanca visión se materializó sobre ella, en la cual reconocieron todos a Yhasua a través de los mil resplandores que como iris sobrepuestos le envolvían irradiando después hasta larga distancia.
Y a través de esos velos irisados que temblaban como agitados por el viento, vieron infinidad de cruces entre rosales rojos que formaban un bosque que se perdía a lo lejos, a lo largo de la costa y sobre las olas del mar.
Cuando todo aquello se esfumó en la niebla marina que empezaba a levantarse, Vercia habló con su voz quebrada por los sollozos:
—Ya lo habéis visto todos: El Hijo del gran Hessus sólo nos promete
sacrificios y Amor.
Y cuando los arreboles de la aurora daban al amanecer la impresión de que los rosales rojos de la nocturna visión se habían deshojado sobre los peñascos de la costa y sobre las aguas del mar, el barco soltaba amarras y desplegaba todas sus velas rumbo al occidente mientras la tripulación cantaba el estribillo del himno del mar en lengua siria para no herir los oídos de los amigos de Roma:
“Mar que besas las orillas De las tierras de Abraham, Oye el clamor de sus hijos Que piden la libertad”

9
ILUSIÓN DE AMOR

Sólo tres personas quedaron en la costa agitando los pañuelos blancos de la despedida: El anciano Simónides, Othoniel que de mayordomo había subido a Secretario del Príncipe Judá, y el viejo Manoa cuyo tranquilo bienestar le había quitado al parecer veinte años de encima.
El viejo administrador de los tesoros del Rey de Israel, según él decía, quiso llegar una vez más a Antioquía de la cual estaba ausente desde hacía varios años.
Era el centro de la vastísima red comercial que manejaba y quiso cerciorarse bien de su buena marcha.
Othoniel había obtenido un permiso por tres lunas de su complaciente superior el príncipe Judá, pasadas las cuales se reunirían nuevamente con él en su Villa del Lacio. El motivo expuesto era asuntos familiares que debía resolver en ese tiempo, pero nosotros, lector amigo, podemos averiguar el motivo verdadero que le retenía en Galilea. Y ya que Simónides se embarca para Antioquía, y Manoa vuelve al local de la Santa Alianza en Tolemaida, sigamos los pasos de Othoniel que retorna a Séphoris, y
de Séphoris a la orilla del Mar de Galilea a la casa de Hanani con quien tenía una buena amistad.
Este había manifestado en la gran Asamblea que por el momento no podía dejar su casa de los suburbios de la fastuosa ciudad de Tiberias de donde sacaba los medios de vida para toda su familia; y había planeado la formación de una Congregación Cristiana como las que empezaban a formarse en aquel entonces. Pero es necesario decir toda la verdad. No era éste el pensamiento íntimo de Othoniel. Había en el fondo de su corazón otra idea más fuerte que la de constituir la Agrupación Cristiana. Él no pudo olvidar nunca a la Castellana de Mágdalo que no había puesto en él más atención que la que rige una buena amistad. Al único a quien había confiado tiempo atrás su secreto, era al Príncipe Judá que buscando elevarlo de posición para ponerlo a nivel del ideal que sustentaba, lo había hecho su Secretario particular y jefe del personal adherido a su casa.
—¿Cómo quieres que ella ponga su amor en ti si lo ha dado todo al Ungido de Dios? –le había observado Judá cuando le hacía Othoniel su confidencia.
—Ya lo sé –le contestaba éste–, pero el Ungido de Dios es sólo un resplandor de su infinito poder y grandeza. Me has referido que fue él mismo quien te acercó a Nebai tu esposa, porque él no había venido para tomar una esposa. ¿No es esto una verdad?
—Sí, que lo es Othoniel, tal como te lo he dicho.
—¿Entonces?… Mientras Él estuvo con vida de hombre sobre la tierra, cualquier mujer de gustos delicados y de elevado mirar, tenía por fuerza de lógica que enamorarse de él. Esto lo comprendo muy bien y lo comprenderás tú también.
“¿No podría suceder que al igual que Nebai, tu esposa, aceptase María otro amor habiendo desaparecido de la vida material, el hombre superior y único que colmaba su anhelo?
—¡Podría suceder, es cierto! Pero algo hay en mí mismo que me hace ponerlo en duda –le contestó Judá–. Hace tiempo, cuando yo adiviné tu inclinación a ella, fue que te propuse dejar la mayordomía de mi casa para que fueras mi Secretario Gerente, y lo hice con la amplia aprobación de Simónides, que conserva un gran afecto a la hija del griego Hermione. Ya sabes que nuestro viejo Administrador elige sus amigos y colaboradores con el mismo cuidado con que analiza el oro puro y el que está mezclado con otros metales de inferior calidad. Parece que el griego era oro puro por su honradez y generosidad.
“Cuando te hice mi Secretario Gerente, le confié a él tu secreto. ¿Y
sabes lo que me contestó?
—Dímelo y lo sabré.
—“¡Cuán difícil es ponerle un reemplazante al Soberano Rey de Israel, en el corazón de una mujer como la hija de Hermione!”.
—¿De veras te dijo así?
—De veras. ¿Qué interés puedo tener en desfigurar la verdad? Esto
no obstante, puede suceder que la abrume el pensamiento de la soledad.
¡Triste cosa es para una mujer joven el vivir de un recuerdo y llorando sobre una tumba, como decía el mismo Yhasua! De todos modos, cuenta conmigo para realizar tu gran sueño de amor, si es que está en lo posible”.
Después de este breve relato, comprenderá bien el lector por qué Othoniel tomó de nuevo el camino hacia la casa de Hanani en la ciudad de Tiberias. ¡La ilusión le prestaba sus alas doradas, y el camino le parecía que se alargaba indefinidamente ante el galope de su caballo comprado en Tolemaida, para acortar más y más la distancia!
¡Oh, el amor que inyecta potentes energías en el alma humana y la
lleva con febriles delirios hacia el objeto de su ansiedad!
¡Por amor hemos visto correr a Pedro con ansia suprema las largas millas que separan el Mar de Galilea de los suburbios de Jerusalén!
¡Por amor vemos correr a Othoniel desde Tolemaida a la ciudad de
Tiberias asentada muellemente a la orilla del Mar Galileo!
Y por amor, sólo por amor, veremos correr a unos y otros de los amantes de Yhasua, que tejen y destejen las hebras doradas del divino Ideal que Él hizo desbordar como un río salido de cauce sobre todos cuantos se le acercaron.
Y al recoger las aguas vivas de ese divino desbordamiento, cada uno lo comprendía a su manera, lo diseñaba en su horizonte mental conforme a su comprensión, a su capacidad y a las necesidades de su íntimo yo,
¡Qué infinita piedad, qué amorosa ternura, debió sentir Yhasua en su cielo glorioso de los Amadores, viendo la santa fiebre de amores que había dejado tendida como un manto de luz y de flores sobre las almas que en la tierra le amaron!
Cuando Othoniel llegó a la casa de Hanani, era una espléndida mañana
y muy cercano el medio día.
Estaba allí Juan, el hijo de Salomé, Felipe, hijo de Parmenas, y el pequeño Adín, que era ya un crecido adolescente y lo llamaban Policarpo, como el llorado abuelito de su niñez.
También se alojaba allí Zebeo, uno de los Doce desde que Pedro con otros se marcharon a Jerusalén.
Cuando terminó la comida del mediodía, Hanani dijo a sus huéspedes:
—Veo latente en todos vosotros el mismo deseo: Hacer de mi casa el centro de una Congregación Cristiana. Zebedeo quizá lo deseará también en su casa para los inmediatos del lago.
—No es así –observó Juan–. Santiago, mi hermano, se fue con Pedro y los otros. Con mis padres estoy solo y tres criados que cuidan el huerto. La concesión del pescado fue vendida en acuerdo con Pedro y Andrés, teniendo en cuenta las palabras del Maestro: “Seréis pescadores de almas”.
—¿Y qué harán los necesitados que vivían de vuestro reparto de pescado? –preguntó Hanani inquieto ante el espectro del hambre para aquellas gentes.
—Ayuno estás de noticias, hermano Hanani –le contestó Juan–.
“Los más fuertes comerciantes del Mercado de Tiberias compraron la concesión del pescado y tan a buen precio que hicieron posible el cumplir la palabra del Maestro: “Seréis pescadores de almas”. Con la parte correspondiente a mi padre tienen para vivir hasta el fin de sus días. Y en acuerdo con Pedro y Andrés, hemos donado una barca a cada familia que sea capaz de utilizarla en la pesca, lo cual les permitirá contratarse a jornal con los nuevos concesionarios.
—¡Magnífico! –dijo Hanani–. Y ¿quién os aconsejó tan hermosa
obra?
—¡Quién va a ser sino Él, que nos prometió que estará con nosotros hasta que venga el Reino de Dios! –respondió Juan lleno de alegría y de firmeza en su fe.
—Yo no puedo desentenderme de mis faenas de tapicero, pero como quiero cooperar en las Obras del Reino de Dios, es que pongo a disposición de todos los obreros del Señor, mi casa y cuanto soy y tengo.
—Era lo que esperábamos de ti Hanani, ya que no contamos con otro local indicado para centro de una agrupación de estudio y de oración
–dijo Zebeo.
—Naturalmente –añadió Felipe–, pues su proximidad a Tiberias la hace apta para este fin.
—El Castillo de Mágdalo –insinuó Othoniel–, es también un sitio ideal. Su dueña es una ferviente discípula del Ungido del Señor, y estoy seguro que ya habrá pensado hacer de su casa un santuario a su memoria. Creo que dos sitios de reunión a este fin no perjudican a nadie.
—Al contrario –afirmó Felipe–. Cuanto más agrupaciones de oración se formen será mayor el bien que realicemos en cumplimiento de la enseñanza de nuestro Señor y Maestro.
—Puede ser más adelante –afirmó Hanani–. Mi hija Fatmé, que vive el mayor tiempo allí, me dice que la Castellana se ha encerrado en un mutismo y encierro de luto riguroso.
—Es así de verdad –dijo Juan–. No recibe a nadie. Desde el día de la Asamblea en Nazareth no he vuelto a verla aunque he ido allí varias veces. Se ha excusado de recibirme. Parece que no desea ver a nadie.
—Habrá fijado plazo de luto como si el muerto fuera su padre –añadió Felipe–. A mi padre, griego de origen, le oí decir que en su país el plazo de luto por un padre era de tres a seis lunas, según la edad del difunto, o sea más largo plazo cuanto más joven. Y como nuestro Maestro Yhasua sólo tenía treinta y tres años…
—¡Pobre muchacha! –exclamó Othoniel–. Con enterrarse viva de esa manera sólo conseguirá languidecer y morir como una flor en un sepulcro. Inutilizar así una vida, no creo que sea agradable al Cristo Ungido de Dios, cuya enseñanza estaba fundamentada en las obras de amor al prójimo.
—Quizá el dolor la lleva a equivocar el camino –dijo Felipe.
—¿Qué os parece –interrogó Othoniel– si entre todos vosotros, que sois sus vecinos, puede decirse, lográis convencerla de que no es así como agradará más al llorado Profeta Nazareno? También os acompañaría yo para reforzar vuestras razones.
—Y yo, como padre de Fatmé, que goza de la confianza de ella, me
ofrezco a acompañaros también.
Y a la primera hora de esa tarde los cinco hombres ya mencionados emprendieron camino hacia el Castillo de Mágdalo, que sólo quedaba a media milla escasa de Tiberias.
Y la conversación de todo el trayecto versó sobre las esperanzas y proyectos que pensaban convertir pronto en realidad.
Boanerges había sido elevado a la categoría de Bibliotecario y Archivero del Castillo. Jehiel, el joven aquel que el Maestro salvó de morir apedreado por blasfemo en Arquelais, era el Mayordomo. Fatmé desempeñaba las funciones de Ama de llaves, en reemplazo de Elhida, muy achacosa y anciana, y con las doncellas que aun quedaban en el Castillo cuidaban de algunos ancianos y niños huérfanos sin familia que se alojaban allí.
Era otoño avanzado, casi entrada de invierno y el caer de las hojas amarillas y secas, los árboles descarnados, los jardines sin flores, todo en fin parecía respirar una infinita tristeza que estrujaba el alma, no bien se llegaba a aquel gran portalón de verjas que tiempo atrás aparecían pintadas de azul y oro, y ahora se veían enmohecidas y trepando por ellas la apagada hiedra de las ruinas y de los sepulcros.
¿No era acaso un sepulcro vivo la infeliz dueña de aquella mansión señorial? Fatmé, la ama de llaves, Boanerges, bibliotecario y archivero; Jehiel, mayordomo, se quedaron sin palabras ante los cinco visitantes que pedían ser recibidos por la obstinada ermitaña que no quería saber nada con nadie. ¡Todo había muerto para ella y todo lo había olvidado: parientes, amistades, compromisos sociales, negocios, protegidos, pobres, ancianos, enfermos, huérfanos…, todo! Todo había desaparecido
como al soplo de un mágico embrujo en el alma de aquella mujer en la cual sólo vivía un recuerdo y un amor: el Profeta Nazareno que la había fascinado con su mirada genial y con la infinita belleza de su alma de Ungido de Dios.
¡Y ella le había visto morir como un ajusticiado sobre un patíbulo de infamia! Le había buscado en el sepulcro en el amanecer tercero después de su muerte y no le había encontrado.
¡Se le había aparecido como un retazo de sol en la negra soledad de su vida!
Aquellos ojos divinos le habían hablado en el mudo lenguaje de su mirar sobrehumano. ¡Le había visto ascender como un haz de rayos luminosos a orillas del Mar de Galilea en un ocaso inolvidable!…, ¡pero ya no estaba más sobre la tierra ni volvería a verle ni oírle jamás! ¡Jamás podría ungir con sus perfumes su cabellera bronceada, ni sus manos llenas de bendiciones de salud y de vida, ni sus pies infatigables para correr en pos de los doloridos de la tierra!…
Si bajaba a la orilla del mar o le recorría en su velero, en todas las barcas le buscaba y sólo encontraba rostros extraños…, ¡ninguno era el suyo! ¿Qué podía, pues, buscar en la vida? Y, hosca, taciturna y silenciosa se encerró entre los muros de su viejo Castillo, y aún más, casi de continuo en el reducido círculo de su alcoba solitaria.
En tal estado de ánimo estaba la dueña del Castillo cuando llegaron a la verja los cinco visitantes.
¿Cómo no habían de quedarse paralizados y absortos los tres personajes que cuidaban de aquella casa como tristes guardianes de un panteón sepulcral?
—¿Pretendéis que os reciba cuando pasa sus días encerrada en su habitación sin hablar ni aun con nosotros? –preguntábales tristemente Boanerges, que había ensayado en vano todos sus recursos de trovador favorito a cuyos cantares dulces y tiernos respondía siempre la Castellana con un nuevo regalo, con un nuevo don para el místico cantor que había transformado en armonías y en rimas hasta el murmullo de las ramas agitadas por el viento, según ella misma decía.
El amor sugirió a Othoniel lo que a ninguno se le había ocurrido
pensar.
—Decidle –dijo de pronto–, que vienen cinco discípulos del Profeta Nazareno a rogarle que nos permita hacer en su Castillo un monumento a su memoria.
Boanerges corrió con el mensaje, mientras los cinco visitantes pensaban:
—¡Que el Cristo, Hijo de Dios, incline la voluntad de esta mujer a nuestro deseo!
Ella había oído la petición y había callado.
El silencio duró unos minutos y Boanerges vio que gruesas lágrimas silenciosas rodaban por aquel rostro pálido y se perdían entre los pliegues de su túnica gris.
—¡Señora! –le dijo–, ¡ten piedad de todos nosotros, que lloramos dos muertos y no podemos hacerles vivir! El Profeta y vos, señora, que habéis muerto con Él… –Y un sollozo quebró la voz de Boanerges, que calló de nuevo.
Por fin ella habló:
—Está bien, Boanerges…, ¡viviré para Él, viviendo para vosotros! Haz pasar los visitantes al cenáculo que allí les recibiré.
El joven trovador bajó corriendo la escalera y no paró hasta el portalón donde esperaban los visitantes.
—¡Otro milagro del Profeta! –les dijo jubilosamente–. La señora os recibirá, aunque para ello he pasado el tormento de ver de cerca la angustia que la está matando. Pasad que en el cenáculo os recibirá.
—¡Gracias al Profeta Nazareno y a todos los profetas de la corte celestial! –exclamó Othoniel, que había pasado un terrible momento de ansiedad hasta que Boanerges apareció con la buena noticia.
—¡Hombre! –díjole Hanani–. ¡Ni que hubieras esperado la resurrección de tu padre!… Paréceme que aquí hay algo más fuerte que el deseo de fundar una Congregación.
—Hace ya rato que lo sospechaba –dijo riendo Zebeo.
—Veo que yo anduve más listo que ustedes –añadió Felipe–, pues que lo sé desde aquel viaje en que el Maestro Yhasua nos deshojó como un rosal de amor la parábola del Hijo pródigo.
—Y yo veo que estoy en descubierto –confesó Othoniel–, pero creo
que no es ningún delito un amor a los treinta años.
—¡No, hombre, qué ha de ser! –díjole Hanani–, y estamos todos para
ayudarte, aunque sólo sea con el buen deseo.
Iban caminando hacia la casa, y sólo Juan y Boanerges no habían dicho ni una sola palabra al respecto. Diríase que les hacía daño la sutil ironía con que se trataba el asunto. Ambos de temperamento profundamente emotivo y místico guardaban todos sus sentimientos en el profundo y secreto relicario del alma…
Para Juan y para Boanerges era algo así como pecado el descubrir un amor en presencia de terceros.
El tablinum de los romanos y los griegos, era el despacho o salón de recibo de los tiempos modernos; pero la dueña del Castillo de Mágdalo queriendo adaptarse a los usos y costumbres del país en que había nacido el Profeta Nazareno, lo había transformado en Cenáculo tal como el Maestro lo había arreglado en su casa paterna de Nazareth.
Era el de Mágdalo un imponente salón de techos artesonados y muros recubiertos de tapices y de frescos de los buenos artistas del pincel y del telar provenientes de Persia y de Bombay.
Mucho tiempo debía haber transcurrido sin abrirse porque las flores de los jarrones y ánforas estaban resecas, y un ambiente de casa vacía parecía estar tendido como una bruma helada en aquel inmenso recinto.
—Perdonad –dijo el mayordomo Jehiel al abrirles las puertas–. Esto parece más bien un panteón sepulcral que un Cenáculo. La señora ordenó que no se cambiara nada de cuanto había.
—Está todo muy bien –se apresuraron a decir los visitantes.
—Es que ella quiere conservar este Cenáculo como estuvo la última vez que el Profeta Nazareno visitó este recinto. ¡Y pasaron ya tantas lunas!… –añadió con tristeza Boanerges.
—No hagáis una tragedia de lo que es perfectamente natural –observó Hanani con su habitual expresión conciliadora–. Conque seamos recibidos estamos satisfechos.
Y entre todos ayudaron al mayordomo a abrir ventanales y correr cortinados. Una explosión de luz dorada de la tarde penetró como un torrente en aquel recinto tanto tiempo cerrado. Los visitantes quedaron solos en el gran salón y comenzaron a examinar los hermosos tapices que cubrían los muros y que para ellos eran completamente inexplicables.
En el claro de un bosque frondosísimo, un joven dormido debajo de una encina y envuelto en un manto blanco como una toga romana o un himatión de los griegos. Los hermosos matices del tejido representaban su sueño: un ser casi transparente y vestido igual que el durmiente, cortaba con una hoz de oro una planta de muérdago y se la entregaba.
Y al pie del tapiz podía leerse en griego: “La visión de Rama”. “Recibe de un Genio celeste el muérdago sagrado que cura las enfermedades y da una muerte feliz”.
Felipe, hijo de griego y familiarizado con el idioma de su padre, pudo traducir las inscripciones.
Otro tapiz representaba al mismo joven que dormía bajo la encina, en el momento en que el mismo Genio celestial le entregaba una antorcha y una copa de transparente cristal. Y Felipe volvió a leer al pie del tapiz:
—“Rama recibe la antorcha de la Luz Eterna y la copa de la Vida y del Amor”
—Ahora me lo explico todo –dijo Hanani pensativo–. Todo esto debe significar la religión o creencias de estas buenas gentes que los israelíes llamamos idólatras y paganos, hijos de satanás. Pero a la verdad, los demonios deben ser muy hermosos, pues no veo aquí diablos con colas largas ni con cuernos amenazadores.
—Nuestro Maestro –dijo Juan–, nos explicó todo esto en cierta
ocasión que estuvimos aquí con Él. Todo esto es grande y Él decía que nosotros seríamos quienes descubriéramos a los hombres de la nueva Era, la sabiduría oculta de los hombres del pasado. Mirad aquel tapiz entre los dos ventanales…”
Todos se volvieron a él. A fuerza de sutiles hebras de hilo y seda, cromos inimitables, estaba diseñado un monte imponente, coronado de bosques de encinas impenetrables. Y entre ellos se destaca un Santuario ciclópeo como si fuera obra de gigantes. En su peristilo de columnas dóricas está un hombre de cabellos de oro y ojos azules. Vestido de lino blanco y coronado de mirto y de ciprés está en actitud de recibir a un jovenzuelo que se acerca tímido hasta él. Y la inscripción en griego antiguo que traduce Felipe, decía:
—“El templo de Júpiter, sobre el monte Kaukaión, donde Orfeo, el Pontífice Luz de la Grecia prehistórica, recibe a su discípulo para iniciarlo en los divinos misterios”.
Tan absortos estaban los visitantes en este conjunto de exóticas bellezas, indescifrables para ellos, que no sintieron una cortina del fondo del salón que se había levantado dando paso a una mustia sombra gris que les miraba en silencio.
Era la Castellana vestida como las mujeres esenias para entrar al Santuario. Una túnica gris, sujeta a la cintura por un cíngulo blanco y la cabeza cubierta con una toca de blanco lino.
La mirada fija de ella, debió hacer el efecto de un llamado porque los
cinco visitantes se volvieron hacia ella a un mismo tiempo.
—¡Señora! –dijo Othoniel acercándose el primero y haciendo ademán de tomarle una mano para besársela, como una manifestación de respeto, según el uso. Pero ella dio un paso atrás y escondió sus manos entre las anchas mangas de su túnica.
—¡María! –dijeron Juan y Hanani más familiarmente en su cariñosa expresión. Felipe y Zebeo se limitaron a una grave inclinación de cabeza. Los recuerdos revivieron para todos en aquel instante en que seguramente todos pensaron al unísono:
“No está ya entre nosotros Aquél que deshojaba paz y dulzura en todos los ambientes”.
Y María, como si fuera el eco de aquel pensamiento, dijo con tenue voz cargada de tristeza:
—No está ya entre nosotros Aquél que deshojaba paz y dulzura en todos los ambientes. ¿Qué buscáis vosotros aquí?
—María –díjole Juan, que conociéndola desde niño podía permitirse alguna mayor confianza con aquella mujer a quien el dolor había tornado esquiva y huraña–. ¿Por qué hacer de la vida una tortura cuando Él nos dijo que estaría con nosotros por la fe y por el amor?
—¿Qué buscáis vosotros aquí? –volvió a preguntar la Castellana como
si no hubiera oído las palabras de Juan.
—Os hicimos anunciar –dijo Hanani–, que deseábamos levantar aquí un monumento en homenaje al Profeta Nazareno, Ungido de Dios, y solicitamos vuestra aprobación.
—Él no quería monumentos sino sólo amor –contestó la mujer. Y alzando la voz como en un grito quebrado en sollozos añadió–: ¡Y sólo amor habrá para Él en esta casa mientras yo viva!
—Si me lo permite, terminaré el pensamiento expresado por Hanani
–dijo Othoniel–. No pensamos en un monumento de piedra, ni de oro, ni de plata, sino en un Santuario o recinto de congregación de cuantos le seguiremos amando hasta el fin de la vida. Sabiendo tu amor por Él, señora, hemos pensado en esta casa”.
La Castellana se sentó en un pequeño taburete, y les indicó con la mano que lo hicieran igualmente en los klismos o sillones cubiertos de tapices que había diseminados entre mesillas de tres pies muy usadas entre los griegos para colocar vasos o bandejas ante cada visitante.
Parecía tener gran dificultad en hablar.
—Yo tuve una extraña energía que casi puedo llamar audacia mientras Él vivía y sufría. Ahora Él no necesita nada de mí, y nada me siento capaz de hacer. Si vosotros necesitáis de esta casa para hacer algo que os lo siga recordando, hacedlo libremente, como si fuera vuestra casa. Yo no necesito de nada para recordarlo, porque todos los días que me restan de vida los viviré llorando su muerte…”
Y así diciendo, se echó el velo de la blanca toca sobre el rostro y estremecida por los sollozos se perdió entre los cortinados y no la vieron más. Un doloroso silencio de llanto contenido, corrió como una ola de angustia entre todos y por un momento nadie se movió de los asientos.
Juan, como más de la casa, se levantó y dijo:
—Llamaré a Boanerges y Jehiel, y arreglaremos con ellos cuanto queramos, si estáis de acuerdo.
—¡Vaya un recibimiento! –dijo Felipe–. ¡Pobre mujer, creo que es
incurable!
—No podemos quejarnos –dijo Hanani–, porque en medio de su dolor, nos da libertad para tomar su Castillo como nuestro y hacer en él lo que queramos en recordación del Mesías.
—En verdad es así –añadió Zebeo–. Nosotros no podemos quizá comprender estos temperamentos, mezcla de arte y de misticismo, en que la intensidad llega a extremos inconcebibles lo mismo en el amor que en el dolor.
Othoniel estaba aplanado, como si una montaña le hubiera caído
encima.
—¡Pobre mujer! –dijo por fin–. Si todos, cuantos amamos al Profeta y recibimos sus dones hubiéramos quedado como está ella, sería un salmo de dolor y no un apostolado de enseñanza lo que haríamos en su nombre.
—En efecto –dijo Juan–. Y creo que nuestro deber es aprovechar la autorización que ella nos da sobre su casa, que quizá más adelante reaccione y se una a nosotros. Veamos a Boanerges.
Juan salió, volviendo al breve rato con Boanerges, Jehiel y Fatmé.
—¡Cómo! –dijo ésta–. ¿Estáis solos? ¿María no os atendió?
—Nos autoriza para hacer cuanto queramos en recuerdo del Profeta Nazareno, pero sin contar con ella, que no se siente capaz de hacer nada.
—Ya habéis conseguido mucho con eso –observó Boanerges–. Creo que es un principio de curación. Dejémosla en paz. Y puesto que os da su permiso, contad con nosotros tres.
—¿Qué queréis hacer?
—Hacer de esto un Santuario de congregación para meditar las enseñanzas del Maestro y prepararnos a difundirlas por el mundo –dijo Zebeo–. Con sólo llorar su muerte no cumplimos sus mandatos, según me parece.
—¿Estáis solos en el Castillo? –preguntó Othoniel.
—Están conmigo tres doncellas más: Raquel, Clelia y Zafira; una hebrea, otra griega y la otra árabe. Además los criados a jornal pues son todos libertos desde que el Profeta de Dios pasó por esta casa.
—¿Y los refugiados se marcharon todos? –preguntó Hanani a su
hija.
—El Profeta los curó a todos y se fueron a sus pueblos nativos. Quedaron solo nueve, sin familia: seis mujeres y tres hombres, todos ancianos. Pero ellos habitan en el pabellón de los telares que antes era para juegos y ensayos de las Canéforas que nos enseñaban danzas clásicas.
—Por lo visto todo ha cambiado en nuestro mundo interno y externo
con la presencia del Ungido –observó Felipe.
—Y espero que continuará cambiando –añadió Othoniel–, pues sabemos que en este mundo todo se transforma día a día.
Mientras esta conversación con Fatmé, Juan y Zebeo habían hecho un aparte con Boanerges y Jehiel.
—Dime Boanerges –díjole Juan– ¿No se te ocurre la forma de vencer la obstinada tristeza de esta mujer? Porque creo que debemos hacer algo para salvarla de ella misma.
—Me sentía impotente para intentarlo –contestó–, pero desde que vosotros habéis venido, pareciera que una fuerza nueva invadiera todo mi ser dándome el valor necesario. Aquí hace falta alguien que represente
una autoridad para ella. Tú que eres casi como un hijo para la Madre del Profeta Nazareno, ¿no podrías conseguir que ella viniera aquí, o que llamara a la señora como si necesitara de ella?
—¡Qué inspiración hermosa has tenido, Boanerges! ¡Yo puedo reunirlas, y lo haré; sí que lo haré!
—Mientras tanto –observó Zebeo–, podríamos ir realizando lo que
teníamos proyectado.
“Y puesto que sois vosotros los que estáis al frente de la casa, ¿no podríamos quedar aquí algunos de nosotros para dar firme realidad a lo que tenemos pensado?
—Claro que sí –contestaron de inmediato Jehiel y Boanerges.
—El ala izquierda del Castillo toda es nuestra –añadió Boanerges–.
Con que ya veis, todo promete arreglarse a vuestro gusto.
De esto resultó que quedarían en el Castillo Zebeo, Felipe y Othoniel. Hanani y Juan volvieron a sus respectivas moradas, pues que al uno le esperaba la familia y su taller de tapicería, y a Juan le esperaban sus padres, ancianos, tristes y solos. Ellos dos acudirían al Castillo todas las tardes para ayudarles en la transformación espiritual y material de aquella casa y de su dueña, que parecía decidida a convertirla en un panteón sepulcral.
Más de una vez volveremos lector a este mismo escenario donde se desarrollaron silenciosos poemas de angustia, de resignación y de amor supremo, que los historiadores no recogieron y que la tradición oral los hizo vivir en el siglo I, pero desaparecieron en el segundo como el perfume de flores secas en un templo abandonado. El mundo sólo recuerda a los que brillan sobre los tronos, o por relumbrantes hazañas de guerra y de conquistas, a los que resplandecen como relámpagos siniestros por sus crímenes aterradores; pero olvida fácilmente a los que lloran y aman en silencio, y más a los que viven su vida conforme a aquella simbólica frase del Divino Maestro:
“Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”.

10
EN LA CASA DE LÍA

Volvamos lector amigo a la vieja ciudad que había visto el martirio del Cristo Ungido de Dios, como el de tantos Profetas y justos, servidores suyos y de la humanidad.
Habían transcurrido casi tres lunas desde la muerte del Santo, y la mayoría del pueblo parecía no recordarlo más.
¡Pero había en medio de ese pueblo indiferente y sólo entregado con afán a la satisfacción de sus necesidades materiales, almas agradecidas y buenas que recordaban y amaban!
Allí estaba aquella virtuosa Lía cargada con sus ochenta y nueve años, viuda y sin sus hijas ya casadas y con muchos hijos a su alrededor, vivía con su soledad silenciosa y sus vivos y dolorosos recuerdos.
Sus tres hijas, Susana esposa de José de Arimathea; Ana casada con Nicodemus de Nicópolis, y Verónica con Rubén de En-Gedí, le habían dado una decena de nietos, pero todos ellos en cumplimiento de la severa ley hebrea, los varones aprendían una profesión o un oficio; mientras las nietecitas mujeres que sólo eran cuatro, ayudaban a la madre en el gobierno de la casa y en los múltiples deberes hogareños tan complicados y penosos en aquella época, en que la mujer debía comenzar desde hilar la lana, el algodón o el lino para procurarse vestido y abrigo.
Dos hijos de José de Arimathea y tres de Nicodemus eran marinos, no en las flotas del César, sino en la de Ithamar, administrada por Simónides. Los de Verónica y Rubén eran ganaderos en una hacienda que la familia poseía en las cercanías de Jericó. Y los nietos menores de la viuda Lía estaban en Alejandría en la Escuela del Príncipe Melchor y de Filón, el filósofo alejandrino. Alguna de las nietecitas mujeres le acompañaba por turnos y la buena anciana forjada en la abnegación de las mujeres de antaño, anteponía el deber de todos los suyos a la complacencia que su compañía pudiera traerle. Y se había abrazado heroicamente a la tristeza de su soledad que sólo se veía interrumpida cuando llegaban las fiestas reglamentarias y los familiares acudían a la vieja ciudad para llevar al Templo sus ofrendas y sus plegarias.
Y entonces era de ver a la viejecita de cabellos blancos y alma fresca de niña, repartir entre todos el pan de la mesa y los dones que les habían preparado sus laboriosas manos, que aún eran ágiles para el huso, la rueca y hacer mover con rapidez el telar.
Y en su Cenáculo había levantado también el altar familiar con el candelabro de siete brazos, la Tablas de la Ley y la idea inmortal y divina
que tanto había escuchado vibrar como un arpa eterna en los labios y en el corazón del Hijo de Dios:
“Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.
“Gloria a Dios en los cielos infinitos y paz a los hombres de buena
voluntad”.
Y las flores se renovaban continuamente en aquel altar hogareño, al cuidado de una anciana octogenaria que al primer albor de la aurora y al último resplandor del ocaso, se la veía como una estatua de marfil en su viejo sitial, completamente sola en aquel gran Cenáculo encortinado de damasco púrpura mientras el incienso de su pebetero se esfumaba en espirales, y las plegarias hondas de su alma se derramaban junto con sus lágrimas como un hálito de esperanza y de amor sobre todos los que su corazón amaba.
—Recibe, Señor, mi tristeza, mi soledad y mi amor como la única ofrenda que os puede presentar mi ancianidad, a cambio de tus dones generosos para todos los que amo y me aman…, también para todos los que me olvidan y te olvidan, Señor…”
Y la viejecita volvía junto a la hoguera donde una criada condimentaba la comida frugal, y también solitaria en aquella gran mesa hogareña donde tantas veces había bendecido el pan el Maestro Ungido de Dios y lo había repartido entre todos los familiares y amigos que la rodeaban…
¡Y mientras tomaba sus viandas cuántas veces los recuerdos como una llama viva dieron calor a su endeble materia y luz de cielo a su mente, diseñándole en visiones fugaces escenas de santa dicha que habían pasado como ángeles de amor en su vida y que no podían volver jamás!
Hasta que un día…, allí mismo le encontró la criada, con su cabeza blanca doblada sobre la mesa, inmóvil y fría… ¡Porque el Señor la había llevado a su Reino donde no estaría nunca sola, nunca triste, nunca olvidada!
Fue la primera de los amigos de Yhasua que le siguió a la gloriosa vida en la Luz y en el Amor.
Las escenas que siguieron al vuelo sereno de Lía hacia el plano espiritual puede el lector imaginarlas.
Susana, Ana y Verónica no sabían como consolarse, de que aquella madre tan amada y tan amante hubiera partido sin decirles adiós, sin verles por última vez, sin que sus labios dejasen un beso postrero en aquella frente venerable, coronada de cabellos blancos.
—¡Madre, madre! –clamaba Ana, la más vehemente de las tres–. ¿Por
qué no nos esperaste?… ¿Por qué te fuiste sin darnos tu adiós?…
Susana, más serena, más dueña de sí misma, dejaba correr sus lágrimas silenciosas que iban a caer sobre la cabeza muerta mientras le alisaba los cabellos y besaba su frente.
Y Verónica era la estatua de la contemplación, sentada en el suelo a los pies de su madre como solía hacerlo siempre, buscando recostar su cabeza en el regazo materno y que aquellas laboriosas manos, dejaran un momento la rueca y el huso para acariciarla…
Los esposos, que desde la muerte del Maestro no habían vuelto a Jerusalén, donde no querían dejarse ver para evitar las represalias del odio del Sanhedrín que tenía espías por todas partes, se acercaron al caer la noche y con toda la cautela posible.
Eleazar de Jericó, bisabuelo de Yhosep, esposo de Myriam, lo era también de Lía, pues ambos descendían a través de largas generaciones, de la estirpe de David. Ya es bien conocido el respeto de los hebreos de pura sangre para la genealogía de las familias. Debía pues ser sepultada en el vetusto panteón de David, y era el príncipe Sallun de Lohes quien tenía los derechos de dueño por encontrarse dicho panteón en un solar de tierra que le pertenecía.
Y al conducir el cadáver a su última morada, encontraron en la hornacina que guardaba los restos de Yhosep, un jarrón lleno de flores frescas que la buena anciana Lía había depositado un día antes de que su cuerpo físico fuera a dormir allí el último sueño. Y aun ardía la lámpara de aceite encendida por ella como un tierno símbolo de amor a su pariente desaparecido hacía tantos años. ¡Era su amor, de aquellos que comienzan y no acaban nunca!, sino que viven siempre como una vieja lámpara votiva dando luz y calor más allá de la vida y de la muerte. Los recuerdos conmovieron de nuevo los corazones, pues al conducir los restos de la anciana Lía todos rememoraron las veces que habían acompañado a Myriam y Yhasua a orar junto al sarcófago de Yhosep.
Al abrir el testamento de la anciana encontraron que ella solicitaba de sus hijas que en su vieja casa de Jerusalén se albergasen viudas desamparadas y doncellas sin familia, lo cual dio motivo a que José de Arimathea y Nicodemus hicieran del Cenáculo de Lía, que fue la cuna florida de sus amores de la juventud y donde tantas veces el Hijo de Dios habitara por largas temporadas, la primera Iglesia Cristiana en Jerusalén, donde el Cristo Mártir había sellado con su sangre su legado eterno a la humanidad: el amor fraterno por encima de todas las cosas.
Pedro y aquellos de los Doce que le acompañaron fueron los únicos que asociaron su pena a los familiares de la buena anciana, que pensando en su día postrero tuvo un tierno recuerdo para la mujer solitaria y desamparada. Sabía por experiencia propia lo que es la soledad y el desamparo a que la vida misma condena a los seres de largos años, y que después de haber cumplido sacrificadas misiones como esposas, como madres, como hijas…, van viendo quedar vacío el viejo nido paterno donde aún sigue ardiendo el fuego del hogar, y más aún esa otra misteriosa llama
que en ciertas almas no se apaga jamás mientras alienta la vida, ¡porque así es el amor de la madre que si sabe perdonar todos los olvidos, ella es incapaz de olvidar!
El lector recordará que la casa de Lía quedaba muy cercana al Templo, y Pedro con sus compañeros, encontraron que aquel hogar sin dueña era un cómodo sitio de observación para poder acudir al Templo cuando los altos personajes del clero se habían retirado de él. Antes de lanzarse abiertamente a continuar la enseñanza de su Maestro debían asegurarse del sitio que pisaban.
Además…, parecíales que el Padre Celestial no podía estar bajo aquellas doradas techumbres que habían escuchado la infamante condena del Ungido, enviado por Él con su mensaje de amor a la humanidad.
Y una tremenda resistencia había en su corazón para el Templo de Salomón al cual se limitaban a mirar desde las terrazas de la casa de Lía donde fueron reuniéndose poco a poco para orar, recordar, y amar al que sólo amor había sembrado en su breve pasaje sobre la Tierra.

11
ALMAS GEMELAS

Mientras ocurrían las escenas anteriormente relatadas, otras vidas, otras almas tejían redes de amor, de tiernos afectos en la plácida y umbrosa Nazareth donde aún parecían resonar las risas de Yhasua niño, sobre todo en los alrededores del pozo en el camino de las caravanas, donde Él acudiera tantas veces prendido a la túnica de su madre cargada con las ánforas del agua.
Sus pasos mesurados y serenos, la vibración de su mirada confundida con la luz y con el éter, la resonancia musical de su palabra, cuando ya joven calmaba los altercados y disputas que a veces tenían lugar entre los vecinos concurrentes a la fuente.
Aquella amorosa familia de Betania: Martha, Lázaro y la pequeña María, se encontraban aún junto al Mar de Galilea, hospedados en la casa de campo de Eleazar el fariseo, aquel ilustre doctor de la Ley que el Maestro había curado de la lepra. Su esposa era hermana de Martha y ambas conservaban vivo en el alma el agradecimiento al Profeta Nazareno del que tanto bien habían recibido.
—Mi vida era un martirio continuado al lado de Eleazar –decía Ruth–, hasta que tuvo la dicha de encontrar al Hombre de Dios en su camino. Para beber el agua, para comer el pan, para sentarse, acostarse o andar, era preciso tener la Ley en la mano porque en todo encontraba culpa. Y ya lo ves ahora. Diríase que la mansedumbre del Profeta se la dejó
en herencia y hoy vivimos la vida en la tranquila paz que Él derramaba como un óleo santo en todos los corazones”.
Lázaro con Eleazar habían marchado a Tolemaida por cuestión de intereses familiares, y Martha y la pequeña María esperaban su regreso para volver a Betania.
La niña, triste y meditabunda más que antes, pasaba largas horas bajo el cobertizo del pequeño muelle de piedra, cuya rústica escalera iba a hundirse entre las mansas olas del Lago.
Su imaginación ardiente y viva la mantenía casi de continuo sumergida como en un cielo de deliciosos pensamientos, de santos recuerdos, de ensueños divinos que la apartaban de las crudas realidades de la vida material.
Sentada en la rústica escalera de piedra, con un velloncito de lana en el regazo, hilaba, pensaba, a veces lloraba…, y siempre…, siempre,
¡recordaba y amaba!
Sus diálogos del alma con lo invisible eran continuos, y poco o nada veía del mundo exterior.
Estando la granja de Eleazar en el suburbio norte de Tiberias quedaba muy cercana al viejo Castillo de Mágdalo, cuyas torres y almenas ella veía sobresalir de entre el bosque que le rodeaba.
Era el mismo momento en que la Castellana, después de recibir los visitantes que conocemos, había huido del cenáculo con la desesperación en el alma, buscando de nuevo la soledad de su alcoba.
Y la pequeña María sentada en la escalera del muelle, creyó sentir una dulce voz que le decía:
“—María necesita de ti. Anda con ella”.
¡Era la voz del Profeta!… ¡La conocía tan bien! Miró a todos lados y no le vio por ninguna parte. Pero era Él que le había hablado. No podía dudarlo.
Y sin pensar nada más envolvió en su delantal el velloncito de lana, la guardó en la cesta, y echó a correr por el senderillo que entre los cerros y el Lago llegaba hasta la verja misma del portalón del Castillo.
Y caminando en puntillas de pies para no hacer ruido avanzó por la avenida de la entrada, y cuando llegaba a la escalera, saliendo Boanerges del Cenáculo la vio, con gran asombro como es natural.
Ella le hizo señal de silencio colocando el índice sobre los labios y empezó a subir.
—¡Pequeña María! –le dijo él tomándole una mano–. Es inútil que
subas. Ella no quiere ver a nadie.
—¡Pero a mí, sí, porque el Profeta me ha mandado venir! –le contestó con tanta seguridad, que Boanerges habituado ya a aquellos días de estupendas apariciones del Maestro, soltó aquella mano y la dejó subir.
Escuchó los tenues pasitos en la terraza, luego el suave abrirse de una puerta…
—¡Otro milagro del Profeta! –pensó, y volvió a llamar a los criados que esperaban en el Cenáculo para iniciar la limpieza de los artesonados del techo y de las enormes lámparas y candelabros que pendían de él.
Grande fue la sorpresa de Martha y Ruth cuando llegando hasta el muellecito de piedra no encontraron allí a María, y sí solo su delantal envuelto con el velloncito de lana entre su cestilla de labor.
—¡Qué desgracia! –clamaba Martha. –Esto nos faltaba para que el luto fuera completo. Seguramente se habrá caído al mar… ¿Qué diré a Simón cuando venga?
—¡No puede ser! –argüía Ruth–, es una niña muy seriecita y no es
capaz de travesura ninguna.
—Pero como ella tiene esas visiones que la sacan de quicio, ¡quien sabe, si por seguir un misterioso impulso de esos tan frecuentes en ella, haya caído al agua!
Y las dos mujeres recorrían las orillas del Lago a uno y otro lado del muelle.
Como de ordinario el lago se desbordaba a veces por las noches, se formaba algún lodo en el camino, y pronto vio Martha, marcados los menudos pies de la niña en los sitios en que el sendero no era pedregoso.
—¡Mira, mira! –gritó a su hermana–. Se ha ido por aquí.
Y siguieron encontrando de tanto en tanto las huellas de María. Ya estaban a solo cien brazas del Castillo y decidieron volverse.
—Seguramente está allí –dijo Martha señalando al viejo edificio–. Quiere mucho a la Castellana y ella le quiere también. Pero no está bien irse así sin darnos aviso.
—Si al ponerse el sol no ha vuelto iremos por ella –dijo Ruth.
Aún no habían llegado al muelle cuando sintieron el correr de un hombre tras de ellas. Era un criado del Castillo que jadeante por la carrera les decía:
—La niña está en casa y la señora os ruega que se la dejéis por esta noche.
—¡Está bien, está bien!, a tu señora no podemos negarle nada.
—Dice que ella la traerá mañana a esta misma hora.
—Bien, bien. De ocaso a ocaso será la visita –contestó Martha al criado
que dando media vuelta retornó al Castillo.

* * *
Cuando la niña entró a las habitaciones de María, no la vio por ninguna parte.
De puntillas y con el índice aún sobre los labios parecía continuar llamando al silencio que se hacía cada vez más profundo.
Por fin descubrió a la Castellana sentada sobre un tapiz en el pavimento, contemplando con fija mirada un rizo de cabellos bronceados entre un velo blanco manchado de sangre.
En el rincón más escondido y detrás de su diván de reposo con grandes colgaduras, ¿quién podría encontrarla y más en la penumbra del ocaso que se iba haciendo lentamente?
Observó que murmuraba palabras que no podía entender; pero sí comprendió que sufría, que lloraba ante aquellas muertas reliquias de un amor que había pasado como un sueño de luz y de gloria desvanecido para siempre.
La pobre niña comprendió más: comprendió que aquel rizo de cabellos era del Maestro, y la sangre que manchaba aquel velo era su sangre recogida por María la tarde de su muerte, cuando estuvo ella misma debajo de aquellos pies heridos que destilaban sangre…
Y fue tan vivo y fuerte el recuerdo que revivió en la niña, ya de suyo tan sensitiva y endeble, que cayó sin sentido en la mitad de la alcoba produciendo el consiguiente sobresalto en la absorta María que no la había sentido llegar.
Estrechando aún sobre el pecho los preciosos recuerdos corrió a ver quien había osado penetrar en la intimidad de su alcoba sin su permiso. Y al descubrir a la pobre niña exánime, como muerta tendida en el suelo, tuvo una reacción tan poderosa, que ocultó en su seno aquellos amados recuerdos, y levantando a la niña la recostó en su lecho.
Tomó frasquitos de sales, de perfumes, de esencias y con maravillosa actividad comenzó a aplicarlas a la frente, a las sienes, a las manos, al corazón, a los pies de la enferma buscando una rápida reacción; pero todo inútil. La niña parecía muerta. Desesperada la Castellana corrió a las alcobas de sus compañeras, pero ninguna estaba en ellas.
Se sentía un vago rumor de voces quedas en la planta baja, hacia el lado del gran salón del pórtico donde seguramente trabajaban los visitantes que solicitaran permiso para hacer allí un recinto de oración.
Y la pequeña no daba señales de vida.
No le quedaba pues a María otro camino que bajar la escalera o tocar la campana de alarma cuyo cordón de seda quedaba pendiente sobre el propio diván en que descansaba la niña. Y lo hizo.
Fatmé, Raquel, Clelia acudieron en el acto y tras de ellas Boanerges,
Othoniel, Juan, Felipe, Zebedeo, Hanani, ¡todos!
¿Qué pasaba allí?
María cubierta de nuevo con sus velos, de pie al lado del diván, les señalaba con la mano la pobre criatura que continuaba inmóvil, como una muerta.
Boanerges que sentía un grande amor por aquella criatura tímida
y suave como una tórtola, se arrodilló junto al diván y le tomó una mano.
—¡Señora!… Tomadle la otra mano y llamemos todos juntos al Profeta
Nazareno para que la vuelva a la vida.
Una ola de intenso amor hizo asomar lágrimas a todos los ojos, mientras los pensamientos como olas de luz subieron hacia el Cristo Divino en demanda de vida para aquella dulce niña que tanto le había amado.
De pronto la pequeña María abrió los ojos y se incorporó en el diván con el rostro iluminado por una íntima felicidad.
—¡He visto al Señor, glorioso y feliz, y vosotros estáis llorando! Aún no voy a morirme –añadió mirando a todos–, porque dice que aún veré florecer otras veces los almendros de mi huerto.
“¡María! –le dijo–, tu padecer me hizo daño y enfermé por eso. ¡Si
quieres que yo viva, no padezcas más!
Y saltando del diván con una energía nueva, comenzó a dar abrazos a todos cuántos estaban allí presentes, mientras decía llena de dicha y de amor:
—¡Fui a Él y volví! ¡Qué hermoso y radiante está!
María se abrazó de la niña, riendo y llorando como presa de una crisis histérica.
—¡Házmelo ver, niña mía, y nunca más padeceré por su ausencia!
—¡Señora! –díjole Felipe para cortar aquella escena que a todos les hacía daño–. Sé que os llaman la griega porque es aquella la tierra de vuestro padre. Parecéis ignorar la vida eterna de la Psiquis Humana que en seres como el Profeta Nazareno, viven la vida gloriosa del amor y de la luz.
“¿Por qué pues llorar la divina felicidad de un ser tan amado y tan feliz?
María guardó silencio.
—Vamos –dijo de pronto Boanerges–, que aquí ya no tenemos nada
que hacer. Lo que el Maestro ha comenzado, Él lo terminará.
Othoniel se arriesgó a decir una palabra más.
—Mañana inauguramos el primer templo del Hijo de Dios en Galilea.
¿No bajaréis, señora, a nuestra celebración?
Antes que la Castellana contestara se le anticipó la pequeña María que estaba como ebria de felicidad:
—¡Sí! ¡Claro que si! Y cantaremos todos juntos:
“¡Oh, Pastor de Israel escucha!… ¡Tú que pastoreas tus ovejas, que estás entre querubines y resplandeces, déjanos ver tu rostro y seremos dichosos para siempre!
“¿Es verdad María que tú y yo cantaremos así?”
—Tú lo has dicho, niña mía, y tu boca es verdad y es inocencia. Cantaremos así… ¡Y Él vendrá a nosotros!…
Y aquella mujer se dejó caer extenuada sobre el diván como si hubiera hecho un gran esfuerzo para acceder a lo que la niña quería.
—He aquí que una débil criatura ha conseguido lo que no hemos podido nosotros todos juntos –dijo Hanani a media voz, y saliendo de la habitación seguido de los demás.
—¡Misterio es el alma de la mujer! –dijo Othoniel–. ¡Misterio es empeñarse en amar un imposible!… ¡Misterio el correr detrás de una estrella que nunca se alcanzará!…
Y Boanerges con su estro genial de inspirado trovador terminó la
frase de Othoniel:

¡Misterio es el alma humana
Que busca felicidad En esta tierra poblada De tristeza y nada más!

Y bajaron todos en silencio la vieja escalera de mármol pensando en la verdad que encerraba la melodiosa estrofa de Boanerges, el ex pastor, músico y trovador.
Las dos Marías quedaron solas en la alcoba mirándose a lo profundo de los ojos como interrogándose recíprocamente.
—“¿Por qué has venido?” –parecía preguntar la una.
—“Porque Él me mandó venir hacia ti” –contestaba la otra. ¡Era el
lenguaje del pensamiento claro, nítido, que no miente nunca!
La pequeña María se acercó a la Castellana que continuaba inmóvil y muda como una estatua. Le tomó ambas manos y le dijo:
—Al entrar a esta alcoba he comprendido todo cuanto padeces y que tú quieres seguir padeciendo sin que nadie te consuele.
—El padecer sin consuelo es el único consuelo de los grandes dolores irreparables –le contestó María–. ¡Déjame pues morir en esta alcoba solitaria que será mi tumba! ¡Sola en el mundo! ¿Para qué quiero yo la vida?
—Y yo, ¿no soy nadie para ti? –preguntó la tierna vocecita de la pequeña al mismo tiempo que estrechaba a María y refugiaba su cabecita de bucles oscuros en el pecho de aquella–.
“¡Déjame contigo! ¡Yo te quiero mucho! ¡Tanto, tanto como Él te quería!…
Ante estas palabras de la amorosa criatura, la estática inmóvil se conmovió toda y abrazándose de la niña como enloquecida, rompió a llorar quizá como nunca había llorado.
Cuando la tempestad se evaporó en aquel ambiente saturado de soledad y de tristeza, la Castellana habló:
—¡Está bien, niña mía!… Quédate conmigo todo el tiempo que quieras.
Y como una tierna madrecita que consuela a un niño que llora, la pequeña María se levantaba sobre la punta de los pies para besar las mejillas, los ojos, la frente de aquella mujer que tan querida era a su corazón sin que ella misma supiera por qué.
Para nosotros, lector amigo, que hemos logrado levantar una punta del velo que oculta los misterios del Eterno Invisible, no hay enigma ni misterio alguno en el intenso amor que unía a esas dos almas como dos gotas de agua en el fondo de una copa.
Y remontándonos a las edades remotas, perdidas en la noche de los tiempos, encontramos un verso grabado en oscuros jeroglíficos en un dolmen de piedra en lo que fue la Atlántida de Anfión y de Odina. Y traduciendo ese verso a la lengua hispana encontramos que decía:

“Un pastor y una zagala
De un beso de amor nacieron Y por las praderas fueron Buscando flores y nidos.
¡Silencio que están dormidos
Del sueño largo y pesado. Los que en vida se han amado Aún detrás de la muerte Permanecen siempre unidos!”

Venían amándose y siguiéndose desde largas edades, y en los distintos y múltiples aspectos y circunstancias que brinda la vida humana a las almas de eterno vivir. Amigos, hermanos, esposos, amantes, madre e hijo, en la larga cadena de la evolución humana… Y nuestra mente corriendo a lo largo de la senda eterna que ignoramos cuándo comenzó y cuándo ha de terminar, cuántas veces podríamos encontrar dos flores gemelas en un mismo jardín: ¡dos garzas iguales flotando en un mismo lago sereno! ¡Una pareja de tórtolos arrullándose en la rama de un árbol en que tejieron su nido!
Para quien ha logrado levantar una punta del velo sagrado que esconde al vulgo los secretos divinos, no hay misterio ni enigma en esas grandes alianzas de las almas que unidas se encontraron por leyes ineludibles en la noche de los tiempos.
Y ya en los orígenes de la Civilización Adámica los encontramos de nuevo en Joheván y Sophía, prófugos de Nohepastro el poderoso Rey Atlante que se creía como todos los soberanos autócratas, que tenía el derecho de mando sobre el alma de sus súbditos.
La Divina Ley se abre paso por encima de todas las autocracias, tiranías y despotismos que la soberbia humana y su inaudita inconsciencia extiende como férrea cadena alrededor de todas las sociedades humanas.
El Cristo del amor debió tender sus redes de luz sobre aquel grupo de sus amadores, porque Martha y Lázaro consintieron en dejar la niña en el Castillo de Mágdalo cuando ellos retornaron a Betania pocos días después.

12
LA GLORIA DE BETLEHEM

Con igual epígrafe desglosamos en el primer tomo de “Arpas Eternas”, el encanto divino de la ciudad cuna del Rey David al rememorar la entrada del Cristo al plano físico terrestre.
Las inteligencias celestiales deshojaron sobre ella rosas blancas de paz; “Paz a los hombres de buena voluntad” y hoy contemplamos a Betlehem cuando comienzan a brotar en ella los rosales de amor sembrados por Yhasua, el dulce Profeta Nazareno como fue llamado en la hora primera del Cristianismo.
Los cuatro amigos betlehemitas que escucharon el canto de los cielos y percibieron las visiones divinas de aquella noche de gloria alentaban aún con una vida cansada bajo el peso de los años.
Josías perdía la luz de sus ojos día por día, lo cual no alteraba sus sentimientos ni lograba apagar la antorcha de su fe en la grandeza divina que había visto.
Y con gran calma y serenidad decía a sus compañeros:
—Con mis ojos o sin ellos seguiré el camino del Mesías aunque sea a tientas. No es desgracia que se apaguen mis ojos después de haber visto la gloria del Hijo de Dios. –Y la Ley Divina, justa y piadosa siempre, trajo a su lado su nietecita Elhisabet de diez años de edad que por muerte prematura de sus padres había quedado sola en el mundo.
Y los ojos de la niña reemplazaron a los de Josías que fueron apagándose lentamente.
Alfeo, que a más de los años, soportaba el peso de un reuma que sin ser de carácter agudo le obstaculizaba mucho el andar, por lo cual estableció en su vieja casona de piedra un gran Cenáculo, mezcla de Sinagoga y de Templo para que los amantes de Yhasua pudieran congregarse a recordarle y meditar su enseñanza. Y los esenios del Santuario del Quarantana acudían allí todas las semanas a instruir y consolar a los discípulos del Cristo, habitantes de aquella región.
Elcana y Eleazar, que se mantenían más vigorosos y fuertes continuaban al frente del molino aquel, restaurado por voluntad de Yhasua con el tesoro encontrado en el ruinoso sepulcro de Raquel.
El amor del Maestro en aquella hora lejana le había presentado la visión de que el hambre y la miseria huirían de Betlehem restaurando el viejo molino paralizado años atrás por la inconsciente maldad humana. Y el amor del Hijo de Dios maravillosamente fecundo, continuaba espantando el hambre y la miseria de la población betlehemita mediante el viejo molino que pagaba buenos jornales y proporcionaba el blanco pan hasta en la humilde mesa de los pastores y leñadores.
Los hijos mayores de Eleazar eran los agentes comerciales que llevaban al molino los cereales de toda aquella comarca, extendiéndose así los beneficios que rendía con creces el vetusto edificio, mientras el hijo menor, Efraín, cuya infancia se deslizó al mismo tiempo que la de Yhasua, se ocupaba con decidida constancia de arrancar piedra a las áridas rocas del desierto de Judea, para construir viviendas a los pobladores de Betlehem cuya dolorosa pobreza anterior les había obligado a vivir en los establos de paja y ramas que se hacían para resguardar a las bestias de los vientos y de la nieve.
¡Qué noble desinterés florecía en la naciente hermandad cristiana como si aún flotara sobre ella el amoroso aliento del Profeta Nazareno! Nadie pensaba en atesorar sino en dar, en compartir, en derramar sobre todos el bien que cada uno tenía.
“Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo”, parecía resonar con vibraciones de clarines de oro en todos los corazones de quienes habían amado y escuchado al Maestro. Diríase que el cielo había bajado a la tierra en todos los parajes donde residía un puñado de discípulos de Yhasua.
¡Qué fuerza maravillosa tuvo el amor del Hijo de Dios en aquel siglo
I del Cristianismo naciente!
¿Cuánto tiempo duraría? ¿Cuánto tiempo tardaría la incomprensión humana en levantar de nuevo su cabeza de bestia ciega para pisotear aquellos jardines en flor y sepultarlos para siglos en la ciénaga envenenada de sus odios y venganzas?
En la silenciosa En-Gedí dormida al pie del Monte Quarantana se cernía también como perfume de lirios silvestres, el aliento suave y tierno del Verbo de Dios, que niño, adolescente y hombre visitó con amor aquella árida región de la Judea.
En el Santuario del Quarantana vivían los solitarios Esenios aumentados en número con dos hijos de Jacobo y Bartolomé, con algunos de los discípulos de Yohanán el Bautista, y con muchos de los seguidores de Yhasua que quisieron plasmar la enseñanza recogida del Maestro en la obra benéfica que realizaban los terapeutas Esenios.
El Gran Consejo de los Setenta Ancianos de Moab había decretado que los terapeutas fueran libres de formar su hogar con una única esposa elegida entre la misma hermandad. Con ésta medida se abría la puerta a todos aquellos que no eran aptos para la vida célibe, y se ensanchaba inmensamente el campo de acción de la Fraternidad, que fue eclipsándose lentamente como una esencia que se diluye en otra. De Esenia fue transformándose en Cristiana por la fuerza invencible de aquel nombre único: Cristo, Hijo de Dios.
Debido a esto, el Santuario del Quarantana se había poblado de numerosos moradores que luego de dos años de enseñanza y de prueba, salían al mundo exterior, elegían la compañera de su vida y formaban su hogar bajo la protección del Santuario en que se habían educado espiritualmente.
Se repetía así la obra educadora de los Kobdas de la prehistoria, que tuvieron la gloria de llevar su elevada cultura moral y social a tres Continentes.
Y en los Santuarios del Carmelo y del Tabor en Galilea, en el de Ebath en Samaria, en el del Monte Hermón en Siria, ocurrió de idéntica manera, y esto fue la razón única de la rapidez con que se extendió el Cristianismo como una marejada de óleo santo que fue invadiendo las poblaciones costaneras del Mediterráneo oriental primero, hasta llegar en pocos años a la orgullosa capital del mundo de entonces: Roma, conquistadora y materialista de los Césares.
Los primeros terapeutas de este nuevo orden salieron del Santuario del Quarantana, escuela de educación moral y social de toda la comarca betlehemita. Tal fue la gloria de Betlehem en la primera hora del Cristianismo.

13
EN EL LACIO

Volvemos a encontrarnos con amigos que dejaron hondamente grabado su recuerdo en nuestra mente.
En la pintoresca región del Lacio, a media milla de los muelles de Misenum se alzaba como un blanco palacio de alabastro entre exuberantes jardines, la Villa Astrea, heredada por el príncipe Judá de su padre adoptivo Quintus Arrius, el glorioso Duunviro vencedor de los piratas del Archipiélago Egeo.
En homenaje a su generoso protector, nada había querido cambiar Judá de cuanto encerraba en tesoros artísticos y bellezas naturales aquella espléndida posesión cuya proximidad a la Roma de los Césares aumentaba considerablemente su valor real.
Desde varios años atrás no había visitado su Villa, encomendada todo este tiempo a la fiel servidumbre heredada también de su ilustre padre adoptivo, si bien sus agentes comerciales le tuvieron al tanto de todo cuanto ocurría en ella. La dicha del Príncipe Judá hubiera sido completa si al penetrar en ella con Nebai y sus pequeños hijos, Clemente e Ithamar, hubiera podido llevar con él a Yhasua, su Rey Inmortal como él le llamaba.
Y al recorrer muy de mañana sus jardines, sus amplios atrios, sus peristilos adornados de plantas exóticas, los pilones o fuentes de aguas serenas y perfumadas con el deshojarse silencioso de jazmines y de camelias, el príncipe Judá sentía el hálito frío de una ausencia inexplicable al principio, pero clara y manifiesta después.
Él era israelita de raza, de religión y de gustos, y su Villa Astrea era puramente romana y en toda ella se respiraba junto a las exuberantes bellezas naturales, las costumbres, los gustos, los hábitos de la Roma pagana y materialista de la época. Estatuillas de dioses y de diosas de todas las jerarquías y de diversos tamaños, en las múltiples epopeyas de que los rodeaba la fanática admiración de sus devotos, llenaban salas, jardines, pórticos y galerías.
En los cinco años que vivió allí mismo al lado de su protector no sintió el choque profundo que experimentaba en esos momentos. Arrancado en aquella hora a las duras condiciones de la esclavitud en las galeras del César, encontró suavidad y belleza en todo cuanto puso a su disposición aquel noble y glorioso romano que lo llamó su hijo. Pero había pasado mucho tiempo respirando el aire nativo impregnado de la mística irradiación de su tierra de profetas.
Su religión austera del Eterno Invisible Único en el corazón del pueblo hebreo chocaba bruscamente con todo aquel complicado mundo de dioses, de genios y de musas.
Iba a llamar a los numerosos criados que le seguían a distancia esperando manifestaciones de agrado, por el esmero con que habían cuidado celosamente aquella joya arquitectónica, aquellos jardines de ensueño, aquel conjunto de arte y belleza…, iba a llamarles para que en un abrir y cerrar de ojos hicieran desaparecer todo aquello que hería sus sentimientos…
Y al volverse vio a Nebai que le seguía de cerca y que adivinando sus pensamientos, movía la cabeza negativamente mientras se acercaba hasta él.
—¿Qué quieres significar con ese oscilar de tu cabeza de derecha a izquierda? –Le preguntó Judá con esa expresión entristecida que nunca más se borró de su faz.
—¡Que no debes hacer eso que estás pensando! –le contestó ella.
—¡Y! ¿Qué sabes tú lo que yo pienso?
—Estás dolorido porque encuentras que todo esto choca con tus convicciones y tus modos de ver y de comprender las viejas y las nuevas ideas.
—¡Es cierto! ¿Y no te ocurre a ti lo mismo?
—¡No, Judá, no! Educada en mis primeros años por un padre macedonio y después en mi juventud por un sacerdote de Homero en Ribla, hay tal amplitud de miraje en mí misma, que comprendo muy de otra manera toda esta belleza que nos rodea.
“Yhasua mismo nuestro Rey Inmortal nos lo ha enseñado así.
“¿No recuerdas la lección que dio a María de Mágdalo cuando mandó abrir una fosa para enterrar las estatuas de sus jardines, los tapices de sus muros y las hermosas vestiduras de las danzas de sus canéforas griegas?
—Recuerdo, sí, el relato que nos hizo Boanerges, repetido cien veces, de aquel pensar y sentir de Yhasua. Pero nuestra Ley milenaria emanada de Moisés dice: “No adorarás figura alguna hecha por mano de hombre, ni de oro, ni de plata, ni de madera, ni aún de barro”.
—Y bien, Judá ¿no hay enorme distancia entre adorar una estatua o tenerla como un simple adorno o un recuerdo en tus jardines o en tus salones?
“Son ellas manifestaciones de la vida misma, y del talento o el genio de un hombre que quiso perpetuar en el mármol o en el metal el recuerdo de seres de la tierra o de los cielos que realizaron obras de admiración”.
“Tales fueron las palabras de Yhasua escritas por Boanerges en su “Álbum de recuerdos”, que algún día nos servirá a todos nosotros para escribir la verdadera enseñanza del Mesías a la humanidad.
“Lo esencial y profundo de la eterna idea suya es la adoración al Dios Único sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a nosotros mismos. ¿Acaso esas mudas estatuas nos impiden la adoración al Supremo Creador y el amor a nuestros semejantes?
—Tienes razón, Nebai. Tú estás más cerca que yo de la Idea divina del Cristo, Hijo de Dios vivo. Tú has comprendido a Yhasua mejor que yo. “Veo que me ha deslumbrado su grandeza y me ha encadenado su amor, hasta el punto de encerrarme en el círculo estrecho de mi religión
hebrea, cerrada a todos los vuelos de la inteligencia y de la razón…
—Piensa un momento, Judá, que en ese círculo estrecho estuvo encerrado el Sanhedrín judío cuando condenó a muerte al hombre más puro y más santo que ha pisado la tierra.
“Y no miremos a Yhasua como otro Rabino Judío que busca eternizar ideas inconcebibles a la inteligencia e inaceptables a la razón, cristalizando en dogmas de pretendido origen divino, burdas y simples ordenanzas de alcance puramente material.
“¿No repudió Yhasua la lapidación de los blasfemos y de las adúlteras?
¿No repudió la esclavitud con todas sus consecuencias, y humillantes condiciones? ¡Oh, Judá, mi querido Judá!… Es hora que dejes de ser un príncipe judío para convertirte en un valeroso heraldo de la enseñanza de Cristo”.
Este interesante diálogo entre los esposos, dichosos poseedores de la magnífica Villa Astrea, fue interrumpido por un criado vestido con la lujosa librea azul y amarilla de la antigua casa de Hur, tal como la usaron los lejanos antepasados del fallecido príncipe Ithamar de Hur.
—¡Señor!… –dijo el criado–. El Tribuno Lucio Marcelo Galión os pide
unos momentos de atención.
—¡Lucio Marcelo Galión! –dijo Judá como avivando sus recuerdos.
—Sí –dijo Nebai–. Aquel oficial tan joven que fue mandado a dirigir la
ejecución del Gólgota en aquel tremendo día, Judá, ¿no lo recuerdas?
—¡Ah sí!… El que huyó aterrado ante el horrendo crimen que había ordenado Pilatos… ¿Y a qué viene a avivar como una llama el recuerdo de la tragedia? ¿Viene solo?
—No, señor. Le acompaña un esclavo griego. Demuestra gran interés en hablar contigo, señor.
—¿Le esperamos aquí? –preguntó Judá a Nebai.
—En el despacho del Duunviro Arrius es más prudente, pues ignoramos si él es o no de los nuestros.
El criado salió a cumplir la orden.
Y los dos esposos volvieron sus callados pasos al interior de la casa. En el tablinum o despacho del dueño de casa encontraron al joven Tribuno, Lucio Marcelo, hijo del notable Senador Galión, antigua familia
patricia romana de rancio abolengo.
Un franco abrazo unió a los antiguos amigos.
—Supe de tu llegada porque entre tu antigua servidumbre está un tío
de mi esclavo de confianza –fueron las primeras palabras del visitante.
Nebai después de un breve saludo pidió permiso para retirarse y se perdió tras de un cortinado hacia el interior.
—¿Qué te trae por aquí, Marcelo? –le preguntó Judá.
—Lo que te ha traído a ti a las puertas de Roma –le contestó Galión.
—¿Y qué sabes tú de lo que yo haré en Roma?
—Lo deduzco de tu actitud aquella tarde fatal en que casi perdiste la vida.
Judá que estaba sentado ante la enorme mesa de su despacho, tomó un punzón como distraídamente y trazó unas líneas sobre un pergamino.
Marcelo se inclinó sobre la mesa y tomando otro punzón terminó el grabado comenzado por Judá: la perfecta figura de un pez apareció en el blanco fondo del pergamino.
Los dos se miraron a lo profundo de los ojos, y sin decir palabra, estaban comprendidos.
Una ola de emoción se extendió en el ambiente silencioso y casi místico.
—Estamos de acuerdo –dijo Marcelo cuando pudo hablar–. A ambos
nos encadenó aquella tarde la serena mirada del Profeta mártir.
—A mí –dijo Judá–, me había encadenado varios años atrás. Yo le conocí y le he seguido de cerca cuando él tenía veintiún años y yo veinticinco.
—¡Cómo! Y siendo tan amigos, compañeros de estudios, de armas, de academia, ¿no fuiste capaz de decirme nada? –preguntó casi con indignación Marcelo.
—Obedecí a la consigna ordenada por el Profeta mismo. Él amaba la libertad de ideas, de conciencia, de pensamiento, tanto como la luz del sol. Él decía:
“Por muchos caminos se puede llegar al Padre”.
“En todos los caminos se puede amarle y amar al prójimo como a nosotros mismos”.
“Yo no sabía si tú aceptarías una doctrina que echa por tierra el servilismo, la esclavitud, la explotación del hombre por el hombre, el antagonismo de razas, de clases, de religiones, etc.
—Una sola cosa quiero saber de ti, Arrius, amigo mío. ¿Es cierto que estabas muerto y el profeta te resucitó? ¿Es cierto que Él salió vivo y radiante del sepulcro? ¿Es cierto que se ha hecho ver de todos los que lo seguían de cerca?
—Los médicos me habían desahuciado como un caso perdido para la vida. Se esperaba de un momento a otro que el corazón dejara de latir. Y Él me volvió a la vida.
“En cuanto a la salida del sepulcro; es capítulo aparte, amigo mío, y aún no me creo capaz de explicarte el enigma en forma que tu inteligencia lo comprenda y tu razón lo acepte. Pero es verdad que muchos, incluso yo mismo, lo hemos visto como un cuerpo resplandeciente flotando en el aire, como un sol de amanecer con forma humana.
“Día llegará en que si tú lo quieres yo te ponga en contacto con los solitarios Esenios del Monte Hermón en el primer viaje que hagamos a aquellas tierras benditas que Él holló con sus pies.
—¡Espero ese día, Quintus Arrius! Mientras, pasemos a otra cosa. ¿Sabes que acaban de llevarse los diablos el alma negra de Tiberio César?
—¿Cuándo? ¿Cómo? Nada sabía. Hace dos días que llegué y no he salido de aquí.
—Ha muerto anoche en su palacio encantado de la isla de Capri. Pero eso no es lo peor que ha sucedido.
—Lo mejor querrás decir, pues la muerte del pobre César, loco y viejo, no es del todo una desgracia.
—¡Cierto, Arrius, cierto! Lo peor es que la astuta emperatriz se las arregló para que su nieto Calígula entrase a la cámara mortuoria donde estaban varios Senadores y entre ellos mi padre, y la astuta vieja aseguró que los últimos gruñidos de la agonía del viejo César decían que su nieto Calígula debía ser su sucesor. Y ya tenemos un loco beodo constituido Emperador de Roma, capital del mundo.
—¡Qué espanto! –exclamó Judá–, habiendo tantos hombres honorables que están sacrificándose por la patria en tierras lejanas, al frente de las legiones que van a conquistar el mundo.
“Esto significa Marcelo que ha terminado el período romano y que se
acerca el Reinado de Dios, anunciado por Yhasua”.
Como en ese instante entró un criado con una bandeja de pastas y vinos, Judá se levantó y llenando dos copas del rojo vino de Chipre y puestos ambos de pie, exclamó:
—¡Lucio Marcelo Galión! ¡Brindemos por el advenimiento del Reinado del Cristo sobre la faz de la tierra!
Cuando las copas quedaron vacías, habló de nuevo el visitante.
—Quiere decir que hemos celebrado el ascenso de un niño loco al trono de los Césares.
—Justamente –contestó Judá–, porque es el mejor indicio de que el imperio de los Césares se hundirá para siempre y dará lugar al resurgimiento de una era de paz, de justicia y de libertad.
—Los dioses te oigan, pero mi padre asegura que la más espantosa locura de crímenes y de sangre enlutará al mundo dentro de poco.
—¿Más aún que lo que el mundo ha presenciado en tiempo de Tiberio? Mira que toda mi vida se ha desarrollado bajo el grillete de Tiberio, y mi familia y yo hemos sufrido hasta el máximum su duro yugo.
—Es verdad, pero el Senado piensa que Calígula vale como diez Tiberios para la corrupción y el crimen. Roma será una orgía sangrienta. Ahora es mi familia y yo que comenzamos a padecer.
—¿Por qué? Cuéntame todo –dijo Judá, disponiéndose a escuchar.
—Tu larga estadía en Palestina te ha vuelto casi como un extranjero en Roma. Yo sólo estuve diez meses confinado por Druso en el fuerte de Minoa que es la cloaca de las fortalezas de las provincias romanas. Pero muerto él, mi castigo se levantó a medias.
—¿Por qué a medias? –preguntó Judá.
—Esto precisa explicación aparte. Antes de partir a la Judea estaba comprometido con Diana, hija del General Galo y de Paula, noble matrona romana de la antigua estirpe.
“En momentos que Tiberio concedía honores a Galo, la hija le pidió
mi traslado desde Minoa, y el Emperador cobró tal afecto a Diana que la pidió a su padre para tenerla en su mansión de la isla de Capri. Hasta llegó en su locura a mandarle construir una Villa a todo lujo como regalo de boda. Todo marchaba bien hasta que un adulón de Cayo Druso le dijo que yo había perdido el juicio, por la magia diabólica de un profeta galileo que Pilatos condenó a morir crucificado.
—¡Bárbaros…, salvajes!… –gritó Judá cerrando los puños.
—Cálmate –le interrumpió Marcelo–, que apenas he comenzado el
esbozo de mi tragedia.
“El viejo César tenía a mi novia como su mascota. Si recorría los jardines tomando sol, en el brazo de ella se apoyaba. Si quería escuchar algún poema satírico de sus bufones, o conocer algún nuevo vaticinio o profecías de sus milagreros astrólogos y adivinos, ella se los había de leer y explicar.
“Esto, como puedes figurarte despertó los más rabiosos celos de la emperatriz Julia que se puso como un basilisco llegando hasta planear la forma de deshacerse de Diana”.
—¡Y tú confinado al otro lado del mar!… –exclamó Judá comprendiendo lo grave de la situación en que estuvo su amigo.
—Ya verás. Si yo creyera aún en los dioses te diría que me fueron propicios, pero como hoy he cambiado fundamentalmente mi modo de pensar, digo, que el Dios Único del pueblo de Israel extrajo de mi destierro al Fuerte de Minoa, la joya preciosa de la Verdad, hasta el punto de que si yo no hubiera sido desterrado por Cayo Druso, no hubiera llegado a conocerla.
—¿Cómo fue o cómo te ocurrió tal maravilla? –preguntó de nuevo
Judá.
—Yo había recibido de mi padre el regalo de un esclavo griego el día que la asamblea de los Cónsules me nombró Tribuno Militar ante el Senado y el pueblo. Pero, ¡qué esclavo, Judá amigo mío, qué esclavo! Valía diez veces más que yo mismo. Era hijo de un magistrado del Areópago, que fue asesinado y sus hijos vendidos como esclavos. Tenía mi edad, y no sólo no fue para mí un esclavo, sino que fue un amigo, un hermano. Me ha salvado la vida en dos oportunidades, y finalmente me ha salvado de mi mismo, que hubiera cometido mil disparates cegado por el orgullo y por la ira al verme pisoteado y humillado por Druso el hijastro de Tiberio, entronizado en Roma como Príncipe Regente”.
—¿Acaso fuiste tú el asesino de Druso? –preguntó Judá.
—¡Hubiera querido serlo!… Fue un esclavo de Seyano para vengar la deshonra de la hija de su amo. Con ese asesinato el esclavo compró su libertad, pero Seyano pereció a manos de un favorito del César.
“Quintus Arrius, tú ignoras lo que ha sido Roma en estos últimos años. ¡Una cloaca de lodo y sangre!
—Pues te digo –replicó Judá–, que el asesinato de Druso partió en pedazos mi trabajo de diez años, para organizar mi país como nación libre con un Rey de nuestra raza y ese Rey hubiera sido el Profeta Galileo, Yhasua de Nazareth…
—¿El que tú y yo vimos morir ajusticiado sobre el Gólgota?
—¡El mismo! Seyano me conseguía el asentimiento del César para derrocar la dinastía de Herodes el usurpador idumeo y proclamar un Rey de la dinastía de David.
Un penoso silencio se estableció entre los dos amigos. Marcelo fue el primero en hablar.
—Creo que haremos mejor en no remover el lado trágico de este asunto que a ambos nos hace daño. Mi deseo era saber de tu boca ciertas cosas que parecen no ser de este mundo.
—Habla que te oigo, –respondió Judá abstraído de nuevo por el pensamiento doloroso y tenaz de lo que fue su ilusión de diez años, y la cruda realidad que la destrozó como voluta de humo que se lleva el viento.
—Aquella tarde fatal, tú estabas en absoluto consagrado a mantener a raya a los bárbaros jueces del Sanhedrín, y no me cansaré de lamentar que tú llevas en tus venas la sangre de esa raza maldita. Según la vieja costumbre de la soldadesca romana que lleva a cabo una ejecución, se reparten por suerte los haberes de los condenados a muerte. Y las tres túnicas fueron sorteadas. El Centurión Paulo de Sicilia, fue el favorecido con la vestidura del Profeta Galileo y diez días después desapareció de la escena, y detrás de él siete soldados de su Centuria.
—¿Y a dónde fueron? –interrogó Judá–. La deserción sin motivo justificado lleva en sí la pena de muerte.
—Diríase que la tierra los ha tragado –continuó Marcelo–. Mi esclavo griego, Demetrio de Corinto, encontró un compatriota cuando me acompañaba en mi destierro al desierto de Judea: Stéfanos de Falerea, el cual confesó a mi esclavo conocer el paradero de Paulo y sus compañeros y…, óyeme bien Arrius, óyeme bien, le dijo que sobre la túnica manchada de sangre del Profeta habían jurado los siete huir de las legiones romanas, asesinas de justos, y disfrazados de marineros se habían alistado en la tripulación de un buque de carga que zarpó de Gaza con rumbo a los países del Nilo.
—Y ¿qué fue de la túnica del Profeta?… –preguntó Judá.
—La poseen en sociedad, Stéfanos y mi esclavo Demetrio, pero no termina aquí la historia.
—Te oigo, continúa.
—No sé si te has apercibido de que a pesar de mi rigidez y dureza de militar tengo en lo profundo de mí ser una sensibilidad extrema y que en ocasiones me ha perjudicado en mi carrera.
—Es verdad, y en esa cualidad que nos es común, pienso que está cimentada la amistad que nos unió en nuestros días de estudiantes y nos sigue uniendo ahora. Continúa Marcelo que tu historia comienza a interesarme.
—No sé si fue curiosidad o una oculta fuerza que me hizo pedir a Demetrio la vestidura del Profeta. Debo confesar que el Centurión Paulo fue muy noble conmigo. Él comprendió aquel día el horror, la vergüenza y la cólera que me causaba que yo, un Tribuno romano, laureado por sus triunfos en la esgrima, hijo del Senador Galión, hubiera sido confinado a la más ruin Fortaleza provinciana y que debido a eso el Procurador Pilatos me hubiera designado para dirigir la bárbara ejecución de un inocente indefenso, entre dos bandoleros judíos. Y Paulo me libró de la infamia y cargó con ella. La deserción de él y sus compañeros, no sé por qué, la asocié al asco que debió tener el Centurión de cumplir la vergonzosa ejecución. Es lo cierto que cuando Demetrio me puso la vestidura sobre la mesa en que yo escribía, sentí renovarse la profunda impresión que los ojos del Profeta me causaron, cuando él se detuvo en lo alto de la colina y me miró con piedad y con lástima de que fuera yo tan bárbaro como para quitarle la vida. Así lo interpreté yo.
“Estrujé la túnica entre mis manos crispadas y sin saber cómo pronuncié estas palabras: “Por los dioses del Olimpo, también abandonaré las legiones romanas matadores de inocentes”. ¡Y ya estaba dicho!”.
“Mi esclavo que presenciaba esta escena me dijo:
“—¡Señor! La túnica del Profeta tiene magia de amor a la humanidad y quien la toca no puede matar jamás en su vida.
“Por eso han huido Paulo y sus compañeros. Yo me quedé anonadado durante un largo rato.
“Y hoy me dice Demetrio: –Señor, tu prometida está en grave peligro.
Peor que la muerte.
“—Ya sabes –añadió–, que la ignominia de la esclavitud nos hace solidarios y amigos, y una esclava de ella, corintia como yo, ha venido a decírmelo.
“No bien ha cerrado los ojos el César Tiberio, que el nuevo Emperador Calígula la codicia para él, y la Emperatriz, su abuela, lo secunda en sus planes. Esta noche la hará cenar en intimidad con él y tu sabes, señor, lo que son las cenas íntimas de los emperadores con una joven doncella…”
—¿Y tú estás tan tranquilo refiriéndome todo esto mientras tu novia está en peligro inminente? –preguntó Judá levantándose agitado y nervioso.
—La fuerza y la paz que irradia la vestidura del Profeta-Mártir me da esta calma que te asombra, Arrius, amigo mío.
—Está bien, será como dices, pero es necesario hacer algo para salvarla.
—Todo lo que se podía hacer está hecho –contestó Marcelo–. Lo único que me falta es tu cooperación, y sabiéndote un amigo del Profeta he venido hasta ti.
—¡Cuenta conmigo! ¿Qué es lo que quieres?
—Que me prestes tu velero, el más pequeño de los que tienes anclados en tus muelles, porque apenas cierre la noche estaré junto al acantilado de la isla maldita, donde la Emperatriz y su nieto loco fingen llorar al César muerto; y planean crímenes en la sombra.
—¡No irás solo! Yo te acompañaré –dijo resueltamente Judá.
—¡No, Arrius, no! Tú tienes una esposa y dos hijos pequeños, y no puedo consentir que expongas tu vida en esta empresa tan peligrosa.
“Préstame tu velero, con marineros de tu confianza y déjame sólo con mi esclavo Demetrio que él vale por diez”. –Y Marcelo se puso de pie–.
—En el muelle me espera Demetrio y es urgente salir de inmediato.
—Te daré un auxiliar que vale más que yo y aquí le tienes –díjole Judá señalando a Gimel su Escriba Gerente que revisaba la correspondencia recién llegada–. Fue un compañero de esclavitud en las galeras del César y sabe de remos y de naufragios. Ya ves pues si será un buen marinero.
—Amigo, acércate –dijo Judá al esclavo griego, cuya belleza física y distinguido porte indicaba bien claro que la misma desgracia que él sufriera años atrás había caído sobre aquel joven que no tendría más de veintitrés años de edad–. Siendo yo descendiente de nobles antepasados, Roma me hizo esclavo y desde entonces repudio la esclavitud como la mayor infamia que puede cometer un hombre contra otro hombre”. –Y así diciendo estrechó la mano a Demetrio–.
“¡Marcelo! –dijo con aire solemne y grave–. Si de verdad eres amigo del Profeta Nazareno, no está en ley que tengas esclavos a tu lado y menos a un joven como Demetrio.
—Mi padre tiene firmada la carta de manumisión. Yo he querido
dársela también y él la ha rechazado. Tendrá seguramente un motivo
–contestó Marcelo.
Judá miró a Demetrio como interrogándole.
—Príncipe Arrius…, perdona. Yo amo como todo hombre la libertad pero la quiero en un momento oportuno que pronto ha de llegar.
—Muy bien, amigo. Aquí tienes a Gimel, que secundará todo tu esfuerzo para la empresa que os lleva a la Isla Imperial.
Demetrio que había ya estudiado y formado su plan de salvamento sobre el terreno mismo, les explicó la forma en que lo harían y añadió al final:
—Pienso que el velero conviene dejarlo en una ensenada solitaria que he descubierto llegando a Arpino y donde tengo un compatriota amigo
que nos servirá de vigía. Llegaremos a la isla en un bote que fácilmente podemos ocultar entre las rocas del acantilado hasta el momento oportuno. He convivido con los pescadores de Capri desde que la señorita Diana habita la isla.
—Sí –afirmó Marcelo–. Yo le hice llegar por su madre Paula, la noticia de que Demetrio velaba por ella, al pie del acantilado hacia donde da el extremo de una avenida de pinos que arranca desde los jardines de la mansión imperial.
“Un billetito atado a una piedrecilla en el extremo de una cuerda sería el aviso a Demetrio cuando hubiera peligro.
“Aquí está. –Y Marcelo extendió el billetito de su novia ante Judá.
Decía así: “El momento ha llegado. La Emperatriz me hará concurrir a una cena íntima con Calígula en su pabellón privado la noche siguiente de terminar los funerales, y eso será pasado mañana. Yo estoy esperando tu señal”.
—Te anticipo, Arrius –añadió Marcelo–, que Diana está en vías de hacerse discípula del Profeta Nazareno porque Demetrio y Stéfanos la han conquistado, y eso en las barbas mismas del Emperador, en cuyo palacio entraron conduciendo las maletas de un astrólogo persa, que Tiberio había llamado para que le adivinara cuantos años tenía aún de vida.
—¡Oh, Yhasua, Yhasua! –exclamó Judá con infinita ternura–. Desde tu Reino Eterno sigues siendo el mago del amor. Ahí tenéis el velero pequeño y el bote que elijáis –añadió–. Y que el Dios del Profeta sea con vosotros.
Marcelo, Demetrio y Gimel saltaron a bordo y los marineros soltaron la amarra.
—Tened en cuenta que es cosa mía lo que estos amigos van a buscar –gritó Judá a los marineros que le despedían agitando alegremente sus gorros.
Judá quedó en el muelle mirando su velero “Fidelis” que se alejaba rápidamente cortando las olas serenas, y pensaba: “La fidelidad va con ellos en el nombre del velero y en la nobleza de ese esclavo griego con alma de héroe y de santo. ¡Yhasua, salvador de los oprimidos! ¡Sé con ellos Tú, que amaste la justicia y la honradez!”
Y lentamente volvió hacia la mansión señorial donde Nebai acababa de levantar a sus dos niños, que puestos de pie ante el altar hogareño repetían el salmo acostumbrado:
—“Guárdame, oh, Dios porque en ti he confiado.
“Escucha mi oración hecha por labios sin engaño.
“Sustenta mis pasos en tus caminos porque mis pies no resbalen. “Guárdame como a la niña de tus ojos, escóndeme con la sombra
de tus alas”.
Judá contempló enternecido el hermoso cuadro y uniendo su plegaria a la de su esposa y sus hijos, exclamó pensando en los que salían mar adentro para salvar de inminente peligro a una avecilla cautiva:
—Sálvalos o Jehová por tu misericordia infinita.
Judá y Nebai pasaron esa noche en vela ya paseando bajo las pérgolas florecidas, ya sentados en la glorieta de rosales que había próxima al muelle.
Nebai no conocía a la joven Diana prisionera de los caprichos de una anciana Emperatriz ambiciosa, y de un jovenzuelo epiléptico y vicioso que ella había nombrado Emperador como medio de ejercer ella misma el poder supremo. Pero siguiendo el lema sagrado del inolvidable Yhasua, Ungido de Dios, aquel “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, sentía en carne propia la angustia de la pobre joven que se veía en poder de tan indeseables guardianes.
—Si yo estuviera en su lugar –decía Nebai hablando con Judá–, desearía ansiosamente que hubiera corazones capaces de sacrificio para salvarme de la deshonra. ¡Yhasua, Yhasua!… ¡Sálvala por tu santo nombre, por tu heroica muerte y por tu gloriosa vida en tu Reino de Luz y de Amor!”
Y la dulce Nebai tan amada y tan amante de Yhasua rompió a llorar como si Diana fuera una hermana, una hija suya que se hallase en grave peligro.
Y era que la Telepatía había tendido sus hilos de plata entre la isla de Capri y la Villa Astrea a la orilla del mar. Era el mismo momento en que Diana la cautiva se deslizaba desde la avenida de pinos en lo alto del acantilado, por una cuerda que Demetrio el esclavo griego había atado al tronco del último pino, y el grácil cuerpo de la joven se balanceaba como un péndulo en el vacío hasta caer en una red que sus salvadores sostenían sobre el botecillo en que hacían el salvamento.
Al caer en la red, la joven se desmayó, ya por el mismo terror que había sufrido como por la intensa emoción de encontrarse con Marcelo, a quien no veía en más de un año que había transcurrido.
Demetrio se acercó a ella y poniéndole la mano en la frente le dijo en griego a media voz: “El Profeta Nazareno está contigo”.
La crisis nerviosa cesó de inmediato y una serena calma como un sueño muy suave continuó en la niña, mientras los marineros remaban desesperadamente alejándose de la isla rumbo al continente, cuya línea oscura se veía cercana a la opaca claridad de las estrellas. Marcelo se sentía preso de una conmoción terrible, pues en lo alto del acantilado que dejaban atrás, se veían arder varias antorchas que buscaban en la oscuridad.
Seguramente los centinelas que rondaban por las costas de la isla
debieron sospechar la fuga de alguien que estaba celosamente guardado. O acaso el Chambelán de la Emperatriz que era un espía profesional lo había descubierto antes.
Marcelo respiró cuando el botecillo alcanzó la oculta ensenada en que esperaba el “Fidelis” y todos se embarcaron en él. Entonces Demetrio dijo a Marcelo:
—Señor, que la señora vista esta túnica y oculte su cabellera en este gorro de pescador por si tienen la mala idea de seguirnos.
Era la túnica azul del Profeta Nazareno que Marcelo vio morir sobre el Gólgota y que veía en ese instante a la pálida luz de las estrellas cubriendo el cuerpo alto y grácil de la dulce mujer que iba a ser su esposa.
Su emoción fue tan intensa que cayó ante ella y se abrazó a sus rodillas pareciéndole que el Profeta mismo estaba ante él.
—¡Señor! ¡Perdón para tu verdugo!… ¡Los hombres del poder me pusieron ante ti para quitarte la vida, y tú vienes a mí para salvar mi prometida de la deshonra y de la muerte!
—¡Marcelo!… –exclamó la joven Diana–. ¿Qué estás diciendo que no
te comprendo?
Demetrio intervino.
—Es el final de la historia que te he referido, señora, del hombre único
que quiso morir por amor a todos los hombres.
La calma se estableció a bordo del velero Fidelis que ya casi al amanecer entraba en la ensenada del Lacio y echaba anclas junto a los muelles de la Villa Astrea.
Cuando Marcelo ayudaba a desembarcar a Diana, el gorro puntiagudo de los pescadores resbaló de su cabeza y su rubia cabellera le cayó sobre los hombros.
Cubierta con la túnica azul de Yhasua, la última que Él había vestido, para Judá y Nebai resultó un recuerdo demasiado vivo. Revivió para ellos el Yhasua de los veinte años, allá bajo un rosal blanco en un jardín de Antioquía cuando él los había unido en ese gran amor que perduraría para toda la vida y acaso más allá de la vida.
Nebai la recibió en sus brazos, profundamente conmovida. Judá no podía pronunciar una palabra y con sus ojos llenos de llanto contenido miraba aquella vestidura en la que aún se veían pequeñas manchas de sangre.
La voz de Demetrio les volvió a la realidad.
—¿Qué hacemos con el velero, que de habernos seguido puede ser reconocido?
—No temáis –dijo Judá–. Poned la vela mayor, el pabellón y el escudo del Duunviro Quintus Arrius y nadie supondrá que “Fidelis” ha protegido la fuga de la hija del General Galo que mandó decapitar a su padre.
—¡Cómo!… –exclamó aterrado Marcelo– ¿Y tú, hijo de Quintus Arrius
salvas a la hija de Galo?
—¡Si! Yo y con mucha satisfacción… ¿No está sobre todos nosotros el amor del Profeta Nazareno que borra los agravios, las ofensas y vence a la muerte?
Los marineros se apresuraron a realizar la transformación parcial del velero ordenada por Judá, mientras seguían todos en silencio a Nebai que conducía a Diana hacia el interior de la casa.
Y Judá entristecido profundamente se hacía a sí mismo esta reflexión: –Yhasua no entró en esta Villa del Lacio, pero entra su túnica azul, la última que cubrió su persona de hombre… La túnica salpicada con su sangre de mártir.
Y seguido de Marcelo, Demetrio, Gimel y Aquiles, Capitán del Fidelis, entraron al tablinum o despacho y Judá les dijo:
—Según la Ley Romana, yo represento aquí la autoridad civil del país y por tanto puedo legalizar una unión matrimonial como una orden de prisión o una sentencia de muerte.
“Tribuno Lucio Marcelo Galión, aquí en mis posesiones del Lacio y bajo el techo de mi Villa Astrea, quiero legalizar tu desposorio con Diana de Pozzuoli, hija del General Livio Galo y de Paula de Capua.
“¿Aceptas? Tú que como Tribuno Militar conoces las leyes romanas, sabes que es la única forma de poner a tu prometida fuera del alcance del Emperador”.
—Acepto –contestó Marcelo–, porque en efecto, hoy, es lo único que
aún ha sido respetado: el fuego sagrado del altar de Himeneo.
Y una hora después, el vasto y suntuoso tablinum de la Villa Astrea resplandecía de luces y de flores, y todos los moradores de la hermosa mansión señorial vestidos de gala llenaban sus ámbitos, en medio de un ambiente saturado de alegría, de amor, de fraternidad.
La multitud de esclavos, convertidos en servidores libres a salario, que eran marineros, o pescadores, o guardabosques, jardineros y pastores, llenaban aquel recinto en que todos se sentían al mismo nivel bajo la mano próvida y justiciera de un príncipe judío y a la vez Tribuno Romano, Judá hijo legítimo de Ithamar de Hur y adoptivo del Duunviro Quintus Arrius; Judá que había bebido del corazón del Profeta Nazareno el agua santa del amor fraterno que dice: “Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo”.
Nebai entró al final llevando de la mano a Diana cubierta con los blancos velos ordenados por la costumbre y coronada de mirtos y de rosas.
En el guardarropa de la mansión del celebrado Duunviro Quintus Arrius que había entregado a Roma los trofeos de cien victorias sobre los piratas del Mar Egeo, había lujosas vestiduras para los actos solemnes en la vida de un romano ilustre.
Y Judá había obsequiado espléndidos trajes de ceremonia a Marcelo, Demetrio, Gimel su Escriba y Aquiles, Capitán del Fidelis. Y cuando todo resplandecía como un cortejo real, Judá con honda emoción que quebraba su voz en un sollozo les dijo:
—Más que un príncipe judío y un Tribuno Romano, jefe de esta casa, soy un sacerdote del amor del Cristo Hijo de Dios, y vosotros me vais a permitir vestir la túnica azul de Yhasua de Nazareth para consagrar el desposorio del Tribuno Lucio Marcelo Galión con Diana de Pozzuoli.
Nebai dio las primeras palmadas de un aplauso que resonó jubilosamente bajo el artesonado de plata y ébano del Tablinum de la Villa Astrea.
Y el mago del recuerdo esbozó en todas las mentes y en el éter sereno de aquel ambiente empapado de amor, la dulce imagen de Yhasua tan fuertemente evocado, mientras dos hilos de lágrimas corrían por el hermoso rostro de Judá cuando uniendo las manos de Diana y Marcelo, decía:
“Tribuno Lucio Marcelo Galión: en nombre de la Justicia, de la Ley Romana y del Amor de Yhasua de Nazareth, Hijo de Dios Vivo, te entrego como esposa única para toda la vida a Diana de Pozzuoli; hija del General Livio Galo y de Paula de Capua”. Un hosanna jubiloso resonó como una clarinada.
Marcelo se abrazó de Judá y los sollozos de aquellos dos hombres jóvenes y fuertes conmovieron hondamente a toda aquella multitud.
Marcelo creía abrazar al mismo Profeta Mártir al cual vio por primera y última vez de pie sobre el Gólgota, cuando le quitaban aquella misma túnica para tenderle sobre la cruz.
Entre sollozos y con frases entrecortadas Nebai explicaba a Diana lo que significaba para ellos aquella túnica azul, que había vestido el día de su muerte el Hombre de Dios, que el esclavo Demetrio le había hecho amar sin conocerlo nada más que por las obras de amor realizadas por Él en todos los días de su vida y en todos los pueblos por donde había pasado.
Y mientras que en la Villa Astrea se celebraba el fausto acontecimiento, la Emperatriz Julia y su nieto Calígula presas de terrible cólera por haber sido burlados en sus delictuosos deseos, soltaban sus lebreles de caza en busca de la fugitiva.
El fuerte cordel tejido pacientemente por Demetrio al pie del acantilado que había medido y estudiado día por día, allí aparecía fuertemente atado al último pino, lo cual demostraba que por esa costa del mar huyó Diana de su cautiverio.
Se interrogó a los pescadores juzgando que ellos hubieran cooperado a la fuga por dinero; pero allí estaban todos los botes y todos sus dueños
recogiendo sus redes a la primera luz de la madrugada. Primeramente les ofrecieron azotes a todos cuantos pescaban en esa costa de la isla. Los infelices temblando de miedo juraban por todos los dioses del Imperio que nada habían visto ni sentido puesto que al caer la noche tendían sus redes y se retiraban a sus chozas situadas en la bahía sur de la isla, donde la costa bajaba al nivel del mar.
Después les ofrecieron dinero si delataban a los autores de la fuga de Diana. Por fin un grumete declaró que un esclavo griego que pescaba con anzuelo le había comprado muchas veces cáñamo a cambio de ricos manjares y frutas que una esclava le arrojaba desde la avenida de los pinos. Y que el cordel que aparecía pendiente sobre el mar fue tejido por él. Las esclavas del servicio inmediato de Diana fueron interrogadas y amenazadas.
Se vio que faltaba una de ellas, Rhode la griega. Ella debía ser la culpable y habría huido con Diana. Calígula quería desahogar su ira de leopardo burlado en las infelices esclavas, en los centinelas, en los pescadores y hasta en los flamencos y garzas de los jardines que no dieron graznidos de alarma cuando así se burlaba la suprema autoridad imperial.
Pero su augusta abuela que estaba muy a gusto con su servidumbre y que no gustaba oír gritos de dolor, le convenció de que no valía la joven doncella ni la más ligera de sus rabietas y que ya le traería ella la más hermosa princesa del mundo que le llevara en dote tanto oro como para hacerle un establo del precioso metal a su caballo Cincinato, al cual su primer acto de Emperador había sido darle el título de cónsul.
En la imperial residencia volvió de este modo la calma; pero Rhode la infeliz esclava que por amor a Demetrio protegió la fuga de Diana, se hallaba oculta en una estrecha gruta de la costa norte de la isla, a donde Demetrio le había aconsejado huir en caso de verse en peligro. Había acompañado a Diana hasta el momento de comenzar el descenso por el cordel, y con un pequeño fardo de ropa a la espalda y un saquillo de pan y frutas había huido a esconderse en el refugio a donde estaba segura que Demetrio la buscaría.
Y éste cuando vio que su amo estaba seguro y feliz, se le acercó al siguiente día y le dijo:
—Señor, he cumplido con mi deber velando por la honra de tu prometida que ahora es tu esposa. Tu esclavo tiene también un corazón dentro del pecho y ha dejado su amor en la isla de Capri. Si ella ha logrado escapar del castigo que seguramente habrán dado a toda la servidumbre, estará oculta en una gruta que yo he descubierto y le he señalado. Te pido tres días para ir en su busca y cuando haya vuelto con ella aceptaré la libertad que me tienes prometida.
Marcelo conmovido le tendió su mano y le dijo:
—Sí, amigo mío, tienes mi permiso y cuanto necesites para salvar a tu novia.
—Iré por tierra desde aquí hasta Arpino donde alquilaré un asno que me lleve hasta Nápoles.
—Y una vez allí, ¿qué harás? –preguntó Marcelo.
—Cualquier pescador me cruzará hasta la costa norte de la isla donde creo que encontraré a Rhode.
Marcelo le entregó un bolso con monedas y después de despedirse de Diana y demás compañeros de tragedia, quiso apretar a su pecho la túnica azul, en la cual había encontrado él la extraordinaria lucidez, serenidad y fuerza con que obraba en todo momento.
—A mi vuelta la recogeré –le había dicho al Príncipe Judá–. Por ahora
sois vosotros los dueños de mi tesoro.

14
JUNTO AL FUEGO DE NAZARETH

Con la misma velocidad con que va el pensamiento en un instante a enormes distancias, podemos ir nosotros, amigo lector, desde la riente costa de Italia hasta la orilla oriental del Mediterráneo a las tierras de larga historia donde cantó Salomón a Zulamita la pastora y amó a Saba, la heroína, Reina de Etiopía.
¡Oh!, el pensamiento, ala blanca ultra poderosa con que el Eterno Creador dotó a la divina Psiquis cautiva en la materia, el inestimable tesoro de la criatura humana que a veinte siglos de la iniciación de la Era Cristiana, aún no aprendió a utilizarlo en beneficio propio y de toda la humanidad.
Y en aquellas tierras que desde la hora de Moisés había sido escenario de sangrientas luchas fratricidas, y de incontables infamias y delitos, buscamos una dulce fontana de serenas aguas, un tranquilo huerto donde se arrullan las palomas y gorjean las alondras al amanecer.

“Nazareth de los mirlos azules, “De dulce trinar…
“De las tardes rosadas que inundan
“¡Las almas de paz!…

Estrofa cantada por un místico bardo del siglo II y que describe en breves frases llenas de suaves armonías, lo que era la tranquila ciudad nazarena designada por la Ley Divina para morada hogareña del Mesías anunciado por los profetas.
Allí continuaba residiendo Myriam, la madre heroica, la Mater Admirábilis cantada tan fervorosamente por sus amadores latinos. El soberano amor del Hijo excelso, había dejado sobre ella y alrededor de ella ese maravilloso resplandor de oro y luz que invisible e impalpable rodea y envuelve a las grandes almas que han atesorado en sí mismas por una larga evolución, cuanta belleza puede conquistar el espíritu humano en el transcurso de los siglos y de las edades.
Diríase que todos los grandes amores conquistados por el Hijo fueron como absorbidos por aquella dulce y silenciosa mujer, la de los ojos de avellanas mojados de rocío, la de las manos de tórtolas corriendo sobre el telar, la que llevaba en el alma tesoros inagotables de paz, de ternura, de abnegación sin límite ni medida…
Un medio siglo de vida había pasado sobre ella, y en el oriente a esa edad, la mujer de ordinario aparece agostada, marchita, con una pobre energía que apenas si le da fuerzas para soportar su propia vida.
Pero como encierra una gran verdad que el físico es un claro reflejo del alma que la anima, podría decirse que los años no se atrevieron a grabar en aquel cuerpo de santa, las duras señales de su paso por ella.
¿Quién no hubiera pensado que los enormes padecimientos sufridos destrozarían hasta aniquilarla, aquella endeble materia física en que realizaba Myriam esa etapa de su vida eterna?
Su infancia feliz y dichosa entre los rosales de Jericó, fue bien breve por cierto, pues en plena adolescencia vio deshecho el nido paterno por muerte prematura de Ana su madre, cuya endeble naturaleza hizo quizá un esfuerzo supremo para dar a este mundo otra vida a cambio de la suya que pronto debía extinguirse. Fue sin duda el primer dolor que sorprendió el alma de Myriam, niña todavía, que en los umbrales desconocidos de la vida, se vio de pronto sin aquella sombra dulce y fiel que viera siempre a su lado desde el despertar en la cuna.
La austera y taciturna personalidad de su padre no podía nunca llenar el vacío dejado en su horizonte por aquella estrella serena de la niñez, la madre dulce y buena que la había enseñado todo cuanto sabía con inaudita premura, como si su corazón maternal presintiera que pronto dejaría sola en la vida a aquella blanca flor exótica aparecida en su jardín, aquella silenciosa ave del paraíso que Jehová dejó bajar a su tejado…
Y también su anciano padre Joachin dejó vacío su lugar en el hogar, y ya eran dos las sepulturas que guardaba Myriam en una gruta de las verdeantes colinas de Jericó.
La desolada tristeza del nido deshecho pudo llenar de helado pesimismo al alma pura de la adolescente y romper de un golpe las cuerdas doradas de su cítara creadora de armonías y de salmos…, los místicos salmos de Myriam que entrelazaron su ritmo al rumor de las palmeras
y los rosales de Jericó. Del solitario nido deshecho, la avecilla huérfana voló a las austeras penumbras del claustro sagrado donde otras aves solitarias, las viudas de Israel, servían de amparo a su doliente orfandad.
Y cuando unas nupcias no buscadas sino inesperadamente encontradas cubrieron de azahares y rosas blancas su frente casta, la virgen de Jericó pulsaba su laúd de acentos jubilosos y su alma se transformaba en un himno cálido y tierno ante la belleza del nido nuevo que la vida brindaba a la ternura de su corazón.
La gloria de un hijo ciñó su frente con la aureola augusta de la maternidad y algo así como un desbordamiento de estrellas fue para Myriam su nido de Nazareth. Pero ella había venido para los grandes martirios del alma; y el dolor ese incansable hachador que va echando a tierra uno por uno los árboles de nuestro camino, tronchó también los que daban sombra y frescura a los pasos serenos y callados de Myriam sobre la tierra.
Primero, el místico y dulce Yhosuelín para quien su alma había tenido los más tiernos mimos de madre; luego Yhosep el gran compañero que adivinaba sus pensamientos y era hábil piloto para llevar su barquilla por suaves corrientes y por fin aquel hijo, su gloria, su luz y su amor…, su grande y único amor…
¡Oh, cielos!…, también ese joven árbol de su huerto solitario había sido tronchado cruelmente, inhumanamente, dejando su corazón deshecho…, su vida sin vida…, su pobre alma sin luz, sin calor, sin una mísera flor en su senda de guijarros y de espinas…, sin una sola estrella que diera luz al árido y hosco camino de su vida…
¡Ella había venido para los grandes martirios del alma!… ¡Para ver secarse todos los rincones de su huerto, secarse todas las fuentes y apagarse en sollozos todas las armonías del hogar, de la familia, de la vida!
¡Había venido para los grandes martirios del alma, y abrazada heroicamente a esa cruz interior!, tan pesada y cruel como aquella en que vio morir a su Hijo único, allí estaba en su vieja casa de Nazareth secando su llanto silencioso con los blancos velloncitos de lana que sus manos de tórtola seguían tejiendo para abrigar a los niños indigentes, que el dolor había dejado también como aves sin nido, deshechos y míseros tirados a lo largo de los caminos de la vida…
Y cuando la noche caía con su sombra y su misterio, Myriam guardaba su cestilla de lana mojada de lágrimas para dar a su alma herida el consuelo de recordar…

¡Oh, las perlas blancas del recuerdo!… “Místicas, suaves, calladas Rodando del corazón,
Ya como gotas de fuego
O ya como el dejo amargo
¡De una doliente oración!”

Y como una sombra se deslizaba por su vieja alcoba y sus manos palpaban la cunita de cerezo en que el niño descansaba de sus risueñas correrías tras de sus corderitos y de sus palomas…
La pequeña alcoba de Ana su hijastra, la más amada, que allá lejos a la orilla del mar, en la lejana Joppe vivía feliz al lado de Marcos su marido…
Más allá el viejo diván de Yhosuelín, con su libro de los Salmos, las
Escrituras Sagradas, el último manto que lo había cubierto…
El libro de cuentas y detalles del justo Yhosep, el viejo llavero de cobre cargado de llaves de las distintas dependencias de los talleres…
Y las silenciosas perlas del recuerdo seguían rodando del corazón doliente de Myriam que se sentaba por fin, extenuada, sobre su viejo diván de reposo, y apretándose el pecho con ambas manos murmuraba su oración de la tarde:
—¡Oh, Señor fortaleza mía! ¡Roca en que se apoyan mis manos, castillo en que se refugia mi soledad! ¡Escudo que me defiende en mi desamparo! ¡Atiende el clamor de mi alma sumida en angustias de muerte!
“¡Los dolores del sepulcro me rodean y torrentes de perversidad llenaron mi alma de espanto!
“¡En mi angustia suprema te invoco y te llamo, Dios de mis padres, de mi esposo, de mi hijo! ¡Oye mi voz que te clama desde la hondura de mi abismo y que mi clamor llegue a Ti, Señor, como el piar de esta avecilla tuya herida en los caminos largos y oscuros que ha recorrido!
“¡Señor, ten misericordia de mí y envuélveme en el manto sagrado de tu piedad y de tu amor!”
El tío Jaime y Dina le esperaban junto al hogar que ardía amorosamente, y la dulce Myriam, la madre heroica, la mujer del silencio, de la infinita paciencia y de la ternura inagotable tenía aún el valor de sonreír diciéndoles:
—¡Perdonadme si os hice esperar mucho para venir a compartir con vosotros el pan de cada día!
“Me es a veces tan duro y difícil arrancarme a los recuerdos que reviven con más vigor cada día, que olvido a menudo que me estáis esperando”.
Y el viejo nido deshecho luchaba por tomar de nuevo el aspecto de reconstruido, aunque las ramas que lo sostenían crujían resecas con el rodar silencioso de los recuerdos que pasaban y pasaban como una larga
caravana silenciosa en el anchuroso desierto donde en vano buscaban los ojos un oasis para descansar.
Un discreto llamado al portalón de entrada llamó la atención de los mustios comensales.
El tío Jaime salió para abrir y al poco rato volvió seguido de Juan, Felipe y Boanerges. Los tres se acercaron a Myriam y besaron su frente con filial devoción.
Ella al punto les hizo lugar alrededor de la mesa, mientras Dina añadía leche y miel a las fuentes y pan a la cestilla.
Como los visitantes no hablasen palabra, Myriam les interrogó:
—¿Traéis en el corazón una tristeza nueva?
—Acaba de morir mi madre –respondió Juan con su voz temblorosa
próxima al llanto.
—¡Cómo! ¡Estuvo tan contenta hace dos días aquí!… –exclamó Jaime
asombrado.
—Estaba hoy muy de mañana haciendo el pan, y cayó de pronto junto al hogar y no se levantó más.
—¡Feliz de ella! ¡Que ya no tendrá el tormento de los recuerdos porque ha llegado al Reino de Dios!… –dijo Myriam con admirable serenidad–. Así diréis vosotros cuando yo termine mi vida sobre la tierra”.
Esa noche comenzarían las preces funerarias que duraban siete o nueve días.
A la mañana siguiente la llevarían al sepulcro familiar y deseaban ser acompañados por los parientes y amigos.
Y Myriam la madre mártir, tuvo el valor de decir a Juan que lloraba silenciosamente:
—Llévame hoy contigo, Jhoanín, para orar junto al féretro de Salomé, y no te creas tan solo, hijo mío, porque aún te queda mi corazón para refugio de tu orfandad. –Y le abrió sus brazos llena de piadosa ternura.
Juan se arrodilló ante ella y ocultó su rubia cabeza en aquel seno materno que su Maestro le deparaba como supremo consuelo en la hora de su dolor.
Anochecía y una pequeña luna nueva esparcía su mortecina luz, cuando salió de la vieja casa de Yhosep el artesano, la pequeña caravana familiar del tío Jaime, Dina y los tres mensajeros, conduciendo a Myriam montada en un asnillo que Juan llevaba de la brida, a la oración funeraria de la que había partido al Reino de Dios. Y diez días después, Juan ocupaba en la casa de Nazareth la alcoba que había sido de Yhasua y Yhosuelín, sintiendo que su orfandad estaba acompañada siempre por suaves ternuras maternales y grandes compensaciones de orden espiritual.
Su Maestro le acogía en su hogar nazareno y le daba por madre, su propia madre.
Zebedeo no se sintió con valor de continuar su vida en el hogar de la orilla del Lago sin las abnegaciones y las solicitudes de su vieja compañera, y fue a refugiar sus últimos años en el Santuario del Monte Carmelo, donde era Servidor un hermano de Salomé, y en la Cabaña de las Abuelas al pie del célebre Monte, aún vivía la anciana Sabá, hermana suya con su hija viuda Bethsabé, y ambas ofrecerían solicitudes y cuidados a su quebrantada salud.
Hanani el tapicero de Tiberias se encargó de la vieja casa de Zebedeo y Salomé a las orillas del Mar de Galilea donde pronto se estableció un oratorio y refugio de huérfanos, ancianos y viudas que se encontrasen sin techo y sin pan.
La irradiación divina del Cristo del Amor y de la Esperanza continuaba esparciéndose por las márgenes del viejo Lago de Genesaret o Mar de Galilea donde cada mata de césped y cada rama de árbol debía conservar el irresistible influjo de aquellos pensamientos ultra poderosos que habían obrado allí mismo tan maravillosas transformaciones en las almas y en los cuerpos de las multitudes que le escucharon.

15
EN ÁFRICA DEL NORTE

Con las alas sutiles y ligeras de la imaginación, nos trasladamos, lector amigo, a la antiquísima Cirene o Cirenaica patria de Buya-Ben y de Faqui y de la dulce reina Selene, último retoño de la célebre Cleopatra y de la gloriosa dinastía de los ptolomeos que fue el eslabón final de la inmensa cadena de faraones del Nilo. Pero antes hagamos escala en Alejandría.
El Hack-Ben Faqui con Thirsa y sus dos hijitos Selene y Abu-Yhasua, la dulce abuela Noemí con su fiel Amra, desembarcaron en dicha ciudad una radiante mañana del tibio invierno africano, luego de una travesía de seis días desde el puerto de Gaza en Palestina.
Dos viejos amigos les esperaban amorosamente como a golondrinas hermanas que venían a colgar su nido en el norte africano: El Príncipe Melchor y Filón de Alejandría. Alejandría edificada sobre las ruinas de Neghadá de los Kobdas de la Prehistoria donde el recuerdo, ese mago rebelde al tiempo, diseñaba escenarios y siluetas, y hasta desgranaba como interminable collar de perlas, las dulcísimas vibraciones de un divino ruiseñor que bajo las palmeras y a la sombra de las Pirámides había prendido las melodías inefables de su alma hecha de piedad y de amor: ¡Yhasua de Nazareth, huésped de la ciudad de los obeliscos catorce años atrás!
Todo este mundo de radiantes y gloriosos recuerdos invadieron la
mente de Faqui al desembarcar en el puerto de Alejandría, y sentirse estrechado por los brazos del austero filósofo alejandrino y del Anciano Príncipe Melchor de Horeb.
Ninguno de los tres necesitó de palabras para vibrar al mismo tono y acariciar el mismo pensamiento.
¡Yhasua estaba en medio de los tres como un astro sereno llenándoles
de claridad, de paz y de infinito amor!
¿No había dicho Él: “Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”?
¡Oh! ¡Qué grande excelso es el Amor que así une las almas y enlaza los corazones por encima del tiempo y la distancia, por encima de las tristezas, de la muerte y del sepulcro!
El luminoso recuerdo de Yhasua resplandecía en el iris de los ojos cristalizados de llanto, en el brillo de lágrimas que corrían en silencio, en las miradas que se encontraban en el éter y que en mudo lenguaje expresaban la misma idea: “Desde su gloriosa inmortalidad está con nosotros”.
Juntamente con el Hack-Ben Faqui, llegaban también al África Norte, dos de los Doce íntimos del Divino Maestro: Zebeo y Matheo, que en las silenciosas noches del desierto, a la sombra de las palmeras del Oasis de Baharije, escribiría este último el relato de la vida apostólica del Profeta Nazareno; y Zebeo venía directamente a colaborar en la obra idealista que desarrollaban en conjunto Filón y el Príncipe Melchor.
Ambos habían oído de labios de su Maestro la grandeza que encerraban en sus muros silenciosos la Escuela de Filón en Alejandría y en el Lago Mariotis, y las que Melchor tenía en Tebas, en el Monte Sinaí y sobre la cima del Monte Hor donde el Maestro mismo lo había visitado juntamente con Gaspar de Srinagar y Abbas de Pasagarda sucesor de Baltasar.
Venían también aquellos dos humildes esclavos, Eliacín y Shipro, que el Príncipe Melchor dio a Yhasua como auxiliares en la reconstrucción de la noble familia del Príncipe Ithamar de Hur, padre de Judá.
Ya no eran esclavos, sino hombres libres, libertos como se les llamaba en aquel entonces porque tanto Melchor como Judá les habían otorgado la Carta de Manumisión que les devolvía todos los derechos que da la libertad en los países civilizados.
Querían continuar voluntariamente entre los servidores de la familia de Ithamar cuyo jefe era el Príncipe Judá, el cual les había dado una licencia de seis meses para visitar su tierra nativa, Sinah, perdida entre las montañas y el oasis del mismo nombre situada al pie de la meseta norte del desierto de Libia.
Terminado ese plazo debían volver a Jerusalén, pues Eliacín era el mayordomo del Palacio de Ithamar y Shipro el Notario, encargados
ambos de prestar auxilio y amparo en toda circunstancia a los discípulos del Profeta Nazareno, que por una causa u otra se vieran en una situación difícil.
Y como en resguardo y escudo de defensa ante el Sanhedrín judío, su propietario había mandado colocar en el frontispicio de dicho palacio estas frases latinas que era la lengua de Roma: “Nolo bellum sed pacen” que traducida al castellano dice: “No quiero guerra sino paz”. Y el nombre en grandes letras doradas sobre fondo de ébano: Quintus Arrius.
Y en el pórtico de entrada en una placa de cobre, estas otras: “Quisquis es hoc adis justa ac si trater meus, esset”, que traducidas dicen: “Ven acá quien quiera que seas lo mismo que si fueras hermano mío”. Y otra vez el nombre: Quintus Arrius.
Y los nobles ex esclavos se sabían con la fuerza necesaria para sostener en todo momento lo que esas inscripciones significaban en aquella gran casa encomendada a su custodia.
Hechas estas aclaraciones respecto de los cinco hombres que habían desembarcado en Alejandría, y de los cuales allí quedaban Matheo, Zebeo, Eliacín y Shipro; seguiremos pasados dos días al velero “Albatros”, de la flota marina administrada por nuestro viejo amigo Simónides.
El final de la ruta sería la ciudad puerto del país de Barca en cuya capital, Cirene, les esperaría el Cheig Buya-Ben con una lucida escolta de lanceros, tal como correspondía a su hijo el Hack-Ben Faqui, a quien la Reina Selene había ascendido a primer ministro de su gobierno.
Situada Cirene en la parte más elevada de aquella cabeza enorme de gigante que avanza sobre el mar, o sea muy próxima a lo que es hoy Derna uno de los mejores puertos de aquella región, goza de tan hermosos panoramas, que para nuestros viajeros acostumbrados a los pobres puertos de Palestina, aquello debía resultar de una magnificencia extraordinaria.
Entramos con el lector a la opulenta Alejandría de las palmeras y los obeliscos, de los Templos enormes llenos de silencio y de penumbras donde los austeros hierofantes se deslizan como sombras mudas, con pasos que no hacen ruido.
Zebeo y Matheo se inclinaban a explorar esos sitios de historia milenaria, de igual manera que las Escuelas de Filón, la una en el centro de la gran Capital y la otra entre las palmeras y los platanares del Lago Mariotis.
Saben ellos de cierto que no encontrarán bajo aquellas naves que han soportado el peso de muchos siglos, nada más grande, más bello y puro que la que bebieron del corazón del Divino Maestro; pero es verdad también que para los espíritus inclinados a la investigación, al descubrimiento de bellezas más y más grandiosas, que el Divino Conocimiento
puede aportar a su insaciable archivo es casi una necesidad el remover ruinas y escombros de un lejano pasado, para descubrir las borrosas huellas de la inteligencia humana abriéndose paso con inauditos esfuerzos hacia un futuro ignorado, para lo cual le sirve acaso de poderoso impulso el bagaje recogido entre las ruinas de un pasado remoto.
Dejémosles pues, buscar, observar, inquirir, averiguar, y cuando cada uno de los discípulos de Yhasua haya llenado hasta el borde su ánfora interna, les volveremos a encontrar.
El más humilde de los viajeros interesa a nuestro lector amigo y seguiremos sus pasos, antes que a los demás: Shipro, el ex esclavo, el que Yhasua de veinte años consoló en el desierto, en el valle de las Pirámides…, en una noche de luna que abrillantaba las arenas de las orillas del Nilo y hacía proyectar sobre ella la sombra oscura de las tiendas.
Vemos a Shipro, hombre ya de treinta y tres años que ha desembarcado en el puerto de Alejandría, y llevado su pequeño equipaje a la casa de Filón, vuelve al Albatros anclado allí por dos días para ayudar a desembarcar a la familia de su amo que es como su propia familia, y a su anciana madre, la Amra fiel que no ha querido aceptar su carta de manumisión y que solo pide servir a su señora hasta el último día de su vida.
Y en sillas de manos o literas descubiertas, alquiladas en el puerto, entre él y Faqui las llevaron a un alegre recorrido por los sitios más pintorescos de la ciudad de Ptolomeo.
Entre el laberinto de obeliscos, de monumentos, templos y jardines encuentran hermosos kioscos de venta de frutas deliciosas y delicados manjares propios de la región. Y en un ameno compañerismo como sólo en los viajes es posible encontrar, se sientan, en plena avenida de Alejandro Magno, ante las clásicas mesillas griegas rodantes a comer las incitantes viandas y frutas que les ofrece una mujer originaria de Tebas que, aparte de los mejores dátiles y las más llamativas pastas de huevos de avestruz entre dorado almíbar, tiene hermosos ejemplares de los grandes y perfumados lotos de Tebas, cuyas relucientes hojas sirven de abanico a las señoras excursionistas y dan sombra suave y fresca a lo más hermoso que los viajeros encontraron en la pintoresca tienda de la vendedora de Tebas.
Era su hija, jovencita de diecisiete años que cuando se acercaban clientes a la tienda de su madre, ejecutaba dulces melodías en su pequeña guzla de ébano y marfil para amenizar la comida de los que favorecían su pequeño comercio, mientras varios tordos de reluciente plumón negro con pecho de oro, la acompañaban desde su jaula con sus maravillosos gorjeos. (Es el ave que en los países occidentales se conoce por rey del bosque).
Aquella linda criatura cuya dulce fisonomía se confundía con el blanco mate de los lotos que casi la cubrían, era ciega, pero sus ojos de un castaño claro como sus cabellos aparecían limpios y brillantes, a pesar de no percibir nada del mundo que la rodeaba.
Noemí fue la primera en sentirse atraída hacia la dulce cieguita con quien de inmediato entabló conversación.
Supo que se llamaba Ninofre, que había quedado ciega por efecto de la caída a un precipicio, lo cual casi le costó la vida; su padre había muerto tres años hacía, y sola con su madre, la ayudaba con la atracción de su música a ganar para ambas el sustento diario. Vivían en el establo de un palacio en ruinas, en un suburbio de Alejandría, en el cual se cobijaban muchos que como ellas se sentían abandonadas a sus propias fuerzas.
El ingenio y el hábito de una vida mejor les habían dado fuerzas para transformar el establo de adobe y madera, en una limpia y confortable habitación en la cual nadie les había molestado en los tres años que llevaban de habitarlo.
Noemí, piadosa de corazón como la conoce el lector, quiso ver aquella pobre vivienda, y cuando llegó la hora de cerrar la tiendecilla del kiosco, la cieguita misma les sirvió de guía mientras su madre recogía los enseres y guardaba todo bajo llave.
Caminaron unos doscientos pasos por la avenida de Alejandro, hasta llegar a una gran balaustrada de mármol que cerraba los jardines de una mansión señorial. La cieguita palpó el grueso pilar esquinero y dobló por la callejuela que en él se abría, y al término de la cual estaba la imponente mole del palacio en ruinas, sobre la cual había innumerables leyendas de un pasado nebuloso y de trágicos recuerdos. Pero para los desamparados y huérfanos, todo eso es de segundo término, basta tener un techo que los cobije de la intemperie.
Faqui y Shipro seguían de buena voluntad a la piadosa Noemí, que recordando lo que el Hombre Santo hizo por ellas en la terrible hora de sus angustias, no podía ver el dolor de los demás sin que su corazón la forzara a remediarlos.
La madre de la cieguita cuyo nombre era Thames, no sabía como atender y obsequiar a las distinguidas damas que honraban con su presencia su mísera vivienda, en la cual el único lujo estaba en la limpieza y en las exuberantes plantas de lotos, de begonias y gardenias, que cual lacias colgaduras de esmeralda, embellecían todos los rincones. Y la linda cieguita, la dulce Ninofre, iba recogiendo a tientas las flores bien abiertas, los capullos prematuros para ofrecerlos a las visitantes, mientras Noemí abstraída en sí misma oraba sin palabras: “¡Señor, Dios de mis padres!… ¡Mesías ungido de Jehová!… ¡Haced que me sea concedida la dicha inefable de hacer felices a estas criaturas vuestras!…
Y se lo concedió la Bondad Divina, seguramente por intermedio del
Hombre del Amor, de la Esperanza y de la Paz: Yhasua de Nazareth.
Parecióle oír que en el fondo de su alma resonaba la dulce voz de Yhasua diciéndole una de sus habituales frases: “Espera y confía, que la hora de Dios llega para todo el que con fe la pide”.
Cuando las visitantes quisieron retirarse, Thames y Ninofre las acompañaron hasta el barco, sobre cuya cubierta los niñitos de Thirsa jugaban alegremente bajo la vigilancia de su aya.
Noemí obsequió a la madre y a la hija con un pequeño bolso de seda que contenía monedas de oro y plata como para sustentarlas un año, y les prometió en nombre de Dios que no las olvidaría nunca.
Y al caer de esa misma tarde, Eliacín y Shipro se despidieron de la familia que debía continuar viaje a Cirene, y se encaminaron como distraídamente hacia extramuros de la populosa capital. Las amarillentas arenas del valle de las Pirámides comenzaban al pie mismo de las imponentes murallas.
Y en el alma buena y sencilla de aquellos dos hombres comenzó a levantarse como una bruma lejana el recuerdo de otros días, de otro tiempo…, de catorce años atrás cuando un doncel rubio de claros ojos, de túnica blanca y manto azulado, les prendía el alma de su adorable persona hasta el punto de no poder explicarse ellos mismos la irresistible fascinación. Y en silencio seguían caminando. La noche descendía sobre las tibias arenas del Nilo, murmuraba canciones como un suave romperse de cristales cuando los remos de algún botelero castigaban sus aguas, la claridad de la luna diseñaba en sombras sus dos siluetas sobre la arena, y ellos no detenían la lenta marcha silenciosa.
—¡Era aquí! –dijeron los dos al mismo tiempo.
—¡Sí, era aquí! –añadió Shipro, con la voz temblorosa por la intensa
emoción que lo sacudía fuertemente.
Y sin poderse contener cayó de rodillas y doblando su esbelto cuerpo, hundió su frente en la arena.
Un profundo sollozar agitaba dolorosamente aquel cuerpo doblado sobre la arena, mientras Eliacín le miraba con sus ojos húmedos de llanto que no dejaba correr.
Él no conocía ni nunca supo la escena aquella de Yhasua y Shipro que lloraba abrazado al cuello de su camello, pero comprendía muy bien que la emoción de su sobrino tenía por única causa el recuerdo imborrable del Profeta Nazareno que años atrás y en una noche como esa había abierto la tienda del Príncipe Melchor donde Él se cobijaría; que sobre ese mudo mar de amarillenta arena, había Él paseado silenciosamente en una noche de insomnio, dejando flotar sus pensamientos como alas de luz que subían y bajaban desde las tibias arenas a la azul inmensidad infinita.
De pronto vio a Shipro levantarse y mirar con azoramiento hacia atrás, tal como si hubiera sentido que una invisible mano lo alzaba del suelo…
—¡Qué alucinación la mía! –exclamó–. ¡Creí que el mismo Príncipe
de David, me mandaba levantar!…
—¡Cuán lejos está de nosotros! –dijo Eliacín–. Y tú, siempre niño sentimental, te das a alimentar ilusiones que nunca pueden llegar a la realidad. Ya has pasado de las tres decenas de años y debes pensar seriamente en el porvenir.
“Tu madre no vivirá siempre, ni tampoco yo, y cuando no tenemos ya la atadura de seda de unos amos. ¿Qué harás de tu vida solitaria en adelante?
—¿Acaso no estamos destinados a cuidar y conservar el palacio de
Ithamar en Jerusalén? Allí es nuestra casa –respondió Shipro.
Hubo un silencio de meditación en que ambos interlocutores huían de mirarse el uno al otro. Un mismo pensamiento se les había clavado en la mente, pero ninguno tenía el valor de expresarlo con palabras.
Era el recuerdo y la imagen de la dulce cieguita del kiosco de Alejandría tocando la guzla y de su madre Thames que la contemplaba con tristeza y con amor. ¿Por qué les venía como un rayo de luz aquel pensamiento?
¿Quién diseñó en esos momentos en su horizonte mental aquellas dulces y a la vez austeras imágenes?
Y Shipro, de gran imaginación y de viva sensibilidad, seguía recordando escenas emotivas y tiernas en que el Príncipe de David, como él llamaba a Yhasua, había actuado como un arcángel de amor y de luz reuniendo corazones y vidas… Allá en Antioquía donde vio celebrar en el suntuoso comedor de un palacio de Epífanes convertido en la hospedería “Buena Esperanza”, los esponsales del Príncipe Judá con Nebai; del Hack-Ben Faqui con la amita Thirsa. Saliendo de pronto de su meditación silenciosa y como si hablara embelesado con alguien que sólo él veía, clamó con una voz que lloraba:
—¡También para mí tienes, señor, rosas y mirtos de Antioquía!…,
¡también has encontrado un amor para mí!…
—¿Qué estás diciendo, Shipro, y con quién hablas si no es conmigo?
—¡Yo solo me entiendo, tío Eliacín! ¡Acabo de pensar en que debo pedir a Thames la mano de su hija Ninofre para compañera mía!
—¡Pero, hijo mío…, esa pobre cieguita!…
—¿Y qué hay? ¡Desde que Él subió a los cielos yo estoy llorando mi soledad y no encontré nunca nada que pudiera suavizarla hasta este momento en que parece que este lugar, estas arenas mudas, este rumor del río, la sombra de las pirámides, hubiera traído de nuevo aquí mismo al Príncipe de David que contesta a mis amargas quejas con la
imagen de la dulce niña ciega, sola y desamparada en la vida! ¿No estás de acuerdo, tío Eliacín?
—¡Shipro… Shipro!…, la vida es larga y es dura para vivirla en soledad. Si ese es el único camino que has encontrado para defenderte de la soledad…, échate a andar por él, y que Dios sea contigo.
Ya adivinará el lector, la feliz terminación de este romance iniciado en la soledad de una noche en el desierto del valle de las Pirámides, entre las arenas silenciosas plateadas por la luna y la nostalgia de amor de un joven, que fue un doliente esclavo y que en la plenitud de su vida pedía a los cielos un mendrugo de dicha y de amor para su vida humillada y solitaria.
Las bodas de Shipro con la dulce cieguita Ninofre las bendijo el anciano Príncipe Melchor, en el gran recinto de oración que Filón había instalado en su propia morada, anexa al Museo y Biblioteca de Alejandría. Y cumplido el plazo concedido por el Príncipe Judá, tío y sobrino con su esposa y Thames su madre, regresaron a Jerusalén donde la frase aquella grabada en bronce por el Príncipe Judá en el pórtico de su palacio, adquiría resplandores de claridad divina: “Ven acá, quien quiera que seas, lo mismo que si fueras un hermano mío”.
¿Quién sino el divino amor de Yhasua, podía decir esas frases al oído de aquellas dos mujeres abandonadas a sus propias fuerzas?
Las palabras del Hijo de Dios dirigidas a una doliente muchedumbre desde una colina galilea se cumplían una vez más. “Si amáis a vuestro Padre Celestial y camináis por su Ley, de los guijarros del camino sacará el pan si faltase en vuestra mesa”.
Sigamos a Hack-Ben Faqui dos días más tarde hasta Cirene donde según ya dijimos le esperaría el Cheig Buya-Ben, su padre, y una escolta de Lanceros, de aquellos mismos que un año antes estuvieron en Palestina para subir al Trono de David y Salomón al Profeta Nazareno que quiso ir a la muerte para sellar con su sangre la doctrina del amor fraterno que había predicado con su verbo de fuego y con sus obras maravillosas.
La capital del país de Barca o Cirenaica era en aquel tiempo una ciudad pequeña y pobre en monumentos comparada con Alejandría, que los viajeros acababan de visitar; pero la exuberancia de la vegetación que corona sus montañas y dan sombra suave a sus honduras y valles, suple en gran parte la escasez de monumentos grandiosos, obra del hombre. Las casitas blancas escalonadas en montañas y colinas hasta perderse de vista a lo lejos daban risueño aspecto a Cirene, que por entonces era la ciudad-puerto de la brava raza tuareg y la puerta, digámoslo así, por donde esa nación perdida entre las arenas del gran desierto de Sahara se comunica con el mundo exterior.
Todo su poderío estaba concentrado en el Desierto. Más allá de la
meseta de Cirenaica nadie sabía lo que había entre el impenetrable laberinto de rocas gigantescas que se levantan entre las ondulantes dunas como ciclópeos monumentos que una raza de gigantes hubiera levantado al solo capricho de su voluntad y por arte de magia. Ya eran promontorios negros cortados a pico como si fueran recortes de un misterioso templo abandonado o de fortalezas erigidas en la noche de los tiempos, y que cataclismos desconocidos por la historia los hubiera resquebrajado sin conseguir destruirles por completo.
Para los que contemplamos estos panoramas desde otro punto de vista y con otros lentes, la imaginación nos lleva de inmediato a las lejanas edades prehistóricas, cuando el continente africano aún no había emergido por completo del seno de mares ilimitados, en cuyas profundidades se gestaron aquellas moles gigantescas que miles de años después formarían el anchuroso e impenetrable Sahara donde se refugiaron los sobrevivientes de la destrucción de Cartago.
En estas ásperas regiones de arenales interminables y de ciclópeos peñascales, pretendía el Hack-Ben Faqui sembrar los místicos rosales de amor de Yhasua a quien él llamaba lirio de Jericó.
¿Qué maravillosos prodigios debería realizar el amor de los que quisieron empujar el arado para abrir los primeros surcos?
¿Con qué contaba Faqui para realizar esa obra estupenda?
Soñaba sin duda con que la Hija del Sol, la mujer blanca y rubia de vestido azul aparecida sobre el peñón de Corta Agua en edades que el tiempo había borrado de la memoria de los hombres, volvería sin duda a su llamado para plasmar en las arenas y en los peñascos de esa tierra el sueño genial del Profeta Nazareno: “el amor fraterno que hará la dicha de la humanidad”.
Y la mujer de túnica azul, Solania la Matriarca de Corta Agua se acercó a Faqui, instrumento de la Eterna Ley de esa hora para la iluminación del Continente Africano. Y los místicos rosales del Cristo fueron sembrados y cultivados hasta su florescencia maravillosa, entre las arenas interminables y los monstruosos peñascos que formaban aquel impenetrable laberinto de rocas.
Apenas llegado el Hack-Ben Faqui a su tierra natal, contemplando desde la terraza de su casa-fortaleza la vasta extensión del desierto que se extendía al pie de la meseta roqueña en que se asienta Cirene, en un suave y dulce anochecer, se sintió como transportado fuera de su cuerpo a un sereno ambiente que trascendía a cielos de amor y de claridad deslumbrantes.
Le pareció que soñaba y que su sueño estaba iluminado por dos presencias ultra-estelares, supra-terrenas: Yhasua de Nazareth y Solania… la Hija del Sol, como los Tuaregs la llamaban, y ambos en el desierto y
los peñascos, y ante sí veía un arado negro de hierro y un voluminoso saco de semillas prontas para la siembra.
Cuando salió de su meditación, ¡quién sabe cuánto tiempo había pasado!, la luna estaba en el cenit y su luz diseñaba claramente la amarillenta sabana del desierto sin fin, salpicada de puntos negros como fantasmas tétricos con el capuchón calado.
Eran los peñascales monstruosos que en las futuras edades servirían de refugios y fortalezas donde los primeros ermitaños de Cristo se esconderían de los lobos voraces que despedazando cuerpos y segando vidas, creían matar la idea divina de Cristo: la igualdad, la fraternidad, el amor sobre todas las cosas de la tierra.
Algo más encontró Faqui al despertarse de su sueño: a su hijita Selene que le seguía a todas partes y que no quiso dormir sin dar a su padre el beso de la noche. Y habiéndole encontrado tendido a medias en un canapé en el kiosco de la terraza, se tendió a sus pies y se quedó dormida.
—He aquí la primera conquista –dijo Faqui a media voz, al ver a la
niña.
Y ella sin despertarse le contestó: “–Sí, la primera que abrirá la puerta de un Templo cristiano y formará discípulos capaces de morir por la fe de Cristo”.
Faqui se arrodilló ante el canapé y le tomó las manitas que estaban muy frías.
—¡Selene! –le dijo muy bajito, casi en un susurro– ¿Quién te hace
hablar así?
—Esos dos que viste en tus sueños. ¿Tú que sentiste sobre tu espalda el peso de la cruz de Cristo, no tendrás la fuerza para soportar la carga del sembrador entre las arenas y los peñascos?
El príncipe africano abrazó llorando a su hija, mientras le decía suavemente al oído:
—Sí, Selene, tendré fuerzas…, mucha fuerza porque tú, ángel mío, irás guiando mi arado.
La niña se despertó y ambos bajaron al primer piso, donde estaban las alcobas. Después de dejar a Selene en su lecho, Faqui continuó su paseo solitario por la galería, cuyos arcos bajos y gruesos pilares cortaban con anchas franjas de sombra el pavimento de blancas losas. No podía apartar de su mente la visión de su sueño. Y el sueño había huido de sus ojos y viendo luz en el pabellón que ocupaba su padre, se dirigió hacia allá.
Le encontró sentado ante la enorme mesa de su despacho en la que tenía extendidos algunos mapas, en los cuales hacía señales con un punzón.
—Vienes a punto, hijo, para darme luz, tú que vienes de ver al que
trajo la luz a este mundo –le dijo Buya-Ben.
—¿Qué pasa? –preguntó Faqui, inclinándose sobre los mapas que su
padre revisaba.
—Tengo aviso que una caravana de Nubios de la tercera Catarata avanza sobre el desierto, después de una sangrienta riña entre varias tribus que se disputan la supremacía de esa región.
“La tribu vencida es la que avanza hacia nosotros. Son de Dongola y traen un buen contingente de lanceros y abundante rebaño, por lo cual es de suponer que pensarán acampar junto al Oasis de Kufra, pues que no hay otro lugar de agua para beber.
Faqui miraba y callaba.
—¿Nada dices tú? –le preguntó su padre viendo que el silencio se
prolongaba.
—Pienso –dijo Faqui–, en que para llegar al Oasis de Kufra, deben
pasar por nuestra zona de unión en el desierto de Sahara. ¿No es así?
—Justamente.
—Y piensas mandar un escuadrón de nuestros lanceros para que les impidan la entrada.
—No un escuadrón, diez escuadrones y otros tantos de arqueros
–respondió enérgicamente Buya-Ben, levantándose nervioso ante la
pasividad de su hijo que parecía no dar mayor importancia al asunto.
—¡Padre!… ¿Irás tú al mando de ellos?
—Si tú no quieres ir, iré yo. Sabes que la nación Tuareg ha confiado a nosotros la vigilancia de la entrada al Desierto, que es la única patria que nos ha quedado y el Oasis de Kufra es la segunda puerta de entrada. La primera, Audjila, está bien guardada, pero la de Kufra está casi desguarnecida, pues estando tan adentro, no se esperaba invasión de los vecinos. Es urgente proceder.
—Iré yo al mando de las tropas –dijo sencillamente Faqui–. ¿Cuándo
hay que salir?
—Mañana al salir el sol.
—Estaré listo. Creo que puedes descansar en mí. No quedarás descontento.
—Gracias, hijo. Nuestros jefes confían más en ti que eres joven, que en mí que ya me blanquea la cabeza. Y ellos esperan que tú irás al frente. Todo está preparado para el amanecer.
—Bien, padre. Hasta la vuelta.
—No, hijo; hasta luego, porque yo les despediré en los cuarteles.
—Hasta luego, padre –respondió Faqui saliendo de la habitación.
—Creí que su corazón se había vuelto de miel con el acercamiento al Príncipe de David –murmuró–. ¡Yhasua, Yhasua!… ¡Los lobos te devoraron porque eras un vaso de miel!… ¡Los lobos precisan la flecha, el hacha y la lanza, porque si sangre quieren beberán la suya propia!…
¡Arcángel de Amanai!… ¡Hija del sol, invencible como las rocas de nuestro desierto!… ¡Sea con mi hijo para exterminar a todos los lobos de la faz de la tierra!”
Y exhalando un gran suspiro Buya-Ben apagó los cirios de su despacho y pasó a su alcoba de reposo.
Faqui penetró en la suya y sin desvestirse se tiró en su diván.
Sentía la suave respiración de Thirsa y de sus hijitos dormidos. Ellos ignoraban que a la madrugada siguiente él saldría rumbo al desierto a marchas forzadas, al frente de veinte escuadrones de arqueros y lanceros a enfrentarse con otros tantos guerreros, que sin pedir licencia de pasaje pretendían penetrar en sus dominios de arenales y de peñascos. Eso solo habían dejado a los Tuaregs los invasores de la civilizada Europa, y hasta eso les disputaban hombres de su propio continente. Pero este pensamiento, no alteró la tranquilidad de Faqui.
Pensó en el sueño que había tenido esa misma noche y le pareció que aquel negro arado de hierro y aquel gran saco de simiente era un presagio del trabajo que debía realizar dentro de pocos días.
De Cirene al Oasis de Audjila, tenía cinco días de marcha y de allí a Kufra, siete días más. Dentro de doce días estaría frente a las tribus dongolesas que expulsadas de su tierra nativa, en las cataratas del Nilo, pretendían establecer sus tiendas en los dominios Tuaregs.
Y no obstante la tenacidad dura de estos pensamientos, Faqui se quedó dormido.
Y la visión de la primera hora de esa noche volvió a presentársele, aunque con detalles diferentes; vio de nuevo a Yhasua de Nazareth tal como le vio a la orilla del Mar de Galilea cuando se despidió de todos para entregarse al seno del Infinito, al Reino de Dios.
Estaba de pie con la mano luminosa puesta sobre el negro arado de hierro, mientras la mujer blanca y rubia del vestido azul tenía en su diestra una antorcha de dorada luz y ambos en actitud de emprender la marcha.
Y Faqui comprendió que le decían: –“Vamos contigo”.
Se despertó y de un salto se puso en pie porque la gran claridad le anunciaba ya muy entrado el día. Pero era sólo el reflejo de su sueño…, el resplandor dejado en el subconsciente por la antorcha de Solania, pues aún la noche luchaba con los primeros albores de la madrugada.
Apresuradamente vistió su ropa de campaña y mirando un momento a los suyos que dormían, salió sin hacer ruido hacia los cuarteles. En el trayecto encontró a su padre que con sus dos más fieles asistentes, caminaba también hacia los cuarteles.
Los guerreros en alegres corrillos, comían apresuradamente junto a las hogueras y Faqui compartió con ellos el sustancioso desayuno: carneros
asados y huevos de avestruz cocidos al rescoldo, con buen vino de Creta que el viejo Buya-Ben reservaba para estas ocasiones culminantes, en que según él se jugaba la vida de la nación y de la patria.
Y comenzó la partida de dromedarios y camellos cargados con pan y carnes saladas, quesos y frutas secas lo bastante hasta llegar a Audjila y Taiserbo únicos sitios en que podían renovar la provisión.
Faqui, los asistentes y oficiales hacían las travesías en caballos de Arabia, pequeños, veloces y resistentes, y el resto de la tropa en mulas, asnos y camellos, según el rol que desempeñaban en la campaña.
—¡Hijo mío! –le dijo Buya-Ben a Faqui al abrazarle en el gran portalón de la Fortaleza–. No sé si te mando a la muerte o a la vida, pero sé de cierto que te mando a la gloria. A tu ingenio están confiadas las puertas de nuestra patria: el desierto. ¡Si sabes guardarlas, Amanai, la Reina y la Nación te cubrirán de gloria!
“¡Que Amanai sea contigo!”
Faqui sin hablar, besó la frente de su padre y saltó sobre su caballo, que salió a carrera tendida por el camino del sur.
Muchos siglos antes, la Maga de los cielos, la Luz Divina, había recogido esa misma visión, pero arrancando desde las murallas que rodeaban el Santuario de Mujeres Kobdas en Neghadá sobre el Delta del Nilo. Muchos siglos separaban esos dos escenarios pero el personaje central era el mismo: Marván, caudillo de Artinón y Faqui de Cirene.
¡Oh! la divina Psiquis, eterna viviente, ante quien resbalan los siglos como bolillas de cristal que dejan en ella apenas un leve rastro, tal como las arenas del desierto en la Esfinge de Gizeh.
Cuando calculó Faqui que ya no se percibían los torreones de la fortaleza donde quedaba su nido hogareño, detuvo la marcha de su caballo y se apeó para tomar un breve descanso. Los dos asistentes de su padre le doblaban la edad y comprendían el esfuerzo de aquel joven muchacho para dejar cuanto de halagüeño tenía en su vida y lanzarse a una peligrosa campaña en pleno desierto. Se extrañaban grandemente de verlo alegre y confiado.
—¿Tienes el augurio de triunfo? –le preguntaban.
—Sí, y el más completo que puedo tener en mi vida –contestaba él.
Al llegar a la montaña de Djarabu, rica en cacería, los arqueros hicieron buena provisión de cabras salvajes, codornices y gallinetas, y ya no debían detenerse sino para comer y dormir hasta el Oasis de Audjila, uno de los más grandes y hermosos a la entrada del desierto. Era la primera puerta donde una buena guarnición ocupaba el fortín.
Allí tuvieron la noticia de que las tribus nómades estaban acampadas a la altura de la segunda Catarata, a cuarenta millas al sudeste de Cebabo, población situada al sur del oasis de Kufra, formada por elementos
dispersos de varias razas y tribus. Dicha población era amiga de los Tuaregs que la defendían de posibles agresiones de los vecinos, y que vivían de la cacería en las montañas vecinas. Continuaron la marcha hacia el sur seis días más hasta Kufra.
Encontraron que una tercera parte de la población estaba atacada de una epidemia que allí le llamaban cólico negro, y que seguramente provenía de ingerir carnes de animales salvajes mal condimentadas o en estado de descomposición.
Faqui recordó en el acto su estadía con Judá al otro lado del Jordán, donde se albergaban los fugitivos de Judea, y pensó como entonces había pensado: “Si estuviera aquí Yhasua, el hijo de Dios, qué maravillas obraría entre estos infelices que se van muriendo uno a uno sin que nadie detenga su mal”. Y se sentó sobre una piedra y apoyó la cabeza entre sus manos. De pronto percibió esta idea, que parecía tener alma y voz:
—“¡Cúrales tú, que bien puedes hacerlo en nombre mío!”
Se levantó prontamente y miró a su alrededor. No vio a nadie, pero una oleada poderosa de amor lo hizo estremecer en una conmoción profunda, hasta el punto de que abundantes lágrimas corrían de sus ojos.
—“Él está aquí –pensó– y me dará el poder de salvar a todos estos
infelices”.
Y sin detenerse un momento más, mandó llenar odres y cántaros con agua del oasis y ayudado por sus guerreros fue haciéndoles beber a todos los atacados de la epidemia a los cuales decía:– “Ha bajado a la tierra que acabo de visitar un arcángel de Amanai que alivia todos los males. Creed en él y amadle, y yo os juro por Amanai que seréis todos curados”.
Al siguiente día los enfermos no se quejaban de dolor alguno y la salud volvía la alegría a todos los corazones.
Los guerreros de Faqui estaban tan maravillados como los pobladores de Cebabo y decían:
—Este hijo de Buya-Ben aprendió la sabiduría de un antiguo rey de Palestina que se llamó Salomón, que fue amado por la más grande reina del África, Saba, la heroica”.
Los más íntimos, o sea los oficiales Tuaregs, decían a su vez: “¡Qué necesitamos nosotros de la sabiduría de un rey extranjero si tenemos la Hija del sol que convirtió en Oasis los peñascos del desierto!”
Sólo Faqui callaba, porque era el único que sabía la verdad: El amor del Cristo, Hijo de Dios, se extiende lo mismo en las doradas ciudades que en las míseras aldeas, y ha visitado Cebabo con su piedad infinita y les ha salvado a todos porque ha comenzado la siembra en los peñascales del desierto.
Todos querían saber cómo deberían hacer para establecer relaciones con ese arcángel de Amanai que tan piadoso se mostraba con ellos.
Y Faqui tuvo la idea feliz de colocar en el mismo Oasis de Kufra una gran piedra plana sobre dos soportes de granito, a la sombra de la más grande palmera cercana a la fuente de dulces aguas. Y con dos troncos de árboles formó una cruz recordatoria del sacrificio de amor que el Salvador de los oprimidos había ofrecido a Amanai en defensa de la fraternidad entre los hombres. Y dijo a la población: “Aquí vendréis a resolver vuestras cuestiones sin sangre, a elegir vuestros jefes y a orar para que vuestros muertos entren en la luz de Amanai. A ese precio pagáis el beneficio de la salud y la vida que acabáis de recibir”.
Había llegado Faqui al término de su viaje y el Oasis de Kufra se pobló de tiendas, de lanzas, de mástiles en que ondeaban gloriosamente las banderas de los veinte escuadrones de caballería que le seguían. Tres días y tres noches llevaban entre los ardientes arenales y los peñascos mudos cuando uno de los centinelas avanzados llegó con la noticia de que las tribus dongolesas se habían puesto en marcha hacia el oeste y que una delegación de ellas se acercaba a toda carrera levantando nubes de arena.
Faqui dio las órdenes del caso y sus diez mil guerreros formaron como una muralla viva al pie del laberinto de peñascos que marcaban el lindero a media milla al este del Oasis de Kufra.
Faqui, como una estatua de bronce, envuelto en su manto azul, esperaba sentado bajo su dosel de campaña. Su pensamiento rememoraba sus sueños de aquella última noche en Cirene y pensaba sin palabras: “Yhasua, hijo de Dios, has grabado a fuego en mi corazón tu mandato: No matarás. Acabas de devolver la vida a los apestados de Cebabo para enseñarme lo que valen las vidas humanas. ¿Cómo pues los acontecimientos me ponen en el caso de cortar vidas humanas por unos estadios de arenas y peñascos? Ante este terrible dilema juro, Yhasua, que haré como tú, me entregaré a la muerte antes de ordenar la muerte para esos millares de seres que corren hacia mí”.
Y su serenidad se hizo más profunda. Él mismo llegó a creerse que se había convertido en un peñasco como esos que le rodeaban.
—Que se acercan…, que ya se les distingue claro, que ya se les puede contar –le decían inquietos y bravíos los jefes de escuadrón–. Ordena cargar, por Amanai, que si no, nos arrollarán.
—Dejadles llegar –decía Faqui tranquilamente.
Cuando estaban a trescientas brazas, vieron que la delegación delantera levantaba banderas blancas que el viento del desierto agitaba como cien oriflamas. Entonces Faqui arrojó la lanza en que estaba apoyado y sin pensar que le rodeaban muchos centenares de hombres, cayó de rodillas sobre la arena y levantando al cielo sus brazos exclamó con la voz estremecida por la emoción:
—¡Yhasua, hijo de Dios!… ¡Acabas de salvarme la vida que te había ofrecido por cumplir tu mandato soberano y eterno: No matarás!
Y sobreponiéndose a la profunda emoción que le embargaba, mandó levantar también bandera blanca y sentándose nuevamente bajo su dosel, esperó.
Venía el Sfaz mayor de las tribus con un centenar de guerreros y precedido de seis hombres trayendo un cofre de piedra blanca que pusieron en tierra delante de Faqui.
El Sfaz, joven aún, se acercó a Faqui y le tocó el pecho con la punta de su lanza. Era el saludo de amistad.
Faqui le tendió sus dos manos y el apuesto guerrero dongolés se las besó con entusiasmo diciéndole en su lengua nativa:
—Soy tu hermano.
A Faqui se le llenaron los ojos de lágrimas y le contestó también:
–Soy tu hermano.
Todas las lanzas cayeron a tierra y los dos Jefes deliberaron.
El dongolés abrió el cofre de piedra, y Faqui y sus oficiales vieron con asombro que estaba lleno de barras de oro y de piedras preciosas, que brillaban como ojillos inquietos a la luz radiante del sol.
—Es nuestro homenaje para la Reina Selene a la cual pedimos nos acepte como pueblo amigo que ocupará en el desierto el lugar que ella nos marque. En esta piedra firmamos la paz –y del fondo del cofre sacó una delgada lámina de mármol y un punzón de hierro y estampó su nombre bajo unas frases que decían:
“Súbditos de la Reina Selene hasta la muerte”.
Faqui firmó también y un gran abrazo unió a las dos razas, bajo el sol
del desierto de Sahara.
* * *

Sigamos, lector amigo, los pasos de los dos discípulos íntimos del Divino Maestro, Zebeo y Matheo, que quisieron por libre voluntad desenvolver sus actividades en el África Norte.
Con el anciano Príncipe Melchor y Filón de Alejandría por guías más inmediatos en el escenario en que se encontraban, podemos pensar que una buena orientación encaminó sus primeros pasos.
Ambos sentían ese deseo incontenible de explorar campos ocultos, desconocidos, porque la palabra de fuego de su Maestro les había hecho entrever maravillosos enigmas en el vastísimo campo relacionado con el Infinito y con las almas emanadas de Él. ¡Y los países del Nilo eran ese campo!
En las palabras finales pronunciadas al oído por el Maestro la noche de su despedida, después de la última cena en el palacio Henadad, les había dicho a cada uno de ellos dos:
“Yo os acompañaré a abrir surcos y sembrar mi doctrina en la tierra en que nació la Civilización Kobda, donde vosotros y yo la hemos sembrado en aquellas edades. Allí encontraréis los rastros de nuestra propia huella”.
Estas palabras que el Maestro les había dicho en secreto cuando iba a entregarse a la muerte, tenían para ellos la fuerza de un mandato supremo, al cual ellos no podían nunca dejar de obedecer.
He ahí porque tenían para ellos irresistible atracción los países que riega el Nilo, los oasis y las arenas del desierto, la legendaria tierra de los templos como fortalezas y de los mausoleos monumentales que el tiempo ha respetado y millares de siglos se deslizaron sobre ellos sin herirlos, tal como el agua de las lluvias resbala suavemente por un plano inclinado de transparente cristal.
Melchor y Filón sabían bien lo que significa para el discípulo la insinuación de un Maestro como aquél, que al oído, en secreto, y casi al borde de la tumba, les dejaba en recuerdo suyo esa dulce promesa: “Yo os acompañaré a abrir los surcos y sembrar mi doctrina en la tierra en que nació la Civilización Kobda, donde vosotros y yo la hemos sembrado en aquellas edades”.
Y así encontraron ellos en ambos maestros el más firme apoyo para
cumplir valerosamente la insinuación del Divino Maestro.
Y podemos ver al príncipe Melchor, que llevado en litera porque sus cansados pies se negaban a sostenerle, sirviéndoles de conductor a los milenarios templos de Menfis y Tebas, que ruinosos algunos y medianamente restaurados otros, aún podían ofrecer entre las reminiscencias de pasados esplendores, los misterios y secretos de la más antigua Sabiduría. La misma Sabiduría que alumbró bajo las tiendas movibles a los Patriarcas nómadas allá en la noche remota de los tiempos que fueron, a la vera de los oasis del desierto, o bajo la sombra de las palmeras, o en la cima de los montes donde levantaban su ara de piedra para quemar incienso de adoración al Altísimo, a la luz del amanecer o al crepúsculo vespertino.
La misma Sabiduría que alumbró las noches meditativas de Moisés, el hijo oculto de la princesa Thimetis, en la aurora de su vida misionera de la Verdad, de la Justicia y del Amor.
La misma Sabiduría que muchas edades atrás hizo grabar a Hermes, primer maestro de la Escuela Egipcia, en frases que las piedras han conservado:
“Escuchad en vuestro interior y fijaos en lo infinito del Espacio y del Tiempo. Allí resuena el canto de los Astros, la voz de los Números, la armonía de las Esferas”.
La misma Sabiduría que llenó de gloriosa luz la vida de Pitágoras el
sabio de Samos, que bebiera en los templos de Menfis y de Tebas la divina
claridad con que iluminó a Grecia antigua, la desposada de Orfeo y de
Apolo, en los éxtasis radiantes bajo las naves del Templo de Delfos.
El Árbol Genealógico del Príncipe Melchor lo presentaba a los asombrados ojos de Matheo y de Zebeo como una rama directa del Gran Sacerdote de Menfis, Membra, el que inició a Moisés en los caminos de la Divina Sabiduría. Membra, el Pontífice de Osiris, estuvo unido por amor en su primera juventud con una hermana de Ramsés I, lo cual le hacía tío político de Ramsés II sobre el cual tuvo gran ascendiente. En la larga nómina de progenitores de Melchor aparecía al final este nombre: Pthamer, Hierofante de Menfis, y como hijo único suyo Melchor Amasis de Heliópolis. Por la línea materna su genealogía se remontaba más lejos, hasta los lindes nebulosos de la Prehistoria y había una mezcla en su sangre.
Descendía de una nieta de Beni-Abad el Caudillo-Kobda, origen de la civilización de la Arabia de Piedra. Esta descendiente de la dinastía de los Abad del Arab prehistórico se llamaba Zurima, que tomada como esclava en una invasión de guerreros del Mediodía europeo, fue esposa del príncipe Elhizer de Ethea, descendiente de los Samoyedos del Ponto Euxino, que reinaron en Hisarlik, la opulenta capital de la antigua Troya.
Y al extremo de una ramilla de su árbol genealógico materno aparecía entre un rojo capullo el nombre de su madre, hija tercera de Aramed, rey de Arabia Pétrea.
Del príncipe samoyedo Elhizer, traía Melchor sus ojos de ámbar de dulce mirada que contrastaban con su piel trigueña mate, de viejo papiro antiguo. Era pues descendiente por línea materna de una princesa árabe de la primera dinastía de los Abad y de un príncipe sardo de los Samoyedos fundadores de Hisarlik sobre el archipiélago Egeo. Tenía pues en su naturaleza física la mística profundidad de los hierofantes egipcios, la vehemente emotividad de los árabes y la suave dulzura de los bardos de Hisarlik.
Esta disertación genealógica de Melchor de Heliópolis viene para que el lector pueda comprender cómo podía ser él, un introductor fácil en los antiguos templos de Menfis y Tebas, para nuestros dos humildes discípulos de Yhasua de Nazareth.
Él había introducido también a Filón, cuando supo que éste soñaba con escribir para el mundo futuro, la historia de Moisés desde los comienzos de su grandiosa misión de conductor de almas.
¿Dónde podía encontrar la huella luminosa del gran Taumaturgo, del iluminado Legislador, sino en los antiguos templos de Menfis y de Tebas donde él se había formado en su faz espiritual?
Y así, en calidad de visitantes, no de aspirantes a novicios, introdujo a Zebeo y a Matheo hasta donde la ley del Templo permitía a los que no
tenían la idea de permanecer allí, bajo las severas pruebas de los que aspiraban al Sacerdocio.
—Vosotros sois ya sacerdotes del Cristo, triunfador eterno por encima de todas las religiones del más remoto pasado –decíales Melchor, mientras descansaban en los primeros pórticos donde una estatua de Isis cubierta por el velo aislador del mundo externo y con el índice sobre los labios, era un símbolo de mármol de la soledad y del silencio, primera prueba que debían aceptar los aspirantes a la iniciación en los misterios de la Antigua Sabiduría.
A pesar de tales palabras, no podía libertar por completo a los visitantes palestinos de la fascinación poderosa que ejercían en su espíritu aquellos templos monumentales, aquellas naves de mármoles enmohecidos por el hálito de los siglos, aquellas columnas gigantescas, al lado de las cuales un hombre parecía una hormiga deslizándose sin ruido y sin que nadie apercibiera su presencia entre aquellas penumbras silenciosas, como si fueran la emanación de tantos bloques de piedra fría y muda que les rodeaba por todas partes.
Grabados en columnas y galerías, hierofantes blancos encapuchados de los cuales no aparecían ni rostros ni manos, símbolo del anulamiento absoluto y completo; cariátides veladas de ojos cerrados y coronadas de lotos, la flor de la castidad; todo, absolutamente todo les hablaba de silencio, de soledad, de renunciamiento tan absoluto y profundo que parecía querer llevarles al aniquilamiento, a la nada, a dejar de ser. ¡El alma sentía frío, espanto y terror!
Todo tenía allí la rígida serenidad de las Pirámides, el enigma impenetrable de la Esfinge. Un hálito de misterio se cernía por todas partes y algo así como el roce imperceptible de alas que se agitaban en la sombra iba produciendo en ambos visitantes una soledad de agonía, de sepulcro, de muerte. Y Zebeo, más joven y más sensitivo se arrodilló a los pies de Melchor sentado en su sitial, y posando la cabeza sobre sus rodillas lloró silenciosamente
—¡Príncipe Melchor! –le dijo a su vez Matheo–. Esto no es la orilla del Mar de Galilea, ni las grutas del Tabor, ni el Cenáculo de Yhasua en Nazareth… Aquello era la vida glorificada por el amor del Maestro y esto es la muerte. Salgamos de aquí, porque creo que lloraré también como Zebeo. ¿Y qué haríais con dos niños llorando?
El anciano príncipe, que había abrazado la cabeza de Zebeo y estrechaba la mano de Matheo, les dijo, lleno de emoción:
—Sabía yo muy bien que esta tremenda impresión recibiríais aquí, pero accedí a vuestro deseo, para que vosotros, misioneros de Yhasua, el Cristo del Amor, de la Esperanza y de la Fraternidad, seáis capaces de comprender la infinita sabiduría de la Ley Divina que da a cada etapa
de la Evolución lo que puede asimilar y es adaptable a la humanidad de esa época.
“Aquí no está la dulce vibración de Yhasua, el serafín del Séptimo Cielo de los Amadores. Aquí no está la vibración tiernísima del laúd de Myriam cantando salmos como gorjeos de alondras…
“En esta espantable grandeza de piedra, templó Moisés su alma de hierro que lo hizo más fuerte que los Faraones, y más duro que la dura cerviz del pueblo de Israel que le sería entregado por la Ley Divina a su salida de este templo.
“Y aquí mismo solucionó él los enigmas del Eterno Invisible de cuyo hálito soberano emergieron como átomos vivos todos los mundos que ruedan por el espacio infinito y todos los seres que palpitan y viven en esos mundos que no se pueden contar.
“De aquí salió resuelto a escribir su gran libro, el Libro de los Principios, que él grabó en jeroglíficos y que a nosotros nos ha llegado con el nombre de Génesis, nombre abreviado de aquel original, marcado por él. Conmigo termina el árbol genealógico del Gran Sacerdote Membra porque yo soy su último heredero, que morirá sin herederos, y por eso he depositado bajo la tutela de Filón, en la Biblioteca de Alejandría, todos los papiros de Membra y de otros hierofantes de la familia que llegaron también al supremo Pontificado y tuvieron en sus manos por ley del templo, todos los libros secretos de la más antigua sabiduría, encerrados en el arca de oro que se venera en lo más oculto del Santuario, a donde sólo llegan los sacerdotes acompañando al Pontífice, único que puede abrirla. Ya veis pues, hijos míos, hasta qué punto, este ser, montoncito de huesos y piel, que veis aquí a vuestro lado como un manojo de raíces, está al tanto de lo que ha significado hasta hoy para la humanidad de este planeta, este enorme monumento de piedra, menos grande, desde luego, que los secretos del Eterno Invisible guardados aquí.
“Sabemos que en el largo período Neolítico que abarcó millares de siglos, empezó la Divina Sabiduría a levantar la punta de su velo sagrado, porque una que otra águila blanca aparecía volando por encima de las ciénagas, de los pantanos, de las sabanas de hielo que cubrían gran parte de la tierra. Y se llamaron Flámenes en los mares del Sur donde la Lemuria dormía aplastada por una humanidad que poco se diferenciaba de las manadas de enormes monstruos marinos y terrestres que representaban el reino animal de aquel entonces.
“¿Quién sino esas escasas águilas blancas volando muy alto podían escuchar la voz queda de la Sabiduría buscando ansiosa una Inteligencia en quien depositar sus eternos secretos? Y un Flamen de nombre Pthermes, fugitivo de las aguas bravías del mar que sepultaron la última isla de Lemuria, logró llegar después de largos años de peregrinaje a
los picos más altos del Revenzora a cuyo pie duerme nuestro gran río legendario.
“Encontró otros fugitivos de otras tierras que se hundían bajo las aguas en Occidente. Algunos nombres conservan los papiros de Membra, mi antecesor: Mizraim, Beth-Emis, Elotos, Pap-Hiros, Ben-Nilo y otros que no recuerdo en este momento. De estos, Mizraim fue el fundador de la raza egipcia porque tomó esposa entre los fugitivos de Occidente, y Beth-Emis, que más tarde y debido a las traducciones se transformó en Bethermes primero y Hermes después, fue el recopilador de lo que iban descubriendo en el levantar de su velo la Eterna Sabiduría. Y sobre esas bases se formó la gran Fraternidad Kobda de la prehistoria.
“El Verbo de Dios, Yhasua de Nazareth, a sus veinte años, trajo al valle del Nilo la copia de los ochenta rollos de papiro que conservaba en su Archivo de Ribla un Sacerdote de Homero.
—Todo eso lo conocemos por los solitarios del Santuario del Tabor
–respondió Matheo–.
“Aquella sabiduría es como una dulce y casta virgen que nos sonríe bajo su velo y entrega sus secretos como un niño el globo dorado que lo embelesa. Mas, aquí…, ¡Santo cielo!, el misterio y la muerte se cierne como una helada llovizna de invierno y es necesario ser de piedra para no desfallecer.
—Cada cosa a su tiempo, hijo mío –respondió el anciano príncipe–.
¡En la Edad de Piedra hasta las almas se forjaban en la piedra!… “Vosotros sois los invitados a las bodas del Verbo-Luz con la Reina
ciega que ha recibido por fin el don de la vista.
“Por eso os espantan estos ciclópeos monumentos de piedra, en que los sabios de la antigüedad escondían los grandes y eternos secretos que producían la locura o la muerte a las tiernas vidas que empezaban a latir en las tinieblas de lo desconocido.
Nuestros tres personajes habían atravesado el pórtico exterior del gran templo de Amón y se hallaban en el dintel de la puerta cerrada de la Sala Hipóstila, que era el templo propiamente dicho. El anciano Príncipe y sacerdote consagrado en aquel templo, sacó de entre los mantos que lo cubrían un martillo de plata y dio siete golpes sobre un disco de cobre que brillaba entre los decorados y bajorrelieves de las molduras que ornamentaban la gigantesca puerta. El disco se abrió para adentro y un rostro grave apareció en él. Miró a Melchor y sin una palabra, descorrió como por un riel una parte de aquella puerta.
El portero vestía ropa talar de burda lana blanca y un turbante púrpura que le formaba marco al rostro y caía por detrás sobre la espalda. Ayudó a Melchor a levantarse de su silla de manos y a subir la grada de entrada.
—Ellos entran conmigo –dijo el anciano, tomando las manos de
Matheo y Zebeo.
Los nubios que conducían la silla quedaron en el pórtico.
Los dos discípulos del dulce Rabí Nazareno se quedaron paralizados de estupor.
Aquellas grandiosas dimensiones sobrepasaban a cuanto ellos habían visto en toda su vida. El Templo de Jerusalén era como un pulcro gabinete dorado. Los palacios de Herodes, en el Monte Sión; el palacio Asmoneo, el Paselus, el Circo, la Naumaquia, el Torreón de Goliat, la Torre Antonia misma eran casas de muñecas comparadas con aquella estupenda grandeza de piedra.
Aquella sala monumental tenía trescientos cincuenta codos de largo por trescientos de ancho y divididos en tres espacios por dos filas de enormes columnas de setenta codos de altura y treinta de contorno.
Cuando el portero se alejó por la nave central, al término de ella se le veía como un niñito de seis años.
Y paso a paso seguían a Melchor como si fueran contando las lozas del pavimento.
—¡Quince siglos han corrido desde Moisés hasta aquí! –dijo el anciano deteniendo sus pasos–. Y antes de él, no sabemos cuántos transcurrieron sobre este monumento. ¿Podremos espantarnos ahora de aquel gigante de la Teurgia vencedor del Faraón y conductor de un numeroso pueblo de dura cerviz, según sus propias palabras?
“¡Oh, genial Moisés, que escribiste la Ley de Dios en páginas de piedra, símbolo eterno de que no se borraría jamás del corazón de los hombres!”
Ante aquella formidable evocación, las frentes se doblaron en reverente actitud y parecía que la Meditación, como la Isis de mármol de la entrada al pórtico, ponía también su índice sobre los labios llamando a silencio.
Por la imaginación de aquellos dos israelitas de pura cepa, cruzaron en procesión fantástica los recuerdos de la historia de Moisés y de sus auténticos libros, que los Ancianos del Tabor les habían explicado en los setenta días de retiro, a que el Maestro les sometió al comenzar su apostolado,
Bajo aquellas naves gigantescas cargadas de silencio y de penumbras bajo aquella estupenda grandeza de piedra, sólo grandes pensamientos cabían y ambos discípulos pensaban al mismo tono.
—“Somos dos hormiguitas imperceptibles que en un sendero ignorado entre el césped, vamos recogiendo estambres caídos de las flores marchitas, pedúnculos tronchados por el viento, tiernos pétalos desprendidos de la corola en que nacieron. ¿Qué podremos hacer nosotros en la senda gloriosa y eterna del Hijo de Dios?”
El Anciano Melchor, sensitivo en alto grado y buen sujeto telepático contestó a ese pensamiento:
—Es la hormiga un insecto muy pequeño, pero puede derrumbar un edificio para edificar el suyo propio; puede matar la vida de un árbol cuya raíz perjudica a sus nidales; y es capaz de secar los jardines más primorosos.
“Y vosotros que tan pequeños os sentís bajo este enorme monumento de piedra, podéis como las hormigas abrir senderos largos entre la ignorancia y el egoísmo de la humanidad, a los cuales podéis derrumbar y aniquilar con la Verdad y el Amor del Verbo-Luz que os escogió para continuadores de la obra que apenas deja comenzada.
—Habéis leído en nuestro pensamiento –expresó Matheo asombrado.
—Efectivamente –afirmó Zebeo–. Sólo en nuestro Maestro encontré
tan admirable facilidad para captar la onda de un pensamiento.
—¡Él lo hacía desde antes de los treinta años y yo he aprendido a
hacerlo en el ocaso de mi vida! –contestó el Anciano.
Y como siguieran caminando lentamente a lo largo de la nave silenciosa, de pronto preguntó Zebeo: –¿Qué hay más allá de aquella puerta de mármol negro?
—La bajada a la Cripta o Cámara de los Misterios –contestó el Anciano–, a donde hemos descendido todos los que hemos querido hacer el renunciamiento absoluto de nosotros mismos para quedar reducidos a una aspiración al Infinito. Allí bajó también Moisés, joven de treinta y siete años, y durante siete días con sus noches escuchó las voces celestiales con que Aelohin le descubría el secreto de las almas en relación con el Eterno Invisible. De allí salió sabiendo cuál era su misión al frente de aquella raza fundada por Abraham.
—¿Bajamos? –preguntaron los dos discípulos al mismo tiempo.
—¡No! –contestó secamente el anciano Melchor–. Vuestro Maestro el Verbo-Luz tampoco bajó a esa Cripta, de oscuridad y de silencio. Para Él como para vosotros las voces de lo alto se hacen sentir en la superficie, a la luz del amanecer o del crepúsculo vespertino, en lo alto de los montes o a orillas del mar, en los huertos poblados de flores y de pájaros, de bellezas tiernas y de santos amores… ¿No os he dicho que sois los cortesanos en las bodas del Verbo-Luz con la Reina ciega que comienza a recibir el don de la vista?…
“Lo que habéis visto y oído, basta para que abráis con valor vuestra senda en estas tierras que riega el Nilo. Salgamos”.
Y el Anciano ya fatigado por haber realizado más esfuerzo del que su débil materia podía, se tomó de los brazos de los dos apóstoles del Cristo y a pasos lentos llegó hasta la puerta.
Allí esperaba como una estatua de piedra blanca con turbante púrpura el portero que les abrió a la llegada.
Melchor le alargó un bolsillo de monedas diciéndole:
—Para los criados que sirven a los ancianos sacerdotes que ya no pueden andar por sus pies.
El acólito portero le besó la mano, y cerró tras ellos sin ruido alguno la enorme puerta de hierro.
Al ver de nuevo la luz dorada del atardecer y sentir la frescura suave de la brisa que venía del río, el cantar de boteleros y las risas de las mujeres y los niños en la plaza del mercado que ya levantaban sus tiendas, les pareció que volvían desde el fondo de una tumba o de otro mundo diferente de aquel en que siempre habían vivido.
Acompañaron al Anciano a su despacho en el Serapeum que allí tenía, y donde ellos se hospedaban en el pabellón de los extranjeros.
Se sentaron uno frente al otro, sin palabra.
—El silencio y el misterio hicieron presa de nosotros –dijo por fin
Matheo.
—Es verdad –contestó Zebeo–. Tengo tal sensación de asombro, casi
de espanto, que hasta temo volverme loco.
—Se cumple la afirmación del Príncipe Melchor: “la locura y la muerte le espera al hombre de nuestro tiempo que quisiera vivir como los hombres de ese remoto pasado, que acabamos de entrever de puertas afuera” –arguyó Matheo–.
“¡Oh! nuestro excelso Maestro sabía bien lo que hacía cuando nos llevaba a orar a lo alto de las colinas nazarenas, o a orillas del Mar de Galilea a la luz de la luna en las serenas noches de estío…”
—¡Oh, sí!… –respondió Zebeo–. Era la oración del amor, de la adora-
ción, de la dulce entrega del alma al abrazo eterno del infinito.
Pocos días después ambos amigos y compañeros de ideales y de escuela, se separaban con un adiós que ellos ignoraban si sería para siempre o para más breve tiempo.
Matheo se unió a una caravana que salió de Alejandría y hacía escala en el oasis de Baharije, donde Filón tenía una pequeña posesión o huerto de descanso y que según él, se asemejaba notablemente al panorama de las colinas galileas, con sus palmeras, sus bosques de sicomoros y su lago de dulce agua. Quería respirar un aire semejante al suyo y vivir en medio de la naturaleza, entre árboles y aguas cristalinas, viendo florecer los huertos y cantar los pájaros, sintiendo la vida libre, sana, con luz de sol y brisas de montaña. Llevó rollos de papiro, cartapacios de escribir, manuscritos enormes que le facilitó Filón, y todo cuanto creyó necesario para la vida de asceta que comenzaba, con la idea de que allí escucharía las voces celestiales con que algún Aelohin bondadoso orientaría su camino a seguir.
Montado sobre un camello y llevando un asno cargado con su equipaje de mantas y papiros, le vemos con las lentes de la Luz astral, camino del sur por el desierto de Libia durante seis días que tardaba la caravana en llegar al Oasis de Baharije, a la falda del mismo nombre.
Y al salir de Alejandría pensaba con el llanto en los ojos y el corazón estremecido: Por segunda vez he sentido en mi vida la música divina de su voz que me ha dicho: “¡Matheo!… ¡Déjalo todo, ven y sígueme!…”
Y como un sonámbulo inconsciente, Matheo se dejaba conducir por la mansa bestia, cuyo andar lento y silencioso le permitía dejar que la blanca madeja de sus pensamientos continuara desenvolviéndose a lo largo de la senda, entre amarillentas arenas…
Zebeo le había despedido en la puerta del sur, llamada de las Pirámides porque se abría sobre el valle en que ellas se levantaban, como mudos centinelas en el escenario de las Tumbas reales.
Le vio partir sin volver la cabeza atrás con esa decisión inquebrantable del que tiene conciencia de cumplir un deber.
—Es más valiente que yo –murmuró Zebeo a media voz porque ha-
blaba consigo mismo–.
“¡Maestro!… –exclamó con una voz que sollozaba–, ¡que yo tenga ese
valor cuando haya sentido tu voz que me señala el camino!…
—Siguió con la vista a Matheo hasta que lo perdió de vista entre la penumbra del amanecer y de la dilatada sabana gris del arenal desierto. Atravesó ya solo la puerta de la ciudad y rápidamente se dirigió a su alojamiento en la casa de Filón, anexa a la Biblioteca y Museo de Alejandría.
—Cara de muerto traes, amigo –le dijo el filósofo al verle.
—He perdido en él, no un amigo sino un hermano en todo el gran significado de esta palabra –contestó Zebeo, aún bajo la emoción profunda que la separación le había causado.
—Hubieras debido irte con él –insinuó Filón– ¿Por qué no lo hiciste?
—No sé, a decir verdad. Matheo va buscando en la soledad la curación de su alma que ha soportado estoicamente varias desgracias y muertes en la familia. Su compañera había muerto un año antes de encontrar al Maestro y dos años después murió la hija única que le quedó de ella. Sus dos hermanos se alistaron entre los guerreros partos por ambición de fortuna y perecieron en un encuentro desfavorable con las huestes del Rey Hareth, mientras sus familias desaparecieron de la Palestina y nadie le pudo dar razón de ellos. La terrible muerte del Maestro que trajo el fracaso de cuanto esperábamos para la nación y para la patria, cayó en el alma de Matheo como una losa sepulcral. Él busca curarse en la soledad y en el olvido…
“Y yo…, yo no tengo nada de qué curarme después que fui curado por el
Maestro de mis dolores íntimos, pero sí tengo aún mucho que aprender. Y he creído Maestro Filón que a tu lado puedo aprender cuanto necesito saber para colaborar en la obra iniciada por mi Maestro. Te ruego pues que te sirvas de mí en todo cuanto creas que pueda serte de alguna utilidad”.
La humildad infantil de Zebeo conmovió al gran hombre, cuya fama de sabio llenaba no solamente a la célebre Alejandría de Ptolomeo sino a todas las capitales que eran entonces emporio de las Ciencias y de las Artes, y estrechándole afectuosamente las manos, le dijo:
—Bienvenido seas a mi corazón y a mi casa Zebeo, discípulo de Yhasua, niño adolescente y joven, ¡que amé hasta donde puede amar un corazón de hombre! No un amigo, un hijo encontrado en el ocaso de la vida serás para mí, que consagré mis años en absoluto a la Ciencia y nunca pensé en los jardines del amor, ni en las dichas de un hogar, ni en las ternuras de la familia.
“¡Solo como el ciprés de una tumba abandonada dejé llegar el ocaso, sin amor, sin ternura, sin alegría, con una precaria satisfacción buscada en la aridez de la Ciencia entre los pergaminos polvorientos y las mil y mil riquezas arqueológicas de este Museo que huele a momias y a sepulcros!
¡Tú llegas a tiempo, Zebeo de Yhasua, como una perla de su diadema, como un recuerdo que hace llorar!…
El llanto quebró la voz en la garganta del sabio de Alejandría, y Zebeo se abrazó a él llorando también como un niño.
Había sofocado valientemente la amargura del adiós de Matheo, y la desahogó sobre el pecho de un nuevo amigo, casi de un padre, que en los umbrales de la ancianidad le pedía de limosna un mendrugo de amor filial para su corazón cansado de soledad. Y Zebeo fue desde entonces, el escriba, el secretario, el hijo del gran filósofo, historiador de Moisés.

16
IDINEN O MONTE DE LOS GENIOS

Después de seis días de lenta marcha, la caravana que conducía a Matheo hacía alto en el Oasis Baharije, donde se detenía medio día para dar lugar a que bebieran a satisfacción hombres y bestias, y también para cargar agua y nuevas provisiones, que sólo se reducían a carnes saladas de cacería que vendían los pobladores de la aldea, y los excelentes frutos de palmera, melocotones, higos, nueces y aceitunas.
Matheo que ya se había familiarizado con algunos de los viajeros, sintió como encogérsele el corazón al desmontar de su camello, recoger su equipaje y quedar solo, de pie junto al enorme pozo en cuyo brocal de piedra se sentó maquinalmente.
La caravana se alejaba hacia el sur bajo el sol ardiente de la tarde y semejaba una cinta oscura oscilante cuyo extremo delantero parecía ir enterrándose en las caldeadas arenas. Y Matheo pensó en sí mismo y en la extraña aventura en la cual buscaba el olvido de lo que él llamaba los desastrosos fracasos de su vida.
—Como si fuera poco lo que he padecido –murmuraba a media voz– me empeño en sepultarme vivo en esta soledad.
El pozo estaba sombreado de grandes palmeras que formaban bosque. Tupidos cañaverales y encinas enanas se prolongaban a lo lejos, escondiendo en su enmarañado ramaje el pobre caserío que se veía apenas gris y amarillento como los arenales inmensos que se extendían a la distancia hasta perderse de vista.
Recordó en tal instante a todos sus amigos y compañeros dejados tan lejos allá en Galilea y a los cuales no volvería a ver. Recordó a Zebeo, al Príncipe Melchor, a Filón que quedaban a seis días de distancia.
¿Por qué había huido de todos los que amaba y le amaban?
Quería blindar de piedra su corazón que por haber sido demasiado emotivo y blando había padecido tanto. El cruel y terrible suplicio a que vio sometido a su Maestro, su gran amor, su último amor, le había destrozado de tal manera, que Matheo se juró a sí mismo hacer el mayor esfuerzo imaginable para tornarse en un bloque de piedra por encima del cual resbalase todo sin dejar rastro.
Le sacaron de su íntimo mundo de recuerdos dos muchachitos adolescentes que seguidos por un cervatillo joven, llegaron con sus cántaros al hombro a llevar agua.
Debieron comprender la tristeza de aquel viajero solitario, y algo tímidos y retraídos, se pusieron ante él.
—Si no hay nadie que os espere, señor viajero, podéis venir con nosotros.
—Nadie me espera amiguitos, pero traigo la llave de una cabaña que llaman Idinen, y si me hacéis el bien de guiarme os daré buena recompensa.
—Sí, sí, está más allá de los cañaverales, junto al lago. La cuida el viejo Al-Iacud.
—Dejamos en casa los cántaros y estamos aquí enseguida para cargar
tu equipaje –añadió el otro.
Y los dos muchachitos seguidos del cervatillo se perdieron entre la arboleda.
A poco rato volvieron seguidos de una mujer joven todavía, que Matheo juzgó sería su madre.
—Si necesitáis quien os sirva, señor viajero, podéis venir a mi casa. Somos pobres, pero no nos falta pan y lumbre.
—Gracias, mujer. Con que tus hijos me guíen a la cabaña Idinen, me habréis hecho un gran servicio.
—¡Ah, sí, la cabaña de piedra! –dijo la mujer–. No está lejos, a la vera del lago detrás de los cañaverales. Pero, ¿qué harías allí con el pobre viejo Al-Iacud y Agades la paralítica?
—No importa –respondió Matheo, no sin pensar en que la perspectiva
se ennegrecía más y más hasta ponerse sombría y pavorosa.
—Guiadle, hijos; pero no echéis en olvido nuestra oferta por si os podemos ser útiles. Mi marido es de los tuaregs de allá adentro –dijo, señalando hacia el desierto que se extendía a lo lejos–, anda siempre entre el laberinto de la montaña negra cazando fieras para sacarles la piel. De eso vivimos. En casa estamos solos mis dos muchachitos y yo. Este se llama Bujema y aquel Belcri. Yo soy Zerga. Con que ya sabéis.
—Gracias, mujer, gracias por tu noticias –le contestó Matheo, que estaba cierto de no recordar palabra de cuanto le había dicho. Con su alma deshecha y su corazón sangrando, ¿qué podía interesarle todo aquello?
Pero la mujer no paraba de hablar. –Yo soy hija de una esclava antigua del Maestro Filón que la hizo libre y la tiene como ama de su casa en Alejandría. Somos Berberiscos de Muzurk, pero mi marido es de los tuaregs…, es targui de los guías para el gran desierto.
“Aquí es nuestra casa que está a tu disposición, señor viajero, que si vienes aquí por amistad con el amo de mi madre es porque serás una gran persona.
—Soy un amigo del maestro Filón –contestó Matheo.
—¡Oh! Es bueno como el pan y cuando de tarde en tarde viene por aquí, todos estamos de fiesta. Nunca viene con menos de seis camellos cargados. Nos conoce a todos y es amigo de todos.
—Sí, sí, me ha dicho que sois buenas gentes y que podía estar tranquilo.
—Ya lo creo, aquí nunca reñimos y nadie se muere si no es que comió
“faleste” por descuido.
—¿Qué es faleste? –interrogó Matheo, andando al lado de la mujer.
—Es lechuga venenosa que solo nosotros distinguimos de la buena.
¡Cuidado señor viajero!…
Por fin terminó el camino entre cañaverales y apareció el lago como un espejo de plata. Parecía un trozo de río cortado por dos enormes peñascos negros que en parte brillaban como mármol bruñido. Era sin duda el comienzo de los peñascales negros característicos del gran desierto de Sahara que se entreveía allá muy lejos, en la línea del horizonte–. Pues ahí tenéis la cabaña del Maestro Filón –dijo la mujer, al tiempo que los dos muchachitos dejaban el fardo de Matheo sobre un banco de piedra
rústica adherido al negro peñasco. Un viejecito, pequeño y flaco, ponía el pan a cocer en un hornillo de barro cocido, trasladable de una parte a otra y muy común entre las gentes de la región.
—Al-Iacud –dijo Zerga–, este señor es amigo del Maestro Filón que
le manda a hacerte compañía.
El viejecito que por añadidura a sus males era algo sordo, movía la cabeza y se acercaba a la mujer cuyas palabras no comprendía.
Esta que no se cansaba de hablar, se las repitió al oído, y el buen viejecillo dejó asomar una sonrisa en su boca vacía de dientes, mientras con los panecillos en un paño blanco hacía grandes reverencias a Matheo.
—La silla del Maestro, por favor, muchacho, que si tardo con los panes, el horno se enfría –decía el viejecito a los dos chicuelos, que se apresuraron a sacar de la casa una butaquita de madera sin pintar forrada de cuero de antílope.
Matheo se sentó. Harto lo necesitaba pues la caminata por la arenosa senda le había cansado de verdad.
—Vecina Zerga –dijo el viejecito a la mujer–. Si puedes déjame uno de los muchachos para que sirva al señor viajero y lo acompañe cuando quiera salir.
“¿Qué podría hacer solo conmigo, sino entumecer el corazón de pena?
—No te preocupes, buen hombre, que allí traigo con qué entrete-
nerme. –Y Matheo señaló los sacos de su equipaje.
Los dos muchachitos comenzaron a pelearse por quedar con el extranjero. Hasta que Matheo conmovido intervino:
—No haya riña entre vosotros por causa mía. Idos ambos con vuestra madre, y si ella lo permite venid los dos al caer la tarde, cuando hayáis terminado vuestra faena.
—¡Oh, qué santa palabra la tuya, señor viajero! –exclamó Zerga–. Lo
mismo lo hace el maestro Filón cuando está aquí.
Y repitiendo de nuevo sus ofrecimientos, se alejó con sus dos muchachos.
El viejecito sacó una mesilla que cubrió con un blanco paño, encima del cual puso panecillos calientes, un jarro de vino y una cestilla con dátiles recién sacados.
Lo acercó a Matheo y le invitó a comer.
—Si lo compartimos, buen anciano, será mejor –le dijo.
—Cuando termine con el hornillo te haré compañía, viajero –le contestó. Matheo observaba la extraña arquitectura de aquella casa labrada en el propio peñasco. Recordaba las grutas de los esenios en el Monte Tabor y en el Carmelo, allá en su lejana Galilea y el recuerdo le conmovió profundamente.
Había huido a tierras lejanas abruptas y peñascosas buscando endurecer su corazón y matar su sensibilidad, y encontraba que hasta un recuerdo del suelo nativo le hacía daño.
—¡Mísera condición humana! –pensó–. ¿Cuándo aprenderé a ser
fuerte como estos peñascos que no tiemblan ni sienten nada?
De pronto le pareció que una voz muy íntima dentro de sí mismo decía: “Los peñascos no pueden amar a Dios y al prójimo como a sí mismos”. “Amar es vivir. Amar es sufrir y es morir para vivir nuevamente. En amar está encerrada toda la grandeza y la gloria de Psiquis la divina desterrada”.
Los ojos de Matheo se llenaron de llanto y sin hablar pensó:
—¡Maestro!… Gracias por tu lección. Falta me hacía porque los peñascos empezaban a entrarse en mí.
—Come, señor viajero –decía el viejecito Al-Iacud–, que el viaje ha
sido largo y estarás fatigado.
De una de las puertecitas de la casa de piedra, salió una suave voz de mujer que cantaba en una lengua extraña para Matheo. Solo percibía la amorosa dulzura de aquella voz.
—Es mi nieta Agades –dijo el anciano viendo que el huésped prestaba atención–. En su desdicha la pobrecilla se entretiene cantando al compás de la guzla.
—¿Y qué canta? –preguntó Matheo.
—Una canción de los Tuaregs que se llama: “Anti vaos” que quiere decir: El que va adelante.
—¡Original tema es ese para una canción! Me gustaría saber lo que
dice.
—Ella te lo explicará, señor, que tiene bastante ingenio para ser una pobre aldeanita.
Matheo había comido algo y preguntó; –¿Puedo verla?
—Sí, señor, sí, señor. –Y acercándose a la puerta dijo–: Agades, hay
un señor viajero que quiere verte.
El canto calló de súbito, y Matheo estaba de pie en la puertecita de troncos. Era aquella una endeble jovencita que semejaba un lirio blanco entre duros peñascos.
Matheo se acercó, y ella dulce y tímida como una tórtola de la montaña le tendió la mano.
—Es muy hermosa tu voz, niña –le dijo–, y aún puedes agradecer a
Dios que tienes tu música y tus canciones para suavizar tu vida.
—Sí, señor viajero –contestó Agades–, yo nunca me quejo de la vida porque el amor del abuelito me la hace demasiado hermosa. Hoy no obstante me olvidó un poco. A esta hora hace rodar mi silla y salgo a cantarle al lago, a las gaviotas y cisnes que vienen al atardecer, y
a las primeras estrellas que se clavan en el agua como planchuelas de oro.
—Pues si él te olvidó por atenderme a mí, yo llevaré tu silla –le contestó Matheo, acercándose hacia la espalda donde una lustrosa madera indicaba que muchas manos se habían posado allí para empujar la silla.
—¿Hace mucho que estás impedida de andar? –le preguntó.
—Desde que vine a este mundo me veo así –contestó la niña–. Cuando yo era pequeña mi padre murió en un encuentro fatal entre los berberiscos y los targui. Mi madre murió de tristeza tres años después. Y ya veis que no me quejo de la vida pues encuentro en ese anciano cuanto él puede darme de solicitud y de cuidados. Y esto ya es mucho para mí.
Matheo pensó con dolor que esa pobre criatura, sin la Luz Divina que a él le había alumbrado y sin cultivo espiritual, con la sola aceptación de la desgracia que pesaba sobre ella, había llegado a la perfecta unión con la voluntad divina.
Ella amaba la vida tal como la Suprema Voluntad se la daba.
—¡Gracias, Maestro bueno por esta nueva luz que enciendes en mi camino!… –pensó Matheo, mientras hacía rodar cuidadosamente el rústico sillón de Agades, que no tenía palabras bastantes para agradecer la solicitud de aquel extranjero.
Una barrera baja de piedras amontonadas con descuido, formaban cerco al hermosísimo lago, que entre los encantos naturales que adornaban el Oasis de Baharije, quizás era el más bello y atractivo.
Y Matheo se sentó sobre esa cerca frente al sillón de Agades.
La tarde iba muriendo y detrás de los grandes peñascos resplandecía un purpurino ocaso, tiñendo las aguas del lago de amatista subido.
No tardó en poblarse el lago de sus habituales visitantes, que encrespando las tranquilas ondas pugnaban por acercarse más y más hacia la orilla, en que Agades y Matheo estaban sentados.
—Ellos vienen por interés de mi don –dijo ella, viendo el asombro del extranjero por la intimidad de aquellos esbeltos cisnes negros, que casi se podían tocar con la mano desde la orilla. Y sacó de entre sus ropas un bolsillo lleno de migas de pan y trigo pisado.
Las grandes aves se arremolinaron bruscamente haciendo saltar copiosas chispas de agua en todas direcciones.
—Hay un pobre enfermito como yo –dijo Agades–, y hay que darle
su parte por separado.
Y Matheo vio que un cisne de menor tamaño que los otros, nadaba trabajosamente buscando acercarse a tiempo para alcanzar parte de la ración.
Pero la jovencita le esperaba y cuando le tuvo bien a la orilla se inclinó sobre el agua y le tomó en brazos, para darle las migas en su propia mano.
Los ojos de la niña brillaban de felicidad, y Matheo mirando aquella escena, se sentía cada vez más pequeño ante aquella linda criatura inválida, a quien tan poca cosa bastaba para ser feliz.
Se daba toda en amor hacia aquel débil ser inferior, que a no ser por sus cuidados habría muerto por falta de alimentación.
—“Es tal como la Divinidad se da a nosotros, que somos para Ella mucho menos que ese cisne enfermo es para esta pobre niña, que le ama extremadamente” –pensaba Matheo, mientras seguía mirando el inusitado espectáculo del amor de una niña inválida para un ave acuática incapaz de valerse por sí misma.
Los ojos iluminados de Agades se fijaron resplandecientes en Matheo
mientras decía:
—Ya está alimentado; ahora vuelve a la fresca corriente y después se esconde a dormir en un hueco de las piedras. El pobrecito no puede volar y siempre queda de centinela en el lago.
Matheo estaba mudo. No encontraba palabras que pronunciar; pero su pensamiento hilvanaba a velocidad su propia vida pasada y se encontraba muy inferior a la pobrecita inválida, perdida en un Oasis del desierto de Libia.
—“Yo que tuve todo en mis manos, no he sabido vivir la vida –pensaba–. ¡Cuánta verdad encerraban las palabras de mi Maestro, cuando decía: “Yo sembré en vosotros el amor, pero aún no ha florecido!…”
Y sin pensar que tenía un testigo de vista, Matheo apretó con ambas manos su pecho y mirando la cima de los peñascos como si esperase una divina aparición, exclamó con voz estremecida:
—¡Señor!…, ¡me has traído a la soledad del desierto para encontrarme conmigo mismo, entre la infinita grandeza de Dios que no fui capaz de sentir fluyendo de Ti como de un manantial inagotable!
La jovencita que no entendía el sirio hablado por Matheo, comprendía no obstante que él oraba, y se puso seria y grave mirándole con asombrados ojos.
—¡Cuánto amas a tu Dios, extranjero! ¿Es Amanai de los Tuaregs o
Alá de los berberiscos?
—¡Es uno solo, niña! sino que las diversas lenguas habladas por los hombres, le dan nombres diferentes –contestóle Matheo, aún bajo la impresión sentida por él en aquel momento–. Y de esto tenemos mucho que hablar.
—Yo te escucharé tan contenta, como oigo cantar los pájaros entre estos árboles y murmurar el lago entre las piedras –respondió la niña con infinita ternura.
En el alma de Matheo hosca y taciturna hasta entonces, iba encendiéndose una rosada claridad como si al morir el ocaso detrás de los
negros peñascos, le transfiriese sus postreros resplandores. Y él se dejaba sumergir en esa frescura de brisa matinal que iba adueñándose suavemente de todo su ser.
—¡Mira, extranjero, mira! –exclamó de pronto Agades, señalando un punto fijo del lago–. Amanai clavó en las aguas la primera planchuela de oro…, y luego clava otras hasta que todo el lago está sembrado de ellas…
Eran las primeras estrellas que desde el terso azul de los cielos se reflejaban en el profundo azul de las aguas. ¡Qué de veces en sus treinta y siete años había visto Matheo aparecer las estrellas y reflejarse en el agua! ¡Pero nunca le parecieron tan radiantes y bellas como en ese anochecer en que las veía a través del alma pura de una niña inválida, a quien su propio dolor le había enseñado a encontrar y amar la belleza en todo cuanto la rodeaba!
Y callaba porque la emoción apretaba su garganta, y su voz se hubiera quebrado en un sollozo pues se sentía próximo a llorar.
—En tus ojos escondes una tristeza muy honda, extranjero –dijo de pronto la niña–, y yo me estoy prometiendo a mí misma hacerla escapar de allí…
Matheo tuvo que sonreírse. Pero no habló.
El anciano Al-Iacud se acercó a compartir la confidencia vespertina.
—Esta tarde mi niña prolonga su visita al lago. ¿Quieres ya tu alcoba?
—¡Aún no, abuelito! ¿No ves que nuestro huésped tiene tristeza en el alma y la alcoba con sus sombras la agrandan más todavía?
—¡Qué ingenio más agudo y vivo tiene tu niña, anciano! ¿Cuántos años ha vivido?
—Catorce años ha visto madurar el fruto de estas palmeras –contestó el anciano–. Sin ella no sé si podría soportar la vida.
—Naturalmente…, ¿qué silla harías rodar de un lado a otro? ¿Quién devoraría tus panecitos dorados, y bebería la leche espumosa y calentita de nuestra cierva?
Y al decir así, hacía graciosamente el movimiento de recoger un beso de sus labios para depositarlo en la frente rugosa del viejecito. Una dicha inefable pasó como un halo místico de luz por aquella faz macilenta coronada de cabellos blancos.
—¡Nunca creí encontrar la dicha en estos parajes revestidos de arenales interminables y de abruptos peñascos! –exclamó Matheo, mirando el cuadro de infinita paz y suavidad que se iba adueñando lentamente de todo su mundo interno.
—El desierto es suave y dulce para quienes le aman –dijo la niña–.
Ya lo iréis comprobando día por día.
—Pero aún no conoces por dentro la morada en que habitarás extran-
jero –dijo Al-Iacud.
—Me suena duro ese nombre. Llamadme os ruego por el mío propio. Me llamo Matheo.
Les hablaba en árabe para ser comprendido por ellos.
—Ya os enseñaré mi lengua siria que es armoniosa y dulce como el canto de las alondras.
Y unos momentos después Matheo llevaba rodando de nuevo el sillón de Agades hasta la puerta misma de su alcoba de rocas.
El viejecito había ya acomodado su equipaje en la habitación principal de la casa que era a la vez comedor y escritorio. Tenía grandes dimensiones, y aunque excavada en la montaña de negro basalto, estaba por dentro revestida de cedro y ostentaba como ornato pinturas murales de vivos colores, tales como las que Matheo había admirado en los muros del Museo y Biblioteca de Alejandría. Algunos de ellos se referían claramente a la vida de Moisés. Otras, Matheo no sabía interpretarlas.
Pero veía claro por todas partes asomar el gusto, la inclinación, la vocación, digámoslo así, de Filón por los conocimientos arqueológicos. Allí, todo era el pasado remoto cobrando nueva vida, al influjo de los recuerdos evocados por el sabio a fuerza de largas noches de estudios y de cavilaciones.
En aquella morada de reposo a la vera de un lago de azules aguas entre dos murallones ciclópeos de negro basalto, a la sombra de un bosque de palmeras y entre el rumor de ondulantes cañaverales, Matheo encontraba no solo el retrato de Filón sino el suyo propio. También él se sentía ansioso de conocimientos, de claridad, de horizontes nuevos.
Al faltarle el sereno resplandor del astro que durante más de tres años le había alumbrado, su alma parecía haberse hundido en una hondonada profunda donde se debatía en vano para encontrar de nuevo la divina claridad perdida.
—¡Maestro mío!… ¡Señor!… –clamaba en su soledad Matheo, cuando cerradas puertas y ventana de su gran alcoba de piedra estaba seguro de que nadie escucharía su lamento–. ¡Señor!… –continuaba la voz temblorosa que era un gemido y un sollozo–. ¿Qué es lo que quieres de mí? Un día me dijiste que “tuviera doble vista para escribir en un rollo de papiro las maravillas que el Padre obraba por ti”.
“¡Tú lo ves, Maestro, tú lo ves! ¡Mi corazón está deshecho! ¡Mi alma es un harapo tirado en el camino y no tengo fuerzas para hacerla revivir!… “¡Déjame morir, Señor, porque no puedo vivir la vida si tú no estas
en mi vida!…
Y Matheo se dejó caer como a morir sobre la estera de cáñamo que cubría las losas del pavimento.
Sintió la vocecita de Agades que cantaba en árabe con la marcada intención, sin duda, de que él la comprendiera. Era su “Anti vaos”: “El que va adelante”, y la estrofa tan sugestiva y adaptada al momento, que Matheo no pudo más y rompió a llorar a grandes sollozos.

“El que va adelante doblado de penas
Encuentra bien llenas
De amor y piedad
Alondras de seda en el pecho amigo
Que cantan: conmigo
Tu paz hallarás.

El que va adelante con paso ligero
Percibe primero
La luz del hogar,
El fuego sereno del techo materno
¡El nido más tierno
Que puede encontrar!”

A poco rato y sin que Matheo hubiera sentido ni el más leve ruido, oyó una suave respiración cerca de él. Al incorporarse sobre la misma estera, vio el endeble cuerpo de Agades que arrastrándose sobre sus rodillas, a falta de sus pies que no podían caminar, había entrado por la puertecita interior que comunicaba con la cocina porque había escuchado los sollozos desgarradores del extranjero.
—¡Niña! –le dijo–, ¿por qué has venido?
—Porque tú llorabas –le contestó ella con sus dulces ojos garzos
llenos de llanto.
Se sostenía medio sentada y haciendo un supremo esfuerzo.
Matheo la levantó en brazos como a una criatura y la sentó en la butaca forrada de piel de antílope. Olvidó su angustia…, su desesperada angustia ante el amor supremo de aquella criatura que apenas le conocía y que no quería verle sufrir…
—Esto no lo harás más, Agades, te lo ruego por tu anciano abuelito
–díjole Matheo, arrodillándose ante la niña que comenzaba a llorar.
—Lo haré una y otra vez, si de nuevo te siento llorar –contestó con gran firmeza la niña–. Tú vienes del mundo civilizado y traes la muerte en el alma. ¡Sabrás tantas cosas y yo no se nada!… Pero a mí me habla una voz que viene no sé de donde, si del viento de la tarde o de los pájaros que duermen o del lago donde voy a cantar; y esa voz me trae paz y me avisa cuando alguien tiene penas cerca de mi…
Matheo la escuchaba en silencio.
—A mí no me podrás engañar nunca porque esa voz amiga me lo cuenta todo. Vamos con abuelito que está orando por ti. –Y la niña hizo el movimiento de bajarse sobre la estera para andar arrastrándose en las rodillas y en las manos.
—¡No, niña, no! –gritó Matheo, aterrado del esfuerzo supremo que aquella criatura se disponía a hacer por segunda vez–.
“Si no soy demasiado torpe, yo te llevaré”.
La niña le tendió los brazos alrededor del cuello y dócilmente se dejó llevar hasta el sillón de ruedas.
—Tengo un abuelito y un papá fuerte y hermoso, como era el papá mío de la niñez –decía Agades que ya no lloraba, sino que reía porque el extranjero estaba consolado de su pena.
—Mucha honra es para mí ser tu papá. ¿Cómo has podido ocupar con un desconocido el lugar reservado en tu corazón a tu padre?
—¡Oh!… Tú no eres para mí un desconocido. ¡Yo te esperaba Matheo,
yo te esperaba!
—¿Y por qué habías de esperarme? ¿Acaso el maestro Filón anunció mi venida?
—No, no, nada de eso. Que lo diga abuelito –dijo la niña viendo llegar
a la cocina al anciano que miró a Matheo con los ojos aún llorosos.
—Veo que he venido aquí a traer tristeza –dijo Matheo, condolido de
verdad de lo que veía.
—No, señor extranjero, tú no. Es la niña que con sus cantos hace llorar al pobre viejo que no sabe como hacerla feliz.
“Es el caso que esta niña tiene alucinaciones y oye voces que no son de la tierra. Y una semana antes de tu llegada, me dijo: Aquí vendrá un hombre que tú y yo vamos a querer mucho. ¿Cómo lo sabes? –le pregunté–. La voz me lo dijo… Y ya ves, señor viajero, que la voz le dijo una verdad”.
—El maestro Filón –preguntó Matheo–, ¿sabe algo de esta voz que le habla a tu niña?
—Sí que lo sabe.
—Y, ¿qué dice él que sabe tantas cosas? –volvió a preguntar Matheo.
—Dice –contestó el anciano–, que el Señor de arriba –y señalaba al cielo–, sabe muy bien lo que hace y que “a Él nadie le pide cuentas”. Que le dejemos hacer y esperemos.
Matheo guardó un largo silencio que el anciano y la niña respetaron. El Apóstol del Cristo pensaba en la sabiduría de su palabra eterna: “Dios da su luz a los humildes y la niega a los soberbios”. ¿Qué mayor humildad que la de aquella florecilla silvestre que nadie había cultivado, y que a no ser por el amor de una madre dolorida y la abnegación de un pobre anciano, hubiera muerto de desolación y debilidad? Y sabia era también la respuesta de Filón de Alejandría al decirles que “dejasen hacer al Señor de arriba su obra y que esperasen”.
—“Por los frutos conoceréis el árbol”, dijo también mi Maestro –pensó en su largo silencio Matheo–. Ni en la Galilea donde nací, ni en las ilustres Sinagogas de Jerusalén, ni en su dorado templo pude encontrar mi paz, Maestro, desde que te fuiste, y he venido a encontrarla en este ignorado rincón del desierto, entre un anciano sin letras y una niña inválida que es una tórtola de las peñas.
“¿No estarás tu aquí, Maestro mío, en el alma de esta criatura para volverme a la vida que en una lenta agonía iba a escaparse de mi?…
Matheo hacía inauditos esfuerzos para contener el llanto porque una ola tremenda de emoción le ahogaba.
Agades cerró suavemente sus ojos y con una solemne majestad en la actitud y en la voz dijo: –¡Matheo!… ¡Ya es la hora! ¡Estoy esperando que comiences a cumplir tu pacto conmigo!
—¡Maestro!… ¡Maestro! –exclamó Matheo, poseído de extraña ansiedad y cayendo de rodillas ante la niña dormida.
El anciano se arrodilló también, sin saber lo que pasaba.
El Apóstol del Cristo dobló su frente sobre el pavimento y un tranquilo llorar se llevó para siempre sus últimas desesperaciones.
—¿Qué haces allí, Matheo? –preguntó la niña despertándose.
—Es que la voz me ha hablado esta vez a mí, Agades, como suele hablarte a ti; y yo he podido saber quién es el que me ha hablado.
—¿Y yo no puedo saberlo? –preguntó Agades mirando alternativamente a Matheo y al anciano.
—¡Hijita!… yo sé menos que tu; sólo sé que aquí hay cosas que andan mucho más arriba de mi cabeza… –contestó Al-Iacud, poniendo nuevos troncos de leña al fuego que ya se moría.
—El Hijo de Dios ha bajado a esta cabaña –dijo Matheo con la voz que aún temblaba de emoción–. Y ha bajado para darme una lección y recordarme una promesa.
Después de la frugal cena de esa noche elaborada con trozos de gallinetas montaraces y queso de cabra con higos secos y dátiles recién cortados, Matheo se despidió de sus nuevos amigos y encerrándose en la gran alcoba-escritorio de Filón, puso sobre la mesa los útiles de escribir y comenzó su trabajo de esta manera:

Libro de Yhasua el Cristo – Hijo de Dios
Capítulo I
De su generación según la carne

Y comenzó la larga serie de los antecesores de Yhasua de Nazareth, que los hombres sabios del Templo de Jerusalén habían desconocido como el Mesías anunciado por los Profetas y que por los labios de una
niña, humilde flor de montaña acababa de recordar a Matheo su pacto
diciéndole: ¡Ya es la hora!
Palabra solemne, grandiosa y eterna que fue para el decaído espíritu del Apóstol el formidable ¡excelsior! de bronce que lo hizo volver a la vida.
—La voz me ha resucitado –decía él, sintiendo que una energía nueva circulaba en su ser como la savia en la raíz, el tallo y las ramas de un árbol moribundo.
Fue Matheo el primero de los cronistas de la vida excelsa del Cristo y pudo bien aplicarse el significado de las dulces canciones de Agades que en lengua tuareg se llamaba: “Anti vaos”: El que va adelante.

El que va adelante con pecho valiente
Primero a la fuente
Se llega a beber.
La fuente le brinda la suave frescura
De sus aguas puras
Más dulce que miel.

Y la fuente divina encerrada en el corazón del Cristo Hijo de Dios vivo inundó la mente y el corazón de Matheo y se desbordó sobre el Oasis, sobre las arenas del desierto, sobre los peñascales abruptos y fragorosos.
Y la marcha triunfal del Cristo esbozado en los pergaminos de Matheo mientras sentía la fresca brisa del lago, el rumor de las palmeras y el dulce cantar de Agades, su “Anti vaos”, ya no se detuvo, sino que fue volando Nilo arriba hacia el sur como un blanco ánade que fuera posándose para descansar en los oasis del camino.
De Baharije al Oasis de Farabreh, al de Dakel, al de Kargh, al de Cureur y luego a Kjandaj y Dongola a la altura de la cuarta catarata donde el Nilo truena ensordecedor en la época de los grandes desbordamientos.
Y el Anti vaos escuchado por Matheo y vaciado del corazón de Agades la humilde aldeanita inválida del Oasis de Baharije, tuvo el poder de llevarle hasta la montaña de Gondar a la orilla del Lago Tana en la lejana Etiopía.
Era una de las vertientes madres del gran río legendario, y allí fue a detenerse Matheo a los seis años de haber salido de Alejandría con la muerte en el corazón y el más helado pesimismo que puede abatir el alma de un hombre.
Pero llevaba consigo a Agades curada por él de la parálisis de sus pies, y al anciano Al-Iacud fortalecido y renovado en su alma y en su cuerpo por la vibración poderosa de amor que el Hijo de Dios, el dulce Rabí Nazareno extendió como una marea invisible en la cabaña Idinen o Monte
de los genios, a donde Filón mandó a Matheo como un muerto que anda y donde encontró la resurrección y la vida, la fe en sí mismo y en Aquel que por la boca de Agades hipnótica le había dicho: ¡Ya es la hora!
Y yo digo también, lector amigo, que ya es la hora de que sepamos de una vez por todas que cuando un alma responde fielmente al llamado divino, toda la grandeza de los cielos superiores se desborda sobre ella como un manantial incontenible.
Tal es el secreto de la rapidez maravillosa con que se extendió la idea divina del Cristo en el África del Nilo en el siglo primero de nuestra era, no obstante la incomprensión, las persecuciones y las mil dificultades que el amor de los amigos de Yhasua tuvieron que afrontar. La marcha larga y heroica de Matheo el primer cronista de la vida de Cristo, fue a detenerse por fin al pie de los muros de Nadaber (Hoy Ankober) fortaleza real donde Egipo, rey de Etiopía y la reina Candace lo acogieron como a un maravilloso mago que volvía a la vida al joven heredero atacado del “mal de la tristeza”, como llamaban a la tuberculosis pulmonar aguda en último grado. De él volveremos a ocuparnos más adelante.
Por hoy basta con lo referido, y sólo resta añadir que cuando Matheo quiso partir del Oasis de Baharije por el impulso interno que sentía cada vez que Agades cantaba su canción favorita “Anti vaos”, la dulce niña le dijo:
—Llévame contigo, Matheo, mi papá hermoso y fuerte que me trajo el Genio bueno del Jordán. ¡Llévame contigo! Me devolviste la vida del cuerpo, y yo te di la vida del alma… Llévame contigo y te cantaré siempre Anti vaos.
—¿Y el abuelo? –preguntóle Matheo.
El ancianito que había escuchado este diálogo asomó la cabeza desde la puerta de la cocina donde cuidaba el pan en su hornillo y dijo risueño y feliz:
—El abuelo irá también contigo, Matheo, porque tendrás necesidad de mi pan y de mis guisos para seguir adelante.
Y aquí tenemos, lector amigo, el maravilloso fruto del amor de tres vidas humildes que se hicieron una sola bajo la mirada radiante del dulce Rabí Nazareno.

17
EN JERUSALÉN

Volvemos a la ciudad de la gran tragedia en seguimiento de los cuatro Apóstoles que decidieron volver a ella: Pedro, Andrés, Santiago y Matías.
Todo un mundo de encontrados pensamientos los agitaba dolorosamente. Conservaban vivos los recuerdos de los últimos días vividos allí entre el terror y el espanto, a los cuales siguieron las divinas compensaciones del Cristo glorioso que se les presentaba de improviso en los momentos de amorosa recordación de su persona, de su vida y de sus obras.
Pero en el alma humana parecen grabarse más profundamente, los acontecimientos dolorosos que fueron como un desgarramiento terrible que hizo sangrar nuestro corazón.
Y a los cuatro amigos de Yhasua que volvían a Jerusalén les ocurrió de igual manera. Las radiantes visitas del Divino Amigo parecían esfumarse en el alma como un dulce recuerdo; pero los dos últimos días de su vida, o sea desde su prisión hasta su muerte, se les clavaban en el corazón como un cortante estilete que le atravesara de parte a parte.
Llegaron a mitad de la tarde, pero decidieron esperar que llegaran las primeras sombras de la noche para entrar a la ciudad por la última puerta que se cerraba, que era la del oriente llamada entonces de Las Ovejas porque daba al Valle del Cedrón donde los pastores de la Judea tenían cercados para los ganados traídos a los mercados de la ciudad.
Era, desde luego, la puerta menos vigilada, pues de ordinario allí sólo estaba el guardián en su casilla, y en las horas del día el cobrador del tributo que los ganaderos debían pagar por la entrada de bestias a la ciudad.
Por un agente especial de Simónides, Pedro había tenido noticia de que el Sanhedrín, en previsión de represalias o venganza de parte de los amigos del justo que tan inhumanamente escarnecieron y martirizaron, tenía una policía aparte y secreta para descubrir cualquier movimiento en tal sentido.
Y debido a estos temores fueron a dejar sus pequeños fardos de equipaje en el antiguo sepulcro de Absalón lo más cercano a las murallas de Jerusalén que pudieron encontrar. Sabían además que era ese un lugar de refugio usado por los peregrinos terapeutas cuando les sorprendía la noche y encontraban cerradas las puertas de la ciudad. Pero ellos ignoraban por completo que ese vetusto panteón sepulcral, guardaba el gran secreto sólo conocido por los Sacerdotes Esenios, según recordará el lector, o sea que allí tenía salida el “Sendero de Esdras” cuyo comienzo estaba en la sala de los incensarios, en el Templo mismo, que era la inexpugnable fortaleza desde donde el Sanhedrín ejercía su despótica autoridad sobre el humillado pueblo de Israel. Pareciera una simbólica coincidencia que aquel sendero subterráneo por el cual salvaron su vida tantos justos anteriores y posteriores al Ungido Verbo de Dios, y, aún Él mismo cuando comenzó la persecución del clero Judío, tuviera comunicación y salida al panteón sepulcral de Absalón, hijo del Rey David, tronco del árbol milenario de donde surgió la persona humana del Mesías enviado al país de Israel.
Era aquel panteón como todas las tumbas reales de aquella remota época, o sea un amontonamiento formidable de gruesos bloques de piedra ensamblados unos con otros en forma de resistir al embate de los siglos y de todas las contingencias humanas.
Habían pasado sobre las ciudades y campos de Israel las terribles invasiones asirias cegando vidas de reyes y vasallos, destruyendo ciudades, pueblos, templos; desbastando campos entregados al saqueo y a las llamas, y esos monumentos funerarios resistieron las tremendas furias de los enemigos de Israel. Allí no había tesoros que incitaran al robo y al pillaje, sino blancos huesos o heladas cenizas de los que un día ciñeron coronas reales y entonces nada significaban en la vida.
Sólo el amor fraterno de los esenios podía encontrar beneficio en ellos, para todos los perseguidos por la injusticia de los poderosos de la tierra.
Y en el siglo I de la era cristiana fueron los sepulcros y los cementerios, lugares de espanto para todos, los que brindaron amparo y refugio a las golondrinas errantes que desde la cruz del Cristo sacrificado volaron hacia todas las regiones de la Tierra.
En aquella vasta sala de piedra enmohecida por los siglos, pero limpia y ornamentada con las sencillas comodidades usadas por los esenios,
fueron a refugiarse los cuatro discípulos del Cristo hasta que llegada la noche pudieran entrar en la ciudad.
Grandes sacos de esparto llenos de paja servían de lechos de reposo; y la resquebrajada mesa de piedra para el embalsamamiento de cadáveres y las tinajas para el lavado y los bancos de los operadores, eran todo el mobiliario del sombrío y austero recinto donde nada había que pudiera suavizar la adusta perspectiva. Las inscripciones de las hornacinas y nichos aparecían borrosas y gastadas por el roce mismo del tiempo que al pasar va dejando su rastro bien marcado aún sobre la dura piedra.
Pedro y Matías eran de temperamento más sensitivo y un imperceptible escalofrío los estremeció ligeramente al penetrar en aquel recinto sepulcral. Por las ojivas abiertas en lo alto de los muros penetraban débilmente los postreros resplandores del sol poniente y las últimas golondrinas del otoño entraban y salían enseñando a volar a sus hijuelos, listos ya para abandonar el nido.
Pedro los miraba fijamente y sus ojos enrojecieron próximos al llan-
to.

—Creo que hemos hecho mal en volver tan pronto a Jerusalén –dijo
Matías, que percibió la amargura reconcentrada de Pedro–. No haremos más que reavivar los dolorosos recuerdos y aplastar la poca energía que las últimas visitas del Señor dejaron en nuestro espíritu.
—En efecto –respondió Pedro–. Y estas avecillas que desesperadamente entran y salen apremiando a sus hijuelos a tender el vuelo es un símil perfecto de nuestra situación actual. Nuestro Maestro fortaleció las alas de nuestro espíritu y nos apremia a volar por todas las regiones de la tierra, pero nosotros nos encerramos en este sepulcro a la espera de la noche para entrar en la ciudad que le dio muerte y que acaso nos recibirá con azotes y lapidación.
De pronto los cuatro se quedaron suspensos, con los ojos muy abiertos y el oído atento… Y los cuatro cayeron de rodillas porque juntos percibieron estas suaves palabras como si fueran un eco que resonaba en lo hondo del corazón: “En Jerusalén encontré la muerte y en Jerusalén volví a la vida gloriosa en el Reino de mi Padre”.
—¡Maestro!… ¡Señor!… ¡Ordena a tus siervos y haremos cuanto mandéis!… –clamó Pedro el primero, dejando correr abundantes lágrimas de emoción. Los demás lloraban silenciosamente sumergidos en ese místico arrobamiento del alma que siente en torno suyo la presencia divina.
Siguió ese dulce silencio de meditación que perdura en el ambiente y en las almas cuando ha pasado por ellas un hálito de Divinidad.
Un eco rumoroso que parecía proceder de las entrañas de la tierra, les sacó de la dulce quietud; y un tanto alarmados prestaron atención al sordo ruido que se acercaba. Estuvieron a punto de echarse a correr
cuando vieron que una hornacina vacía en un rincón de la cripta se abría lentamente y aparecía un hombre joven vestido con el oscuro sayal de los terapeutas y llevando en la mano una cerilla encendida. También él se sorprendió al encontrar huéspedes en el panteón, pero pronto se reconocieron y fraternales abrazos sucedieron al asombro y al temor.
Era el joven sacerdote esenio Imer, aquel que por tener un gran parecido al Maestro se vistió y peinó sus cabellos como Él, aquel día del primer sermón suyo en el Templo repudiando las viciosas prácticas del Sanhedrín en cuanto a las ofrendas y los sacrificios de sangre en el ara del altar.
—¿De dónde venís? –fue la primera pregunta que le hicieron los
cuatro discípulos.
—Del templo vengo, obedeciendo el consejo de nuestro padre Eliseo. En la oración de la hora nona, Eleazar, que estaba de turno ante el altar de los Perfumes oyó la voz que le decía: “Conviene saber lo que pasa en la cripta de Absalón”. Y fui yo el designado para venir a averiguarlo.
¿Qué os pasa, hermanos del Señor?
—Que somos muy cobardes –le contestó Pedro–. Hemos llegado de Galilea a la primera hora de la tarde y esperábamos aquí la llegada de la noche para entrar en la ciudad.
—Eso no es cobardía sino precaución –contestóles Imer–. Andan los espías del Sanhedrín como lebreles de caza husmeando presas para devorar.
—Ellos saben que mataron al Mesías anunciado por los Profetas, y están viendo siempre a su espalda el fantasma amenazador de una venganza que no saben de donde ha de venir.
—Creí que esos asesinos de inocentes no se acordarían más del crimen
cometido –dijo Andrés.
—¡Oh!, no lo creáis así. Es que han sucedido y siguen sucediendo cosas terribles en el Templo, y el Sanhedrín hace ayunos y viste sacos de penitencia y de cilicios para aplacar la cólera de Jehová.
—El Maestro nos dijo que no hay cólera ninguna en Jehová –arguyó
Santiago.
—¡Justo, hermano!…, esa es la doctrina del Hijo de Dios, pero no la del Sanhedrín. Para ellos existe la ira de Jehová porque saben que asesinaron al Justo enviado por Él.
—Y, ¿se puede saber qué es lo que pasa en el Templo? –preguntó
Matías con marcada curiosidad.
—Pues que aparecen frases escritas con múrice rojo, que fueron dichas en otros siglos por los Profetas que anunciaron las vejaciones y tormentos que había de sufrir el Hijo de Dios. Y aparecen dentro del Templo y en sitios donde no es posible que entre persona alguna después que el
Comisario del Templo ha cerrado puertas y ventanas y se ha guardado las llaves.
—Y, ¿quién escribe esas frases? –preguntó Pedro estupefacto.
—Ese es el secreto que el Sanhedrín quiere descubrir.
“Últimamente han aparecido estas frases: “Será llevado como un cordero al matadero y él no abrirá su boca”. “Será llamado varón de dolores”. “Toda verdad saldrá de su boca y será llamado el Justo, el Fuerte, el Hijo del Altísimo, el Príncipe de la Paz”. Y aparecen con el nombre del Profeta que lo dijo varios siglos antes de su llegada.
“Pero hablemos de vosotros –dijo Imer–. ¿Qué pensáis hacer por el
momento?
—Ya te lo hemos dicho: entrar en la ciudad cuando caiga la noche.
—¿Y después? –volvió a preguntar el sacerdote.
—Somos pobres gentes de Galilea, pero tenemos aquí palacios como hospedaje –dijo Pedro, sonriendo de lo que él mismo juzgaba como un motivo de vanidad–. Y en esos palacios hay mayordomos encargados de proveer de cuanto sea necesario a los discípulos del Señor.
—Sois, pues, muy afortunados –añadió Imer–, y me alegro mucho de
ello. Creo que Ithamar y Henadad serán vuestras casas.
—Justamente –contestaron los cuatro a la vez.
—Pues bien, ahora me toca el turno de haceros participantes de todos los secretos que los sacerdotes Esenios tenemos, y los que iremos descubriendo en adelante.
—¿Secretos? –interrogaron los discípulos de Cristo.
—¡Tendremos tantos! –añadió Pedro–, ya que nosotros mismos somos secretos vivos, puesto que tendremos que vivir como búhos, ocultos de la luz del día y ambulantes con las sombras de la noche.
—¡No os quejéis de la vida! –exclamó con gran dulzura el esenio–.
¡No tenemos derecho a quejarnos después de lo que hemos tenido ante nuestros ojos!
—¡Es cierto! –exclamaron los cuatro.
—Y yo soy el más cobarde de todos –añadió Pedro.
—Te aseguro que no lo seréis ninguno en adelante.
—Empezad con los secretos –dijo Santiago, que estaba inquieto por
conocerlos.
—En primer lugar debéis saber que esa hornacina que me dio salida, es la puerta de un largo túnel que llega hasta la sala de los incensarios. Ya sabéis dónde está.
—Sí, sí –contestaron–, en la nave lateral de la derecha anexa a la sala
de los ornamentos.
—¡Justo! Este camino subterráneo, que data desde la reconstrucción del Templo por el Profeta Esdras, se llama “Sendero de Esdras”, y es
completamente ignorado por el Sanhedrín y por todo el personal administrativo del Templo. ¿Vale el secreto?
—¡Oh, oh!, y qué gran secreto es ese.
—Y, ¡cómo hay que guardarlo! –exclamó otro.
—¡Hasta con riesgo de la vida! –afirmó el Sacerdote–. Por él se salvaron los Sabios del Oriente hace treinta y cuatro años, cuando yo acababa de venir a este mundo. Por él se han salvado muchas veces nuestros Ancianos sacerdotes y por él se salvó el mismo Ungido de Dios cuando el Sanhedrín mandó a prenderlo en el Templo mismo, terminado su primer discurso. Y he recibido hoy, la orden de nuestros Ancianos de poneros en conocimiento de este secreto, ya que sois los continuadores directos del Maestro ante este mundo, que Él os ha dejado en herencia para cultivar.
—Entiendo con esto que nosotros podemos hacer uso de ese camino
subterráneo en caso de necesidad –dijo Pedro.
—Justamente, hermanos, y para eso os lo he revelado. Y esta misma noche, en vez de entrar a la ciudad por la Puerta de las Ovejas, entraréis conmigo por el Sendero de Esdras, cuando el Comisario ha hecho la última inspección del Templo y se ha retirado con las llaves.
—Pero no podremos salir de allí nuevamente, puesto que el Templo
estará cerrado y las puertas de la ciudad también –observó Matías.
—Debemos hacer un salvamento esta noche. Dejadnos hacer y vosotros sois nuestros cooperadores del exterior. ¿Tenéis algo de comer? Porque el camino es largo y debéis fortaleceros antes de marchar.
Los cuatro discípulos echaron mano a sus saquillos de provisión, y entre todos dieron cuenta de lo poco que les quedaba.
—Vuestros equipajes quedan aquí más seguros que en ninguna parte. Y ahora vamos andando, porque en lo que resta de luz antes de la noche no recorreremos todo el camino.
De entre una de las tinajas vacías sacó Imer varias torcidas de hilos encerados, los encendió y entregó a sus compañeros de subterránea excursión. Se puso adelante y en fila cerrada entraron por la hornacina que fue nuevamente clausurada y comenzó la marcha. Pedro y Matías eran de alta estatura y debían doblar la cabeza para no chocar con las filosas salientes de la áspera techumbre.
¡También aquel tenebroso subterráneo les recordaba al divino Amigo que todo era luz, amor, paz y claridades de cielo, y que en los últimos días de su vida terrestre habíale salvado por ese mismo camino!
Llegados que fueron a la sala de los incensarios les sobrecogió el ánimo las profundas tinieblas del Templo. Y más aún el nauseabundo olor de sangre, carne y grasas quemadas en los sacrificios del día, que al cerrarse puertas y luceras quedaba concentrado allí dentro en tapices y cortinados.
Antes que un santuario de oración y templo santo del Dios Invisible, parecía un antro mal oliente de bestias muertas y de grasas quemadas.
—¡Luz, luz!, por piedad –decían los cuatro apóstoles, habituados al aire puro de Galilea, a las brisas de su lago dorado y al perfume de las flores, los frutos y las mieses.
—¡No sé cómo soportáis esta vida! –decía Pedro.
—Los amigos íntimos del dulce Rabí Nazareno que oraba sobre los montes o a la vera de los lagos, no podéis comprender que los sacerdotes Esenios podamos orar entre esta nauseabunda atmósfera donde todo respira la pesadez de la animalidad.
Imer apagó las cerillas después de haber hecho sentar a los cuatro compañeros en el estrado de la nave lateral en que estaban.
—Ahora –añadió en voz muy baja–, haced de cuenta que estáis muertos, pues vuestro silencio debe ser absoluto.
Después de unos momentos de espera, sintieron un leve ruido en la techumbre, hacia la nave de la izquierda o sea frente a donde ellos estaban.
Vieron un disco de claridad y comprendieron que era una ojiva que se abría desde afuera. Por ella penetró una grácil personita que vestía túnica blanca y el rostro cubierto a medias con la toca y el velo usado por las vírgenes del Templo. Y comenzó a deslizarse suavemente alrededor de la nave hasta llegar a la gruesa vara de plata en que se sostenía el Gran Velo del Sancta Sanctorum. Empezó a correrlo hacia ella lentamente evitando que las anillas produjeran ruido. Y cuando todo estuvo descorrido se dobló sobre él, y abrazándose de aquel grueso rollo de blanco lino se deslizó por él hasta el pavimento del templo. Entonces encendió una de las lámparas menores y comenzó su trabajo silencioso. Escribió sobre el velo del templo con un pincel mojado en múrice rojo las últimas palabras que pronunció Moisés antes de morir:
“Israel ha traicionado a su Dios. Será dispersado a los cuatro vientos del cielo. Palabras de Moisés”.
Los discípulos de Cristo observaron que aquella virgen tenía los ojos cerrados cual si estuviera dormida.
Y continuó escribiendo en el pavimento del Sancta Sanctorum ante el altar mismo en que estaba el Arca de plata con querubines de oro, en que se guardaban las Tablas de la Ley y los sagrados textos:
“Cuando los tiempos sean venidos, el Eterno os enviará un Profeta como yo de entre vuestros hermanos, y pondrá su Verbo en su boca, y ese Profeta os dirá lo que el Eterno le haya ordenado”.
“Y a quien no escuche las palabras que Él os diga, el Eterno le pedirá cuentas” –Moisés en el capítulo 18 del Deuteronomio–. “Y el Sanhedrín de Israel ha despreciado la palabra del Enviado y le ha dado
muerte sobre una cruz. Y el Sanhedrín de Israel ha merecido la terrible maldición de Moisés”.
Hasta aquí había llegado la silenciosa virgen cuando la vieron que apagó la lámpara y se encaminó al gran velo que estaba doblado en numerosos pliegues, tal como ella lo había dejado, e iba a abrazarse de él para volver a subir hacia la ojiva por donde entró, cuando sintieron que dio un suspiro prolongado casi como un gemido y se despertó.
—¿Qué es esta oscuridad, Dios mío? –clamó con doliente voz. Imer
se le acercó suavemente.
—Rhoda, Rhodina, virgen de Jehová, no temas de mí que quiero salvarte la vida. Pasada la media noche vendrán los Comisarios y Jueces del Sanhedrín porque quieren descubrir quién escribe palabras terribles de Moisés y los Profetas, y te condenarán a muerte por encontrarte aquí…
—¡Oh, sí!, sácame de aquí que no sé qué espíritu diabólico me ha traído a este lugar –y temerosa y temblando, se tomó de la mano de Imer.
Este dijo a sus compañeros:
—Corred sin ruido el velo del Templo como antes estaba, y volvamos enseguida por donde hemos venido.
Y él condujo a la niña hacia la sala de los incensarios.
Cuando todos estuvieron reunidos allí en completa oscuridad, el sacerdote esenio les dijo:
—Tened dispuestas las cerillas, pero no las encendáis hasta que yo os avise.
A poco rato de espera sintieron ruido de cerrojos en los patios interiores, y luego rumor de voces apagadas que se acercaban.
—Era verdad el anuncio de que hoy vendrían. Ya están aquí. Salgamos –abrió Imer la puertecilla secreta del Sendero de Esdras, practicada en el fondo de una alacena con ropas de los Levitas, y haciendo salir a todos se quedó el último para cerrar la oculta abertura. Encendieron las cerillas y el joven sacerdote les guió a un recodo que formaba el camino y donde había bancos para descanso y un cántaro con agua.
La jovencita aparecía blanca como la toca y velo que la cubrían, y sus ojos llenos de espanto miraban aquellos hombres desconocidos que la llevaban por aquel antro de tinieblas y de horror.
Pedro se llenó de compasión por aquella débil y misteriosa criatura, a la que había visto realizar un hecho de prodigioso esfuerzo y valor en estado durmiente y que ya despierta estaba temblando de timidez y de espanto.
—No temas nada de nosotros, querida niña, que no intentamos hacerte
daño ninguno –le dijo con paternal ternura.
La jovencita se abrazó a él y comenzó a llorar silenciosamente. Un
temblor convulsivo agitaba su cuerpo y por fin su cabeza lacia como una flor tronchada cayó sobre las rodillas de Pedro, que la sostenía.
Imer le hacía aspirar una redoma de esencia y le salpicaba el rostro con el agua del cántaro. La reacción tardaba y el débil cuerpo empezaba a enfriarse en las extremidades.
Los hombres se quitaron los mantos apresuradamente y la cubrieron toda.
Ninguno comprendía por completo aquel enigma y ninguno hablaba. Pero todos ellos tenían el mismo pensamiento: “¡Señor!… ¡Cristo Ungido de Dios! ¡Ten piedad de esta criatura que fue tomada como instrumento por la Divina Justicia para despertar a los malvados que te dieron muerte!”
La evocación silenciosa de Pedro fue tan formidable que de pronto se puso de pie; todos los mantos cayeron al suelo y con la niña en brazos la levantó a la altura de su cabeza como si fuera una grácil figura de cera y dijo con una voz que lloraba:
—¡Maestro mío, Hijo de Dios vivo! ¡Te ofrezco el cuerpo de esta virgen del Templo de Jehová como una hostia de propiciación a cambio de que le vuelvas la vida!…
La niña dio un gran suspiro y se incorporó en el regazo de Pedro. Todos habían pasado un momento terrible.
—Gracias a Dios –dijo Imer–, todo ha sido salvado. Ahora continuemos nuestro camino.
—Pero esta criatura no podrá andar por sus pies –observó Matías.
—Sí que puedo –dijo ella, y se tomó confiadamente de la mano de
Pedro.
—Yo guiaré –observó Imer–, y cuando te canses, Rhodina, nos avisas
y por turno te llevaremos en brazos.
—¿Adónde me lleváis y por qué me sacáis del Templo?
—Ya te lo explicaremos después –contestaba Imer–. No tengas miedo
que nada malo te ocurrirá.
Como advirtió Pedro que su endeble compañera acortaba sus pasos y recién estaban a un tercio del camino, le dijo suavemente:
—Ya no puedes más, hija mía, te llevaremos en brazos. Yo soy fuerte, ya lo ves.
Era tiempo, en efecto, pues a la pobre niña se le doblaron las rodillas y quedó sentada en el camino de piedra.
Santiago y Andrés formaron silla de manos y Pedro puso en ella a
Rhodina, afligida y llorosa.
—¿Por qué me habéis traído?… ¿Qué vais a hacer conmigo?… –murmuraba la niña, buscando en aquellos rostros iluminados por la opaca luz de las cerillas la respuesta que ninguno le daba.
Por fin llegaron al panteón sepulcral de Absalón, donde apresuradamente encendieron un buen fuego, pues que todos sentían que el intenso frío del camino subterráneo parecíales haberles penetrado hasta los huesos; el sacerdote Imer, que conocía todos los escondrijos de los terapeutas peregrinos, dueños de aquel lugar, sacó una ánfora de vino y otra de miel que calentadas al fuego pronto reanimaron las decaídas fuerzas de todos, no tanto por el esfuerzo realizado como por las impresiones sufridas.
Recostaron a Rhodina en uno de aquellos lechos de paja, la abrigaron convenientemente y Pedro le dijo:
—Descansa y duerme, hija mía, que yo, el más anciano de todos te guardo y velo tu sueño. La paz sea contigo.
Sentados todos en los lechos de paja guardaron profundo silencio a una señal que Imer les había hecho. Y cuando estuvieron ciertos de que la niña dormía, se apartaron al más retirado ángulo del panteón y el sacerdote Esenio les dijo:
—Os debo una explicación de todo lo que habéis visto y ahora os la
daré.
Andrés y Matías acercaron sus bolsos de provisiones consistentes en pan, queso y frutas secas, y los invitaron a compartir la frugal cena de media noche.
Pedro puso nuevos troncos de leña al fuego y todos rodearon a Imer para escuchar lo que debía decirles.
Empezó así su relato:
—Esa pobre jovencita tiene una historia penosa que nos conmueve a cuantos la conocemos. Diríase que es una privilegiada del dolor, que ella soporta con una serenidad casi estoica. No cuenta más que diecisiete años y es huérfana de madre. Su padre, casado con otra mujer, se vio obligado a desprenderse de la hija, que tuvo la desgracia de inspirar celos y odio a su madrastra. Una tía, hermana de su madre, vive como viuda sin fortuna refugiada en el Templo y es la encargada del cuidado de túnicas y mantos sacerdotales, minucioso y penoso trabajo con que ella paga la manutención y hospedaje en un pabellón de los claustros sagrados. Allí cobijó a su sobrina Rhoda, desde los doce años. Era enfermiza y sufría desmayos frecuentes. Los médicos diagnosticaron histeria aguda y algunos, epilepsia.
“Uno de nuestros Ancianos sacerdotes, algo pariente de la tía Susana, comenzó a observarla y empleó tratamientos de nuestra terapéutica en procura de su curación, pero todo fue en vano. Hasta que un día en una de las veces que el Mesías Ungido de Dios vino a Jerusalén, tuvo la idea de que la tía y la sobrina estuvieran cerca de la puerta del Templo por donde Él debía entrar y salir. Y llegado el momento y a indicación del Anciano sacerdote Ismael, que lo conocía, la niña Rhoda se arrodilló ante
Él y le dijo: “Cúrame, Señor, que vivo muriendo de muchos males y Tú tienes poder para hacerlo”. La niña tenía entonces quince años. El Hijo de Dios la miró como sólo Él sabía mirar a las dolientes criaturas que le pedían piedad. Le tomó la cabeza con ambas manos, la miró fijamente a los ojos hasta que ella se durmió y dormida habló así:
“¡Gracias, Señor, Ungido del Altísimo! Ya no estoy enferma y comprendo lo que me dice tu pensamiento. Seré lo que tú me mandas que sea: un instrumento del Poder Divino para despertar a los dormidos”.
“Y el Maestro, cuando la vio despierta, le dijo: “Mi Padre te ama y yo te bendigo en su nombre, hija mía. Hazlo como acabas de prometerlo y yo te recordaré siempre”. Desde ese día no tuvo mal ninguno y tan animosa y decidida se tornó, que conquistó para el Cristo Divino a todas las viudas y vírgenes del Templo que son cuarenta y siete. Cuando supo la prisión del Ungido del Altísimo sufrió una terrible crisis y durmió durante tres días seguidos, en los cuales no tomó ni una gota de agua. Se despertó el domingo a mitad de la mañana con un cansancio como si hubiera hecho un enorme trabajo. Le fue pasando poco a poco y siguió su vida normal. Incansable para el trabajo y el estudio de los Libros Sagrados vive la vida de una mujer madura y no de una jovencita; y cuando acompaña los cánticos con su cítara y canta los solos, hace llorar a las piedras porque su alma y su vida toda la dan en su expresión y su palabra.
“Y últimamente, en estado de durmiente ha comenzado a hacer lo que vosotros habéis visto esta noche, y que sólo los sacerdotes esenios conocemos por el aviso de la tía Susana, que la veía levantarse y la seguía en las primeras noches. El Sanhedrín está en ascuas sin poder descubrir lo que pasa, atribuyéndolo a fuerzas diabólicas y a magia negra. Hasta que en la asamblea de ayer dispusieron penetrar cautelosamente en el Templo a media noche, con los jueces y Comisarios, soldados y guardias, y quedó ya condenado a azotes y lapidación si era un ser de carne y hueso; y que se harían exorcismos mayores si era obra de espíritus infernales. Todos los que por el Sanhedrín fueren excluidos de la condena del Ungido, han renunciado con diversos pretextos desde que comenzaron a aparecer las misteriosas escrituras en diversas partes del Templo, y han pensado que todo esto es anuncio de que se acerca la justicia de Dios por el horrendo crimen cometido por el Sanhedrín. Y han tomado las misteriosas escrituras como el terrible Mane-Thecel-Phares, que apareció a Baltasar, rey de Persia y que le descifró el Profeta Daniel como anuncio de la terrible invasión enemiga que le costó el trono y la vida.
“Por eso os dije cuando esta tarde os encontré aquí, que teníamos que hacer un salvamento. Y ya está hecho. La niña ésta, no puede ni debe volver al Templo y hemos convenido con su tía Susana y su pariente, el sacerdote Ismael, que se dirá si alguien pregunta, que la joven tomará
esposo y quedará en su nuevo hogar. Ahora os pregunto a vosotros.
¿Podéis hospedarla en vuestro hospedaje?” Pedro contestó enseguida:
—Claro que sí y es un deber ineludible. En el palacio Henadad, del cual tengo llaves y que está destinado a albergar a los amigos de nuestro Señor y Maestro, puede estar Rhoda y acaso con más derecho que muchos, por cuanto el Señor le dio su protección y su amor. Eso está solucionado. Déjalo por mi cuenta, que este humilde servidor del Mesías será, desde hoy, como su padre.
—No esperaba menos de vosotros, discípulos del Hijo de Dios. Bien cumplido fue el aviso de nuestro Padre Eliseo que nos mandó a la Cripta de Absalón a saber lo que pasaba en ella.
—Era que unos pobres hombres del pueblo, aprendieron del Verbo de Dios el amor fraterno que remedia todas las necesidades –dijo conmovido Matías.
Y cuando a la madrugada se encaminaron a la Puerta de las Ovejas, llevaron a Rhoda cubierta con un manto oscuro para ocultar su blanca túnica que hubiera llamado la atención, y como a una hija endeble Pedro la llevaba de la mano,
El Sacerdote Imer se dirigió por otro camino a casa de sus ancianos padres, que estaban alarmados porque en toda la noche él no había vuelto a su casa.
A Rhoda le esperaba en el palacio Henadad, hogar de los amigos de Yhasua, la amistad de muchos hermanos y el amor del compañero que la Ley divina le tenía destinado.
Al siguiente día muy de mañana cada uno de los cuatro discípulos se lanzó a las calles de Jerusalén aún sumida en la quietud de la noche. Sólo en la plaza del mercado y en las puertas de la ciudad se percibía algún movimiento de vendedores ambulantes que conducían al hombro o sobre asnos sus mercaderías para la venta.
Pedro se dirigió de inmediato hacia la Puerta de Joppe para salir al campo y volver a ver la trágica montaña donde murió su amado Maestro. Quería mirar de nuevo aquel sepulcro en que su sagrado cuerpo estuvo dos días y dos noches. Quería comprobar si no había sido encontrada la cruz en que Él entregó al Padre su glorificado espíritu y que él con José de Arimathea y otros discípulos habían enterrado en un sitio que sólo ellos sabían.
Grande fue su sorpresa cuando al llegar al pie de la colina trágica la encontró transformada por completo.
Había desaparecido la escabrosidad del montículo como si una guadaña gigantesca hubiera cortado a ras las aristas y salientes rocas de los barrancos pedregosos.
Aparecía sembrado de verde césped y una cerca rústica de piedras rodeaba todo el montículo hasta llegar al sepulcro aquel en que el augusto Mártir fuera sepultado,
Y Pedro se quedó paralizado de asombro y sentándose sobre el césped en el sitio mismo en que estuvo la cruz de su Señor, se fue sumiendo en honda meditación hasta que una emoción profunda inundó sus ojos de llanto y su alma de infinito amor.
¿Quién había obrado aquella gran transformación? Y cuando pasado el primer momento de oración, de amor y de lágrimas, empezó a observar los alrededores, se dio cuenta de que muchas sepulturas habían sido abiertas en los peñascos que aparecían continuando la cerca que encerraba el montículo tapizado de verde césped. Y en el sitio mismo de la crucifixión habían levantado un pequeño obelisco de bloques de piedra blanca y en el que había esta sola inscripción en árabe y en latín: PAZ.
Pedro continuaba pensando. De pronto se dio una palmada en la frente y dijo:
—¡Simónides! ¡Aquí anduviste tú, Simónides! –Pedro había acertado
a descifrar el enigma.
En la semana siguiente a la crucifixión, el sagaz anciano que era un lince para realizar estupendas combinaciones, había mandado al Scheiff Ilderín a comprar al Gobierno romano la pequeña colina del Gólgota que sólo tendría unos doscientos metros cuadrados.
Le horrorizaba que continuara siendo el infame Monte de las Calaveras donde se ajusticiaba a todos los bandidos de la Palestina. Su corazón enamorado de su soberano Rey de Israel le exigía transformar aquel paraje en algo sagrado, venerable, santo.
Simularían que esa tierra era comprada para sepulturas de los residentes árabes que morían en Jerusalén.
Y a tal fin lo compró para Simónides el Scheiff Ilderín, que mantenía buenas relaciones con el Gobernador Pilatos, representante del Gobierno Romano. Lo menos que pudo suponer Pilatos era que tal adquisición la hiciera un servidor y amigo del Profeta Nazareno que él dejó crucificar. Fue satisfacción para él hacer entrar buen oro a las arcas del César por una tierra estéril e inútil que todo ser viviente despreciaba y maldecía. Pedro cayó de rodillas al pie del blanco obelisco y se abrazó como si hubieran sido los pies sangrantes de su amado Maestro, sacrificado en aquel mismo lugar.
El despreciado Monte de las Calaveras o Gólgota había sido transformado por el amor de los amantes de Yhasua, en un recinto de paz, de sosiego y de oración: en un humilde jardín-cementerio, última morada donde terminan las vidas humanas.

18
EL APÓSTOL ZEBEO

Nuestro lector recordará que dejamos a Zebeo en el despacho de Filón, desahogando su pena en el noble corazón del sabio que tan oportunamente se le brindaba como un padre en la soledad de su vida.
El dolor de aquel adiós mudo de Matheo, el último amigo y compañero de la tierra natal que le quedaba, estrujó el corazón de Zebeo hasta producirle esa terrible sensación de abandono, de soledad absoluta, de punto final de una tragedia que había comenzado en un huerto de olivos centenarios en las afueras de Jerusalén y venía a terminar para él en el Valle de las Pirámides faraónicas, recordatorio de piedra de lo que había sido y no era ya más. Y pensando en la similitud que veía entre los monumentos y su propio corazón, dijo a media voz, enjugándose dos gruesas lágrimas que temblaban en sus ojos:
—¡Tampoco en mí mismo existe ya nada más! Paréceme que comienzo a ser una momia que anda –y cuando dio media vuelta para tornar a la ciudad que aún dormitaba en la quietud de aquel amanecer, percibió una blanca claridad en la sombra formada por los gruesos pilares que flanqueaban la puerta, al mismo tiempo que en su yo íntimo se levantaba como un enérgico desmentido de aquellas frases que había dicho a media voz al ver perderse a Matheo camino del desierto:
—“¡Existo yo, viviendo en ti mismo y esperando el cumplimiento de nuestros pactos eternos!”
—¡Maestro!… –gimió Zebeo–, ¡perdón!…, esta infeliz materia olvida siempre lo que es eterno y divino para aferrarse como raíz a la tierra, a lo pasajero y deleznable.
La escena referida ya entre el sabio y el Apóstol del Cristo nos pone de manifiesto la comprensión y afinidad que se estableció de inmediato entre ambos. Diríase que el Divino Amigo desaparecido seguía tejiendo redes de amor entre los que le amaban.
—¡No me digas nada, Zebeo! Yo sé también lo que es dar un adiós como el que tú acabas de dar. Pero a los sesenta años se saben más cosas que a los treinta y siete que tienes, y por tanto puedo hablarte con experiencia de la vida y de las cosas.
“El amor es un incansable creador de bellezas en pensamientos, en obras, en hechos de una sublimidad que nos asombra y maravilla. Pero si al amor se le une en compañía el dolor, créeme, Zebeo, que el hombre por lento que corra en la senda del Ideal, se transforma en un creador gigantesco e invencible.
El amor y el dolor, para ser fecundos han de marchar siempre unidos en el alma humana, a la cual le sirven de alas poderosas para escalar las cumbres del Conocimiento y de los internos poderes a que está llamada la Divina Psiquis desde que la Eterna Energía encendiera su lámpara inmortal.
“¿Sabemos acaso, ni tú ni yo, Zebeo, lo que podrá producir en un futuro cercano todo ese amor tuyo sacrificado al deber que significa para ti el haber sido hecho un Apóstol del Cristo en la hora final de su Mesianismo?
—A veces pienso que Él se equivocó al elegirme –contestó con sinceridad Zebeo, en quien predominaba el sentimiento de su pequeñez e incapacidad.
—¡No!… Él no se equivocó, Zebeo, te lo aseguro yo. “Dios da su luz a los humildes y la niega a los soberbios” decía el Divino Maestro y Él conocía la humildad de tu corazón y que merecías por ello la Divina iluminación. Quizás Él tuvo esa misma visión en sus doce elegidos.
—¿Y cómo es que falló en el infeliz Judas? –preguntó Zebeo, temeroso
de que en él mismo hubiera fallado la visión del Maestro.
—Tú también lo piensas así y la mayoría lo pensará como tú.
“La noche misma de la tragedia de Gethsemaní, acudió Matheo a mi habitación en el palacio de Ithamar y al referirme la actuación de Judas comprendí la terrible tragedia de esa alma atormentada por los celos.
“¿Qué son los celos? Es el sobresalto, la inquietud, el espanto del alma ante la posibilidad de no ser correspondido en un gran amor. Judas vivió con el terror y el espanto de que su Maestro no le amase en la medida que él lo deseaba. Ha debido sufrir indecibles tormentos en el tiempo que ha vivido a su lado. Comprendiendo que su hosco y huraño temperamento no era apto para merecer las ternezas suavísimas del Gran Elegido.
¡Pobre Judas! En la locura de su gran amor no correspondido, dio un salto sobre el abismo aunque semiinconsciente de lo que arriesgaba y de lo que podía perder.
“Creyó hacer la obra cumbre con que todo Israel soñaba: levantar a Yhasua sobre el trono milenario de David y Salomón. Y apresuró la subida al patíbulo de infamia que el Cristo había vislumbrado a sus veinte años en la víspera de su consagración como Maestro de almas en el Gran Santuario de Moab.
“Ahora bien. Vuelvo a mi teoría de que el amor unido al dolor hace volar a las almas a cumbres no soñadas.
“El gran amor de Judas hacia su Maestro: estaba sólo, no era fecundo y sólo le producía celos, espanto, sobresalto, inquietudes.
“Ahora se le ha unido el dolor, el terrible dolor de haberle apresurado al martirio y de aparecer ante sus compañeros y ante toda la humanidad
como un vil traidor al gran Ungido que le había curado sus heridas del alma y lo había admitido a su escuela íntima formando con Él una sola familia.
“¿Sabes Zebeo lo que será para Judas este dolor? Y si este dolor no lo enloquece o lo mata, lo hará, no lo dudes, el más sublime y heroico de los doce apóstoles del Cristo. Y lo será en la sombra, en el olvido, sin que nadie lo sepa…, ignorándole para siempre toda la Humanidad que durante siglos y siglos le aplastará con su odio y su maldición. Judas será el monstruo horrendo, símbolo eterno de todo lo más malo que haya salido de la humana criatura. Y él lo sabe, lo siente en todas las fibras de su carne y en todas las percepciones de su espíritu…”
—¿Pero, tú has estado con él después de la tragedia? –preguntó asombrado Zebeo ante las afirmaciones que escuchaba.
—¡No!…, no le he visto más. Te asombras de que haga el detalle de cuanto le pasa. ¿No te dije al iniciar esta conversación que a los sesenta años de estudio sobre la vida y sobre las almas, se puede saber de todo ello algo más que a los treinta y siete que tú tienes?
—¡Es verdad, maestro Filón!… Había olvidado eso. Ahora comprendo por qué nuestro Maestro no tuvo ni una palabra de condenación para Judas, cuando luego de la última cena íbamos al Huerto a la oración acostumbrada. “¡Pobre amigo! no sabe lo que hace”, fue lo único que el Maestro dijo.
La palabra se cortó en los labios de Zebeo y sus ojos se cristalizaron de llanto.
—¡Y yo lo he condenado! –dijo luego en un hondo clamor…
—El mal pensar nos rodea y nos envuelve de tal manera en nuestro plano físico, que solamente los seres muy evolucionados pueden sustraerse a él –contestóle Filón–. Tú condenando a Judas, llevado por las apariencias has obrado como todos. Lo que debe absorber todo tu interés desde este momento, es el lograr ponerte a tono con el augusto Maestro que te eligió para su intimidad.
—¡Ponerme a tono con Él!…, ¡yo con Él!… –exclamó con supremo
desaliento Zebeo.
—Sí, ¡tú a tono con Él! No hay otro camino para conseguir las grandes realizaciones con que soñamos siempre los que buscamos ese algo superior a todo lo visible que llamamos Luz Increada, Eterna Idea, Verdad Única.
“Para ti, Yhasua de Nazareth es la Estrella polar, porque a su contacto divino ha despertado tu conciencia. Para mí lo fue Moisés, cuarenta años atrás, cuando sólo contaba yo veinte años de edad. Más feliz que yo, tú has vivido al lado del Maestro en cuerpo físico y has sentido el calor de su aliento, has estrechado sus manos y has reposado tu cabeza
en su corazón; te has mirado en sus pupilas mansas, y has escuchado la cadencia suave de su voz.
“Moisés se me presentó a mí como el genio tutelar de mi raza, lo amé sin conocerlo, cuando habían pasado sobre su vida de hombre quince largos y pesados siglos. Más, como el amor desinteresado y puro atrae al amado con un cable de oro y diamantes, atraje yo pequeña hormiga terrestre, al gran Genio transmisor de la Ley Divina a la humanidad. Y Moisés fue conmigo desde la altura de sus cielos de luz.
“Si eres perseverante a mi lado te daré a leer los originales de los dictados sobre su vida, sus libros, sus largos estudios en los Templos de Menfis y su iniciación en los misterios ocultos de la antigua sabiduría de los hierofantes egipcios.
“Lo que relata el pergamino de Caleb, hijo de Jephone, que encontró Yhasua en la Sinagoga de Nehemías, es una brevísima síntesis de la biografía del gran hombre que en su época fue tan incomprendido, mucho más aún que lo es la augusta personalidad de Yhasua.
“Como me elevó Moisés a ponerme a tono con él para hacerme capaz de servirle de instrumento de manifestación de la verdad, te elevará Yhasua a ti y a todos sus íntimos elegidos para continuadores de su obra a través de las edades y de las incomprensiones humanas.
“La humanidad padece error cuando encuentra distancias insalvables entre los grandes de ayer y los que siguiéndoles, pueden ser grandes hoy, entrando de lleno con fe y amor en la onda vibratoria en que ellos viven eternamente en lo Infinito.
“El Universo es Unidad, es Solidaridad, es Armonía perfecta; Unidad, Solidaridad y Armonía perfecta entre los millares de millones de soles y estrellas que pueblan los abismos siderales, y entre las millares de Inteligencias Superiores que impulsan la evolución de las humanidades que los habitan.
“Y todo ese admirable conjunto, sumergido en la misma Luz Increada, viviendo de la misma Eterna Energía, desenvolviéndose al impulso de la misma Potencia Creadora que les vivifica y anima con el mismo amor, y conforme a la evolución de cada chispa emanada de su infinita fecundidad.
“¿Dónde están, pues, las distancias insalvables, las imposibilidades invencibles, las puertas infranqueables?
“Zebeo, mi hijo de la vejez, tú has oído alguna vez a Yhasua, tu Maestro, que “El Amor es el mago divino que salva todos los abismos”. Abel lo decía también a sus Kobdas de la prehistoria, y Moisés me lo mandó grabar a punzón sobre un bloque de basalto que conservo a la cabecera de mi lecho.
“¿Has comprendido, Zebeo, lo que este nuevo padre tuyo ha querido decirte?”
—Sí, maestro Filón, lo he comprendido. Me falta solamente ser a tu lado un hijo fiel y perseverante para seguir a mi gran Maestro con igual decisión con que tú seguiste al tuyo.
Después de esta conversación, llevó Filón a Zebeo hacia la galería anexa a la Biblioteca, donde se abrían las Celdas de los Estudiantes que desde lejanos países acudían por temporadas o permanentes a buscar la Verdad Divina, bajo la dirección del sabio alejandrino. Una de aquellas celdas era la alcoba del propio Filón, y abierta de par en par puerta y ventana, le permitió a Zebeo observarla ligeramente.
Era la alcoba austera de un anacoreta, de un idealista, de un pensador. Todo revelaba en ella al hombre de meditación y de estudio.
Un Moisés meditabundo y solitario sentado en un peñasco en el sombrío valle de Horeb, era la pintura mural que aparecía tras el respaldo de un pupitre lustroso por los años y por el uso.
Aquel Moisés estremecía el alma porque su imponente figura irradiaba fuertemente una ansiedad febril, una angustia de muerte, mezcla indefinible de cansancio, de decepción, de anhelos insatisfechos, de interrogantes sin respuesta… Era la encrucijada terrible, el instante crítico y supremo en que el alma del gran hombre ya cargado con todos los misterios y arcanos de su larga Iniciación en los Templos de Tebas y de Menfis, sentía la interna voz que le llamaba a la Vida activa de creador y organizador de una humanidad apta para recibir el gran legado del Eterno Invisible: la Ley que había de formar la conciencia de esa Humanidad. Y en derredor suyo sólo aparecían montañas escabrosas y abruptas…, ovejas silenciosas que pastaban; cisnes y gaviotas que flotaban en la aguada azul cercada de juncales y de lotos…
Y Zebeo creyó encontrar marcada similitud entre el momento aquel de Moisés de la pintura mural y su propio momento actual.
Y se quedó como clavado sobre el pavimento con sus ojos fijos en la sombría mirada de aquel Genio que parecía escrutar el horizonte y seguir el vuelo de las gaviotas…, y aspirar ansioso la aparición de la primera estrella.
Por fin con la voz trémula de emoción preguntó a media voz:
—¿Qué piensa ese Moisés?…, ¿qué quiere…, qué busca en esa soledad?
—Lo que pensamos y queremos todos los soñadores del Ideal Eterno, en esos rudos y tremendos instantes en que sentimos la voz interna del Ego que nos impulsa a la acción y nos vemos aherrojados por todas las impotencias a que nos condena la materia, el medio ambiente que nos envuelve y la egoísta humanidad que nos cierra todos los caminos –le contestó Filón, con ese fuego que da la convicción de estar sintiendo y diciendo la verdad–.
“Todo es grande en los grandes hombres –continuó el sabio con creciente fervor–, pero ningún momento lo es más en mi concepto, que el momento culminante y único en que el alma encuentra su verdadero camino y se lanza por él, decidida a no abandonarle nunca hasta haber llegado a la meta de todas las realizaciones.
—Yo me veo en ese momento –dijo tímidamente Zebeo–, y pido a mi Maestro desde el fondo del alma que su luz me descubra la senda que Él me tiene preparada.
—Medita en soledad como ese Moisés en Madián, y allí serás iluminado –díjole el sabio, siguiendo por la galería de la celdas para indicar a Zebeo cuál sería la suya. Varias puertas entornadas indicaban estar algunas ocupadas.
Por fin llegaron a una con puerta y ventana abiertas, y por sobre el pupitre de las meditaciones ostentaba también un Moisés que a la puerta de la gruta de sus grandes visiones encontraba un hilo de agua brotando de un peñasco, y él bebiendo con esa sed intensa del que siente abrasadas sus entrañas.
—¡Esta será la mía! –gritó Zebeo entrando decididamente–. ¡Gracias,
Maestro Yhasua, porque aquí me darás de beber!
Filón emotivo en extremo, abrazándole con ternura paternal, le dijo:
—¡Bien, hijo mío! Te dejo pues en tu casa para todo el tiempo que
quieras habitarla. –Y el sabio le dejó solo.
Hasta el mediodía que fue llamado a la comida lo ocupó en revisar cuanto tenía a su disposición en aquella vasta celda que, como todas, más parecían salas de estudios y recintos de oración que alcobas de habitación cotidiana.
Un diván de reposo, semioculto por una pesada cortina de damasco en el más lejano ángulo del recinto, una mesa adosada a una estantería en otro ángulo, en la cual se veían punzones, compases, escuadras, plaquetas de arcilla, telas enceradas, pergaminos en gruesos rollos, cartapacios de abultado volumen y extendido en la muralla inmediata un gran mapa de los continentes, pueblos, ciudades, ríos y montañas conocidas entonces. Un fuerte taburete de trabajo frente a la mesa, un sillón tapizado de piel de antílope ante el pupitre y un grueso esparto sobre las lozas del pavimento, era cuanto había en la habitación de que tomaba posesión Zebeo.
Todo serio, austero, con cierta belleza solemne…, pero por sobre todo aquello, el Moisés sediento bebiendo con ansia indefinible del hilo de agua cristalina que brotaba a la puerta de la gran caverna de sus visiones, tenía como electrizado al futuro Apóstol de Yhasua a quien parecía asustar la grandeza austera de Moisés, y el recuerdo le traía la dulce
figura de Yhasua, su Maestro, y con el pensamiento se refugiaba como un niño medroso entre aquel manojo de lirios de Jericó que tan suave y tierno fuera a su corazón.
—¡Maestro Yhasua!… ¡Mi Maestro! –murmuró a media voz sintiendo su corazón estremecido de amor–. ¡Tú serás todo para mi en el camino que inicio en seguimiento tuyo: báculo en mis andanzas por los desiertos, piloto en mi barca sobre el mar, antorcha en las selvas tenebrosas y estrella polar en todos los horizontes a donde alcanza mi vista de eterno peregrino en medio de la humanidad!”
Y sin poderlo evitar cayó de rodillas en medio de la sala y su cabeza se dobló sobre el pavimento, mientras sus labios sollozantes murmuraban en entrecortadas frases casi ininteligibles: –¡Soy un montoncito de tierra a tus plantas soberanas, Maestro Yhasua, y sólo pido en este instante: tu luz, tu paz y tu amor!
Sintió la frescura de un aliento divino sobre él y como si una extraña fuerza le levantara de su postración.
¡Era Él que acudía a su llamado intenso y ferviente!
—“¡Zebeo! ¡Mi montoncito de tierra!…, ¡que vengo a fecundar para que me rinda el ciento por uno de flores y de frutos para la inconsciente humanidad que sacrifica a todos los que la aman y buscan redimirla!
¡No vaciles ni temas que yo voy ante ti para ser todo cuanto has pedido, báculo, antorcha y estrella polar en todos tus caminos y bajo todos tus horizontes!”
La inundación de luz, de paz, de amor infinito, se fue diluyendo suavemente en la penumbra dorada que entraba a medias por la entornada ventana de la celda, sombreada de grandes palmeras donde cantaban los mirlos en la gloria de aquel esplendente sol de mediodía.
La campana llamó suavemente, y por aquella larga galería silenciosa y severa como un claustro, desfilaron los estudiantes con sus túnicas pardas y pelerina blanca que los igualaba a todos: príncipes y vasallos, labriegos o pastores en forma que en las aulas del sabio de Alejandría, sólo eran estudiantes, buscadores de conocimientos y de sabiduría.
El comedor de los estudiantes, discípulos de Filón, era modesto y austero como todo lo demás. Largas mesas cubiertas de blanco mantel, cómodos bancos dobles, de alto respaldo en que cabían dos personas holgadamente, y sobre las mesas aparecían las viandas en grandes fuentes y cestillas de donde cada cual se servía a satisfacción y gusto. Era el sitio y la hora de compañerismo, de amenas conversaciones que no disminuían su alegre locuacidad ni aún el día sábado, en que comían junto con ellos el maestro Filón y los profesores que lo ayudaban en las tareas de la enseñanza: el profesor de latín, la lengua de Roma, señora del mundo por entonces. El profesor de griego, el idioma del país de
Ptolomeo, fundador y sostenedor de la Escuela, Biblioteca y Museo de Alejandría, y cuya memoria vivía imborrable a pesar de las centurias transcurridas. Los profesores de Historia y Ciencias Naturales, y por fin el Arqueólogo y arquitecto del Museo, y los dos Bibliotecarios, que satisfacían gustosamente todas las curiosidades sobre nuevos hallazgos en el Valle de las Tumbas Reales, en los jeroglíficos de las criptas y en los viejos papiros que llegaban de todas las partes del mundo destinados a la célebre Biblioteca de Alejandría.
El día que nos ocupa, tuvo la comida un incidente más: la presentación de Zebeo a todos los estudiantes que serían en adelante sus compañeros de estudios y de vida. Venía de la Escuela íntima del Profeta de Israel, del Genio Bueno del Jordán, del Mesías Instructor de la Humanidad que habían anunciado desde seis siglos antes los profetas, augures y videntes de todas las Escuelas de Divina Sabiduría existentes en el mundo de entonces; el que habían anunciado los astros en la admirable y maravillosa conjunción de Júpiter, Saturno y Marte la noche de su nacimiento…
En esta solemne presentación estaban, cuando un nuevo comensal apareció en la puerta del gran comedor vestido también con la túnica parda y la pelerina blanca que usaban todos, profesores y alumnos, de puertas adentro en las severas aulas del maestro Filón: era el Anciano príncipe Melchor de Heliópolis que invitado por Filón para ese día de la incorporación de Zebeo a las aulas, no podía faltar, y apoyado en el brazo de su criado y en su bastón de encina saludó desde la puerta a todos y buscó con la mirada profunda al Apóstol de Yhasua que corrió hacia él y cayendo a sus pies, se abrazó de sus rodillas.
El Anciano le hizo levantar y abrazándole tiernamente le dijo:
—En ti abrazo nuevamente a Aquél que fue y será el centro de nuestros grandes amores.
Filón le hizo sentar en la cabecera de la mesa, y él y Zebeo se colocaron a ambos lados del anciano.
Era pues aquél un día de gloria para el estudiantado de aquella célebre Escuela, conocida ya en todo el mundo civilizado de entonces como la meta de todas las aspiraciones científicas y de los más elevados conocimientos a que podían llegar los más ansiosos buscadores de Verdad y de Sabiduría. La Escuela de Alejandría era el broche de oro que cerraba toda carrera intelectual en aquella época.
La escena de ternura entre Melchor y Zebeo puso la nota íntima de intensa emoción en todos los que estaban presentes en aquel comedor, cuarenta y siete estudiantes de diversas ciudades y países, una decena de profesores, algunos celadores y auxiliares, y entre todos ellos el príncipe Melchor, Hierofante de los Templos de Tebas y de Menfis y el Director vitalicio de todos aquellos establecimientos de Ciencias y de Artes, era
pues un selecto núcleo que lastimaba la extrema modestia de Zebeo en obsequio del cual se hacía aquella demostración.
Y con temblorosa voz, sólo pudo decir: –Os doy las gracias a todos, pero sé muy bien que no es a mí a quien lo hacéis, sino a mi gran Maestro sacrificado por la verdad, Yhasua de Nazareth.
Melchor y Filón se pusieron de pie con la diestra levantada en el signo de bendición de los Maestros. Los demás les imitaron y todos los ojos se clavaron en Zebeo sobre el cual parecía resplandecer la divina irradiación del Cristo.

19
EN LA ALDEA DEL LAGO MERIK

Otra vez las dunas amarillentas del desierto que riega el Nilo con sus caudalosas corrientes, haciendo surgir verdes praderas, frescos oasis donde los hombres y las bestias se resguardan de los ardientes rayos del sol.
Este comienzo de su nueva vida no pudo ser más acogedor y estimulante para Zebeo. Y no obstante de reconocerlo así él mismo, su alma seguía entristecida y con una sensación de vacío, de desolación y abandono.
Aquella entusiasta acogida de parte de todos le enternecía obligándole a la más profunda gratitud. Pero aquel ambiente le era extraño y sentía que su espíritu no podía sinceramente responder a tan espontáneas manifestaciones de afecto.
Encontraba que allí todo era solemne, majestuoso, imponente como la Esfinge y las Pirámides del Valle de las Tumbas Reales, como los templos colosales de Osiris y de Amón-Ra en Menfis y en Tebas; como las criptas sombrías que resonaban en cien ecos a cada paso que se daba en ellas; como los hierofantes de cabezas cubiertas de tiaras y de mitras. Y de nuevo los recuerdos se erguían ante él como anacoretas tristes y encapuchados reclamándole sus derechos a convivir con él de aquella otra vida que había terminado con la última despedida del Maestro en un suave atardecer a la vera del Mar de Galilea, cuyas riberas tapizadas de césped se iluminaban con las pequeñas hogueras que se iban encendiendo unas después de otras para asar el pescado de la frugal cena en común.
Y su túnica parda y su pelerina blanca se humedecían diariamente de lágrimas cuando sentado en su celda ante el pupitre respaldado por el Moisés sediento, volaba su alma en íntima comunicación con el Maestro que había subido a su Reino dejándole solo en la tierra.
Para él no había consuelo posible. El Egipto de los grandes misterios, de los herméticos hierofantes guardianes de las ocultas fuentes de la
Sabiduría Divina era para Zebeo mudo como su Esfinge impenetrable, como sus Pirámides, como sus desiertos calcinados de sol y cortados por intrincadas cordilleras de peñascos.
Así transcurrieron varios días largos y grises hasta que llegó el sábado cuarto de cada mes, que en el Instituto alejandrino era libre y los estudiantes podían disponer de él desde el primer albor hasta la media noche. Era una ordenanza de discreta tolerancia para que en tal día pudiera cada cual procurarse las expansiones que por religión o por costumbres civiles o sociales en que nacieron les reclamaran sus derechos. Con tal medida, se unificaban todas las tendencias ideológicas, con la elevada Sabiduría que todos buscaban allí.
Y Zebeo, sin un programa determinado, tomó el bolso de provisiones que el mayordomo entregaba a todos al salir y echó a andar hacia el sur por la desierta orilla del Nilo, donde al claro oscuro del amanecer sólo encontró las barcas vacías de los pescadores que aún no habían acudido a recoger las redes, echadas al río la noche anterior.
En tal día los estudiantes vestían las ropas del país de origen o las usuales en Alejandría. Y Zebeo vistió el oscuro ropaje de los terapeutas Esenios que era el menos llamativo y el que mejor lo igualaba a los humildes y pacíficos habitantes de cualquier pueblo de la tierra.
En una pequeña y desmantelada barquilla, se levantó de pronto un chicuelo de unos doce años al parecer, adormilado y soñoliento con una corta túnica raída que casi era un harapo.
—Señor paseante –le dijo con voz quejumbrosa–, si necesitas de una barquilla toma la mía, te ruego, que no he comido desde dos días atrás y tengo hambre.
Zebeo olvidó su soledad y sus penas y se acercó al chicuelo, bajando del hombro su bolso de provisiones.
—¿Y por qué no has comido? –le preguntó–. ¿No tienes padres ni
hogar?
—¡Oh, señor!…, soy hijo de una esclava que murió hace diez días de un mal contagioso, y los amos me arrojaron de casa porque puedo tener el mal de mi madre.
—Y, ¿es tuyo este barquillo? –le preguntó Zebeo.
—Sí, señor, es la única herencia que pudo dejarme mi madre.
—¿Me resistirá a mí?
—Oh, sí, señor, podemos embarcar hasta cuatro hombres en él. No tengas miedo. –Y el chicuelo plantó su remo en la arena y Zebeo saltó a bordo.
—Aquí traigo comida para varios como tú y vamos a comer juntos para iniciar nuestra amistad –dijo Zebeo, abriendo el bolso que era una sorpresa para él, pues ignoraba su contenido.
Apareció primeramente una bolsita de blanco lienzo que contenía pan. Luego un cestito cerrado con queso, dátiles, higos y uvas secas. Otro cestillo cerrado con huevos de ganso cocidos, trozos de aves asadas y un pan de miel con nueces y almendras, muy usado en el país como obligado adorno en toda comida.
El chicuelo palmoteó de alegría y pareció olvidarse hasta de su madre muerta diez días antes.
—Come, hijo, come –le dijo Zebeo.
—Dame tú, señor, lo que quieras –contestó el pobre niño sin atreverse
a tocar nada.
Y el Apóstol del Cristo, por primera vez desde que estaba en Egipto tuvo una sonrisa de satisfacción en su rostro.
Y al partir el pan para darlo al niño, pensó en que innumerables veces su Maestro lo había partido con él; y sea la magia divina del recuerdo fuertemente evocado, sea la fuerza poderosa del pensamiento saturado de amor y de fe, Zebeo vio que en el escuálido niño del Nilo aparecía la imagen astral de su Divino Maestro que tomaba el trozo de pan que le alargaba, mientras lo miraba al fondo del alma con esa divina mirada suya que hacía bajar en un instante los cielos de Dios al oscuro valle terrestre.
—¡Maestro! –gritó Zebeo, abrazando aquella imagen querida que tan
profundamente grabada llevaba en su retina y más aún en su corazón.
El instante divino pasó y el Apóstol del Cristo se encontró con el pobre niño entre sus brazos, que lo miraba asustado creyéndolo loco o accidentado.
—¿Tienes un mal señor y por eso lloras? ¡No te mueras como mi madre, que ya empecé a quererte como la quise a ella!
Y el pobre niño, con el borde de su túnica rota, le secaba el llanto que la emoción le arrancaba.
—No tengas pena –díjole Zebeo cuando pudo hablar–, no tengo mal ninguno y viviré para ti mientras el Señor me conceda la vida. Come y boguemos hacia el sur que tengo ganas de remar fuerte porque he vivido a la vera de un mar y tienen las olas una dulce música para mí.
Y de un poderoso impulso, el barquichuelo saltó como un corzo al centro del río, cuyas serenas aguas aparecían teñidas del rosa y oro de aquel espléndido amanecer.
La alegre locuacidad de su compañero, refrescaba el alma de Zebeo como si fuera un baño de agua vivificante. Llegaron por fin al gran canal que lleva el agua hasta el Lago Merik, abierto en pleno desierto tantos siglos atrás y que aún existía, aunque no con el exuberante esplendor que tuviera seguramente en la época de los Faraones que lo crearon y de la princesa Thimetis, madre de Moisés, que habitó en el CastilloFortaleza de su isla encantada.
—¿Quieres que entremos por el canal? –preguntó el chico.
—Entremos si se puede, pero dime antes cómo te llamas que aún no lo sé.
—Petiko –dijo simplemente el niño.
—Bien, Petiko, yo me llamo Zebeo y soy de Palestina.
—¡Oh! Aquel país debe ser dichoso si todos los hombres son tan
buenos como tú.
Zebeo pensó en la terrible tragedia que puso fin a la vida de su Maestro y una suprema angustia reflejó su semblante.
—Hombres malos y buenos hay en todas partes, amiguito mío; y cuando seas capaz de comprenderlo, te referiré una historia que hace llorar mucho.
—¡Oh, por favor!… No me la cuentes ahora hasta que se me vaya el recuerdo de lo que vi sufrir a mi madre, que por cada beso que a escondidas me daba recibía un latigazo si la descubrían.
—¡Pobrecito! –díjole Zebeo, acariciándole la cabeza de negros cabellos enmarañados–. Conmigo serás dichoso, ya lo verás.
“Pero no me gusta ese nombre Petiko. Te llamaré Pedrito que me recuerda a un hombre todo corazón y amor que me es muy querido.
—¡Oh, sí, señor! ¡Pedrito, Pedrito para toda la vida!…
“¡Qué bien suena Pedrito! –Y el chiquillo palmoteaba de alegría como
si aquel nombre nuevo fuera para él anuncio de dichas desconocidas.
El canal era corto y como corría con un marcado declive a más bajo nivel, el trayecto fue muy breve, pues la rápida corriente les llevó sin esfuerzo alguno.
Había muchas tiendas y chozas en las riberas. A lo lejos, y casi al centro del Lago se veía una tétrica fortaleza negra por efecto de la humedad y de los siglos. Algunas de sus torres tenían las almenas rotas. La hiedra casi la cubría toda y un poderoso trirreme de muy viejo estilo se veía anclado en sus muelles.
—¿Qué es aquello? –preguntó Zebeo señalando al vetusto edificio que aparecía en la pequeña isla central como un trozo de negra montaña.
—Los pescadores del lago dicen que es una escuela de magos que hacen crecer el río cuando hay sequía y que amansan el viento del desierto y las tormentas cuando vienen bravas.
“Les llaman Thawanos y el más viejo se llama Rhes-Kaph, es el padre de la tormenta y cura todos los males. Mi madre no pudo llegar aquí y tuvo por eso que morirse”.
Zebeo escuchaba con atención a Pedrito y presentía que un fondo de verdad debía existir entre su confuso relato.
Entre las mejores instalaciones de las orillas del Lago vio Zebeo
algunas tiendas que exhibían mercancías para la venta y otras de comestibles varios y productos del país.
Compró túnica y calzas nuevas para Pedrito y un gorro tejido de lana verde y rojo, puntiagudo y con borla como los que usaban los boteleros de su lago inolvidable en Galilea.
Cuando el niño vistió sus ropas nuevas, se puso serio y casi triste:
—Ahora iré a visitar a mi madre –dijo– y no me reconocerá con esta
ropa nueva que tú me has comprado, señor.
—¿Visitar a tu madre? ¿No me has dicho que murió hace diez días?
—Sí, señor, pero en la sepultura vuelve a vivir y me mira sin que yo la mire. Así lo enseñan en esta tierra.
—También en otras tierras se enseña así, pero eso tiene otras explicaciones que por el momento son demasiado largas para ti. Lo que comprendo es que por aquí está la sepultura de tu madre. Vamos pues a visitarla.
El chicuelo se internó por una cerca, de espinosos áloes, altos y fuertes más que un hombre de elevada estatura, detrás de la cual se levantaba un cañaveral de rumorosas hojas que parecían cantar con el roce de los vientos. En un pequeño claro del brillante cañaveral vio Zebeo muchos montoncitos de piedra.
—Este es un cementerio de los esclavos –dijo el niño con apagada voz–. Y allí es la sepultura de mi madre.
Todas las tumbas tenían una piedra mayor sobre las menudas y desiguales piedras que formaban el humilde túmulo. Y en esa piedra mayor se veían unas figuras o signos hechos con brea. Era el nombre del muerto.
Sobre la piedra sepulcral de la madre de Pedrito, vio Zebeo los signos que, en jeroglífico popular, quería decir: Kiopi o Chiopi que había sido el nombre de aquella mujer.
Con una tierna devoción que conmovió a Zebeo, el niño se dobló sobre el montón de piedras para besar el nombre de su madre, y con los ojos llenos de lágrimas tuvo que escuchar este diálogo:
—Madre…, soy yo…, yo mismo, tu Petiko, sólo que ahora tengo ropa nueva que me compró este señor, y él me llama Pedrito porque así le gusta más, pero soy yo mismo, madre, que te quiero siempre como antes. No pases más pena ni cuidado por mí, porque este señor que está aquí conmigo, ¿lo ves?, me da muy bien de comer y me quiere mucho. Me dice que seré dichoso con él y que vivirá siempre conmigo. ¡Está tranquila madre y no olvides que tu Petiko se llama ahora Pedrito! ¿Lo oíste, madre? ¡Pedrito!
Y un segundo beso más largo que el primero humedeció la reseca piedra en que aparecía el nombre de la esclava Chiopi.
Zebeo tenía el corazón estrujado de angustia y no pudo menos que arrodillarse junto a la humilde sepultura y decir entre sollozos esta intensa plegaria: –¡Señor!…, ¡deshoja también tus rosas blancas de paz y de amor sobre el alma que animó este cuerpo y que tu Reino de Luz sea también para ella!
Y el Apóstol del Cristo besó también el nombre de la humilde esclava.
En silencio salieron ambos del cementerio de esclavos, mientras Zebeo meditaba en la horrible aberración humana que ni aún ante la inexorable muerte renunciaba a su soberbia y egoísmo.
—¡Cementerio de esclavos… Valle de tumbas reales! –murmuraba Zebeo con implacable indignación–. ¡Oh, Egipto, Egipto de los Templos como fortalezas, de los Hierofantes sabios, de los grandes Sacerdotes faros de oculta sabiduría!… ¿Qué hiciste de la amorosa fraternidad de los Kobdas de toga azul, del amor inefable de Abel, de Bohindra, de Adonai y Solania que respiraron este mismo aire y sintieron el rumoroso cantar de tu Nilo milenario?…
—¿Qué es lo que dices, señor, que yo no te comprendo? –preguntóle el niño inquieto por el disgusto que comprendía en su compañero–. ¿Te enojaste con mi madre y conmigo?
—No, querido mío –le contestó Zebeo acariciándole la cabeza–. Pensaba en cosas muy lejanas de aquí.
“¿Me enseñarás el Lago, Pedrito, que debe guardar muchas bellezas?
–preguntó.
—Sí, señor, y te haré conocer mis amigos…, quiero decir los amigos de mi madre. Casi todos son esclavos que ya no sirven para el trabajo y viven de la pesca porque el lago es abundante de buen pescado. Los magos que viven allí –y señaló el oscuro torreón de la isla–, sembraron el buen pescado como se siembra el trigo en los campos. Más rico pescado que éste, no lo hay en ninguna parte.
—¡Hola Petiko!… –le gritaban algunos al pasar–. ¿Prosperas, eh?
—¿Es un rico extranjero tu nuevo amo? –decíanle otros.
Y el chicuelo miraba a Zebeo sin atreverse a dar contestación ninguna como no fuera con movimientos de cabeza, con forzadas sonrisas o miradas furtivas de sus ojitos llenos de inteligencia.
Por fin se acercaron a un tenducho donde exhibían cantarillos de
leche fresca, fuentes de manteca y de quesos.
—Leche fresquita de camella, amo, deliciosa como un jarabe –expresó mimosamente una linda adolescente, con su delantal muy blanco y la correspondiente diadema de lotos que lucían casi todas las doncellas de las orillas del Lago.
Zebeo se acercó a la tienda llevando a Pedrito al lado.
—Dos tazones de leche –expresó, poniendo sobre la mesa una moneda
de plata.
La joven les sirvió al momento y acariciando la cabeza del niño le dijo:
—La suerte vino a tu encuentro, Petiko, y te felicito de veras.
—Gracias, Tabita, pero ya no me llamo Petiko, sino Pedrito.
—¿Cómo?
—Sí –intervino Zebeo–. Le he adoptado como hijo y le he dado un
nombre de mi país.
—¡Oh, dichoso tú!… ¡Ya no eres esclavo!… ¡Si te viera tu pobre madre!…
—¡Ya se lo conté todo! –se apresuró a contestar Pedrito–, y debe estar
muy contenta.
—Bebe la leche y vamos –díjole Zebeo, temeroso de que en su alegre
charla el niño dijera alguna inconveniencia.
En eso apareció apoyada en dos muletas una mujer enflaquecida en
extremo y con una gran fatiga que parecía ahogarla por momentos.
—¡Mira madre a Petiko!… ¡Si tuviera yo la suerte de él! Este señor lo adoptó por hijo y le ha cambiado hasta el nombre. Ahora se llama…
¿Cómo era?
—¡Tontuela!… ¡Pedrito, Pedrito, Pedrito para toda la vida!
Zebeo tuvo que reírse de la fogosidad de su pupilo para anunciar su nuevo nombre.
Tan gran alboroto promovió entre aquellas pobres gentes la transformación de Petiko en Pedrito, con túnica y gorro verde y rojo, que lo asemejaba a un granado en flor, que pronto se vio Zebeo rodeado de una porción de hombres, mujeres y niños que lo miraban como a un personaje extraordinario.
Su hermoso tipo de sirio-libanés, sus dulces ojos castaños como su cabellera y su barba, unido todo ello a su flamante vestidura color nogal oscuro con amplia pelerina y gorro-cilindro, fue tomado por un Escriba sagrado del Templo de Osiris, o un médico extranjero de las Escuelas de Siracusa.
Zebeo oyó innumerables voces que decían:
—En este rincón del Lago, todos somos esclavos, Señor, arrojados por los amos… ¡Ten piedad de nosotros como la tuviste de Petiko!
Y sobre todas las voces, Zebeo reconoció la de la vendedora de leche de camella que decía:
—¡Mi madre tiene los días contados y quedaré sola en el mundo!… Volvió el Apóstol la vista hacia ella y la vio que llorando socorría a su
madre, que presa de una horrible convulsión se retorcía entre un charco de su propia sangre, pues sufría de hemorragias intestinales.
Con el alma estremecida de horror, Zebeo quedó como clavado en aquel lugar. Una inmensa onda de amor le invadió de pronto y exclamó:
—¡Maestro, Señor mío!…, ¡tu montoncito de tierra sólo es capaz de absorber como agua turbia todo este dolor que le rodea!…
Y se acercó a la mujer enferma que había caído en tierra y se debatía en el convulso estertor de su terrible agonía. Con sus grandes ojos dilatados lo miraba fijamente mientras le señalaba su hija que lloraba desesperada a su lado. Tenía úlceras cancerosas intestinales que terminaron por fin con su dolorosa vida. Unas horas después otro montón de piedras detrás de la cerca de áloes en el cementerio de los esclavos, indicaba que allí dormía la infeliz esclava, madre de Tabita, al lado de la madre de Pedrito.
Cuando llegó el mediodía, el Apóstol del Cristo se encontró dueño de una veintena de chicuelos, varones y mujeres, amigos todos del dichoso Pedrito, que suplicaban a Zebeo en todos los tonos que tuviera compasión de ellos.
Sucios, harapientos, con el hambre y el mal estado físico bien marcado en todo su aspecto, el recién llegado Estudiante de Alejandría no sabía qué camino tomar.
—¿He de adoptar a todos como hijos míos? –se preguntaba en silencio
a sí mismo.
Y en ese preciso instante le vino a la mente el recuerdo de la epidemia de Sevthópolis cuando su Maestro, después de curar a los que podían ser curados y de enterrar a los muertos, se hizo cargo de sesenta y dos huérfanos de aquella horrorosa tempestad y sin vacilar ni un momento se encaminó con ellos hacia las grutas del Monte Carmelo.
Algo así como una voz íntima que le hablara dentro de sí mismo le decía:
—“Es el comienzo de tu camino que se abre ante ti como tú lo has pedido. Es el cimiento de la obra que quieres construir en mi nombre. De las arenas del desierto brotan hijos de Dios que esperan de ti la luz y la vida”.
Y mientras Zebeo prestaba atención a esta íntima voz que le hablaba, se había quedado firme de pie a la vera del lago, en cuyas doradas olas se reflejaba su hierática figura como una escultura de negro basalto.
Los chicuelos le miraban asustados temiendo el enojo del extranjero ante sus reiteradas exigencias, y algunos comenzaban a retroceder a pasitos lentos. ¡Había allí mismo tantas cañas tiradas por la arena, y ya creían ver que aquel señor tomaría la más fuerte y larga de todas para librarse a latigazos de aquella bandada hambrienta y haraposa que le tenía cercado!
Pero Zebeo era un Apóstol del Cristo del amor, que les había repetido hasta el cansancio: “Ama a tu prójimo como a ti mismo, que esa es toda la Ley”, y mansamente les dijo a todos:
—¡Está bien!… ¡Puesto que así lo queréis, todos sois hijos míos!
¡Venid! –Se acercó a la tienda de la vendedora de leche de camella y agotó los cantarillos dando de beber de ella a todos. Tabita la repartía sin control ninguno. ¡Era hija también del piadoso extranjero y todos aquellos niños lo eran así mismo!
Pedrito miraba todo esto con azorados ojos. Y cuando Zebeo llevó a todos a la tienda de ropas para que dejaran sus harapos y vistieran de limpio, se acercó al Apóstol con los ojitos llorosos y la voz angustiada, y tirándole de la manga para llamar su atención le dijo:
—¡Señor!… ¡Yo era tu hijo!… Y ahora, ¿qué seré entre tantos?
—¡Pobrecillo! ¡Siempre eres mi hijo…, mi primer hijo! –le contestó conmovido el Apóstol, mientras el niño se abrazaba fuertemente de él sintiéndose de verdad el primer hijo de Zebeo Apóstol de Yhasua.
¿Qué hará Zebeo con aquella veintena de criaturas varones y mujeres y
veintiuno con Pedrito su primer hijo adoptivo? –preguntará el lector.
Y esa misma pregunta se hacía él sentado sobre el tronco de un árbol, mirando como el lago se poblaba de gaviotas y de cisnes que picoteaban las hierbas de la orilla donde anidaban larvas y lombrices.
—“El Padre Celestial alimenta a todas sus criaturas aún esas que no siembran ni siegan, como decía mi Maestro”, –pensaba en silencio, mientras los chicuelos rientes y felices habían invadido la tienda de Tabita y comían pan, queso y manteca de la venta.
Zebeo se les acercó y viendo los nobles sentimientos de la niña que nada mezquinaba de cuanto tenía, le dijo:
—Hija mía, como Pedrito, eres mi primera hija, y si tienes sitio en tu pobre tienda, no negarás un rincón a cada uno de estos otros hijos míos.
—¡Todo cuanto tengo es tuyo, Señor! –dijo la niña abriendo una puertecilla interior que dejó ver la cocina, y detrás un cobertizo donde dos camellas con crías rumiaban las tiernas hojas del cañaveral vecino.
—¿Son tuyas? –preguntóle Zebeo.
—Sí, señor; fue todo lo que nos dejó el amo cuando despachó a mi madre por su enfermedad. De ellas hemos vivido hasta hoy.
—No fue tan mal amo –dijo Zebeo–. Tú eres la mayorcita de mis hijas mujeres que sois cuatro. Tú eres pues la hermana mayor a la cual obedecerán todos en ausencia mía. Y vosotros todos chiquilines que apenas levantáis tres codos del suelo, seréis dóciles y sumisos con vuestras cuatro hermanas que cuidarán de vosotros hasta que yo vuelva de aquí a pocos días. Mientras tanto todos a trabajar.
Y el Apóstol del Cristo con su numerosa prole se dedicó a traer lienzos de heno y paja seca para los lechos; hojas de caña y apio siempre verde para las bestias que debían alimentar aquella inesperada familia que el Padre Celestial ponía bajo su tutela.
Viendo la noble acción del extranjero, los vecinos del lago acudieron a ofrecerse a él para cuanto creyera que podían serles de alguna utilidad.
Ya comprenderá el lector que aquella pobre aldea de esclavos inútiles, de mendigos inválidos y de huérfanos sin techo ni hogar, tuvo la fuerza y la virtud de producir en el alma del noble Zebeo tan maravillosa reacción que él mismo se desconocía.
Una alegría vehemente le dio nuevas energías, a tal punto que apenas pasado el medio día, había puesto en movimiento a toda aquella infeliz porción de humanidad, escoria y deshecho de la otra humanidad: ¡fuerte, feliz, triunfadora!…
Los unos cortaban cañas y juncos para hacer nuevos cobertizos. Los otros sacaban tierra mojada de las orillas del Lago para mezclar el pedregullo que los más fuertes arrastraban en retazos de velas que los pescadores arrojaban en la costa, y con lo cual levantarían las paredes de las nuevas chozas que iban a construir.
Los niños arrancaban hierba tierna para las pocas bestias que tenían como única fortuna: el uno, dos o tres cabritas, o cuatro o cinco ovejas, otros algunos asnos viejos que cargaban el saco de los mendrugos recogidos de semana en semana en los mercados de Alejandría, otros media docena de gansos o patos silvestres que les daban la ofrenda de sus huevos, único lujo en sus pobres comidas.
Y Tabita la más afortunada entre aquella porción de pobres, pues tenía dos camellas con cría, era la flor de loto de la mísera aldea, que el Divino Maestro daba a Zebeo como cimiento de su obra de Apóstol que debía realizar.
Si un espectador imparcial hubiera observado aquel heterogéneo conjunto, habría reído y llorado a la vez. ¡Habría extraído el más profundo conocimiento del alma puesta al contacto de fuerzas benéficas que actúan en determinados momentos: transformando, modificando, resucitando, digámoslo así, lo que parecía destruido para siempre, aniquilado, deshecho, muerto!
Los que antes caminaban con dos muletas, dejaban una para que un brazo les quedara libre y apto para recoger las cañas y los juncos que los sanos cortaban.
Los que dormían siempre tirados sobre una piel de cabra porque sus piernas paralíticas no se movían, se sentaron entre pilas de hojas de palmeras que convertían en fuertes fibras para atar las cañas, y formar los techos que cubrirían luego de palmeras y de tierra.
Y Pedrito…, el ex Petiko, como si le hubiesen inyectado mercurio en el cuerpo, corría y saltaba como un monito que era todo ojos y oídos para atender a todo cuanto pedían los que no podían moverse.
Y Zebeo era el coloso fatigado, impulsando a todos al trabajo fértil, pues recordaba que antes de media noche tenía que estar a la puerta de la austera Escuela del maestro Filón.
Antes de anochecer quería dejar armado y listo un gran cobertizo que sirviera de dormitorio común para todos los hijos varones que quedarían bajo la tutela de algunos mendigos viejos, mientras las mujercitas en la tienda de Tabita con dos viejas esclavas cojas por el reuma, estarían regularmente guardadas hasta mejores tiempos.
El comerciante que vendía telas, ropas y calzados, se movió a compasión viendo el desinterés y nobleza de Zebeo que así se sacrificaba por aquellos pobres seres a los cuales recién conocía, e hizo donaciones de importancia en ropas, calzado y lonas para abrigar la nueva tienda.
Era la mitad de la tarde cuando vieron que una lancha se desprendía de los muelles del negro Castillo y remaba hacia la orilla ocupada por los mendigos.
Como Zebeo prestase atención, uno del grupo le dijo:
—No te alarmes, amo, que es el portero del Castillo que nos trae el pan.
—¿Ah, sí? ¿Os traen el pan?
—Sí, amo, todos los días a esta misma hora nos traen una gran cesta de pan que lo hacen allí mismo.
—Y si no, amo, ¿cómo habríamos de vivir con solo el pescado del lago, los que no podemos salir a pedir limosna?
—¡Oh, el Padre Celestial! –exclamó el Apóstol del Cristo–. ¡Cuán
grande y bueno es el Padre Celestial que cuida de todos!
—Ese buen señor será quien te mandó a ti, amo, a venir a nuestra
aldea –dijo un viejo que había escuchado la exclamación de Zebeo.
—Seguramente, no lo dudéis –contestó el Apóstol.
—¡Y se llama Padre Celestial! –añadió el anciano–. Bueno sería que le traigas por aquí, amo, cuando vuelvas otra vez. Es justo que le conozcamos y le demos las gracias porque te mandó a venir a socorrernos. En el barquillo de Petiko cabrá también él, aunque sea grande y gordo.
Zebeo no pudo menos que sonreírse disimuladamente ante la completa ignorancia de aquellas gentes, que jamás habrían oído el clásico nombre, tan sagrado y familiar en su tierra natal: “Padre Celestial”.
El Apóstol se sentía verdaderamente cansado y su recuerdo le traía la visión de la ruda jornada de Damasco, la hermosa capital árabe, a donde acompañó al Maestro años atrás. Aquel era un numeroso pueblo de jornaleros y esclavos; y su Maestro…, su incomparable Maestro,
tuvo el amor bastante para hacerlos felices a todos, para enternecer el corazón de los poderosos magnates en beneficio de las clases humildes y desposeídas, para hacerles abrir sus arcas repletas de tesoros incalculables, que tan solo les producían el placer enervante y sibarita de saberse dueños de ellos. Y más aún para hacer florecer la esperanza en millares de hombres, mujeres y niños, a quienes era insuficiente el mezquino salario que recibían de los ricos terratenientes.
¿Por qué no había de ser él capaz de remediar la dolorosa situación de esa mísera aldea de esclavos y mendigos, deshechos de la sociedad que les abandonaba como a animalejos muertos?
Mientras Zebeo descansaba unos instantes con aquellos grandes y santos recuerdos, la barquita del portero del castillo ancló en la orilla y bajó la gran cesta de pan que era la diaria y pobre esperanza de aquellos infelices.
—Cara de fiesta tenéis esta tarde –díjoles el buen hombre comenzando
el reparto.
—Tenemos un amo bueno que nos dio hoy de comer y nos vistió de
nuevo… –gritaban todos a la vez.
—¡Ya lo veo!…, ¡ya lo veo! –decíales el portero del castillo y echaba miradas escrutadoras a Zebeo, que continuaba sentado sobre el tronco de un árbol.
—Eres un Escriba del Templo y piadoso de corazón –díjole por fin, deseando saber qué hombre era aquel que hacía el bien a gentes de las que nada podía esperar.
—De todo un poco, amigo, –le contestó Zebeo–. También tú eres de
buen corazón que traes pan a los que no lo tienen.
—Me mandan de allá adentro –y el hombre señaló al Castillo.
—Soy extranjero en Alejandría –añadió Zebeo–, y todo aquí me llama la atención. ¿Quién vive en ese viejo Castillo que parece un monumento del tiempo de los Faraones?
—Y es así, señor…, y lo habéis adivinado. Pero no sé si me creeréis, aunque digo la pura verdad, no sé quien vive allí, ni he visto jamás ningún rostro humano, y conste que hace doce años que hago los oficios de portero.
—¡Pero, hombre! ¿No acabas de decir que te mandan de allí a traer el pan?
—Si, señor. Alguien de adentro hace girar un gran torno y sale la cesta con pan. Hace doce años cuando vine por primera vez por la recomendación de un sacerdote de Osiris –y el hombre hizo una gran reverencia–, ya vine sabiendo todas mis obligaciones entre las cuales estaba la de traer esta cesta de pan y repartirla entre esta gente de aquí. Cuando un hombre sabe su deber no es necesario recibir nuevas órdenes. El torno
gira y sale de allí lo que tiene que salir. El torno vuelve a girar y yo pongo en él todo lo que del exterior entra para los habitantes del Castillo. Supongo que no deben ser muchos porque lo que hago entrar por el torno es bien poco. Cada tres lunas unos sacos de harina, un cántaro de miel, una cesta de quesos, un fardo de cera y dos cántaros, de aceite uno y manteca el otro.
—¿Son hombres o mujeres los recluidos allí? –volvió a preguntar
Zebeo que estaba asombrado de lo que oía.
—Tampoco puedo satisfacerte en esto, señor, porque no lo sé. Te parecerá mentira pero es la pura verdad.
—Y estás todo el día a la puerta de ese Castillo.
—Todo el día, sí, señor. Gira el torno y sale mi comida que alcanza para mi vieja compañera y un perrito que vive con nosotros. Gira otra vez el torno y devuelvo el cesto en que me la mandaron.
“No se precisa hablar. Cada luna acudo a la puerta de un mayordomo del Templo y recibo el salario convenido por mis servicios y a veces algún buen regalito para mi mujer. No puedo quejarme.
—En efecto, es como dices. Gracias amigo por tus noticias. Yo soy Zebeo, Estudiante de la Escuela del Maestro Filón en Alejandría y he resuelto hacer lo que pueda por esta gente en mis días libres. Si en algo puedo servirte…
—Gracias, señor. Yo soy Malecio el Portero del Castillo del Lago
Merik.
Se había terminado el reparto de pan, y el buen hombre saltó a su barca y volvió la proa hacia el negro promontorio, que empezaba a esfumarse entre las sombras del bosque que le rodeaba y las tenues claridades de la tarde que moría.
Era por suerte una noche de luna creciente, lo cual ayudó a Zebeo a permanecer en la aldea una hora más hasta dejar terminado el cobertizo-alcoba para los niños varones.
Regresaría en el barquillo de Pedrito, único que podía seguirle hasta la ciudad.
—¡Mi primera noche sin madre!… –exclamó en un hondo sollozo la infeliz Tabita cuando Zebeo se despedía de ella–. ¡Señor! ¿Por qué no me llevas contigo como a Pedrito?…
—No puedo, hija mía, porque donde yo vivo solo entran los hombres y aún no sé si podré entrar allí a Pedrito. Pero no temas nada, que yo volveré por ti.
—¿Tardarás mucho tiempo en volver? –tornó a preguntar la niña.
—No lo sé, hija mía, pero estoy cierto de hacerte llegar con Pedrito un mensaje de aquí a tres días. Y entonces te diré cuando he de volver.
Dos hilos de lágrimas corrían por el pálido rostro de la jovencita para
quien era dura pena no tener ya su madre, y ver que se alejaba aquel hombre bueno que se había compadecido de ella. Zebeo sufría también.
—¡Valor, hijita! –le dijo–, puesto que eres la mayor y la primera de mis hijas, quiero que seas valiente para que puedas ayudarme a serlo yo también.
La pobre niña se arrodilló a sus pies y se abrazó de sus rodillas llorando como enloquecida.
Todos los que miraban esta dolorosa escena estaban enternecidos. Las dos viejas esclavas intervinieron, viendo el dolor de aquel hombre bueno que tenía prisa de volver y se veía retenido por el desesperado dolor de Tabita.
Con suaves palabras de consuelo y de esperanza, Zebeo logró calmarla y dándole un beso en la frente, saltó al barquillo de Pedrito que se balanceaba en el canal, a donde todos habían acudido para despedirle.
El amor agradecido de aquel grupo de seres dolientes para su inesperado benefactor, de tal modo conmovió a Zebeo que durante un largo rato no pudo articular palabra.
Remaron fuertemente en contra de la corriente y Pedrito muy práctico en los canales del Delta del Nilo, enderezó la proa por el canal que pasaba rozando con la muralla oriental de la ciudad, con el fin de que su protector llegase más pronto a su destino.
Los Estudiantes de la Escuela de Filón tenían libre entrada por la puerta del sur, con solo dar el nombre del instituto a que pertenecían. En el Pórtico de la entrada encontró Zebeo a cuatro de sus compañeros de aulas que habían llegado unos momentos antes que él.
El portero les dijo que aún no había sonado la campana de la media noche y que por tanto encontrarían todas las galerías abiertas.
—¿Puede entrar a mi alcoba este niño huérfano que encontré a orillas
del río? –preguntó al portero.
—¡Oh, sí! Señor Estudiante, eso es muy común por aquí. Basta que
mañana arregléis el asunto con el Maestro Director.
—¡Eso está claro! –contestó Zebeo–. Gracias y hasta mañana.
Y sigilosamente penetraron todos a su respectiva galería, no sin comentar en secreto con sus compañeros la extraña aventura de que en su primera salida, volvía el estudiante sirio con un huérfano de la mano.
Y durante los días subsiguientes, en la desolada Aldea de los Esclavos inútiles, hubo una desbordante alegría unida al recuerdo del hermoso extranjero cuyos dulces ojos castaños lloraban compartiendo sus angustias, y tenía en su boca palabras de miel que hacían nacer la esperanza y florecer el amor. Quién sería y de qué extraño país habría venido como traído por genios tutelares y bajado de una estrella lejana para dar luz a sus tinieblas.
Y les amaba a todos ellos que sólo habían recibido latigazos en su vida de dura servidumbre, y al final de la cual se veían allí arrojados como escoria de muladar.
Todos trabajaban afanosamente y hablaban más aún, repitiendo cien veces iguales comentarios sobre aquel hombre extraordinario.
Sólo Tabita callaba, y su triste y permanente silencio comenzó a ser un misterio y un enigma que ninguno allí sabía interpretar.
Cuando había ordeñado sus camellas y les había dado su ración de pasto tierno, colocaba en la mesilla de su tienda los cantaritos de leche, el tazón de manteca y los pocos quesos que le quedaban. Se colocaba el blanco delantal y la diadema de lotos y se sentaba con su ovillo de esparto para tejer sandalias a la puerta de su tienda desde donde sus ojos tristes miraban al pequeño muelle del canal donde siempre amarraba Petiko su barquillo… La pobre niña esperaba y soñaba…, tenía dieciséis años y en todos ellos sólo había conocido el dolor, la miseria, la maldad humana en todo su refinamiento de egoísmo y de crueldad. ¡Su almita inocente y pura estaba entumecida de espanto y de frío! ¡Pero tenía alas que parecían querer desplegarse a los rayos del sol y tenderse a volar como las gaviotas y los cisnes que se acariciaban bogando sobre el lago sereno!…
Sus compañeritos y las dos viejas esclavas que el extranjero puso a su lado, atribuían aquel silencio y tristeza a la reciente muerte de su madre, y refiriéndole tiernas leyendas sobre la dicha de las almas que “el buen piloto del barco de oro” lleva a otro mundo, buscaban alegrar su corazón y obligarla a salir de su hosco silencio.
¡Todo inútil!
Cuando pasó el día tercero y bajaba el sol detrás del negro promontorio del Castillo y las sombras del anochecer comenzaban a ennegrecerlo todo. Tabita fue a sentarse en el rústico muelle del canal, donde Petiko amarraba su barquillo todas las tardes cuando su madre vivía. Le traía la limosna que le habían dado, los sobrantes del mercado, las frutas que pudo recoger en algún huerto abandonado. Y la pobre niña lloraba silenciosamente esperando en vano el mensaje que el extranjero le había prometido enviar con Petiko al día tercero.
Empezaba a levantarse la luna envuelta en redecillas de plata y Tabita sintió lejos aún, el chasquido de remos en el agua. Se levantó sobre la piedra más alta y escudriñaron sus ansiosos ojos las aguas del tortuoso canal, cuyas orillas cubiertas de enormes áloes y espesos juncales no le permitían ver a lo lejos.
Pero demasiado pronto y cuando menos lo pensaba, el barquillo estaba allí, tocando la orilla y el extranjero clavando en la costa un remo, saltaba sobre las piedras del muelle.
El grito de alegría que se escapó de los labios y del corazón de Tabita resonó en las chozas de la aldea, y los que aún no dormían corrieron a saber la novedad.
La pobre niña había caído de rodillas a los pies del Apóstol y abrazada a sus rodillas decíale entre lloros y risas:
—¡Volviste, señor, volviste! ¡Oh! ¡Qué santa promesa fue la tuya y qué genio benéfico el que te trajo de nuevo a la pobre Aldea de los Esclavos!… –Zebeo la miró asombrado y conmovido por aquel espontáneo y emotivo recibimiento.
—¡Me esperabas, pobrecilla! –dijo acariciándole la cabeza–. ¡Al faltarte tu madre, te derramas toda entera sobre mí! ¡A descargar, Pedrito!
–añadió–, y pronto, que tu barquillo no resiste mucho tiempo.
Y el niño que ya se creía todo un capitán de galera, saltó al muelle y amarró su botecillo. Varios esclavos se acercaron a descargar fardos, sacos, cestas, y una porción de herramientas de trabajo, sierras, hachas, martillos, guadañas y hasta un telar con su correspondiente bolsa de lanas en ovillos listos para tejer.
—¡Santo Osiris!…, ¡madre Isis! –gritaban los esclavos.
—¡Genios del Nilo nos hacéis nacer de nuevo en esta tierra de miseria y esclavitud!…
—¡Callad, callad –decíales Zebeo ayudando en la descarga–, y llevemos todo a la tienda para que celebremos con una espléndida cena, no a Osiris ni a Isis sino al Maestro Nazareno que me abrió su Reino sobre la tierra que baña el Nilo!
El bullicioso grupo de chiquillos jubilosos acabó por despertar a los que dormían, cansados de las tareas extraordinarias que habían cumplido y Pedrito corría a cada instante hacia el pequeño muelle con una antorcha de cáñamo encendida.
—¿Se puede saber qué esperas Pedrito en el muelle del canal? –le
preguntó uno de los esclavos del grupo.
—¡Oh!…, esa era la sorpresa, pero no aguanto más sin soltarla a volar.
Mi señor y yo, tenemos invitados que no tardarán en llegar.
En efecto, a poco sintieron todos los alegres cantares de voces juveniles y en idioma extranjero. Eran los dos vecinos de celda de Zebeo, más un joven estudiante originario de Arcadia que cobró afecto de hermano al sirio-libanés de tan suave carácter. Los dos vecinos de celda eran el uno de Marsella y el otro de Cartagena. Los tres de países diferentes, o sea un arcadio de la antigua Grecia, otro de la Galia y el tercero de la Iberia, todos súbditos de la Roma de los Césares, señora del mundo de entonces.
La original aventura de Zebeo les había sugestionado, y Filón mismo
al conocerla pensó que el humilde Apóstol del Cristo tenía fibras de acero
en el alma como para extraer filones de oro puro aún de los peñascales
desnudos del desierto.
Los tres que bajaban en el pequeño muelle del canal eran: Lastenio de Arcadia, Clodoveo de Marsella y Ginés de Cartagena. Hoy diríamos un griego, un francés y un español.
Eran justamente los que más extranjeros se sentían en las aulas del Maestro Filón, y los que desde el primer encuentro sintieron la honda simpatía hacia el modesto y afectuoso sirio, que irradiaba tanta bondad y compañerismo que atraía a todos, más aún a aquellos que sentían la nostalgia de la patria lejana y esa fría soledad que de ordinario sigue como una sombra al que vive en un medio ambiente que le es extraño y lejos de sus familiares.
Dejamos a la imaginación del lector el pintarse él mismo la comida aquella a orillas del lago, con la algazara de los chiquillos y la pobre y tardía satisfacción de aquellos dolientes seres que en el ocaso de sus torturadas vidas…, vidas de esclavos y de mendigos, transcurridas entre el odio y el desprecio, veían acaso por primera vez que un hombre extranjero les abría su corazón, les prodigaba amor, ternura, conmiseración y les decía en su lengua siria dulce como el canto de las alondras: “De hoy en adelante sois mi familia, y viviré para vosotros hasta que consiga haceros conocer la paz y la dicha en vuestra vida”.
Los niños jugaban en alborozado conjunto. Solo Pedrito y Tabita no habían podido separarse un momento de Zebeo.
Ambos comían del cestillo en que él comía, y las castañas y nueces se las ofrecían peladas y limpias. Sentados sobre el césped, era de ver el cuidado de Pedrito de que siempre estuviese con vino la escudilla de barro de Zebeo y la ternura con que se la ofrecía: –¡Bebe, padre! ¡Bebe!
Mientras la niña cuidaba de que el blanco paño que ella pusiera sobre las rodillas de Zebeo se mantuviera con la mayor pulcritud.
Los amigos de la Escuela le decían bromeando:
—¡Mago sirio! ¿Qué sortilegio tienes para conquistarte el amor? –Y
él riendo afablemente les contestaba:
—Lo que se siembra, eso se recoge. Desde que llegué aquí estoy sembrando rosas…, y rosas estoy recogiendo.
Después de la frugal cena en conjunto, los viejos y los niños se durmieron, debido acaso al buen vino que quizá por primera vez en su vida habrían tomado.
Era llegada la hora de las confidencias para los cuatro amigos, de los cuales Zebeo era el mayor. Le seguía Clodoveo de Marsella que contaba treinta y cuatro años, mientras Ginés de Cartagena y Lastenio de Arcadia apenas llegaban a los treinta.
Los cuatro vibraban a un mismo tono, pero Zebeo tenía la superioridad de haber bebido en las fuentes divinas del Cristo en su reciente vida terrestre.
—Habéis visto el escenario y los personajes –dijo Zebeo iniciando la conversación–. ¿Creéis como yo que podemos hacer obra con tan pobres elementos?
—Después de nuestra confidencia con el anciano Príncipe Melchor y con el maestro Filón sobre esto, creo, sí, poder esperar que no sea perdido nuestro tiempo –contestóle Clodoveo.
Habían elegido la lengua latina para hablar, que era la única conocida por los cuatro. Y así, no comprendiendo nada, Pedrito fue cayendo lentamente bajo el dominio del sueño y hecho un montoncito junto a Zebeo se quedó dormido.
Sólo Tabita velaba y su costumbre de no tener las manos quietas, la indujo a recorrer la orilla del lago recogiendo todas las flores de junco y de loto que encontraba abiertas.
Embebidos los cuatro amigos en su interesante conversación no ponían su atención en ella. De pronto la sintieron lanzar un grito de espanto y que sin soltar las puntas de su delantal blanco lleno de flores, corría hacia las pobres tiendas de su refugio.
—¿Qué pasa, qué pasa? –le preguntaron los cuatro amigos a la vez.
Y como el espanto no le permitía hablar, Zebeo se le acercó hasta ponerle su mano en el hombro, mientras le decía afectuosamente:
—¿Qué tienes Tabita, qué tienes?
Con una respiración fatigosa y los ojos muy abiertos miraba hacia el Castillo casi sin poder hablar. Por fin, cayendo al suelo sin aliento pudo decir:
—¡Los magos de allí…, han salido y a nado vienen hacía aquí! ¡Huyamos, huyamos que pereceremos todos si nos ven!…
Los cuatro amigos se miraron y volvieron la vista hacia el castillo, que a la luz blanca de la luna resaltaba más su negra silueta destacándose del bosque que lo rodeaba.
—Esto coincide con las revelaciones que sobre ese asunto te hizo ayer
el Príncipe Melchor –dijo Ginés.
—¡Es cierto! –confirmaron los demás.
—Tranquilízate, hija mía, que no recibiremos daño alguno –dijo Zebeo a la niña–, pero es bueno que entres a la tienda con tus compañeras y nos dejes solos, para atender a esos infelices que ya se perciben a la luz de la luna los primeros que se acercan.
—¡Te matarán a ti, padre, y otra vez estaré sola en el mundo! –murmuró llorando Tabita.
—¡No tengas miedo, no sufriré daño alguno!… Te llamaré de nuevo cuando debas salir. Ve a la tienda.
La niña obedeció no sin mirar con terror hacia el lago donde ya se percibían claramente los que a nado se acercaban a la orilla.
Para nuestro lector que estará ansioso de conocer las causas de este inusitado acontecimiento, daremos las necesarias explicaciones.
Promovidas por la original aventura de Zebeo con los esclavos y mendigos del lago Merik, habían tenido lugar algunas confidencias con el anciano Príncipe Melchor, el más antiguo y respetado Consultor de las Escuelas de Filón, y el que más obligado se consideraba a proteger al Apóstol del Cristo, que acaso Él mismo ponía bajo la tutela espiritual del anciano amigo que le reconoció en la cuna.
A las justas indagaciones de Zebeo sobre el vetusto y tétrico Castillo del Lago Merik y de sus invisibles moradores, el Príncipe Melchor que no obstante su vieja vinculación con el antiguo culto del sacerdocio egipcio, su alma lúcida se había abierto a la nueva orientación que el Mesías trajo a la tierra y se había dedicado a seguirla en todos sus aspectos de sencillez, de fraternidad, de igualdad, dio en presencia de Filón las siguientes explicaciones:
—La severidad en las leyes de los Templos, no es hoy más que una sombra de lo que fue en los tiempos remotos de su esplendor y grandeza. Los aspirantes al conocimiento de los más ocultos misterios de la Sabiduría divina, venían por decenas en cada luna; y venían hasta de las más apartadas regiones del mundo. Se dio el caso repetido varias veces de llegar a los Templos, espías piratas, bandoleros pagados por los déspotas reyes Asirios o de otros pueblos semibárbaros, para averiguar a fondo la causa de la fortaleza invencible y del supremo poder del Sacerdocio Egipcio que imponía sus normas a los Faraones, que les moderaba en sus actos de gobierno y hasta les destituía si se excedían en sus poderes o no cumplían debidamente su mandato.
“Las invasiones extranjeras que por varias veces avasallaron al Egipto, fueron originadas por la facilidad y benevolencia con que el Alto Consejo de los Hierofantes había accedido a la entrada a los Templos a los falsos aspirantes a la Iniciación. De ahí vino la ruda severidad de las leyes del Templo, entre las que se promulgó la pena de muerte para el aspirante que habiendo sido aceptado a las primeras pruebas y conocido algunos de los secretos tan celosamente guardados, fallaba a la mitad de camino o era descubierto en relaciones con gentes del exterior.
“Y os espantaríais de ver la llamada Cripta de los traidores, los esqueletos decapitados que están adheridos al muro sosteniendo en sus huesosas manos su propio cráneo donde anidan los murciélagos o tejen sus redes las arañas.
“Pasados los siglos, los Grandes sacerdotes, siempre estudiando al
Eterno Invisible, y sintiendo la cálida influencia de su Amor Universal para todo ser viviente, volvían a suavizar la rigidez de su justicia para aquellos que aspiraban a conocer las leyes de la Suprema Potencia y a mitad de camino le faltaban las fuerzas. Y la pena de muerte fue anulada para siempre, quedando en su lugar la reclusión perpetua y absoluta para todo aquel que habiendo penetrado a los claustros sagrados, realizado algunas pruebas y escuchado las siete primeras enseñanzas, se volviera atrás en el camino emprendido.
“Esa resolución es tan severa que prohíbe ver, hablar, escribir, ni aún hacer conocer su existencia a persona alguna de la tierra. A este precio conservan su vida.
“En la última centuria hubo para el Sacerdocio Egipcio un grande descubrimiento. En la más profunda cripta del templo que adosado al Castillo de la isla, puede verse hacia el sur, dando toda la vuelta al lago, fueron hallados unos papiros entre tubos de plata y éstos entre un cofre de mármol que habían sido guardados allí por la princesa Thimetis, hija única del Faraón Ramsés I y de su primera esposa la princesa Epuvia, hija del Gran Sfaz de Mauritania, que se apellidaban Hijos del sol. Allí refería su vida, la muerte de su madre, su soledad en la Corte, su secreto amor con un joyero hebreo de la Tribu de Leví, con el cual se unió en matrimonio celebrado ante los Ancianos de Israel; el nacimiento de su hijo único, Osarsip, en jeroglíficos egipcios y que traducido al antiguo hebreo resulta Moisés.
“En la continuación del relato, los Hierofantes vinieron a saber que ese hijo de una princesa real, gran aliada del sacerdocio, y nieto del Faraón Ramsés I, era el Moisés, Profeta y Taumaturgo, iluminado vidente al que el Eterno Invisible dio la Ley Única escrita en tabla de piedra, y entre cuyos diez mandamientos, aparecía éste: “No matarás”.
“En las milenarias crónicas del Templo aparecía como un modelo de aspirantes a la Divina Sabiduría, el hijo de esa princesa real, o sea el Moisés, que la Nación de Israel se adjudicaba como propiedad exclusiva suya.
“Y un hijo de los Faraones, de los célebres Ramsés, un Sacerdote de sus templos había sido elegido por el Supremo Invisible para dictarle su Eterna Ley a los hombres. Y esa Ley decía en su lengua de piedra: “No matarás”.
“Fue entonces que la pena de muerte quedó anulada en el Templo para siempre. Y la figura de Osarsip pasó de inmediato a la galería de los excelsos Pontífices venerados como Genios Protectores de los países y pueblos en que aparecieron con vida de hombres.
“De ese modo vino la reclusión perpetua a ocupar el lugar de la pena de muerte, para los profanadores o traidores del Templo.
“Y fue designado el Castillo del Lago Merik, como Fortaleza inexpugnable, para esos recluidos perpetuos, a donde solo entra una vez cada año el Gran Sacerdote de Osiris o un delegado suyo, para averiguar por si mismo lo que pasa en aquella tumba de vivos.
“Cuando ocurrió la conjunción planetaria del nacimiento de nuestro Señor, el Cristo –continuó el anciano Melchor–, dos Hierofantes Ancianos tuvieron revelación en sueños de que la conjunción anunciaba la vuelta al plano terrestre de aquel gran ser, que había recibido la Eterna Ley del Infinito Invisible para la humanidad.
“Pero volvía para preguntar a los hombres qué habían hecho de aquella Ley que decía:

“Me amarás con todas las fuerzas de tu alma. “No harás en mi nombre juramentos falsos.
“Me consagrarás un día de descanso y oración. “Honrarás a tus padres.
“No matarás.
“No cometerás adulterio. “No hurtarás.
“No levantarás falso testimonio. “No desearás la persona de otro. “No codiciarás los bienes ajenos.

“Y comenzó la formidable lucha entre los dos Sacerdotes que recibieron la revelación y los demás del severo Consejo Sacerdotal.
“Uno de aquellos dos que era segundo en la jerarquía pasó a ocupar el lugar del Pontífice que falleció siete años después de la conjunción planetaria.
Y yo, Melchor de Heliópolis, entré a formar parte del Consejo Supremo del Templo.
“El Gran Sacerdote de Osiris me tomó como su Notario, y poco a poco fui teniendo el valor y la oportunidad de revelar al austero anciano que yo había visitado en la cuna al Ungido recién llegado.
“La lucha sacerdotal recrudeció tan viva en los mas fanáticos de las arcaicas restricciones penales, que se llegó a un Concilio para decretar la muerte del Pontífice y de quienes le apoyaban en sus ideas de renovación.
“La tormenta se calmó cediendo el Gran Sacerdote al voto de la mayoría.
“En el Consejo éramos nueve, y solo cuatro estábamos por la renovación. Y transcurrieron cinco años más.
“El Mesías Ungido del Eterno contaba doce años, y el deslumbramiento
que produjo su Verbo de fuego entre los sabios sacerdotes y doctores del Templo de Jerusalén tuvo repercusiones fuertes en el Templo de Osiris, y la lucha sacerdotal tornó a enardecerse.
“Había fallecido otro de los adversarios, y el Sacerdote que entró al
Consejo era grande amigo mío que compartía mi pensar y mi sentir. “La cuestión subió de nuevo a la Mesa Redonda y esta vez hubo empate
de votantes: cuatro y cuatro.
“El Pontífice podía inclinarse a un lado u otro. Estaba harto de aquella lucha en la sombra y recordó viva como una llama la visión que tuviera la noche de la conjunción planetaria. Habían pasado ya veinte años.
“En el Gran Santuario Esenio de Moab, el Ungido se consagraba Maestro de Divina Sabiduría deslumbrando con la Luz Divina que le asistía. En los Templos de Pasagarda y de Suleimán, Baltasar y Gaspar habíanlo consagrado entre sus adeptos como al Verbo Eterno hecho hombre. Y el Pontífice Photmes, inclinó el platillo y fue aceptada en los Templos egipcios la renovación de las leyes penales antiguas.
“Los castigados reclusos del Lago Merik debían pues dar por terminada su dura expiación.
“Pero ese asunto se dejó dormir por muerte del Gran Sacerdote, muy anciano ya.
“Además, los recluidos miran desde las ojivas de sus vetustas torres ambular como fantasmas de miseria y de hambre a los infelices esclavos y mendigos de las orillas del Lago. ¿No sería lanzarse ellos mismos a esa mísera vida sin amparo de nadie, pues que todos ellos son de pueblos distantes donde hasta su recuerdo se habrá borrado?
“En su forzado cautiverio tenían el techo y el pan asegurado. La mayoría de ellos llegan al medio siglo de vida.
“¿Qué ideales, qué esperanzas, qué ilusiones pueden alimentar para lanzarse a una vida incierta, de zozobras y soledad sin un ser que les tienda la mano, sin una voz amiga que les aliente en el camino?
“¡Zebeo, Apóstol del Ungido del Amor! –exclamó el anciano Melchor, después de unos momentos de silencio–. ¿No entrará en el programa que te ha diseñado tu Maestro, tender esa mano amiga y dar esa voz de aliento a los infelices recluidos del pavoroso Castillo del Lago Merik?
—El tiempo me lo dirá –contestó el interrogado–. Bueno será que vosotros, a quienes me cabe la honra de tener como guías y maestros, penséis este asunto en la Divina Presencia, y que mi Maestro me dé la luz y la energía necesarias para obrar conforme a su voluntad.
Tal había sido la confidencia de Zebeo con sus sabios amigos.
Por eso, él no se alarmó mayormente cuando Tabita les anunció que los magos del Castillo, se acercaban a nado a las orillas del Lago.
Y Zebeo con sus tres compañeros se acercaron con serenidad para recibirles cuando les vieron llegar fatigados a la costa.
Eran ocho y llegaban unos después de otros, con la túnica de burda lana de oveja chorreando agua y lodo, y la cabeza rapada sin asomo de cabello ni de barba.
—Ten piedad de nosotros, como la tuviste de los esclavos inútiles y de los mendigos inválidos –le dijeron de inmediato a Zebeo, en cuya faz conmovida, veían claro la conmiseración más espontánea.
¡Y Zebeo la tuvo! ¿Cómo no había de tenerla, él, que oyó decir al Cristo su Maestro desde lo alto de aquella montaña testigo de sus desbordamientos de amor divino?:
“¡Bienaventurados los misericordiosos porque aquellos alcanzarán misericordia!”

20
LAS RUINAS FLORECEN

Cambiarles las ropas mojadas por otras secas y darles un tazón de vino caliente fue la primera medida que tomaron con aquellos nuevos refugiados. Y Zebeo habló al primero para decirles:
—Amigos, si queréis compartir la vida de trabajo, de sacrificio y de pobreza que aquí se hace, os recibimos con los brazos abiertos. Desde vuestro torreón habréis visto el esfuerzo de todos para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de la aldea.
—Porque lo hemos visto es que nos hemos decidido a venir –contestó el que parecía tener superioridad sobre los otros–. Primeramente os rogamos que no nos toméis como delincuentes que hemos escapado del presidio donde fuimos puestos en castigo de nuestros delitos.
“Fuimos aspirantes a la sabiduría oculta de los sacerdotes del Templo de Osiris y vinimos en nuestra juventud a la edad de veinticinco años. Fuimos débiles al llegar a las más duras pruebas a que se somete a todos los aspirantes, y la reclusión fue la pena para esa debilidad. Ya está referida toda la historia de nuestra vida y espero que deis fe a mi palabra, atestiguada por éstos que me acompañan. –Con sólo afirmaciones con la cabeza, apoyaron los otros siete lo dicho por el compañero.
—Sí, amigo, sí, os creemos pues estamos al tanto de las leyes penales de los Templos egipcios. También somos buscadores de Sabiduría, pero no la buscamos en los Templos sino en la Escuela del Maestro Filón de Alejandría –contestó Zebeo.
—La época de los Misterios Herméticos, ya pasó, y ahora se busca la Sabiduría a la luz del sol y ante la belleza suprema de todas las obras del Creador –añadió Lastenio de Arcadia.
—Tengo entendido –dijo nuevamente Zebeo–, que vuestra condena terminó hace años. ¿Cómo es que tardasteis tanto en aprovechar la libertad que se os daba?
—Por varias razones –contestó el excautivo del Castillo–. Una de ellas era el temor de lanzarnos a la vida sin los medios y sin las condiciones para vivirla después de treinta años de reclusión en el más deprimente ostracismo.
“Extranjeros en una tierra que nos fue tan hostil, donde nunca vimos otra cosa que la rigidez de una justicia implacable, ¿qué podíamos esperar ni buscar de nadie?
“La otra razón era que había entre nosotros siete ancianos de ochenta, noventa y más años, que encontramos a nuestra llegada aquí y que han ido muriendo uno tras otro.
“Ellos consolaron nuestras desesperaciones de jóvenes recién llegados, y no era justo abandonarles en los últimos años de su vida y cuando ellos se habían encariñado tanto con nosotros.
—¿Y ahora les abandonasteis? –preguntó Zebeo.
—Hace dos días sepultamos al último que quedaba.
—Hay muchos esqueletos, muchas sepulturas y muchas riquezas que
no sirven para nadie –contestó otro de los excautivos.
—¿Entonces no queda nadie en el Castillo? –preguntó Clodoveo.
—Y en el Templo que está anexo al Castillo, ¿quién vive? –preguntó
nuevamente Zebeo.
—¿Conocías eso también? Es el Retiro de los sacerdotes que han cometido algún delito y voluntariamente se someten a durísimas pruebas hasta conseguir de nuevo la Luz Divina que por su culpa perdieron. Uno de ellos era el Delegado del Consejo Superior para visitarnos una vez cada año.
—¿Y ahora? –preguntó Ginés.
—A medio día le avisamos que esta noche salíamos y sólo nos dijo: “Que la Suprema Inteligencia os guíe”. Y se hundió tras la puerta secreta que se abre en la techumbre de nuestra cripta. Y aquí estamos.
—¿Estáis resueltos a quedar aquí? –les preguntó nuevamente Zebeo.
—Sí, señor, aunque sea como jornaleros o como esclavos –contestaron varios.
—Ni como jornaleros, ni como esclavos –díjoles el Apóstol–. Aquí seremos todos compañeros y hermanos que lucharemos juntos para sustentar nuestra vida y ser útiles a nuestros semejantes.
—Se me ocurre una idea –dijo Ginés de Cartagena. Todos prestaron atención–. Puesto que ese Castillo queda solo y abandonado, ¿no podríamos conseguirlo para habitación, escuela y taller de todos los habitantes de la aldea?
—¡Oh! ¡Esa es la idea cumbre! –afirmó Lastenio de Arcadia–. Pero a quién se le pide si toda esa gente parece haber perdido el uso de la palabra
—Sería como llamar con los nudillos en la Pirámide de Gizeh –afirmó
riendo Clodoveo de Marsella.
—Me parece que yo sé el modo de hacerles hablar –afirmó Zebeo–. Está el Príncipe Melchor de por medio y está el Maestro Filón cuyo hermano Alejandro es Alabarca de Egipto nombrado por el Gobierno Romano.
—¡Oh! –exclamó Ginés de Cartagena–. Son dos buenos espolones que
harán hablar hasta a los obeliscos de Ramsés.
Los excautivos se mantenían silenciosos como si en el largo tiempo de ostracismo y de abandono hubieran muerto todas sus energías.
Acaso les parecía haber hecho demasiado con la resolución de escapar a nado de aquel penoso cautiverio. Parecían tener miedo de hablar. Treinta años enterrados vivos entre las cuatro murallas de la Torre central de aquel Castillo, subiendo y bajando cien veces la escalerilla de caracol para mirar el cielo y el campo desde el último piso, única concesión que les era permitida, habíase obrado en ellos ese complejo atroz de recelos, desconfianza, temor, incertidumbre…, todo junto, aplastándoles el alma como entre dos ruedas de molino.
El noble corazón de Zebeo se estremecía de horror, de conmiseración, casi de espanto pues que su desarrollada facultad intuitiva estaba leyendo en la psiquis de aquellos hombres. Su pensamiento voló muy alto a desglosar recuerdos…, los tiernos recuerdos muy cercanos aún de cuanto vio hacer al Maestro…, su divino Maestro, en casos análogos a éste.
¡Sintió que en su mente parecía encenderse una lámpara votiva de luz maravillosa y que en su corazón desbordaba como un torrente, un elixir de fuego capaz de incendiarlo todo!
Comprendió que aquellos ocho hombres estaban gravemente enfermos del alma…, heridos de muerte y era necesario resucitarlos…, volverlos a la vida que es luz, amor y esperanza.
Se levantó de pronto y comenzó a dar agitados pasos a la orilla del lago.
—Si somos un problema sin solución para ti –dijo uno de los excautivos–, dejadnos marchar y que la fuerza de nuestro aciago destino, nos lleve donde podamos llegar.
—¡No, amigos, no! –exclamó Zebeo–. La Ley que me ha hecho un hombre consciente, me manda amar a mi prójimo como a mi mismo; y si yo hubiese querido en igualdad de circunstancias haber encontrado amistad sincera, lealtad, esperanza y amor, debo ser capaz de daros todo eso. ¡Y si no, no valgo nada, no sirvo para nada, soy menos que estas
piedras que ruedan a mis pies y que solo sirven para túmulo de humildes sepulturas de esclavos!
“Y si yo tengo necesidad de compañerismo, de afectos recíprocos, de bondades, de ternuras que me hagan amar la vida, vosotros lo necesitáis también. Habéis tenido una madre, una hermana, una novia acaso…, habéis saboreado en vuestra juventud la dulzura de un hogar, de una familia, y también habréis soñado con el triunfo en vuestra carrera tras de la Sabiduría, después del cual pudierais aspirar lógicamente a colgar vuestro nido en la cumbre de una montaña…, o a la vera de un lago como este, donde el rumor de las olas se mezclara a dulces vocecitas que os llamaran: ¡padre!… ¡Todo eso es humano, todo eso es Dios en nosotros mismos, todo eso es la realidad, es la vida!…
“¡La Ley de los Templos de Osiris no es ciertamente la ley que ha sonado en mis oídos y ha encontrado ecos profundos en mi corazón!… ¡Por eso los Templos quedan vacíos con sus mármoles y su oro…, se agrietan y se derrumban como el de Karnak, y el eco de los pasos en sus criptas solitarias va repitiendo incesantemente: nada, nada, nada!
“¡Maestro, Maestro mío! –clamó Zebeo como presa de un delirio febril–. ¡Tú solo vivirás con tu Ley Eterna por encima de todas las ruinas, de todos los prejuicios, de todos los fanatismos y errores humanos, porque tú solo eres la luz, la vida y el amor! –Y Zebeo se cubrió el rostro con ambas manos y un hondo sollozar resonó en el silencio de la noche.
Tabita salió corriendo de su tienda y cayendo de hinojos a sus pies le decía llorando amargamente:
—¡Señor…, Señor, acuérdate que yo vivo junto a ti, que no tengo más que a ti…, que todo lo espero de ti!… ¡No llores, no sufras, no padezcas así que tu eres un buen genio bajado de los cielos para consolar mi soledad!…
Pedrito se despertó también y ante aquella escena que no comprendía rompió a llorar a lastimeros gritos y se encaró furioso con los amigos de Zebeo.
—Decís que sois amigos de él y le dejáis padecer solo, para eso vinisteis… ¡Y vosotros malos buitres de la noche! ¡Idos de aquí todos!… Yo soy el más viejo de esta Aldea de los Esclavos donde vine solo con mi madre. ¡Idos!
Ante la fuerte reacción de Tabita y del niño, Zebeo reaccionó también de la crisis que la situación de aquellos ocho hombres y su propia interna rebeldía contra las injusticias de las leyes humanas le había producido su extremada sensibilidad, unida a su temperamento emotivo fue tomada de sorpresa por aquel conjunto de pensamientos y de recuerdos.
—Perdonadme todos –dijo serenándose nuevamente–.
“El amor salva todos los abismos”, dice la antigua filosofía que me ha
hecho hombre. ¡Y si somos capaces de amar sin egoísmo y sin interés, ninguno está aquí demás, y para todos alcanza la Aldea de los Esclavos!
Tabita y Pedrito se apretaron junto a Zebeo como si quisieran ambos defenderle de todos los demás.
—¡Pobrecillos! –díjoles el Apóstol del Cristo, enternecido por aquel gran amor que había encontrado perdido como una piedra preciosa entre los guijarros de una aldea de mendigos y de esclavos. Les envolvió en un abrazo conjunto que unió las dos cabecitas sobre su pecho, mientras decía–:
“No temáis, que aquí todos son mis amigos…, nuestros amigos y compañeros… ¡Pedrito, hijo mío!…, ¡y tú les llamaste buitres de la noche! Eso no está bien, hijo mío…
—¡Padre! yo pensé que todos ellos te habían hecho daño… –Y el niño sin esperar más se volvió hacia todos y con su vocecita temblorosa les dijo–:
“Este señor es mi padre, no tengo más tesoro en este mundo y si alguien le hace daño, me pongo furioso…
Los tres amigos de Zebeo se le acercaron riendo, y Ginés, jugueteando con él, le decía:
—Ya lo hemos comprendido, Pedrito, ya hemos comprendido que te vuelves un tigrecito para defender a tu padre.
—Muy bien, muchacho, muy bien –decían los demás, buscando cambiar aquel ambiente de honda emoción.
El maestro Filón había hecho una excepción en obsequio del Apóstol de Yhasua, y había concedido licencia por una semana a los cuatro Estudiantes de su aula, tiempo en el cual debían dejar regularmente ordenada la pobre gente de la Aldea de los Esclavos.
Pero había surgido el inesperado incidente de los excautivos del Castillo. Y no bien se levantó el sol del nuevo día, tornaron a la ciudad, Clodoveo de Marsella y Lastenio de Arcadia, para dar el informe al Príncipe Melchor y al maestro Filón.
—Hoy no cortamos cañas ni hachamos árboles –ordenó Zebeo–, hasta que los compañeros vuelvan. Si el Padre Celestial nos da el Castillo abandonado para refugio y taller, ¿qué necesidad tenemos de echar abajo el cañaveral y destrozar los juncales? Hoy nos dedicamos a pescar y que haya comida abundante para todos. ¡Mañana, veremos!
Los ocho excautivos empezaban también a reaccionar.
Sus pobres almas petrificadas por ese cruel pesimismo del que se ve cercado por lo irremediable, por lo irreparable, comenzaban a expandirse suavemente como queriendo entrar de nuevo en el mundo de los vivos, en ese concierto admirable de la amistad, del compañerismo, de la convivencia con sus semejantes, sentimientos que son innatos en el
alma humana que no fue creada para el aislamiento y la separación, sino para la unión que es vida y es amor.
Pronto trabaron amistad con las pobres esclavas que preparaban la comida para todos, con los viejecitos inválidos a los cuales había que acercarles los alimentos, y algunos ni aún podían llevárselos a la boca porque sus brazos secos por la parálisis, no podían doblarse. Y el alma buena de Zebeo contemplaba de tanto en tanto su cuadro, y recordando la santa y divina palabra de su Maestro, la repetía con la voz que la emoción quebraba en su garganta y humedecía de llanto sus ojos:
—¡Tu amor, Maestro mío, hace florecer mis rosales!

21
TABITA DE ALEJANDRÍA

Debido a todo lo anteriormente relatado, el lector siente ya parpadear en su íntimo yo, como una luz difusa, la sutil intuición de lo que será la continuación y final de las actuaciones de Zebeo, el montoncito de tierra, como él se llamaba, que ha pasado desapercibido para los biógrafos del sagrado Colegio Apostólico del Cristo, como si en realidad hubiera sido un montoncito de tierra que no mereciera ser tenido en cuenta.
Fue su vida como él quiso que fuera, sin el brillante resplandor de prodigios que enciende la admiración de las gentes a quienes entusiasma lo maravilloso, lo que sobrepasa el nivel común en todo lo que sus sentidos físicos perciben.
Por la influencia del Príncipe Melchor fue entregado a Zebeo y sus compañeros el Castillo y el Templo del Lago Merik para Escuela, Taller y vivienda de todos los que se uniesen a él.
Los inválidos y enfermos en general fuéronse curando, no de súbito, no por imposición de manos o por acción maravillosa del agua u otros elementos, sino lenta y paulatinamente a medida que la Luz Divina despertaba la comprensión en las conciencias y animaba la voluntad hacia el sublime Ideal del amor fraterno, que el Apóstol iba infiltrando lentamente en las almas de todos aquellos que sinceramente lo amaron y lo siguieron.
Y queriendo cooperar con más eficiencia en el alivio de males crónicos y de enfermedades rebeldes, el dulce Zebeo les exhortaba a la paciencia diciéndoles:
—Aún no eres todo lo bueno que el Divino Maestro quiere de ti. Aún no amas al prójimo como te amas a ti mismo. Aún buscas lo mejor para ti, lo más precioso para ti en todo cuanto está a tu alcance. Cuando llegues a ser capaz de dar a tu hermano lo mismo que eliges y quieres
para ti, entonces curarás tu mal. Mientras vivas pensando en que tú eres primero en todas las cosas, en que tienes a tu favor todos los derechos, todas las preferencias, todas las prerrogativas, tus llagas seguirán abiertas, tus brazos y piernas continuarán torcidos, porque antes que en el cuerpo, tus males están profundamente gravados en tu psiquis, en esa alma Inmortal y Eterna que el Altísimo te ha dado para que la eleves a la altura de un arcángel de su cielo y tú te empeñas en tenerla siempre como un gusano entre el lodo.
Tal era la instrucción moral que daba el Apóstol Zebeo a todos cuantos llegaban hasta él.
Su vida sin prodigios y sin maravillosas manifestaciones, no le atrajo el odio, ni la envidia y los celos que despiertan naturalmente en las almas ruines y mezquinas las maravillosas obras con que otras vidas se vieron glorificadas por divinos designios de la Eterna Ley; que no tenemos los humanos ni autoridad ni capacidad para comprender.
Quizá debido a esto, al Apóstol Zebeo no le llegaron las persecuciones del primer siglo de la Era Cristiana. Las espantosas crueldades que comenzaron con Calígula y Nerón, no llegaron hasta su retiro del Lago Merik, acaso porque el suave montoncito de tierra, inadvertido de todos, no presentaba blanco a las flechas enemigas y los potentados amigos de los Césares no dieron valor ninguno a aquel hombre que había consagrado su vida a la ínfima clase social: a los arrojados por inútiles, a los mendigos, inválidos y a los niños sin hogar, a los hijos de nadie que vagan por las aceras y por las ruinas, buscando en vano un rostro amigo a quien llamarle ¡padre!
A lo sumo le llegó alguna vez como un salivazo, la despreciativa frase de la insolencia y del orgullo: “El filósofo del Lago Merik, buscador de basuras…, recogedor de piltrafas…”
A los astros del paganismo, adoradores de los dioses del Imperio, no les hizo sombra ni les estorbó aquel hombre que según ellos, limpiaba la inmundicia de las ciudades llevándolas todas a las solitarias orillas del Lago Merik. Más, no creas, lector amigo, que los días del Apóstol Zebeo sobre la tierra fueron como un collar de perlas sobre un cuello de alabastro… ¡No!
Tuvo como el Divino Maestro, su Huerto de Gethsemaní, el de la tristeza como una agonía. Tuvo su calle de la amargura, su cruz a cuestas y también su Calvario… Pero todo ello se desarrolló silenciosamente, en lo profundo de su alma plena de esperanzas y de ideales; en lo más vivo de su corazón de carne…, corazón de hombre donde van a llamar con vibraciones tremendas los más intensos sentimientos de que es capaz una criatura encarnada.
Su alma noble y buena se abrió como un loto blanco al rocío de la
noche, ante la belleza de la amistad, ante la dulzura inefable del amor. Y todo le fue negado…, mejor dicho, se lo negó él mismo para consagrarse en absoluto al divino Ideal que lo había hechizado: El Cristo y su doctrina.
A los dos años de iniciar su apostolado, el Príncipe Melchor fue llamado al Reino de Dios. Cinco años después, dejó también el maestro Filón su sitio vacío en el plano físico. Sus tres amigos íntimos de Apostolado se fueron alejando llamados por sus familiares los unos, por elección de sendas más descubiertas y amplias los otros. Le quedó fiel la masa doliente de mendigos y de esclavos mientras tuvieron temor de lanzarse a la vida en busca de mejores horizontes. Pero los ricos mercaderes que mandaban sus inmensas caravanas llevando y trayendo mercancías del Yemen, del Mar Rojo, de la Eritrea y la Etiopía, de las márgenes del Río Níger, regiones donde refulgía el oro entre las rocas y las piedras preciosas brillaban entre el carbón como estrellas en el abismo azul, ¿quién podía resistir a aquellas poderosas sugestiones de acumular siquiera un pequeño tesoro para la vejez cuando se sentían con fuerzas y deseos para intentarlo?
Y Zebeo comprendía que aquello era justo y razonable. No había en ello nada de censurable ni de malo. Y a cada uno que se marchaba de su lado le decía siempre la misma palabra:
—Vete, bendito de Dios, pero no olvides lo que aprendiste aquí: amar al prójimo como te amas a ti mismo –y con eso los despedía en la puerta del ruinoso castillo de la Princesa Thimetis.
Y les veía alejarse sin volver la cabeza, con la misma tristeza con que vio alejarse a Matheo diez años antes.
La escuela era frecuentada por los niños de la aldea que había aumentado en población. El taller de tejidos era dirigido por las mujeres y los ancianos, y sacaban de ello el sustento.
Pedrito había llegado a Notario y era un esbelto joven de veintidós años. Tabita era una dulce y linda mujer de veintiséis años, y era, a más, el ama de la casa y la maestra en el taller de los tejidos.
Era la mujer discreta y laboriosa pintada en el Libro de la Sabiduría. Era la vid sombreando la puerta del hogar. Era la columna de mármol blanco que podría resistir el peso de cabezas doloridas, de brazos cansados… Y lluvias de lágrimas podrían resbalar sobre ella sin dejarle señales.
Ginés de Cartagena se la había pedido a Zebeo para esposa y de su parte la había concedido. Pero Tabita se negaba hasta oír hablar de tales proposiciones.
Un rico mercader que llegó a la aldea a contratar jornaleros para su caravana, la pidió también para su hijo. Igual aceptación de Zebeo e igual
negativa de Tabita. No obstante, la sutil intuición de Zebeo le decía muy fuerte: “Tabita tiene días de honda tristeza”. “Tabita llora en su alcoba cuando nadie puede verla”. “Tabita se consume como un cirio sobre un altar, como una planta de loto que nació sobre un barranco y que nadie se acuerda de regar”.
Y comenzó este asunto a ser una preocupación para el Apóstol del Cristo. Había soñado hacerla feliz y ella sufría… La felicidad había llamado a su puerta y ella la había rechazado.
Hasta que un día Zebeo la llamó a su despacho, el austero cenáculo que fue de la Princesa Thimetis.
—Tabita, hija mía, después de la oración de esta noche, tenemos que hablar. No te retires tan pronto y espera que se retiren los demás.
—Está bien –dijo ella y cambiando de tema rápidamente, añadió–: Las dos mejores obreras del Taller van a casarse y habrá que darles la dote que el santo Príncipe Melchor nos dejó encargado para las jóvenes que formen su hogar.
—Entéralo hoy mismo a Pedrito, que él es quien lleva nota de las rentas que dejó con ese fin nuestro inolvidable amigo –le contestó Zebeo. Y Tabita salió.
Cuando pasada la cena de ellos tres con los pocos huérfanos y obreras del taller que vivían allí, pasaron todos juntos al Oratorio contiguo al despacho del Apóstol, las mujeres se cubrieron con el velo blanco acostumbrado por las mujeres esenias; costumbre que Zebeo había implantado allí como una manifestación de pudoroso respeto ante la grandeza de la Divinidad a la cual iban a acercarse en la oración.
La oración de Tabita era siempre oración de lágrimas que a la sombra del velo blanco cayendo sobre su rostro, pasaban desapercibidas y se esfumaban en el secreto de su corazón. Y esa noche lloró más que nunca. Tenía miedo y espanto de la vida sin saber por qué. En diez años que llevaba vividos al lado del Apóstol del Cristo, nunca le había hablado como esa tarde, o sea con el anuncio previo de una confidencia reservada y muy grave al parecer. ¿Qué podría ser?… ¿Anuncio de algún nuevo pretendiente al cual el Apóstol pensaba entregarla para quedar él libre de la carga que ella suponía ser para la libertad de un hombre consagrado a la divulgación de una doctrina sublime como la suya?…
¿Sería acaso una reprensión, la primera que escucharía en diez años de los labios de aquel hombre justo, noble y bueno que sólo bondades le había brindado en su dolorosa orfandad? Temblaba como una hoja cuando la hora pasaba lenta… lenta. Y cuando Zebeo puesto de pie recitó en alta voz la plegaria final que era una absoluta entrega del alma a la Divina Energía en beneficio de toda la humanidad, la pobre joven no pudo sostenerse de pie y se quedó sentada sobre el esparto del pavimento.
A la oración nocturna concurrían todos los habitantes de la aldea que no vivían en el Castillo, y que no podían entregarse tranquilos al descanso si no habían oído el “Dios te bendiga y hasta mañana” con que el Apóstol les despedía a la puerta del oratorio.
Como era Pedrito quien cerraba la puerta porque su alcoba estaba contigua a la de Zebeo, se acercó a Tabita para recordarle que debía irse a la suya, pero Zebeo le dijo:
—Tabita y yo nos quedamos en el oratorio porque tengo que hablarle. Tú puedes ir a descansar –el joven besó la mano de su padre adoptivo y dando las buenas noches se marchó.
Tabita era una estatua inmóvil sobre el pavimento y casi al pie del antiguo sillón de caoba que demostraba en sí mismo su vida de siglos y que ocupó siempre el Apóstol desde que entraron en el Castillo.
Zebeo se sentó en él.
—Tabita, hija mía, te veo esta noche más deprimida que de ordinario. Y hoy voy a exigirte lo que no te he exigido nunca: que te franquees conmigo, que me abras tu corazón porque te confieso que empiezas a ser un enigma para mí. ¿Quieres ocupar este asiento a mi lado?
—Si me lo permites, estoy bien aquí –y se quedó sentada sobre el
esparto a los pies del Apóstol.
—¿Puedo saber, Tabita, por qué no eres dichosa, por qué lloras siempre? ¿Quién te hace sufrir? ¿Qué congoja es esa que pone círculos violeta alrededor de tus ojos, y que irradia una amargura que ha llegado a atormentarme y perturbar la serenidad de mi espíritu? Me siento responsable de ti, hija mía, y creo no ser injusto haciéndote esta averiguación. Tú sabes que desde mí llegada al lago, hace diez años, me he preocupado en toda forma de hacerte feliz, y veo con dolor que no lo he conseguido… ¡Habla, Tabita!…, dime toda la verdad, no me ocultes nada y ten la seguridad de que no me sorprenderé de nada que me digas y que sabré comprenderte. –Y así diciendo y con suave ternura, Zebeo levantó el velo que caía sobre el rostro de la joven y vio que aparecía bañado de lágrimas–.
“¡Siempre llorando!… ¿Por qué, Tabita, por qué?…” Devorando con valor su llanto ella le contestó:
—No puedo decírtelo, padre, no lo diré nunca, jamás, ni a la hora de mi muerte.
Se dobló al suelo como un junco azotado por el huracán y sollozó amargamente sin que Zebeo hiciera el más mínimo movimiento.
Después de un momento, la joven se enderezó y plegando sus manos sobre el pecho clamó en una desesperada súplica:
—¡Sé aún más bueno de lo que fuiste conmigo desde la primera hora y déjame llevar al sepulcro mi secreto!… ¡Es lo único que pido y aspiro de ti!
Zebeo quedó pensativo y un hondo silencio reinó por unos momentos. La sutil intuición que le reveló siempre todos los secretos y le hizo leer en todas las almas como su Divino Maestro había leído en la suya, comenzó a esbozar en ese oculto santuario de cristal de la subconciencia, algo que, por lo inesperado, le tomaba de sorpresa, y que le costaba mucho creer y más todavía aceptar como una realidad.
Después de aquellos momentos de angustioso silencio para Tabita, el
Apóstol le puso su mano sobre la cabeza inclinada y le dijo:
—Un grande amor está llenando tu corazón y destrozando tu vida.
¿Por qué no apagaste esa llama cuando comenzaba a encenderse?… ¿Por qué la dejaste crecer hasta llegar a consumirte y devorarte como a un jardín en flor cuando el huracán agita la llama?…
—¡Perdón, perdón! –clamaba Tabita de rodillas, con las manos juntas
y con los ojos que eran dos fuentes de lágrimas.
El Apóstol la seguía mirando con una mirada fija y sus ojos iban llenándose también de llanto.
—¡Pobre criatura inocente! –le dijo tomándole la cabeza con ambas manos–. ¡No hice más que brindarte amor y ternura y me asombro de que haya florecido en ti la ternura y el amor!… ¡He sido un inconsciente! ¡He obrado como un chiquillo!… Jamás pensé en que esto pudiera suceder, dada la forma en que me presenté a ti y llevándote yo veinte años de edad… ¡Tabita!… ¿Por qué te has dejado llevar de este insensato amor?
Los ojos dolientes y ruborosos se escondían bajo la sombra del velo blanco… La casta mirada virginal se refugiaba en los rincones, buscaba en qué fijarse, huyendo de los ojos garzos, dulcísimos, de Zebeo que a los cuarenta y siete años de su vida aspiraba el perfume de un amor puro y casto como lo había soñado siempre y como jamás lo pudo obtener…
Y tomando por fin a Tabita de la mano para levantarla del suelo la condujo ante el altar de las Tablas de la Ley donde aún ardían los cirios que alumbraron la hora de la oración, y ardía en los pebeteros el incienso compañero inseparable de la adoración al Infinito, y arrodillándose ambos ante el ara santa, Zebeo recitó con su voz que temblaba de emoción la intensa plegaria en que entregaba su alma y su vida a la Suprema Voluntad que en la tarde de sus días terrestres le brindaba el amor virginal, puro y casto que soñó en su primera juventud:
—¡Señor, Dios Supremo del amor y de la vida!… ¡Si de ti ha surgido el amor que consume el alma de esta virgen, haz que sea yo para ella lo que Tú quieras que sea!
Pasado un momento de hondo silencio, Zebeo besó con delicada ternura la frente de Tabita y bajándole el velo sobre el rostro le dijo:
—¡Virgen del Señor!… ¡Al pie de su altar, y a la sombra de su Ley Eterna, evoquemos tú y yo el recuerdo sagrado de un amor que en lejanos tiempos fue lámpara votiva que dio luz a toda la humanidad, fue el himno sagrado que arrulló el sueño de fraternidad de una civilización que nacía!…
—¡Bohindra y Ada! –exclamó Tabita, que había escuchado tantas
veces aquellas crónicas milenarias.
—¡Sí! ¡Bohindra y Ada! –afirmó Zebeo, conduciendo a Tabita de la mano hasta la puerta de la alcoba donde la joven había llorado tanto su grande amor sin esperanzas.
El Apóstol la dejó allí con un “Dios sea contigo” como todas las noches y tornó al oratorio donde se dejó caer al pie del altar como un hombre herido de muerte. ¿Qué pasaba en el alma noble de Zebeo en ese instante supremo?, preguntará seguramente el lector.
Haciendo un minucioso estudio de la Psiquis iluminada de este humilde Apóstol del Cristo, se descubre a primera vista el profundo sentimiento que le animaba.
Mientras vivió encarnado el Divino Ungido entre los hombres, su potente irradiación, los fascinadores atractivos de su augusta personalidad, tuvieron a Zebeo y a todos los sensitivos como él en una especie de estado extático permanente. ¡Él lo llenaba todo! ¡Lo absorbía todo! No quedaba en las almas que lo amaron ningún lugar vacío para nada ni para nadie. Después de veinte siglos de admirarle, aún nos sentimos subyugados por esa belleza moral tan perfecta que no admite comparación con ninguna belleza creada. ¿Cómo puede asombrarnos que sus fervientes amadores de entonces se entregaran también vencidos por esa poderosa fascinación?
Fracasado Zebeo en el amor primero de su juventud, la herida se curó fácilmente al contacto divino del alma del Cristo y no pensó más en otro amor que no fuera el suyo que lo absorbía por completo.
Mas…, cuando el astro magnífico desapareció del plano físico y sus efluvios fueron como un perfume lejano y sus resplandores sólo hacían sentir desde lejos el suave calor de sus ternuras, las almas sensitivas debieron sentir muy intensa y honda la soledad y un angustioso sentimiento de abandono…, de ausencia perenne…, de adiós sin regreso.
Varios de ellos estuvieron a punto de muerte…, algunos al borde de ese abismo de tinieblas que se ha llamado demencia y los menos sensibles cayeron en ese frío pesimismo que deja lo irreparable en las almas de mediana evolución. Fue necesario que Él mismo, el adorable ausente, desde su Reino de Luz se hiciera sentir innumerables veces para volverlos a todos a su estado normal. Y en la noble alma de Zebeo debió aparecer como una sombra fatídica la idea de que desalojaba el amor
a su Divino Maestro dando libre entrada a otro amor en su corazón. El vacío de aquel primer amor fracasado, se ensanchó sin duda como un abismo, y al apercibirse del intenso amor de Tabita, su corazón de hombre le reclamó de nuevo aquel derecho renunciado en la juventud. Por eso Zebeo se tiró al pie del altar de su Oratorio como un hombre herido de muerte. Se sentía sin energías para luchar y sin fuerza de voluntad para hacer una segunda renuncia que atormentaría dos corazones, dos vidas a la vez.
Y en su angustia suprema clamaba al cielo entre desgarradores sollozos:
—¡Maestro mío!…, ¡mi Señor, mi Luz, mi Cielo y mi vida! ¿Por qué me has abandonado?…
Sobre el altar de las Tablas de la Ley se encendió una gran claridad. Eran las palabras finales de la Ley “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” que ardían como una llamarada viva dando luz de sol de medio día a todo el recinto sumido en penumbras, Zebeo se quedó deslumbrado y absorto contemplando aquel prodigio aunque sin comprender a fondo lo que con eso querían significarle. Pero bien pronto comenzó a diseñarse una blanca silueta inconfundible delante del altar, aquella silueta de luz multicolor, como si fuera un iris humano, tenía ojos que miraban y una voz que decía tendiendo las manos al Apóstol arrodillado:
—¡Zebeo!…, ¡mi montoncito de tierra! ¿No te anuncié que yo fecundaría esa tierra para que diera el ciento por uno en flores y frutos para la humanidad? Porque “eres un montoncito de tierra” necesitas el riego de un grande y puro amor que sea el agua del torrente impulsor de todas tus energías, de todas tus actividades como Apóstol mío sobre esta tierra que baña el Nilo. Porque me amaste mucho Zebeo en esta hora y en aquella otra del Moisés Visionario y Taumaturgo es que te doy por compañera eterna a la dulce Thimetis que por amor se relegó toda su vida a la soledad de este Castillo. Fue madre de Moisés y ahora nació esclava. ¿No la recibirás? Amram de ayer y Zebeo de hoy…, de nuevo se te entregan joyas de incalculable valor, no para adornar cabezas que mueren sino para transformarlas en pan, calor y lumbre en los hogares abrumados por la miseria y el hambre. Esclavo o Rey, príncipe o vasallo…, esa será tu carrera en todas tus vidas terrestres”.
Por esta palabra del Cristo la desolada Europa del siglo XVII vio a Vicente de Paúl recogiendo por las afueras de las suntuosas capitales o de las más ruinosas aldeas a los hijos de nadie que una tardía y criminal vergüenza materna, arrojaba a los barrancos y a los pantanos para que fueran devorados por las fieras. Así devolvió siempre el Apóstol Zebeo a la Majestad Divina las joyas que le fueron confiadas.
Reanimado por la maravillosa bondad de su Maestro, el Apóstol recobró la serenidad y la calma.
Y una semana después condujo a Tabita al Serapeum que fuera del Príncipe Melchor dirigido años hacía por el maestro Yusufu-Dan, colocado al frente de aquel Santuario por su inolvidable fundador.
El lector recordará al mencionado maestro que fue consagrado en el Santuario del Monte Hor, en aquella reunión de Maestros presidida por el Mesías Ungido de Dios. Y fue Yusufu-Dan quien bendijo la unión de Zebeo y Tabita en la soledad del austero Santuario-Escuela alejandrino, sin más testigos que Pedrito y dos ancianas viudas que cuidaban de las discípulas mujeres.

22
LA ESPOSA IDEAL

La felicidad de Tabita llenó el viejo Castillo de cantos, de música y de flores. Quiso formar y formó un coro de doncellas como el que había en el Serapeum de Alejandría donde fue bendecida su boda. Su principal auxiliar en esta tarea fue Pedrito que comenzó a llamarla “mamita”, dulce diminutivo de “madre”.
—¿No te suena mejor así? –le preguntaba graciosamente–. Este viejo Tabita resuena como dos tabletas que se golpean –Zebeo reía francamente al ver la dicha más completa en sus dos hijos adoptivos del primer momento
—Tú y yo somos las piedras fundamentales de la obra del Apóstol del Cristo Divino –decía muy seria Tabita a Pedrito–, y todo será poco de cuanto hagamos para llenar esa misión.
—¿Qué quieres, pues, hacer?… ¿Quieres que reconstruyamos las torres
del Castillo que los siglos estropearon? –preguntábale Pedrito.
—¡No, eso no! ¿No es verdad, padre, que son otras las obras que nos corresponde hacer? –la tímida doncella continuaba llamando padre al Apóstol Zebeo, como si aquella austera ceremonia de bendecir el Hierofante sus manos unidas, no significara nada más que la certeza de que ambos se pertenecían hasta la muerte.
Era lo único que a ella le interesaba.
Cuando al caer de la tarde dejaba en orden su Taller, corría al despacho del Apóstol del Cristo que hasta el último rayo de luz trabajaba en traducir al latín, la lengua universal de entonces, los escritos que le dejara en herencia el maestro Filón. Ponía en orden todos los rollos de pergamino, los viejos papiros amarillentos, láminas de piedra o de madera, plaquetas de arcilla que habían servido de ilustración al obrero
de la pluma. Y cuando nada faltaba por ordenar, acercaba el sillón al ventanal que daba sobre el lago dorado por el resplandor purpurino del ocaso. Tiraba al suelo un cojín de esparto y se sentaba a descansar al pie del sillón que ella había preparado para Zebeo. Era la hora del descanso después de la ruda labor cumplida por ambos durante todo el día. Era la hora de las confidencias en que las almas se vaciaban una en la otra y ambas en la fuente límpida del Ideal Divino que acaso por centésima vez les unían en la eterna peregrinación de la vida.
Zebeo ocupaba aquel sillón y la joven cruzando las manos sobre sus rodillas, hilvanaba la historia, la dulce historia de la tarde anterior, porque ella no olvidaba el punto en que había quedado.
—Era cuando Myriam y Yhosep con el Mesías-niño se internaban por los caminos poblados de bosques que conducen al Monte Hermón.
—Es verdad, quedamos allí –decía el Apóstol echando su cabeza atrás, mientras evocaba los tiernos recuerdos que parecían hacer revivir de nuevo a su Maestro. Y la dulce Tabita, como en una contemplación extática, lo escuchaba sin hablar palabra.
Terminada la narración venía la confidencia íntima.
—¡Tabita!…, ¿por qué ahora eres dichosa y antes llorabas siempre?
–le preguntaba Zebeo, deslizando su mano por aquella cabecita de bucles
negros y ensortijados que caían sobre los hombros.
—¡Oh! –exclamaba Tabita–, ¡porque ahora estoy cierta de que ningún hombre vendrá a pedir mi mano y porque tú no podrás ya nunca alejarme de tu lado!
—¿Por eso solamente? –preguntaba Zebeo, gozándose en las aflicciones de la joven que de inmediato creía haber incurrido en falta. ¡Era tan tímida!
—Quise decir también otra cosa más… Porque soy yo quien tiene el deber y el derecho de cuidar de ti, padre, porque soy yo la dueña…, y nadie te puede llevar de mi lado.
—¿Nunca has pensado que un Apóstol del Cristo se debe a toda la humanidad?… Cuando la historia que te voy contando llegue al tiempo en que Él fue mayor, verás que dejó todo, hasta a su madre para ir a lejanas tierras a llevar el mensaje divino del Padre.
—Y ¿por qué no la llevó con Él? ¡Oh! ¡Zebeo, padre mío!… ¡Y ahora esposo mío!…, ¡eso no lo harás conmigo porque yo iré a donde quiera que tu vayas!… ¡Soy tu sombra!… ¡Soy la piedrecilla de sílex en que encenderás tu fuego! ¡Soy el polvillo de tierra que levantan tus pies al caminar!… ¡No me podrás nunca dejar!…
—¿Y si tengo que cruzar el mar…, un gran mar inmensamente más
grande que dos Nilos juntos?… –volvía a preguntar Zebeo.
—¡Oh, yo conozco el mar! He visto las golondrinas cansadas de volar
posarse en el palo mayor de los grandes barcos… He visto la espuma que se forma detrás de ellos cuando avanzan rompiendo las olas… Yo seré como esas golondrinas cansadas siguiéndote… Yo seré como esa blanca espuma que se prende a los barcos que corren sobre las olas…”
Y la pobre Tabita, harta de dolor y de tanto haber llorado, hundía su frente en las rodillas del Apóstol como temerosa de que alguna extraña fuerza pudiera arrebatarle el bien que había conquistado con diez años de sufrimiento.
—¡No temas, Tabita!… Nunca te dejaré, niña mía, porque la abnegación de tu amor es tan grande, que te ha constituido en una aliada irreemplazable en mi apostolado. El Cristo Divino, mi Maestro, tiene dos apóstoles en vez de uno. Yo soy su “montoncito de tierra” y tú eres el rosal blanco que ha nacido, crecido y florecido en él. ¿Estás contenta ahora?
La humilde niña no contestaba nada, pero tomaba entre las suyas las manos de Zebeo y las apretaba muda a sus labios.
—¡Mi princesa Thimetis!… –decía él, como viviendo de nuevo de otra
vida lejana…
—Soy hija de una esclava que de la isla de Rodas vino a padecer y morir en esta tierra –contestaba Tabita–. La Princesa Thimetis fue la dueña de este Castillo y un día tendrás que traducirme esas figuras que ella grabó en aquel menudo librito de marfil, que yo encontré en el muro donde anidan las cigüeñas…
—¡Ya está traducido!…
—¿Sí?…, ¿qué dice? ¿Lo puedo saber yo?
—Todo lo sabrás porque así que termine de contarte la vida de mi Maestro, Yhasua de Nazareth, he de contarte otra historia, Tabita, muchas historias, porque vivirás más tiempo que yo, y deberás ser el tomo segundo de este libro…
Y el Apóstol señalaba su pecho.
—¿Tienes allí un libro?
—El libro soy yo, querida niña mía, porque cada ser es como un libro donde hay escritas innumerables cosas buenas o malas, bellas…, quizá más que todas las bellezas que contemplan nuestros ojos; y feas hasta el horror y el espanto…
—¡Oh! –exclamó con devoción la joven–. ¡Tu libro debe estar lleno de bellezas, padre, porque todo tú eres una belleza! ¡Así te vi desde el primer día!… ¡Y así te amé tanto sin poder remediarlo!…
—¡Pobre niña mía!… ¡Ojalá fueran todas las páginas de este libro mío como tú lo imaginas!… Soy un montoncito de tierra que los viandantes pisan al pasar… Así se lo dije siempre a mi Maestro… Tú me ayudarás a cultivarlo y que sea un vergel de flores y frutas para quien me hizo encontrarte en el camino…”
La púrpura y el oro de aquel ocaso oriental se reflejaba en el terso espejo del Lago y Tabita se levantó como fascinada por aquella belleza que no parecía real sino soñada; tomó la mano de Zebeo y suavemente lo obligó a levantarse y seguirla.
Tan grácil y menudita de cuerpo, con su amplia túnica blanca que agitaba el viento de la tarde y su negra cabellera suelta, a Zebeo le pareció una de aquellas garzas blancas con alas negras que al atardecer bajaban al Lago un instante y remontaban el vuelo a los pinares del Oasis de Baharije, donde Matheo había colgado también su nido.
El recuerdo del amigo ausente lo enterneció casi hasta el llanto.
—Las garzas se van –dijo–, ¿y tú, que te pareces a ellas, no me dejarás
también un día para volar a lo alto de los pinares?…
—¡Oh, Zebeo!… Tienes más años que yo, pero pareces un niño y yo parezco ser tu madre… Viví diez años temblando de miedo de que tú me entregaras como esposa a otros hombres y ahora que fuimos unidos para siempre, ¿me preguntas si te dejaré algún día?…
“Las garzas se van porque tienen su nido, sus hijuelos y todo su amor en los pinares de Baharije, pero mi nido está aquí…, mi amor está aquí donde tus ojos me vigilan, donde tu boca me cuenta hermosas historias que me hacen vivir sueños divinos que no son de esta tierra… Dime, Zebeo, ¿puede separarse tu sombra de ti mismo? ¿Puede separarse la llama del cirio que la produce? ¿Puede separarse el agua del ánfora de cristal en que la pusiste?… ¿No ves que tu sombra soy yo, que la llama de tu cirio soy yo, que el agua de tu ánfora soy también yo?…
Y para decirle todo esto que a ella le parecía un gran discurso digno de los Sabios del Areópago, detenía sus pasos, y se sentaban sobre un trozo de pedestal de piedra ennegrecida por los siglos y que había sido el basamento de la estatua del Faraón que hizo abrir el lago en pleno desierto y construir el Castillo para guardar segura la joya de un primer amor.
¡Sabía bien el Apóstol que aquella almita de lirio abierto para él en la tarde de su vida, no se apartaría jamás de su lado!… Pero las almas sensitivas como la suya y huérfanas de amores grandes durante casi toda una vida, paréceles un sueño de otros mundos el verse caminando por esta tierra de egoísmos, de corrupciones y de odios…, y dueños de un amor semejante…
Creía no haber hecho nada aún y ya recogía el galardón…
¡Había comenzado apenas la siembra y va veía su rosal en flor!…
—¡Oh, Maestro… Maestro mío! –exclamaba Zebeo–, ¡qué grande y bueno es el Padre Celestial que me hiciste comprender y amar!… ¿No podré hacer yo que toda la humanidad le comprenda de igual manera?
—¡No te apesadumbres, padre! –suplicaba Tabita–. Ya me lo hiciste
comprender a mí, a Pedrito y a todos los que estuvimos a tu lado. ¿No es eso bastante?
—¡No es bastante, niña mía, no es bastante! Al Padre Celestial deben comprenderlo y amarlo tal como es, todos los seres que viven en esta tierra. ¿No sabes tú que tras de este mar que se mira desde el puerto de Alejandría hay inmensos países llenos de pueblos, hombres, mujeres, ancianos y niños, pobres y ricos que se debaten como fieras o como lobos por quitarse unos a otros el pan, la tierra, la lumbre, los mares, los ríos, los lagos, los caminos, los bosques y se disputan hasta los negros y áridos peñascales del desierto?… ¿Y hasta las sabanas inmensas de nieve de las estepas heladas donde sólo pueden vivir los pingüinos y las focas? ¡Y todo eso, por no conocer al Padre Celestial que cuida de todos, que nos ama a todos, que da a todos cuanto necesitamos para nuestra vida!…
—¿Qué podemos hacer, entonces padre, para que todos conozcan al Padre Celestial? –preguntó afligida la joven mirando a Zebeo con esa pena íntima del que no sabe cómo remediar un mal.
En ese lento andar llegaron hasta el muelle y vieron a Pedrito con todos los jovencitos, sus hermanos de común adopción, a bordo del viejo trirreme anclado allí desde quién sabe cuánto tiempo.
Zebeo y Tabita se quedaron quietos mirándolos… Desplegaban las velas, sacaban jarcias, cables y sogas. Desprendían la triple fila de bancos de los remeros… Parecía que pensaban destruirlo todo.
—¿Qué hacéis con el pobre barco que va muriendo de viejo? –les preguntó riendo el Apóstol–. ¿Por qué no lo dejáis morir tranquilo?
—¡Oh, padre! –díjole Pedrito, que se había constituido jefe de aquella cuadrilla de obreros–. Hemos descubierto que está aún muy bueno este barco y que no debe ser tan viejo como parece.
“Queremos transformarlo en una barcaza de carga para llevar por el canal los productos de nuestra aldea y recoger de regreso a todos los esclavos arrojados por los amos y a todos los mendigos que no pueden caminar. ¿No es para eso que nos hemos reunido aquí?
—Sí, hijo mío, es para eso –le contestó Zebeo disimulando la emoción que las palabras de su primer hijo adoptivo le habían causado, y que le demostraban claramente cómo habían prendido en él sus lecciones de amor fraterno.
Cuando aparecieron los bancos de los esclavos remeros y cada uno con la cadena y anilla de hierro con que eran amarrados para evitar la huida, el Apóstol se apoyó en el hombro de Tabita como si fuera a desfallecer. Le vino el recuerdo de cuando vio a su Maestro realizar en la Naumaquia de Tiro, el prodigio estupendo de libertar a los infelices esclavos destinados a perecer en la tremenda lucha de trirremes, por la conquista del oro prometido a los triunfadores…
—¿Qué tienes, padre, qué tienes que te has vuelto pálido y tus ojos
están llenos de llanto? –le preguntó Tabita asustada.
—¡Un recuerdo!…, ¡un vivo recuerdo! –exclamaba el Apóstol del Cristo
con la voz emocionada del que vuelve a vivir un momento supremo.

23
EL CAPITÁN PEDRITO

Zebeo y Tabita subieron a bordo donde los esforzados muchachos hacían prodigios de ingenio y de fuerza para desmantelar el viejo coloso del mar y transformarlo en barcaza de carga.
Allí les refirió con el vivo colorido que solo un grande amor puede dar a una narración, el relato aquel que conoce y recuerda el lector cuando el Profeta Nazareno, usando del poder supranormal de ubicuidad, puso en libertad a un mismo tiempo los esclavos de ocho trirremes a la vez. ¡Les sabía condenados a perecer y Él era Cristo, Salvador de los oprimidos!
Pasada la emoción del relato del Apóstol, continuaron su tarea los incansables obreros.
Y comenzaron los hallazgos en el armario del puente de mando y en algunos camarotes.
Por grabados en planchetas de cobre, comprendieron que el trirreme había sido construido en los astilleros de Cantón, puerto del Mar de la China y había zarpado de la isla Hong-Kong con rumbo a Egipto. Las maderas incorruptibles de que estaba construido decían bien claro que fue hecho exprofeso para quien podía pagar su costo. Y en el puente de mando una placa de cobre decía que el trirreme Amasis inauguraba el gran canal que el Faraón Nechao de la XXVI Dinastía hizo abrir desde el Nilo al Mar Rojo.
Era de muy poco antes de la dominación griega en Egipto, pues el trirreme en borrosas letras de cobre enmohecido por la humedad y el tiempo, ostentaba en su alta proa este nombre en signos jeroglíficos “Amasis”. Pero ese nombre había sido cubierto por un disco que decía “Cleopatra”.
Aparecía claro que una soberana de buen gusto había viajado en el trirreme, pues que en el mejor de todos los camarotes, había restos de cortinados de púrpura y oro, desgastados por el tiempo, instrumentos de música, redomas de ámbar y de alabastro de las usadas para guardar ricos perfumes, posa pies de fino ébano tapizados de damasco, y cofrecillos escondidos en ocultos rincones estratégicos.
El único que podía comprender y descubrir algo de todo aquello era
Zebeo que por algunos de sus maestros Esenios entre ellos Tholemi
originario de Alejandría, y por el maestro Filón se sabía de memoria la historia de los últimos tiempos del Egipto milenario.
En los cofres había billetitos escritos en signos jeroglíficos, solo usado por la alta clase social y por los Sacerdotes, puesto que el vulgo, el bajo pueblo, hablaba un dialecto mezcla de berberisco y de sudanés, o el dialecto nubio bastante vulgarizado en las cercanías del Delta.
Para nuestro asiduo lector que seguramente merece todas las satisfacciones, daremos una reseña de los últimos días de gloria para el viejo trirreme anclado tanto tiempo junto al ruinoso castillo del Lago Merik. Las pocas reinas que por herencia y por dura necesidad del país sustituyeron a veces a los Faraones, en los últimos siglos del Egipto Faraónico, fueron tres. La reina Hatasu de gloriosa memoria por el amor que tuvo a su pueblo, y que perteneció a la dinastía de los Thotmes; la reina Amasis, última de la dinastía de los nechaos, y Cleopatra, último vástago de los ptolomeos, cuando llegó con Alejandro la dominación griega que añadió el brillo del arte a la grandeza de los Faraones.
La reina Hatasu que llegó al trono de Egipto por muerte de su padre Thotmes III del cual no quedó heredero varón, para no entregar el trono a un príncipe extranjero tuvo que entregarse al vencedor de Maggedo, gloriosa victoria obtenida en la conquista de Siria en los últimos días de su padre.
Amasis, reina por igual causa que Hatasu, hizo una abdicación disimulada de convenio con el generalísimo de los ejércitos gloriosos de Alejandro Magno, que llegó a Faraón de Egipto con el nombre de Ptolomeo I, mientras el nombre de Amasis la esposa ficticia, se desvanecía como un perfume en el solitario retiro del Lago Merik. Había nacido Reina, pero no reinaba y moría en la tristeza de un forzado destierro.
Y Cleopatra, el último retoño en flor de los ptolomeos, después de muchas huidas y fugas desesperadas, se quitaba la vida ella misma al convencerse que había perdido su trono y el más grande amor de su vida. Y las tres desventuradas reinas habían elegido para morir las tranquilas y dulces soledades de la isla del Lago Merik.
Por eso había poemas, odas y tragedias sobre aquel pintoresco rincón de las orillas del Nilo, que los trovadores del pueblo cantaban en las fiestas populares, en las procesiones de lanchas que se organizaban en el gran río y seguían por el canal hasta la “Isla de los Misterios de Amor” como en esos poemas se llamaba a la que Zebeo ha venido a conocer con el pobrísimo nombre de Aldea de los Esclavos.
Y el Apóstol del Cristo, hilvanando esta historia con los documentos, grabados y billetes perdidos en el trirreme y en el Castillo, exclamaba tristemente en presencia de sus hijos adoptivos que le escuchaban silenciosos:
—¡En esto vienen a parar las efímeras grandezas humanas!
“Cuatro princesas egipcias de sangre de Faraones vivieron su tragedia, su dolor, en este castillo hoy desmantelado y ruinoso: Thimetis, Hatasu, Amasis y Cleopatra. ¡Y ahora vengo yo, “montoncito de tierra” del Salvador de oprimidos a convertirlo en refugio, solaz y paraíso de mi amor otoñal y de una porción de esclavos desechados por inútiles, de mendigos sin techo y sin pan, de huérfanos sin padre ni madre, que equivale a decir perrillos sarnosos que el hambre y la miseria van matando lentamente!…
“¡Oh, Maestro… mi Maestro!… ¡Por encima de todas las hecatombes y tragedias humanas, sólo tú permaneces incólume en tu gloria incorruptible por encima del dolor y de la muerte!”
Pedrito se le acercó compadecido:
—¡Padre, por favor!…, no te pongas triste con todos esos recuerdos. Si sabía no te dábamos todos esos carcomidos papiros y vestigios encontrados aquí. Trabajamos con tanta alegría pensando en lo fuerte y grande que será nuestra barca y si te pones triste, todo se echa a perder…”
Tabita muy disimuladamente se había apartado y nadie echó de ver su corta ausencia.
Volvió trayendo al brazo una gran cesta con dátiles y pastelillos y jarabes que las mujeres refugiadas allí habían preparado para los esforzados obreros, que transformaban el trirreme principesco en una barcaza para recoger los mendigos inválidos, los esclavos sin dueño y los huérfanos sin techo ni hogar!…
—¡Oh, Zebeo!…, ¡el dulce y soñador Zebeo! –exclamaba Tabita en el colmo de su dicha–. ¡Ahora no podrás decir que tus hijos y tus amigos del Lago no aprendieron las lecciones de amor fraterno, que te enseñó a ti ese gran Maestro que nos enseñas a amar!…
Zebeo recibió en sus brazos abiertos a aquella dulce criatura que por su grande amor se ponía tan a tono con sus más íntimos sentimientos.
Un grande aplauso de los muchachos para Tabita la pequeña y tierna
madrecita de todos, puso el broche de oro a las escenas de aquella tarde.
Tres semanas después salía del lago por el Canal, la barcaza “Amare Victum” nombre escrito en su proa en idioma latino, lo cual la ponía disimuladamente a tono con el gobierno romano. “Amare Victum” frase latina que significa: “Amar es vencer”.
Habían elegido para la inauguración un día grande pero de tierna y a la vez solemne recordación: ¡un veintiocho de Marzo!, aniversario de la partida del Cristo-Salvador a su Reino de Luz Eterna; aniversario del día solemne en que el Apóstol había bautizado en las orillas del Lago a todos los moradores de la Aldea de los Esclavos, tal como lo hiciera Yohanán el Profeta Mártir en las aguas del Jordán, y aniversario también
de aquel cuarto sábado de la luna de Marzo en que Zebeo había llegado a la orilla del Lago como un genio benéfico para llenar de luz y de amor la oscura tristeza de tantas vidas.
Eran pues tres grandes aniversarios inolvidables y la barcaza de la Aldea salía a la vida del mundo con el grandioso nombre “Amare Victum”, “Amar es vencer”.
Su pabellón azul con una estrella de cinco puntas color de oro subido entre vivos resplandores podía tener un doble significado. Para los esenios, discípulos del Cristo era su Estrella, la Luz Divina traída por Él a la tierra. Para los profanos podía ser el sol, astro benéfico amado por todos los seres que reciben su calor que es fecundidad, vida y energía.
Zebeo era el hombre de la paz, de la concordia, de la perfecta armonía entre todos sus semejantes.
—“Amare Victum –repetía siempre–. Para vencer, es necesario amar, y el amor es una ánfora de oro en que caben muchas bellas y delicadas flores: la malva-rosa de la tolerancia, la madreselva de la concordia, la rosa blanca de la paz, los junquillos de la amistad y las rosas rojas del sacrificio por los amados”.
Tal era la teoría del Apóstol sobre el amor duradero, invencible y fuerte más que la muerte.
De los camarotes principescos del antiguo trirreme que ostentaba en su proa los nombres de dos Reinas, se había formado una cómoda cabina que podía dar cabida a treinta pasajeros. Lo demás estaba ocupado por banquillos para remeros y un regular espacio cubierto para la carga de los productos de la aldea y mercancías en general.
En la entrada de la cabina se veía una placa de madera con este grabado latino: Ecce tibi frater tuus, que en idioma castellano diría: “He ahí tu hermano”.
Difícil resulta describir fielmente las actividades de esas tres semanas
en el Castillo y en la Aldea del Lago Merik.
Iba a salir la primera carga de productos de la Aldea y ésta consistía en cortinas de junco para toldos, en bancos y mesillas de caña, en alfombras pequeñas de esparto, en colchones de fibra de palmera, de diferentes formas y tamaños, y que podían ser aplicados lo mismo para sentarse que para dormir; en calzas de esparto y en frazadas y cobertores tejidos por las mujeres de la Aldea.
El lector podrá suponer que mucha parte de tales trabajos eran el fruto de los esfuerzos y abnegación de Tabita, que en su gran temor de que su padre adoptivo “la entregase a otro hombre como esposa”, según ella decía, realizaba inauditos esfuerzos, prodigios de ingenio para serle útil, necesaria, irremplazable…
¿Cómo no había de decir Zebeo “Amare-Victum”, “Amar es vencer”,
si estaba viendo y palpando los prodigios del amor en sus dos primeros hijos adoptivos y en todos los que le rodeaban y le amaban?
Era la corona del triunfo de Zebeo en diez años de asidua labor.
—¡Qué gloria!…, ¡qué triunfo el tuyo, padre!… –exclamaba Tabita, de pie al lado de Zebeo en el pórtico del Castillo, cuando Pepino y Sachin los dos grumetes soltaban la amarra de la barcaza que piloteaba Pedrito, convertido con toda verdad en un gallardo Capitán de veintidós años.
Zebeo no pudo contestarle porque una honda emoción apretaba su garganta y llenaba de llanto sus ojos.
Sobre el puente de mando por encima de la cabeza de Pedrito estaba percibiendo como tejida de rayos de sol la silueta del Maestro que le miraba sonriente, repitiendo el nombre de la barcaza que salía aguas afuera en busca del dolor del prójimo: ¡Amare Victum!, “Amar es vencer”.
Los niños palmoteaban de alegría, los ancianos y las mujeres reían y lloraban, las doncellas hacían coro a los veinte remeros que cantaban las canciones de los boteleros del Nilo.

¡Rema, rema, botelero!
¡Hurra, bravo capitán! Que el sol en su carro de oro A tu encuentro sale ya.

¡Boga, boga, botelero! Que el Nilo cantando está Porque la aurora ha tejido Para él su rubio cendal.

Como un rosal florecido
El cielo teñido está, Con la púrpura y el oro De los Montes de Havilá.

Tabita caía de hinojos a los pies de Zebeo y se abrazaba de sus rodillas diciéndole:
—¡Mi mago…, mi hermoso mago que lo vence todo y triunfa de todo!…
Y Zebeo seguía con la mirada cristalizada de llanto a la barcaza que se alejaba por el canal, mientras sus manos levantaban del suelo a Tabita y estrechaba sobre el pecho su cabecita de rizos negros que destejía suavemente la brisa del amanecer.

24
LOS CAUTIVOS DE LAS RUINAS

Cuando la barcaza se perdió de vista, Zebeo volvió sus pasos hacia el pórtico del Castillo, vio apoyados en las arcadas a los excautivos que miraban también desde segundo plano aquel triunfo, al que ellos silenciosamente habían cooperado.
—¡Oh, amigos! –exclamó gozoso el Apóstol del Cristo–. También este triunfo os pertenece. ¿No os causa alegría acaso nuestra victoria común?
—Paréceme que ya pasó el tiempo en que podríamos alegrarnos por algo –contestó el que siempre de entre ellos tomaba la delantera en todas las cosas, y cuyo nombre era Dionisio de Caria.
—¿Por qué, amigos míos? –insistió Zebeo–. ¿Acaso creéis que sois
los únicos en el padecer?
“¿Pensáis por ventura que todos los demás somos triunfadores perpetuos de la vida? Si llamáis fracaso irreparable a lo que os ha acontecido,
¿qué diríais de un hombre toda luz, amor y bondad que alimentó su vida con la sola idea de llevar la humanidad a la dicha, a la paz y al amor, y murió colgado de un madero como un vulgar malhechor?
—¡Oh!… –exclamaron todos–. Eso no se ve en un nacido de mujer
–añadió Dionisio–. Porque de haber sucedido, el pueblo habría deshecho
entre sus uñas al tribunal que le condenó.
—Pues os aseguro por mi honor, que eso sucedió a mi Maestro, el Avatar Divino descendido en Palestina, por la cual pasó colmando de bien y de amor a cuantos se le acercaron”.
Estas palabras de Zebeo abrieron las almas a la amistad y a las con-
fidencias.
—¡Puede ser!… –dijo otro pensativo–. Cuando Espartaco y los seis mil esclavos que le siguieron fueron sacrificados, el pueblo de Roma no levantó un dedo para defenderlos ni se dio por enterado de la bárbara inmolación.
—Los pueblos fueron embrutecidos de mil maneras –añadió otro–, y hoy una vida humana vale menos que un puercoespín cuyo olor apesta el aire… Si las leyes tiránicas y crueles llegaron a los templos donde el hombre se acerca a buscar a Dios. ¿Qué puede esperarse de los hombres sin Dios y sin ley?
—A veces hasta dudo de que exista una Inteligencia Suprema, un
Poder Absoluto que permita impasible tamañas aberraciones humanas,
–dijo de nuevo Dionisio de Caria.
—Hemos olvidado lo que deseábamos decir al Maestro –dijo uno que
no había hablado hasta entonces y que parecía ser el de menos edad.
—¡No me llames Maestro, por favor! Mi nombre es Zebeo, originario de Palestina, la que tiene muchas glorias en su pasado y muchos crímenes pasados y presentes. Llámame sencillamente Zebeo, vuestro amigo y compañero de lucha. ¿Qué era lo que veníais a decirme? –preguntó.
—Uno de los sacerdotes recluidos en el Templo, está enfermo. Y como el portero fue retirado y se marchó no hay lo necesario para ellos.
—¡Cómo! Pero, ¿no quedó todo esto vacío? –volvió a preguntar Zebeo.
—Debía haber quedado vacío pero no fue así. Los recluidos parece que eran cinco y solo tres se volvieron al Templo de Osiris de Alejandría. Dos quedaron y allí están. Desde la que fue nuestra torre les veíamos andar entre los árboles del patio interior. Ayer vimos que uno de los dos que han quedado, cayó desfallecido mientras recogía verduras silvestres para alimentarse. El otro lo levantó y como pudo le llevó a la celda.
“Esta mañana me atreví a llamar al torno y pregunté por él. Me contestó una voz muy dolorida: “Está enfermo. Si podéis, traedle algún alimento, siquiera un tazón de leche porque otra cosa no podrá tomar”. Tomando parte de nuestra ración diaria les hemos llevado lo que hemos podido.
—¡Amigos!…, ¡esto no debe pasar en la pobre Aldea de los Esclavos!…
–exclamó dolorido Zebeo–.
“Tabita, hija mía, prepara una cesta de alimentos y entrégala enseguida a uno de estos amigos. Mientras tanto, haced el favor de conducirme a ese panteón sepulcral, que no otra cosa me parece ser.
Dionisio de Caria tomó la iniciativa como mayor y más antiguo en aquellos impenetrables misterios de piedra, donde hasta las almas parecían petrificarse. Y atravesando el lago en un pequeño bote, llegaron al muelle donde daba a la entrada al Templo. Por entre esfinges y obeliscos carcomidos y algunos ruinosos y ennegrecidos por el tiempo, llegaron al severo pórtico que la hiedra cubría casi por completo y Dionisio tiró de la cadenilla que pendía tras de una estatua de la diosa Isis, que como en todos los Templos egipcios aparecía cubierta con su velo de mármol que los admirables artistas de la piedra sabían darle una transparencia inimitable. Un velo de mármol que dejaba transparentar vagamente un hermoso y austero rostro de mujer con el índice sobre los labios, como diciendo: ¡silencio!…
No oyeron sonido de campana, pero unos suaves golpes en el interior del gran torno les demostraron que habían sido oídos.
—Sombra viviente –dijo Dionisio.
—Habla –contestó la voz desde adentro.
—De la Aldea de los Esclavos, vienen hermanos a traeros socorros, y prestar atención al enfermo si podéis abrirnos la puerta.
Después de unos momentos de silencio, la gran puerta de encina cercana al torno comenzó a crujir como si fuera un ser vivo que se quejaba.
—Empujad por favor –dijo de nuevo la voz–, porque las fuerzas no
me dan para abrirla.
Zebeo y Dionisio, únicos que habían ido, aplicaron los hombros al oscuro maderamen sobrecargado de planchas y enormes clavos de cobre, y la gran puerta fue cediendo poco a poco hasta dar fácil entrada al cuerpo de un hombre.
Dionisio entró primero y Zebeo tras él.
—Por favor dejad abierto –dijo el Apóstol–, que tras de nosotros viene
otro con los alimentos necesarios.
El hombre encapuchado con su largo sayal de lino blanco que sólo dejaba ver sus enflaquecidas manos y el extremo de su barba gris, asintió con la cabeza.
Zebeo se sintió observado a través de los dos agujeros que el capuchón tenía en dirección a los ojos del hombre cubierto. Y su alma de piedad, de amor, de sencillez, de franca cordialidad, miró también hacia el fondo de aquellos agujeros donde sabía que ojos dolientes que habrían llorado mucho, recibían su mirada llena de conmiseración, de lástima y hasta de llanto contenido.
—¡Hermano! –le dijo con su voz más dulce–. Soy un extranjero en esta tierra y no entiendo de otra cosa que de piedad y amor para los que sufren.
“¡Por favor!…, ¡recíbeme también con un corazón de hermano que se abre a la piedad y al amor!”
La vibración de estas palabras empapadas del fervoroso calor de una alma que bebió del Cristo encarnado la intensidad de un fuego divino, debió ser tal que el hombre encubierto tiró de su capuchón hacia atrás, dejando descubierta una hermosa cabeza de momia, con dos ojos oscuros hundidos, una cabellera gris y una larga barba que le cubría el pecho.
Zebeo temblando de emoción dio un rápido paso adelante y le abrazó en silencio por un largo rato. Aquel hombre seguía inmóvil y mudo como una estatua, en la cual sólo aparecía la vida en dos surcos de lágrimas que corrían de sus ojos y se perdían en su barba cana.
Cuando la emoción pasó entre ellos como una ola de angustia, a la vez que de ternura y de piedad, el Apóstol del Cristo preguntó:
—Y el enfermo, ¿dónde está?
El sacerdote de Osiris señaló con su descarnada mano un claustro
sombrío y de gruesas columnas encortinadas de hiedra, hacia donde
empezó a andar con pasos vacilantes, aún cuando se veía claro que no tenía mucha edad.
De pronto se detuvo ante un torno de igual sistema que el de la entrada pero muy pequeño, y con los nudillos de los dedos llamó. A la segunda llamada, contestó una voz apagada al mismo tiempo que el pequeño torno giró y apareció una llave. Con ella el sacerdote abrió la pequeña puerta que estaba al lado. Y entraron. El recinto era amplio, todo lozas de piedra, techumbre, muros, pavimentos, el estrado, el cántaro, la pequeña mesa, la copa de beber, el tazón, el plato… ¡Todo piedra!
Y entre toda esa helada y dura piedra, un ser humano vivo, tendido sobre una colchoneta de paja, con un rollo de esparto como almohada y un oscuro jergón de pieles de oveja como cubierta.
Aún sostenía en sus manos escuálidas el extremo de la cadenilla que desde el torno llegaba al lecho en el estrado.
A Zebeo y Dionisio les pareció que aquel hombre tenía pocos días de vida. Una gran fatiga que dificultaba su respiración, hacía subir y bajar su pecho en un movimiento de ritmo igual y pesado. A pesar de su mal estado físico, demostraba ser más joven que su compañero y de más sensible y débil naturaleza. No había podido resistir la tremenda austeridad de aquella vida de dura penitencia que él mismo se había impuesto.
Zebeo se arrodilló ante el estrado y le tomó las manos blancas, lacias, casi sin vida. El enfermo le miraba con sus dolientes ojos color de hoja seca, pero sin hablar palabra. Mirándole fijamente, Zebeo pensaba: “Es un hermoso cadáver que pronto llevaremos a la sepultura…” Y para disimular su emoción inclinó su frente hasta el pecho del enfermo y escuchó los latidos de su corazón. Había aprendido mucho de los terapeutas esenios del Quarantana y del Hermón donde se formó desde su primera juventud, y debido a eso pudo apreciar bien el estado en que se hallaba el enfermo que a primera vista parecía un moribundo. Comprobó que el corazón latía regularmente y que el sistema circulatorio funcionaba con normalidad. Y el Apóstol pensó: “Es un enfermo del alma, mucho más que del cuerpo.
¡Maestro mío!… ¡Yo estaba herido de muerte en mi alma y me has hecho vivir veintisiete años desde aquel día de mi encuentro inolvidable contigo!
¡Dame el poder de volver a la vida esta criatura de Dios que va muriendo lentamente por la angustia de terribles recuerdos!…”
En ese momento llegó otro de los excautivos del Castillo con la cesta de alimentos que Tabita había preparado. Nada faltaba en aquella cesta tan exquisitamente dispuesta por la amorosa mujercita que el Divino Amador había dado en ofrenda al más humilde de sus elegidos, a su montoncito de tierra: la leche caliente en su cantarillo, el tazón de miel, el pan dorado en el hornillo, los peces recién asados, la espumosa crema de huevos con vino, las manzanas asadas con miel.
Había allí comida para tres o cuatro personas.
Zebeo tomó leche y miel, y dio de beber al enfermo, al cual consiguió sentar mediante nuevos rollos de esparto aplicados a la espalda.
Pensaba con dolor en que aquella cama no era ciertamente la que necesitaba un hombre tan agotado como el que tenía ante la vista.
—¡Tenemos en el Castillo tantas buenas camas!… –exclamó, mirando a Dionisio y al sacerdote que les dio entrada y que permanecía silencioso a su lado. Y no bien había terminado de decirlo cuando entró Tabita con una de las mujeres del Castillo cargadas ambas de almohadas, colchonetas, frazadas y calcetines–.
“¡Oh, hija mía! ¡Tenías que ser tú quien recogiera mi pensamiento!
–exclamó Zebeo al verlas entrar.
El que trajo la cesta de alimentos había ido a referir la austera desnudez de la alcoba del enfermo, y aunque la joven no recibió indicación de acudir, hubo un momento en que se acallaron todas sus vacilaciones y solo pensó en que Zebeo desearía vivamente auxiliar con más eficacia al solitario enfermo, y sin detenerse un momento cargó con cuanto pudieron llevar entre ella y la más decidida y fuerte de sus compañeras.
Cuando el enfermo fue debidamente acomodado, Zebeo invitó a comer al silencioso sacerdote que miraba sin hablar. Pero él hizo una señal negativa con la cabeza.
—Creeré que me niegas tu amistad si no comes junto conmigo –le dijo dulcemente Zebeo–.
“Ya está el sol en el cenit, y es casi el mediodía.
“Comeremos todos juntos aquí. ¿No te es agradable nuestra compañía?”
El sacerdote miró fríamente a su compañero enfermo que alimentado ya y muellemente recostado en blandas almohadas, comenzaba a dormitar.
—¡Dejémosle solo por unos momentos! –dijo–, y puesto que lo quieres tú, vamos a otro lugar y comeremos juntos. –Y les llevó a otra sala también toda de piedra y tan desnuda como la alcoba del enfermo.
En ella no se veía más que una mesa de piedra al centro y bancos de piedra alrededor.
Tabita y su compañera habían desaparecido con la rapidez de fantasmas alados y no tardaron en regresar con nuevas cestas de alimentos.
—¿Y cómo es que tan pronto vas y vienes del Castillo, aquí? –le preguntó Zebeo.
—¡Oh, padre!… –dijo ella sin parar en su trabajo de ir colocando sobre la mesa todo cuanto contenían las cestas–. Yo soy como una hormiguita que se abre camino por un agujerito de la muralla. Alguien me enseñó la puertecita de comunicación entre nuestro Castillo y el Templo, que
está justamente detrás del pabellón de tejidos y por allí hemos venido,
¿qué necesidad tenemos de cruzar el Lago?
—Ciertamente –contestó Zebeo.
—¿Me quedo contigo, padre, o me voy? –preguntó Tabita cuando había dispuesto todo sobre la mesa. El sacerdote le seguía con la mirada grave, fría, casi muerta.
Zebeo lo miró como consultándole si era de su agrado que la joven se
quedara, y añadió: –Es mi esposa desde hace dos lunas.
Un relámpago fugaz de ternura pasó por los ojos hundidos de aquel hombre y dijo con una voz suave llena de bondad.
—Puede quedarse, aunque no entiendo como sea tu esposa y te llama padre.
—La vida está llena de sorpresas, amigo, y en esta joven hay como en todos, historias que parecen cuentos de hadas. Espero que la amistad que inicio contigo me permita explicarte por qué me llama padre cuando hace dos lunas que el hierofante del Serapeum de Alejandría bendijo nuestras manos unidas.
La comida fue bastante silenciosa pues el “dueño de casa” como podríamos decir estaba bien contagiado del mutismo de las piedras, de los muros, de la piedra pegada a ellos y de todo cuanto se veía en aquel enorme panteón sepulcral.
Zebeo y Tabita hacían esfuerzos inauditos por romper la dura cortina de silencio, pero sus esfuerzos se estrellaban contra aquella vida de piedra sin vibraciones al exterior, aunque a intervalos se hacía sentir una ola de angustia, de dolor desesperado, aplastante, como de algo que fuera irreparable.
Lo único que ambos podían ver con claridad era que aquel hombre parecía sentir necesidad de mirar casi sin disimulo a Tabita y en esa mirada había interrogación, intranquilidad, temor, a veces espanto hasta tal punto manifiesto, que llegó a pasarse la mano por la frente con ese ademán del que busca apartar una idea, un recuerdo penoso y torturante. La joven empezó a sentirse molesta y Zebeo se dio cuenta de ello. Para distraerla, le habló:
—Nuestros muchachos deben estar en plenas actividades en el mercado de Alejandría –dijo–. Y espero que al regresar esta noche nos traigan las noticias del triunfo completo.
—Me figuro ver que Amare Victum viene llena completamente, –le contestó ella esforzándose para tranquilizarse. Como la comida se hubiese terminado, dijo ella a su compañera–: ¿Nos vamos?…
En ese preciso instante el austero y silencioso sacerdote de Osiris
preguntó a Zebeo, con su voz apagada y lejana:
—¿Cuántos años cuenta tu esposa?
—Un cuarto de siglo cumplido poco antes de nuestra unión.
—¿Cuál es su nombre?
—Tabita, para servirte, señor –contestó ella misma.
—¿Tienes madre? –volvió a preguntar, dulcificando su voz y al parecer
complacido de que ella misma le contestase.
—No, señor. Mi madre murió hace diez años, el mismo día que conocí a mi padre adoptivo que ahora es mi esposo.
El hombre dejó escapar un suspiro y pareció que le faltara el aliento. Zebeo le observaba en silencio y la intuición, esa inquieta maga audaz, iba tejiendo en su yo íntimo una misteriosa tragedia, mezcla indefinible de amor, de pasión, de locura, de crimen.
—¿Sabes de dónde era originaria tu madre?…
La ansiedad del sacerdote aumentaba aunque muy contenida por aquel temperamento de piedra.
—De la isla de Rodas. La pobrecita fue muy desventurada y yo lo fui también a su lado hasta hace diez años que este hombre bueno me hizo feliz.
La mirada del sacerdote se fijó en Zebeo y éste comprendió que en aquella fría mirada había un perfume suave de agradecimiento y de amor.
Y la intuición seguía tejiendo su malla finísima de firmes nudillos y
con hebras resplandecientes.
¿Qué misteriosos enlaces habría en todo aquello?
—Si tu benevolencia es tanta, me perdonarás la última pregunta:
¿Cómo era el nombre de tu madre?
—¡Livia! –contestó la joven con sus ojos llenos de llanto.
Un tremendo suspiro como un quejido lastimero se exhaló de los labios de aquel hombre, que dejó caer su cabeza sobre la fría mesa de piedra mientras sus manos se retorcían una con otra, como si quisieran destrozarse a sí mismas.
Zebeo creyó llegado el momento de intervenir y se acercó a él buscando aliviarle.
—Cualquiera que sea la causa de tu pena, –le dijo–, cuenta que tienes un hermano a tu lado, en quien puedes confiar plenamente.
Pero el sacerdote de Osiris llevaba años de vivir vida de piedra y demostró ser más fuerte que la terrible tempestad interior que se había desatado en él.
Y levantando de nuevo su arrogante cabeza de pensador hecho a triunfar de sí mismo, casi se avergonzó de aquel momento de debilidad.
—Perdonadme –dijo quedo, con su voz helada y lejana–. Aún me falta mucho para ser una de estas columnas de piedra que sostienen las bóvedas de este claustro.
—¡Amigo!… –le dijo Zebeo–, lamento decirte que somos de muy diferente modo de pensar tú y yo. Pero no obstante, espero que una grande amistad nos una pronto.
—La justicia de la Ley Eterna, es implacable –añadió el sacerdote–. Lo que Ella une, el hombre no puede separarlo. Lo que Ella decreta, el hombre no puede estorbarlo. Es menos que un gusano y se cree omnisciente. Es un halo de negra tiniebla y se juzga una luz…
—Grande cosa es reconocerlo, amigo –dijo Zebeo–, y en cuanto a esto, estamos en un completo acuerdo. Y ahora si me lo permites seré yo el que hace preguntas. ¿No es verdad que has encontrado la punta de un hilo en cuya madeja estás tú, Tabita y su madre?
El sacerdote sin inmutarse esta vez y con aterradora calma contes-
tó:

—Estas en lo cierto. He encontrado la punta de ese hilo con que tejí
para mi desgracia el cordel de mi horca…
—Cuando el Eterno Poder te ha salvado de ella, señal es de que puedes aún reparar lo que hasta hoy creías irremediable –contestóle el Apóstol del Cristo.
—Tienes la luz de una sabiduría que seguramente no la bebiste como yo en los Templos egipcios, donde Psiquis se torna de piedra y debe tejer sus alas con oro derretido al fuego. Eres un discípulo de Sócrates y Platón que llevas dulzura de miel en tu vida y en tus obras.
—Aunque mucho les venero por sus obras y su vida, no soy discípulo de sus Escuelas que no he frecuentado nunca. Soy discípulo de un mago sublime del amor, que nació en Palestina mi tierra natal y que murió hace once años sacrificado por predicar el amor fraterno de los hombres. Fue crucificado como Espartaco y sus esclavos.
—Así compensa la humanidad a los que se dan demasiado a ella
–contestó el Sacerdote.

25
LO QUE EL AMOR HA UNIDO…

Una semana después el sacerdote enfermo dejaba el lecho y se fortalecía visiblemente día por día, debido a los cuidados de Zebeo y de las ancianas esclavas que acompañaron diez años la soledad de Tabita. El amor del Cristo que inundaba el alma de Zebeo y de ella, se transmitía vigorosamente a los que le rodeaban escuchando sus sencillas enseñanzas, fue la savia divina que hizo resurgir a nueva vida al sacerdote que encontraron casi moribundo por agotamiento físico y más aún por las angustias que torturaban su espíritu.
La Ley Eterna, sabia, justa y amorosa a la vez, había decretado la terminación de las severas penalidades que aquellos dos seres humanos se habían impuesto a sí mismos por graves delitos cometidos en su vida.
Ambos reconocían estar agobiados por el mismo célebre pecado del Rey David que lo obligó a pasar toda una vida llorando de arrepentimiento, que soltó a las alas de los vientos en su clamoroso Miserere y en casi todos sus Salmos, gritos del alma prosternada ante la Divinidad clamando misericordia y perdón.
Acaso nada sabrían ellos de los clamorosos salmos del Rey David, grande para los pueblos de su raza y religión, pero ignorado por el gran mundo de entonces, que solo era capaz de apreciar el brillo del oro sobre los tronos, las legiones guerreras avanzando como olas humanas embravecidas destruyéndolo todo, las ciudades ardiendo en llamas, los millares de hombres fuertes y libres reducidos a la esclavitud y atados a los carros de guerra de los vencedores. Pero los grandes pecados de los hombres se asemejan aunque las distancias y los siglos les separan en absoluto.
Y los dos sacerdotes que voluntariamente se sometieron a dura penitencia en las criptas pavorosas del abandonado Templo del Lago Merik, habían tenido en su vida una Bethsabé que inconscientemente les incitara al delito y un Urías a quien quitarle la vida para poseer lo que era suyo.
Según la Ley de sus Templos, las torturas físicas y morales, la privación de toda alegría era el único medio de lavar sus delitos y tornar a la posesión de las facultades superiores que habían perdido.
El mismo género de delito, la misma intensidad en el dolor desesperado de lo irreparable, los unió a los dos como con una cadena de hierro. Se habían encontrado huyendo ambos del espectro aterrador de su propia conciencia que les gritaba: ¡asesino! ¡falsario! ¡seductor! ¡infame!
Ambos nacidos en cunas de plata, de ilustres familias de sangre azul como el mundo llama a los que ostentan en sus progenitores filiación de realeza, llevados por la vanidad de tener también el timbre de sabios escalaron las áridas cumbres de la Iniciación en los Templos egipcios. Y desde aquella altura habían caído al fondo del precipicio como un águila con las alas rotas, chorreando sangre y sin fuerzas para levantarse.
Habían saboreado la efímera dulzura de su pecado y queriendo aún vivir en él, una fuerza más potente que ellos les quitaron de los labios el ánfora de miel, dejándoles tan solo el amargo acíbar del remordimiento, el odio de sus víctimas y el anatema inexorable de la Ley.
Era ley para los Sacerdotes de Osiris que habían cometido un delito, que el mal estaba borrado, limpio, cuando cesaba el remordimiento y la calma reinaba de nuevo alrededor de Psiquis atormentada. Debemos
atribuir a esa ley el hecho de que los otros tres compañeros de delito habían vuelto al Templo, y éstos dos habían quedado en su voluntario calabozo.
En tal estado de espíritu les encontró el suave y dulce Apóstol del Cristo que solo sabía según él, de amar a los que padecen y de consolarles en sus terribles angustias.
Él había oído repetidas veces a su divino Maestro consolar a los pecadores con estas solas palabras:
“¿Ninguno de tus jueces te ha condenado?… Yo tampoco te condeno. Vete en paz y no peques más”. Así habló a la mujer que llevaban a apedrear por su infidelidad conyugal, después de haber dicho a los jueces que lo consultaban: “Aquel de vosotros que se halle sin pecado que le arroje la primera piedra”.
“Tus pecados te son perdonados porque has amado mucho, mujer”
–le dijo a aquella que derramaba esencia de nardos sobre sus pies y los
secaba con sus cabellos.
“¡Ven Sedechias!… Yo quiero que vengas a mí” –dijo al fariseo que reconociendo sus errores de Secta y los prejuicios dogmáticos que endurecían su corazón, descansaba su frente humillada sobre las manos santas y puras que acariciaban su cabeza gris.
Estos imborrables recuerdos estremecieron el corazón de Zebeo y desbordó en él la piedad a tal punto que cuando ambos sacerdotes delincuentes quisieron relatarle su delito, él les dijo poniendo el dedo índice sobre sus propios labios:
—Como la Isis de la entrada a vuestro templo, os digo también yo:
¡silencio! Para que entre mi pequeñez al templo de vuestro corazón que fue purificado por el arrepentimiento, no necesito saber cual fue vuestro pecado.
“Sólo os digo que no es con maceraciones del cuerpo ni tormentos en el alma como se lavan los pecados de los hombres sino reparando el mal que se ha causado al prójimo con ellos.
“Uno de vuestros más grandes y nobles Hierofantes, el príncipe Melchor de Heliópolis, descendiente en línea recta del Pontífice Membra que inició a Moisés en la oculta sabiduría de los Templos, cometió un delito de amor. Le quitó a un zagal la zagala que debía ser su esposa, causando la muerte de ambos que se arrojaron al precipicio. Para reparar tal delito se negó para toda su vida la dulzura del hogar, y destinó gran parte de su fortuna a dotar a las doncellas que se preparan a ser esposas y madres. Y aún ha pensado en ellas para después de su muerte, y soy yo depositario administrador de la renta perpetua dejada por él para este fin.
El amor del Cristo que irradiaba su Apóstol, triunfó sobre aquellas
almas petrificadas por la implacable dureza de las leyes en que habían
vivido, y con profunda emoción le dijo el mayor de ellos, Leandro de
Caria:
—Tu sabiduría es el amor; tu ley es el amor… tu vida es el amor… ¿De qué escuela, templo o estrella viniste que pareces no ser un hombre de esta tierra que es hierro y piedra amasados con sangre?
—Nací a la vida del espíritu en el alma genial de un hombre que era Dios del Amor, de la Esperanza y de la Paz. Era el Avatar, soñado por los Devas del Lejano Oriente, el Hombre Luz de la Persia de Zoroastro, el Mesías de los Profetas Hebreos, el dulce Rabí Nazareno que oraba sobre los montes y colinas, que hablaba a las muchedumbres desde una barca de pescador, que hacía florecer rosas entre las ruinas y lirios en los sepulcros, y con su voz vibrante de clarín que anuncia la victoria decía a las almas desoladas y caídas como las vuestras: “¡Levántate y anda!”. El amor y la fe te prestan sus alas, la esperanza te viste de nuevo, la vida te sonríe como una virgen coronada de mirtos y de olivos que va arrancando una a una las viejas espinas de tu corazón”.
Este amoroso discurso de Zebeo parecíales una llama de dulce calor para sus almas heladas de soledad y de espanto, y ambos sacerdotes Leandro y Narciso se le habían acercado tanto hasta tomarse de sus manos como náufragos de una marejada de escarchas, que vieran de repente ese único medio de salvación.
El Apóstol al sentir ese contacto volvió en sí del vibrante estado psíquico que el vivo recuerdo de su excelso Maestro le había ocasionado. Estrechó efusivamente aquellas manos enflaquecidas que se prendían de las suyas y tirando de ellas les atrajo a sí mientras les decía:
—Estabais muertos y el amor os ha resucitado ¡Venid conmigo y os enseñaré a vivir la vida como el Cristo mi Maestro me enseñó a vivirla!
La divina irradiación del Cristo a través del alma de Zebeo les hacía llorar esas dulces lágrimas que son descanso de las almas doloridas y les prestan alas ligeras de paz y de luz para remontarse de nuevo a la inmensidad de lo infinito de donde habían caído a fuerza de terror, de espanto de sí mismos, y de la impenetrable oscuridad que les rodeaba.
Era la mitad de la tarde y Zebeo les condujo a los talleres improvisados en diversos recintos del ruinoso castillo donde habitaba. Aquello era una colmena humana donde cada abejita elaboraba su miel. Leandro el sacerdote mayor miró en todas direcciones como buscando algo. Y al fin su vista reposó en el rostro de Tabita inclinada sobre su labor.
—¿Me permites hablarle? –preguntó a Zebeo. Y se acercó a ella–. “Niña –le dijo– si a tu alma buena le interesa que yo tenga paz en la
mía, deberás permitirme unas palabras a solas”.
Tabita buscó enseguida los ojos de Zebeo que le hizo con la cabeza
una señal afirmativa.
Se apartaron a un ángulo del enorme pabellón y el sacerdote le habló así:
—¡No me temas por piedad, que eres lo único que puede unirme de nuevo a la vida! Veo el espanto en tus ojos y se que nunca tendré tu cariño… De tus contestaciones a mis preguntas he adquirido la certeza de que fui el causante de toda la desventura de Livia, tu madre. No quiero herir tu corazón con un relato espantoso. Solo te digo que Livia tu madre, a la cual te pareces como una lágrima a otra de las que están cayendo de tus ojos, fue el único amor de mi vida tan fuerte que por tenerla a ella y a ti conmigo, quité de su camino al que debió ser tu padre. Y el padre de mi mujer, un poderoso príncipe de Caria, la vendió como esclava en venganza de mi traición, a su hija. Ni Livia nació esclava ni tampoco tú, pero los poderosos de la tierra satisfacen sus venganzas a costa de vidas humanas que en su criminal prepotencia jamás supieron respetar”.
A través de sus lágrimas, Tabita veía a Zebeo a diez pasos de distancia y con sus miradas que ella comprendía tanto, le infundía serenidad y valor. El sacerdote Leandro continuó su confidencia:
—Sé que en la persona de tu madre no puedo reparar el daño causado, porque la muerte le dio la paz y la dicha que yo no supe darle. Pero puedo repararlo en ti, hija mía… ¡Déjame llamarte así, ahora que voy a desaparecer para siempre de tu camino!… ¡Toma! Aquí está mi testamento, mi última voluntad.
—Y le extendió un pergamino enrollado y sellado.
Ella dio un paso atrás y buscó de nuevo a Zebeo. Pero él se había retirado hacia el oratorio que comunicaba con el Taller.
La pobre joven se echó a llorar desesperadamente causando la consiguiente alarma entre los que estaban al otro extremo del pabellón de trabajo. Leandro semejaba una estatua de mármol con el brazo extendido hacia ella, sosteniendo el pergamino.
Zebeo sintió el llanto de Tabita y acudió en el acto.
—Hija mía –le dijo con la mayor ternura–. ¿Por qué te desesperas así, sabiendo como sabes que nadie ni nada te separa de mí si es tu voluntad permanecer a mi lado?”
Y acercándola de nuevo a aquel desventurado padre a quien las consecuencias de su delito lo habían privado del cariño de su hija, les dijo a entrambos:
—El amor es lo único que puede salvar este abismo y lo salvará. Tabita es mi esposa y tú eres su padre. Ambos cabemos en el corazón de ella, que está educada en la enseñanza del Cristo, mi Maestro, que vino a reafirmar en bases de diamante la Ley Divina que dice: “Honra a tu padre y a tu madre”. Ni tú puedes hablar de desaparecer para siempre del camino de tu hija, ni ella puede rehusar el reconocerte como padre. El
amor del Cristo es más grande y fuerte que todas las tragedias y miserias humanas y si la Divina Ley corona su obra uniendo lo que la maldad humana había separado, ¿quiénes somos las criaturas inconscientes para estorbar su mandato?”
Leandro aún con el brazo extendido ofreciendo el pergamino, se acercó a Zebeo.
—Yo no puedo esperar ni pedir amor a una criatura que jamás lo recibió de mí; pero sí os puedo pedir a ambos que no me estorbéis el reparar en parte los daños causados por mi delito. Y en este pergamino está esa reparación.
—Está bien –dijo Zebeo tomándolo–. También yo como esposo de tu hija creo tener el derecho de pedirte que aceptes nuestro hogar como tu hogar y toda esta numerosa familia nuestra como tu propia familia. Porque si tú reclamas para ti la tranquilidad y la paz de tu conciencia, también la reclamamos tu hija y yo, para quienes sería insoportable tormento recibir tu legado y dejarte ambular solo en el mundo”.
El Apóstol del Cristo envolvió en su mirada ardiente de amor a Leandro y Tabita que tan cerca estaban de él. La joven se le acercó hasta descansar la cabeza en su hombro, y Leandro inclinó la suya hasta tomar la mano del Apóstol y apretarla a sus labios.
Pero él había bebido del eterno y divino manantial del corazón del
Maestro, que dijo al despedirse:
“Si sois capaces de amaros como yo os amo, el Padre y yo haremos morada en vuestro corazón”.
Y fue así que la cabeza gris de Leandro y la de negros bucles de Tabita, se encontraron unidas entre los brazos de Zebeo que les estrechaba sobre su pecho.
El austero y grave sacerdote de Osiris pasó a ser el Director de la Escuela que en la gran Sala del Consejo, en el abandonado Templo del Lago Merik, fundara el Apóstol del Cristo para consolar a los humildes desgraciados de la sociedad con la divina palabra de su Maestro.
“Bienaventurados los pobres, los que lloran, los que son perseguidos, porque de ellos es el Reino de los cielos”.
Sintiendo estoy la interrogación del lector sobre qué había sido del sacerdote que encontramos enfermo en su fría y desmantelada estancia, o sea Narciso de Lidia.
Era un temperamento diferente de su compañero y debido a eso su naturaleza física resistió menos a la vida de duras penalidades que a sí mismo se impuso. Y a no ser por la oportuna intervención del Apóstol Zebeo, hubiera muerto pocos días después. Más abierto, más expresivo, se rindió más pronto a la fraternal solicitud de Zebeo el cual le decía:
—Me has arrebatado a la muerte como la madre arrebata a su hijo de
las olas bravías que iban a tragarlo, –y aunque contaba sólo seis años menos que el Apóstol, se sintió en verdad como un hijo del hombre bueno que le salvó la vida. Nacido a orillas del Mar Egeo, hijo del príncipe soberano de Lidia, había ingresado en su primera juventud en una Escuela de Atenas que dependía del Templo de Delfos, uno de cuyos sacerdotes la regenteaba.
Las leyes de los Templos de la antigua Grecia no fueron nunca tan duras e implacables como en los Templos de Menfis y de Tebas. El arte, la poesía, la música, suavizaron los cultos realizados muchas veces como en torno a la Fuente de Castalia, sintiendo el rumor de los arroyuelos saltando entre riscos y flores, o en rumorosos vallecitos donde cantaban los pájaros y sollozaba el viento en las ramas de los cipreses y de los laureles. Narciso decía que un genio maléfico le había perseguido desde sus primeros años, en la intrigante personalidad de una madrastra que trató siempre de alejar del país y del hogar al primogénito de su marido Pausanias, padre de Narciso, buscando su propio beneficio y el de sus hijos. Y cuando el príncipe murió envenenado, ella, mediante el vil soborno de los Consejeros se hizo nombrar Regente del Principado con la excusa de la minoría de edad de Narciso que era el heredero legítimo del príncipe Pausanias, su padre.
Con la astuta adulación de su fingido amor, convenció al jovencito que sólo contaba diecinueve años, de que le convenía viajar para conocer los hombres y el mundo y prepararse así para gobernar el país en sustitución de su padre.
El joven viajó por las grandes capitales de la costa Mediterránea e inclinado por naturaleza al estudio visitó las Escuelas de Pafos, de Tarsis, de Siracusa y de Alejandría, donde decidió quedarse atraído por la dulce bondad de una joven que embarcó en Pafos acompañada de un tío suyo y que se dirigían también a la célebre ciudad de los templos como fortalezas y de los obeliscos cuya cúspide subía hasta las nubes.
Fue este el cable de hierro que lo llevó a su desgracia.
Narciso y Liana se amaron en contra de la voluntad del tío que conducía a la joven para desposarla con un hijo suyo, residente en aquella capital. Separados bruscamente encontraron medios de reunirse en secreto. Narciso ingresó entre los aspirantes a la Iniciación en el Templo de Osiris al amparo de un hermano de su madre muerta que formaba parte del Alto Consejo sacerdotal. Soñaba crearse una elevada posición, preparándose con los más altos conocimientos para gobernar un día los dominios de su padre, contando desde luego con las promesas de Liana de que no se casaría sino con él. Y Liana se afilió a las doncellas de la Escuela de un Serapeum destinado a la cultura femenina que estaba anexo al Templo de Osiris del cual dependía. Después de tres años de dura
resistencia, Liana comunicó a Narciso que seis días después la casaban con el primo y si no obedecía la vendían como esclava a los mercaderes que con tal fin llegaban desde el lejano Oriente.
—Yo lo estorbaré –le había contestado él– aunque deba arriesgar mi
vida.
Y la arriesgó, pero no ganó la partida.
En la terrible lucha por libertar a Liana, hirió gravemente al tío y mató al recién casado, pero la mujer amada desapareció sin que el pudiera encontrarla jamás. Consciente ella de que sería madre en breve tiempo, no quiso presentarse en tales condiciones al hombre que había amado y huyó a refugiarse en un mercado de esclavos, donde únicamente no sería buscada ni nadie se asombraría de su miseria.
Una mujer vendedora de frutas la tomó a su servicio y allí le nació su hijo y allí vivió hasta que su ama se marchó a otro país, dejándola al servicio de unos parientes. La consunción y la anemia hicieron presa de ella cuando el niño contaba siete años y dándole una carpa, un botecillo pescador y las ropas necesarias para ella y su hijo la despidieron de casa.
Cuando se refugió en el mercado de esclavos dejó su nombre de nacimiento y tomó el de Chiopi, muy común entre las pobres gentes de esa clase y a su niño lo llamó Petiko, que en la lengua de su país significaba pajarillo sin nido.
Hemos llegado lector amigo, a dilucidar el misterio que envolvía al joven sacerdote de Osiris, a quien consumía la tristeza de su vida fracasada en todos los caminos que había emprendido: fracasado en su familia, en su carrera y en su amor.
Era el “asesino” del padre de Petiko, el pobre niño que Zebeo encontró en su botecillo a orillas del Nilo y de aquel amor de su juventud sólo quedaba el montoncito de piedra que en el cementerio de los esclavos tenía este nombre como inscripción: Chiopi.
Era cuanto quedaba de aquella dulce belleza pálida que él conoció en Pafos y que se llamaba Liana. Él mismo ignoraba este final de su drama que sólo Zebeo conocía por los escasos documentos que Petiko había conservado de su madre y que los entregó a su padre adoptivo aquel primer día que él llegó a la Aldea de los Esclavos.
Y Narciso de Lidia en íntima confidencia con Zebeo se quejaba amargamente de su suerte.
—Mi compañero ha podido reparar el daño causado, mientras yo, ni aún ese alivio puedo dar a mi atormentado espíritu.
Zebeo lo dejaba hablar y en su alma lúcida y llena de piedad para el dolor de su prójimo, reconstruía ese terrible pasado del cual sólo podía extraer nuevos dolores para aquel pobre corazón tan cruelmente atormentado.
Y con un tacto y prudencia que sólo el amor puede dar, fue revelándole
poco a poco el final de aquella tragedia de su juventud.
¿Cómo decirle: yo tengo a mi lado al hijo de Liana y de su esposo que asesinaste? ¿Cómo decir a Pedrito que aquel triste enfermo del Templo del Lago Merik era el asesino de su padre y el causante de todas las desventuras de su madre?
—¡No! –decía en sus cavilaciones Zebeo– ¡Pedrito no debe saberlo nunca! No debe saber que Narciso, con quien viviremos en familia fue el causante de todas sus desventuras. Pero sí debe saberlo éste, para que su espíritu descanse en la reparación de su mal. No vive Liana para recibir en su amor la compensación a sus dolores, pero está su hijo en quien puede Narciso tranquilizar su conciencia y aquietar su espíritu atormentado.
Se dirigió al oratorio, que era el lugar más silencioso y solitario del Castillo, que estaba convertido en un ambiente de actividad y de trabajo. Los huertos y jardines cubiertos de zarzales y de hierbas inútiles se iban transformando en largos surcos de hortalizas y de legumbres, en hermosos ramilletes de flores. Con esta suave visión en el alma, el Apóstol llegó al Oratorio y ocupó su sillón habitual.
La última luz de la tarde penetraba por el ventanal de occidente y resplandecía sobre el altar de las Tablas de la Ley.
A Zebeo le vino el recuerdo de cuando las últimas frases se habían iluminado de una llama viva y cerrando los ojos, la imaginación se las pintó de fuego otra vez: “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.
—¡Maestro!… –llamó con la voz profunda de las evocaciones supremas– ¡Dame que sea tu instrumento para devolver la paz y el sosiego interior a ese hermano atormentado!”
Su frente se inclinó en oración silenciosa y profunda esperando la respuesta.
Tan absorto estaba que no sintió la llegada de la barcaza y sólo se enteró de ello viendo entrar a Pedrito con su rostro iluminado de gozo que le buscaba.
—Padre –le dijo–. Tus ojos tienen tristeza y yo vengo con el alma
rebozando de alegría. ¿Qué pasa?
—¡Pedrito, hijo mío!… –contestóle Zebeo vacilando aún–. Tú eres ya un hombre que a través de mis enseñanzas has llegado a comprender como pocos la ley divina del amor al prójimo y más al prójimo atormentado por ocultos dolores.
—Sí, padre. ¿He faltado acaso en eso?
—No, hijo mío; pero creo llegado el momento de que ese amor sea tan fuerte y tan poderoso que no te permita volver atrás si encuentras una barrera ante ti.
—No sé lo que quieres decirme, pero veo que algo grave ocurre.
—Sí, hijo mío. Siéntate aquí a mi lado y óyeme.
Y le refirió todo cuanto había ocurrido ese día con los dos sacerdotes que en voluntaria expiación de sus culpas habitaban la pavorosa aridez del Templo abandonado.
Supo con asombro el descubrimiento hecho referente a Tabita y su madre muerta, y cómo aquel desventurado padre quería desaparecer para siempre después de legar a su hija cuanto tenía como reparación de los sufrimientos causados.
—¿Tabita está contenta? –preguntó.
—No del todo, por el momento; porque su amor hacia mí hubiera querido que su corazón no tuviera a nadie más a quien amar. Mas…, espero que llegue a ponerse a tono con nuestra ley del amor al prójimo y no mezquinará su cariño al padre que la trajo a la vida, aunque nunca la conoció hasta ahora.
Pedrito no contestó, pero quedó muy pensativo.
—Si a ti te ocurriera algo semejante, hijo mío, ¿serías capaz de obrar como un verdadero discípulo de ese divino Maestro de los hombres?
El joven miró a Zebeo con sus expresivos ojos llenos de asombro y de interrogantes, y Zebeo sostuvo esa mirada con la suya llena de dulzura y de piedad.
—¡Padre!… –exclamó Pedrito– espero que no irás a decirme que
también a mí me ha brotado en el camino otro padre fuera de ti.
—Tranquilízate, hijo, que no te diré eso, pero sí te digo que uno de los pobres recluidos en ese Templo abandonado, fue el primer amor de tu madre que le fue arrancada por la fuerza y casada con otro hombre que ella no amaba.
—¡Pobre madre mía! ¡También tuvo ese tormento!… –murmuró muy quedo Pedrito, que sentía sus ojos húmedos de llanto– ¡Malo!…, muy malo debía ser ese hombre que tomaba por la fuerza un corazón que no lo quería –añadió con la voz que temblaba de indignación.
—Perdónalo porque ese fue tu padre, que murió antes de nacer tú, quedando tu madre en el mayor desamparo y esperando tu llegada a la vida huyó a ocultarse en el mercado de esclavos de Alejandría, no atreviéndose a presentarse en ese estado al hombre que tanto ella había amado y que la buscó enloquecido, sin encontrarla jamás.
—¡Ese hombre debió haber sido mi padre! –gritó Pedrito con su voz quebrada por un sollozo– y no el otro egoísta y cruel que tomó a la fuerza lo que no querían darle… Pero yo te tengo a ti, padre mío –añadió tomando la mano de Zebeo y estrechándola entre las suyas como si temiera que alguien se lo arrebatara.
—¡Sí, hijo mío, me tienes a mi para toda la vida, pero yo creo que en
tu corazón grande y generoso cabe también ese desventurado hermano nuestro que tanto amó a tu madre y que hoy sólo encuentra de ella un montoncito de piedras en el cementerio de los esclavos!…
El joven se cubrió el rostro con ambas manos y la suave penumbra del oratorio se llenó con sus dolientes sollozos.
El Apóstol del Cristo se puso de pie y estrechó a su corazón aquella cabeza juvenil, dolorida y sollozante.
—¿Serías capaz de consolarle con tu cariño, hijo mío? –le preguntó
cuando le vio serenarse y descubrir su rostro húmedo de lágrimas.
—¡Sí, padre, sí! Lo amaré como amé y amo a mi madre, que desde el cielo verá contenta que quiero al único hombre que ella amó. ¿No es así acaso el amor que enseñó el Divino Maestro de los hombres y que tú me enseñaste a mí?
—Sí, hijo mío, es así –contestó Zebeo–. Y como ese hombre está muy enfermo a fuerza de tanto padecer por su amor a tu madre que perdió, me acompañarás a su aposento porque él suspira por conocerte.
—Vamos ahora mismo –dijo Pedrito levantándose–, que esto es más
urgente que describirte nuestro primer viaje y nuestro feliz regreso.
Y mientras todo era movimiento en el viejo Castillo con la llegada de Amare Victum, Zebeo y Pedrito se perdían en los oscuros claustros, buscando la celda del pobre enfermo.
Lo encontraron con su compañero, sentados ambos en un estrado de piedra adosado al claustro, contemplando en silencio el último resplandor del ocaso y la primera estrella que asomaba tímida en el infinito azul.
—La paz sea con vosotros –díjoles el Apóstol acercándose a ellos–. Narciso de Miquele, príncipe de Lidia –dijo Zebeo emocionado–. Aquí tienes al hijo de Liana que viene a ti sintiéndose también hijo tuyo.
Narciso intentó ponerse de pie para abrazarlo, pero no pudo hacerlo por su extrema debilidad. Sus hermosos ojos claros se inundaron de llanto y Pedrito doblando una rodilla lo abrazó efusivamente.
—¡Hijo de Liana!…, ¡hijo de Liana que debió ser mi hijo! –exclamó entre sollozos el desventurado Narciso–. ¡Y cuánto te pareces a ella!
–continuó mirándolo con los ojos fijos del que ve una imagen que nunca
borró de su retina.
—El buen Padre Celestial ha querido que encuentres un retazo del corazón de Liana en su hijo –díjole Zebeo–. Y espero que este feliz encuentro ayudará a tu pronto restablecimiento, hermano.
—¡Oh, sí!… os lo aseguro a todos vosotros que pronto seré un hombre nuevo porque tiene ahora un gran motivo mi vida: vivir para el hijo de Liana en memoria suya.
“Aunque no me hubieras hecho ver los documentos que se conservan
de ella, este es el mejor documento –decía Narciso acariciando la cabeza de Pedrito–. Y la naturaleza te ha hecho imberbe para que tu rostro sea aún la más viva imagen del suyo”.
El joven se sentó a su lado, mientras Zebeo hablaba con el sacerdote
Leandro.
—¿No son éstas, combinaciones prodigiosas que hace la Bondad Di-
vina en beneficio de sus hijos? –le preguntaba Zebeo.
—Es tal como dices –contestó Leandro– pero estas combinaciones se realizan con éxito cuando un gran amor desinteresado y puro se ha constituido, consciente o inconscientemente, en hilo conductor de esa maravillosa fuerza de cohesión, de unión que se llama Unidad del Gran Todo. Y eres tú el hilo que nos ha unido a mí con Tabita y a Narciso con el hijo de Liana. ¡Sea bendita por siempre la Eterna Unidad Divina!
—Ahora, para celebrar este maravilloso acontecimiento –dijo Zebeo–, propongo que celebremos en el gran comedor del Castillo una cena en conjunto. ¿Aceptáis?
—Aceptado –contestó Leandro– aunque no sé si mi compañero tendrá
fuerzas para llegar hasta allí.
—Ahora sí –dijo Narciso poniéndose de pie ayudado por Pedrito y Zebeo. Apoyado en ambos y lentamente cruzaron la puertecilla que daba al Taller que era el gran comedor.
Una hora después habían sido replegados en un ángulo el telar y demás enseres de los tejidos quedando el recinto, no como debió ser el gran comedor de la Princesa Thimetis, pero sí un sencillo comedor de grandes dimensiones, adornado con palmeras y guirnaldas de madreselvas en flor.
Zebeo ocupaba la cabecera de la gran mesa de roble y a uno y otro lado suyo, Tabita y Pedrito, a quienes seguían los dos sacerdotes, Leandro junto a Tabita y Narciso al lado de Pedrito, el hijo de Liana.
En todos los rostros había paz, contento y alegría, y la numerosa familia de Zebeo se había aumentado con seis huéspedes más llegados recientemente en la barcaza de carga.

26
LOS TREINTA Y TRES

La barcaza Amare Victum había regresado trayendo un esclavo ya mayor, brutalmente herido por azotes recibidos del amo que lo había despedido. Le acusaba de haberle envenenado una garza de la colección que tenía en sus jardines. Le había amenazado matarle de una paliza y arrojarle al muladar si no se conseguía la curación de la garza enferma. Y cuando ésta murió, el esclavo fue duramente apaleado y tirado al muladar. Arrastrándose hacia los barrancos que rodeaban aquel repugnante lugar de inmundicias, el infeliz esclavo había obtenido piedad de una mujer de igual condición que acudía allá a arrojar basura de la casa de sus amos. En ese estado le había recogido uno de los compañeros de Pedrito al ir recorriendo los suburbios más pobres y apartados de la gran metrópoli. Los otros pasajeros de la gloriosa Amare Victum eran: un esclavo joven, pero ciego y por tal causa arrojado por sus amos; dos ancianas mendigas con las manos retorcidas por el reuma, y finalmente dos esclavas jóvenes con sus hijos pequeños en brazos que les habían nacido contrahecho el uno y el otro con el cuerpecito lleno de pústulas infecciosas. Ambas víctimas de la lascivia de amos brutales, se veían arrojadas a la calle por el mal que traían sus hijos.
El joven capitán de la barcaza había logrado vender en el mercado los productos de la Aldea, y tan buena aceptación habían tenido que recibió nuevos pedidos, por lo cual compró gran provisión de cáñamo para tejer esteras y de lanas para frazadas.
Entre sus remeros iban tres de los jóvenes muchachos de la Aldea que estaban encargados de la siembra y plantaciones, de la cual sacaban el sustento para todos y éstos hicieron buena provisión de simiente para ampliar cuanto pudieran los cultivos.
Los mueblecitos de caña y juncos fueron vendidos todos, y entonces el Apóstol del Cristo mandó a los que eran carpinteros construir tantas arquillas como obreros había y cada una llevando el nombre de su dueño. Allí se depositaba la mitad del valor en que fue vendido el objeto construido por él, y la otra mitad se depositaba en la caja común para el sustento de todos los obreros de la colmena.
Conociendo Zebeo de que no todos habían llegado al superior grado de evolución que hace al ser indiferente a la idea de posesión de bienes materiales, obró con gran acierto al disponer las arquillas individuales para que cada uno guardase lo suyo, o sea la mitad de lo adquirido por su trabajo.
Fue un estímulo tan fuerte, que la producción de la aldea se aumentó al cien por cien, lo cual obligó a la barcaza Amare Victum a salir aguas afuera cada treinta o cuarenta días.
Y llegó por fin, un solemne y memorable día para la Aldea de los Esclavos. Después de largas meditaciones del Apóstol del Cristo en la soledad del Oratorio, pidió a Tabita, Pedrito, sus veinte compañeros, los dos sacerdotes y los excautivos del Castillo que acudieran a una reunión que era necesario realizar para el bien de todos.
—Son en total treinta y dos personas –decía el Apóstol–, y conmigo treinta y tres… ¡Oh, Maestro mío!… Treinta y tres años duró tu vida sobre esta tierra, y tú solo hiciste una obra de amor tan grande que ni mil hombres la hubieran hecho. Tu montoncito de tierra se propone hacer algo que sea de tu agrado con treinta y tres almas de buena voluntad.
¡Maestro!, si es digno de este pensamiento mío, bendícelo desde tu Reino Eterno y dame fuerza para vencer todas las dificultades que se me opongan.
Una grande paz llenó hasta rebozar su alma después de esta plegaria, y el Apóstol, conocedor de las íntimas condiciones de todos aquellos corazones que habían confiado plenamente en él, les llamó una tarde a la asamblea en el Oratorio. Les habló de esta manera:
—Prosternados todos ante la Eterna y Divina Presencia que percibe los latidos de nuestro corazón y las aspiraciones de nuestro espíritu, tratemos de resolver y encaminar todas nuestras actividades como entendamos sea más justo y conducente al bienestar espiritual y material de todos los que estamos reunidos en esta Aldea bajo la única ley que resume todo el mandato divino: “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.
“Los dos sacerdotes que fueron del Templo de Osiris han aceptado el cargo de maestros directores de nuestra Escuela que hemos llamado “Janua Celi” (Puerta del Cielo). Los ocho amigos que vivieron años recluidos en este Castillo, por voluntaria elección, quedaron al frente de los diversos trabajos y actividades que desempeña nuestra colmena de laboriosos obreros y algunos se prestan a colaborar con aquellos en la enseñanza de nuestros alumnos.
“Sabéis todos que hemos descubierto y comprobado que Leandro de Caria es padre de mi esposa Tabita. Y poseyendo valiosas posesiones en su país ha hecho donación de las rentas a nuestra Escuela-Taller y Refugio de huérfanos y desamparados y a la vez nombra heredera legítima de sus bienes a esta hija suya que había perdido apenas nacida y que por una de esas sabias combinaciones de la Ley Divina ha venido a encontrar en nuestra Aldea de los Esclavos. El hermano Narciso de Miquele, poseedor único del principado de Lidia, hace asimismo donación de sus rentas
particulares a nuestra Escuela-Taller y Refugio, y nombra heredero de sus bienes a mi hijo adoptivo Pedrito de Alejandría, hijo de Liana de Pafos, que le fue arrebatada por la fuerza antes de nacer su hijo. Estas declaraciones que hago en presencia de todos vosotros nos ponen en el caso de resolver en conjunto lo que hemos de hacer en adelante.
“El Alabarca Alejandro nos ha entregado con escritura de posesión este solar de tierra con su ruinoso Castillo y su Templo abandonado.
“Vivimos bajo su techo cincuenta y dos personas, y somos, además, el alma que anima y da vida a toda nuestra humilde Aldea. Los abandonamos a todos y nosotros, que somos treinta y tres, ¿nos vamos a los dominios de estos dos hermanos donantes y cuyas posesiones colindan una con otra en los Países de Caria y de Lidia del otro lado del mar?
¿Continuamos todos aquí engrandeciendo la Aldea y siendo instrumentos de la Eterna Potencia Divina para velar por todos los desamparados de Alejandría?
“Tales son las dos preguntas que pongo ante vosotros, pidiendo que tengamos todos la Luz Divina para resolver esta cuestión.
“Pedrito, hijo mío –añadió Zebeo–. Aquí tienes treinta y tres piedrecillas blancas y treinta y tres piedrecillas negras. Entrega una blanca y una negra a cada uno de los presentes y que después de haberlo meditado en la presencia de nuestro Señor el Cristo, cada uno deposite la que quiere en aquel cofrecillo que he colocado sobre el altar, al pie de las Tablas de la Ley. Las piedrecillas blancas significarán que nos quedamos aquí. Y las piedrecillas negras, que nos vamos a trabajar en los dominios de los hermanos Leandro y Narciso”.
Y el Apóstol entregó a Pedrito una bolsita de blanco lienzo que guardaba todas las piedras.
Todos contenían el aliento y Pedrito, pálido como un muerto, temblaba al ir entregando a cada uno las dos piedrecillas ordenadas. Tabita, sentada junto a Zebeo dejaba correr sus lágrimas silenciosas.
¿Por qué habría tomado el Apóstol tan grave determinación sin consultarla para nada? Tanto ella como Pedrito pensaban con honda angustia en los dos montoncitos de piedra que cubrían los pobres restos de sus madres muertas. Era lo único que de ellas les quedaba. ¿Habían de abandonarlo también?
Cuando Pedrito terminó de repartir las piedrecillas tomó las dos suyas y ocupó su asiento entre Zebeo y Narciso, y el Apóstol del Cristo habló de nuevo: –Os pido unos momentos de silencio para que todos pensemos ante nuestro Señor y Maestro el Cristo, representante eterno y vivo de la Voluntad Divina, y conforme a lo que nuestra conciencia nos diga, obraremos.
El silencio fue tan profundo que el Oratorio parecía estar vacío en
absoluto. Por fin el Apóstol se levantó y acercándose al altar dejó caer una piedrecilla que resonó en el fondo del cofre. Lo siguió Leandro de Caria, Narciso de Lidia, Tabita, Pedrito, luego uno por uno, todos los demás.
Otro momento de silencio y durísima espera. Zebeo mismo estaba profundamente emocionado. Pedrito seguía pálido como un muerto y Tabita llorando en silencio.
Zebeo se dirigió de nuevo al altar y tomó el cofre.
—¡Todas son blancas! –exclamó, con los ojos inundados de lágrimas y cayendo de rodillas al pie del ara santa, repitió con la voz quebrada por un sollozo–:
“¡Gracias, Maestro mío! porque todos los que me rodean han sentido tu voz que les decía en el fondo del alma: “¡Lo que hiciereis con cada uno de estos pequeños que os he dado, conmigo lo hacéis! ¡Bienaventurados los pobres, los que lloran porque de ellos es el Reino de los cielos!”
Pedrito se abrazó al Apóstol y lloró como cuando era niño y se abrazaba al cuello de su madre. Tabita a su vez le tomó la mano y la apretó muy fuerte a sus labios.
Leandro y Narciso se estrecharon las manos, mudos por la emoción y el primero dijo al segundo:
—Nos unió un día la desgracia y hoy nos une la felicidad de lo que hemos encontrado en la tarde de la vida.
Narciso, más emotivo, no pudo articular palabra y se limitó a mantener apretada la mano de su compañero.
La emoción y alegría de todos se descargó en un alud de palabras, de frases, de exclamaciones y el oratorio se llenó de ecos, de rumores, de comentarios. Los muchachos jóvenes, compañeros de Pedrito comentaban el duro momento transcurrido, pues varios de ellos estaban unidos por un amor íntimo y secreto con algunas de las doncellas del coro formado por Tabita. Nadie conocía ese detalle pero ese día quedó al descubierto y alrededor de ello, Zebeo, con paternal ternura, hacía un gracioso comentario:
—Temíais abandonar las golondrinas ocultas en las acacias de nuestro huerto y la piedrecilla blanca os aseguró que “lo que el amor une, nadie lo puede separar”.
Al siguiente día, Leandro y Narciso retiraron de su banquero de Alejandría los depósitos en oro que allí tenían provenientes de las rentas que cada año les habían sido remitidas de sus países, y propusieron a Zebeo realizar la debida restauración del Castillo y del Templo en forma que prestaran las comodidades y los servicios a que estaban destinados, y el Apóstol estuvo de acuerdo.
Una semana después, Tabita y Pedrito vieron con asombro llegar por
el canal una barcaza trayendo láminas de mármol blanco que brillaba a la luz del sol. Eran dos pequeños mausoleos que Narciso había encargado para cubrir los montoncitos de piedra que cubrían los restos de las madres muertas. En el artístico placard de la cabecera de la tumba leyeron en negras letras de ébano que resaltaban sobre la blancura del mármol: “Liana” – “Livia”.
Zebeo, que parecía vivir pensando en lo que pudiera complacer más a los seres que lo rodeaban, había insinuado a las doncellas compañeras de Tabita que tejieran dos coronas de lotos y junquillos para ese día y que las llevasen a las sepulturas en el momento en que ya terminada la colocación de los sarcófagos, los dos hijos de las amadas muertas, acudieran allí para orar.
Se les había adelantado Narciso, que en las pequeñas hornacinas del placard estaba colocando dos lamparillas de alabastro, que él quería que ardiesen siempre como un símbolo del perenne amor que acompañaría a las dos humildes sepulturas.

27
DIEZ AÑOS DE LABOR

Habían pasado diez años y seis meses desde el día que Zebeo llegó con Pedrito a la Aldea de los Esclavos.
¡Cuántas transformaciones había obrado el amor en aquel paraje olvidado de todos!
El Castillo de la Princesa Thimetis, y más tarde refugio de la Reina Amasis, y después de la destronada Cleopatra que fue a buscar allí su trágica muerte, se había convertido con las reparaciones hechas, en Taller de trabajos manuales, en un salón de estudios, un gran comedor, un Oratorio, un recibidor despacho y hacia el interior las alcobas de las ancianas, de las jóvenes del coro, de todo lo cual Tabita era regente en el pequeño mundo femenino.
Los claustros del templo abandonado, fueron ocupados por los hombres, que instalaron también sus talleres de trabajo, sus salas de estudio y de clases, para lo cual debieron bajar a las criptas las cariátides que representaban los números, y los signos del alfabeto sacerdotal; las estatuas de hierofantes encapuchados, los sarcófagos en que antes de consagrarse se tendían durante siete días, representación de la muerte para todos los placeres de la vida material.
El Apóstol del Cristo les había dicho:
—Tenemos que vivir aquí la ley de amor traída por Él a la tierra y el amor es suave, es dulce, es piadoso. Es canto de alegría en la virgen,
salmodia de abnegación en la esposa, canción de cuna en la madre, marcha triunfal en el hombre de esfuerzo y de trabajo.
El recinto del Templo propiamente dicho se convirtió en sencillo oratorio con el altar de las Tablas de la Ley, tal como Zebeo recordaba el que Yhasua joven había instalado en la vieja Casa de Nazareth.
Los libros de los Profetas, los pergaminos arrollados del Patriarca Aldis, la vida de Moisés escrita por Filón de Alejandría, los pergaminos en que el Príncipe Melchor relataba la vida del Mesías desde que recibiera el anuncio de los astros y las clarividencias de su propio espíritu.
Era sencillamente un lugar de retiro, de silencio y oración donde el alma podía buscar en soledad la solución de sus problemas íntimos y en contacto con la Suprema Energía, adquirir la fortaleza para vivir la vida perfecta de los hijos de Dios.
Zebeo recordaba vivamente la misión de su Maestro en Damasco cuando transformó el Templo de Molok y el presidio del Peñón de Ramán en oratorio, talleres y alcobas para los que habían sido cautivos encadenados.
Recordó lo que Él había hecho con los blancos esqueletos de las víc-
timas humanas sacrificadas bárbaramente al dios Molok.
Todo un día les ocupó el recoger de las más profundas criptas los esqueletos de los condenados a muerte por las antiguas leyes del Templo, y llevarlos al humilde cementerio de los esclavos, donde los sepultaron entre los áloes gigantescos y el brillante cañaveral rumoroso.
En esta limpieza general de criptas y cámaras descubrieron la entrada a un enorme túnel que se perdía a lo lejos y que tenía numerosos cruces de caminos subterráneos que bajaban más hondo, hasta llegar a comprender que aquellos sombríos corredores pasaban por debajo del lago.
Y el sacerdote Leandro, decía a Zebeo:
—Este es, seguramente el célebre Laberinto del Lago Merik que hizo construir el Faraón Amenemes III para salvar las vidas de los suyos con sus incalculables riquezas, en caso de producirse las invasiones extranjeras a sangre y fuego que sufrió el viejo Egipto en diversas ocasiones.
Y debía estar en lo cierto, pues encontraban salas amuebladas, alcobas, cocinas, salas de baño, patios de juego, establos, caballerizas, pesebres, salas de armas, toda una ciudad subterránea con sus claraboyas para el aire y la luz, tan hábilmente disimuladas al exterior por un tronco de árbol ahuecado o una roca horadada que nadie podía sospechar que aquello fue intencionalmente colocado.
Y Zebeo fue de opinión que aquel descubrimiento debían mantenerlo secreto entre los treinta y tres de la asamblea de las piedrecillas blancas y negras, que habían formado una fuerte alianza para enseñar a los hombres a vivir la vida de acuerdo con la sabia enseñanza del Cristo Hijo de Dios.
Parecía que en ese instante el Apóstol Zebeo tuvo la intuición de que aquella vacía ciudad subterránea salvaría innumerables seres, cuando en ese mismo siglo I desató Nerón la primera matanza en masa no sólo de cristianos, como se ha creído ordinariamente, sino de todos los pobres, mendigos, lisiados; gentes indefensas que sin culpa ninguna eran arriados en montón como bestias de consumo, para que el César diera a su pueblo de Roma espectáculos sangrientos que sobrepasaron a todo cuanto se había visto hasta entonces.
Pensó en todos sus hermanos de Palestina, que se habían derramado por el mundo como golondrinas viajeras llevando la buena nueva de que el Amor había vuelto a la Tierra en la persona del Cristo Hijo de Dios.
La Bondad Divina le había colmado a él de todo, hasta de una ciudad subterránea, creación de un poderoso Faraón, para salvamento en casos de emergencia.
Le llegaban noticias de convulsiones en Judea, de que el Gobernador Marcelo de Pozzuoli, que sustituyó a Pilatos dejaba amplias libertades al Sanhedrín dominado aún por el astuto Hanán para aplastar toda innovación en ideas religiosas; que el Emperador Claudio, sucesor de Calígula, había convertido en Reinos cada una de las regiones de Palestina, lo cual equivalía a dividir más y más a los hermanos de raza y religión, o sea la nación Israelita.
—Todo Reino dividido será desolado –decía Zebeo repitiendo las palabra que oyera a su Divino Maestro–.
“Paréceme que se acerca el día en que se cumpla la frase sacrílega que gritaba el populacho enfurecido pidiendo la condena del Hijo de Dios: “Caiga su sangre sobre nosotros, sobre nuestros hijos”.
Esteban ó Stéfanos uno de los siete Diáconos nombrados por los Doce para repartir los socorros a los necesitados había sido condenado a lapidación.
Herodes Agripa, nieto de Herodes el Idumeo, había sido proclamado Rey de Judea y de Samaria, y al regresar de Roma se detuvo tres días en Alejandría, para hacerse reconocer como Rey de los judíos residentes en esta gran capital. Pero su desmedido orgullo y el lujo deslumbrador de que se rodeó, causaron gran disgusto a la mayoría del pueblo que se abstuvo por completo de colaborar en los homenajes. Aún no se había secado en las calles de Jerusalén la sangre de Esteban, muerto a pedradas, y poco después la del Apóstol Santiago decapitado, y los israelitas de Alejandría habían emigrado de la patria justamente espantados del terrorismo con el que el Sanhedrín aliado con el nuevo Rey, quería hacer más duro aún el pesado yugo con que la invasión romana aplastaba a la nación.
Todas estas tristes y desoladoras noticias recogieron los marineros
de la barcaza Amare Victum en uno de sus viajes a la gran ciudad. Y el Apóstol Zebeo reunió en el Oratorio del Castillo a los treinta y tres amigos fieles de su alianza, para orar por los padecimientos de sus hermanos de raza y dar gracias a su Maestro porque había salvado a Pedro, el primero de los Doce, de su prisión en la Torre Antonia aunque ignoraba las causas de esa prisión y la forma en que obtuvo la libertad.
Como allí tenían todos voz y voto, Pedrito fue el primero en hablar.
—Padre –dijo con gran firmeza y resolución–. Tu me impusiste el nombre que llevo con orgullo y con amor, en memoria de ese hombre justo que ha sufrido el calabozo en un presidio de Judea. Yo propongo que le mandes buscar, padre, y le traigas aquí donde gozamos de plena libertad y tenemos además a la ciudad subterránea que puede contener centenares de discípulos de Cristo sin que nadie pueda encontrarles.
—Muy bien, hijo mío. Me place sobremanera el ver como florecen en tu corazón los sentimientos fraternales que he sembrado en él. Pero tú no sabes, hijo mío, que los discípulos de Cristo no temen la muerte si ella viene por defender y enseñar la doctrina que bebieron de su Corazón. El Apóstol Pedro, con Santiago, Andrés y Matías eligieron la Judea para enseñar en ella la Doctrina de Fraternidad humana traída por el Cristo a la tierra, como Matheo y yo elegimos estas regiones del África del Norte
“Han pasado diez años y así como nadie ni nada me arrancaría a mí de este sitio donde me ha traído mi voluntad de acuerdo con la Divina Voluntad, sé de cierto que nadie arrancaría a Pedro de Judea mientras no vea en ello un designio superior. Por eso os pido que oremos al Eterno Dueño de las vidas y de los seres para que cada uno de los discípulos del Cristo del Amor que seguimos, tenga la fuerza y el valor necesarios para no volverse atrás en el camino empezado.
Y los treinta y tres discípulos del Cristo reunidos con Zebeo en el Oratorio del Castillo unieron sus pensamientos en ferviente plegaria como una sola espiral de incienso elevada hasta Él, que desde su Reino de Amor veía florecer en amor los rosales sembrados con su vida luminosa y con su muerte heroica.
Leandro y Narciso, expusieron la idea de hacer llegar a los hermanos de Palestina la noticia de que aquí contaban con los medios necesarios, para proteger las vidas de los que quisieran unirse a ellos bajo el mismo Ideal de fraternidad humana.
Y el Sacerdote Leandro, más fuerte, más sereno y también más conocedor de las sociedades humanas y de los pueblos en general, se ofreció como mensajero de los hermanos de Alejandría para los hermanos de Palestina.
Por aclamación fue aceptado el ofrecimiento, y Zebeo comenzó a
escribir una serie de epístolas con todas las indicaciones necesarias, para que Leandro pudiera entregarlas en manos propias a quienes iban dirigidas.
Antes de separarse los amigos de Yhasua del Cenáculo de la Casa de Nazareth donde celebraron aquella gran Asamblea, resolvieron de común acuerdo que los mensajes o epístolas provenientes del África Norte debían ser dirigidos al puerto de Joppe, a Marcos, agente general del Príncipe Judá representado en Palestina por el anciano Simónides.
Y Marcos debería hacerles conducir a los distintos pueblos o ciudades donde residieran los destinatarios.
Su primera epístola fue para Pedro, la segunda para Myriam y la tercera para Juan, su íntimo compañero de los años felices que juntos pasaron en torno al amado Maestro.
En todas tres, el alma de Zebeo evocó los más tiernos recuerdos ya lejanos y se derramó en amor, en ternura, en gratitud para el Divino Amigo desaparecido, que desde su Reino de Amor y de paz vigilaba atento su bandada de palomas mensajeras que corrían por el mundo llevando su eterno mensaje de amor.
Dejamos que el asiduo lector nos ayude con su imaginación a intuir y tejer la minuciosa red de detalles, crónicas y relatos, de cuanto le había ocurrido en aquellos diez largos años de separación.
Y al final les ofrecía con todo su corazón vaciado al papel cuanto tenía: su pobre aldea convertida ya en pintoresco villorrio, el viejo Castillo restaurado y convertido en taller de trabajo, y hogar de mujeres desamparadas y de niños huérfanos, el viejo templo abandonado en Escuela y Talleres, el Lago donde abundaba el buen pescado y anidaban en sus riberas las gaviotas y los cisnes; la barcaza Amare Victum que les esperaría en el puerto de Alejandría para conducirles al hogar común, y por fin y con mucho secreto les ofrecía también la ciudad subterránea últimamente descubierta, y donde podrían ocultarse los que se vieran perseguidos.
¿Qué más podría ofrecerles el corazón de Zebeo que se desbordaba para todos aquellos que fueron amados y amantes de su Divino Maestro?
Y al final de la epístola a Myriam de quien al igual que Juan se sentía también como hijo, le decía con esa tierna sencillez de un niño que hace mimos a la madre inolvidable:
“Ven, madre buena, si es de tu agrado. Aquí tenemos dos mansas camellas con sus hijos, seis asnos, una docena de ovejas y una infinidad de gansos y de gaviotas que nos despiertan con sus gritos al amanecer. Las camellas te llevarán por el desierto, por las orillas del Nilo, inmensamente más grande, pero no más querido que nuestro humilde Jordán”.
Tres días después se embarcaba Leandro de Caria en Alejandría en la galera “Ithamar” de la gran flota perteneciente al Príncipe Judá, lo cual avivó en Zebeo todo ese mundo de recuerdos que adormidos vivían en su corazón. El viajero iba cargado de dones para los amigos ausentes. Los más primorosos tejidos, las más suaves frazadas, las mejores alfombras, los más exquisitos dátiles llenaban cestas y formaban fardos que el Amare Victum llevaba al puerto orgullosa de su carga. El capitán de la galera “Ithamar” era uno de los hijos de José de Arimathea convertido entonces en un experto marino; y su segundo uno de aquellos jóvenes árabes de la tragedia de Abu-Arish, que el Divino Maestro había vuelto a la alegría de vivir, en su estadía en el Monte Hor.
Entre ellos dos ampliaron las noticias escasas que Zebeo tenía de la tierra natal. Supo allí que Pedro estaba en Antioquía desde hacía dos lunas. Ellos mismos le habían llevado oculto en la bodega de su barco. Andrés, su hermano se hallaba en la ciudad de Heraclea; puerto importante del país de Bitinia en la costa sur del Ponto Euxino. Al Apóstol Felipe le había desembarcado la galera “Jordán”, cuyo capitán era hijo mayor de Nicodemus, en el puerto Crisópolis en el golfo de Propóntide. A Bernabé le habían conducido al puerto de Tarso, con destino a Licaonia, y se encontraba en Iconio. A Judas, hijo de Tadeo, le habían dejado en el puerto de Pilas en la Siria Norte, desde donde pasó a Thipsa sobre el Éufrates. A Tomás le habían llevado al puerto de Pasiliglos en el Golfo Pérsico desde donde se había conducido a Persépolis y Pasagarda en Persia.
—¡Muerto el pastor, se dispersaron las ovejas!… –exclamó con honda amargura Zebeo–. ¡Tronchado el árbol que les daba sombra, volaron las golondrinas hacia los cuatro vientos del cielo!… ¡Maestro, Maestro!
“¿Por qué no vuelves a reunirnos a todos entre tus brazos?…”
Zebeo se cubrió el rostro con ambas manos y lloró silenciosamente. Una hora después la galera Ithamar se hacía a la vela llevándose otra golondrina más, que iba cargada de noticias y dones para los que aún permanecían en el viejo nido abandonado.

28
LA CIUDAD SUBTERRÁNEA

Mientras ocurría todo esto en el puerto de Alejandría despidiendo al viajero hacia Palestina, tres de los excautivos del viejo Castillo habían llevado bolsos de provisiones y cantarillos de agua, y se habían aventurado por los tortuosos corredores de lo que ellos llamaban la “ciudad subterránea” recientemente descubierta.
Dionisio de Caria había sido el iniciador del arriesgado viaje.
—De todos modos –decía a sus compañeros–, no tenemos nada que perder, ni hay tampoco nadie que nos llore si morimos. Me urge saber dónde termina este endiablado camino bajo tierra.
Encontraron en varias encrucijadas que formaban plazoletas, pozos de agua dulce que podía sacarse con unos cubos de madera mediante una hábil combinación de poleas sostenidas por fuertes caballetes de madera y piedra.
Llevaron la cuenta de que durmieron cinco noches y caminaron cinco días sin encontrar salida al exterior, y solo dándose cuenta del día y de la noche por la luz que entraba a través de luceras y claraboyas. Caminaban solamente por el túnel central, sin atreverse a distraer tiempo y fuerzas en registrar los caminos travesaños que eran innumerables. A la tarde del sexto día vieron frente a ellos un disco luminoso por donde penetraba la dorada luz como un velo de oro.
—¡Por fin!… ¡Por fin!… –exclamaron los tres al mismo tiempo. Llegados al disco de luz, vieron que daba sobre un hermoso lago, y esta salida estaba hábilmente disimulada entre dos salientes de la roca negra y lustrosa de unos enormes peñascos donde crecían pinos, encinas enanas y viñas silvestres.
Extranjeros en esta tierra, los tres exploradores ignoraban en qué sitio veían de nuevo la naturaleza viva que les brindaba sus encantos. Pero tú y yo, lector amigo, podemos saber que habían llegado al Oasis de Baharije a la margen oriental de su hermoso lago, en cuya ribera norte se encontraba la cabaña de piedra donde años atrás Agades y Matheo, contemplaban reflejarse las estrellas como planchuelas de oro en sus aguas límpidas y serenas.
Costeando el lago llegaron a poco andar a la casita de piedra donde encontraron una mujer de edad madura, fuerte y vigorosa que partía leña para su fuego.
—Que la paz sea en esta casa –dijeron los tres.
—Y en vuestra vida, señores –contestó amablemente la mujer.
—Si nos permites descansar sobre este banco –dijo Dionisio de Caria–.
Que es grande nuestra fatiga.
—Sentaos, sentaos, y tomaréis leche de mis cabras, con miel de mis col-
menas –contestó la buena mujer que demostró ser muy hospitalaria.
Durante la conversación, ella supo que venían a pie desde Alejandría, y ellos supieron que ella se llamaba Alihosa y era la ama de casa que tenía Filón de Alejandría, que al morir le dejó en herencia la cabaña de piedra con cuanto había en ella.
Y cuando le comunicaron que vivían con Zebeo de Palestina, que tenía Escuela, Talleres y Refugio de ancianos y huérfanos, la buena mujer se conmovió profundamente, pues en el tiempo que Zebeo permaneció al lado y en contacto con su amo Filón, ella le había tomado cariño por la dulzura de su carácter, igualmente que a Matheo que antes de partir le dejó un hermoso manto como recuerdo suyo.
—En esta cabaña estuvo él mucho tiempo –continuó diciéndoles Alihosa–, y en la alcoba de mi amo vivió sus horas largas de soledad y de tristeza. Se fue hacia el sur con mi hermano Al-Iacud y mi sobrina Agades, a quien Matheo curó de la parálisis. Y yo les espero aquí porque en sueños he visto su vuelta a esta cabaña.
Les hizo entrar en la gran cocina donde ardía el fuego y se condimentaba la cena, y pidió tantas noticias del estudiante Zebeo, como ella decía, que los viajeros se vieron obligados a satisfacerla mientras bebían los tazones de leche y miel, que la buena mujer les había brindado.
Tres días descansaron en la gran alcoba que fuera reposo del maestro Filón y también de Matheo. Y demostraron haber aprendido bien las lecciones de amor fraterno que oyeron de los labios del Apóstol Zebeo, pues pagaron el buen hospedaje de la hospitalaria Alihosa dejándole en su cocina una gran pila de leña, cuidadosamente acondicionada para su fuego hogareño.
Y a fin de que Alihosa no se apercibiera que no salían por el camino
usado por todos los viajeros, dejaron la cabaña antes del amanecer.
La buena mujer les había llenado los bolsos de provisiones, y ellos mismos se habían provisto de buenas piezas de cacería que allí abundaban: conejos, patos silvestres y peces del lago.
Le dejaron escrito con brea sobre una piedra de la cerca del Lago, los nombres de los tres y el lugar donde vivían: Dionisio de Caria – Marcelo de Ostia – Livio de Marsella. Isla del Lago Merik.
Y un pequeño bolso con monedas de plata.
No olvidaron llevar un cantarillo de brea de la gran tinaja que tenía Alihosa para curar la techumbre cuando la lluvia penetraba, y a la amarillenta luz de la luna menguante que aparecía hasta cerca del amanecer, se dirigieron silenciosamente a la entrada del túnel por donde habían
venido. Por una acertada precaución amontonaron troncos y piedras que desde adentro hicieron rodar en forma de dejar más disimulada aquella salida.
Cuando pasaron diez días de su salida del Castillo, Zebeo y los demás que conocían la excursión emprendida, comenzaron a alarmarse por la tardanza creyéndolos perdidos en la ciudad subterránea. Los otros cinco de los excautivos que conocían bien la capacidad, el arrojo y la fuerza física de los tres exploradores, acabaron por infundir calma a los demás. El Apóstol Zebeo en su meditación repetía la plegaria oída de su Maestro: ¡Señor!… ¡Que yo no pierda ninguna de las almas que Tú has puesto en mi camino!
Muy gozosos los excursionistas habían tomado acertadas disposiciones. Fueron marcando con brea los caminos travesaños que se les iban presentando, comenzando por el número uno que encontraron a trescientos pasos de la entrada.
A la vez iban marcando con punzón en un pergamino el croquis de todos aquellos caminos que se bifurcaban del túnel central.
—Por vía de observación empezaron por el sendero número uno que se dirigía hacia oriente. Y a poco andar, una cavidad enorme les cortó el paso. En ella había grandes estanques llenos el uno de carbón, otro de azufre, otro de betún, y colgados de los muros, rollos de sogas de esparto, alambres de cobre, hachones de cáñamo, flechas y lanzas.
Y dentro de un arcón de madera de encina, una porción de hachas y puñales de diversas formas, tamaños y estilos. Era aquello un depósito de material de guerra o de defensa para caso de ataque por la cercana puerta de salida. Volvieron hacia el túnel central y continuaron grabando sobre el muro: número dos, tres y hasta veinte donde se abría un nuevo camino.
Y en el pergamino iba apareciendo a la vez un excelente croquis, para poder orientarse en adelante y hacer más minuciosas exploraciones de los senderos travesaños de aquella grandiosa ciudad subterránea.
En el camino que marcaron con el número ocho encontraron que a diez brazas de la entrada tenía una pequeña puerta de barrotes de hierro. Entraron por un callejón estrecho en el que había dos bancos de piedra, y más adelante otra puerta igual que daba a una gran cavidad redonda que a primera vista delataba lo que ella era: un presidio o cámara de torturas. Había látigos de alambre, mordazas, cepos de diversos tamaños, una horca, cadenas y argollas empotradas en la muralla y en un rincón una profunda cisterna cuyo fondo no se veía, pero que dejaba percibir el rumor de una corriente de agua poderosa.
Allí debían arrojarse los cadáveres de los que eran ajusticiados.
Los tres exploradores dieron marcha atrás y volvieron al túnel central.
Estaban exhaustos y en la primera plazoleta que se les presentó se sentaron a descansar y a comer. Allí refrescaron el alma recordando a la buena Alihosa que les había obsequiado con tan buenas provisiones.
—Con razón el Egipto y sus Faraones –decía Livio de Marsella–, han
pasado a la historia con relieves de leyenda fantástica y pavorosa.
—Por eso incitaba la codicia de todos los ambiciosos del mundo
–respondía Dionisio.
—Son el demonio para mantener secretos escondrijos –añadió Marcelo de Ostia–, y debido a eso ha subsistido su inmenso poderío durante tantos siglos.
Poco podrían caminar ya, pues observaban que iba acentuándose la oscuridad y buscaron en una de las salas de esa plazoleta comodidad para pasar la noche. Encontraron un cuartucho lleno de fibra de palmeras casi hasta la techumbre.
Es el material para colchonetas propio de la región y allí pasaron la noche.
Y en esta forma hicieron el viaje de regreso que les tomó siete días por las excursiones que hicieran hacía los senderos travesaños. Notaron que las habitaciones eran mejores a medida que se acercaban al Templo del Lago Merik.
Y en los senderos diecinueve y veinte que eran los más inmediatos a la cripta de entrada que estaba ubicada bajo el pavimento del Templo mismo, encontraron en el de la derecha un Templo pequeño pero todo de granito rosado, con las columnas que terminaban en capiteles de oricalco en forma de lotos. Una enorme lámpara de plata pendía de la techumbre justamente en lo alto de un hermoso grupo de mármol blanco: una Isis sentada con el velo a la espalda y en su regazo el pequeño Horus al cual Isis-madre le sonreía mientras Osiris, el padre, de pie a su derecha, apoyaba la diestra sobre un cofre o arca en que Isis descansaba la espalda. Aquel cofre tenía su tapa de oricalco dentro del cual aparecían varios rollos de pergamino entre tubos de plata con estas inscripciones grabadas al exterior:
“Libro de los muertos” – “Libro de los números” – “El mandato de
los astros”
Aquel hermoso grupo de mármol blanco encerraba todo el simbolismo secreto y profundo de la más antigua sabiduría de los hierofantes egipcios: La Triada Divina que equivale a la Trinidad de la Teología Cristiana, o sea la Potencia Activa, la Pasiva y ambos dando vida al Amor Eterno del cual surge la Creación Universal.
En las columnas aparecían grabados los Números desde el uno hasta el cero. Las columnas eran diez.
Detrás y a los lados del pequeño templo se veían cámaras de regular
dimensión, con alcobas al fondo divididas con el muro que formaba un arco. Debían ser habitaciones para los sacerdotes, pues había dos salas de baño, comedor y en la plazoleta un pozo de agua. Contaron veinte cámaras iguales con su alcoba con el estrado al fondo, y en la parte delantera una mesa y sillón de piedra negra, una gran alacena excavada en el muro y un candelabro de mármol sobre la mesa.
En el camino de la izquierda o sea el número veinte fue una sorpresa mayor para los excursionistas.
A los doscientos pasos de la entrada estaba una enorme puerta que ocupaba todo el ancho del camino, y tenía en su parte superior un postiguillo pequeño para que los ojos pudieran mirar al exterior. Al abrir la puerta producía un sonido metálico que hería los oídos y producía una fuerte sensación de alarma.
—¡Oh! –exclamó Dionisio–. Esto debe estar destinado para su divinidad el Faraón.
Todo lo indicaba así. Allí todo era mármol y pórfido, oricalco y plata.
La Sala del Juicio en primer término con un trono de pórfido que brillaba como sangre fresca sobre el blanco mármol de los muros, y sobre el cual pendía de gruesas cadenas de plata la tiara triple de los Faraones que significaba soberanía del Bajo Egipto, soberanía del Alto Egipto y la serpiente de oro y esmeraldas enroscada en la parte inferior que se ajusta a la cabecera y que significa soberanía divina: El Faraón, hijo de los Dioses.
—¡Y con tantas soberanías se hundieron todos en el polvo! –exclamó Livio de Marsella subiendo las gradas del trono y sentándose en él, que era tan grande que podía darles asiento a ellos tres.
—Venid, venid, seamos Faraones de Egipto por unos momentos –les dijo a sus compañeros, que tenían más prisa de llegar a la Aldea que deseos de subir aquel graderío. Miraron rápidamente por los alrededores de aquella sala y era todo como un palacio subterráneo de extraordinaria riqueza. La alcoba de su majestad, mármoles rosados y oricalco, luceras de cristal de roca o cuarzo pulido en finas facetas que brillaban como espejos a la luz de las antorchas.
El lecho era un estrado de brillante pórfido con altos relieves de oricalco, y en el muro al exterior hornacinas profundas para los guardias que velarían el sueño de su majestad.
Comedores, salas de baño, con estanques de mármol, alcobas innumerables de mayor o menor lujo, salas de música y de danza, y al final pabellones para la numerosa servidumbre.
El ansia de llegar por fin a la Aldea no les permitió detenerse en más
observaciones. Sólo habían examinado ligeramente el camino de los
calabozos, el del Templo y el de la Cámara Real. Les faltaban dieciocho caminos para explorar. ¿Que habría en todos ellos?
Salieron por fin a la pavorosa cripta del Templo y buscaron sus alcobas particulares. Estaban rendidos por la fatiga y por la escasez de alimentos.
Los compañeros estaban entre las hortalizas o en los talleres o en las aulas. Narciso que reemplazaba a Leandro en su ausencia, daba clase a los alumnos más adelantados.
La inadvertida presencia de los exploradores fue una agradable sorpresa que pronto llegó hasta Zebeo, padre espiritual de toda aquella numerosa familia.
Era la mitad de la tarde y antes de ser llamados a la cena, el Apóstol reunió en el Oratorio a sus treinta y tres como él los llamaba, aunque faltaba uno que fue a Palestina con el mensaje de amor enviado por él.
Debían presentar al Divino Maestro su homenaje de agradecimiento porque estaban reunidos de nuevo en su Nombre, dispuestos a continuar la tarea emprendida.
En aquel humilde oratorio y a puertas cerradas, explicaron los excursionistas cuanto habían descubierto en su larga andanza de dieciséis días.
Por un acuerdo común la asamblea les autorizó a los tres o sea Dionisio de Caria, Marcelo de Ostia y Livio de Marsella, a continuar las exploraciones, tomar las anotaciones convenientes y perfeccionar los croquis esbozados ligeramente, con el fin de utilizar aquellos grandes subterráneos si fuera necesario en el futuro.

29
EN PALESTINA

Al cambiar de escenario, el lector sentirá acaso un choque brusco y penoso. Las brisas suaves de amor y fraternidad que hemos respirado junto al Apóstol Zebeo, no serán ciertamente las que nos reciban en la vieja Palestina, aunque ella fue tan elogiosamente llamada “Tierra de Promisión”, que es como decir tierra de dulces promesas y de santa esperanza.
Siguiendo a Leandro de Caria, el sacerdote de Osiris, convertido en discípulo de Cristo, y enviado con epístolas de Zebeo, haremos nuestra silenciosa entrada a esa tierra de profetas que eligió el Hijo de Dios para encarnar en ella, encender en ella el fuego sagrado de su amor eterno y morir sacrificado, allí mismo donde vació todas las ternuras de su corazón de hombre.
La Judea era la principal provincia de Palestina en razón de que en su capital, Jerusalén, se encontraba el Templo, centro a donde convergía el pensamiento de todo israelita Y en el Templo, el Sanhedrín, la suprema autoridad de la nación. Allí estaba también la autoridad civil representante de Roma de la cual Palestina era tributaria.
Desde el sacrificio de Cristo, Judea y gran parte de la llamada Tierra de Promisión fue un verdadero polvorín que explotaba a cada instante y por las más insignificantes circunstancias.
El Gran Colegio, establecimiento docente, el más importante del país, había llegado a una decadencia completa en cuanto a los elementos de verdadero valor intelectual.
Allí no estaba ya la sabia prudencia de Hillel, ni el elevado miraje de
José de Arimathea, Nicodemus y Gamaliel.
El Sanhedrín respondiendo siempre al estrecho y mezquino espíritu de Hanán, entre cuyos familiares íntimos estuvo siempre el Pontificado durante casi cuarenta años, cerraba cada vez más el círculo estrecho de sus intolerancias dogmáticas y de prejuicios arcaicos, basados en ordenanzas y prescripciones disciplinarias creadas en distintas épocas y que nada tenían que ver con Moisés a quien maliciosamente las atribuían, dándoles así el prestigio necesario para atemorizar a un pueblo ignorante e incapaz en absoluto de un razonamiento lógico y de un análisis profundo.
Debido a esto, los apóstoles que más sufrieron las consecuencias de este estado de cosas fueron los cuatro que eligieron la Judea para desenvolver en ella sus actividades. Y ellos fueron como dijimos antes, Pedro, Andrés, Santiago y Matías.
Varias veces el Sanhedrín les hizo conocer los calabozos de la Torre Antonia o de la Fortaleza de la Puerta de Jaffa. Pero en ambas estaban aún al frente de las guarniciones que guardan el orden, aquellos dos Tribunos militares amigos del Profeta Nazareno; el que fue curado por Él de sus graves heridas en el Circo de Jericó, y el padre de Paulo Cayo, el joven leproso curado también por el Profeta. Y a esto se debió que en distintas oportunidades los Apóstoles encarcelados a la mañana por la noche salían libres, sin que el Sanhedrín pudiera explicarse el hecho que comenzó a atribuir a fuerzas demoníacas que ellos llamaban magia.
Esto dio origen a que el Sanhedrín comprase con oro la voluntad de Herodes Agripa, nieto de Herodes el Idumeo, el perseguidor de YhasuaNiño, como recordará el lector. Este Rey, digno nieto de su abuelo en lo cruel y arbitrario, fue dócil instrumento del Sanhedrín que autorizó la lapidación del diácono Esteban que en un valiente discurso les echó en cara la muerte del Mesías anunciado por los Profetas y les recordó la profecía de Moisés en su última hora en Monte Nebo: “El pueblo de Israel, infiel a Dios, será esparcido a los cuatro vientos del cielo”.
Y sin esperar la sanción del gobierno romano representante del César, le arrastraron fuera de la ciudad y le mataron a pedradas. El oro del Templo vaciado a las arcas de Herodes Agripa cubría estas extralimitaciones en los poderes del Sanhedrín.
El Gobernador Marcelo de Pozzuoli que sucedió a Pilatos se mostró complaciente con las exigencias del Sanhedrín, quizá temeroso de caer en desgracia como su antecesor a causa de la dura resistencia que les opuso en muchas oportunidades.
La muerte de Esteban fue la clarinada de alarma para los discípulos de Yhasua, y muchos de ellos emigraron a la otra ribera del Jordán a los dominios del Scheiff Ilderín, a Damasco, a Palmira, a Ribla por el norte, mientras otros partían hacia Alejandría y Cirenaica siguiendo los pasos del Hack-Ben Faqui, de Matheo y de Zebeo. Otros se dirigieron a Antioquía, teniendo como dirigente a Halevi, el amigo de Yhasua adolescente, en su viaje a Ribla. Halevi que fue después llamado Bernabé.
Esta dispersión produjo la divulgación rápida de la “buena nueva”, como ellos llamaban en su lenguaje simbólico, a fin de no ser comprendidos por los enemigos.
El Apóstol Santiago fue víctima de su firmeza en divulgar la doctrina del Maestro en la Judea que voluntariamente eligió para desarrollar allí su misión. Se preparó para ello durante seis meses haciendo vida de anacoreta en la Gruta de Jeremías, a donde su Maestro concurría a veces cuando deseaba realizar trabajos espirituales muy delicados, tales como desdoblamientos de su personalidad para transportarse en espíritu a largas distancias.
Trabajos que exigen un silencio y quietud absolutos.
Su apostolado duró breves años y como eligiera los pórticos del Templo de Jerusalén, o los pórticos del Gran Colegio para propagar el Mesianismo del Profeta Nazareno y el crimen horrendo del Sanhedrín al condenar a muerte al Hijo de Dios, al Verbo encarnado, pronto el Sanhedrín le mandó callar con la amenaza de ponerle en presidio si no acataba la orden. Entonces comenzó a hablar en las Sinagogas más concurridas de Jerusalén y sobre todo en las de Nehemías y en la de Zorobabel, donde su Maestro había sido acogido con tan grande amor y veneración.
José de Arimathea y Nicodemus, ambos retirados a sus castillos de las tierras natales, eran la voz serena que calmaba los ardorosos fuegos de los que imprudentemente se lanzaban a pecho descubierto contra las flechas enemigas.
—¿Qué haréis con caer en presidio o morir en el comienzo apenas
de vuestro apostolado? –les decían–. Nuestro Divino Guía no os dijo:
“Marchad a la muerte por mí” sino “Id a derramar mi doctrina del amor fraterno por todas las naciones de la Tierra”.
“¿No habéis visto como Él durante treinta años ocultó cuanto pudo su augusta identidad, y fue a países lejanos que le ponían fuera de la zona de peligro, diciendo siempre que aún no era su hora de morir? Por eso se esquivaba de la muerte”.
Estas confidencias las tenían en la ignorada Gruta de Jeremías o en las Tumbas de los Reyes, o en el panteón de David, lugares que quedaban fuera de los muros de Jerusalén. Y las realizaban los sábados a la segunda hora de la noche.
La inmensa casona llamada Palacio Henadad que era la vivienda, hospedaje y refugio de los discípulos del Cristo en la ciudad de los Reyes, estuvo siempre vigilada desde los días trágicos de su muerte. Era un confortable y tranquilo hogar para todos los que no lo tenían. Era asilo de la ancianidad desvalida, de los huérfanos sin techo ni pan, era hospicio para los enfermos.
Y el vigilante anciano Simónides cuidaba de que allí, de nada careciesen los súbditos del soberano Rey de Israel, que debían llevar hasta los confines de la tierra, el resplandor divino de su realeza. Tal era la orden que tenía de su amo, que era a la vez su hijo, el Príncipe Judá.
El Palacio de Ithamar era como una oficina central de la vasta red tendida por la Santa Alianza en todos los pueblos de Palestina, Siria, Arabia e Idumea. Era invulnerable para el Sanhedrín. No podía atacarlo porque tenía en su frontispicio este nombre: Quintus Arrius.
Pero vigilaba quienes entraban y salían.
De tanto en tanto, Simónides enviaba a las Guarniciones de la Torre Antonia y de la Fortaleza de la Puerta de Jaffa, cántaros de los mejores vinos de los viñedos de Ithamar en Hebrón, en Jericó, en Joppe y Anatot. Mientras que los Tribunos militares de ambas fortalezas recibían de año en año algún cofrecillo con barrillas de oro o finas alhajas para sus esposas. Y siempre acompañados de una frase más o menos como esta: “Los amigos del Profeta Nazareno agradecidos a sus protectores”.
Y el sagaz anciano decía en secreto, de oído en oído:
—No es muriendo como serviremos a nuestro Rey sino viviendo una vida justa, recta, intachable. Porque más que las palabras enseña el ejemplo.
No insultando, no agraviando, no echando en cara el crimen sacrílego, que con palabras no lavaremos la sangre de nuestro Divino Mártir.
Tal era la política de anciano Simónides.
En todos resplandecía el amor, el inmortal amor al Divino Maestro;
pero cada cual lo demostraba a su manera y lo encauzaba por un camino
diferente según su modo de ver, según su temperamento, y los vuelos más o menos audaces y atrevidos de sus anhelos y sentimientos.
Varias de las Sinagogas en que Pedro, Andrés, Santiago y Matías proclamaban el divino Mesianismo del Profeta Nazareno, y la criminal injusticia de su muerte, fueron clausuradas por el Sanhedrín, y en ordenanzas de esta naturaleza el gobierno romano nunca intervenía. Las cuestiones religiosas estaban reservadas a la autoridad religiosa de la nación Israelita.
Llegada tal situación, Pedro y Andrés habían marchado al Puerto de Joppe. Matías bajó al sur y quedó en Beerseba donde tenía parientes y una pequeña propiedad heredada de sus mayores. Lejos de Jerusalén asesina del Justo, pero siempre en Judea, continuarían enseñando en su nombre la doctrina del amor fraterno como única Ley dictada por Él.
El Apóstol Santiago quedó en Jerusalén y asumió la dirección de los discípulos residentes en dicha ciudad.
Desde la Gruta de Jeremías su residencia habitual acudía a Jerusalén todos los sábados y unas veces en la gradería que daba acceso al Hípico, o en la plazoleta delantera de los grandes palacios como el Paselus, el Asmoneo, el de Monte Sión, o a la entrada del gran Mercado de la puerta de Jaffa, subido a una cátedra portátil fustigaba duramente a los asesinos del Enviado Divino, del Mesías anunciado por los Profetas, del Salvador del mundo, el cual traía el eterno mensaje de amor, de dicha y de paz que el Padre le había encomendado. Un fuego divino parecía abrazarle y con tal fuerza se irradiaba de su voz, de su mirada, de toda su persona que una sugestión colectiva se apoderaba de quienes le escuchaban y empezó a darse el caso de curaciones bien manifestadas entre los oyentes. Esto aumentó el concurso de gentes hasta provocar nuevas alarmas del Sanhedrín, que reclamó la fuerza pública para disolver a las muchedumbres. Más, los soldados romanos comprados por las generosidades de Simónides, paseaban mansamente en torno a los oyentes del Apóstol Santiago aconsejándoles suavemente irse a sus casas, pero dando lugar a que el orador terminara sus discursos y con su humilde cátedra al hombro se marchase tranquilo y satisfecho de haber cumplido con su deber.
Y un buen día, dos jueces del Sanhedrín con una docena de soldados del Rey Herodes Agripa, se llegaron cautelosamente a la cátedra del Apóstol, le tomaron prisionero juntamente con los íntimos suyos que quisieron defenderle, y les llevaron a la cripta del Templo, donde les degollaron como a indefensos corderos.
La voz de la oscura tradición de aquellos primeros años sólo anuncia la muerte del Apóstol Santiago como el primer mártir del Colegio Apostólico; pero fueron diecisiete los asesinados juntamente con él.
Entre ellos estaban tres de los Diáconos compañeros de Esteban: Prócoro, Timón y Parmenas.
Este último era el esposo de aquella niña sonámbula prodigiosa que escribía terribles sentencias en el velo del Templo, en el pavimento, en las cubiertas de lino de los altares: Rhoda.
El lector debe recordarla con ternura y devoción. Era un cactus de oro en la ruda aspereza de aquella hora. Era una dulce tórtola de místico arrullo. Era la suave madreselva que enredaba los corazones unos con otro y que tornaba las divergencias en salmos de piedad y de perdones eternos…
Y cuando supo la terrible noticia, sin un grito, sin una queja, sin entregarse a inútiles lamentaciones, buscó entre las mujeres que vivían con ella en el palacio Henadad, dieciséis mujeres que la acompañasen a postrarse a la salida de la cripta del templo por donde se sacaban los cadáveres para ser arrojados a la cisterna del muladar. Cada una llevaba un sudario nuevo y el ánfora de los perfumes para ungir los cadáveres según la costumbre.
Rhoda que había crecido y vivido en los claustros del Templo conocía bien todas las formas de obrar del Sanhedrín en casos como el presente. Era pasada la media noche cuando la puerta de la cripta que daba salida hacia los barrancos de la meseta del Monte Moria en que se asentaba el Templo, se abrió con los duros chirridos de sus goznes enmohecidos y comenzaron a arrojar desde adentro, como se arroja un saco de basuras, los diecisiete cadáveres de los ajusticiados esa noche.
El grupo de mujeres veladas formó círculo en torno a los amados restos tan inhumanamente tratados.
Y Rhoda con su dulce voz que temblaba dijo a los esbirros:
—Soy la esposa de uno de los muertos, y estas compañeras son madres, hermanas, hijas y esposas de los demás. Si sabéis lo que es el amor de una esposa, de una madre, de una hija, dejadnos cargar con lo único que nos queda de todo esto que fue nuestra vida y nuestro amor.
El siniestro personaje que hacía de jefe de la macabra tragedia, le contestó:
—Haced lo que queráis con ellos. Creo que siendo bien muertos no falto a mi deber entregándolos a vosotras, en vez de arrojarles yo mismo a la cisterna del muladar.
—Gracias. Que Dios os dé la paz –fue la contestación de Rhoda.
La puerta de la cripta se cerró y ahogados sollozos estremecieron las espinosas ramas de los zarzales y cardos silvestres, única vegetación que crecía entre la aridez de los barrancos resecos. Aquel doliente grupo de mujeres había caído de rodillas, formando círculo a los cadáveres que brutalmente arrojados, estaban unos encima de otros y con las ropas
enrojecidas de sangre. Todos tenían el cuello abierto de una feroz cuchillada.
Rhoda encendió una antorcha y la levantó en alto tres veces. Al punto salieron de los resecos matorrales un grupo de hombres con diecisiete parihuelas.
A la luz de las antorchas fueron buscando entre aquellos rostros ensangrentados cada cual al amado ser por el cual había venido.
Dejamos que con piadosa serenidad imagine el lector la dolorosa escena aquella, entre barrancos y espinosos zarzales, a la sola claridad de las estrellas que alumbraban débilmente el poderoso escenario.
Cada cual identificó al mártir que buscaba, y la fúnebre procesión inició su marcha a la sombra de los murallones de la Torre Antonia, anexa, como se sabe al Templo. Era la misma oscura callejuela por donde años atrás fueron sacados del calabozo la madre y la hermana del Príncipe Judá, simulando ser cadáveres que iban a ser arrojados a la cisterna del muladar.
La evocación silenciosa al Divino Maestro debió ser intensa y viva en todas aquellas almas, que lloraban un ser querido tan cruelmente asesinado.
Y no bien anduvieron los primeros pasos, una radiante silueta humana descendió en medio del fúnebre cortejo, haciéndoles sentir el suavísimo efluvio divino tan conocido y familiar para todos.
Una misma frase surgió a media voz en todos los labios.
—¡Maestro!… ¡Maestro! ¡Ten piedad de todos nosotros!
La radiante silueta luminosa los acompañó hasta el pórtico del Palacio Henadad, donde por fin se desvaneció como una suave niebla que se esfuma a la salida del sol.
El pórtico estaba profusamente iluminado y muchas voces temblorosas iniciaron el canto del Miserere.
En aquel gran cenáculo donde el Divino Maestro celebró la última cena y se despidió de todos los suyos para ir a la muerte, fueron depositados los diecisiete cadáveres para ser lavados y ungidos conforme a los rituales de práctica.
Y a la media noche siguiente fueron conducidos silenciosamente al humilde cementerio que Simónides había hecho construir en la que fuera la trágica montaña del Gólgota.
Allí había muerto el Señor, y allí iban a descansar los despojos humanos de los que tanto le habían amado hasta morir por Él.
¡PAX! –Decía el pequeño obelisco de mármol blanco colocado en el sitio mismo que ocupó la cruz del Redentor; y “PAZ” decimos nosotros sobre el santo recuerdo de estos primeros mártires del Ideal divino del Cristo.

30
EL MENSAJERO DE ZEBEO

La llegada de Leandro de Caria al puerto de Joppe a bordo de la galera Ithamar, fue un hermoso acontecimiento y un bálsamo de paz y de amor para los amigos de Yhasua, residentes entre el terror y espanto de la desventurada Judea.
El sacerdote de Osiris que sólo llevaba un año de haber escapado al tremendo rigorismo de las leyes del Templo y que rápidamente se aclimató a las suaves ternezas de la nueva ideología, se encontró desanimado y abatido al conocer con detalles la penosa situación de los hermanos de ideales del buen maestro Zebeo, como él le llamaba.
Era como salir de un nido de pluma y seda para caer en una covacha de basiliscos.
Pensó si venía a aquella tierra para encontrarse con la muerte, ahora que le había sido devuelta su única hija, la hija de Livia, la dulce y mística Tabita, que era como un manojo de lirios sobre un altar.
—¡Dios de Zebeo!… ¡Dios del amor, de la paz y la dicha de los hombres! –exclamó desde el fondo del alma–. ¡Defiéndeme de la maldad humana porque ahora amo la vida que me diste, para vivirla junto a ella, bebiendo en la luz de sus ojos, en la cadencia de su voz, en la suavidad de toda su persona, aquellos días felices de mi lejana juventud al lado de Livia, único amor de mi vida!
Marcos y Ana le recibieron afablemente. Los jóvenes árabes Ahmed y Osman, amigos de Zebeo, desde la misión del Divino Maestro en Damasco, lo acosaron a preguntas sobre los últimos días del Príncipe Melchor y del Maestro Filón; y sobre el amigo inolvidable, el dulce Zebeo que en la posada damascena “Ánfora de plata” tuvieron con ellos tan íntimas confidencias.
Y Leandro de Caria les esbozó la personalidad y la obra de Zebeo con tan vivos coloridos, que al terminar su minucioso relato, los oyentes se miraron unos a otros y un tanto perplejos decían:
—Demostraba ser el más tímido y menos capaz de los discípulos de Cristo y ¡con qué prudencia y sabiduría ha sabido dar realidad a los pensamientos sublimes del gran Maestro!
—Señor Gerente –decía Osman a Marcos–. ¿No sería razonable dar
un vuelo desde Joppe a la Aldea de los Esclavos?
—Claro está que sería razonable, pero no sé si sería justo –contestó Marcos–. El Príncipe Judá y su representante Simónides, nos han colmado a vosotros y a mí, de toda suerte de bienes y mucho temo no poder
encontrar justicia en abandonar puestos que hemos gozado ampliamente durante tantos años.
—Es verdad –afirmaba Ahmed–. Tendría que ser una circunstancia de fuerza mayor que nos obligara a salir de aquí. ¡Judea huele a sangre y a fuego desde hace años!
—Y hoy por hoy –decía Leandro de Caria–, las orillas del Nilo huelen a flores de loto, a junquillos y madreselvas en flor.
“Traigo epístolas del maestro Zebeo para sus íntimos de Palestina, y sé que en todas ellas los invita a compartir con él la paz y la dicha que ha encontrado lejos de la tierra natal.
—Ya veremos –dijo pensativo Marcos–. Por ahora, lo primero que haremos será presentarte al anciano Simónides, que es aquí jefe supremo de esta cruzada heroica en cuanto a la situación material de todos.
—Mi única misión en este país –dijo Leandro–, se reduce a entregar en mano propia las epístolas que traigo, y espero tengas a bien facilitarme los medios de hacerlo tan pronto como sea posible. Tengo prisa de volver. Estos aires me ahogan y voy dando tumbos como si una penosa asfixia aplastara todo mi ser.
“¡Oh, nuestra Aldea de los Esclavos! –exclamó–. Allí canta el amor en todos los tonos y hace florecer hasta las ruinas.
—Ahmed –dijo Marcos–, conviene que pidas a tu esposa que os sirva la comida lo más pronto posible, y mientras prepara los caballos y acompaña a este hermano hasta Jerusalén.
—Convendría saber dónde viven los destinatarios de las epístolas que
a de entregar –observó Ahmed.
Leandro sacó su carpeta de bolsillo y dijo mirando las cubiertas:
—Una para el Apóstol Pedro, otra para el Apóstol Juan, y la tercera para la augusta Madre del Profeta Mártir.
—Bien. Tú, Ahmed, acompañarás a este amigo hasta que haya terminado su encargue en nuestra tierra, cuidando de que él se confíe sólo en quienes son de verdad nuestros. Tú conoces bien el campo que pisamos.
—Descuida, señor Gerente, que sabré cumplir tu mandato.
—Pedro está en Antioquía. Quien está aquí es su hermano Andrés, que pronto irá a reunirse con él, según creo. Ningún conducto más seguro que ese para hacerle llegar la epístola a Pedro.
Pocas horas después el viajero se encontraba en el palacio de Ithamar, tan conocido de nuestro lector y el cual evocará los más bellos y tiernos recuerdos. Siguiendo las indicaciones de Zebeo y después de Marcos, Leandro confió ampliamente en el noble anciano dándole todas las informaciones que él le pidió.
—No podía nuestro Soberano Rey inmortal dejar rota la cadena espiritual que unía esta desventurada Judea con la tierra de Melchor
y de Filón. Y tú, hermano Leandro, me traes de nuevo el eslabón de unión que en este caso es el buen Zebeo, el dulce Nathaniel, de quien nuestro Rey decía que era un israelita sin doblez en su corazón.
—Nunca le conocí por Nathaniel –dijo extrañado Leandro.
—¡Oh!…, es que tú no conoces lo antojadizo y económicos que somos los de esta tierra. Ahorramos hasta las palabras y las letras. Tu maestro, a quien veo que mucho amas, es Zebeo de Edihta, ciudad galilea, y su padre se llamó Nathaniel. Es costumbre aquí para distinguir a un individuo de otros que lleven su mismo nombre, decir, por ejemplo Zebeo hijo de Nathaniel, pero a veces, para economizar sílabas, al andar del tiempo viene a quedar en Zebeo Nathaniel… o Nathaniel solamente.
¡Oh, amigo! En las tierras de Salomón somos muy originales y a veces
también muy malvados y criminales. Que no te espante mi franqueza,
¿eh?, pero ante todo debemos confesar la verdad.
—Malvados hay en todas las latitudes –contestóle Leandro–, y no creas que la maldad humana sea cosa desconocida para mí. ¡Tengo cuarenta y cinco años de edad y siento dentro de mí como si tuviera setenta! ¡Tanto y tanto he padecido en mi vida! Al maestro Zebeo le debo el conocer unas migajas de felicidad en la tarde de la vida.
—Y yo uniré mi esfuerzo a Zebeo para hacerte conocer otras más
–díjole el anciano, mirándole al fondo de los ojos en los cuales el inteligente viejo de ojos de lince, como decía el Divino Maestro, había encontrado lealtad, nobleza y una buena capacidad para desempeñar misiones de gran alcance y difíciles de realizar–. ¡Leandro de Caria!…, dime, ¿no tienes tú algo que ver con Cleon de Mileto? –le preguntó de pronto el anciano.
Leandro se sonrió ligeramente.
—Tengo mucho que ver, pues era mi padre.
—¡Por el patriarca Abraham! –exclamó Simónides, dando un golpe de puño en su mesa–. No se podían equivocar mis ojos aunque están viejos. En mis noventa y un años me conozco medio mundo, amigo, y muy pocas serían las fortunas de las costas mediterráneas que no hayan tenido que ver conmigo. Tu padre heredó el principado de Mileto y parte del Parnaso, ¿no es así?
—Es así –contestó Leandro–, pero esta parte hubo que cederla a un
hermano menor que se creía muerto y apareció después.
—Tú vienes de una familia de escultores y de músicos, y por tu padre conseguí esculturas finísimas de alabastro y de ónix para este palacio que fue saqueado por Valerio Graco hace años, y una colección de estatuas de mármol para un griego amante de la belleza que tenía su Castillo en Mágdalo de Galilea. Serías un chiquillo entonces. Yo, a mi vez, le proporcioné sedas de la India y alfombras de Persia para un grande que era su socio en Esmirna. Hemos hecho buenos negocios con
Cleon de Mileto, y si vive debe acordarse con satisfacción de Simónides de Antioquía, nombre con que él me conoció.
—Murió hace veintidós años –contestó Leandro, y su rostro se nubló
de tristeza por lo cual Simónides cambió de tema.
—Ya que hemos averiguado quiénes somos, tendrás a bien referirme todo lo relacionado con Zebeo, que es un hijo de nuestra tierra y a más uno de los íntimos de nuestro Rey y Señor, el que venció a la muerte y vive siempre en torno a los que lo amamos.
Y entre copa y copa de su vino de Hebrón, mejor, según Simónides, que el de Corinto y Chipre, escuchó la detallada relación de todo lo sucedido en Alejandría y en la Aldea de los Esclavos desde que Matheo y Zebeo habían llegado a tierra africana, hasta llegar al descubrimiento de la ciudad subterránea.
—Confianza has tenido y confianza te doy –dijo el anciano cuando Leandro terminó su relato–. Hemos llegado a un tiempo en que se cumple la palabra de un filósofo de tu tierra: “El hombre es un lobo para el hombre”, y los que no somos lobos debemos cuidarnos mucho de ellos. Le dirás a Zebeo de mi parte, que mantenga absoluto secreto de esa ciudad subterránea, porque muy pronto será necesaria para refugio de los que no somos lobos. El Príncipe Judá heredero del nombre y fortuna del príncipe Ithamar de Jerusalén, su padre, a quien yo administro y represento, me envió epístola desde el Lacio en la semana pasada y me refiere un importante descubrimiento hecho al reparar una antigua propiedad suya en Roma, que heredó con otras más de su padre adoptivo, Quintus Arrius. Está sobre la muralla de la puerta que da al Puente Sulpicio por el cual se pasa a los prados que han llamado jardines de César. En el fondo de un estanque o aljibe, han encontrado una rampa que lleva a una gran estancia subterránea por la cual se puede bajar al Tíber y salir al mar. En esa estancia, que contiene numerosos cubículos, como llaman los romanos a lo que nosotros llamamos excavaciones o cuevas, hay varios botes de salvamento y muebles y diversos utensilios de estilo actual, lo que hace suponer que eso no data de largo tiempo. Y como esa excavación llega hasta pasar por debajo de una casa edificada en un altiplano del Monte Aventino, anexo a la muralla occidental, Judá ha comprado esa casa a fin de asegurarse de que toda la extensión de la planta subterránea quede en propiedad suya. ¡Oh, amigo Leandro! Nuestro Rey inmortal vigila su grey desde su Reino Eterno y va proporcionando a los suyos los medios para no ser devorados por los lobos, si saben ser prudentes y hábiles para esquivarse de ellos. Yo no apruebo ese temerario valor que lleva a algunos a arrojarse a la boca del lobo. Supongamos que la Santa Alianza es el ejército de amor y de paz fundado por nuestro Divino Rey. Todo jefe de un ejército mira por la vida de sus soldados y no las arriesga así nomás, imprudentemente. Cada soldado
muerto es una fuerza menos. Yo pienso que los buenos súbditos de este Rey Celestial no son, precisamente los que se arrojan a las fauces del dragón, sino los que fortalecidos por su fe y amparados en la esperanza del triunfo cercano de su Ideal santo de fraternidad entre los hombres, hacen lo posible por no irritar a la bestia con exageradas manifestaciones exteriores que hacen notoria su existencia, en un mundo que hoy está dominado por la fuerza bruta. ¿Qué necesidad tenemos los amigos del Señor de hacer notar al enemigo que existimos y que somos una gran muchedumbre? Ellos tienen por hoy la fuerza y nos segarán como a los espigas de un trigal maduro.
—El maestro Zebeo piensa exactamente como tú, buen anciano, que aún conservas la clara inteligencia de los cuarenta años. Y en casi once años que lleva de activa labor en seguimiento del Divino Maestro, nadie le ha estorbado su camino hasta hoy.
—Pues aquí, hubo ya feroces matanzas que no dejan otro recuerdo que jóvenes viudas en desamparo, ancianos sin hijos, e hijos sin padre. Y el odio de los enemigos más y más rabioso, buscando nuevas víctimas para devorar. Nuestro apostolado, por ahora, debe ser, a mi juicio, silencioso y prudente, como lo han hecho los esenios desde que vino la dominación extranjera al país. Razón tuvo el gran Moisés de llamar de “dura cerviz” a nuestro pueblo que no escarmienta con las terribles lecciones de esclavitud y de sangre que recibió tantas veces. No ha sido bastante ser llevado cautivo en masa por dos veces a Babilonia, después de haberle degollado como a ovejas sus reyes, sus príncipes, sacerdotes y jefes militares. ¿Qué más necesita sufrir este pueblo para comprender cómo es necesario marchar en la hora actual y en todas las épocas de la vida, para no atraerse el odio y el furor de las fieras inconscientes que casi siempre dominan en este mundo? Algunos arguyen que nuestro Soberano Rey dio el ejemplo al arrostrar la muerte con un sereno valor pocas veces visto, ¡Oh, amigo mío! Es tan distinta la posición de Él ante este mundo y ante los cielos de Dios, que no admite comparación. Él vino a cambiar la faz espiritual y moral de la humanidad y el salir triunfante de la muerte y del pecado, era, a mi juicio, el precio con que Él conquistaba el eterno poder en su Reino donde es uno solo con el Padre, según sus propias palabras al despedirse de todos los suyos, en aquel inolvidable atardecer a orillas del Mar de Galilea… –la emoción quebró la voz del anciano en un sollozo contenido fuertemente y cambiando de tema añadió–: Ahora vamos a las caballerizas y veamos de elegir dos buenos caballos que os conduzcan a Galilea. Visitaréis a la Santa Madre del Señor y a Juan y Jaime que viven con ella. Espero que volváis aquí antes de tomar el barco que te lleve a Alejandría…
—Va a servirse la cena –anunció un criado en la puerta del despacho
del anciano.
—Bien, vamos allá. Aquí se viaja mejor de noche cuando el invierno se ha ido.
Y después de dar las órdenes necesarias para el viaje, el Anciano seguido de Leandro entró al gran Comedor del palacio de Ithamar, donde ya estaba su hija Sabad, que era el ama de casa, Ahmed, el joven árabe, y seis secretarios y escribas que tenían a su cargo los libros de la vasta red comercial que dirigía Simónides con noventa y un años de vida.
—¡Han pasado once años desde que Él partió a su Reino Eterno y aún no ha ocupado nadie ese lugar donde tantas veces estuvo Él sentado en este Cenáculo y ante esta misma mesa! –exclamó el anciano, mirando tristemente el sitio de honor de la mesa donde brillaba un hermoso jarrón de plata lleno de rosas encarnadas.
—Entre sus rosas de amor está Él, seguramente –le contestó Sabad
mientras servía a los comensales.
Y se hizo un suave silencio en el cual sólo se oía el ruido que producía la vajilla y los pasos de los criados que entraban y salían.

31
EN GALILEA

Entre el claroscuro del atardecer salían Leandro y Ahmed por el gran portón de las caballerizas que tan conocido es para el lector, apoyado en su bastón de encina el Anciano les despedía, luego de entregar a Ahmed un paquete cerrado y lacrado diciendo:
—Entrégalo a la Madre de nuestro Rey.
Antes de salir de Jerusalén quiso Ahmed hacerle conocer a Leandro los hermanos que vivían, desde años atrás, en el palacio Henadad, y para quienes Marcos le había dado mensajes de afecto y condolencia relacionada con la última desgracia ocurrida: “la caída de los diecisiete”, como dieron en llamar al cruel sacrificio del Apóstol Santiago y sus compañeros.
La desolada tristeza de aquella casa se percibía no bien ponía sus pies el visitante en el umbral de la puerta. Y Leandro se quedó inmóvil y mudo en el gran pórtico de entrada.
Hubo siempre dolor y tristeza en aquella casa desde la noche terrible de la prisión del Señor. Y ahora, con motivo del trágico suceso que puso punto final al ardiente apostolado de Stéfanos y Santiago se había intensificado nuevamente. Allí quedaban madres, esposas e hijos, de los asesinados en las criptas del Templo, entre ellas Rhoda, que habiendo muerto ya la tía Susana que la recogiera en su primera infancia entre las vírgenes del Templo, se encontraba sola en el mundo.
Su esposo muerto, con quien la uniera Pedro a los pocos meses del oportuno salvamento que hicieron de la joven sonámbula guiados por el sacerdote esenio Imer, era hijo mayor de aquel griego Parmenas, padre del Diácono Felipe, personaje ya conocido por el lector de “Arpas Eternas”.
Ni Parmenas, el hijo mayor, ni Felipe, el menor, habían crecido junto al padre, que por las actividades peligrosas y fuera de ley a que se dedicaba, les había recomendado a parientes cercanos.
La ley hebrea ordenaba que un hermano soltero o viudo debía unirse a la viuda de su hermano y en tal caso, la orden correspondía al Diácono Felipe, pero éste, de origen griego y compenetrado últimamente con la amplia enseñanza del Cristo que dejaba en segundo término tales prescripciones de orden social, no deseaba ligarse con el matrimonio que seguramente le obstaculizaría en parte sus actividades misioneras. Ya no estaba en la tierra el Apóstol Santiago, que de todos los Doce era el más estricto cumplidor de las ordenanzas de la Ley hebrea.
Además, la pobrecita Rhoda no estaba en estado de ocuparse de un segundo matrimonio, pues la espantosa muerte que habían dado a su esposo, le causó un histerismo agudo que la tenía entre la demencia y la lucidez, entre la vida y la muerte.
No estaba allí el paternal y dulce Apóstol Pedro, que era para ella un verdadero padre. No estaba tampoco aquel sacerdote esenio Imer, que tanto había comprendido la extrema sensibilidad y las extraordinarias facultades psíquicas de que estaba dotada.
Los sacerdotes que eran Esenios habían pedido retiro de las funciones del Templo y se habían refugiado en los Santuarios de roca, en las grutas silenciosas de las montañas, cuando se persuadieron de que el Sanhedrín les cortaba todos los caminos de contacto y acercamiento al pueblo. Los sacerdotes de filiación Esenia habían dado prueba más de una vez de estar en completo acuerdo con la doctrina del Maestro que el Sanhedrín llamaba pomposamente sacrílega innovación del Profeta Nazareno, cuya semilla veían claro, había prendido y arraigado en gran parte del pueblo israelita.
Le habían dado muerte infame y oprobiosa para infamarle ante el pueblo y borrar hasta su recuerdo de la faz de la tierra; y encontraban que hasta el mismo patíbulo en que lo colgaron como a un malhechor, comenzaba a ser venerado como un sacro símbolo que llevaba a sus adeptos hasta la capacidad de una inmolación igual, si había de ser para la gloria de su excelso Maestro.
En el pavimento de los atrios exteriores del Templo y aun en los claustros interiores, habían comenzado a aparecer cruces pintadas con brea. Del Templo habían pasado a los muros de los palacetes habitados por los grandes sacerdotes y sus familiares, y en los más destacados lugares de la ciudad.
Los magnates del Sanhedrín veían cruces negras en las piedras de sus muros, en las lozas de sus patios, en el mármol de sus fuentes y hasta en el pavimento de las calles por donde ellos debían necesariamente pasar para concurrir al Templo a la hora de los oficios.
Y aquello les exasperaba hasta el punto de que una hidrofobia colectiva les había dominado por completo.
Tal era el estado de Jerusalén a la llegada de Leandro de Caria, a la silenciosa y entristecida casa llamada Palacio Henadad.
Mujeres llorosas, hombres taciturnos y pensativos, fueron los que recibieron al enviado del Apóstol Zebeo,
Y como ocurre siempre en los grandes dolores irreparables, aquellas almas atormentadas por el espanto y la incertidumbre, intensificaron su llanto, sus quejas, sus dolorosas lamentaciones ante aquel hermano extranjero que les traía de tan lejos el amor del hermano ausente, del dulce Zebeo que en tierra extraña tenía paz, sosiego y amor, mientras ellos en la tierra nativa vivían temblando entre el terror y el espanto. De pronto unos gritos lastimeros hirieron los oídos de los que formaban un gran círculo alrededor de Leandro y Ahmed.
Como sus miradas interrogasen, una de aquellas dolientes mujeres explicó:
—Es una infeliz hermana nuestra que recibió dura impresión viendo el cadáver de su esposo degollado junto con otros en la cripta del Templo. Hace ya cuarenta días, y dos o tres veces cada día la vemos en la agonía de esas crisis terribles que nos desesperan a todos.
—Si me permitís verla –dijo Leandro el sacerdote de Osiris–, acaso yo tenga los medios de aliviarla. Fui sacerdote de los Templos egipcios donde se nos obliga a ser maestros en la ciencia difícil de conocer la Psiquis humana. Y la enfermedad que padece vuestra hermana es del alma y no del cuerpo.
Le llevaron a la alcoba de Rhoda que había caído del lecho y se retorcía en una convulsión horrible.
Leandro, alto, fuerte, sereno, se inclinó prontamente y levantó con gran suavidad el frágil y menudo cuerpo de Rhoda que temblaba como una hoja. Se sentó sobre el lecho, teniéndola sobre sus rodillas tal como la madre cobija a un niño en su regazo. Los clamores cesaron y los estremecimientos de la crisis fueron calmándose lentamente.
Sin abrir los ojos, la enferma murmuró:
—¡Viniste, padre mío, porque en mi dolor te llamé tantas veces!
Una voz susurró: –Cree que eres el Apóstol Pedro al que la pobrecita
llama su padre.
—Conviene que siga creyéndolo –contestó Leandro y haciendo a los presentes señal de silencio se recogió en sí mismo y dejó que su alma forjada en piedra…, en hierro fundido al fuego, absorbiera todo el dolor
de aquella débil almita atormentada, que en ese instante excitaba su compasión y ponía en actividad todas las fuerzas latentes y vivas desarrolladas por largos años de consagración a su cultivo interior.
Y Rhoda se quedó profundamente dormida.
La recostó en su lecho y la dejaron sola en la habitación.
—Cuando se despierte –dijo Leandro–, cosa que ocurrirá mañana a esta misma hora, cuidaréis de alimentarle la ilusión de que ése a quien llamaba en su dolor estuvo a su lado y curó su mal.
“Estoy de paso a Galilea donde debo entregar epístolas importantes del maestro Zebeo. De regreso, volveré por aquí y según sea el estado de la enferma, dispondremos lo que creamos más conveniente.
—Aquí llega el diácono Felipe, hermano de su marido –dijo uno de los presentes–. Es el único familiar de la pobre Rhoda.
El recién llegado venía de Sebaste con urgencia por la enfermedad de su cuñada. El nuevo personaje, muy conocido del lector, no necesita presentación. Desde que partió Pedro de Jerusalén, a raíz de la muerte de Stéfanos, Felipe y Nicanor, con Adín o Policarpo, que era ya un apuesto jovenzuelo, habían partido a Samaria, donde tratarían de trabajar para el sustento del cuerpo y a la vez enseñar con prudencia la doctrina fraternal del Divino Maestro.
La desgracia ocurrida a su hermano Parmenas, esposo de Rhoda, le fue avisada, y él acudía en socorro de su cuñada viuda.
Felipe conocía algo de lo que eran los Hierofantes egipcios a través de algunos discípulos de la Escuela de Pitágoras que iniciado en la Sabiduría Oculta de los Templos de Osiris, la llevó a la Grecia con la fervorosa devoción que el sabio de Samos supo poner en todas las manifestaciones de su privilegiado espíritu.
Simpatizaron grandemente con Leandro que viendo en Felipe un campo fértil para sembrar las grandezas de la Sabiduría oculta, le prometió una larga conversación sobre la materia, a su regreso de Galilea dentro de breves días.
—Si te es posible –le dijo Leandro–, espérame aquí mismo, donde
yo vendré.
Al día siguiente, al atardecer, se apeaban Leandro y Ahmed a la puerta de la Casa de Nazareth como llamaban todos a la casa de Myriam, como si en aquella humilde ciudad galilea no hubiera otra casa más que aquella.
La sensibilidad sutil del sacerdote egipcio percibió de inmediato el ambiente dulcemente tranquilo de aquel hogar nazareno.
—Esto no es Jerusalén –dijo discretamente a oído de Ahmed.
—Esta es la casa santa por excelencia –le contestó el árabe–. Aquí vivió su infancia, su adolescencia, su juventud y su edad viril el Mesías Ungido del Altísimo, el Soberano Rey de Israel, como dice nuestro Jefe Simónides.
Pero nadie acudía al llamado hecho en el portalón por lo cual repitieron la llamada con más fuerza.
Al rato vieron venir por el sendero sombreado de nogales y cerezos que ya deshojaba el otoño, una mujer vestida de oscuro azul, tocada de blanco y con un niño que corría a su lado prendido de su mano.
—¡Es ella!…, ¡ella misma!… –exclamó el vehemente árabe, con una
devoción tal que Leandro preguntó:
—¿Quién es ella?
Ya estaba a pocos pasos y el venerable rostro dulce y pálido les sonreía.
—Pasad, pasad –dijo abriendo sin esfuerzo una hoja de la puerta.
El árabe, que nunca olvidó la gentileza de su maestro Melchor, dobló una rodilla en tierra y besó la mano que ella le tendía.
Leandro hizo una profunda reverencia silenciosa porque una gran emoción le impidió articular palabra.
—¡Es la Madre de Él!… –volvió a decir Ahmed.
—Ya lo he comprendido –le contestó Leandro, mirando fijamente aquel dulce rostro, respetado por el tiempo y embellecido por la irradiación interior de cuanta belleza ultra terrena puede encerrar la psiquis humana.
—Hacía tiempo que no venías, Ahmed –dijo ella–. ¿Qué me dices de
Ana? ¿Cuándo viene a buscar a este lucerito que dejó en mis sombras?
–y ella acarició la cabecita oscura del chiquitín prendido a su vestido,
que se ocultaba en sus pliegues.
—Soberana señora… –murmuró el árabe–, ella deja aquí a su pequeño
Yhasua sabiendo que le ha dejado en el paraíso.
Entraron en el gran cenáculo que era un templo de santos recuerdos y de pensamientos inefables.
Aquel ambiente de cielo en la tierra estremecía el alma de infinita ternura. Se percibían presencias invisibles suaves y dulces como las más dulces y suaves caricias, y Leandro sin poderse contener dobló sus rodillas mirando el altar de las Tablas de la Ley y los Libros Sagrados, iluminados por una lámpara de aceite que pendía de la techumbre.
Ahmed se quedó de pie junto a la puerta y Myriam se sentó en un sillón con su nietecito apoyado en sus rodillas.
Cuando la muda impresión de Leandro pasó, se puso también de pie y miró a Myriam cuyos ojos entornados denotaban también la muda plegaria.
—Seáis bienvenidos a este templo de mis recuerdos y de mi soledad poblada de amores ausentes –dijo ella con su voz musical–. Sentaos y decidme que acontecimiento os trae por aquí.
Leandro se le acercó y después de una segunda reverencia, le entregó dos paquetes cuidadosamente envueltos en paño de lino y entre una petaquilla de antílope con cerraduras de plata.
—Es mi humilde ofrenda, noble señora, pero dentro de ella vienen
epístolas del maestro Zebeo, mi gran amigo.
—¿Entonces vienes de Alejandría?… ¡Oh, gracias, gracias! –añadió, mirando a Leandro con aquella mirada suya que infundía deseos de arrodillarse a sus pies y decirle con el alma asomando a los labios–:
¡Madre!… ¡Madre mía!…
Pero Leandro se mantuvo de pie, sereno y erguido, no sin que acudiera a su mente, la visión divina que había tenido años atrás cuando ninguna pasión violenta turbaba la quietud de su alma, y se entregaba todo entero, en absoluta renunciación, al Eterno Invisible…, y pensó: “Aquella visión era intangible y etérea, ésta palpita y vive con un corazón de carne”.
–Mientras el sacerdote de Osiris pensaba así. Ahmed había entregado a
Myriam el paquete enviado por Simónides.
Ella se levantó y les dejó solos. El chiquitín de cuatro años, hijo de
Marcos y de Ana, la siguió.
Sentados ambos en uno de los estrados guardaban silencio. La luz de la lámpara que iluminaba las Tablas de la Ley, vertía su resplandor dorado sobre un ánfora de arcilla hasta desbordar de rosas bermejas recién cortadas, y de lirios blancos que parecían temblar con la oscilación de la llama de oro que alumbraba el altar.
—¡Qué de veces estuve aquí sintiendo la palabra cálida de amor del
Cristo, nuestro Señor! –exclamó por fin, Ahmed–. Este altar fue hecho
por él y esas Tablas de la Ley, deben conservar el rastro de sus manos al grabar a punzón cuanto aparece escrito en ellas. ¿Cómo pues no ha de vivir esta santa y heroica madre toda una vida de amor y de recuerdos?
—¡Amigo mío!… –dijo Leandro a media voz–, todos los que hemos prendido muy alto el velo sutil de nuestros ideales, llevamos en el corazón un pequeño templo de amores y de recuerdos, que nos obligan en momentos dados a obrar como si aquellos recuerdos fueran presencias invisibles pero vivas, que miran nuestras acciones y recogen una a una las perlas de nuestro pensamiento.
“Pero el caso de esta sublime mujer es diferente. El amor y el recuerdo que vive en ella son como un poderoso reflector cuya luz permanente la mantiene envuelta siempre en un halo divino porque es emanación de la Divinidad misma. Ese hijo que recuerda y que llora, es el Avatar Divino, el Verbo Eterno, el Eterno Amor hecho hombre, por un prodigio de amor bajado hasta ella.
“¿Cómo pues no ha de estar semidivinizada esta mujer al contacto maravilloso de ese recuerdo y de ese amor permanente?
“Y así se obra en ella lo que aparece al vulgo como un prodigio, o sea su asombrosa conservación física. El tiempo la respeta. Los años, resbalan sobre su cuerpo como agua mansa y pura porque ningún sentimiento innoble puede llegar al sagrario de su alma, llena toda de aquel amor y de aquel recuerdo. Si de tal modo se adueña la Divinidad de una Psiquis humana, las sensaciones torpes y groseras que atrofian, desequilibran y desgastan el cuerpo físico, no se acercan a ella ni a distancia. Es una ley. Es la Ley Divina viviendo en un ser humano. ¡Es el Amor Eterno consumiendo todo el polvo de la tierra!
“Es un tabernáculo de cristal, a través del cual podemos percibir todos la Divina Presencia Eterna, multiplicada en inefables presencias invisibles y amadas que se acercan y se alejan, que vienen y que van en una silenciosa ronda de amor, de esperanza y de fe en torno nuestro.
“¡Si hubiera sobre la faz de la tierra un millar de seres como esta augusta mujer, de cierto te digo que la humanidad se tornaría buena, que el odio y el egoísmo serían aventados lejos como se lleva el vendaval las arenas del desierto!”
Myriam apareció sola, por una puerta interior, porque el pequeño Yhasua dormía en aquella cunita de cerezo, donde había dormido sus sueños de niño aquel otro Yhasua Divino que ya no vivía en la tierra.
—Dentro de unos momentos –dijo–, llegará mi hermano Jaime con su esposa y Juan, que anduvieron todo el día repartiendo los dones de la Santa Alianza a los necesitados de toda esta comarca. Ellos son los encargados de hacerlo.
“Y nos acompañaréis en la cena. Espero que honraréis mi casa con vuestra presencia todos los días que sean de vuestro agrado.
—Gracias, venerable señora, –contestóle Leandro–. Por mi parte no tengo fijados los días, pero no podrán ser muchos porque algunas obligaciones me esperan lejos de aquí.
—Tampoco a mí me han determinado los días, pero cuanto más pronto regresemos a nuestro punto de partida, mejor cumplimiento damos.
Vieron que Myriam se levantó y encendió otra lámpara de aceite y la cubrió con un cubo de cristal. Después abrió un pequeño ventanillo excavado en la parte más alta del muro que daba hacia la entrada de la casa y colocó la lamparilla en el hondo hueco como una hornacina cerrada por dentro.
Un leve suspiro sintieron exhalarse de sus labios y un velo de tristeza se derramó sobre aquel sereno semblante, orlado con la blanca toca de las mujeres esenias.
—Hace cuarenta años –dijo–, que enciendo esta lámpara que alumbra el camino hasta larga distancia. Al principio la encendía para Yhosep mi esposo, que siempre volvía al anochecer por su trabajo o por los mil motivos que a un artesano lo llevan fuera del hogar. Después la encendía para mi hijo que en sus andanzas misioneras, se olvidaba siempre de que le esperaba la madre con la mesa puesta. Y la sigo encendiendo aun cuando no haya ninguno fuera de casa, porque el corazón no soportaría esa luz apagada. ¡Me parecería que les olvido a ellos!… ¡Oh, el recuerdo!…, ¡el corazón de la madre le espera siempre, siempre!… Más ahora…, se consume todo el aceite, mi lamparilla se apaga sola, ¡pero Él ya no viene!…, ¡no puede venir porque en la tierra ya no hay fe, ni esperanza, ni amor!… Hay solo odio y Él no puede llegar entre el odio.
La voz dulce que destilaba miel se rompió en un sollozo y dos gruesas
lágrimas se deslizaron por aquel rostro de marfil.
—¡Señora!… –exclamó Leandro acercándose a ella y arrodillándose a sus pies–. ¡Señora! Si el amor eres tú, si el amor vive en ti y fluye de ti como un suave manantial que nos inunda a todos, ¿cómo dices que no hay amor cerca de ti?
Los ojos dulces de Myriam se posaron en el rostro transfigurado de Leandro al mismo tiempo que ella le tendía sus manos. Él las tomó con devoción y las llevó reverente a sus labios. Myriam posó la diestra sobre la cabeza inclinada de aquel hombre, y le dijo con la voz temblorosa que lloraba:
—¡Yo te bendigo en su Nombre!
Ahmed se había arrodillado también y ahogaba el llanto con inauditos esfuerzos. ¡Un halo de divinidad inundó el cenáculo! Una presencia divina se hizo sentir con fuerza de ola que lo domina todo, que lo sumerge todo en su irresistible potencia.
¡Y también la amante Madre, lámpara viva de amor y de recuerdos unió sus manos de lirio sobre el pecho, dobló su frente y esperó en hondo silencio!…
La presencia divina se condensó en una blanca visión transparente y luminosa junto a las rosas del altar en penumbras… Ella la percibió al momento y fue anhelante hacia allá cayendo también de hinojos…
¡Las rosas fueron cayendo suavemente entre los brazos de Myriam tendidos hacia Él, mientras sus ojos bebían luz, esperanza y amor de aquellos otros ojos que no eran de carne, pero le traían la gloria divina de un amor inmortal, imperecedero y eterno!…
Los tres sintieron una resonancia suavísima que era vibración, pensamiento, idea flotando en el éter, y expresaba así: “La cruz a la que subí por amor a la humanidad debe ser para mis amados, cruz de rosas y espinas, amor y sacrificio por sus hermanos”.
Leandro y Ahmed habíanse doblado tocando el pavimento con la frente, porque la mirada de aquellos ojos que no eran de carne, no podía ser resistida sin sentir el anonadamiento absoluto, el desvanecerse como polvo, el morir de anhelo y de amor arrastrados como en un irresistible vértigo hacia la ultraterrena grandeza de la Divina Presencia.
Cuando volvieron a ser dueños de sí mismos, encontraron a Myriam siempre de rodillas al pie del altar apretando a su corazón las rosas y lirios que la aparición de su Hijo hizo caer entre sus brazos. Parecía dormida y Leandro, conocedor de las redes sutiles que muy rara vez se abren paso en las pesadas y bajas corrientes fluídicas terrestres para formar contacto con el aura mental de seres determinados, esperó unos momentos en silencio profundo, y con su fuerte pensamiento puesto en acción le dijo:
—¡Augusta madre de Cristo!… Aún vives sobre la tierra –ella dio un
gran suspiro y se despertó.
—¡Estaba tan triste y Él me llevó a su cielo por unos momentos! –dijo. Y volvió a colocar con infinito amor las rosas y los lirios en el ánfora de arcilla que estaba vacía sobre el altar.

32
EL HUERTO CERRADO DE JUAN

Pocos momentos después llegaba el buen tío Jaime, con su hijo, Jaime también, pero que, para distinguirle de su padre, le llamaron familiarmente con el diminutivo Jaimín. Con ellos venía Dina, esposa de Jaime, y Juan, hijo de Zebedeo y Salomé que, según ya dijimos, vivía en la Casa de Myriam desde la muerte de su madre.
Los cuatro traían consigo un cansancio que se advertía a primera vista. Se dejaron caer sobre el gran estrado cubierto de esteras de esparto que aparecía a todo lo largo de la gran sala del fuego.
—Tenemos visitas –les dijo Myriam.
—Perdón –dijo el tío Jaime–. Casi quedamos a dormir en el camino
y no sé si soy yo o es mi ánima la que vuelve a tu casa, Myriam.
Ahmed se acercó a saludarles.
—Ya lo comprendemos –dijo–, habréis corrido por toda Galilea. Este amigo viene desde Alejandría en nombre de Zebeo –añadió presentando a Leandro, que estrechó las manos de todos.
—Por epístolas del maestro Filón a Nicodemus tuvimos noticias de
él –contestó el tío Jaime–. Creíamos que nos había olvidado.
—Él no olvida a ninguno –repuso Leandro–, y tan es así que yo vengo sabiendo la historia de vuestras vidas casi como si hubiera vivido siempre aquí. Y todo lo encuentro tal como el maestro Zebeo me lo había referido. Tú eres Juan, el íntimo suyo –dijo Leandro, mirando al joven Apóstol, en cuya faz se leía a primera vista una infinita tristeza.
—Has acertado –respondió Juan.
—Para ti traigo de tu amigo ausente una larga epístola –y Leandro
se la entregó.
—Estoy enterado del dolor que te acompaña por la muerte de tu hermano Santiago y de todos los compañeros que fueron sacrificados con él. Si es para ti un consuelo el saber que soy un hermano en el dolor, aquí estoy a tu lado.
—Gracias –contestó Juan con la voz que temblaba de emoción.
Myriam sentada en su silloncito de madera y junco hecho por Yhosep, escuchaba en silencio, hilando un blanco velloncito de lana, mientras Dina daba los últimos toques al arreglo de la mesa que estaba hacia el ángulo opuesto de la cocina-comedor.
En el fuego hervían las marmitas y Jaimín vertía un rojo licor en tantos vasos como personas había.
—Es nuestro vino de uvas nazarenas –dijo, sirviendo a Leandro y
Ahmed primeramente.
Pero éste se levantó con su copa y fue a ofrecerla a Myriam que la recibió sonriendo.
—Haces honor a la abuela –dijo dulcemente.
—A la santa madre de todos –contestó el árabe, tomando la segunda
copa que le ofrecía Jaimín.
Y comenzaron las preguntas y las respuestas, las confidencias, breves, concisas al principio, pero en las cuales se adivinaba esa sincera cordialidad que hacía presentir la confianza absoluta que vendría después.
—El maestro Zebeo me habló de la ciudad de Tiberias donde vive un amigo suyo de nombre Hanani, y de un Castillo de Mágdalo habitado por una mujer que Zebeo cree que habrá muerto porque antes de partir al África, tuvo noticias de que estaba muy enferma.
“Me pidió también que tratara de averiguar si un joven trovador de nombre Boanerges vivía aún en las orillas del Mar de Galilea. Otras personas me ha mencionado con mucho interés, pero creo que no habitan esta comarca, sino en las cercanías de Jerusalén.
—Será en Betania –dijo Juan.
—Justamente; creo que es un matrimonio y una doncella hermana del esposo.
—Están muy cerca de aquí –dijo el tío Jaime–. Se vieron obligados a dejar su vieja casa solariega encomendada a parientes y amigos. Lázaro, el jefe de la familia, se vio perseguido para obligarle a desmentir un hecho que causó revuelo en el Sanhedrín hace años. Es una historia larga. Ya te la referiré.
—Creo que la sé –dijo Leandro–. ¿No es Lázaro el resucitado?
—El mismo. Veo que nuestro hermano te ha enterado de todo.
—Somos buenos compañeros –contestó Leandro–, y una gran comprensión hay entre nosotros.
La cena fue servida, y durante ella se habló poco.
La tristeza de Juan era tan honda que se transmitía a todos los comensales.
Se iniciaba una conversación y se esfumaba en el triste silencio, apenas comenzada.
Así que la comida hubo terminado, Juan se levantó para retirarse a su alcoba.
—Hijo…, espera un momento –le dijo dulcemente Myriam–. También yo he recibido epístola de nuestro Zebeo, y creo que debemos compartir las impresiones que nos vienen de tan lejos y de un corazón amigo.
Juan la miró con sus azules ojos llenos de ternura y de lágrimas, y fue a sentarse cerca de ella.
—Aún no leí la mía –añadió Myriam–, pero creo que siendo todos una sola familia…, la familia de mi amado ausente, podemos permitirnos la confianza que nos acerca más unos a otros.
—Ciertamente –afirmó Leandro–, y es en las horas de dolor donde
los amigos son necesarios.
Dicho esto tomó asiento en el estrado al lado de Juan.
Las epístolas de Zebeo fueron leídas en alta voz por el tío Jaime, que en ellas se veía mencionado con cariño varias veces. El amor del Apóstol ausente se desbordaba como una ola cálida de afecto, y llamándose siempre a sí mismo el “montoncito de tierra” de su Divino Maestro, les ofrecía a todos cuanto tenía en la Aldea de los Esclavos y terminaba diciéndoles:
“Creo que no nos está mal este nombre, pues vosotros y yo somos esclavos voluntarios del amor eterno de Él, que nos dejó la promesa de
hacer su morada en nuestro corazón si somos capaces de amar como Él nos ama…”
Como posdata de la epístola a Juan decía: “Confiad en el portador de estas epístolas porque aparte de todas sus nobles cualidades morales, es el padre de la esposa que el Maestro me ha confiado en tutela espiritual para toda mi vida”.
Debido a estas palabras, Leandro deshojó como pétalos de rosas blancas cuantas noticias conocía en la lejana Aldea de los Esclavos, que fueron bálsamo suave de consolación y de esperanza para los corazones heridos que encontraba en su camino.
Cuando el sacerdote de Osiris terminaba su relato, Juan le dijo:
—Puesto que vienes en nombre de Zebeo, que fue el más íntimo de mis compañeros, te ruego me des oportunidad de tener una confidencia contigo.
—Estoy a tu disposición –le contestó Leandro afectuosamente.
Pocos momentos después se retiraban todos al descanso de la noche, y Juan y Leandro pasaban al Cenáculo-Oratorio, donde debían penetrar juntos al huerto cerrado de Juan.
Ante aquel sencillo altar de las Tablas de la Ley y de los libros de los Profetas, entre el perfume de rosas y de lirios que desde el ánfora de arcilla se difundía por el ambiente dorado por la suave claridad de la lámpara, ¡cuán fácil era abrir el alma dolorida a las confidencias más íntimas y lacerantes!… Juan comenzó a desgranar las perlas de sus recuerdos…
—Hace apenas dos horas que conozco tu rostro y no sé qué fuerza de simpatía me impulsa a vaciar mi alma en la tuya.
—Puedes estar cierto de que yo te comprenderé –contestó Leandro.
—Mientras el Maestro vivió como hombre cerca de mí, no supe de nada, absolutamente de nada más que de amarle, de servirle, de vivir pendiente de su mirada, de su palabra… ¡Era como un abrojillo que se hubiera prendido en su túnica blanca y que no pudiera desprenderse más! ¡Viví la vida de un niño que va siguiendo una estrella sin pensar nada más que en seguirla y seguirla! ¡Y tenía ya veintiún años!… Era un hombre, pero yo no lo sabía ni lo sentía, ni me interesaba saberlo.
¡Creía que aquella vida de serena inconsciencia la viviría siempre! ¡Era tan dulce, tan bello, tan inefable vivir sólo para amarle y servirle! Pero cuando llegó la hora tremenda de que la estrella que yo seguía desapareció de mi horizonte, sentí como hundirme en un abismo de tinieblas que se fue haciendo más y más hondo. Han pasado diez años largos. He visto desaparecer de mi lado a mi madre; los amigos y compañeros han ido alejándose uno en pos de otros, todos siguiendo las rutas que les ha marcado su deber de discípulos del excelso Maestro… ¡Sólo yo
pareciera que he perdido el camino…, y aún no puedo encontrarlo! ¡Se apagó aquella lámpara maravillosa que alumbró veintiún años de mi vida!… ¡Y no ha vuelto a encenderse jamás! Si no hubiera sido el amor santo de la augusta Madre de Él, yo me hubiera arrojado al mar con una piedra atada a mis pies… ¿Para qué serviría mi vida?… Ella me salvó de esa catástrofe pero no de mi terrible soledad interior”.
Juan guardó silencio y Leandro lo guardó también. La voz sin ruido de la meditación se puso entre ambos, acaso para dar lugar a que se hiciera la luz. Y la luz fue encendiendo sus cendales de oro tan suave y lentamente como para no herir a aquel corazón lacerado, hecho ya a vivir entre tinieblas.
—Juan, mi nuevo amigo –dijo Leandro con la mayor suavidad que pudo hallar en su alma, que por tanto tiempo vivió como una piedra–.
¡Juan!…, tienes treinta y un años. Yo tengo cuarenta y seis, pero siento como si tuviera setenta, porque más que tú, mucho más, he sabido de tinieblas, de soledad, de abandono, de helada sepultura en que estaba como enterrado vivo. Creo, pues, estar capacitado para comprenderte. En el hondo vacío de tu corazón, hubieras necesitado un amor, un ser que precisara de ti para vivir, que necesitara el calor de tu juventud, de tu fuerza, el fuego de tus ojos, la vibración de tu palabra para reanimar su agotamiento, su agonía… ¡Entonces todo tú hubieras revivido para transmitir vida, energía, fortaleza a ese otro ser! Tú te pareces a Zebeo como una gota de agua a otra gota. A él le hubiera pasado igual si la Bondad Divina no hubiera hecho brotar en su camino humildes flores silvestres, que sin el riego de su ternura hubieran perecido irremediablemente. Es tremenda y difícil la encrucijada de la soledad en tinieblas, después de haber andado largo tiempo con el deslumbramiento de un astro maravilloso. Aún estás a tiempo de encender una luz nueva en tu camino. Encendámosla juntos para ti, amigo mío, y yo te aseguro que tu alma batirá sus alas nuevamente y te remontarás a la cumbre…
—Está esa luz, pero mi alma se niega a verla –dijo Juan tristemente y a media voz, como si su alma, avecilla entumecida de frío en las tinieblas, temiera dejar escapar un débil gorjeo–. ¡Mi alma se niega a verla y hasta huye de ella!… ¿No sería traicionar el dulce recuerdo de la grandiosa estrella que alumbró veintiún años de mi vida?
—¡No, y mil veces no! –exclamó Leandro con vehemente energía–.
¡No dejes por Dios, de mirar la luz nueva que Él te enciende para que encuentres de nuevo el camino! ¡Es la tabla de salvación en tu naufragio!
¡Es el hilo de oro tendido desde el Corazón del Maestro a tu corazón!…
¡Es el perfume del místico narciso abierto en tu huerto interior, para curar tu herida profunda y devolverte a la vida sano, optimista y feliz!
¿Me comprendes, Juan?
—Te he comprendido, Leandro, enviado a mi lado por Zebeo para esclarecer el tenebroso laberinto de mi mundo interior. ¡Te he comprendido! No sé si será demasiado tarde. ¿Querrás acompañarme mañana a una aldea cercana, donde puede ser que tu clara visión perciba esa estrellita moribunda de la cual he huido todos estos años? Y si tú la encuentras sin yo decírtelo, te prometo dejarla entrar en mi templo y encenderse sobre mi altar.
Cuando salieron para buscar cada uno su diván de reposo, vieron adosada a la sombra del muro, ese humilde arbusto que han llamado galán de la noche, o flor de la luna, porque su flor, como una blanca copa de marfil, sólo abre sus pétalos cuando las sombras extienden sus negros cendales en la pradera dormida.
Brillaba esplendorosa y blanquísima a la luz de la luna menguante. Y Leandro, a quien el dolor de tantos años de vivir amurallado en un
sepulcro, le hacía comprender el dolor de la soledad, se detuvo ante la
sugestiva aparición de la flor misteriosa…
—Ves, Juan, tu alma es como esta flor. Se abrirá tímida y medrosa en la noche de misterio, y esta misma luna menguante alumbrará la flor blanca de una nueva esperanza. Que Dios acompañe tu sueño.
—Que la paz sea contigo. Y se separaron.
Leandro se tiró en su diván y durmió tranquilo hasta el amanecer. Juan no tenía sueño a pesar de su cansancio.
Sacó el silloncito de junco de Myriam y se sentó a la sombra del muro junto a la flor de la luna. Solo consigo mismo, con sus pensamientos y sus recuerdos, tenía necesidad de deshilachar hebra por hebra la enredada madeja que iba oprimiendo cada vez más su corazón.
—Ella me ha buscado siempre para consolarme, para asociar su dolor a mi dolor, para ensayar a volar juntos tras del gran amor que se esfumó en nuestro horizonte… Y he tenido miedo de que en mí se despertara otro amor… En mi Santuario estaba Él…, ¡sólo Él!… ¿Cómo era posible que otra imagen se pusiera ante la suya?… ¿Que la mirada divina suya, aquella última de sus ojos garzos, se perdiera tras de otra mirada? ¿Que el roce de sus brazos alrededor de mi cuello en su última despedida, se borrase con el roce de otro abrazo?… ¡Oh, nunca!…,
¡nunca podría ser!…
“¡Ay de mí!… ¡Soy muy ignorante!… No veo más allá de la sombra que proyecta mi cuerpo y todo lo materializo, lo empequeñezco, lo reduzco a granos de polvo, ¡menos aún!…, ¡a imperceptible ceniza! ¡Cuán necio soy! ¿Qué amor, qué mirada, qué abrazo podrá borrar el amor, la mirada y el abrazo del Hijo de Dios que al mirarme por última vez con sus ojos de carne, me enloquecí de ternura, de dolor y salí del Huerto
de los Olivos corriendo como un loco que no sabe de dónde viene ni adónde va? ¡María!…, ¡pequeña María!… ¡En esta noche tormentosa y oscura de mi vida, serás una estrellita misteriosa, blanca y pura como esta flor de la luna, que marcarás de nuevo mi senda con menudas chispitas de claridad y de luz!… ¡Perdona a este infeliz ciego y egoísta que inconsciente de lo que es y de lo que tú eres, ha vivido sin vivir, acercándome y huyendo, temeroso de un fantasma irreal, midiendo el amor excelso del Hijo de Dios por mi propio amor: pequeño, egoísta, incapaz de darse y pensando siempre en recibir!… ¡Oh, Maestro mío!…
¡Mi luz, mi guía, mi estrella polar en el mar desconocido de la vida!…
¡Tuviste para mí, amor de preferencia y era de verdad el que menos lo merecía! ¡Han pasado diez años y aún no encontré el camino!…
“¡Oh, Señor!… ¡Llévame de la mano hacia él y dame la fuerza necesaria
para seguirlo sin miedo, sin vacilación!…
La luna menguante asomaba y se escondía entre las ramas rumorosas de los nogales y castaños. Y por fin desapareció tras del cedro gigantesco que poblaba de sombra el tranquilo huerto de la Casa de Nazareth. Juan miró por última vez la blanca flor silenciosa que tomaba relieves de nácar en la delicada penumbra que dejó la luna menguante al esconderse en el horizonte. Y en profundo silencio desapareció por la puerta entornada de su alcoba solitaria.
A la segunda hora de la mañana siguiente, Juan y Leandro se encaminaban hacia aquella casa de campo de Eleazar el fariseo, donde años atrás fuera invitado el Divino Maestro a una reunión de hombres de letras y de leyes, rabinos ilustres en el país, que por diversas causas se hallaban de paso en aquel lugar de descanso. El Maestro había concurrido con sus Doce íntimos y Juan lo recordaba muy bien, nuestros lectores lo recordarán también, porque los discursos, las polémicas filosóficas, morales o teológicas, fueron interrumpidos por la aparición de una mujer velada que llevaba un pebetero encendido quemando incienso y una redoma de esencias con que ungió reverente al Señor.
En esta casa de campo se hallaban hospedados desde hacía tiempo, la familia de Betania, o sea Lázaro con su esposa Martha y su joven hermana, María. Las inquietudes y los terroríficos aires de Judea que ardían como un volcán les habían obligado a tal determinación. La esposa de Eleazar era hermana de Martha, y coheredera con ella del hermoso dominio que en las cercanías de lo que fue ciudad de Lazarón, se hallaba encerrado como un nido apacible entre cedros gigantescos, nogales y cerezos.
Eleazar no era ya más el rigorista fariseo de antaño. La lección del Cristo Ungido de Jehová recibida aquel día de santa memoria, lo había transformado en ferviente discípulo suyo. Sus tres hijas habían ingresado
al grado primero de la Fraternidad Esenia, y con la “pequeña María” al lado, hicieron grandes progresos en la suave doctrina de amor del Divino Maestro.
Esbozado ligeramente el escenario y los personajes, sigamos a Leandro y Juan cuando entran a la casa de campo, por la gran avenida de nogales y cerezos que terminaba en una glorieta o kiosco de rosas té, de exhuberancia maravillosa, donde las cuatro doncellas se entretenían en confeccionar ropas de abrigo para ancianos y niños pobres que lo esperaban seguramente en el próximo invierno.
—¡Jhoanín!… ¡Jhoanín!… –resonó como una nota de clarín repetida
cuatro veces.
—Creí que no te veríamos más –dijo una de ellas, la más pequeña de estatura, la de los ojos oscuros y de dulce mirar, la que tenía en su frente transparencia de lirio y en su palabra, suavidades de arrullo. Era María, llamada la pequeña María para distinguirla de todas las que llevaban su mismo nombre. Leandro, el psicólogo Leandro, iba decidido a observar con el solo fin de poder ser útil a Juan en la transformación que deseaba. Su pesimismo, su desaliento, su lenta agonía, el ex sacerdote de Osiris quería transformarlos en iluminado optimismo, en actividad, en vida, en florecimiento de fe, de esperanza y de amor.
¿No había florecido como un rosal en primavera su propia alma, hecha piedra por largos años de vivir ahogando todas las emociones; acallando todas las voces íntimas de la naturaleza afectiva, estrujándose el corazón y quemándolo como se quema una raíz viva y lozana hasta convertirla en ceniza?
Y, ¿cómo y por qué había florecido? Porque un Apóstol del Cristo del amor le hizo sentir su amor; porque encontró en su camino a Tabita, un retoño del gran amor de su juventud, porque huérfana y sola rodando por el mundo como un guijarro en una cantera, había encontrado el amor de un extranjero que cobijara su desamparada soledad. Y su dormido pero no muerto corazón se despertó lentamente y vio que había alguien en el mundo a quien debía amor, solicitud, protección y ternura.
¿No había florecido el corazón del Apóstol Zebeo helado como las arenas de las orillas del Nilo por donde vagaba con inciertos pasos, cuando encontró a Petiko, el niño mendigo que le ofreció su botecillo porque hacía dos días que no comía?
¡Oh!… Leandro conocía fibra por fibra el corazón humano a través de su propio corazón, y sabía muy bien que un corazón casi muerto revive al contacto de otro corazón que sufre, que espera, que vive en la desolada agonía de no tener quién le ame ni a quién amar.
Y esperaba hacer revivir en el corazón de Juan, en el cual adivinaba tesoros maravillosos, manantiales inagotables de inteligencia, de amor,
de desinterés, de extraordinaria sensibilidad, cualidades todas que harían de él un arpa eólica de la Suprema Inteligencia.
Juan hizo las presentaciones usuales del amigo de Zebeo que venía a Palestina, como portador de afectos, de ofrecimientos, de todo cuanto guardaba de grande y bello el alma noble del hermano ausente.
Y Leandro hizo un relato conciso de la obra del Apóstol en los diez años que había pasado en las tierras del Nilo.
Martha y Lázaro acudieron a escucharle; Eleazar y su esposa, llegaron después. Todos conocían y recordaban a Zebeo, y todos repetían lo mismo:
—¡Quién hubiera sospechado en Zebeo tal capacidad, decisión y energía!, ¡que elegía siempre el último lugar y las pequeñas ocupaciones!…
Todos escuchaban atentos, pero sólo la pequeña María dijo al final
con la vocecita dulce que temblaba de emoción:
—¡Qué buenos serán Petiko y Tabita cuando nuestro Divino Maestro les ha elegido para hacer florecer los corazones muertos!… ¡Yo le pedía el poder de hacer revivir un corazón muerto también, pero hasta hoy no lo he conseguido! –y sus dulces ojos cristalizados de llanto miraron largamente a Juan.
Leandro le miró también y debió ir un dardo de fuego en su mirada, envolviendo a los dos en una cálida onda que hubiera podido quemar las piedras. Juan, que estaba cerca de María, le dijo, casi alegremente:
—Lo has dicho por mí y lo he comprendido bien. Pero creo que anoche he vuelto a la vida desde el país de las sombras, en el cual has sido tú como Petiko y Tabita a la vez.
—Si lo que dices es verdad, doy gracias mil al Maestro porque quiso escuchar mi ruego –respondió la joven, bajando los ojos a su labor para disimular las gotas de llanto que habían humedecido la palidez de su rostro.
—¿Has visto algo Leandro bajo esta glorieta de rosas té? –preguntóle
Juan a media voz, entre el murmullo de comentarios que todos hacían.
—Sí, amigo mío…, he visto una estrellita radiante que el Cristo del amor encendió hace tiempo para ti y que tus ojos cerrados no vieron nunca hasta hoy.
Hubo de ser un poema grandioso y sublime, la afinidad de las almas de Juan y de la pequeña María. ¡Qué explosiones de luz, de amor y de armonías divinas se hubieran producido desde años atrás, si Juan hubiera escuchado el cantar de la alondra en su huerto interior!
—Las palabras iluminadas del Profeta Isaías que tanto usaba en sus discursos el Divino Maestro, se cumplen casi sin excepción en todas las almas que buscan la vida espiritual –dijo Eleazar–.
“Los caminos de los hombres –dice Jehová– no son mis caminos, ni sus pensamientos son mis pensamientos”. Y así no debe extrañarnos
que Juan haya tardado en encontrar el camino de Jehová y en sentir su pensamiento”.
Se leyeron, allí mismo, las epístolas de Zebeo que levantaron un revuelo como si un centenar de palomas hubieran aleteado bajo el rosal en flor que sombrea la glorieta.
—Nos pide que vayamos a su lado, que allí florece el amor y la paz –decía Martha entusiasmada, pensando en la hosca tempestad de sangre y odios, de espionaje y delaciones que tronaba en Judea, de donde tuvieron ellos que huir para no morir de terror y de angustia.
Todos exponían sus puntos de vista esperanzados en aquel lejano país, donde Matheo y Zebeo llevaban en alto su divino Ideal como un glorioso pabellón de fe, de esperanza y de amor.
La única que callaba era la pequeña María, que continuaba haciendo pasar la aguja en la blanca camisita para niño que atentamente cosía.
Juan se acercó a su lado y le preguntó:
—¿Qué dices tú a todo esto? ¿Te gustaría que fuéramos a la tierra del Príncipe Melchor y del Maestro Filón…, donde vive Zebeo con Petiko y Tabita?
Ella prendió la aguja en su costura y se quedó pensativa.
—Yo soy endeble y delicada –dijo–, y no sé si el cambio de clima
apresuraría lo que creo que debe suceder pronto.
Leandro que no la perdía de vista se acercó también, y todos los demás que conocían el temperamento neurótico de la joven y su permanente deseo de morir, se alejaron con un pretexto u otro para dejarla a solas con Juan y con Leandro. Habían comprendido que el visitante sabía mucho, y María y Juan eran dos claveles del aire, que habían desfallecido en la furia del huracán que les azotaba a todos desde la muerte del Justo.
Aquel hombre sabio conocedor de todas las enfermedades del alma, podría curar aquellos dos corazones agonizantes.
Ambos vivían pensando deseando terminar la vida, que para ellos no tenía razón de ser. Suprasensibles, Juan y María, habían soportado un dolor mucho mayor que su capacidad de sufrimiento y una inmensa desesperanza, como un otoño prematuro y áspero les había sacudido cruelmente, arrebatándoles hasta la última flor de esperanza y de fe en el porvenir.
Si el Maestro con todos los poderes y la grandeza divina de Mesías Ungido de Dios no había establecido su Reino a la faz de todo el mundo, qué podían hacer ellos, aunque llenos de amor por Él, desprovistos de todo aquello que superabundaba en el Verbo Eterno de Dios
Tal era el pensamiento de Juan, en el cual se habían estrellado todos los optimismos que los amigos y compañeros quisieron despertar en él.

33
LAS ROSAS SE VAN…

Leandro se sentó junto a la joven, mientras Juan levantaba algunas lacias ramas del rosal que, demasiado bajas, interceptaban el paso.
Eran las últimas rosas, que al despedirse de su efímera vida de solo una breve temporada, parecían esforzarse en dar de sí, en belleza y perfume cuanto era capaz su débil y fugaz existencia.
“Las rosas se van –pensó Juan–, y las espinas quedan. Habría que encontrar el modo de que las rosas se quedaran siempre y que las espinas no fueran tan agudas”, y mientras así pensaba, cortó algunas que empezaban a abrirse y las dejó en silencio sobre la costura que estaba en las rodillas de María.
—Las rosas –dijo–, se parecen a la vida… Tienen prisa de vivir y se van, mientras nos dejan las espinas que no se van nunca. ¿Por qué ha de ser esto así?
—Amigo mío, todas las vidas, ya sean vegetales, animales o humanas tienen el mismo camino para recorrer. Las rosas se van cuando han cumplido su etapa de existencia, pero ellas volverán en la próxima primavera y en este mismo lugar, si no viene una mano criminal que corte el rosal a ras de tierra y queme luego sus raíces.
“Tal como la Psiquis humana, la divina chispa que se enciende y se apaga, para aparecer de nuevo acaso en el mismo lugar donde se extinguió la vez anterior o en otro elegido a su gusto u ordenado por un designio superior”.
Leandro, al hablar así, pensaba intensamente en que María comprendiera que tanto él como Juan estaban haciendo un símil entre la vida fugaz de las rosas y la vida de ella misma, que sólo por un esfuerzo grande de su voluntad podía hacerse más duradera.
El joven Apóstol se sentó también junto a la joven, y Leandro inició la conversación suavemente, buscando hacer vibrar las cuerdas sutiles de la simpatía entre los tres, como medio de hacer reaccionar a Juan y de despertar en María el deseo de vivir.
—¿Se puede saber, niña, por qué has dicho que el clima de África podría apresurar lo que según tu creencia debe suceder pronto?
“Si merezco tu confianza, te pregunto de nuevo ¿qué es lo que debe suceder?”
—Desde que se fue el Señor a su Reino tengo la idea de que lo seguiré
pronto y así se lo ruego todos los días– contestó dulcemente María.
—Y, ¿por qué tu deseo de abandonar la vida física, en la cual puedes
tener su augusta presencia en cada momento que tu amor le llame?
–volvió a preguntar Leandro.
—¡Oh, Señor! –exclamó la joven–, tu pregunta es difícil de contestar
y a más, ¡muy larga! ¿Qué interés hay en ello?
—¡Mucho interés, María! –intervino Juan–. ¿Yo no valgo nada para
ti?

—Vales mucho, Jhoanín, pero si ves que en diez años nada he podido
hacer por ti, ¿se puede esperar que lo haré en adelante?
—¿Y por qué no? –preguntó Leandro–. ¿Acaso hay un plazo fijo para realizar nuestras obras en beneficio de nuestro prójimo?
“Juan se ha encerrado, a mi modo de ver, en un círculo estrecho y equivocado: su incapacidad para realizar ninguna obra digna de su Maestro. ¿Es así, amigo mío?
—Es así –contestó Juan–, y sigue siendo así.
—Según eso –observó Leandro–, tendremos que convenir en que el excelso Maestro, Instructor de la Humanidad, Enviado del Altísimo, se equivocó al elegirte como su Apóstol, y así mismo al elegir a los demás.
¿Te parece que en buena lógica, podemos aceptar esa idea? ¿Podemos pensar ni por un momento, que sea posible una equivocación semejante en una Inteligencia llegada a la perfección, y ya en la antesala de la Divinidad misma?
—¡Es verdad! –dijo Juan–. No había pensado el asunto bajo ese aspecto. Y no sé cómo hermanar la elección hecha por el Maestro, con la completa nulidad que encuentro en mí mismo.
—Trataré de explicártelo yo –dijo Leandro–. Estoy enterado por Zebeo que el Maestro les repetía en los últimos días de su vida: “Velad y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu pronto está, pero la materia es débil y produce oscuridad”.
“El Maestro no hablaba seguramente de que la tentación se os presentara como incitación al homicidio, al robo, a la lujuria, a la blasfemia, porque conociéndoos como os conocía, no podía temer nada de eso en vosotros. ¿Entonces cuál podía ser la tentación de que Él quería preveniros? Seguramente la que ha hecho presa de ti, Juan, amigo mío: el desaliento, el pesimismo, la falta absoluta de fe en ti mismo que, al desaparecer de tu horizonte la estrella radiante que deslumbrado seguías, te hundiste en la sombra y nada hiciste para salir de ella.
“Creíste que tu vida había perdido su objeto y su fin con su partida. El dolor de perderlo, de no tenerlo a tu lado, de no oír su palabra, de no convivir con él, anuló en ti todo razonamiento lógico y hasta borró el recuerdo de sus enseñanzas y de las promesas solemnes pedidas por Él, y otorgadas por vosotros para los veinte siglos que os esperaban, y en los cuales y mediante vuestra capacidad y vuestro esfuerzo quedaría
establecido su reinado de amor fraterno sobre la tierra. Tu amor hacia Él, demasiado humano, tenía mucho de egoísmo como todo amor humano, en el cual entra por mitad o más aún, el vivo deseo de posesión. Lo querías y considerabas tuyo al Divino Maestro; tuyo para amarlo, para servirlo, para correr tras de él como el niño que habiendo encontrado en sus andanzas por la pradera un ave del paraíso, la cree suya, completamente suya y pone su esfuerzo, su vida toda en complacerle, en agradarle, en hacerse indispensable, digámoslo así, para aquel ser cuya posesión completa es la suprema aspiración que le mueve. De ésta era la tentación de la que os prevenía el Divino Maestro.
“¡Pobre amigo mío! ¡No sólo tú caíste vencido por ella! ¡Zebeo hubo de caer también, pero él tuvo la suerte de encontrar en las orillas del Nilo un pobrecito niño mendigo que vestía de harapos, que estaba solo en el mundo y tenía hambre!… ¡Y Zebeo, creyendo como tú que su vida era inútil y que no tenía capacidad alguna, sintió en su alma y en su carne el dolor desesperado de aquel abandono, de aquella orfandad y reaccionó, y quiso vivir para el niño mendigo, solo, desnudo y hambriento! ¡Aún estás a tiempo de anudar el hilo de tu vida y devanar de nuevo la madeja, si en verdad quieres cumplir noblemente los pactos con el Ungido de Dios para esta etapa de tu vida terrestre!
¿Quieres partir conmigo hacia Alejandría?
Se hizo un breve silencio durante el cual Juan buscó los ojos de
María.
Pero ella no recibió esa mirada porque la tenía fija en las rosas a medio abrir que estaban entre sus manos. Parecían absorberle toda su atención aunque en realidad era el pretexto para ocultar más fácilmente sus emociones y sus pensamientos. Leandro comprendió el silencio de ambos jóvenes y añadió:
—Todo se puede arreglar maravillosamente. María podía venir también si quieren sus familiares lo mismo, pues el anciano Simónides me ha dicho que pondrá uno de los barcos de la flota que administra, a disposición de los súbditos del Rey de Israel que por una causa u otra quieran alejarse del país.
—¿Iremos, María? –preguntó Juan tímidamente.
—Si yo no voy, ¿tú no vas? –preguntó ella levantando por fin sus ojos
de las rosas que acariciaba.
—Creo que no –dijo Juan.
—¿Por qué?
—No sabría de cierto por qué. Me asalta el temor de que te vayas como se van las rosas en el otoño y que cuando yo vuelva, sólo encuentre las espinas punzantes y resecas.
—¡Señor!… –dijo ella prontamente dirigiéndose a Leandro–, ¿crees
que en aquel país el alma de Juan revivirá de nuevo para ser un verdadero Apóstol del Divino Maestro?
—Sí, niña, lo creo.
—Entonces iré –dijo ella con gran firmeza.
—¡Oh! –exclamó Leandro con una mirada de triunfo–. Las rosas se van en el otoño, pero vuelven en la primavera. Las almas tienen su triste otoño que las deshoja y su helado invierno que las consume y las seca, pero reviven de nuevo cuando el agua clara de la esperanza y el calor suave del amor hace circular savia desde el fondo de la tierra, que sepulta su raíz hasta la más grácil ramilla que se balancea en el espacio.
—¿Y ya no temes que te haga daño aquel clima? –volvió a preguntar
Juan.
—Yo no pienso en mí, sino en ti, Juan –dijo la niña–. El Apóstol del Cristo eres tú y no yo. Y siempre he creído que el objeto de mi vida era ayudarte a cumplir tu deber como Apóstol del Maestro, y si acompañándote a ese viaje, he de servir a ese fin, iré, claro que iré. Será una pequeña colaboración mía en su obra de Salvador de los hombres”.
Juan y Leandro estrecharon con efusión aquellas manos pequeñas y lacias que acariciaban las rosas a medio abrir, y cosían ropas de abrigo para los niños huérfanos y los ancianos desamparados.
¡Qué bella les aparecía la pequeña María, débil, transparente y capaz
de aquella grande y firme resolución!
Leandro quiso hablar de inmediato con los jefes de familia, y viendo a Lázaro y Eleazar en la columnata que rodeaba la casa, fue hacia ellos a exponerles la situación.
Quedémonos, lector amigo, junto a Juan y María, y estudiemos en los corazones de ellos nuestro propio corazón, que de seguro encontraremos puntos de contacto que nos harán ver cómo obra el amor verdadero, y
¡la enorme diferencia que hay entre un amor pasional, grosero y rudo, llamarada que se enciende como un volcán y se apaga en cenizas, y un amor radiante y soberano como el lucero de la mañana que nunca se extingue en nuestro cielo, y que viene a ser estrella polar en la vida, en la muerte y más allá de la muerte!…
—¡María!… Tú tienes un alma grande y fuerte en ese cuerpo tan débil y pequeño, y te creo capaz de perdonar. ¿Es así?
—Si mi alma es grande o pequeña, no lo sé, Juan, ni me he detenido nunca a pensarlo; pero capaz de perdonar sí sé que soy. Y me adelanto a decirte que ya sé quién es el que debe ser perdonado… –Y al decir así, la joven miró a Juan con una larga y tierna mirada…
—Sí, María, soy yo. ¿Quién otro podría ser? Yo soy el único que he sido capaz de hacerte sufrir con mi desaliento, con mi pesimismo y desgano de todas las cosas. No tenía más con quien desahogar mi pena
que contigo, María, y fuiste tú sola la que bebiste toda la hiel que había en mi corazón.
“No podía dársela a beber a mi madre, cuyo corazón estaba herido de muerte. No puedo tampoco dársela a beber a la augusta Madre de mi Maestro, porque si soy incapaz de consolarla, no debo aumentar su angustia más grande que todos nuestros dolores juntos. Y vivo disimulando ante ella el veneno que me roe el corazón.
—Pero a Ella no la engañas ni la has engañado nunca; tenlo por seguro, Juan. ¡Cuántas veces ella me ha dicho!: “Entre las tres Marías, la de Mágdalo, la de Betania y la de Nazareth, tenemos que curar la pobre alma de nuestro Jhoanín que amenaza volar antes de su hora…”
“No una sola vez… varias veces.
—¿Eso te dijo la Madre?… ¿Eso te dijo?… –preguntó Juan alarmado–.
“Creí que ella no se daba cuenta de mi estado interior aunque muchas veces me sorprendió llorando en mi alcoba…”
—¡Juan! tú olvidas que estuviste con fiebre, con delirios, con una terrible crisis que hacía temer a todos la pérdida de la razón y hasta la vida… Tu pobre madre que descansa en paz lo refería a todos.
“Sabíamos que te querías arrojar al mar con una piedra atada a los pies, y cuando te ibas a pescar, nunca te dejaban solo… ¡Oh, Juan!…, nos has hecho padecer a todos, pero yo sé que todos te perdonamos porque el motivo de tu incurable dolor, lo llevamos todos como una herida que no se puede curar.
—Me avergüenza pensarlo –dijo él a media voz–. ¿Por qué María, por qué he sido yo el más débil e incapaz de todos? Hasta tú que eres endeble y delicada como un clavel del aire, has tenido fuerzas para soportar la suprema angustia de verle morir…
—Oye, Juan: En los dolores irreparables, siempre hay un rayito de
luz que alumbra nuestras tinieblas…
—Para mí no hubo rayito alguno –interrumpió Juan.
—Déjame hablar… No lo quisiste encontrar debes decir; pues el rayo de luz vino para todos seguramente porque nuestro Maestro no podía hacer injusticia alguna. Si hasta vino el rayo de luz para Judas que estaba enloquecido de horror y de espanto de él mismo, ¿cómo no había de venir para ti? Lo que pasó en ti fue lo siguiente: te encerraste en un aislamiento y soledad sin querer hablar con nadie ni recibir consuelo de nadie. Recién ahora empiezas a ocuparte de aliviar el dolor del prójimo y debido a eso comienzas a reaccionar.
“¿No recuerdas la despedida del Maestro y lo que nos dijo y prometió esa noche fatal y gloriosa al mismo tiempo?
“Si amáis como yo os amo, el Padre y Yo vendremos a vosotros y haremos nuestra morada en vuestro corazón.
“¿Cómo podría cumplirse en ti esa divina promesa, si te encerraste en ti mismo y no querías saber nada de nadie, ni te importaba de nadie más que de tu propio dolor?
“Lázaro y Martha se ocuparon tanto y tanto de mí que me hicieron revivir en los tres años que viví en agonía porque mi corazón no quería seguir latiendo. Estuve como muerta dos días, hasta que el dolor de Lázaro y Martha conmovió al Señor que me mandó de vuelta a la vida por otros años más. Y la clara visión de esos dos días, ¡no se me olvidará nunca! Es por eso, Juan…, querido Juan, que tengo prisa que tu alma reaccione, tienda de nuevo sus alas y vuele por el mundo despertando a todas aquellas almas que fueron encomendadas al Maestro y que Él debe salvar.
“¿No nos dijo Él que a cada uno nos dejaba una porción de almas para salvar? ¿Y la porción tuya, Juan, dónde está? ¡Ni siquiera te has ocupado de encontrarla!
—Tus palabras, María, van cayendo en mi espíritu como los pétalos de estas rosas que se van, y aunque caen suaves y sin ruido pareciera que me obligan a despertar para recogerlas y guardarlas…
“¡No sabes cuánto bien me hace escucharte!… Estás pensando que antes no deseaba escucharte”.
—Hace rato que he pensado en eso Juan y, ¡lo pensé tantas veces!…
—Déjame decirte toda la historia de mi tragedia íntima y verás María, como en el fondo de un pozo de agua, donde había lodo y sangre en vez de agua. Y así estaba mi alma sin poder salir de ese abismo.
“¿Cómo caí en él? Ya lo verás. La noche de la tragedia en el Huerto de Gethsemaní sufrí la más horrible sorpresa. El ver a Judas guiando a los que venían a prender al Maestro, fue una espantosa revelación que me aturdió casi hasta hacerme perder el sentido… ¡Cielos! ¡Tal infamia en uno de sus Doce! ¡No podía creerlo!… Sentí a Pedro y Tomás gritar coléricos, choque de espadas y de lanzas, el Maestro atado y llevado rápidamente. Y nosotros como un montón de corderos asustados, mirando su blanca silueta que se perdía a lo lejos. Después el correr enloquecidos, sin saber a dónde, sin rumbo fijo como infelices chicuelos sorprendidos por una piara de lobos…
“Nos perdimos de vista unos a otros, nos buscábamos y ninguno se encontraba…, ¿qué se hizo de la gran unión y compañerismo que habíamos tenido durante más de tres años de convivir en torno al Maestro?
“Éramos doce hombres robustos, sanos, fuertes, algunos jóvenes y ninguno viejo incapacitado para la defensa. ¡Y los doce fuimos cobardes, incapaces, inútiles!…, ¡y le dejamos maniatar y llevar al presidio, y cargar con su propio patíbulo y levantarle sobre él, y morir como un malhechor!…
“Vi como el Príncipe Judá y el Hack-Ben Faqui, le defendieron de la turba de esclavos y bandoleros soeces que querían escupirle y apedrearle en el camino hacia el Calvario…, y ¡que el africano cargaba con la cruz para aliviarle a Él que se doblaba bajo su peso!… ¡Ellos no eran de los Doce! ¡Y nosotros!…, ¿qué hacíamos nosotros?… María, ¿qué hacíamos?
¡Mirarle de lejos como embrutecidos por el miedo, por el susto, por el espanto!…
“¡Hasta vosotras las mujeres, llorando, desmayándose, agonizando de angustia llegasteis hasta el pie de su patíbulo, y recibisteis las lágrimas que caían de sus ojos y la sangre que manaba de sus manos y pies!…
“El Scheiff Ilderín desbandaba al populacho a empellones con su caballo, la Druidesa gala les aterrorizaba con las llamaradas rojas de cien fuegos que encendía en los barrancos…
“Y sus Doce…, sus íntimos, sus elegidos para continuar su obra redentora del mundo…, ¿qué hacíamos?…, ¿dónde estábamos? ¡Santo cielo! ¡Judas le había entregado!… ¡Pedro le había negado!…, ¡y todos por fin, entre los barrancos y abrojales del monte, como gamos asustados, no fuimos capaces de hacer nada por Él en aquella hora suprema de su dolor!…
“¿Cómo no había de aplastarme, María, la convicción profunda de mi incapacidad, de mi nulidad, de mi torpeza, de mi absoluta nada, puesto que nada era capaz de hacer?
“Cuando Él era ya muerto y el monte quedó vacío…, aparecimos para ayudar a sepultarle…, a gemir sobre su cadáver, a transportarle a la gruta que sería su sepulcro… Todo este desfile trágico de escenas, de sucesos, de personajes, fue pasando lentamente como las perlas negras engarzadas en mi collar de recuerdos, y fue agrandándose día a día el negro abismo de la propia miseria y debilidad hasta el punto de dejarme reducido a un muerto que anda…
“Si a todo esto añadimos el terrible interrogante que me hice la misma noche en que sepultaron al Señor: ¿Es esto el glorioso Reino de Dios que se iba a establecer en el mundo? ¡Creo que hay causa más que suficiente para que un corazón de veinte años se destrozara a pedazos, y el más negro pesimismo hiciera presa de mí!…
Se hizo entre ambos un penoso silencio. María lo rompió por fin.
—Comprendo bien todo esto, Juan, y desde el principio lo había comprendido, a través de mi propio corazón. Y estoy segura que todos, quien más quien menos, hemos pasado por parecidas luchas, dudas y terribles estados de ánimo en general. Pero todos los demás han reaccionado hasta encontrar el camino elegido para desenvolver sus actividades como misioneros de Cristo… ¡Hasta Judas!… ¡Pobre Judas!… ¡Ha encontrado el modo de castigar su delito de ambición y deseos de grandeza,
haciéndoles de criado a los leprosos de las grutas, y disputándoles a los perros hambrientos los cadáveres de los ajusticiados, recogiéndoles del muladar para darles tranquila sepultura!…
—¿Cómo has llegado a conocer eso, María?…
—Pedro nos lo dijo en Betania. Ha hecho más todavía: ha excavado debajo de su cabaña de piedra en Acéldama y ha formado una cripta con salida a unos barrancos inaccesibles, y en ella alimenta y oculta a los perseguidos y condenados a muerte, en memoria de su Maestro al cual entregó a la muerte, creyendo que lo entregaba para hacerlo Rey de Israel.
“También para Judas, las rosas se van y sólo quedan las espinas. Para Zebeo lo mismo. Para Matheo igual…; Santiago, tu hermano regó con su propia sangre el rosal del Maestro. Breve fue su camino y trágico y sangriento su fin…, pero lo había encontrado y lo seguía valientemente…
—Solo falta que me digas, María, que soy yo solo el retardado, que solo yo no trato de borrar mi nulidad de ayer con mi capacidad presente…
—Te lo digo, Juan, es cierto. No te ofendas por mi franqueza… Dime
¿te importa que yo viva unos años más?… –Y los dulces ojos oscuros de la joven se clavaron fijos en el rostro de Juan.
— Sí… María…, ¡me importa mucho!…, ¡no quiero que te vayas detrás del Maestro y me dejes solo!… ¡Nos iremos juntos cuando suene la hora!
¡Ahora no, por favor!… ¡Tengo que encontrar mi camino antes que las últimas rosas se vayan!…
María contempló un momento el frondoso rosal que cubría la glorieta y llegaba hasta el suelo cubierto de césped…
—¡Aún hay muchos capullos sin abrir!… –murmuró como hablando consigo misma–. Tienes tiempo, Juan, si comienzas hoy mismo.
—¡Pues ya comienzo!… ¿Quieres ir conmigo junto a Zebeo?…
—Si la Madre te deja partir y Lázaro me lo permite a mí, ¡quiero ir a aquel país donde espero que dejes de ser cobarde!…
—¡María!…, ¡qué dura es tu palabra y que merecida la tengo!…
—El conocer lo poco que somos es el primer paso para llegar a ser algo
–dijo Leandro, presentándose de improviso en la glorieta–. He conse-
guido arreglar magníficamente vuestra excursión al país del Nilo.
“Conformidad absoluta en todos. Lázaro, Martha y María. Eleazar con su esposa y sus tres hijas. Y como aún me falta visitar al tapicero Hanani y al Castillo de Mágdalo, acaso se aumenten los viajeros y las golondrinas galileas emigren juntas en bandada a la tierra de los Faraones. Aquí, ya lo has dicho, Juan, las rosas se van con el otoño, pero en el Lago Merik las rosas de Ipsambul viven hasta en el invierno…
Juan comprendió el símil que hacía Leandro entre la vida de las rosas y la vida de María, y contestó con tristeza:
—Iremos allá donde las rosas viven más largo tiempo.
María lo había comprendido también, y para ocultar sus pensamientos miraba fijamente las rosas a medio abrir que tenía entre sus manos… Por fin dijo con su vocecita apagada:
—Que las rosas se vayan o se queden, no es de gran importancia. ¡Lo que sí importa mucho, Juan, es que el rosal interior de un Apóstol del Cristo florezca siempre…, siempre…, sin marchitarse jamás!

34
GOLONDRINAS GALILEAS EMIGRAN

En la apacible tarde de aquel otoño de Nazareth, Juan se acercó a Myriam que a la sombra de los nogales tejía calzas de lana hilada y teñida por ella. Se sentó a su lado y le dijo:
—Madre buena…, ¿me permites ir por un tiempo a Alejandría con nuestro hermano Zebeo?
Ella le miró sonriente antes de contestarle.
—La avecilla agonizante revive y quiere tender el vuelo –dijo, dejando
en sus rodillas el tejido, dispuesta a la conversación iniciada por Juan.
—¡Sí, Madre!… Parece que mi alma revive como si nuestro Señor estuviera haciendo conmigo igual que con los inválidos a los que decía: “¡Levántate y anda!”
—¡No lo dudes, hijo mío! Él estará haciendo contigo tal como dices. Y no sé, Juan, como tardaste tanto en sentir la fuerza de su amor impulsándote a vivir. Has pasado diez años como en un sepulcro, y no sabes cuánto he rogado a Él para que te volviera a la vida como hizo con el hijo de Myrina, la viuda de Naím.
“Y si este viaje que proyectas ha de ser para una reacción completa, claro está que mi corazón te deja partir, pues me imagino que ha sonado para ti el “Levántate y anda”, con que mi Hijo hacía andar a los que vivían tendidos en una piel de cabra o en una silla de ruedas.
—Irá también Lázaro con Martha y María, y no sé si algunos más… Esperamos ver allí también a Matheo que hay noticia de que vuelve de Etiopía y se ha detenido en Ipsambul desde donde subirá hasta Alejandría.
“¡Madre!… ¿Tú no querrías ir también allá? El viaje es corto y no ofrece peligro alguno. Nuestro gran amigo Simónides nos pone un barco a disposición.
—¡Oh, no, Juan…, eso no! ¡Os veo contenta correr vosotros por todo el mundo, pues Él lo quería así! pero yo, hijo mío…, yo soy como la vieja lámpara de este hogar que fue su hogar, y donde Él me dejó, quiero vivir
y apagarme aquí mismo, como se apaga una luz que ha consumido todo el aceite. Podéis ir todos muy tranquilos que cuando volváis, aquí mismo me encontraréis. Mi Yhosep me ha dicho en sueños que él está encargado de avisarme cuando se acerque la hora de la partida, para que tornéis todos a mi lado a despedirme… No es todavía, hijo, no te alarmes… Aún encenderé muchas veces la lámpara que alumbra el camino por donde siempre le espera mi corazón aún sabiendo que no vendrá… Mi gozo es hacerle ver que le espero… ¡que le espero siempre!
—Aunque es verdad que he estado como un muerto que anda, no olvido Madre mi promesa de vivir en tu hogar hasta el último día de tu vida en la tierra. Es lo único que estoy seguro de cumplir. Iré a Alejandría y volveré a tu lado, no para aumentar tu pena como hasta ahora, sino para ser tu fortaleza y tu alegría en los últimos años de tu vida.
“Y cuando vueles al Reino de Dios… ¡Oh, Madre!…
—No me iré, Jhoanín…, pequeño Jhoanín, hasta que te vea fuerte y seguro en tu camino de Apóstol del Verbo de Dios… Me parece verte aún, el día que llegaste a la vida en el ruinoso Santuario de Silo hace treinta y un años. ¡Quién nos había de decir, Jhoanín, en aquel entonces, que todos los que estaban con nosotros, habían de partir al eterno descanso, dejándonos en soledad a ti y a mí a llorar juntos la larga ausencia de los amados!
“¿Cómo había yo de pensar que ese chiquitín rubio que nacía en las ruinas del viejo Santuario de las glorias de Samuel, sería un día mi compañero de soledad?
“Te doy pues mi permiso, y mandaré contigo grandes bendiciones para los hijos ausentes tan amados de Él…, y también de mi corazón, Matheo y Zebeo, a quienes mi Hijo gustaba de llamarles Leví y Nathaniel, rememorando los nombres de sus padres que fueron tan siervos de Dios y del prójimo. Ambos habían sido terapeutas Esenios del Tabor, hasta que ya en la edad madura tomaron esposas elegidas entre las doncellas coristas del Santuario.
—Parece que en el país del Nilo les conocen por Zebeo y Matheo de Palestina simplemente y los creen hermanos consanguíneos– añadió Juan.
La aparición de Jaime y Leandro acompañados de Lázaro interrumpió la conversación.
—La paz sea con vosotros –dijo Lázaro–. Madre Myriam, parece que
volamos lejos…
—Ya lo sé y estoy contenta de ello; ¿sabes por qué?
—Todos sabemos por qué –contestó Jaime–. Los pajarillos débiles se
agostan en nuestra tierra y bueno es que busquen climas serenos.
—Es verdad –afirmó Lázaro–. Nuestra pequeña María no recobra
fuerzas. Este hermano extranjero cree que viendo otros horizontes volvería a ella el deseo de vivir con lo cual ganaría mucho su organismo físico. Y vamos a probar.
—Está bien pensado –dijo Myriam–. Es indudable que hay un penoso ambiente de tristeza en nuestra tierra que se hace más y más notorio cada día. Las llamas del odio encendido en el Templo que fue siempre Santuario de consolación y de paz para todo buen israelita, no puede menos que extender sus reflejos por todo el país. Nuestro santo Templo se ha convertido en cámara de torturas y de muerte. Es espantoso pensarlo. Las santas viudas y las vírgenes han huido espantadas desde la retirada de los Sacerdotes que eran Esenios. Una de ellas originaria de Nazareth, ya anciana, y que fue compañera mía en mi juventud lejana, vino a verme de paso a la Cabaña de las Abuelas en el Tabor, donde se ha refugiado.
“Ya no es sólo sangre de animales la que corre en el Santo Templo sino también de seres humanos.
“Los sagrados claustros han sido manchados con sangre de hermanos. El odio ha separado a los que antes comían a la misma mesa. Desde que un vástago del viejo Herodes se apoderó del trono, estamos peor que con los gobernadores romanos. No sé, hacia qué desventurado abismo corre este país.
—Nuestra Tierra de Promisión –añadió Jaime– se ha tornado en
tierra de maldición.
—Hay una inexorable Ley de transformación evolutiva –dijo Leandro–, y ella se cumple en los pueblos, en los países, en los continentes y en los mundos, como igualmente en los seres que los habitan.
“A mi modo de ver, vuestro país está pasando por uno de esos estados. “De aquí a tres días, venerable señora, partimos de vuestro país a las riberas del Nilo, donde por hoy se puede vivir en paz. Nos detendremos sólo un día en Jerusalén, de visita y despedida; y otro viajando a Joppe
donde nos espera el barco que nos llevará al país de los Faraones.
—Todos estos que tú llevas de mi lado, son mis hijos –continuó Myriam–, y me fueron dejados en herencia por ese gran Hijo que desapareció de nuestro horizonte como el sol se esfuma en el ocaso.
“Espero que me los devolveréis sanos y salvos, con las almas llenas de esperanza y de fe.
—Vuestras palabras son santas, y han de cumplirse en todo su al-
cance –le contestó Leandro.
Tenía él un documento firmado por el Alabarca de Egipto, representante del Gobierno Romano y que estaba en buenas relaciones diplomáticas con Herodes Agripa. Esto y la secreta amistad que el oro de Simónides alimentaba con los funcionarios romanos de Jerusalén,
daría a los viajeros todas las facilidades necesarias para salir del país sin que nadie les molestara.
En esta reunión familiar estaban cuando llegó Boanerges, el joven trovador del Castillo de Mágdalo, donde estuvieran Leandro y Ahmed el día anterior.
María les había recibido afablemente aunque el psicólogo Leandro descubrió en ella una angustiosa desolación interior, que se transmitía viva y cortante como un puñal agudo que llevara clavado en el corazón.
En nombre de Zebeo le había manifestado su invitación para ir a Egipto, si había de encontrar placer en ello; pero ella había rehusado salir de su retiro de Mágdalo.
—Aún es demasiado pronto para buscar una nueva vida en el olvido
–había contestado ella–. Diríase que los grandes dolores celebran con el alma que los sufre un desposorio eterno que la sigue hasta más allá de la muerte.
“El alma se resiste a todo consuelo y si alguno hay para ella es el de seguir padeciendo ese mismo dolor.
“Un viaje a países desconocidos acaso me traería el olvido. Y mi corazón no quiere olvidar.
Buscando amenguar ese dolor que a Leandro le hacía daño, le había dicho que su gran amor a un ser que era un resplandor de la divinidad misma debía hacerle sentir su presencia en todo cuanto le rodeaba.
—Esa divina presencia está en vos misma y encontrándola allí, como perpetua posesión vuestra, el alma se aquieta y no la busca más en el mundo exterior.
Pero aquella mujer había encontrado el supremo Ideal de su amor en el Profeta Nazareno, al que había ungido con perfumes y ofrecido el incienso ardiente de su adoración profunda, no había subido aún el sagrado altar de todas las renunciaciones, y no podía sentir en el fondo de su alma la invisible presencia de su amor divinizado.
Era demasiado pronto aún para que ella comprendiera y sintiera, eternamente vivo, al Ideal divino que la había hechizado.
Leandro comprendió perfectamente el estado de alma de aquella mujer y le dijo al despedirse de ella:
—Las heridas de amor, solo las cura el amor. Seguid amándole, señora, y el amor le hará vivir para vos.
—Gracias –le contestó ella–, es eso lo único que comprendo.
Leandro había visitado también la casa de Hanani el tapicero y encontró duelo en la familia. Había fallecido su esposa y esto le traía complicaciones y problemas que hacían allí indispensable su presencia y que sólo él podía solucionar.
Dijimos que la reunión familiar en el huerto de Nazareth, fue interrumpida por la llegada de Boanerges el trovador del Castillo de Mágdalo, que solicitó hablar con el mensajero de Zebeo, Leandro de Caria. Este se levantó enseguida y le guió a la glorieta del rosal té que era como un santuario pequeño, con suaves penumbras y un cálido ambiente propicio a las confidencias.
—Yo parto contigo –fue la frase inicial del joven poeta y músico, que durante tantos años hiciera con su lira y con sus versos el encanto espiritual del viejo castillo.
—¡Muy bien amigo! Me place tu resolución –le contestó Leandro–.
¿Puedo saber a qué se debe el cambio de resolución? Ayer no estabas dispuesto a partir.
—Me dispuse anoche –contestó Boanerges–. La señora del Castillo ha tenido grandes bondades conmigo en los diez y seis años que he vivido allí, tal como si hubiera sido un hermano menor al cual debía ella protección y amparo. No podía dejarla sola con el inmenso dolor que va consumiendo su vida lentamente.
“Es verdad que tiene amistades y servidumbre que la rodean con amor, pero mi laúd y mis canciones formaban parte de su vida solitaria, y no creí justo privarla de ese pobre consuelo por el placer mío de viajar al extranjero.
“Y me había resignado a seguir sufriendo la agonía de vivir tan cerca, viéndola todos los días y retorciendo mi corazón que se quejaba en lo hondo de mi pecho…
“Pero ella misma me aconseja que parta contigo… Leandro oyó, pensó y guardó un rato de silencio.
—¿Puedo saber la edad que tienes?
—Veintinueve años, ¿qué falta hace saber la edad para viajar contigo?
—Para viajar, no hace falta, pero sí necesito saberlo para comprender lo que me acabas de decir –contestó Leandro–. Me has explicado las grandes bondades que tuvo para ti la Castellana de Mágdalo, dándote el trato de un hermano siendo que sólo eras un servidor… Luego añades que estabas resignado a continuar sufriendo el tormento de vivir a su lado, viéndola y debiendo retorcer tu corazón…”
—Si ignorando tú mi tragedia interior, puedes aceptarme como compañero de viaje lo agradeceré inmensamente… Acaso un día…, allá en tierra extranjera pueda confiarme a ti. En catorce años de guardar un secreto se ha hecho carne en mi corazón y no sale de allí con facilidad. Perdóname…
—Lo comprendo muy bien, amigo, síguelo guardando hasta que tu joven corazón necesite descargarse de él; en mí tienes un amigo verdadero, y más aún, me atrevo a decir un hermano mayor.
“Voy viendo que en esta tierra las almas son silenciosas, concentradas y valientes…, muy valientes para la inmolación de sí mismas, para el renunciamiento, para el sacrificio… Acaso por esto, el Avatar Divino eligió esta tierra para vivir su vida de hombre.
—Traigo aquí el dinero para mi viaje –y alargó a Leandro un bolso
pequeño de seda púrpura.
—Guárdate tu dinero, que el viaje de los súbditos del Rey de Israel, según el anciano Simónides, se carga al tesoro del Rey…
—La señora ofrece la carroza grande del Castillo porque sabe que viajan mujeres y entre ellas la pequeña María que es muy delicada –dijo Boanerges.
—Es verdad y te ruego darle las gracias de mi parte y en nombre de todos los viajeros.
—Así lo haré, ¿cuándo partimos de aquí?
—Mañana a la segunda hora, o sea antes del mediodía.
Se unieron a los demás viajeros bajo la sombra de los nogales, y
Boanerges dijo en alta voz:
—También yo doy un vuelo hacia el país del Nilo.
—¿Tú?… –interrogó la pequeña María–. ¡Y lo dices casi llorando!…
—Es otra golondrina enferma que busca curarse en lejanos climas
–dijo el tío Jaime, mirando afectuosamente al joven.
—¿Qué hará el Castillo de Mágdalo sin trovador? –preguntó tiernamente la venerable señora como la llamaba Leandro, y al mismo tiempo hacía ella señal de acercarse a Boanerges. Él se acercó y dobló una rodilla en tierra para quedar a la altura de ella, sentada en su silloncito de junco.
—Dirás a María que también yo quedo sin mi Jhoanín y que quiero que unamos nuestras soledades que se van haciendo cada día más grandes.
La mano maternal de Myriam acarició la cabeza castaña de Boanerges, diciéndole como siempre:
—Te bendigo en su Nombre, hijo mío. –El joven besó aquella suave
mano que le bendecía y antes de alejarse dijo:
—La señora se despide por intermedio mío de los viajeros, porque no se encuentra con ánimo de hacerlo personalmente. –Y dicho así se alejó.
—Ya lo suponía –observó Lázaro–, cuando no contestó a mi anuncio
de visitarla.
—Así pasan los años –observó Myriam–, ¡ese corazón no revive más!
—Desde hace diez años, esta es la tierra de los corazones muertos –dijo el tío Jaime–. ¡Oh, Yhasua… Yhasua! ¡Seguramente nunca pensaste dejar tras de ti un surco de dolor tan profundo! –se hizo un gran silencio.
Un pálido sol de otoño se hundía detrás de las colinas lejanas y un ruiseñor desgranaba las perlas de cristal de su gorjeo melancólico, desde lo alto del cedro, mientras las bulliciosas alondras buscaban en los nogales el tibio refugio de los nidos.
A la mañana siguiente, a la segunda hora salían de Nazareth nuestros viajeros con rumbo al sur por el trillado camino de las caravanas.
Lázaro y las mujeres viajaban en carroza, de las pesadas y grandes carrozas usadas en aquel tiempo para largos viajes de ancianos, mujeres y niños; y Leandro, Juan, Boanerges y Ahmed a caballo, le hacían escolta.
Cuando vieron de lejos los formidables muros de Jerusalén, Juan perdió el aspecto de infantil alegría que le había animado desde la salida de Nazareth.
—¡Cuanto daría –dijo deteniendo su caballo–, por no traspasar la
puerta de esa ciudad de muertes y de odio!…
—No entres –le contestó de inmediato Leandro–. ¿Qué necesidad
tienes de atormentarte así?
—Puedes esperarnos en la posada “Domus Aurea” que está en el Valle del Hinom, y que guarda la salida de los almacenes de la Santa Alianza en el subterráneo de la Fortaleza del Rey Jebuz. ¿No lo recuerdas, Juan?
–Y al decir así, Ahmed acercó su caballo al de Juan, que se había puesto
intensamente pálido.
—¿Qué he de saber de la posada “Domus Aurea” si desde que se fue el Maestro no volví a Jerusalén?
—Pues hace varios años que nuestro jefe Simónides instaló esta posada que en sus bodegas oculta la salida de la fortaleza subterránea. Fue mi primer hogar en esta tierra, mi segunda patria, cuando el Señor nos trajo del Monte Hor y nos distribuyó como pajarillos huérfanos entre sus amigos de Jerusalén.
—Empiezo a vivir ahora y no debe sorprenderte mi ignorancia sobre
este particular –le contestó Juan.
Ahmed dio las órdenes al mayoral de la carroza para que con Leandro y Boanerges entraran a la ciudad por la puerta de Sión y fueran directamente al palacio Ithamar, y él y Juan se apartaron por el camino de las canteras al norte de la ciudad dirigiéndose al Valle Hinom profundo y sombrío al pie del Monte Sión que sostenía como ciclópeo pedestal a la ciudad de David y Salomón. Al llegar a un pintoresco cerro cubierto de higueras, de encinas enanas y de amarillentas vides, Ahmed hizo alto para señalarle a Juan un punto determinado.
—Allí está la Gruta de Jeremías donde el Señor nuestro, acudía algunas veces y donde habitó tu hermano Santiago los diez años de su apostolado en Jerusalén. ¿Quieres que lleguemos allí a orar un momento?
—Sí –dijo Juan–. Vamos…
Y dejando el trillado camino se desviaron un poco hacia el sur. Conservaba el aspecto de un sitio salvaje y poco frecuentado en los alrededores.
—Todo este cerro y la campiña que le rodea –dijo Ahmed–, es propiedad de Helena de Adiabenes, la viuda del rey Abenerig que tiene ahora su palacio en Jerusalén y ha restaurado las Tumbas de los Reyes que están dentro de sus tierras administradas por nosotros bajo las órdenes de Simónides. Yo vengo por aquí con frecuencia y más allá, por los olivares del príncipe Jesuá, en la época de la cosecha. También Simónides administra a su viuda y a sus hijos que hoy residen en el golfo de Nápoles, en Gaeta.
—Este buen Simónides, es el genio del comercio honrado, como decía nuestro Maestro –observó Juan–, y me asombra su energía a los noventa años de vida.
—Efectivamente es admirable. Me ha tomado gran confianza, por lo cual me obliga a venir de Joppe dos veces al mes, para ponerme al tanto de toda su vasta red de los negocios a su cargo, a fin de que cuando él falte de este mundo, podamos sucederle con ventaja entre los diez muchachos que el Señor puso bajo sus órdenes, cuando el Príncipe Melchor nos entregó bajo su tutela en Monte Hor. Después de la tragedia del Gólgota fuimos bautizados por el Apóstol Pedro y adoptamos nombres romanos, cuando el príncipe Judá consiguió para nosotros carta de ciudadanía romana. Mi nombre romano es Marcio de Astrea. A todos nos ha sido dado como apellido el nombre de las Villas que están entre las posesiones del príncipe Judá en el Lacio.
—Antes –dijo Juan–, éramos tan enemigos de Roma y de todo lo que fuera romano, y la triste realidad de hoy nos lleva a buscar seguridad y protección en Roma, porque los enemigos están en casa. ¡Cuán triste es todo esto, Ahmed!
—Es así para ti, que no has salido aún de tu tierra natal, pero para los que hemos recorrido un poco de mundo, la cuestión cambia mucho. Para los que recibimos la educación espiritual del Príncipe Melchor y después del Cristo Ungido de Dios no hay ni debe haber preferencias para ningún país.
—Es verdad –dijo Juan–, y es también lógico, puesto que la eterna ley de las existencias múltiples nos hace habitantes de diversas regiones de la Tierra. ¡Oh!…, el Maestro cambió para nosotros la faz de la tierra, trazó nuevos caminos, enderezó los viejos, y abrió uno breve, luminoso desde la tierra a su Reino Eterno.
Se desmontaron en la espesura del bosque de higueras y encinas que escondían la Gruta de Jeremías.
Al penetrar en ella por la rústica puertecilla de troncos que ya conoce el lector, la emoción de los recuerdos asaltó a Juan tan intensamente que a un paso de la entrada cayó de rodillas y se dobló con la frente sobre el pavimento de tosca piedra.
¡Las veces que había estado allí mismo con su Maestro, con Pedro, Zebeo, Andrés y Matheo, o todos juntos los Doce, después de haber asistido a las ceremonias del Templo en las fiestas reglamentarias! ¡Y ahora, sólo con un extranjero y en momentos que huía de la patria ensangrentada por los odios y ardiendo en discordias y tiranías, su alma sensitiva en extremo, sentía como si algo muy profundo se arrancara de su pecho!…
Ahmed fue abriendo puertecitas interiores que daban paso a puertecillas que Juan desconocía.
—Esta fue la habitación de tu hermano Santiago –díjole el árabe abriendo otra puerta más interior–. Está como él la dejó.
Desde la puerta, Juan la recorrió con la mirada. Una túnica roja estaba sobre el lecho y el libro de los salmos.
—Dejo el mío y tomo el suyo –dijo Juan–, cambiando su libro por el
de su hermano. Así tendré un recuerdo suyo.
—Esto fue transformado poco después de la muerte del Señor. “Nuestro jefe Simónides no se deja sorprender por los acontecimien-
tos, y allí donde él puede poner la mano y preparar refugios seguros para los que se vean perseguidos, no lo retarda un momento. Y antes de cumplirse un año de aquella gran tragedia, hizo ampliar estas grutas y en distintos lugares alrededor de Jerusalén hay refugios como éste, que son ocultas y cómodas viviendas hasta para familias enteras.
Llegaron al pequeño Santuario, donde años antes había orado el Maestro, los ancianos Esenios que solían acompañarle en su juventud, los Doce íntimos suyos cuando convivía con ellos y por fin su propio hermano, el mártir Santiago, que habitó aquellas grutas durante diez años consecutivos. Las flores de las ánforas estaban marchitas, los pebeteros apagados, los cirios a mitad consumidos. Sólo ardía una gran lámpara de aceite colgada de la techumbre ante las Tablas de la Ley y los Libros de los Profetas.
—¡He aquí lo único que vive! –exclamó Juan–. ¿Quién la enciende?
—Un terapeuta esenio que cuida de los leprosos y que viene aquí cada tres días a renovar el aceite.
Se hizo un profundo silencio, que pareció poblarse de suaves presencias invisibles que acompañasen a los vivos en la melodía sin notas de la adoración y la plegaria.
—Parece que me despido de todos estos lugares que tan amados me
fueron –dijo Juan cuando salían de las grutas.
—Apresuremos la marcha –dijo el árabe–, porque nuestros compañeros ya estarán en el palacio Ithamar. –Sus buenas cabalgaduras les llevaron en breve tiempo a través del bosque de sicomoros que sombreaban el profundo valle del Hinom, a la posada Domus Aurea que daba entrada a la Sede Central de la Santa Alianza en Jerusalén.
En aquella gran sala subterránea que parecía la sala hipóstila de un templo egipcio, según la calificara el Maestro en aquella gran Asamblea de su inauguración, Juan encontró a dos antiguos amigos: a aquel Santiaguito de los años adolescentes del Maestro, y a Nelio el ex giboso curado por Él en un arrabal de Antioquía, quienes eran los guardianes y escribas de aquel gran local, donde los mendigos de Jerusalén dejaron de ser mendigos desde que el Soberano Rey de Israel fundara la Santa Alianza, esa vasta Institución de socorros y ayuda mutua.
A mitad de la tarde llegó el anciano Simónides, llevado en litera para economizar fuerzas, según él decía.
—¡Oh, pajarillo enfermo! –le dijo a Juan, abrazándolo con ternura de padre–. No quería que partieras sin verte y a eso he venido. ¡No quieres ver Jerusalén porque el recuerdo te consume la vida! ¡No tienes, pobrecillo, la corteza dura de este viejo que resiste todas las tempestades!
“Seguramente estás apenado porque te faltan tus padres y ahora también tu hermano mayor; pero yo te haré ver que nuestro Rey Inmortal te ha dado tanto como has perdido. Te ha dado por madre a su propia madre, y si quieres un padre inamovible y duro como un cedro viejo arraigado en la peña, aquí me tienes a mí, a quien no arrastran ni veinte yuntas de bueyes, cuando yo no quiero moverme”.
Juan estaba tan conmovido que no podía pronunciar palabra.
—Es grande mi agradecimiento al Maestro –dijo por fin, cuando pudo hablar–, por los padres que pone junto a mí en la soledad; pero valgo tan poco que mucho temo defraudar a los que así me aman sin merecerlo.
—¡Hombre! eres el Benjamín de nuestro Soberano Rey –dijo el Anciano–, y tal como ese hijo del Patriarca Jacob, podemos pensar que tu papel en la vida sea dejarte amar hasta que el amor te haga fuerte y vigoroso para honra y gloria del Maestro que te eligió. No te apesadumbres por eso, que cuando sea la hora ya te crecerán las alas y ¡quién sabe si no volarás más alto que los demás!
“Como ya sabes que yo soy el administrador de los tesoros de nuestro Rey, aquí tienes lo que Él te asigna como renta anual para tus necesidades en tierra extranjera. –Y le alargó un bolsillo de seda azul con monedas de oro–. Es moneda romana que te sirve en todos los países donde reina la loba… ¡Oh, la loba romana, me la comería cruda con su César y sus legiones si pudiera comer carne de animal inmundo…, pero el amor de
mi Rey Eterno me obliga a morderme yo mismo, a fin de proteger a los
que Él ama y ha dejado a mi cuidado!…
“¡Toma, hijo, toma!, ¡que no soy yo quien te lo da sino Él! ¿Vas a despreciar su don?”
Juan ya no resistió más y ahogando un hondo sollozo se abrazó del
Anciano y rompió a llorar como un niño.
El viejo se sintió de verdad padre y abuelo, y estrechó la rubia cabeza de Juan sobre su viejo corazón que creyó abrazar en ese instante la adorada cabeza de su Rey de Israel.
Dos días después el hermoso velero blanco “Quintus Arrius”, soltaba amarras en el puerto de Joppe y se hacía a la vela rumbo al occidente. Se habían sumado a los viajeros galileos los diáconos Felipe, Nicanor con Adín o Policarpo que era ya un apuesto jovenzuelo y la pobrecita Rhoda otra avecilla enferma de tristeza que buscaba paz y consuelo en las tierras que baña el Nilo.

35
A BORDO DEL “QUINTUS ARRIUS”

Para los viajeros galileos que nunca salieron de la tierra natal, la vista del mar con su anchurosa inmensidad, era en verdad un espectáculo grandioso que en los primeros momentos les exaltó casi hasta el delirio.
Era un hermoso amanecer de otoño, sereno, tranquilo, con la radiación oro y púrpura del sol naciente que deshojaba rosas encarnadas sobre la inolvidable superficie del Mar Grande en calma.
Y nuestro irreemplazable Simónides había dado las órdenes necesarias para que el Capitán del velero aceptase solo mercancías livianas y ningún pasajero, con el fin de que los súbditos de su Rey Eterno, según él decía, se sintieran como en su propia casa.
El “Quintus Arrius” era un barco pequeño de los usados para viajes ligeros, sin tener que detenerse para cargar y descargar en los puertos en que hiciera escala, sólo por el placer de los viajeros en conocer tierras extrañas.
El Capitán era uno de los hijos de aquel tío Gabes que el Maestro sacó de la prisión, mediante la reconstrucción de la destrozada estatua del rey Herodes llamado el Grande. Su padre había muerto el año anterior, y Simónides providencia viviente de sus compatriotas y más aún de la larga parentela de su Rey, los había empleado a todos en las vastas actividades del comercio honrado que era su vida propia, y les había trasladado a Tiro con el fin de preservarles de los odios de la tierra natal y también para facilitarles las tareas que había asignado a unos y otros,
sin dejar inactiva a la viuda y sus hijas mujeres que eran las encargadas de la Santa Alianza en aquella capital.
Tenía el joven Capitán solo veintinueve años y su nombre era Saúl. Era el mayor de los hijos del segundo matrimonio de Gabes, y como es natural tenía sobre sí el peso y la responsabilidad del sostenimiento de la familia.
Había tenido un duro desengaño de amor que juntamente con la reciente muerte de su padre habían transformado su carácter de expansivo y alegre en taciturno y reconcentrado en sí mismo. Pero una oportuna epístola de Simónides recomendándole muy especialmente los pasajeros que conduciría hasta Alejandría, hizo que el joven Capitán reaccionara un tanto para hacerse amable a los viajeros.
Iba allí una porción de gente joven, si bien cargados todos de preocupaciones y dolores, como es natural en seres que llevaban en sí mismos tragedias terribles y que huían de la tierra natal donde hasta el aire estaba saturado de terror, de espanto y de sangre.
Los hombres jóvenes subieron de inmediato a la cubierta con Leandro. La pequeña María y Rhoda que ocupaban la misma cámara se tendieron en sus lechos porque un principio de mareo, muy propio del que nunca ha viajado por mar, las invadió luego de salir del puerto. Enterado Leandro del pequeño incidente, les hizo beber un jarabe y mentalmente les mandó dormir durante una hora.
Martha y Lázaro, muy apegados al terruño donde quedaba todo su mundo de amores y de recuerdos, entraron a su cámara y durante un largo rato la emoción de la partida no les permitió articular palabra.
A momentos les parecía una ligereza, una imprudencia, el haber abandonado su tierra, su hogar, sus intereses, para saltar como pájaros perseguidos por los buitres, a un país extranjero del cual apenas llegados estarían deseando volver.
Por fin, Lázaro que veía a la muerte perseguir de cerca a su adorada hermanita, que era como su hija única, pues quedó sola con él de pocos años a la muerte de sus padres, reaccionó con ese doloroso recuerdo…
—Martha –le dijo–, piensa que lo hacemos únicamente por María.
“Si con esto podemos retenerla un poco más en la vida al lado nuestro,
¿debemos arrepentirnos de este viaje, hecho sólo con ese fin?
—¡Tienes razón, Lázaro!… Por un momento he sido un poco egoísta pensando en lo que dejo y no en lo que deseamos conseguir. Nuestro Divino Maestro esperaba mucho de María, y en efecto: enferma y toda la pobrecilla ha hecho revivir a otros que parecían más fuertes que ella.
“Pedro y todos los demás, tú sabes bien en el estado de desaliento en que estaban cuando el Señor partió a su Reino y cesaron las apariciones, y vieron partir al Príncipe Judá, al Hack-Ben Faqui, al Scheiff Ilderín,
a Vercia… Y de aquella confidencia secreta que tuvieron con nuestra pequeña María en el Cenáculo de Betania salieron como transformados. Tú debes recordarlo bien.
—Sí, Martha, sí, y nunca he podido darme cuenta de lo que aquello pudo ser. Interrogué a María como tú sabes, pero ella sólo sabe decir que se pusieron en oración y ella se quedó dormida profundamente.
“Cuando se despertó que todos se abrazaban llorando y después, de hinojos, daban gracias al Señor por la fuerza, la luz y el amor que habían recibido en aquellos momentos de oración.
“Lástima grande que entonces no estuvo Juan allí, que acaso se hubiera reanimado también.
Y mientras los esposos departían confidencialmente, subamos a cubierta, lector, y observemos lo que allí pasa.
Era la mitad de la mañana y el sol brillaba como una lámpara de oro sobre el mar.
Juan con Felipe y Nicanor, conversaban a media voz apoyados en la balaustrada del barco que corría velozmente con sus blancas velas desplegadas al suave viento del sudeste que lo impulsaba en la marcha. Se habían quedado en la popa y seguían mirando la lejana costa de la tierra nativa, que se iba perdiendo de vista hasta quedar convertida en una línea oscura que se hundía en el mar. Leandro con Boanerges y el joven Capitán, formaban hacia la proa un grupo aparte, semejando un padre austero y grave que abriendo las puertas de la Vida, señalara a sus jóvenes hijos los mil y mil senderos que se habría ante ellos y en todos los cuales podían encontrar innumerables tropiezos.
Era el primer viaje que hacía el Capitán y su barco hacia otros continentes, pues siempre viajó desde Joppe a Antioquía, como correo y pasaje simplemente.
En sus largos años de estudio y de perseverantes ejercicios atrevidos y audaces en los Templos egipcios, había dado Leandro un alto vuelo a sus facultades superiores, lo cual le permitía un regular dominio de las leyes, enigmas y misterios del mundo invisible en relación con los encarnados en el plano físico. Y así pudo darse cuenta cabal del estado de decepciones y de profunda pena de Saúl el joven Capitán, como así mismo de la angustia muda y torturante del joven trovador de Mágdalo.
El aura mental de ambos jóvenes era para Leandro un lienzo blanco en que esbozaban ellos mismos con sus pensamientos, todo cuanto vivía y palpitaba en lo más oculto de su mundo interno.
Y su alma como un bajel fuerte y sereno, que ha logrado dominar muchas y bravías tempestades, se llenó de infinita compasión al descubrir que tenía ante sí, dos corazones nobles y buenos, dos claras inteligencias propicias para sembrar en ellas la Verdad, la Ciencia, la
Sabiduría…, toda la belleza de las eternas leyes del Cosmos que podía hacer de ellos grandes hombres conductores de pueblos, en medio de la desorientación y el pánico que se extendía como incontenible marejada en la humanidad.
Y vio a Boanerges como una hermosa ave del paraíso caído en un valle desierto, con sus alas rotas, deshecho y moribundo, sin que hubiera alma viviente que conociera el secreto mal que minaba su existencia y entorpecía las grandes facultades de su espíritu.
Y al joven Capitán del “Quintus Arrius”, como un tierno roble arraigado en un árido peñasco, en un clima de sequía, donde no llega a sus raíces el agua fresca del arroyuelo que serpentea por el valle, ni los rayos de un sol benéfico que derrita los hielos de un largo y pavoroso invierno.
Estas reflexiones ocuparon la mente de Leandro durante el silencio que se hizo entre los tres, mientras miraban sin ver la magnificencia del día tiñendo de oro y azul las tranquilas aguas del Mediterráneo.
El pensamiento de Boanerges flotaba como una luz difusa por los jardines de Mágdalo, solitarios y tristes, sin más notas ni más ecos, ni más sonidos que el canto de los pájaros en la verde espesura de sus bosques y el arrullo de las palomas en las arenas doradas por el sol y en los bordes de las fuentes.
El pensamiento de Saúl revoloteaba con ansias de muerte, como una mariposa enloquecida, en torno a la verja de un jardín de Antioquía, donde un príncipe extranjero retenía la mujer de sus sueños conquistada con la magnificencia de su oro, poder fatal contra el cual un joven sin fortuna no podía luchar.
Leandro se sabía fuerte y sereno, pero no pudo evitar que ante tales clarividencias sus ojos se humedecieran de llanto, y su corazón oprimido tuvo necesidad de exhalar un largo suspiro.
Ambos jóvenes salieron de su abstracción y le miraron al mismo tiempo.
—¿Qué os pasa? ¿Os sentís mal? –preguntó el Capitán.
—Creo que sois vosotros dos los que os sentís mal con lo mucho que padecéis, sin beneficio para nadie y con gran daño para vosotros mismos– contestó el interrogado.
—El corazón humano por lo general no entiende de razones…, ¡porque sólo sabe amar!…, y a veces ama lo que nunca podrá conseguir –dijo Boanerges, desviando su mirada al lejano horizonte.
—Y también el corazón humano –añadió Saúl–, ama a veces lo que
no merece ser amado.
—Y en ambos casos, el amor se convierte en tormento, en decepción, en un negro pesimismo que entorpece la inteligencia y corta las alas a la voluntad –contestó Leandro, después de lo cual se hizo nuevamente
un largo silencio. El fresco viento del sudeste se había paralizado por completo y una inmensa quietud se extendía sobre el mar, teñido de oro y turquí por el doble resplandor del sol que subía al cenit y del azul celeste del espacio infinito.
Saúl se dirigió paso a paso hacia la proa y subió al puente de mando donde hizo sonar la campana de los remeros. Aún no se había extinguido en el aire el eco del último toque, cuando el “Quintus Arrius” se estremeció en un poderoso impulso hacia adelante, porque un centenar de remos quebraron de pronto la quietud de las olas y el blanco velero reinició su marcha veloz hacia occidente.
En el grupo de viajeros que se ubicaron en la popa, sólo para continuar mirando las costas de la tierra nativa que se iba perdiendo en la lejanía del horizonte, el tema de la conversación no era de orden sentimental. Juan con Felipe y Nicanor, rememoraban los trágicos acontecimientos de los últimos años en las provincias de Palestina; mientras el jovenzuelo Adín estrechaba amistad con dos grumetes, ágiles, fuertes y alegres como son de ordinario los que han nacido y vivido entre las jarcias, las velas y los remos.
En su interminable charla, los grumetes dejaron bien informado a Adín de cuanto hubiera querido saber referente al Capitán y su Segundo de abordo, del contramaestre, de los remeros, del cocinero y hasta el lavacopas. Toda la tripulación era originaria de Antioquía, de aquel pintoresco arrabal de Gisiva y Carandama, donde el buen Simónides había recogido todas las víctimas de la prepotencia de los invasores.
De pronto aparecieron sobre cubierta Rhoda y María, como avecillas asustadas ante la imponente inmensidad que las rodeaba.
—¡Cielo y agua! –exclamaron ambas tomándose de la mano, como
para protegerse en su pequeñez y debilidad.
—¿Sabes Rhoda lo que pienso?…, que tú y yo somos como dos mariposas que flotamos sobre una hoja de plátano en este abismo azul, que es agua y cielo.
“En sueños había visto el Mar Grande, pero encrespado y resonante como si un millar de dragones se revolvieran en su seno.
Los amigos que la vieron llegar se acercaron con tierna solicitud a ellas, comprendiendo que un gran asombro las sobrecogía el alma ante aquella inmensa manifestación de fuerza, de poder, de estupenda grandeza en medio de la cual el velero que les conducía era en verdad como una hoja de plátano llevando imperceptibles insectos.
Felipe habló breves palabras al oído de Adín, y éste bajó rápido la escalerilla hacia los camarotes.
Y cuando volvió a subir llevaba en la mano el laúd de Boanerges que se absorbía de nuevo en su silenciosa contemplación del cielo y del mar.
—Me mandaron que te traiga esto –dijo el jovenzuelo, entregándole
el laúd…, su precioso laúd de ébano con incrustaciones de nácar.
Y Boanerges cantó en el grandioso silencio de aquel radiante medio día, entre el cielo y el mar, lo que la inspiración susurró a sus oídos y recogió en su corazón:

“¡Como avecilla cantando en las ramas, Desgrana a los vientos su queja de amor, Así llora mi alma bebiendo
El suspiro del último adiós!…

“Y la avecilla como enloquecida
Porque la tormenta todo lo llevó.
El árbol, la rama y hasta aquel nidillo
¡Que guarda su amor!

“Y así la avecilla volando muy bajo, Al dormir la tarde cuando el sol se va, Cansada y sin fuerza cayó en un peñasco Y ya nunca pudo volver a volar.

“¡La nieve y el frío de aquel abandono, Sin árbol, sin rama, sin nido de amor, Abiertas las alas, toda estremecida, También dio a la vida su último adiós!

“El hombre y el ave son dos peregrinos, Que en vuelos gigantes se lanzan con fe… Llega la tormenta que abaten sus alas
¡Y caen vencidos por última vez!

Un murmullo de afectuosos comentarios se hizo en torno del joven trovador y mientras deshojaban todos para él las dulces madreselvas de una sincera amistad, Leandro tomó el laúd de Boanerges y le dijo:
—Ven conmigo a popa y preguntemos a este laúd por qué ha cantado así. –El joven cantor sonrió ligeramente y siguió a Leandro que fue a detenerse en la balaustrada de popa, examinando muy atentamente el laúd de Boanerges–. Es un auténtico Vughi-Dana de Bombay. ¿Cómo lo has conseguido?
—Fue un regalo de un príncipe extranjero a la señora del Castillo
–contestó.
—Dime niño… ¿No es verdad que en tus trovas sales tú mismo al aire y al sol?
—¡A veces sí y a veces no!
—¿Cómo explicas tú eso?
—No es tan fácil explicarlo –contestó pensativo el joven cantor– pero probaré de decir algo para complacerte. En primer lugar, no creas que yo pueda cantar cada vez que me ponen el laúd en las manos. A veces es mi garganta la que emite las voces, pero las ideas y los pensamientos vienen de algo que en ese instante ha penetrado sigilosamente en mi cabeza y en mi corazón. ¿Por qué penetró? ¿De dónde vino? ¿Cómo tomó forma y melodía? Yo mismo no lo sé.
—Analicemos –dijo Leandro–. El símil que has hecho en tus trovas es maravilloso y exacto. Pero esa última estrofa esboza mi propia vida con tal exactitud que si no supiera que recién ahora me conoces, diría que has querido pintar mi tragedia íntima. Y lo has conseguido.
—Creí que tú eras el hombre-montaña, a quien no conmueven vientos
ni tempestades –díjole Boanerges admirado de lo que oía.
—En verdad, hijo mío, algo de peñasco he llegado a ser después de años de soportar huracanes internos y externos. Mi corteza es muy dura, es granito sin pulir, pero en lo hondo del alma vibra también una lira con cuerdas sutiles que a veces gimen, se quejan y se rompen…
“Y hubo un día en que yo pude decir como tu estrofa final:

“El hombre y el ave son dos peregrinos Que en vuelos gigantes se lanzan con fe… Llega la tormenta que abaten sus alas
¡Y caen vencidos por última vez!

“¡Sí!…, ¡por última vez!… Pero hay una fuerza soberana, un oculto poder que está muy por encima del alma humana y que en un momento determinado obra en ella, transformando sus tinieblas en una esplendorosa claridad.
“Y a mi me ocurrió esto al contacto de tu compatriota Zebeo, que abrió la puerta de mi cárcel interior y por ella entró en mí la claridad de un nuevo día. Llamemos a esa claridad, iluminación interior que llega a la Psiquis cautiva encadenada por intermedio de seres, de almas, que acaso nos están ligadas con cables de oro que cuentan siglos. Lo cierto es que creí haber caído vencido por última vez, y he aquí que de nuevo me veo de pie con un santo y bello Ideal que ha retoñado desde el fondo de una oculta raíz, convenciéndome de que aún puedo ser capaz de crear, de generar, de producir. ¿Qué he de crear, generar y producir?
“Los campos de la vida son inmensos, no tienen límite ni medida…
¡Y por mucho que corras, no llegas al final jamás!…
“Y como fui yo un caído, un vencido, hay muchos caídos y vencidos a lo largo de los caminos interminables de la vida, en la cual no abundan los Zebeos que enciendan de nuevo la lámpara y den la mano al que en su oscuridad no encontraba una salida. ¿No podré yo tejer de nuevo la red de ilusiones deshechas y pisoteadas, encender el cirio de la fe y del optimismo apagado por el viento, regar con agua clara el huerto abandonado y que de nuevo surja allí la vida en plantas, flores y frutas para quienes tengan sed de belleza y hambre de amor y de dicha?
“Tú te crees también un vencido y eso a los veintinueve años de tu vida. El capitán que aquí viene, se cree también un vencido. Juan, tu amigo, lo mismo…, y esa pobre joven enlutada que acaba de ver al compañero cruelmente asesinado por los hombres del templo y del altar, que la enseñaron a adorar al Dios Creador de todos los seres…, que le enseñaron la Ley que dice: ¡No matarás! ¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!
“¡Se comprende bien que el cirio bendito se haya apagado para ella y que por sí misma no pueda nunca encenderlo!…
¿Qué es un amor incomprendido, ignorado, que sólo vive en lo más hondo del corazón que le dio vida? Como la “flor de la luna”, sólo la noche y ella misma conoce el misterio de su vida…
“Tú estás en este caso, hijo mío, lo he comprendido bien. Y con la experiencia que da la propia vida te digo: Si ese oculto amor entra en el campo de las realizaciones humanas permitidas por una Ley Superior, tendrás un éxito completo pero si no, esa misma Ley te dará compensaciones equivalentes o que excedan quizás a cuanto ese amor humano hubiera podido darte en dicha personal”.
Boanerges continuaba en silencio. Después de breves momentos
Leandro reanudó el hilo de sus pensamientos:
—No quiero que pienses mal de mi insistencia en querer penetrar en tu jardín interior y por eso te haré una confidencia íntima: El deseo de conocer a fondo lo que es el ser humano, su vida y las causas y orígenes de esa vida, me hizo abandonar Caria mi tierra natal y sepultarme en los austeros claustros de los Templos de Osiris. Los libros secretos de Pitágoras me habían hecho vislumbrar los resplandores de sol dejados como una huella eterna en los antiguos templos de Menfis y de Tebas por Hermes, el iniciador de la Sabiduría Egipcia, por Asklepios su primer discípulo, por el gran Sacerdote Membra, Maestro de Osarsip, el Moisés hebreo, y por Moisés mismo que no fue seguramente el menor de los grandes Iniciados en los templos de las orillas del Nilo.
“La frase que aparece en el frontispicio del Templo de Delfos: “Conócete a ti mismo y conocerás el Universo y a los dioses”, produjo en mí la misma interna sacudida que en el ilustre sabio de Samos. Y como él, en busca de ese conocimiento, atravesé el Mar Grande y me sepulté por diez años en el Templo de Osiris. Salí con la primera Consagración: era Pastóforo; y
debí volver a mi tierra natal por muerte de mi padre. Primogénito de la familia, fui reclamado por ella y obligado por las leyes del país.
“Allí me esperaba la tormenta cuyas consecuencias han perdurado doce años, de las cuales me ha libertado la Ley Divina por intermedio del dulce Apóstol Zebeo, cuando el ocaso de mi vida ha hecho ya declinar el sol en mi horizonte. Fui delincuente. El más grande amor de mi vida y el deseo de salvar a la que lo había encendido en mí, me puso en el trance de quitar la vida a un hombre. Según las leyes del Templo yo no podía recobrar la antigua situación espiritual o sea la Luz de Osiris, la Paz de Isis, la Sabiduría y el Amor, sino sometiéndome a la dura prueba del ostracismo absoluto hasta reparar el daño causado con mi delito. Yo buscaba esta reparación en la austeridad de una vida ascética, de penitencia y de privación completa de todo goce del cuerpo y del alma.
“Me sepulté vivo en un viejo templo abandonado en la soledad de una isla del Lago Merik, donde esperaba pacientemente el perdón de Dios y del hombre que fue mi víctima. El Ideal divino del Apóstol Zebeo encendió una luz nueva en mi horizonte sombrío, y hoy…, empiezo de verdad a reparar mi delito por un sendero sembrado de flores, en el cual voy recogiendo las más grandiosas compensaciones. Es sólo por esto, que busco solucionar los problemas íntimos de todas las almas que se cruzan en mi camino. Y como tú te has cruzado en él…
—Ahora comprendo en su verdadero y noble significado, lo que en el primer momento pude calificar de simple curiosidad, de un psicólogo ansioso de ampliar más y más sus experiencias –dijo Boanerges, estrechando las manos de su nuevo amigo, al cual comenzaba a mirar como envuelto en un aura de amor paternal. Y no obstante, el trovador de Mágdalo cerró con doble llave su corazón herido por un amor, que juzgaba atrevido y audaz al extremo de hacerlo imposible.
Leandro creyó haber leído en aquella hermosa faz contraída y en aquellos ojos de ámbar que esquivaban su mirada, la resolución invencible de que su secreto amor muriese con él, y le dijo con gran ternura:
—Tú eres de aquellos que hacen del amor un cirio ardiente que se consume sobre un altar… Y como yo tengo que reparar las consecuencias fatales de un delito de amor, he de hacer con el favor divino, que tu cirio ardiente ilumine un sendero cubierto de rosas, que tú irás recogiendo una por una para tejer con ella tu vestidura de gloriosa inmortalidad.
Los ojos de Boanerges se fijaron en el torbellino de espumas que como un ancho camino dejaba el velero al cortar velozmente las olas, y con una sonrisa llena de melancolía dijo a media voz:
—¡Ahí está el camino!… Siémbralo de rosas y verás como se van deshechas al fondo del mar.
—¡Oh, niño pesimista! –exclamó Leandro–. ¡Tus veintinueve años no
vieron aún la fortaleza de Psiquis, cuando bajo su velo teje sus alas y en un momento dado tiende el vuelo que nada ni nadie puede detener!
“¡Te emplazo para ese día! ¿Acudirás a la cita?
—Acudiré aunque sea envuelto en un sudario.
Era el medio día y sonó alegremente la campana que anunciaba a los pasajeros del “Quintus Arrius”, que era llegada la hora de la comida.
En su afán de observación, Leandro se hizo a un lado cerca de la escalerilla para verles bajar a todos de uno en uno. Felipe hacía bajar cuidadosamente a Rhoda de cuyo semblante había desaparecido la palidez enfermiza y el círculo oscuro de sus ojos. Juan y María quedaron los últimos y Leandro les dijo:
—¿Se van las rosas o se quedan?
—Creo que florecen de nuevo –contestó la jovencita con una dulce
alegría de colegiala en vacaciones.
—¡Oh! –dijo Juan–, ¡el mago de Osiris es bien capaz de hacer florecer
hasta un leño seco!
Antes de iniciar el descenso, el ex sacerdote de Osiris miró el cielo azul dorado por el sol de medio día, y pensó con el alma henchida de agradecimiento: “¡Suprema Inteligencia, dueña soberana de cuánto alienta en la vida!… ¡Sólo Tú podías hacer fecunda la siembra de amor con que borro mi delito para siempre!”

36
ENTRE CIELO Y MAR

Sobre la cubierta de un barco, a la opaca claridad de las estrellas, en el imponente silencio de una tibia noche de otoño se abrían las almas a las confidencias íntimas; y el amor tejía también sus redecillas de seda entre las cuales se curaban heridas dolorosas, y nacían ilusiones y esperanzas blancas y puras como flores del aire que se abren en la montaña.
¡Oh! ¡Las divinas compensaciones emanadas de la Infinita Sabiduría como un manantial caudaloso sobre las almas nobles y justas que saben esperar!…
Eran tres los grupos de viajeros que sobre la cubierta del “Quintus Arrius” sostenían animadas conversaciones, que creo de interés para nosotros, lector amigo: Leandro con Boanerges y el Capitán Saúl; Juan con la pequeña María; y Rhoda con los diáconos Felipe y Nicanor.
Una mansa brisa nocturna hinchaba suavemente las velas y sólo una docena de remos allá abajo rompían las olas haciendo más rápida la marcha hacia occidente. El piloto al timón; el vigía en su alto puesto de observación. Y todos los demás entregados al sueño.
—He estudiado a fondo vuestros problemas sentimentales íntimos
–decía Leandro a sus dos jóvenes amigos–. Y como todo el que busca en la amorosa inmensidad de Dios encuentra lo que busca, yo lo he encontrado para vosotros, que por el momento no queréis buscar porque desgraciadamente, os encontráis en ese estado de ánimo en que el alma rehúsa todo alivio porque encuentra un amargo placer en seguir padeciendo.
Como ninguno contestara, Leandro continuó deshojando las madreselvas de la paz y del consuelo sobre aquellos corazones atormentados.
—Tú, Boanerges, te has encerrado en la celdilla de pórfido con cerraduras de hierro de tu amor imposible. Mientras tú, Saúl, contemplas tu amor primero enlodado, pisoteado y deshecho, por el bárbaro privilegio del oro sobre las más nobles y bellas cualidades del ser humano. Y aunque a ti no te lo parezca tu caso es más fácilmente curable que el de Boanerges, y te daré enseguida la explicación:
“Pasada la dolorosa ofuscación del primer momento, la reflexión como intangible visión meditativa y silenciosa se acerca a ti y te dice: el ser cuya pérdida lloras no vale nada, estabas equivocado al elegirlo como lo único capaz de darte la dicha que anhelas. Buscabas amor y allí no había amor, porque el amor es fiel, inmensamente fiel, incapaz de desviarse ni un ápice de derecha a izquierda del camino.
“Es como la flecha que una vez arrojada va derecha hacia el punto que le fue marcado. Es el tiro de una blanca piedrecilla que atraviesa en línea recta el aire y cae donde debe caer. Es el hilo de agua cristalina que desciende de tu copa al cáliz de la flor que quieres regar.
“Ni la flecha dorada ni la piedrecilla blanca, ni el hilo de agua cristalina se detienen en su camino, ante el brillante plumaje de las aves que cruzan el horizonte ni de las bestias que caminan por la tierra chapoteando los pantanos… Al amor no le interesa nada de eso, porque al amor solo le interesa el amor. Cuando tu corazón dé entrada en sí mismo a este razonamiento, correrá, él mismo, el telón de tu pasado escenario, y la Divina Bondad esbozará para ti un nuevo diseño que te mostrará el amor verdadero, surgiendo para ti como una maravillosa revelación cuando menos lo pienses y cuando menos lo esperes. Tal es, amigo mío, lo que nos enseña la experiencia recogida en los años vividos, si hemos tenido el acierto de escuchar sus lecciones. El mal nuestro radica justamente en que por lo general no tenemos en cuenta esa Inteligencia Suprema, esa Sabiduría Eterna, poder y fuerza invisible que obra silenciosamente en nosotros y fuera de nosotros, brindándonos a cada instante de nuestra vida, todo cuanto nos es necesario para alcanzar los fines que nos trajeron a la vida física.
“El que estudia música, por ejemplo, ¿qué hace para obtener el éxito en la carrera que inicia? Se somete a las leyes que rigen el pentagrama
y obedece al profesor que le explica esas leyes y le enseña a ponerlas en práctica. Y la norma es idéntica en todo aprendizaje de las ciencias y de las artes que, tanto las unas como las otras, son alas que se teje la divina Psiquis para ayudarse a volar a las cumbres y abarcar la inmensidad, el Infinito, el Gran Todo Universal.
“¿Cómo es, pregunto yo, que sólo para obtener el hombre su paz, su bienestar interior, su dicha íntima, que lo es y lo será todo en su vida, no consulta ni practica ley ninguna, ni medita a solas consigo mismo en la posible o no posible realización de lo que anhela?
“¡Esto lo quiero!, se dice, y se lanza a veces con ímpetu de huracán desatado en un desierto de movedizas arenas, sin contar para nada con esa Luz Increada y Eterna que tan dispuesta está siempre para iluminar nuestras vacilaciones en las tinieblas, para responder a nuestros interrogantes en los días largos y pesados de incertidumbres y de dudas…”
—¡Cuán doloroso me es reconocer –dijo por fin el Capitán Saúl–, que
todo cuanto acabas de decir es cierto, perfectamente cierto!
—¡Y tan cierto como que lo he vivido yo mismo con todas las consecuencias y dolores que trae aparejado nuestro insensato modo de obrar! –afirmó nuevamente Leandro–. ¿Qué dices Boanerges, no estás de acuerdo con mis experiencias?…”
El joven trovador dio un gran suspiro como si ello le aliviara de un penoso cansancio interior.
—En mis veintinueve años –dijo–, también he recogido experiencias y certidumbres íntimas y convicciones profundas. He comprendido así mismo que hay leyes ocultas a la comprensión humana, o mejor dicho, que tienen su acción y su cumplimiento independiente de nuestra voluntad, de tal modo que uno mismo percibe y siente los efectos pero desconoce la causa. Y desconociéndola, no puede impedirla ni destruirla y a veces tampoco huirla. Y es así como los efectos de esa causa desconocida e incomprendida ganan terreno día por día en nuestro mundo interno, hasta que un acontecimiento de grandes proporciones sacude fuertemente nuestro yo íntimo, y cae un telón que deja al descubierto la causa aquella que por tantos años ignoramos.
“Y entonces comienza para el alma la tragedia íntima y secreta que ha de acompañarle hasta la tumba”.
Se hizo un hondo silencio sobre la cubierta del “Quintus Arrius”, tal como si las palabras serenas y suaves de Boanerges hubieran tenido el poder de adormecer todas las ideas y de acallar todas las voces.
El sereno azul estrellado parecía haber descendido a la mansa superficie del mar en calma, y las radiantes estrellas de primera magnitud parpadeaban inmóviles en lo infinito, dando aún más la sensación de insignificancia y pequeñez de las tres criaturas humanas, que en alta mar y sobre la cubierta de un débil barco a vela, estaban enredadas y
envueltas en una red sutil de ideas, de ansiedades y de inquietudes, y también de certidumbres llegadas a un punto muerto que no podían borrar de su campo visual.
De pronto Boanerges extendió su mano y tomó de las rodillas de Leandro su laúd de ébano y nácar, y al contacto de sus dedos que apenas se movían, las cuerdas fueron desgranando arpegios suavísimos, casi imperceptibles en el hondo silencio de la noche otoñal. ¡Era como el caer de agua cristalina sobre una fuente de plata! ¡Era el gemir de un pájaro moribundo al borde de su nido solitario! ¡Era el rumor de alas cansadas buscando en el desierto, un árbol donde esconderse a morir!…
Y la dulce voz del trovador de Mágdalo se elevó en las alas del silencio como si fuera su propia alma que volaba cantando entre el cielo y el mar:

“Yo a nadie pedí la vida. Y ella a mi quiso venir, Con pasos tan sigilosos Que no los pude sentir.

No sé de dónde ha venido, La trajo una tempestad,
Y entre tormentas bravías
La vida viviendo va…

¿Qué viene a pedir la vida
Al errante trovador, Que va corriendo incesante Tras una visión de amor?

¡Vagabunda mariposa Ve a posarte en un rosal, Donde florezcan las rosas En la mañana estival!…

Yo nada tengo que darte
Porque nada tengo en mí…
¡No hay agua fresca en mi fuente!
Ni hay flores en mi jardín!

¡Oh, vida, vida has venido
Buscando luz y calor,
A un seco espino en que nunca
Se posó un rayo de sol!
El último arpegio del laúd se esfumó en el suave rumor producido por el espolón de proa rompiendo incesantemente las olas, y Leandro fue el primero en hablar.
—Hijo mío –le dijo a Boanerges–, son tus rimas un agua clara a través de la cual se percibe la fuente de donde salió. Y tú mismo nos has dejado beber en esa fuente maravillosa.
Tu visión de amor inalcanzable te ha bajado a un valle oscuro y profundo; como una inaccesible garganta entre montañas que interceptan toda claridad. ¿Quieres que yo te haga ver el prisma de la vida de diferente manera que hoy lo ves?
—Dudo que puedas hacerlo, a menos que, como dice Juan, el ex mago
de Osiris sea capaz de hacer florecer un leño seco.
—¡Es que tú no eres un leño seco sino un hombre en pleno vigor de juventud y de vida!
“¿Crees que si tu alma fuera un leño seco cantarías como cantas? ¿Por qué estás así atormentado? Porque un gran amor te consume la vida.
“¿Acaso puede amar un leño seco? El amor es en la vida, un florecimiento maravilloso de todo lo más noble y mejor que esconde en sí misma el alma humana; y un grande amor inalcanzable y no obstante encendido como un cirio en un altar durante años y más años, demuestra hasta la evidencia una exuberante explosión de vida, de energía, de poderosa voluntad. Y tu problema íntimo, hijo mío, debe ser analizado y resuelto por otros medios que los usados por ti hasta hoy. Y creo haber descubierto esa causa ignorada y desconocida por ti, que te ha producido los efectos que percibes y comprendes.
“Tu amas a un ser que ignora tu amor porque sólo ha tenido alma, corazón y vida para correr a su vez tras de otra visión de amor inalcanzable también. Y ambos habéis caído en la misma letárgica agonía y ambos necesitáis comprender el amor de una manera diferente que lo habéis comprendido hasta hoy. ¡El amor es vida y trae consigo potentes manifestaciones de vida!
“Habéis vivido días y años de gloria junto al Amor hecho corazón de hombre, al Amor convertido en una vida humana gloriosa, heroica y sublime y os permitís pensar que vivís muriendo en una penosa inacción, tras de visiones inalcanzables.
“Eres un sujeto sensitivo más que regular; eres algo así como tu laúd, un auténtico Vughi-Dana de Bombay. Creo que el símil es bien claro. Y como a ti te responde tu laúd, tú me responderás a mí en una experiencia metapsíquica que puedes hacer, si tú te prestas a mí como tu laúd se te presta de buena voluntad.
“¿Quieres que probemos?”
—¿Puedo yo presenciar esa experiencia? –preguntó Saúl.
—Creo que entre vuestras almas y la mía, hay la suficiente confianza mutua y comprensión recíproca, para que no guardemos secretos en éste sentido –contestó Leandro.
—Es verdad –dijeron ambos jóvenes.
—Permitidme entonces dar algunas indicaciones a mi segundo, referente al cambio de turno en los remeros que pronto será la hora.
—Bien, bien. Hazlo mientras yo empiezo a templar mi laúd vivo.
—De modo –dijo Boanerges animándose visiblemente–, que vas a poner de manifiesto tus poderes maravillosos de mago.
—¡No, no! ¡Nada de magia! ¡Ciencia pura!…, realidad viva de las fuerzas y aptitudes latentes en el alma humana: la divina Psiquis como decimos en los Templos de Osiris.
—¿Qué tengo yo que hacer? –preguntó Boanerges.
—Sencillamente quedarte quieto y sereno como cuando oras, cuando te entregas a la adoración al Infinito, al Amor Eterno, a la Luz Soberana. Así…, como una lámpara ardiendo silenciosa sobre el altar, como una flor abriendo sus pétalos a la caricia del rocío en un jardín solitario y silencioso. –La voz de Leandro se hacía cada vez más suave, más tenue, más apagada.
El capitán volvió caminando en puntillas, a una señal de silencio que
Leandro le hizo…
—Así…, tranquilo y confiado como un niño que se duerme al dulce arrullo de la madre que le abraza en su regazo… Así como vibra tu laúd al contacto de tus dedos y al soplo cálido de tu alma que vacía en sus cuerdas el hondo sentir del corazón… Así, como el alma se entrega al Infinito en la adoración extática y profunda en que solo vive el Infinito para ella, y el Infinito la atrae, la absorbe, la sumerge en Sí Mismo en esa nupcia eterna, ¡Única del alma con Dios y Dios con el alma!…
Boanerges estaba dulcemente dormido y su hermosa cabeza coronada de oscuros bucles, echada hacia atrás, se apoyaba en la balaustrada de la cubierta; en su rostro de marfil, caía como un velo transparente la suave claridad de las estrellas.
Leandro tomó un capote de marinero olvidado sobre un rollo de sogas y cubrió a Boanerges hasta los hombros.
Luego se cerró bien la capa, se caló el capuchón y sentado frente a él se concentró tan profundamente que el Capitán Saúl pensó: “Duermen los dos”.
Como si este pensamiento le hubiese llegado a Leandro con cierta alarma del que lo emitió, abrió los ojos y en secreto le dijo:
—Debes estar tranquilo y quieto. Yo velo.
Boanerges en verdad parecía un muerto sentado sobre cubierta. La
oscura capa con que Leandro lo había cubierto hacía resaltar aún más la blanca palidez de su rostro. No se percibía ni aún su respiración.
La radiante estrella solitaria que llegada al cenit, suele marcar a los marineros la media noche, resplandecía directamente encima del “Quintus Arrius”, y aún parecía como si le fuera guiando en su majestuoso correr sobre las olas del mar, cubierto de un tenue resplandor plateado.
¡Miles y miles de lamparillas de oro brillando en los cielos y brillando en el mar alumbraban tímidamente el desprendimiento de una Psiquis humana, que en busca de paz y sosiego había dejado su materia abandonada y corría hacía atrás desandando las edades, restando los siglos, desenterrando continentes hundidos en el océano, removiendo ruinas de ciudades milenarias convertidas en colinas cubiertas de césped y de flores silvestres!
¡Oh! ¡Cuán fuerte y poderosa es la Divina Psiquis, diminuta chispa de luz destinada a ser imagen y semejanza del Omnipotente Creador de los mundos, de los seres y las cosas!…
Al Capitán Saúl le pareció que largas horas habían transcurrido cuando Boanerges exhaló un profundo suspiro y abrió los ojos, que de inmediato buscaron algo a su lado.
—¿Dónde está? –preguntó–. ¿Por qué huye, visteis hacia dónde
fue?…
—Amigo mío –le dijo Leandro–. El Capitán y yo estamos aquí mismo, a tu lado. –Boanerges guardó silencio.
—Había olvidado –dijo sonriendo–, que me entregué a tus bellas artes de mago, que me has hecho vivir sueños maravillosos. ¡He sido tan dichoso, tan feliz que no sé si será posible sentir de nuevo el peso de la vida, después de haber visto y poseído lo que yo he visto y poseído en mi sueño!
—Pero eso es tan solo un sueño –dijo el Capitán, asombrado de que un muchacho inteligente como Boanerges, diera tan cabal importancia a un simple sueño aunque fuera el más hermoso de todos los sueños.
—¡Oh, no!… –exclamó el trovador en cuyos ojos brillaba una radiante felicidad–. ¡Esto no es un simple sueño! Yo he hablado con la señora del Castillo de Mágdalo y he visto su cuerpo dormido en su alcoba, y que su doble etéreo se levantaba ágil y sonriente y tomándose de mi mano me decía: “Salgamos de aquí y vamos a un jardín de reposo donde podamos hablar libremente”. Como yo me extrañase de su familiaridad desusada para conmigo, volvió a decirme: “¡No te asustes! Ni estamos muertos ni vivimos en la carne en estos momentos. Ambos obedecemos a una inteligencia encarnada que nos ama a ti y a mí desde hace siglos, cuando un día siendo tú y yo, hijos de un pescador de perlas de Pasiliglos en el
Golfo Pérsico, le salvamos de morir devorado por los tiburones. ¡Después él quiso ser nuestro padre y la Ley se lo concedió cuatro veces!”.
Leandro escuchaba atentamente el relato de Boanerges, que parecía estar dispuesto a hablar y más hablar, contrariamente a su hábito de guardar casi siempre un obstinado silencio. Y continuó así:
—Luego, ella se fue y quedé solo. La busqué y no la encontré. Y cuando pensaba en dónde podría estar, se me acercó un esbelto joven que me abrazó tiernamente llamándome padre. Le miré asombrado y me miré a mi mismo, ¡aquí ardió Troya! ¡Yo era un anciano de cabello y barba blanca que tocaba la lira y cantaba para ese hijo que había perdido y lo encontraba de nuevo! Y me sentía transportado de dicha por haberle encontrado.
“Y cuando se calmaron mis transportes de júbilo, pregunté al muchacho si había visto a la señora del Castillo que estaba allí mismo conmigo y se echó a reír; y más aún se atrevió a decirme: “¡Oh, padre tontuelo, parece que chocheas!… ¿No ves que soy la misma avecilla con otro plumaje?
“¿No es mucho más bello un muchacho que te llama padre y al cual puedes abrazar, besar y aún cascar a tu gusto y sabor, que una dama a la cual sólo puedes mirar de lejos y llamarla ceremoniosamente señora?
“¡Oh, padre Bohindra, mi poeta rey y cantor, tan grande y excelso ayer, y estás hoy como un pajarito mojado hecho una burbuja de plumas rotas, en vez de volar por la inmensidad infinita!”.
“Como yo no conseguía volver de mi asombro, el lindo muchacho me abrazó, me besó en la frente, en los ojos, en las manos, en la boca y me dijo:
“¡Eres todo mi querer! y sólo hay un amor más grande que éste: ¡El Cristo Salvador de la humanidad!”. De nuevo me llevó a la alcoba de la señora del Castillo de donde salí apresuradamente, temblando de que alguno de la servidumbre pudiera verme en tan insolente y atrevida situación. Creí que el muchacho salía conmigo, pero parece que él quedó allá… ¿Por qué se quedaría allí?
“¡Ahora me veo solo, aquí, entre el Capitán y este maravilloso mago que me ha hecho vivir una hora de locura, pero debo confesar que fue una hermosa locura!”
Y el joven trovador se puso de pie y empezó a dar agitados paseos de un lado a otro de la cubierta.
—¡Calma, hijo mío, calma! –le dijo Leandro con infinita ternura–. No olvides que debajo de nosotros todos duermen, y acaso tengan en este momento sueños tan hermosos como el tuyo. Y el amor fraterno que me hizo encontrar Zebeo, me obliga a no privarles de ese rinconcito de cielo.
A los comienzos de este capítulo estaban también sobre cubierta, Juan con María; Rhoda con Felipe y Nicanor.
Y nuestro lector preguntará acaso qué pensaban y hacían ellos, mientras prestamos toda nuestra atención a los tres primeros personajes.
Juan y María sentados de espalda a la balaustrada, hablaban a media voz. María muy arrebujada en su manto azul marino de suave lana, escuchaba en silencio la voz de Juan que decía tan quedo como si sólo hablase para sí mismo:
—He vivido como un niño hasta los veintiún años. Mi grande amor al Maestro no me dejó pensar en los años que corrían con tanta velocidad. Convencido de que no tenía nada más que hacer que amarle, servirle y obedecerle, no pensé nunca en lo que sería mi vida si me faltase su presencia. El Hijo del Altísimo, el Mesías anunciado por los Profetas y augures de todos los Templos de Sabiduría, debía ser exceptuado de todos los males de los hombres. Nuestros Libros Sagrados dicen que Elías Profeta fue preservada de la muerte. Henok igualmente. Daniel arrojado a un foso lleno de fieras hambrientas, fue encontrado ileso…, cantando himnos de acción de gracias.
“¿Cómo pues podía yo pensar que el Hijo del Altísimo estuviera sujeto a la muerte?
“Y cuando ésta ocurrió…, ¡oh, María!…, ¡no puedes comprender tú hasta qué abismo de espanto se hundió mi espíritu!…
“Durante todo el viernes y el sábado con sus terribles noches que nunca terminaban, no pude pensar ni creer que existía Dios más allá de este inmenso azul que nos envuelve.
“¡En el mundo no existía para mí nada más que la maldad humana y después la muerte, el sepulcro, las cenizas, la nada!
“Los Sagrados Libros me causaban indecible horror.
“¿Qué Jehová le hablaba a Abraham con promesas eternas y maravillosas, y dejaba que un puñado de viejos egoístas y malvados arrastraran a su Hijo a la infamia y a la muerte, cuando en un abrir y cerrar de ojos y con un soplo de su poder soberano podía reducirles a polvo?
“¿Qué Jehová habló a Moisés que abatió al Faraón, y hundió en las olas del Mar Rojo a los poderosos ejércitos que perseguían a Israel?
“Perdóname, María, pero yo dije y grité y repetí cien veces: ¡mentira, mentira, mentira!
“¿A qué Dios Poderoso clamaba en sus salmos el Rey David pidiéndole misericordia y que le salvara de sus enemigos y le perdonara sus pecados?…
“¡Oh, María!… Aquel viernes y aquel sábado, creo que fui renegado, ateo, blasfemo, ¡todo!…, ¡porque me era imposible concebir un Dios en los cielos, y su Hijo muerto y escarnecido en la tierra como un malhechor!…
—Pero el domingo al amanecer comenzaron las apariciones del Señor, y aunque es verdad que nuestra fe y nuestra esperanza cayeron a tierra, florecieron de nuevo en aquel glorioso amanecer –dijo María llena de místico fervor que casi era un arrobamiento.
—Fue un éxtasis demasiado breve para equilibrar en mi yo íntimo la magnitud del dolor, de la amarga decepción, de la depresión moral que había sufrido. ¡Ni aún eso, María, ni aún eso pudo borrar el horror y el espanto de aquella muerte! ¡Oh, aquella muerte!…
Juan se cubrió el rostro con ambas manos como temeroso de volver a ver la espantosa visión de aquella hora.
María lloraba silenciosamente.
—¡María! –continuó Juan a media voz–. Yo quiero rehacer mi vida. Yo quiero borrar todo aquel horror, todo aquel espanto pensando solamente que Él vive glorioso y feliz en el Reino de Dios. ¡Ayúdame María!… ¡Ayúdame a desear la vida, a amar la vida, a creer que esta vida mía puede servir para algo que merezca la pena de vivirla!…
María se secó las gotas de llanto que corrían en silencio y después de unos momentos habló con acento tan suave, tan tímido que Juan tuvo que inclinarse hacia ella para oírla.
La dulce niña había apoyado su cabeza cubierta con el manto, en el brazo de Juan para evitar su mirada:
—¡Juan! –le dijo–, yo te daré el motivo para amar tu vida, para creerla
hermosa, útil y necesaria.
Y levantando un poco la voz que adquirió la solemnidad de un augurio, de una profecía, continuó–: ¡Yo necesito de tu vida, Juan, para vivir!… ¡Yo te pido que vivas para mí!… ¡Yo quiero que vivas y yo viviré hasta que hayas amado de nuevo la vida y quieras vivirla grande, fuerte, hermosa, llena de promesas, de luz y de gloria! ¡Quiero que vivas para amarme y yo viviré para ti!…
Y rodeando con sus brazos el cuello de Juan, le dio un beso intenso, largo y mudo, en el cual aquella débil y bella criatura dejó toda la fuerza de su heroica voluntad de dar del inagotable tesoro que guardaba su alma grande, pura y fuerte encerrada en tan frágil envoltura carnal.
Fue un esfuerzo demasiado grande. Se había sobrepuesto a su natural pudor y timidez, para hacerle a Juan aquella franca y abierta declaración que a ningún hombre le hubiera hecho en su vida, con el único fin de que él amara de nuevo la vida creyendo que alguien en el mundo necesitaba de él para vivir.
Juan estrechó a su corazón la cabeza de María, mientras le decía con voz temblorosa de emoción:
—¡Sí, María…, mi pequeña María! ¡Viviré para ti, viviré para ti, único ser que necesita de mi vida, de esta pobre vida que quiere huir de la tierra a cada instante!”
Pero María no pudo oír hasta el final tan dulces promesas porque había caído en uno de esos desvanecimientos, tan frecuentes en las naturalezas neuróticas.
Este incidente ocurría mientras en el otro extremo de la cubierta, Leandro tenía aquella confidencia íntima y secreta con Boanerges y el Capitán Saúl. El momento de angustiosa espera que pasó Juan con la jovencita desmayada en sus brazos, no es para describirlo…
—¡Maestro mío! ¡Que ella viva para mí!… –clamaba Juan dejando correr sus lágrimas que sólo el viento de la noche recogía–.
“¡María es el único lazo que me une a la vida después de tu partida al Reino de Dios! ¡Me dejaste solo, Señor, y sólo ella necesita de mí!… ¡Te ofrecí mi vida tantas veces, Maestro, y no aceptaste mi ofrenda!…, ¡que ella viva para mí!…, ¡y yo viviré para ella!…
Después de unos momentos que a Juan le parecieron horas, María abrió los ojos y se apartó rápida de Juan.
—¿Por qué lloras, Juan?… ¿Te hice daño con mis palabras?
—No, María. Me has hecho mucho bien y lloro de agradecimiento al Maestro y a ti. Tus desmayos me asustan mucho, porque se parecen a la muerte y yo no quiero tu muerte sino tu vida…
“¡Me has prometido vivir para que yo viva, María!
—¡Sí, Juan, sí! ¡Yo viviré para que tú vivas!… ¡El Maestro me hará vivir para que tú vivas! Vamos con Rhoda, que tengo frío y quiero bajar a nuestra cámara.
Se acercaron al grupo de Rhoda, Felipe y Nicanor.
—Acabamos de celebrar un pacto –dijo Felipe muy animado…
—Lo celebraremos todos juntos abajo, en la cámara, porque María
no se siente bien y tiene frío –contestó Juan.
Y apercibiéndose de la confidencia íntima de Leandro con los dos muchachos, bajaron lo más discretamente que les fue posible, y Felipe que había practicado varios meses con los terapeutas del Santuario del Monte Ebath, en Samaria, preparó un licor tonificante para María, buscó fuego en la cocina, nueces y castañas en su bolso de viajero y entre asar castañas y romper nueces, y la charla amena de aquella juventud que despertaba, continuaron la amistosa y cálida velada comenzada en la cubierta a la luz de las estrellas.
El pacto de Felipe con Rhoda y Nicanor, consistía en que vivirían los tres en una granja que Felipe tenía en las cercanías de Sebaste, herencia de su padre. Serían tres hermanos, y Adín, hijo de los tres. Rhoda sería el ama de casa para cuidar de ellos, y ampliarían la Congregación que ya tenía fundada Felipe, aunque muy modesta y pequeña por falta de una mujer de confianza que hiciera de ama de casa para cuando Nicanor y él acudieran a la ciudad y aldeas vecinas en busca del dolor del prójimo y a enseñar la doctrina del Maestro.
—Juan y yo hemos hecho también un pacto allá arriba a la luz de las
estrellas –dijo María, que se había reanimado por completo.
—¿Y ese pacto es?… –preguntaron Felipe y Nicanor.
Juan sonreía mirando a María y deseando que ella hablase primero.
—Nuestro pacto consiste en la promesa de vivir, Juan para mí y yo
para él –dijo con toda franqueza la pequeña María.
—¡Hola! –exclamó Felipe alegremente– ¡Nupcias en el horizonte,
muchachos!
—¡No! –dijo tranquilamente María– ¡nada de nupcias!
“Para ayudarnos a vivir uno al otro no se necesitan las nupcias, pediré a Lázaro que me deje vivir en la Casa de la Madre Myriam y cuidaré de la vida de Juan y él cuidará de mi vida. ¡Y las rosas de Nazareth no se irán más de nuestro jardín y los mirlos cantarán con nosotros trinos hermosos, salmos de amor y de gloria para el Maestro que juntos hemos amado!
“¿No es esto, Juan, tener el cielo en la tierra?
—¡Tú lo has dicho, María! –le contestó Juan con el rostro iluminado por una nueva luz–. Contigo a mi lado es como si volviera a vivir el Maestro porque tú eres María, ¡un pedacito de su corazón!…
“¡Y ya no podré pedirle nada más a la vida!… ¡Nada más!…
—¡Bravo, Jhoanín!…, ¡te despertaste, por fin!… –decía Felipe, dando palmoteos de alborozada alegría, contagiosa para los demás que aplaudían también. Juan sonreía como avergonzado al ver que todos se habían dado cuenta del estado en que estuvo durante tanto tiempo.
María, muy seria y grave, como una matrona de cincuenta años dijo:
—¡No veo la necesidad de que hagas tanto aspaviento, Felipe! ¡No es ninguna cosa del otro mundo!
—¡Claro que no es del otro mundo, sino de éste! ¡Y bien de éste!…
–continuaba Felipe, como si una explosión de gozo le forzara a desahogarlo–. ¡Miren que dos tórtolos que se arrullan es cosa muy de este mundo! ¡Por el Rey Salomón!… ¡Que fue tan enamorado!…
—Bueno, ¡basta ya! –ordenó María, como una madre que pone orden en un alboroto infantil–. Aquí no tratamos de los amores de Salomón ni de cosa que se parezca. Cuando te haces el loco, Felipe, ¡eres inaguantable! Dame castañas, que hasta ahora no me diste ninguna.
—¡Perdón, madrecita!… ¡Olvidé que el amor despierta el apetito!
–exclamó mimoso Felipe.
—Si no te muerdes la lengua me voy –dijo María levantándose entre
las risas contenidas de todos.
—¡No, no, por favor!… ¡Que ya me muerdo la lengua, me la trago y me hace la digestión!
—¡Parece mentira que seas el Diácono Felipe!… Repréndelo Rhoda,
tú que eres la viuda de su hermano mayor –arguyó María, esforzándose
por mantener su gravedad.
—Es que tú no conocías a Felipe en intimidad –intervino Juan, teme-
roso de que una tensión de nervios le hiciera daño a María–.
“Si aún en presencia del Maestro jugaba así. No te preocupes. Es su carácter.
—¡Gracias por la defensa, amigo Juan!… ¡Te mereces cuatro castañas!… ¡Toma!
Leandro entraba al comedor, seguido de Boanerges y el Capitán.
—¡Gracias a Dios que veo, por fin, caras de fiesta! –dijo mirando a todos uno por uno–.
“¿Qué vientos habrán rozado las blancas velas de nuestro barco?
–añadió sonriente.
—¡El vientecillo divino del amor, Maestro Leandro!… –contestó de
inmediato Felipe, que estaba en vena humorística y no podía cambiar.
—¡Oh, muy bien! –exclamó Leandro–. Nuestro Capitán dice que mañana, antes del mediodía estaremos en el puerto de Rafia y allí lo celebraremos como es debido. ¿Y quiénes son los que hicieron florecer el mirto?
—Juan y María –dijo de nuevo Felipe, señalándolos con un ademán
muy expresivo.
—¡Señor!… –intervino grave y seria María–. Felipe es un chiquillo juguetón y sólo busca contagiarnos a todos con su alegría. No le haga caso, señor…
—Creo que hay algo más que juego –dijo Boanerges sentándose al lado de Juan–. Te veo más animado…, y también lo estoy yo, te lo aseguro.
—Parece que mi velero –añadió el Capitán–, trae suerte a los que
viajan en él. Que me la dé a mí también y le haremos vela de púrpura
–y los negros ojos de Saúl buscaron los de Rhoda, que los había bajado
a las ardientes ascuas que brillaban en el brasero.
Desde el primer día de viaje, al joven Capitán le había llamado la atención aquella suave belleza pálida, enlutada y silenciosa, que no atendía a nada más que al fino encaje que sus pequeñas manos tejían. Para ella no existía más que su libro de salmos y su cestilla de labor.
La curación de almas enfermas emprendida valientemente por el ex sacerdote de Osiris, iba dando flores y frutos al ciento por uno. Y hablando consigo mismo, se decía:
—¡Creo que cuando terminemos el viaje el único enfermo seré yo!…
¡Oh, Divino Maestro del Apóstol Zebeo, acuérdate también de mí que
soy el más enfermo de todos!

37
EN EL PUERTO DE RAFIA

Tal como anunciara el Capitán Saúl, a mitad de la mañana siguiente el “Quintus Arrius” echaba anclas en el hermoso puerto de Rafia, flanqueado al oriente por peñascosas colinas, últimas derivaciones de la cordillera que baja desde el alto Líbano hasta la Arabia de Piedra y remata en el histórico Monte Sinaí, sobre la costa del Mar Rojo.
Un hermoso sol de otoño ponía tintes de oro en las movibles olas y en las copas de los árboles que a su vez, se teñían del ámbar y carmesí que precede a la inevitable caída de su verde esplendor. Y nuestros viajeros aceptaron la invitación del Capitán Saúl para visitar el puerto y la ciudad, que ostentaba con orgullo viejos esplendores de otra época de florecimiento, que terminó con la triste derrota del Faraón Saba Akón por los ejércitos invasores del Rey Sargón de Asiria.
El puerto y la ciudad de Rafia, parecían conservar aún a través de siete siglos los vestigios como recuerdos vivos de la barbarie inaudita de Sargón y de sus huestes guerreras, piratas organizados para la devastación de ciudades, pueblos, con tan refinada crueldad que durante muchos siglos fueron el terror de los países más civilizados.
El Contramaestre del “Quintus Arrius” era originario de Rafia y había obtenido plaza en la flota de Ithamar por recomendación del Príncipe Melchor. Fue, pues, el experto guía para la excursión de nuestros viajeros en este importante puerto de Arabia Pétrea.
Tenía allí su madre viuda y cuatro hermanos menores, tres varones y una mujer. Su situación era, pues, igual que la del Capitán Saúl, o sea que sobre él pesaba toda la responsabilidad de la familia. Era una de las características de nuestro amigo Simónides, el tomar con preferencia como colaboradores suyos en la vasta red comercial que manejaba, a aquellos que por circunstancias especiales atendían a la manutención de una familia sin padre. El joven Contramaestre que sólo tenía veinticinco años fue trasladado de un barco mercante al “Quintus Arrius” en su primer viaje al África. Y este traslado obedecía a dos motivos de importancia: a su pericia en la navegación de esa ruta y a que se le acordó una licencia de treinta días por grave enfermedad de su madre.
El “Quintus Arrius” hacía un viaje que puede llamarse de recreo y que no tenía prisa alguna de regreso. Todos estos pequeños detalles hacen ver a nuestro lector cuán razonables eran las afirmaciones del Anciano Administrador de la fortuna colosal de la Casa Ithamar, cuando le decía
a su Soberano Rey de Israel, años atrás: “Mis subordinados me sirven bien porque pago mejor aún que paga el César”.
Simónides, no olvidaba nunca que sus subordinados tenían corazón dentro del pecho y sabía ponerse a tono con las afecciones, necesidades y anhelos de todos los seres humanos.
En viajes de esta naturaleza surge espontáneo el compañerismo y una amistad tan franca y familiar, que nuestros viajeros al bajar en Rafia quisieron visitar la familia del Contramaestre, y más aún teniendo conocimiento de la enfermedad de su madre.
Lo primero que se presentaba a la vista del viajero, allí, y como formando parte de las peñascosas colinas, eran las ruinas de una antiquísima fortaleza que había sido el centinela avanzado que los Faraones de la vigésima quinta dinastía pusieron frente al mar y a la entrada de los caminos que venían del norte. Aquella Fortaleza en ruinas era también panteón sepulcral venerado por los rafianos, pues se conservaba la tradición de que allí se refugió el Faraón y su familia, y allí quedaron sepultados, cuando las hordas asirias derribaron sus altivas torres y sus blancas almenas que se hundieron entre la humareda y las llamas del incendio devastador. A más de panteón sepulcral, era refugio de mendigos, de viejos paralíticos, de chicuelos raquíticos y sin padres, y de perrillos sin dueño. Y estos míseros despojos de la sociedad humana, como raposas en sus cuevas, vivían bajo los escombros pues que la fortaleza de aquellas construcciones aún en ruinas, son capaces de proteger de la intemperie a los que carecen de un techo que los cobije. Merodeaban por las inmediaciones del puerto a la espera de la piedad de los viajeros. Y esta vez no esperaban en vano. Leandro al verles pensó en la Aldea de los Esclavos, y en el gozo que tendría el capitán Pedrito si pudiera recogerles en su barcaza “Amare Victum”, llevarles al vetusto Castillo del Lago Merik y decirles: “Vivid felices entre el amor y la paz. Yo fui un mendigo como vosotros y el amor de un hombre bueno me dio la dicha”.
Nuestros amigos galileos pensaban a su vez en la Santa Alianza de su tierra natal y decían:
—Allí no hay ya mendigos ni enfermos abandonados porque el amor del Hijo de Dios les dio a todos, trabajo honrado, pan, lumbre y techo para que vivan su vida.
Todos fueron socorridos, y nuestros viajeros les prometieron hacer
algo más por ellos en el tiempo que permanecieran en Rafia.
En la casa familiar del Contramaestre encontraron inquietud, ansiedad, y un dolor no disimulado ante la grave enfermedad de la madre y la ausencia del hijo mayor. Leandro y Felipe intervinieron de inmediato cerca de la enferma que sufría ahogos horribles y dolorosos espasmos. Era cardiaca, y su débil corazón afectado de muerte amenazaba paralizar
sus latidos de un momento a otro. Esperaba la llegada del hijo para morir tranquila, según ella decía. Era originaria del Estrecho de Mesina, sobre el Mar Jónico, y su familia de elevada posición en otros tiempos, había emigrado al África huyendo de luchas políticas y guerras civiles que les hicieron imposible la vida. En Rafia se había casado con un marino, un excelente hombre que la dejó viuda con cuatro hijos de poca edad, con el añadido de una hermanita menor suya, que venía a ser como otra hija, pues era de la misma edad de su única hija mujer. Pero esta niña era muda de nacimiento.
El Contramaestre hizo las presentaciones de su numerosa familia a sus amables compañeros de viaje que tan piadosamente compartían su dolor. Su madre se llamaba Cecilia de Regio, ciudad puerto del Estrecho de Mesina; pero su hermanita Amada, lo mismo que todos sus hijos habían nacido en Rafia, donde ella encontró al que fue su marido.
Leandro, que había sido Pastóforo en los Templos de Osiris, tenía avanzados conocimientos en la Terapéutica de aquellos tiempos y sobre todo en las enfermedades mentales y relacionadas con el sistema nervioso. Felipe, con una larga práctica como auxiliar de los terapeutas Esenios y más con cierta facultad intuitiva y fuerza magnética natural, pudieron darse cuenta de inmediato de que la muerte rondaba de muy cerca a la madre de Lucrecio, el Contramaestre, trataron de aliviarla asimismo de los ataques de ahogos que la acometían a cada instante.
La situación financiera, sin ser desesperante, era algo estrecha, pues sólo trabajaban con eficiencia para el hogar los dos hijos mayores. El tercero era pequeño, y la hija mujer, con la niña muda, atendían el hogar y a la madre enferma.
Era una familia de marinos y de músicos. Nazario el hijo segundo era Oficial primero en un velero destinado a correo y pasaje entre los puertos de Rafia, Pelusio, Canope y Alejandría. Amada, hermana de Cecilia y casi su hija, pues que la crió desde la cuna donde quedó recién nacida a la muerte de su madre, tocaba admirablemente el arpa acompañada por la sobrina de su misma edad y por el niño menor de trece años, que ambos dominaban regularmente la cítara y el laúd. Y Boanerges, no obstante el ambiente de inquietud y de tristeza de la casa, se sintió en un rincón de cielo entre aquellos tres compañeros de arte.
En la tristeza dulce y suave de Amada la pobrecita muda, que no pudiendo expresar con palabras sus sentimientos lo hacía con las cuerdas doradas de su arpa, encontró el trovador de Mágdalo tal similitud con su propio sentir que se estableció de inmediato entre ellos una dulce corriente simpática. Era una lánguida belleza tropical de cabellos y ojos castaño claro, que eran el precioso ornato de una delicada fisonomía blanco-marfil que el rubor teñía suavemente cuando tocaba el arpa en presencia de extraños.
Y mientras Leandro y Felipe con el médico de cabecera y el Contramaestre conferenciaban aparte sobre el estado de la enferma, Amada y Boanerges junto a su lecho le daban una magnífica serenata, como si siempre, de toda la vida, se hubiesen acompañado en un dúo maravilloso.
Olvidando Boanerges que era muda, le hablaba expresándole su admiración por lo magníficamente que tocaba el arpa. Ella lo miraba tristemente limitándose a señales que querían significar su agradecimiento y colocaba su frágil manita sobre las cuerdas como mandándole callar.
—¡Qué tristeza no poder hablar! –exclamó Boanerges de pronto y
como desesperado.
Amada movió la cabeza negativamente, pero no obstante sus ojos se cristalizaron de lágrimas.
La enferma que los observaba le dijo:
—Si escribes la lengua de Roma, ella lee y escribe. A más, se expresa muy bien en el lenguaje mudo. Amada –dijo–, pregúntale a este joven cómo se llama y de dónde viene.
Ella se sonrojó visiblemente y miró a su hermana con una mirada de suave reproche.
—Es sólo para que él vea cómo es el lenguaje mudo –añadió la enferma. Entonces Amada hizo una serie de rápidos movimientos con sus dedos ágiles y finos.
—Le pregunta en qué país nació y cómo es su nombre.
—Nací en Siria Norte, a orillas del río Abaná; pero como desde niño he vivido en Mágdalo de Galilea, me llaman Boanerges de Mágdalo.
—¡Oh, de Mágdalo! –exclamó la enferma–. Allí vivía una hermana de mi madre casada con un griego ilustre descendiente de los homéridas; pero murió muy joven dejando una hijita de pocos años; mi madre era de Lucania, en el Golfo de Tarento, pero mi padre era de Regio, en Mesina, y las hermanas se separaron para siempre.
“La vida nos separa inexorablemente. Mi madre recordaba siempre con inmenso cariño a su hermana menor Nelia, que el griego se la llevó al otro lado del mar.
—Me cabe la satisfacción –contestó Boanerges–, de decirle, señora, que el Castillo de Mágdalo, donde fui acogido de niño, era la casa de esa hermana de su madre y que hoy lo posee su hija, Nelia María, como única dueña pues su padre murió hace varios años.
—¡Oh, qué maravillosa casualidad! –exclamó gozosa la pobre enferma–. A mi madre la afectó mucho la muerte de Nelia y pensaba siempre en lo que sería de su hija sin madre. ¡Oh, qué cruel es la vida que nos separa siempre! ¿Y es dichosa Nelia María? ¿No se ha casado? ¿Qué clase de mujer, es?
Eran muchas preguntas para contestar así, de improviso, y además el sensible trovador de Mágdalo venía luchando por curar su vieja herida de amor, que inconsciente la pobre enferma desgarraba de nuevo.
—Tiene mucha fortuna. La aldea de Mágdalo con los campos y bosques que le rodean son suyos. Hasta hoy no ha querido casarse, aunque ha tenido buenas oportunidades de hacerlo. Su alma era toda de la Grecia de Orfeo y de Homero. Y en su Castillo se respiraba el aire de la Fuente Castalia y del Monte Parnaso. Pero después…, pasó por la Siria un personaje que los griegos de Delfos llamarían Apolo…, algo así como un Dios de Amor que obró en ella una completa transformación.
—¿Pero es feliz? –volvió a preguntar la enferma.
—Eso…, eso señora sólo puede saberlo ella misma. Vive sola con su servidumbre, entre la cual me he contado yo hasta hace siete años en que ella me hizo notario auxiliar de su Administrador general.
—No sé por qué me parece que no es feliz la pobrecita. Si vuelves a
Siria, quisiera acercarme a ella. ¡Pero soy tan enferma!
—Tal como yo la conozco a ella, creo que le daríais una grande alegría y ¡quién sabe!… Acaso fuera conveniente para ambas ese acercamiento
–contestó Boanerges.
La entrada del médico con el Contramaestre puso fin a la conversación. Boanerges y Amada se retiraron hacia el interior de la casa a un amplio patio sombreado de acacias que perdían las hojas, donde Leandro y Felipe conversaban animadamente; mientras Rhoda y María, con Juan y Nicanor, se divertían con dos pequeños antílopes que jugueteaban sobre el verde césped más allá del jardín.
Una infinita compasión ponía su nota suave de ternura en la voz y los
ojos de Boanerges mientras caminaba junto a Amada sin hablar palabra.
¡Ella era muda!
—Yo hablaré para ti, si es de tu gusto –le dijo. Ella hizo con la cabeza señal afirmativa.
—Me gustaría mucho aprender a interpretar las señales de tu lenguaje.
¿Querrás enseñármelas?
“¿Desde cuándo tocas el arpa?
Amada contó los cinco dedos de su mano izquierda y luego dos de su derecha.
—¿Siete años? –preguntó Boanerges.
La cabecita castaña de sedosos bucles afirmó que sí.
—¿Sufres mucho por no poder hablar?
La jovencita no contestó, pero miró a Boanerges con sus dulces ojos llenos de tristeza y de lágrimas.
—Tu hermana acaba de decir que vuestra madre era hermana de la madre de María de Mágdalo. ¿He comprendido bien?
Amada afirmó que sí.
—En tal caso, tú eres prima de ella y hasta creo que te le pareces bastante. ¿Te gustaría ir a verla?
Una ráfaga de luminosa alegría apareció en los dulces ojos de Amada y fue bastante clara contestación para Boanerges.
—¿Quieres que te llevemos hacia ella a nuestro regreso? Contestó con movimientos de cabeza que sí.
—¿Cuántos años tienes de edad?
La joven puso ante Boanerges sus dos manos con los dedos abiertos. Luego cerró las manos y las volvió a abrir en igual forma. Luego levantó el índice solo.
Boanerges contó mentalmente: dos veces diez y más uno.
—Veintiún años –dijo. La niña afirmó que sí.
Boanerges refirió a la joven tan claramente como le fue posible el inmenso dolor en que vivía su prima desde diez años atrás debido a la espantosa tragedia de injusticia y de crimen que terminó en el Gólgota. El joven trovador deshojaba como perlas negras, como hojas secas de un rosal muerto los dolorosos recuerdos que vivían intensos en su alma sensitiva, y su mirada se perdía a lo lejos como enredada en las amarillentas copas de los árboles del huerto que el viento del otoño iba desnudando lentamente.
Sintió un hondo sollozo a su lado y volvió la cabeza. Vio el rostro de
Amada bañado en llanto que ella dejaba correr en silencio…
—¡Perdón! –clamó Boanerges–, ¡no creí lastimarte tanto!…, ¡pobre niña que tienes demasiado con tu propio dolor! Y aún vengo yo a aumentarlo con una historia de angustia.
La joven se sentó en un banco del jardín y puso su mano en el espacio vacío, mirando a Boanerges con su sonrisa que aún lloraba. Él comprendió la señal y se sentó a su lado.
—Veo Amada –le dijo–, que tú padeces más que yo, doblemente más, porque estás impedida de expresar con palabras lo que siente tu corazón.
La muda afirmó que sí.
—Tú piensas en que al desaparecer tu hermana, cuyo mal es muy grave, quedas sola en el mundo, ¿no es verdad?
El bello rostro de Amada se contrajo en una angustia suprema y sus labios temblaron como los de un niño que va a llorar desesperadamente.
—Lo he comprendido bien –continuó Boanerges–. Los hijos de tu hermana seguirán sus caminos por el mundo, y tú ¡pobre niña!, sin voz, sin palabra…, muda. ¿Qué podrías hacer para afrontar la vida?
Ella tomó suavemente una mano de Boanerges y buscó sus ojos con
tan indefinible mirada de súplica, de ruego, de infinita angustia, que él
no pudo contenerse y arrodillándose ante aquella atormentada criatura, estrechando sus frágiles manitas heladas entre las suyas, le dijo con voz quebrada en la garganta por la emoción que le embargaba:
—No padezcas así, ¡te lo ruego! ¡Yo sufro también, y soy quizá más pobre que tú, más insignificante que tú, más humillado por la vida que tú, porque no conocí jamás a mis padres, ni sé de dónde vine, ni por qué vine, ni adónde voy!… ¡Pero así como soy, te juro por este sol que nos alumbra que yo velaré por ti y cuidaré de ti, ¡todos los días de mi vida!…
¿Aceptarás mi ofrecimiento?…
La pobre niña, ahogada por los sollozos, reposó su cabecita orlada de bucles castaños sobre aquel pecho amigo que tan noblemente le ofrecía amparo a su soledad. Y sus pequeñas manos que temblaban, se apretaron más a la diestra franca y generosa del extranjero desconocido, que así le brindaba amparo cuando estaba al borde de un abismo.
Cuando aquella explosión de dolor se hubo calmado, Amada se levantó haciendo a Boanerges señal de seguirla. Le condujo a una pequeña salita al fondo de la cual caía hasta el suelo una pesada cortina que él pensó escondía una alcoba. Como respaldo de un pupitre de caoba había un lienzo pintado al óleo, que representaba dos bellas jóvenes ataviadas con los trajes típicos usados por las mujeres del Golfo de Tarento en la fiesta clásica de la primavera.
Aparecían coronadas de rosas y llevando cada una al brazo una cesta tejida de cintas, llena de palomas blancas cuyos negros ojillos vivos y atrevidos daban la impresión de un ansia inquieta de tender el vuelo. Aquellas imágenes sonreían felices ante la vida que era de seguro para ellas una interminable primavera.
Boanerges contempló aquel lienzo y meditó en silencio. La intuición acudió en su ayuda.
—¿Quién pintó este lienzo?
Amada se señaló a sí misma con una palmadita en su pecho.
—Entonces eres música y pintora
La niña sonriendo graciosamente afirmó que sí, y le hizo ver unos cuantos lienzos de paisajes regionales que había en los marcos y algunos en un rincón de la salita.
Boanerges volvió a mirar el gran lienzo, encontró que las dos jóvenes, una era rubia y la otra de cabello castaño, muy parecidas entre ellas.
Se veía claro que eran hermanas. Y Boanerges dijo sin temor de equivocarse:
—Esta debe ser tu madre; y esta otra es la madre de María de Mágdalo. ¿Acerté?
Una viva expresión de júbilo en el rostro de Amada le contestó que era así.
—Si tú accedes a venir con nosotros a Palestina llevaremos este lienzo a la señora del Castillo. ¿Estás de acuerdo?
La niña muda contestó que sí.
Luego entró detrás de la cortina que ocultaba la alcoba y sacó un cofrecito lleno de documentos y en el fondo brillaban unas cuantas monedas de oro. La joven ató los documentos con una cinta. Los envolvió en un fajo de tela de lino y se lo dio.
—¿Qué hago con esto? –preguntó Boanerges.
La niña pensó, vaciló un momento, lo miró a los ojos y luego con un ligero temblor en las manos, abrió en el pecho el cierre de la túnica de Boanerges y escondió allí el fajo de documentos. Lo volvió a mirar como para asegurarse de que no lo había disgustado.
—Está bien, está bien– le contestó él.
La jovencita tomó las monedas de oro que eran diez, las escondió en un bolsillo pequeño y tomando la mano de Boanerges, lo puso en la palma y cerró los dedos.
—¡No! ¡Esto no! –le dijo él–. Esto guárdalo para ti, es tuyo y puedes
necesitarlo.
Ella demostró inquietud y deseo de ser comprendida. Vacilaba…,
pensaba, y por fin hizo una señal con la mano como a larga distancia.
—¡Ya comprendo! –le dijo él–. ¿Piensas que estas monedas son para
pagar tu viaje?
La niña rió contenta de ser entendida.
—No es necesario, querida mía. En Palestina formamos una Hermandad en la cual tenemos cuanto necesitamos si somos fieles al Ideal sustentado por ella. El velero en que viajamos es pues como nuestro y no pagamos nada.
El rostro bello y suave como un lirio tomó una expresión de gozo divino y dejó caer el pequeño bolso en el cofre, como convencida de que en aquel extraño país, el oro no era necesario para la vida.
—También en Alejandría y en algunas capitales de Arabia el Príncipe
Melchor fundó la misma Hermandad.
“Él conoció al hijo de tu hermana, que por recomendación de él está al servicio de nuestra Hermandad.
La muda hizo señal afirmativa y rápidamente descubrió un lienzo que
estaba en su soporte, y se lo señaló a Boanerges.
Era un retrato del Príncipe Melchor con la vestidura de los Hierofantes
del Templo de Osiris.
—¡El Príncipe Melchor! –exclamó Boanerges– ¿Cómo has pintado esto? –La niña le enseñó un pequeño rectángulo de loza en que aparecía en miniatura la misma imagen que ella había copiado en el lienzo.
Mientras ocurría esto en un rinconcillo apartado de la casa, el Capitán
con Nicanor, Juan, María y Rhoda, paseaban por el hermoso parquecito que la rodeaba circundado por una buena balaustrada de piedra.
María con Juan y Nicanor caminaban muy despacio y a ratos se sentaban en el borde de una fuente o en alguno de los bancos solitarios sobre los cuales se deshojaban los árboles, cuidando de no fatigar a María.
De pronto les alcanzó Felipe en cuyo alterado semblante conocieron que algo grave ocurría en la casa.
—¡Ya terminó todo! –les dijo–. ¡Qué triste augurio para un viaje!
¡Venir a presenciar una muerte!
—¡Pobres hijos! –exclamó María, y se dejó caer sin fuerzas, sobre un
banco.
Sabiendo Felipe que de todos los presentes, ella era el punto más débil se le acercó enseguida.
—No te impresiones, no te asustes, domina tu sensibilidad. Bebe
esto –le dijo y la joven obedeció.
— Llévala al barco Juan, que nada bueno puede sacar de las escenas
que aquí verá –añadió Felipe.
—¡No! –dijo María–. Sería una cobardía imperdonable no compartir con el Contramaestre y sus hermanos el dolor de este momento. No, no me iré.
—¿Y si te enfermas? –preguntó Juan todo asustado.
—Nuestro Divino Señor me dará la fuerza necesaria para consolar a los que sufren.
El Capitán tomó de la mano a Rhoda que tampoco se demostraba muy serena.
Advirtiéndolo Felipe, la obligó a beber el tonificante que había bebido
María.
—Vamos todos allá –dijo. Pero Rhoda se quedaba atrás vacilante.
—¿Te sientes mal? –le preguntó Saúl.
—Hace tan poco –dijo ella–, que presencié dolorosas escenas de
muerte y de llanto que no me siento con valor.
—¿Quieres volver al barco? –le preguntó de nuevo Saúl.
—Sería mejor –dijo ella–. Yo no significo nada aquí en estas circunstancias y creo que la familia comprenderá este momento mío de debilidad.
El puerto quedaba a doscientos pasos escasos y Saúl se disponía a llevar a Rhoda, cuando apareció Leandro a buscarlo.
—Capitán Saúl –le dijo–, creo que es necesaria tu presencia. El Contramaestre se quiere matar sobre el cadáver de su madre y su hermano lucha con él. –Saúl corrió desesperado y Leandro se encargó de Rhoda, y llamó a Juan y a María–.
“Ninguna de ellas dos –dijo–, deben entrar en la alcoba mortuoria. Quédate aquí con ellas, que Felipe, Nicanor y yo hacemos falta allá adentro… –Y rápido se fueron los tres.
Boanerges y Amada entraban al mismo tiempo a la alcoba por una puerta interior. La pobre niña se acercó lentamente al lecho y miró con sus ojos espantados muy abiertos el cadáver de su hermana, un grito agudo como un quejido se exhaló de sus labios y cayó de rodillas junto al lecho descansando su cabeza sobre la mano tibia, laciamente abandonada por la vida. Y una tempestad de sollozos sacudió aquel frágil cuerpo arrodillado que en ese instante no era más que un montoncito de angustia, ante el triste despojos de la muerte. Boanerges se acercó a ella y le dijo al oído buscando consolarla:
—Piensa que no estás sola en el mundo, porque yo estoy aquí.
En ese momento se le acercó el hijo menor, de doce años, y abrazándose del cuello de Amada le dijo entre su llanto:
—Ya no tengo madre, Amada. ¿No serás tú la madre mía de hoy en adelante?
La niña muda lo miró con asombrados ojos llenos de llanto, y miró luego a Boanerges que estaba a su lado. Este comprendió lo que esa mirada significaba y contestó al niño angustiado:
—¡Sí, hijo mío, ella será tu madre! –Y fue entonces que el llanto contenido durante tanto tiempo se desbordó como un torrente del corazón de Boanerges, y abrazando las cabezas unidas de Amada y del pobre niño sin madre, lloró como hacía diez años que no lloraba.
Había llorado con igual angustia cuando vio morir al Divino Maestro, que había sido el árbol frondoso que le diera sombra desde su niñez desvalida y solitaria. Sólo Él supo comprender las ansias infinitas y jamás satisfechas de su corazón de visionario, de soñador, de incansable buscador de algo que en la tierra no había para él. La angustia de aquel niño que perdía la sombra augusta y piadosa de su madre, le despertó vivo y desgarrador todo el mundo de dolorosos recuerdos que desde diez años atrás dormían en su yo íntimo, y todo ello unido a ese oculto amor que vivía como una llama encendida en un sagrario, ignorado, incomprendido de todos, era ya demasiado para que él tuviera la fuerza de aquietarse y ocultarlo.
Y entonces fue Amada, la pobre niña muda quien le devolvió sin hablar la misma frase de consuelo que él le había dado cuando dijo: “Piensa que no estás sola en el mundo porque yo estoy aquí”.
Se acercó a él, le apartó del rostro las manos que lo ocultaban y lo obligó a mirarla. La hermosa cabeza del trovador como un pájaro herido que busca un sitio para morir, se apoyó sobre el hombro de Amada, mientras le decía a media voz:
—Te he comprendido. Ya sé que estás a mi lado para unir tu soledad a la mía.
Dos días después aquella casa quedaba cerrada al cuidado de antiguos
criados fieles, y partían todos juntos hacia Alejandría, donde en quietud
y reposo, organizarían de nuevo la vida aquellos a quienes la muerte había dejado sin madre.
Durante los dos días que estuvieron en Rafia, Felipe se dio cuenta de que al Capitán Saúl no le era indiferente su cuñada, la dulce Rhoda que tanto merecía el amor y la confianza de un hombre noble, inteligente y fiel.
Y con su chispa habitual que se despertaba de nuevo después de las tristezas mortuorias que acababan de pasar, le decía en secreto a Leandro con el cual había hecho una firme amistad:
—Parece que el Capitán Saúl me exime con ventaja del deber que me impone la Ley. Creo que no seré yo el nuevo esposo de Rhoda.
—Así lo creo también. –Le contestaba Leandro con grande satisfacción de los dos.
Antes de partir de Rafia, Juan, Felipe y Nicanor, visitaron el recinto de la Santa Alianza que en Arabia se llamaba “Espiral de Incienso”, fundada por el Príncipe Melchor cuando el Divino Maestro le visitó en su Gran Santuario del Monte Hor.
Era director el Maestro Nerebín, que conoció el Cristo Ungido de Dios en su estadía en el Santuario del Monte Hor. Por entonces era sólo uno de los discípulos adelantados de esa Escuela de Divina Sabiduría, en la que fue consagrado Maestro dos años después.
Le secundaban eficazmente en su tarea de enseñanza espiritual y moral, los alumnos de una de las Escuelas de enseñanza superior que el Príncipe Melchor tenía fundada en Rafia, desde veinte años atrás.
Esta cordial visita de los hermanos de Palestina estrechó los vínculos entre ambas Instituciones cuyos principios eran iguales, como lo eran así mismas las obras de misericordia que constituían su principal objetivo. Y la “Espiral de Incienso”, precioso recuerdo del Príncipe Melchor, envolvía amorosamente a los mendigos y huérfanos, que nuestros viajeros encontraron entre los escombros cubiertos de hiedra de la Fortaleza del Faraón Saba Akón.
Y el Maestro Nerebín decía a Juan, Felipe y Nicanor:
—Creedme que nos cuesta aclimatar en nuestros Refugios, a estas avecillas vagabundas que parecen hallar placer en andar por las calles exhibiendo su dolor y su miseria. No les es fácil adaptarse a una vida metódica y ordenada, después de haber pasado años comiendo cuando encontraban un mendrugo y durmiendo cuando les vencía el sueño.
“La extrema escasez y miseria en que han vivido, ha creado en ellos hábitos de tal egoísmo y mezquindad, de hurto y de rapiña, que cuesta mucho convencerles de que en los Refugios, no tienen necesidad ni de acaparar, ni de robar comestibles o ropas, pues que de todo se les provee cuando lo necesitan. Hechos a vivir en una triste promiscuidad de edades
y sexos, encuentran un excesivo rigorismo en las ordenanzas y disciplina que necesariamente se imponen, en toda institución tendiente a educar y moralizar a las muchedumbres.
“No sé si a vosotros os ocurrirá lo mismo en Palestina –terminó diciendo el maestro Nerebín.
—De nosotros tres –respondió Felipe–, soy yo el que más he intervenido en los protegidos de la “Santa Alianza”, y puedo deciros que las costumbres hebreas se han mantenido hasta hoy un poco más elevadas, creo, que el resto del mundo.
“Y pienso que esto se debe en gran parte a la obra silenciosa y desconocida de los terapeutas Esenios, que alrededor de cada Santuario oculto en las montañas, ellos han acercado las familias humildes del bajo pueblo; y la esperanza del Mesías prometido desde años atrás, y después el contacto con el mismo Divino Ungido que anduvo entre ellos remediándoles sus necesidades y aliviándoles su miseria y su dolor, ha debido influir necesariamente en esa masa popular, modificándola y purificándola.
—Es indudable –dijo Nerebín–, que el pueblo escogido por el Señor para tomar allí cuerpo físico, debía ser algo superior a los demás pueblos. Esperemos que su doctrina de salvación se haga carne en todos los pueblos de la tierra. –De pronto se absorbió mirando sobre la cabeza de Juan con gran fijeza–.
“Me parece –le dijo–, que tú estás destinado a volar muy alto”.
—¿Yo? –preguntó Juan extrañado–. Pues hasta ahora estuve a menor altura que todos porque la terrible tragedia que puso fin a la vida de nuestro Señor y Maestro, me ha tenido enfermo del alma durante diez años.
—Lo comprendo. Nuestro Maestro Melchor que era fuerte como un roble vino muriendo y costó hacerle reaccionar. Te lo he dicho porque hubo un momento en que vi detrás de tu cabeza dos alas como dos llamas de fuego. Y en nuestro simbolismo esotérico, eso significa “un gran vuelo espiritual”.
—Juan es uno de los Doce íntimos del Divino Maestro –dijo Felipe–.
Es el más joven de todos ellos.
—Sí –dijo Juan–, y también el que no hizo nada por Él, hasta ahora.
—Ya lo harás en adelante –añadió el Maestro Nerebín–. Y cuando esas alas de fuego se tiendan a volar, acuérdate de mi, quiero entonces estar a tu lado.
—No lo olvidaré –dijo Juan estrechando la mano que Nerebín le
tendía.
Durante esta conversación Nicanor había buscado y traído a los mendigos y chicuelos harapientos que encontraron en las ruinas, para
dejarles ya seguros al amparo de aquella Institución de socorros, hermana de la “Santa Alianza”.
Después de visitar los distintos pabellones de los refugiados, se despidieron prometiendo una segunda visita al regreso de Alejandría.

38
EL CAPITÁN PEDRITO ESPERABA

Dos días antes de zarpar el velero “Quintus Arrius” del Puerto de Joppe, Leandro entregó a un buque de pasaje y carga, una epístola para Zebeo dirigida a la Escuela que conservaba el recuerdo y el nombre del maestro Filón. El antiguo portero, visitante asiduo de la Aldea de los Esclavos, se la haría llegar. En ella anunciaba el regreso acompañado de los viajeros galileos.
Los viajeros que se añadieron en Rafia serían una sorpresa inesperada, pero en el viejo castillo de la princesa Thimetis transformado en Escuela-Refugio y Santuario, estaba seguro Leandro de que todos cabían holgadamente. Y en el corazón de Zebeo, ¡no se diga!… Era un huerto de amor donde cabían todos los que buscaban amor, consuelo y esperanza.
Y desde que la epístola de Leandro llegó a manos de Zebeo, el Capitán Pedrito con su barcaza “Amare Victum” y sus veinte remeros anclaban en el puerto de Alejandría a la espera de los viajeros. Sabían que venían hermanos de su padre Zebeo; lo veía a él ebrio de gozo cada vez que mencionaba los nombres de Juan, de la pequeña María, de Martha y Lázaro de la Aldea de Betania, el reposo dulce del Divino Maestro, del trovador Boanerges el de las canciones como gorjeos de ruiseñores en el dormido silencio de las noches de luna, de Felipe, Nicanor y Adín formando un alegre trío dispuestos a la jovialidad propia de los corazones sanos, sinceros y nobles.
¿Cómo no habría de estar Pedrito con el corazón como una flor de esperanza y con ansia loca de conocer aquellos hermanos sirios de su buen padre Zebeo? La barcaza como una matrona antigua vestía de toda gala, y sus cabinas habían sido adornadas de cortinillas nuevas, de nuevos espartos en el piso, de lindas cubiertas recién tejidas sus divanes, mesas y bancos de reposo.
Las habitaciones del Castillo brillaban de limpias. El oratorio rebosaba de flores y de cirios nuevos; el Comedor como un jardín de invierno poblado de helechos y begonias, y los viejos muros orlados de guirnaldas de madreselvas y rosas.
Tabita y Pedrito eran felices, con el gozo de su padre Zebeo que a los
diez años de dejar su tierra natal recibía de su Maestro la divina compensación del abrazo de sus hermanos.
La Aldea de los Esclavos, se veía por vez primera en víspera de una fiesta, y el humilde caserío y las tiendas ostentaban en mástiles plantados de exprofeso pabelloncitos amarillos con una estrella azul al centro.
Con inauditos esfuerzos entre todos los hombres habían trasladado los obeliscos pequeños que desde innumerables años servían de adorno en el parque del Castillo, y con ellos habían formado un frente a la entrada a la aldea, intercalados con palmeritas nuevas que le daban el lucido aspecto de entrada a un parque de recreo.
El director de estos trabajos de embellecimiento de la humilde Aldea era Narciso el compañero de Leandro, que por su amor al hijo de Liana, se sentía capaz de remover el mundo.
—¡Oh, los prodigios del amor!, –decía Zebeo, contemplando como en un éxtasis las transformaciones de las almas al impulso poderoso del amor ofrendado con absoluto desinterés.
Y por fin, a mitad de una dorada mañana otoñal, tibia y risueña, avistaron de lejos la barcaza “Amare Victum” que se acercaba majestuosamente por el canal, con todas sus velas desplegadas y flameando en el palo mayor el pabellón de la estrella azul, que era la señal convenida de que volvía con los viajeros abordo. Toda la Aldea y los habitantes del Castillo rodeaban el pequeño muelle y en la borda del “Amare Victum” se agitaban muchos pañuelos blancos como alas que ansiaban volar.
El abrazo de Juan y Zebeo era digno de ser inmortalizado en un lienzo.
¡Se habían amado tanto en los años felices que vivieron juntos en torno al Divino Maestro y hacía diez años que no se veían!…
Cuando se desprendieron uno de otro, ambos tenían el rostro bañado en llanto. Y después desfilaron por los brazos de Zebeo: Lázaro, Martha, Boanerges, la pequeña María, Felipe, Nicanor, Adín…
—¿Y para mí ya no queda nada? –preguntó Leandro acercándose
sonriente a Zebeo su gran amigo de última hora.
—¡Oh, también alcanza para ti el montoncito de tierra! –le contestó
el Apóstol, abrazándole cariñosamente.
Después vinieron las presentaciones habituales. Pedrito ya se había hecho amigo de todos y estaba encantado de los hermanos de su padre Zebeo.
Con los de Rafia, que estaban aún tan doloridos por la reciente muerte de su madre, naturalmente la entrevista primera tuvo dejos de tristeza y de amarguras. No obstante, a Pedrito le cayó muy en gracia el Contramaestre Lucrecio, por su pericia como marino del cual podía tomar buenas lecciones.
Las tres jóvenes, María, Amada y Alvina, le parecieron hadas de algún
paraíso escondido que tendría el Padre Celestial quien sabe dónde…, ¡oh, todos eran una maravilla para el noble y sano corazón de Pedrito!
¡Nunca se vio la Aldea de los Esclavos con tanta felicidad como aquel día!
Tabita, a su vez, como ama de casa, con todas sus compañeras del coro y de los talleres, se multiplicaban para hacer dulce y amable la llegada de los viajeros.
—¡Zebeo, hermano mío!… –decía entusiasmado Juan–. ¡Todo esto que veo es un maravilloso prodigio, un estupendo milagro que has hecho en homenaje a nuestro divino Señor!…
—O que lo ha hecho Él, para levantarme a mí que estaba como un lagarto dormido en un pajonal –le contestaba Zebeo–. ¡Oh, Juan! ¡Tú no sabes como yo estaba!
—No estarías seguramente peor que yo, aletargado en completa inercia durante los diez años largos que han pasado.
—¿Y ahora?… –preguntó Zebeo.
—Ahora vengo a contagiarme de tu optimismo, de tu esperanza… Vengo para que me ayudes a vivir de nuevo Zebeo, ¡para Él…, sólo para Él!
Las doncellas del Coro compañeras de Tabita se llenaron de júbilo al ver el arpa de Amada, la cítara y los laúdes de Boanerges, Alvina y Fidel.
¡Toda una familia de músicos!
—¡Oh! ¡Nuestra aldea hasta puede organizar un concierto rival del que
nos brindan todos los días los ruiseñores del parque al amanecer!
Pero cuando supieron que la jovencita del arpa, era muda, en todos los rostros murió la alegría y hasta en algunos ojos aparecieron lágrimas.
—¡Pobrecita!… –fue la frase que sonó en todos los labios.
Boanerges que estaba a su lado, pasó el brazo por su espalda como en un suave abrazo de protección y dijo:
—Ella habla con el arpa y si vierais, ¡qué bien se hace comprender! Tabita se le acercó maternalmente y le dijo acariciándola:
—¡No importa! El hablar no es toda la dicha de la vida. Y aquí hemos aprendido del Apóstol Zebeo a hacer dichosos a todos, ¡aún a los que no saben hablar! Que lo diga sino mi padre Leandro que os ha traído a todos y también el maestro Narciso que ninguno de los dos hablaban.
Todos festejaron la oportuna alusión de Tabita, y como una bandada de golondrinas se dispersaron por el Castillo, por el parque, y pasaron al viejo templo convertido en Refugio de ancianos y taller de carpintería, a los huertos tapizados de frescas hortalizas, a los pequeños botes de cruzar el lago, a los depósitos de leña preparada para arder en las estufas en el próximo invierno y hasta visitaron el gran horno, donde se doraba el pan familiar que habían de ver sobre la mesa del festín en ese mismo día.
El ambiente de paz, de compañerismo, de fraternal amor que se respiraba a pleno pulmón en la Aldea de los Esclavos, fue el más poderoso fortificante para las almas deprimidas y tristes que habían venido de tierras lejanas, donde el veneno del egoísmo y del odio iba envenenando lentamente los corazones.
El lector se pintará por sí mismo imaginativamente lo que fue la comida del mediodía.
La llegada al comedor fue una sorpresa tan admirable, que los dejó a todos en suspenso, agrupados en la gran puerta de entrada abierta de par en par por Zebeo.
Aparecía al frente un lienzo pintado al óleo por el maestro Aldebarán, uno de los alumnos del Príncipe Melchor que se consagró Maestro en el Monte Hor poco después de la estadía del Verbo de Dios en dicho Santuario. Había conservado en su retina la visión de aquella fisonomía única y sobre todo su mirada llena de luz y de dulzura infinita.
Representaba al Maestro de frente y de pie sobre una verde colina, con sus manos tendidas hacia adelante como invitando a acercarse a Él. Y al pie del lienzo estas palabras suyas pronunciadas ante una multitud doliente a orillas del Mar de Galilea: “Venid a Mí los que estáis cansados porque lleváis pesadas cargas y yo os aliviaré”.
Zebeo le había escuchado decir esas palabras, y fue el inspirador de ese lienzo en tal actitud.
Los tres más aventajados discípulos del Príncipe Melchor: YusufuDan, Nerebín y Aldebarán, fueron tres fuertes báculos para Matheo y Zebeo en el desenvolvimiento de su apostolado en el África.
El cambio de escenario y de vida fue de tanta eficacia para los viajeros, aun para los que tenían la honda pena de la reciente muerte de la madre, que seis días después organizaban una excursión al Valle de las Pirámides.
Les condujo el Capitán Pedrito en su barcaza “Amare Victum”, saliendo muy de madrugada con la idea de pasar allí todo el día y regresar a la noche con la luz de la luna.
En todos los corazones se atenuaron las penas y el más dichoso de todos era el Apóstol Zebeo viendo aquel florecimiento de amor y de esperanza que era para él como una divina compensación de su Maestro, a lo poco que había podido hacer su montoncito de tierra.
Los músicos llevaron sus instrumentos y en el Valle de las Pirámides escuchando el rumor de las olas del Nilo, organizaron un concierto que tuvo profundas repercusiones en tantos corazones jóvenes, que esperaban el amor con la misma placidez y quietud con que los antiguos patriarcas nómades esperaban a la puerta de sus tiendas las primeras brisas primaverales y la vuelta de las golondrinas en busca de las tibiezas del estío.
Y el amor llegó para ellos a la dulce sombra del alma de Zebeo, Apóstol del Cristo, en la que tan hondamente quedara grabada la Idea Divina del Verbo Luz del mundo: “El Amor salva todos los abismos”.
Boanerges fue designado director de orquesta y desempeñó su papel con la eficiente cooperación de Amada, de su sobrina Alvina, del pequeño Fidel, de algunas de las doncellas del Coro que tocaban la ocarina, la cítara y el laúd.
El Capitán Pedrito había olvidado su barcaza y cuanto a ella concernía, y sentado en la arena de la playa estaba en éxtasis escuchando el concierto maravilloso de las cuerdas y sintiendo el concierto más maravilloso aún de los corazones que vibraban al unísono.
Boanerges cantó a dúo con Alvina una antigua canción que él había compuesto en los jardines rumorosos de Mágdalo, cuando aún vivía en la tierra el Divino Maestro:

“Sosiega el alma y descansa Cuando ha sentido al amor Que viene sembrando rosas Del color de su ilusión.

El rosal perdía vida Sus capullos el color… Todo moría en el huerto Porque faltaba el amor

Hoy la lámpara ha encendido
Su radiante claridad Que nunca los vendavales Podrán de nuevo apagar.

¡Estaba seca la fuente
Y ha brotado el manantial Que la llena de agua clara Hasta hacerla desbordar!…

¡Canta el alma como el ave En las ramas del pinar Cuando siente al ave cercana Que responde a su cantar!”

Un estruendo de aplausos premió a los trovadores.
El Nilo seguía murmurando canciones, el sol de otoño resplandecía
como polvo de oro sobre los viejos monumentos funerarios de los Faraones, y en algunas almas que en éxtasis bebían las tiernas estrofas de Boanerges, aleteaba febrilmente la ilusión…, y el hada blanca de la esperanza tejía su guirnalda de mirtos y de rosas para anudar corazones que lloraban en la soledad… ¡Oh! ¡Caprichos traviesos de la traviesa casualidad!…
Sin que nadie supiera cómo ni cuándo, la canción del trovador de Mágdalo había llevado al Capitán Saúl junto a Rhoda, a Juan junto a María; en las rodillas de Boanerges se apoyaba el arpa de Amada, y el Capitán Pedrito jugueteaba distraídamente con el borde del manto color violeta que cubría los hombros de la dulce Alvina, sentada en la arena mientras cantaba…
¡Oh! El Capitán Pedrito había esperado tantos días en la rada de Alejandría y ahora…, esperaba que el alma hermana…, ¡respondiera a su cantar!…
El Apóstol Zebeo sentado junto a Tabita, su lamparilla de amor abnegado y silencioso que se daba entero sin pedir nada; con Leandro y Narciso al lado, parecía un sereno patriarca de otras edades que contemplaba aquellos cuadros de ternura como miniaturas luminosas en la grisácea inmensidad del desierto, mientras su voz temblando de emoción, repetía a sus dos compañeros de apostolado las palabras que ocho mil años atrás, dijera Bohindra, el Rey Kobda de la prehistoria:
— “¡Basta Señor, basta!…, ¡que en este corazón de arcilla no cabe ni una gota más!”
Tales son las divinas compensaciones, cuando el alma entregada a la Suprema voluntad manifestada en la Ley Eterna y en los acontecimientos no buscados sino encontrados como una perla entre guijarros, camina sin desviaciones, sin interés y sin cálculos egoístas, por el iluminado senderillo de los designios divinos!…
Cuando el sol comenzaba a declinar, aquella alborozada juventud que por breves horas olvidara sus tristezas del momento, aquietaba las alas blancas y tenues de la fantasía, y sentándose en parejas o en grupos en los bloques removidos de los viejos monumentos funerarios, se abstraían en serias meditaciones provocadas por los r